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Fin del Mundo

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Fin del Mundo

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Mundo y Escatología en Relación a Religión Cristiana

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] En el pensamiento cristiano, se entiende por fin del mundo el cese definitivo del actual modo de existencia de la humanidad sobre la tierra y de las cosas materiales, cuya actual constitución sufrirá una honda transformación que se suele describir con las expresiones «cielos nuevos y tierra nueva» (tomada de Is 65-17) y «nueva creación». Esto equivale a afirmar que tanto la vida del hombre sobre la tierra, como la actual forma de existencia del cosmos tendrá un definitivo final -final que no será punto de partida para un nuevo retorno-, y que este final consistirá en una transformación, no en un volver a la nada, en un aniquilamiento.
Aunque ya se ha tratado ampliamente de la concepción cristiana del mundo (véase en esta plataforma: II, B) volvemos a resumir (en los apartados 1 y 2) algunos de los aspectos allí tratados como pórtico a una exposición más detallada del tema de la escatología del mundo (apartados 3-9).
1. Concepto de fin del mundo. El fin del mundo es un anuncio contenido en la Sagrada Escritura: a él, por tanto, se le aplican las características del género de profecía. Señalemos estas tres notas:
1° Lo predicho no es simplemente algo venidero, sino un acontecimiento que se relaciona con el núcleo más íntimo de la historia: la realización de la salvación o condenación de los hombres. El fin del mundo es un acontecimiento esencialmente religioso, en el que se lleva a la plenitud la salvación operada por Cristo: es la consumación de la redención de la humanidad. «Lo mismo que la mariposa es el fin de la crisálida, el futuro que surge más allá de la historia es el fin de la obra de Cristo y de nuestra unión con Él (1 Cor 15). Será un estado en que Dios será todo en todas las cosas, en el que el reino de Dios, que es reino de amor, se impondrá plenamente en la historia y en el mundo» (M. Schmaus, Teología Dogmática, o. c. en bibl. 82).
2° La predicción hecha es una profecía, en sentido propio, es decir no una conclusión basada en la experiencia, ni un pronóstico consistente en descubrir en el acontecer presente indicaciones sobre lo por venir que de forma oculta nos sea ya contemporáneo. Al no ser un pronóstico, el anuncio del fin del mundo no puede confundirse ni ser puesto en dependencia de una peculiar concepción evolucionista o dialéctica de la historia: lo que se anuncia no es una definitiva meta intramundana o intrahistórica, una llegada a la plenitud de la historia por la historia misma, sino una definitiva plenitud de la historia, que está más allá de ella misma. El «momento» y la «hora» no están necesariamente ligados a un momento determinado del desarrollo (historia) de la humanidad.
3° Debido a su carácter profético, el fin del mundo es un acontecimiento futuro cierto, claramente determinado en cuanto a su facticidad y envuelto en oscuridad en cuanto a sus detalles y su fecha. Dentro de esta oscuridad, sin embargo, pueden trazarse tres coordenadas claras: a) el fin del mundo no consiste en un aniquilamiento; b) sino en una transformación de todo lo creado; c) con él se consuma la acción redentora de Cristo.
a) El fin del mundo no es un aniquilamiento. Conviene recordar que toda criatura podría ser devuelta a la nada (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 3 q13 a2), pero que esto sólo puede ser realizado por Dios, ya que, «de igual forma que sólo Dios puede crear, también sólo Dios puede volver las criaturas a la nada» (ib.). Por ello, ninguna «catástrofe apocalíptica» sería suficiente para anular la creación, y por otra parte, para que se produjese ese hundirse de nuevo en la nada no tendría que acontecer literalmente «nada», sino solamente que Dios dejase de actuar (S. Tomás, Sum Th. 1 8104 a3 ad3); sólo esto podría anular la creación.

Puntualización

Sin embargo, el pensamiento cristiano, a excepción de algunas sectas desgajadas de la Iglesia, como, p. ej., los gnósticos, quienes sostenían que al final de los tiempos la materia sería anihilada, jamás ha concebido el fin del mundo como una anihilación. Y esto, no porque el aniquilar no esté en el poder de Dios, sino por lo que expresamente nos dice la Revelación y por la especial coherencia que la perdurable conservación en el ser guarda con la sabiduría divina: «Dios ha creado todas los cosas para que sean, no para que se destruyan en la nada» (S. Tomás, Quaestiones quodlibetales, 4,4). Por eso, al meditar en el fin del mundo, el cristiano advierte que no debe atribuir carácter definitivo a ninguna de las figuras intrahistóricas; tampoco caen en un desprecio de las cosas creadas, porque sabe, al mismo tiempo, que todas las realidades válidas seguirán existiendo en el cielo nuevo y tierra nueva de un modo transfigurado, ya que Dios las llevará a su plenitud y perfección.
b) El fin del mundo ha de entenderse como una misteriosa transformación de la creación, que no consiste en un estadio consiguiente a una evolución interna o intramundana, sino que es efecto de una vigorosa y nueva intervención divina. Así lo expresa el Concilio Vaticano II: «La Iglesia a la que todos hemos sido llamados en Cristo Jesús y en la cual, por la gracia de Dios conseguimos la santidad, no será llevada a su plena perfección sino cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (Act 3,21) y cuando, con el género humano, también el universo entero, que está íntimamente unido con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovado (cfr. Eph 1,10; Col 1,20; 2 Petr 3,10-13)» (Const. Lumen gentium, 48). Más adelante, el mismo documento insiste: «Y mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que tenga su morada la santidad (cfr. 2 Petr 3,13), la Iglesia peregrinante, en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, lleva consigo la imagen de este mundo que pasa, y Ella misma vive entre las criaturas que gimen entre dolores de parto hasta el presente, en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cfr. Rom 8,19-22)».
Podemos destacar los siguientes puntos contenidos en el texto citado: la figura actual de este mundo (aevum) pasa, no es definitiva; no sólo el hombre, sino la creación entera gime con gemidos de parto en espera de esa nueva forma de ser; el género humano será renovado (véase en esta plataforma: RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS; CIELO); y, en razón de la unión que tiene con el hombre, también el universo entero será renovado.
c) El final de los tiempos es consumación de la acción redentora de Cristo, sobrenatural y supramundana que está actuando eficazmente ya en estos momentoshistóricos: «. la plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (cfr. 1 Cor 10,11) y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia, aun en la tierra, se reviste de una verdadera, si bien imperfecta, santidad» (Lumen gentium, 48).
2. Importancia del tema del fin del mundo en la fe cristiana. La revelación del fin del mundo pertenece al depósito de la fe cristiana, y no puede desgajarse de ella o malentenderse sin que ésta pierda una parte integrante, que se refleja en la visión de este mundo y de su historia. La esperanza en el triunfo definitivo de Cristo es parte integrante de la vida cristiana. Este triunfo de Cristo consiste en la manifestación plena del Reino de Dios con su victoria total sobre el pecado, el demonio y la muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] [rtbs name=”muerte”] Ahora bien, el Reino de Dios predicado por Cristo, no es pura y exclusivamente escatológico, es decir, no es una realidad meramente futura, sino que se encuentra ya presente. A diferencia de los judíos, que se esperaban toda su salvación de un hecho futuro: la llegada del Mesías, el cristiano sabe que su salvación se ha operado ya, y la posee por la gracia como semilla que ha de crecer; no espera la salvación del futuro, sino sólo su consumación. Con Cristo ha llegado el Reino (Mt 4,17; 11,2-6; Le 4,17-21; 7,22); la salvación se ha operado ya (Rom 5,9; 11,14 ss.; Eph 2,13; 3,5; Col 1,26; 2 Cor 5,14 ss.; 6,2); la muerte ha sido vencida (1 Cor 15,20). Los creyentes participan ya en este mundo de la vida celeste de Cristo (Eph 2,6; Rom 6,1-13; 8,16 ss.).

Puntualización

Sin embargo, el Reino de Dios en su forma plena y definitiva pertenece al futuro; ahora se encuentra presente en forma oculta. La actual época del mundo es todavía tiempo de pecado y de caducidad (Rom 12,2; 1 Cor 1,20; 2,6.8; 3,18; 2 Cor 4,4; Gal 1,4). De ese modo el Reino de Dios, que ya ha comenzado, entraña la tensión hacia la plenitud de. su manifestación en que se consume la derrota última e los poderes antidivinos: demonio, muerte, pecado. El futuro tiene así una gran importancia en cierto modo más que el presente ya que la meta es más importante que el camino.Si, Pero: Pero el camino recibe, a su vez, de la meta su sentido y sus características. Esto se hace patente cón especial fuerza en el carácter escatológico de los sacramentos: «Se llama propiamente sacramento -escribe S. Tomás de Aquino-, aquello que está ordenado a nuestra santificación.Entre las Líneas En ésta se pueden considerar tres cosas: la causa de nuestra santificación, es decir, la pasión de Cristo; la esencia, es decir, la gracia y la virtud; el fin último, es decir, la vida eterna. Todas estas cosas son significadas por los sacramentos. Por esta razón, el sacramento es un signo conmemorativo de aquello que ya ha pasado, es decir, de la pasión de Cristo, un signo indicativo de aquello que se ha obrado en nosotros mediante la pasión de Cristo, esto es, la gracia; un signo prefigurativo de la gloria futura» (Sum. Th. 3 q(50 a3).
La separación definitiva entre los pertenecientes al Reino de Dios y los siervos del imperio de Satanás no se hará hasta el final de la historia. Esta revelación del Reino irrumpe en la parusía, día de entrada pública de Cristo en el mundo como victoria definitiva. Hasta esa hora, en que la vieja y caduca forma de existencia será completamente renovada, el cristiano vive en una situación de tránsito, status viatoris apoyado y estimulado por la esperanza en la victoria definitiva de Cristo. El cristiano espera, pero posee ya unas arras, una prenda: su participación en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación llega a su máxima intensidad en la celebración eucarística. Ésta hace presente el pasado -hecho histórico de la muerte y resurrección del Señor-, y tensa el presente hacia el futuro. Así se expresa S. Pablo: «Cada vez que comáis este pan y bebáis el cáliz del Señor, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga» (1 Cor 11,26). La esperanza en el futuro es inherente a toda celebración eucarística, que se encuentra bajo el radio de acción del futuro. Puede decirse que de igual forma que la Eucaristía hace presente el pasado, en un cierto sentido, también hace presente el futuro.
En suma el cristianismo no puede considerarse como algo meramente escatológico, es decir, como algo cuyo inicio y realización depende total y exclusivamente del futuro. El cristianismo profesa la fe de que el hecho fundamental para la redención de los hombres, de la historia y del cosmos se ha cumplido ya: la muerte y la resurrección del Señor. Por otra parte, el aspecto escatológico (la esperanza del fin, con su consiguiente «estar de paso») tiene una gran importancia para la comprensión adecuada del cristianismo. Los cristianos son hombres que esperan y aman la vuelta del Señor (2 Tim 4,8); que oran por su retorno (1 Cor 16,22; Apc 22,20). Siguiendo las enseñanzas del Señor, el cristiano es un hombre que vive de fe y esperanza, que aguarda y vigila. La viva esperanza del fin no le releva de trabajar y mejorar esta tierra, sino que, por el contrario, le hace tomar conciencia del valor del tiempo presente, y, por otra parte, impide al cristiano afincarse a esta tierra «que pasa» como a su morada definitiva. El fin del mundo es, pues, parte básicamente integrante de la fe cristiana: no ocupa en ella el lugar central, pero sí un lugar de relieve.
Para un desarrollo de la concepción del mundo que deriva de estas consideraciones, completadas y ampliadas teniendo presentes los restantes dogmas cristianos, v. II, s.
3. El fin del mundo en la Sagrada Escritura.Entre las Líneas En el A. T., la fe en un futuro último es presentada con claridad. Sus puntos de apoyo han de buscarse más que en una concepción lineal del tiempo -concepción que exigiría una etapa última-, en la fe en Yahwéh como persona viviente, dueño del pasado y del futuro, que hará triunfar definitivamente la justicia, y en la convicción, basada en esa fe, de que Israel está destinado a vivir acontecimientos trascendentales. Lentamente Dios fue haciendo conocer a Israel que había sido elegido como instrumento para que la humanidad vuelva a su felicidad inicial (cfr. Gen 3,15; 12,3), misión que está enlazada con la revelación de la pérdida de la felicidad por el pecado del primer hombre, con lo que se traza una línea recta desde la creación hasta el fin de los tiempos. La concepción de la etapa última se presenta en primer lugar como consumación de Israel y a continuación -y este aspecto es subrayado sobre todo después del destierro- como extensión a toda la humanidad.
Tras la vocación de Abraham, en el que serán bendecidas todas las naciones (Gen 12,3), la esperanza de Israel se refiere fundamentalmente a la liberación de Egipto y a la entrada en la tierra de Promisión (Ex 3,8: 33); a una época de bendición que participarán todos los pueblos y constituirá la realización plena del pacto entre Dios e Israel (Ez 36); a la culminación de la esperanza escatológica en el Reino del Altísimo, que absorberá a los demás reinos de la tierra (Dan 7). Para Ezequiel, ese día tiene carácter de fin (Ez 7,6). Daniel lo describe como fin del mundo (9,26; 11,27), precedido por el «tiempo» del fin (8,17; 11,35-40). Esta nueva época -la era mesiánica-, será como una nueva creación (Is 48,6-10), y su comienzo viene descrito como una intervención de Dios en «el día del Señor» (Is 2,12), enel «día de ira» (Soph 1,15) en «el día de venganza» (Is 61,2), en el «tiempo de salvación» (Is 2,2 y ss.). La inauguración de la etapa última, será un día al mismo tiempo de triunfo y de ira. Amós habla del «día de Yahwéh» en el que serán castigados todos aquellos que no le hayan buscado (Am 5,18); día, por tanto, también de juicio (cfr. p. ej., Is 2,12; Abd 15; Soph 1,2 ss.; 1,14), ordinariamente representado como catástrofe acompañada de fenómenos cósmicos (Ioel 3,16), oscurecimiento del sol, la luna, y las estrellas (Ioel 3,15; Is 13,10); día también de renovación profunda: Jeremías habla de un corazón y una alianza nuevos (Ier 31,31-34); Ezequiel anuncia la resurrección del pueblo elegido, la vuelta a la vida de los huesos diseminados por el campo (Ez 37,1-14). Isaías toma las imágenes de la bienaventuranza del paraíso para describir esta época (Is 11, 6-8); mientras que Ioel en 3,18 habla de que «los montes destilarán mosto, y leche los collados. y brotará de la casa de Yahwéh una fuente que regará el valle de Sitín» (cfr. Ez 47,1; Zach 14,8; Am 9,13).Entre las Líneas En el capítulo 66 de Isaías, el tema de la salud escatológica aparece descrito como algo que trasciende la misma historia. Toda esta obra de renovación de Israel y de apertura a los demás pueblos está polarizada en una perspectiva esencialmente mesiánica. La «nueva época» es la «época mesiánica», la «era mesiánica» (Is 2,2; Mich 4,1; Ez 38,8,16; Dan 10,14), en que el siervo de Yahwéh expiará los pecados del mundo (Is 53) idea, recogida en el libro de Daniel para aplicarla al martirio de los sabios (Dan 11,33; 12,2).Entre las Líneas En resumen, en el A. T. se va dibujando cada vez más claramente la esperanza en una etapa futura, en la que culmina la intervención de Dios en la historia y que coincide con la plenitud de la época mesiánica.
En el Nuevo Testamento, última etapa de la historia, anhelado en el A. T., se cumple en Cristo: con Él se inaugura el Reino de Dios (Mt 3,2; Me 1,15). Este reino (véase en esta plataforma: REINO DE DIOS) no es fruto de la evolución histórica, sino que llega traído por Cristo como salvación definitiva de la humanidad entera. Ha comenzado ya, en forma oculta, y su manifestación plena y total queda pendiente de un futuro último. Esta tensión se manifiesta, p. ej., en las parábolas de la siembra que crece lentamente (Mt 13,3 ss.), del grano de mostaza (Mt 13,3132), del fermento que hace fermentar toda la masa (Mt 13,33) de la red barredera (Mt 13,47-50), de la cizaña que crece junto al trigo hasta el momento de la siega (Mt 24-30), etc. Juan Bautista anuncia como ya presente al juez del fin de los tiempos (Me 3,7.10.12; Le 3,9,17). Y Jesús mismo, tomando expresiones de Dan 7,13 declara ante Caifás que Él aparecerá pronto sobre las nubes del cielo (Mt 26,64). Jesús que afirma que ha llegado ya el reino de Dios (Mt 4,17), anuncia también su consumación en el discurso escatológico. Las tres afirmaciones capitales sobre el fin de la historia humana -parusía, resurrección universal y juicio final- se centran en la resurrección de Jesucristo. Ella es la que garantiza su segunda venida, esta vez en triunfo y majestad (Philp 3,20-21), la fuerza para resucitar a todos los hombres (1 Cor 15,20 ss.) y su poder de juicio como Señor de toda la humanidad (2 Cor 5,10). Los cristianos poseen ya al Espíritu Santo como arras de la transformación gloriosa del ser humano en la resurrección (Rom 8,23; 1 Cor 1,22; 2 Cor 5,5), pero al mismo tiempo están en tensión hacia la vuelta del Señor (2 Thes 1,10); la vida sacramental es ya un adelantamiento velado de esta segunda venida (Rom 6,4; 1 Cor 11,26), que constituirá el fin de la historia humana (Le 19,41-44; Mt 25,31-46). Este fin aparece descrito con las mismas imágenes del género apocalíptico del A. T.: trastornos cósmicos (Mt 24,29), festín escatológico (Le 22,30), «día del Señor», «cielo nuevo y tierra nueva» (2 Pet 3,11-13). No sólo se trata del fin de la historia humana, sino también de una renovación cósmica (Rom 8,19; 2 Pet 3,7-13). También el Apocalipsis describe el fin con aparato guerrero, resurrección universal, juicio y renovación cósmica (Apc 20-21): «Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra, pues, el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existe ya. Y la santa ciudad, la nueva Jerusalén, la vi cómo descendía del cielo. Y oí una gran voz venida del trono, que decía: He aquí la tienda, mansión de Dios con los hombres, y fijará su tienda entre ellos. y enjugará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no existirá ya más. Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas» (21,1-5).
Más adelante deberemos entrar en el análisis detallado de algunos aspectos del anuncio contenido en estos textos, baste señalar ahora como conclusión una característica general de la fe neotestamentaria en el fin del mundo, en la época final: se trata de un hecho «ya» realizado -en Cristo, muerto y resucitado, está ya la plenitud de los tiempos-, pero «todavía no» consumado; o lo que es lo mismo, la era mesiánica, la etapa final, ya ha comenzado, pero todavía no ha sido llevada hasta su consumación: los bienes que Cristo nos ha ganado, aún no se han comunicado en su totalidad.
4. El fin del mundo en el Magisterio de la Iglesia. Al igual que en la Sagrada Escritura y en la Tradición, el fin del mundo aparece en el Magisterio afirmado en estrecha conexión con los temas de la Parusía, la resurrección de los muertos y el juicio final. Los textos son escuetos en cuanto a los detalles del acontecimiento, pero afirman netamente su facticidad, de la que hablan la casi totalidad de los símbolos de la fe.
Así, se profesa que hemos de ser resucitados «el último día» (fórmula de fe de S. Dámaso: Denz.Sch 72), «que Cristo ha de venir de nuevo con gloria a juzgar a vivos y muertos cuyo reino no tendrá fin» (Símbolo del Concilio Constantinopolitano 1: Denz.Sch. 150), «que Cristo ha de venir al fin del mundo (in fine saeculi) a juzgar a vivos y muertos» (Conc. IV de Letrán: Denz.Sch. 801).Entre las Líneas En términos parecidos se expresan el Concilio II de Lyon (Denz.Sch. 852), y el Concilio Florentino (Denz.Sch. 1338). El Catecismo Romano da la siguiente explicación del artículo del Credo según el cual Cristo, subido a los cielos, «desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos»: «Y éste es el contenido del presente artículo: que Cristo, nuestro Señor, ha de juzgar a todos los hombres en el último día» (Catecismo Romano, l, 7,1) (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Finalmente, el Concilio Vaticano II ha dedicado el n° 48 de la Const. Lumen gentium a la índole escatológica de la Iglesia y a la renovación de todas las cosas, también las materiales, en Cristo al final de los tiempos (más adelante citaremos las frases principales de ese texto).
5. El discurso escatológico. Antes de estudiar algunos aspectos concretos sobre el fin del mundo es oportuno que nos detengamos para analizar la descripción más amplia del fin del mundo contenida en el N. T.: el llamado «discurso escatológico» recogido en Me 13,1-30; Mt 24, 1-51 y Le 21,5-36.Entre las Líneas En estos tres pasajes paralelos, Cristo anuncia la ruina de Jerusalén y el fin del mundo en grandiosas imágenes, muchas de ellas tomadas de la apocalíptica judía, por lo que su interpretación es delicada y exige prudencia a la hora de aplicar cada uno de losversículos al fin de Jerusalén, al del mundo, o a ambos, y también a la hora de entender las imágenes utilizadas. Indiscutiblemente, entre los dos sucesos que acabamos de citar existe una relación: «La destrucción de la ciudad santa y de su templo simboliza y anticipa la destrucción del mundo.

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Informaciones

Los discípulos barruntaron inmediatamente la relación de ambas catástrofes. La destrucción del Templo abre ante ellos terribles horizontes; no podían imaginar que el mundo pudiera seguir existiendo si el Templo y la ciudad santa debían periclitar» (Schmaus, o. c. en bibl. 153). Esto hace comprender la pregunta de los discípulos tras el anuncio de la destrucción del Templo (Me 13,1-2; Le 21,7; Mt 24,1-2) a la que responde el discurso escatológico del Señor: «Dinos cuándo serán estas cosas y cuál es el signo cuando todas estas cosas estén para cumplirse» (Me 13,4); «Maestro, ¿cuándo sucederá esto?» (Le 21,7); «Dinos cuándo sucederá esto y cuál es la señal de tu venida y del final del mundo» (Mt 24,3).Entre las Líneas En el caso de Me y Le la pregunta de los discípulos se dirige primariamente a la destrucción del Templo y parece abarcar también el fin del mundo, pues ambas cosas están asociadas entre sí según la mentalidad judía.Entre las Líneas En la formulación de Mt la pregunta parece implicar aún más claramente ambos acontecimientos. La contestación de Jesús tiene en cuenta estas implicaciones. S. Tomás expone así la cuestión, al mismo tiempo que resume las diversas interpretaciones: «Había dicho (Jesús) que el Templo sería destruido. Por esta razón preguntan tres cosas: primero, sobre el Templo; después, sobre su venida: finalmente, sobre el fin del mundo. Por esto dicen Dinos cuándo sucederán estas cosas, es decir, la consumación de tu amenaza; y de tu venida: y cuál será la señal de tu venida; de igual forma, sobre el fin del mundo: y de la consumación del mundo» (Super Evangelium Sancti Matthei Lectura, 24, Turín 1951, 296). A continuación S. Tomás perfila el concepto de «venida del Señor»: «Estos discípulos preguntaron sobre su venida, y ésta es doble: La última, que es para juzgar y tendrá lugar al final del mundo. De ella se habla en Hechos 1,11: Como le visteis subir al cielo, así vendrá. Otra es la venida que conforta la mente de los hombres, a los que viene espiritualmente: Verán al Hijo del hombre venir en las nubes, es decir, en los predicadores, porque por medio de los predicadores viene el Señor a las mentes de los hombres. Por lo cual es dudoso a cuál de las dos venidas deba referirse.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Puntualización

Sin embargo, dice Agustín que todo debe referirse a la venida espiritual. Otros que a su segunda venida. Otros aplican este pasaje a la destrucción de Jerusalén y a la última venida» (ib.).
Nc parece descaminado interpretar el pasaje en el sentido de que Jesús, al anunciar a los Apóstoles la pronta destrucción del Templo, quiere prevenirles de que no por eso han de pensar que vendrá también pronto su segunda venida y, el fin del mundo Éste aparece claro en Mt 24,5-13 y paralelos, sobre los que ha comentado S. del Páramo: «En conclusión, creemos que Cristo no enseña aquí que las guerras, pestes, hambres, terremotos, etc., sean señales del fin del mundo; al contrario, exhorta a los discípulos a que no se dejen alucinar por las falsas ideas de que estos acontecimientos son señales de semejante fin. No son tales, sino que antes de que venga este fin que les preocupa han de suceder una larga serie de calamidades, de las que éstas no son más que el comienzo» (La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento, I, Madrid 1964, 252).
Visto el sentido general del pasaje, pasemos ahora el análisis de los versículos directamente referidos a la venida del Hijo del hombre y al fin de los tiempos: «Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas que están en los cielos temblarán. Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con mucho poder y gloria. Y entonces enviará a sus ángeles, y congregará a sus elegidos de los cuatro vientos, desde un extremo de la tierra hasta otro extremo del cielo. De la higuera aprended la parábola. Cuando ya sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, conocéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis suceder estas cosas, sabed que está ya en’ las puertas.Entre las Líneas En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas sucedan. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. De aquel día, empero, o de la hora, nadie sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre» (Mc 13, 24-32; cfr. Lc 21,25-33; Mt 24,29-36). Los primeros versículos utilizan las imágenes de un cataclismo cósmico, imágenes que forman parte del estilo profético apocalíptico, usadas muchas veces al describir acontecimientos importantes. El aducirlas aquí era lógico, ya que se trata de la venida del reino mesiánico, «que es como la introducción de un mundo nuevo que se implanta sobre las ruinas del antiguo» (J. Alonso Díaz, La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento 1, 454). Cristo emplea, pues, una terminología ya aceptada para describir la venida del Hijo del hombre. Sus palabras no han de ser tomadas literalmente como una enumeración de las señales celestes que precederán al fin del mundo, sino que son más bien el modo reconocido de indicar que Dios está a punto de intervenir (cfr. J. A. O’Flynn, Evangelio según S. Marcos, Verbum Dei, 1, 3, Barcelona 1957). S. Juan Crisóstomo ha dado la siguiente exégesis sobre la naturaleza de estos signos: «Mas, ¿cómo aparecerá el Señor?. Trasformada ya toda la creación. Porque el sol se oscurecerá; no porque desaparezca, sino vencido por la claridad de su presencia, y las estrellas del cielo caerán Porque, ¿qué necesidad habrá de ellas, cuando ya no habrá noche? Y las potencias del cielo se conmoverán. Y con mucha razón, pues han de ver tamaña trasformación» (Homilía in Mattheum, 76,3: PG 58,697-698).
Existe una gran diversidad de opiniones en torno a qué se entiende en la frase «esta generación» que emplea Jesús al final de su anuncio; puede referirse a la nación judía, a la raza humana, a la comunidad de los fieles (la Iglesia), o a la generación de los judíos coetáneos a Cristo. La interpretación exacta de esas palabras depende del tema -fin de Jerusalén o fin del m.
con el que se relaciona la parábola de la higuera a la que esas palabras están vinculadas. Los exegetas actualmente la refieren de ordinario al fin de Jerusalén y no al fin del mundo. Los Padres propendían a dar una exégesis eclesiológica. Comenta así el Crisóstomo: «Entonces, me dirás, ¿cómo dijo esta generación? Porque no hablaba de la generación que a la sazón vivía, sino de la generación de los cristianos, porque el Señor sabe que una generación no se caracteriza sólo por el tiempo, sino también por la manera de su culto y de su vida. Así cuando dice el salmista: Ésta es la generación de los que buscan al Señor (Ps 23,6). Ahora bien, lo que antes había dicho: es menester que todo esto se cumpla; y luego: se predicará este evangelio, eso mismo pone aquí de manifiesto diciendo que todo esto sucederá infaliblemente y que permanecerá la generación de los creyentes, sin que nada de lo dicho pueda destruirlos». (Homilia in Mattheum 77,1: PG 58,602). Y S. Tomás: «Nopasará esta generación, esto es, no cesará la fe de la Iglesia hasta el fin del mundo» (Super Ev. Sancti Matthei, o. c., 306).
Los versículos finales tienen como objetivo exhortar a la vigilancia y parecen estar referidos al fin del mundo, mostrando una vez más el cruce de estos dos temas en la narración evangélica. La declaración de que el Hijo, es decir, Cristo, no conoce el tiempo de la segunda venida ha de ser interpretada en el sentido de que no formaba parte de su función mesiánica el revelarlo a los hombres. [rbts name=”religion-cristiana”]

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Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre mundo y escatología en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

Para exégesis de los textos de la Sagrada Escritura e historia de la doctrina antigua: mundo MEINERTZ, Teología del Nuevo Testamento, Madrid 1963, 54-56; F. CEUPPENS, 11 problema escatologico nella exegesi, en Problemi e orientamenti di teología dommatica, 11, Milán 1957, 925-974; 1. TiXERONT, Histoire des Dogmes dans Cantiquité chrétienne, París 1912-14; L. ALTZERBERGER, Die christliche Eschatologie in den Stadien ihrer Offenbarung im Alten und Neuen .Testamente, Friburgo 1890; íD, Geschichte der christlichen Eschatologie innerhalb der vornicánischen Zeit, Friburgo 1896.

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