Jefes Politicos
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Creencias constitucionales
Hauriou apuntó que la forma que adopten las institucionales constitucionales es menos importante que las creencias políticas. Luego, dejando de lado cualquier riesgo de caer en la ingenuidad, reconoció que según la historia ninguna institución “tiene por sí sola la virtud de realizar el justo equilibrio entre el poder, el orden y la libertad”.
El criterio de Hauriou está fundado en la constatación empírica. Es bueno tenerlo presente porque un problema de las construcciones institucionales es que alimentan aspiraciones ideales. Tiende a creerse en una especie de función mágica de las instituciones, que a veces parte de la ingenuidad y a veces se explica por una suerte de desidia social. Hay ingenuidad cuando se considera que las conductas pueden verse modificadas con la misma facilidad que lo e una norma; hay desidia cuando, para no tener que realizar un esfuerzo colectivo con liderazgos individuales, se opta por la solución simplista de legislar para remediar deformaciones conductuales.
La adaptabilidad de las instituciones está condicionada por la flexibilidad de las conductas. Lo importante, en última instancia, es que en cualquier institución que se adopte, sus postulados realmente funcionen. Los enunciados abstractos pueden cumplir un papel programático, característico por lo demás de las normas promocionales, pero requieren para su objetivación de las llamadas “creencias políticas” que, es evidente, incluyen la capacidad de positivizar la norma.
Esas “creencias” (también llamadas “constitucionales” por Hauriou) pueden leerse como un argumento jusnaturalista.Entre las Líneas En realidad así lo utilizó el autor de la expresión.
Empero, también se le puede dar otro alcance: el de identificar normalidad y normatividad. Es este el sentido que le queremos dar, máxime cuando hablamos de controles políticos, en cuyo caso la relación entre el precepto y la conducta es lo que define su alcance real.
La desconfianza con relación a los políticos y con relación al gobierno mismo son fenómenos que se producen en la mayor parte de las democracias. Se trata de dos cuestiones diferentes. Por una parte de las democracias. Se trata de dos cuestiones diferentes. Por una parte, con relación a los políticos, la reserva hacia ellos deriva de la frecuencia con la que se producen hechos de corrupción; con relación a los gobiernos,
resulta de la imagen de inutilidad que proyectan, en unos casos, o bien de la percepción de que la acción gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) reduce los espacios para la actividad de los particulares.
En ambos casos es necesario establecer qué tan exacto es el juicio o el prejuicio que los afecta, cuál o cuáles son las posibles causas de esas apreciaciones, y cuáles pueden a su vez ser las consecuencias que produzcan.
En ambos casos es necesarios establecer qué tan exacto es el juicio o el prejuicio que los afecta, cuál o cuáles son las posibles causas de esas apreciaciones, y cuáles a su vez se las consecuencias que produzcan.
Ralph Dahrendorf ha hecho un sugerente examen de las implicaciones que trae consigo la fuerte impugnación dirigida en contra de los políticos e, implícitamente, en la política misma. Una de ellas, acaso la más significativa, es que puede poner en la titularidad de los órganos del poder precisamente a personas que carecen de capacidad, de experiencia, de interés en el servicio público, o de todas esas cosas a la vez. De alguna manera esa es una de las más frecuentes reacciones que se están observando en numerosas democracias. Recuérdese, a manera de ejemplo, cómo el señor Jame Carter tuvo un considerable éxito electoral a partir de un estribillo que él mismo se encargó de propalar: “Jimmy who?” (“¿Jimmy quién?”). Fue una expresión que al principio de su campaña para obtener la candidatura presidencial por el Partido Demócrata parecía tener una implicación peyorativa que lo ponía en desventaja frente a los demás aspirantes, pertenecientes todos ellos al denominado “establecimiento político”; sin embargo, Carter advirtió rápidamente que lo que sus previstos que se traducían en creciente simpatía para su precandidatura. Con habilidad supo sacar ventaja de su aparente desventaja, y sin temor alguno se refugió en lo que para muchos era su punto más débil. De alguna forma la rotundidad de su triunfo electoral, ya como candidato presidencial, evidenció hasta qué punto el electorado emitía una voz de desconfianza hacia el político profesional.
El fenómeno no es nuevo ni siquiera en Estados Unidos. Años atrás, siendo presidente de Estados Unidos, Richard Nixon optó por atender las expectativas de las llamadas “mayorías silenciosas” favoreciendo el acceso a la vicepresidencia de Spiro Agnew. Ciertamente no se trata del mismo fenómeno, aunque sí de una consideración semejante, en tanto que se estimó que esas mayorías se identificarían con mayor facilidad con una persona de proyección vulgar, cuyo perfil lo distanciaba de los políticos profesionales más vinculados con los intereses de los grupos dominantes de Washington.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Esta disposición de rechazo o de deuda frente al gobierno es oscilante; se acentúa a atenúa en diferentes épocas. Los controles políticos producen diferentes efectos en ese contexto. Fue por la presión de los medios y del Congreso que Richard Nixon renunció a la presidencia de Estados Unidos. El hecho ofreció nuevos argumentos para recelar de los políticos, al tiempo que confirmaba la confiabilidad de las instituciones, que no se veían afectadas por la virtual remoción de un presidente.
📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras: Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.Fuente: VALADÉS, Diego. El control del Poder. México D.F.: UNAM, 1998, pp. 174-184.
Recursos
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Bibliografía
Barragán Barragán, José, Introducción al federalismo (la formación de los poderes en 1824), México, UNAM, 1978; Barragán Barragán, José, Temas del liberalismo gaditano, México, UNAM, 1978; Benson, Netee Lee, La diputación provincial y el federalismo mexicano, México, El Colegio de México, 1955; Sevilla Andrés, Diego, Historia política de España (1800-1974); 2ª edición, Madrid, 1974, 2 volúmenes
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