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Audacia y Derecho

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Perspectiva Cristiana de la Audacia en Filosofía

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La audacia como pasión

En su primera acepción, la audacia es una pasión del apetito irascible, que acomete el mal difícil o arduo inminente para superarlo o destruirlo, movido por la esperanza de la victoria y de alcanzar el fin deseado.Entre las Líneas En este sentido, es un movimiento instintivo del hombre, delante del cual se presentan unas dificultades que le impiden conseguir algo que puede y desea lograr. El hombre, cuando ve un bien difícil pero posible, lo desea y espera, y ante los posibles obstáculos que se presentan a sus ojos dificultando su consecución, siente un movimiento pasión de acometerlos con audacia para vencerlos.Entre las Líneas En esta acepción, la audacia se opone a la pasión del temor, que le hace retraerse ante las dificultades cuando le parecen insuperables, o cuando no le compensan del bien que busca. Naturalmente, la vehemencia de esta pasión depende fundamentalmente de la mayor esperanza del bien: cuando la esperanza de conseguir algo es firme, ésta incita a superar y destruir los impedimentos, y entonces surge un fuerte movimiento de audacia. Y, a su vez, la pasión de la esperanza aumenta cuando el poder propio del hombre físico, moral, intelectual y el que tiene de otra persona, son mayores; y, en el orden fisiológico al que también hace referencia la pasión, la audacia aumenta con el vigor corporal, la salud y la juventud. Evidentemente, esta pasión, que puede ser más o menos intensa en los distintos caracteres y en las distintas situaciones, no entra en el campo de la moralidad: es una premisa, que se da en mayor o menor grado en cada persona.

La audacia como virtud humana

Todo lo dicho pertenece a un plano meramente pasional: es solo un movimiento instintivo, nacido de una aprehensión inmediata del bien a conseguir, de los peligros que lo obstaculizan y de las fuerzas con que se cuenta. Y este movimiento, que puede ser intenso y vehemente en el obrar, puede apagarse al experimentar las verdaderas dificultades; más aún, podría darse una no exacta valoración de la realidad y degenerar el movimiento en temeridad. Se requiere, por tanto, la intervención de la razón para hacer de esta pasión una virtud: una audacia consciente, reflexiva, enraizada en ideas, y no en intuiciones o en simples corazonadas, nacida de la serenidad del juicio. No se piense, sin embargo, que se trata de negar valor a la audacia como pasión: se trata solo de dirigirla por medio de la prudencia, que redundará en un aumento de la fuerza pasional, siempre más recta y más al servicio de grandes empresas.

La audacia como virtud humana es un aspecto concreto de la magnanimidad, por la que el ánimo del hombre tiende a cosas grandes, y busca la virtud y el bien a toda costa. Y cuando las dificultades que se presentan en esa búsqueda son grandes y tratan de empequeñecer el ánimo para que desista de afrontarlas, la audacia mueve al hombre para acometer la empresa decididamente. Para que se dé la virtud, se requiere, por tanto, que haya esperanza racional de un auténtico bien, de algo que objetivamente perfecciona al hombre y le lleva hacia su fin.

No puede ser audaz quien se lanza tras la consecución de algo que no lleva al hombre hacia su plenitud, hacia Dios, en su vida sobre la tierra. La audacia verdadera debe hacer relación, en última instancia, al último fin, ya que todas nuestras esperanzas naturales aspiran a realidades que son como reflejos y sombras confusas de la vida eterna. Sería desvirtuar la realidad del hombre, si se tratara de sustituir la verdadera esperanza (aun en los hombres que no tienen la verdadera fe), por una simple esperanza terrena, configurada al margen de su relación con Dios y sus promesas, como pretende hacer el marxismo en sus diversas manifestaciones.

Y cuanto más grande es la empresa que el hombre desea y espera realizar, cuanto mayor recta estima tiene del bien y mayor claridad en su relación con el fin último, mayor debe ser la audacia. Mas a esta esperanza ha de unirse la intervención de la prudencia: la audacia, virtud racional, sigue a la deliberación de la inteligencia, en la que se consideran todos los peligros que amenazan, dentro de las más diversas situaciones hipotéticas posibles, de modo que se dé una justa proporción entre el bien que se busca y los peligros que hay que afrontar; y al mismo tiempo, considerar las fuerzas de que dispone el hombre para vencer esas dificultades.Entre las Líneas En el plano humano, estos medios son las virtudes, la experiencia, los posibles medios exteriores necesarios, la ayuda de otras personas y, principalmente, el auxilio de Dios, «de quien esperamos el socorro, no solo de beneficios espirituales, sino también temporales». Por tanto, la audacia está entre dos extremos: la pusilanimidad y la cobardía, de un lado, que obligan al hombre, bajo capa de falsa prudencia, a no acometer empresas grandes que llevan consigo dificultades y peligros, y, de otro lado, la temeridad y la presunción, por las que el hombre se arriesga sin necesidad o sin contar con las debidas fuerzas.

La audacia, virtud cristiana

«Quienes están en buenas disposiciones con la divinidad son más audaces». Estas palabras de Aristóteles, recogidas por la Teología cristiana, nos llevan finalmente, a la dimensión más profunda de la audacia: su razón de ser en el plano sobrenatural. Nadie como un cristiano tiene motivos y razones para vivir esta virtud.

En primer lugar, el cristiano apoya su audacia en una esperanza sobrenatural, por la que se le han prometido con certeza bienes que superan toda expectativa natural, y que deben buscarse por encima de todo peligro, aun a costa de la propia vida. Y todas las actividades del cristiano cobran su pleno sentido cuando a su intrínseca pero limitada bondad se añade la de ser camino y medio para llegar a Dios: «Trabajad no por el manjar que se consume, sino por el que dura hasta la vida eterna». Junto a eso, la esperanza cristiana tiene la certeza de alcanzar dichos bienes, porque en Cristo tenemos «la esperanza como segura y firme áncora de nuestra alma». Y para conseguir lo que el cristiano busca, cuenta no solo con sus exiguas fuerzas, sino con el mismo Cristo, que «es la esperanza de la gloria», y en el que Dios nos ha dado todas las cosas: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo después de habérnosle dado a Él dejará de darnos cualquier otra cosa?».

Finalmente para esa consecución, el cristiano cuenta con la oración de petición infalible: «Así como nuestro Salvador ha obrado y realizado en nosotros la fe, fue asimismo saludable que nos introdujera también en la esperanza viva, enseñándonos la oración con que más comúnmente nuestra esperanza se alza hacia Dios». La oración y la esperanza están esencialmente implicadas. La oración es la exteriorización y manifestación de la esperanza, es «interpretativaspei»; en ella se expresa la esperanza misma. Es lógico, por tanto, que la audacia sea específicamente virtud cristiana; y lo es, precisamente, en la medida en que se apoya en la humildad, que busca la ayuda de Dios, conociendo la flaqueza humana, y huye de la presunción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El cristiano busca la recta edificación de la ciudad temporal, descubriendo en todas las situaciones el sentido trascendente que tiene su tarea: sabe que no puede apoyarse solamente en sus propios medios -inadecuados para este fin-, sino que cuenta con el auxilio y el poder de Dios. Y, por ello, está dispuesto a afrontar todos los peligros, con la mirada puesta en la grandeza de lo que intenta y con la seguridad de que no está solo: « ¡Dios y audacia! La audacia no es imprudencia. La audacia no es osadía». Estas actitudes, para quien no vive la fe y la esperanza, carecerían de sentido y estarían fuera de la prudencia humana o parecerían locuras; pero se presentan en el cristiano con la claridad y certeza que le dan el vivir esas virtudes teologales.

Fuente: Ignacio Javier Celaya Urrutia, Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 3, páginas 348 y 349.

Bibliografía

Santo Tomás de Aquino: Summa Theologicae.
Santo Tomás de Aquino: Summa Theologicae.
Santo Tomás de Aquino: Summa Theologicae.
Santo Tomás de Aquino. Quaestio disputata de spe.
Retórica.
Mt 10, 39; Mc 8, 35.
Juan,6, 27.
Hebreos,6, 19.
Colosenses, 1, 27.
Romanos, 8, 31.
Santo Tomás, Compendiumtheologiae.

Audacia en Relación a Filosofía

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] La audacia como pasión.Entre las Líneas En su primera acepción, la audacia es una pasión (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) del apetito irascible, que acomete el mal difícil o arduo inminente para superarlo o destruirlo, movido por la esperanza de la victoria y de alcanzar el fin deseado.Entre las Líneas En este sentido, es un movimiento instintivo del hombre, delante del cual se presentan unas dificultades que le impiden conseguir algo que puede y desea lograr. El hombre, cuando ve un bien difícil pero posible, lo desea y espera, y ante los posibles obstáculos que se presentan a sus ojos dificultando su consecución, siente un movimiento pasión de acometerlos con audacia para vencerlos.Entre las Líneas En esta acepción, la audacia se opone a la pasión del temor, que le hace retraerse ante las dificultades cuando le parecen insuperables, o cuando no le compensan del bien que busca. Naturalmente, la vehemencia de esta pasión depende fundamentalmente de la mayor esperanza del bien: cuando la esperanza de conseguir algo es firme, ésta incita a superar y destruir los impedimentos, y entonces surge un fuerte movimiento de audacia Y, a su vez, la pasión de la esperanza aumenta cuando el poder propio del hombre físico, moral, intelectual y el que tiene de otra persona, son mayores; y, en el orden fisiológico al que también hace referencia la pasión, la audacia aumenta con el vigor corporal, la salud y la juventud (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 12 q45). Evidentemente, esta pasión, que puede ser más o menos intensa en los distintos caracteres y en las distintas situaciones, no entra en el campo de la moralidad: es una premisa, que se da en mayor o menor grado en cada persona.
La audacia como virtud humana. Todo lo dicho pertenece a un plano meramente pasional: es sólo un movimiento instintivo, nacido de una aprehensión inmediata del bien a conseguir, de los peligros que lo obstaculizan y de las fuerzas con que se cuenta. Y este movimiento, que puede ser intenso y vehemente en el obrar, puede apagarse al experimentar las verdaderas dificultades; más aún, podría darse una no exacta valoración de la realidad y degenerar el movimiento en temeridad. Se requiere, por tanto, la intervención de la razón para hacer de esta pasión una virtud: una audacia consciente, reflexiva, enraizada en ideas, y no en intuiciones o en simples corazonadas, nacida de la serenidad del juicio. No se piense, sin embargo, que se trata de negar valor a la audacia como pasión:
se trata sólo de dirigirla por medio de la prudencia, que redundará en un aumento de la fuerza pasional, siempre más recta y más al servicio de grandes empresas (cfr. lb., 22 g123 al0).
La audacia como virtud humana es un aspecto concreto de la magnanimidad, por la que el ánimo del hombre tiende a cosas grandes (cfr. lb., 22 gl29 al), y busca la virtud y el bien a toda costa. Y cuando las dificultades que se presentan en esa búsqueda son grandes y tratan de empequeñecer el ánimo para que desista de afrontarlas, la audacia mueve al hombre para acometer la empresa decididamente. Para que se dé la virtud, se requiere, por tanto, que haya esperanza racional de un auténtico bien, de algo que objetivamente perfecciona al hombre y le lleva hacia su fin. No puede ser audaz quien se lanza tras la consecución de algo que no lleva al hombre hacia su plenitud, hacia Dios, en su vida sobre la tierra. La audacia verdadera debe hacer relación, en última instancia, al último fin, ya que todas nuestras esperanzas naturales aspiran a realidades que son como reflejos y sombras confusas de la vida eterna. Sería desvirtuar la realidad del hombre, si se tratara de sustituir la verdadera esperanza (aun en los hombres que no tienen la verdadera fe), por una simple esperanza terrena, configurada al margen de su relación con Dios y sus promesas, como pretende hacer el marxismo en sus diversas manifestaciones.
Y cuanto más grande es la empresa que el hombre desea y espera realizar, cuanto mayor recta estima tiene del bien y mayor claridad en su relación con el fin último, mayor debe ser la audacia Mas a esta esperanza ha de unirse la intervención de la prudencia: la a., virtud racional, sigue a la deliberación de la inteligencia, en la que se consideran todos los peligros que amenazan, dentro de las más diversas situaciones hipotéticas posibles, de modo que se dé una justa proporción entre el bien que se busca y los peligros que hay que afrontar; y al mismo tiempo, considerar las fuerzas de que dispone el hombre para vencer esas dificultades.Entre las Líneas En el plano humano, estos medios son las virtudes, la experiencia, los posibles medios exteriores necesarios, la ayuda de otras personas y, principalmente, el auxilio de Dios, «de quien esperamos el socorro, no sólo de beneficios espirituales, sino también temporales» (S. Tomás, Quaestio disputata de spe, 1). Por tanto, la audacia está entre dos extremos: la pusilanimidad y la cobardía, de un lado, que obligan al hombre, bajo capa de falsa prudencia, a no acometer empresas grandes que llevan consigo dificultades y peligros, y, de otro lado, la temeridad y la presunción, por las que el hombre se arriesga sin necesidad o sin contar con las debidas fuerzas.
La audacia, virtud cristiana. «Quienes están en buenas disposiciones con la divinidad son más audaces». Estas palabras de Aristóteles (2 Rethor., 13, c4), recogidas por la Teología cristiana, nos llevan finalmente, a la dimensión más profunda de la a.: su razón de ser en el plano sobrenatural. Nadie como un cristiano tiene motivos y razones para vivir esta virtud.Entre las Líneas En primer lugar, el cristiano apoya su audacia en una esperanza sobrenatural, por la que se le han prometido con certeza bienes que superan toda expectativa natural, y que deben buscarse por encima de todo peligro, aun a costa de la propia vida (cfr. Mt 10, 39; Mc 8, 35). Y todas las actividades del cristiano cobran su pleno sentido cuando a su intrínseca pero limitada bondad se añade la de ser camino y medio para llegar a Dios: «Trabajad no por el manjar que se consume, sino por el que dura hasta la vida eterna» (Io 6, 27). Junto a eso, la esperanza cristiana tiene la certeza de alcanzar dichos bienes, porque en Cristo tenemos «la esperanza como segura y firme áncora de nuestra alma» (Heb 6, 19). Y para conseguir lo que el cristiano busca, cuenta no sólo con sus exiguas fuerzas, sino con el mismo Cristo, que «es la esperanza de la gloria» (Col 1, 27), y en el que Dios nos ha dado todas las cosas: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo después de habérnosle dado a 61 dejará de darnos cualquier otra cosa?» (Rom 8, 31).
Finalmente para esa consecución, el cristiano cuenta con la oración de petición infalible: «Así como nuestro Salvador ha obrado y realizado en nosotros la fe, fue asimismo saludable que nos introdujera también en la esperanza viva, enseñándonos la oración con que más comúnmente nuestra esperanza se alza hacia Dios» (S. Tomás, Compendium theologíae, 2, 3). La oración y la esperanza están esencialmente implicadas. La oración es la exteriorización y manifestación de la esperanza, es «interpretativa spei» (22 q17 a4); en ella se expresa la esperanza misma. Es lógico, por tanto, que la audacia sea específicamente virtud cristiana; y lo es, precisamente, en la medida en que se apoya en la humildad, que busca la ayuda de Dios, conociendo la flaqueza humana, y huye de la presunción. El cristiano busca la recta edificación de la ciudad temporal, descubriendo en todas las situaciones el sentido trascendente que tiene su tarea: sabe que no . puede apoyarse solamente en sus propios medios inadecuados para este fin, sino que cuenta con el auxilio y el poder de Dios. Y, por ello, está dispuesto a afrontar todos los peligros, con la mirada puesta en la grandeza de lo que intenta y con la seguridad de que no está solo:
« ¡Dios y audacia! La audacia no es imprudencia. La audacia no es osadía» (J. Escrivá de Balaguer, Camino, n° 401). Estas actitudes, para quien no vive la fe y la esperanza, carecerían de sentido y estarían fuera de la prudencia humana o parecerían locuras; pero se presentan en el cristiano con la claridad y certeza que le dan el vivir esas virtudes teologales.
V. t.: ESPERANZA; ORACIÓN; VIRTUDES. [rbts name=”filosofia”]

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Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre audacia en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

S. TOMÁS, Sum. Th., 12 q45; 22 ggl23, 127, 129, 133; audacia D. SERTILLANGES, La philosophie morale de S. Thomas d’Aquin, París 1922; E. JANVIER, Esposizione della morale cattolica, Turín 1938, 145 ss.; J. PIEPER, Sobre la esperanza, Madrid 1951; íD, justicia y fortaleza, Madrid 1968; G. MAUSBACH, Teología Moral, Pamplona 1971; B. HXRING, La ley de Cristo, Barcelona 1965, 552560; J. URTEAGA, El valor divino de lo humano, 13 ed. Madrid 1966, 139162; J. ESCRIVÁ DE BALAGuER, Camino, 26 ed. Madrid 1965.

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