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Estudio Teológico del Ateísmo

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Estudio Teológico del Ateísmo

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Estudio Teológico del Ateísmo en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] 1. El hecho del ateísmo. El término ateísmo es amplio y puede prestarse a confusiones. Es clásica la distinción entre ateísmo práctico y ateísmo teórico, o también ateísmo negativo y ateísmo positivo. El ateísmo práctico consiste en vivir como si Dios no existiera; el ateísmo teórico implica un juicio negativo sobre la existencia de Dios. Esta negación desemboca siempre en una sustitución: se sustituye a Dios por el vacío o por un ideal meramente humano.
Si analizamos la historia encontramos que en todos los tiempos ha habido personas que se han rebelado frente a Dios o que han vivido en un indiferentismo práctico; son mucha menores los ateos teóricos. La historia de las religiones muestra que el conocimiento de Dios ha sido patrimonio de toda la humanidad, aun de los pueblos más primitivos, aunque a veces haya revestido formas muy extrañas (cfr. W. Schmidt, Der Ursprung der Gottesidee, 6 vol., Münster/W. 192635). Según S. Agustín (In Io. Evang. tract. 106, 4: PL 35, 1910) la divinidad no puede estar totalmente escondida para el hombre que tiene uso de razón, sólo algunos «de naturaleza depravada» son excepción. La Sagrada Escritura apuntaba la misma idea (cfr. Ps 52, 2; Sap. 13, 1; Rom 1, 20), a la vez que enseña que la inteligencia humana tiene capacidad para reconocer al Hacedor de todo lo creado (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Haciéndose eco de esta doctrina, él Concilio Vaticano 1 afirmó, frente a las tesis del agnosticismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general): «que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas» (Denz.Sch. 3004; cfr. 3026). Existe, pues, para todo hombre normal, la posibilidad de conocer por sí mismo la existencia de Dios, si bien en el estado actual de la naturaleza humana, caída por el pecado (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), resulta moralmente necesaria (no absolutamente necesaria) la Revelación divina para que todos los hombres puedan conocer a Dios con facilidad (expedite), con firme certeza y sin mezcla de error (ib. 3005). De hecho los hombres, al margen de la Revelación, han incurrido en múltiples y graves errores acerca de la verdadera Divinidad (cfr. Sap 13, 119; Rom 1, 1823), aunque no hayan negado su existencia. El discurso de San Pablo en el Areópago de Atenas (Act 17, 2224) hace ver cómo el culto al dios desconocido, practicado con desconocimiento del verdadero Dios refleja el estado del paganismo en este punto; sin embargo, los hombres tenían «obligación de `buscar a Dios y procurar hallarlo a tientas’ (Act 17, 27). Con esta frase se indica la posibilidad, pero al mismo tiempo la dificultad del conocimiento natural de Dios» (cfr. M. Meinertz, Teología del Nuevo Testamento, 2 ed. Madrid 1966, 317).
Es precisamente esa dificultad lo que hace posible que el hombre, no desarrollando la posibilidad de conocer a Dios implicada en su naturaleza, lo niegue y caiga en el ateísmo. Se puede recordar además que el conocimiento de Dios no es directo o inmediato la Iglesia ha condenado toda forma de ontologismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), sino por vía de inferencia. Hay así un proceso de la inteligencia hacia Dios en el que, por la falibilidad humana, puede introducirse el error. Es eso lo que explica que haya podido haber ateísmo en las épocas antiguas y que lo haya en la moderna.Si, Pero: Pero y el problema debe ser afrontado la situación es distinta: aunque en la antigüedad se dan casos de irreligiosidad e incluso de ateísmo tanto práctico como teórico, este último no alcanza relevancia de fenómeno socialmente difundido; en la época contemporánea se advierte un crecimiento sociológico del ateísmo tanto práctico como teórico. Así lo reconoce el Concilio Vaticano II diciendo: «Muchos de nuestros contemporáneos no perciben en absoluto o rechazan expresamente la unión íntima y vital con Dios, de tal modo que el ateísmo ha de ser tenido por uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo y debe ser objeto de un examen más cuidadoso» (const. Gaudium et spes, 19). El ateísmo actual adopta formas muy diversas (ib. 1920), pero no parece que quepa dudar acerca de la realidad del hecho. Un notable teólogo describe así la cuestión: «El fenómeno de un ateísmo no sólo vivido, sino proclamado, organizado y militante es un hecho inédito en la historia.Si, Pero: Pero es preciso considerarlo de cerca para establecer su verdadero carácter. Son rarísimos los que llegan a prescindir de un absoluto al que referirse. De ahí la profusión de sucedáneos de la religión que se van organizando por todas partes. Culto del deber, de la colectividad, del heroísmo sin recompensa, del bienestar social de las generaciones venideras» (G. Philips, La Iglesia en el mundo de hoy, «Concilium» 6, 1965, 14).
Los pensadores cristianos se esfuerzan por descubrir las causas de este grave fenómeno, para poder hacer su diagnóstico exacto y poner remedio. Son múltiples y convergentes: el carácter misterioso y velado de nuestro conocimiento de Dios, que supone por parte del hombre atención equilibrada y humildad; la excesiva confianza del hombre moderno en sí mismo, fascinado por los logros de la técnica y predispuesto a romper con el pasado y a buscar dentro de sí mismo la salvación; el ambiente social, político y económico, que tiende al utilitarismo y a una visión práctica de la vida, eminentemente materialista; la rebelión ante el problema del mal (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general); el ateísmo práctico de muchos que se dicen cristianos; la desconfianza irracionalista frente al pensamiento teorético, con menosprecio de toda metafísica y aversión hacia lo trascendente; y la posibilidad de ofuscaciones y desviaciones que son consecuencia de la corrupción de la conciencia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), que trae consigo una como degradación de la naturaleza humana en el hombre que se cierra a sí mismo el camino para ir a Dios. Y junto a esos factores de orden vital y psicológico o, tal vez mejor, por encima de ellos los influjos de orden filosófico: naturalismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), empirismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), agnosticismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), idealismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), escepticismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), etcétera, que ya han sido mencionados en el estudio filosófico del tema (véase en esta plataforma: II).
Añadamos que el Concilio Vaticano II, al enumerar diversas causas del ateísmo, da a entender que éste no es fruto fatal de las mismas: «Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa» (Gaudium et spes, 19). La responsabilidad del hombre será mayor o menor según las circunstancias, pero parece que nunca queda totalmente anulada, puesto que «desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios» (ib.) y, pese a las más graves dificultades, siempre es posible dar racionalmente una respuesta positiva a la invitación divina; tanto más cuanto que Dios concede a todos la ayuda necesaria.
Tal es el complejo conjunto de factores que han de ser tenidos presentes a la hora de juzgar teológicamente el hecho del ateísmo tal y como se presenta en la sociedad contemporánea, y de decidir con respecto a la actitud pastoral y apologética que debe adoptarse frente a él. Terminemos la caracterización de ese hecho señalando que el E moderno, sobre todo a partir del s. XIX, difiere profundamente del ateísmo anterior, denominado por algunos aristocrático, porque pretendía justificar su negación de Dios con argumentos filosóficos, dirigidos a una elite. El ateísmo actual es más bien un ateísmo de desarraigo: prescinde de Dios para sumergirse en un humanismo herméticamente cerrado a toda trascendencia, y es combativo: Dios es presentado como innecesario o inoportuno, se le suplanta por otros absolutos más al alcance de la mano, o simplemente se trata de relegarle al olvido. Se incide así en cierto humanismo cerrado: el hombre pretende explicarlo y resolverlo todo sin salir de sí mismo. De ahí las tres formas fundamentales que reviste, y que han sido ampliamente descritas en II: ateísmo científico, propio de quienes pretenden que la naturaleza se basta a sí misma; ateísmo moral, propio de quienes afirman que la libertad humana es la única artífice de la historia; ateísmo político, propio de quienes colocan en una revolución política el culmen y centro de la historia, como ocurre con los marxistas.
2. La Apologética ante el ateísmo moderno. La Apologética (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) tradicional se orientaba de ordinario a los creyentes de las religiones no cristianas (Sobre la Religión verdadera) y a los cristianos no católicos (Sobre la Iglesia de Cristo), demostrando únicamente la posibilidad de la Revelación divina y el hecho histórico de la misma. Presuponía, pues, la existencia de Dios, tema reservado a la Teodicea (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). El difundirse del ateísmo obliga a ampliar la temática, bien completando la Apologética con un tratado más, bien uniendo ambas disciplinas, que aun conservando cierta autonomía en cuanto al método, tienden a formar hoy una unidad más conjuntada: sus argumentos se entrelazan y robustecen mutuamente (véase en esta plataforma: t. TEOLOGÍA FUNDAMENTAL). Por ser el hombre una unidad, un ser que vive y piensa bajo múltiples circunstancias, tanto cuando trata de filosofar como cuando se propone explicar de modo satisfactorio la historia de la humanidad y la de su propio vivir, no puede aislar demasiado la argumentación preferentemente metafísica (Teodicea) de la argumentación de tipo más bien histórico teológico (Apologética).
Intentar precisar cuáles son las implicaciones que la preocupación pastoral ante el hecho del ateísmo puede tener para la Apologética sería tarea ardua. Debemos no obstante dar algunas indicaciones generales. Cabe señalar en primer lugar que, teniendo el ateísmo contemporáneo fuertes raíces teoréticas, será necesario dedicar especial atención a la crítica filosófica de esos presupuestos en los que el ateísmo está implicado: naturalismo, idealismo, agnosticismo, etcétera. Todo lo cual supone una apertura de la Apologética no sólo a la metafísica sino también a la filosofía de la religión y a la antropología; especial interés tiene, a nuestro juicio, la crítica al escepticismo en la línea agustiniana antes mencionada (véase en esta plataforma: II). De otra parte, y teniendo presentes diversas características de la sensibilidad contemporánea, parece conveniente completar la reflexión o análisis especulativo con una referencia a las dimensiones humanas y existenciales. No se trata obviamente de desconocer el valor objetivo de los argumentos especulativos tradicionales; pero el resultado subjetivo de los mismos indica que gran parte de los hombres han perdido receptividad para ellos, y debe atenderse a esta cuestión. Por otra parte, especialmente en aquellos que han perdido la fe, este fenómeno pudiera también obedecer a que el conocimiento de Dios difiere esencialmente de todos los demás conocimientos humanos: es un reconocimiento que afecta a toda la persona y la impele a un compromiso vital, a una opción fundamental que implica armonizar la propia vida con la voluntad del Ser divino (cfr. ateísmo Lang, Introduzione alta filosofía delta religione, Brescia 1959). Se debe, en suma, junto a la trascendencia de Dios. Destacar también su inmanencia, sobre todo en la criatura racional, para que ésta descubra la religación existencial con Dios en el fondo de su propio ser (cfr. X. Zubiri, Naturaleza, historia, Dios, Madrid 1944, 425445). Es decir, presentar al Dios vivo de la Sagrada Escritura, de la Iglesia, de los sacramentos, que llama al hombre total de carne y hueso.

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Además, no hay que olvidar la conjunción de la actividad de Dios en el hombre (véase en esta plataforma: GRACIA), aun independientemente de que no conozca la revelación, con la libertad de éste. El hombre nunca está solo.
Después de estas reflexiones generales, podemos hacer algunas más concretas respecto a la posibilidad de un diálogo con cada una de las formas más importantes de a.
a) Respecto al ateísmo científico (cfr. ateísmo Locatelli, Dio e il miracolo conoscibili al di lá delta scienza, Venegono Inferiore, Varese, 1963). Es evidente que un tipo de conocimiento meramente experimental, que prescinda de toda metafísica, hace imposible al hombre llegar a Dios, quien, obviamente, no es conocido como resultado de una ecuación, de un trabajo de laboratorio o de una exploración espacial.

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Sin embargo, la observación de la naturaleza y de su evolución según unas leyes constantes abre a muchas almas el camino para descubrir racionalmente un Espíritu ordenador supremo; de ahí la actualidad de la «quinta vía» de S. Tomás, que, propuesta de diversas formas, plantea siempre al menos el interrogante del orden del mundo y de la finalidad de las realidades naturales.

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Por otro lado la investigación científica, llevada a cabo con honradez y hasta sus últimas consecuencias, está contribuyendo actualmente a que el hombre vaya siendo más consciente de las limitaciones del conocimiento y de los métodos científicos, que tomados unilateralmente o con exclusividad no responden a la pluriforme riqueza de la naturaleza humana y de la realidad (véase en esta plataforma: CIENCIA IV). El determinismo físico, considerado como axiomático por diversos científicos del s. XIX y en virtud del cual excluían la posibilidad de una intervención de Dios en la historia, los milagros (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), etc., está ya hoy superado y se advierte que no es una conclusión científica, sino un a priori, lo mismo que la concepción mecanicista del universo o la visión evolucionista fatal mediante el subterfugio de recurrir a leyes antientrópicas. Todo ello, claro está, no resuelve por sí solo el problema apologético el acceso a Dios no se sitúa, decíamos, a nivel empiriológico, sino trascendiéndolo, pero sí suprime algunos de los obstáculos que la visión determinista trae consigo y abre, o al menos prepara, para una más fácil aceptación de la verdad de la trascendencia.
b) Respecto al ateísmo existencialista. La náusea, la angustia y el sentido de fracaso ante la muerte que se escapa a nuestra libre elección; el hombre absurdo, como una pasión inútil, cuyo único refugio está en la sociabilidad humana; que está en el mundo sólo para la muerte y para la nada (Heidegger); todo esto, aunque supone ciertamente una visión injustificada de la realidad, basada en un parcial análisis fenomenológico de nuestro mundo interior, cerrado a toda trascendencia, invita a presentar a estos pensadores el don divino de la religión cristiana, como la explicación y solución, a veces aún en esperanza, de los enigmas y dolores que nos abruman. No obstante sus contradicciones y apriorismos (cfr. J. Marías, La filosofía actual y el ateísmo, ib. 92116), la actitud existencialista muestra cómo sienten muchos la relatividad esencial de la vida humana, en lo que cabe apoyarse para entablar un diálogo provechoso, ofreciendo, a ejemplo de G. Marcel (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Lavelle (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Zubiri (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), F. Sciacca, etc., la realidad de lo absoluto, que da sentido a ese devenir visto como angustioso. Por otra parte, la apologética basada en el análisis de la indigencia humana y utilizada con diversos matices por S. Agustín (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Pascal (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Dechamps (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), etc., puede ayudar a estos hombres a descubrir la Iglesia de Cristo y en ella al Dios vivo, que colma los anhelos más profundos del corazón humano.
c) Respecto al ateísmo marxista. Actualmente el de mayor volumen, al menos en su aparato externo, presenta especiales dificultades, tanto por la radicalidad con que dicho ateísmo está insertado en el sistema (en el que no es una mera consecuencia, sino uno de los postulados primeros), como por el carácter fáustico y soteriológico que tiene esa doctrina, en cuanto que conduce al hombre a la ilusión de concebirse como posible autocreador, con su acción dominadora de la materia, de una humanidad futura que alcance el paraíso en la tierra. Sin entrar en sus teorías y prácticas relativas a la dinámica de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado, y aun limitados al punto de vista más inmediatamente religioso, el diálogo cristiano con el ateísmo marxista resulta poco menos que imposible, por la radicalidad de sus apriorismos acientíficos y antiteístas, como advierte Paulo VI en la ene. Ecclesiam Suam (n. 94) y como han puesto de manifiesto las conversaciones de Salzburgo en 1965 entre católicos y marxistas (cfr. M. Siguán Soler, Las conversaciones de Salzburgo, en Situación y revisión contemporánea del marxismo, Madrid 1966, 193212).

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Sin embargo, esa misma ansia soteriológica, así como la valoración de algunos aspectos del hombre considerado individualmente (creatividad del trabajo) o colectivamente (exaltación del aspecto comunitario), acaso puedan ofrecer una base útil para hacer ver la diferencia entre los sucedáneos y la realidad auténtica, no alienante, sino estimulante, del Dios vivo, creador, salvador, providente y justo (véase en esta plataforma: ESPERANZA). De todas maneras la tarea no es fácil, ya que el marxismo lleva a volcar todas las ansias en el proceso intramundano provocando una especial clausura ante la trascendencia. Se requiere por eso provocar una auténtica conversión existencial, que deberá estar precedida o seguida de una crítica filosófica de los presupuestos de la doctrina marxista a fin de llegar a un pleno equilibrio mental. Por lo demás el apologeta y el cristiano no pueden menos de advertir que la verdadera alienación del hombre se da en el marxismo, al despersonalizar y, a la postre, aniquilar al hombre en pro de la utópica (idealista, irreal; el término procede del libro “Utopía” de Sir Thomas More, que imagina una sociedad perfecta pero inalcanzable) sociedad del futuro, mientras que cada hombre es un mundo con problemas personales que requieren una solución personal.
3. La apologética del testimonio.Si, Pero: Pero ante el fenómeno del ateísmo importan no sólo las argumentaciones teóricas, tanto filosóficas como existenciales, sino también y en gran medida el testimonio del propio vivir. El cristiano debe esforzarse por reflejar en su vida el ideal de Cristo. Así de una parte evitará ser ocasión de escándalo, y en cuanto tal factor que facilite la difusión del ateísmo (como dice la Gaudium et spes, n. 19); y de otra, y ya positivamente hablando, contribuirá eficazmente a facilitar la escucha de la, palabra que Dios hace resonar en el corazón del hombre. Ello no implica pedir un falso perfeccionismo el cristiano es consciente de su limitación y experimenta el peso del humano vivir, sino una actitud de fe, que lleva no a un falso complejo de culpabilidad, sino que estimula, puesto que nunca habrá que avergonzarse de ser cristiano, sino de no serlo suficientemente (véase en esta plataforma: CONVERSIÓN I y III; SANTIDAD IV). Según Paulo VI en su enc. Ecclesiam suam, el diálogo cristiano con el mundo moderno ha de ser el mismo diálogo de la revelación de Dios al hombre: diálogo de salvación, entablado con amor, sin límites ni cálculos humanos, respetando siempre la libertad personal y civil, esperanzado y paciente (n. 6471). La existencia y la vida misma de la Iglesia, que superan toda explicación agnóstica e inmanentista, se convierten ya de por sí en un testimonio perenne y fecundo para todo hombre de buena voluntad a la par que invita al diálogo. La Iglesia se hace palabra. La Iglesia se hace mensaje. La Iglesia se hace coloquio» (n. 60).
Esta apologética del testimonio ha sido muy subrayada en los textos del Concilio Vaticano II que, al tratar del tema del ateísmo y pasando ya .a exponer los remedios escribe: «El remedio del ateísmo se ha de esperar ya de la exposición apta de la doctrina, ya de la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. Pues es la Iglesia la que debe hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado, renovándose y purificándose sin cesar bajo la dirección del Espíritu Santo. Esto se logra ante todo con el testimonio de una fe viva y adulta, debidamente educada para percibir con lucidez las dificultades y poder superarlas. Numerosos mártires dieron y siguen dando un testimonio preclaro de esta fe, que debe mostrar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, y moviéndolos a la justicia y al amor sobre todo para con los necesitados.

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Además, a esta manifestación de la presencia de Dios contribuye más que todo la caridad fraterna de los fieles, que colaboran con unanimidad de espíritu a la fe del Evangelio (Philp 1, 27) y se muestran cual signo o bandera de la unidad» (Gaudium et spes, 21; cfr. también n. 19). Veamos con más detalles algunos puntos.
a) La exposición apta de la doctrina es algo que se refiere, sin duda, a toda la Revelación cristiana.

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Sin embargo, teniendo en cuenta que todas las formas de ateísmo moderno se fabrican sus absolutos, como sustitutivos de Dios, y que muchos se inventan un dios ficticio, para poder rechazarlo (ib., 19), parece que el problema básico de esta perspectiva conciliar radica en la apta presentación de la realidad y concepto mismo de Dios. Es importante expresarse con precisión evitando, p. ej., los acentos excesivamente antropomórficos a los que a veces estamos expuestos, y que darían una visión empobrecida de la grandeza de Dios. Se debe también respetar la trascendencia divina, evitando todo lo que pueda dar la impresión de que pretendemos agotar a Dios con nuestros conceptos. La conciencia de la analogía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el respeto a sus momentos de negación y eminencia, de raigambre tan netamente bíblico patrística, da la verdadera dimensión y la plenitud del Ser escondido bajo esos términos pobres, negativos, analógicos, de nuestro lenguaje: inefable, inmenso, infinito, inmutable, etc. S. Agustín lo compendia en esta frase: «Dios es inefable; y es más fácil para nosotros decir qué no es que qué es» (In Ps. 85: PL 37, 1090).

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

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Además, hay que respetar las fronteras entre la filosofía y la revelación. El misterio del Dios Amor, de su vida misteriosa y fecunda, sólo es accesible plenamente mediante la fe (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), coronada por su Palabra o Hijo encarnado. La razón puede llegar a un conocimiento cierto de Dios como causa suprema, inteligente y libre.Si, Pero: Pero de hecho al conocimiento de su vida íntima sólo se llega mediante la Revelación, que presenta a Dios interviniendo en la historia y en la vida de cada hombre con realizaciones que más dependen de su libre voluntad salvadora que de su razón de causa última del mundo, con todas las consecuencias y acentos que de ahí derivan (cfr. N. López Martínez, El problema del ateísmo, en XVIII Semana Española de Teología, Madrid 196l, 250-251).
b) La Iglesia y la vida cristiana como teofanías. Llegamos así al aspecto más directa e inmediatamente testimonial. Por eso el Concilio Vaticano II recuerda e insiste que la Iglesia ha de ser como la manifestación visible o teofanía de ese Dios Amor, mediante el testimonio de su vida. El martirio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de tantos hijos suyos, la ejemplaridad de tantos otros en el desempeño de su misión, y la justicia y el amor, especialmente para con los pobres y necesitados, han de contribuir a presentar ante el mundo la verdadera faz de Dios y de la religión. Si analizamos el conjunto de esos actos testimoniales a los que acabamos de hacer referencia cabría decir que el martirio y, en términos más generales, la santidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) tienen un valor formal propio, en cuanto que son ellos los que más claramente hacen ver la presencia en el vivir cristiano de un factor trascendente.

Detalles

Los aspectos más genéricamente humanos tienen, en cambio, un valor de praeparatio evangélica ya que acerca a la escucha del mensaje revelado y prepara a su aceptación. Es todo el conjunto lo que se requiere. Por eso el magisterio reciente ha urgido siempre la llamada a la santidad, hasta culminar en el cap. quinto de la Const. Lumen gentium del Concilio Vaticano II, o los textos de los Decr. Apostolicam actuositatem (n. 24), Presbyterorum ordinis (n. 23 y 12), y Perfectae caritatis. De otra parte todas las encíclicas sociales, desde la Rerum novarum de León XIII hasta la Populorum Progressio de Paulo VI, así como la Const. conciliar Gaudium et spes, que recoge y perfecciona la llamada «Teología de las realidades terrenas», van ordenadas a fomentar el testimonio fidedigno, inspirado hondamente en el Evangelio, de la vida práctica de los cristianos.

Más Información

Las infidelidades a este programa profundamente evangélico privarían a la Iglesia de uno de los más eficaces argumentos apologéticos. La caridad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el amor fraterno y universal de los cristianos, según dice el mismo Concilio (ib., 21), será asimismo, junto con su apostolado (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) ejemplar y fecundo, un testimonio muy valioso. A esto se ha de añadir el testimonio del trabajo, tan vivamente recomendado por el Vaticano II (Lumen gentium, 41; Gaudium et spes, 67).

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Pormenores

Las acusaciones de los marxistas a la doctrina católica de insistir tanto en la esperanza del cielo ante las miserias de la tierra, que, dicen, enerva al hombre (cfr. J. Y. Calvez, o. c., 88 ss.), no responden a la realidad, puesto que, según la doctrina cristiana, el hombre debe colaborar con su trabajo y esfuerzo a la construcción de la ciudad terrena y a su plena realización personal en esta vida (cfr. J. L. Illanes, La santificación del trabajo, tema de nuestro tiempo, 3 ed. Madrid 1968; V. TRABAJO HUMANO VI y VII).
Podemos acabar reproduciendo las palabras con las que la Gaudium et spes cierra los párrafos dedicados a tratar del ateísmo: «La Iglesia sabe muy bien que su mensaje concuerda con los deseos más profundos del corazón humano al reivindicar la dignidad de la vocación del hombre, restituyendo así la esperanza a quienes desesperan de su destina más sublime. Su mensaje no sólo no denigra al hombre, sino que infunde en su progreso luz, libertad y vida; y porque, fuera de Dios, nada hay que pueda satisfacer al corazón del hombre: `Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti’ (S. Agustín, Confesiones, 1, 1, 1)» (Gaudium et spes, 21). Comentemos que la frase agustiniana ahí citada se refiere a algo mucho más profundo y que está mucho más enraizado en la tradición cristiana de lo que deja suponer el calificativo, débil y confuso, de argumento eudemonológico con que lo han estereotipado muchos filósofos cristianos. Se trata en sustancia de exponer toda una honda visión del espíritu que no podemos exponer aquí y con respecto a la cual remitimos al artículo sobre la filosofía de S. Agustín (véase en esta plataforma: AGUSTÍN, SAN III; cfr. ateísmo Turrado, Ateísmo moderno y Teología, «Archivo Teológico Agustiniano» 1, 1966, él63). La Apologética deberá también ser entroncada en esa filosofía vital del espíritu, y, por tanto, enriquecida. La trascendencia de Dios, la sublimidad de su Revelación, especialmente mediante su Hijo encarnado, y la misión de la Iglesia al servicio de la Humanidad pueden así ser analizadas en cuanto entroncadas en la magna y única historia de salvación, sin perder su gratuidad paternal ni su personalismo inconfundible.
V. t.: AGNOSTICISMO II; INDIFERENTISMO RELIGIOSO; REVELACIÓN III; FE III, 2; CREDENTIDAD, MOTIVOS DE; RAZÓN II; IOS III y IV. [rbts name=”teologia”]

Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre estudio teológico del ateísmo en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

Además de la ya citada en el texto: C. TousSAINT, Athéisme et erreurs connexes, en DTC I, 21902210; VARIOS, El ateísmo y los Padres del Concilio, Zaragoza 1967; VARIOS, El ateísmo de nuestro tiempo, Barcelona 1967; VARIOS, Si pub credere oggi?, n. 7576 monográfico de «Studi Cattoliciv 11 (1967) 449462; VARIOS, L’athéisme dans la vie et la culture contemporaines, Tournai 1968; VARIOS, La fe hoy, Madrid 1969.

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