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Leyenda Negra

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Leyenda Negra

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Leyenda Negra en Relación a Política

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] Se designa con este nombre el conjunto de desfiguraciones de que ha sido objeto la realidad histórica de España, la valoración negativa de la misma, o bien, la conjunción de ambos hechos. La época sobre la que fundamentalmente se centran las versiones más características de la leyenda negra es la de los siglo XVI y XVII. Tal es la acepción de la expresión leyenda negra por antonomasia; extensivamente suele aplicarse a toda desfiguración peyorativa de la realidad. Los mismos términos leyenda negra encierran su definición más genérica. Por una parte, se trata de una leyenda, esto es, de una versión carente del necesario fundamento histórico, ya por basarse en hechos ficticios, ya por haber deformado hechos reales. Este segundo camino parece ser el más frecuente en la génesis de una leyenda, con la particularidad de que la nueva versión puede ser tan completa y detallista -p. ej., en la configuración del carácter de determinados personajes- como la primitiva y auténtica, de suerte que puede parecer tan verosímil como ella.
Una leyenda, ya se refiera a una persona, a una hazaña o a un pueblo, suele envolver a su vez un juicio de valor: es meliorativa o peyorativa.Entre las Líneas En tal sentido, son sumamente abundantes las «leyendas blancas» o «leyendas rosadas», referentes, p. ej., al origen de una nación, a la personalidad del fundador de un pueblo o dinastía, a una declaración o lucha por la independencia, etc. Las «leyendas negras» son, en cambio, menos frecuentes, y nacen de pueblos o colectividades oprimidos, de facciones derrotadas, o bien producto del despecho. Una leyenda (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), una vez consagrada, adquiere un carácter prácticamente indeleble. El hecho de que las versiones historiográficas vayan fijándose por agregación, utilizando cada una de ellas la anterior o anteriores, contribuye a esta consagración estereotipada, muy difícil ya de borrar, y contra la que es fácil que se estrellen todas las apologías o reivindicaciones.
Julián Juderías, principal analista de la leyenda negra antiespañola, la describe como «una leyenda absurda y trágica que procede de reminiscencias de lo pasado y de desdenes de lo presente, en virtud de la cual, querámoslo o no, los españoles tenemos que ser, individual o colectivamente, crueles e intolerantes, amigos de espectáculos bárbaros y enemigos de toda manifestación de cultura o de progreso» (o. c. en bibl. 9). Tal versión, que pudiera parecer, en principio, limitada a una mera valoración histórica, tiene, sin embargo, una indudable importancia actual y una indiscutible proyección práctica, por cuanto, como sigue diciendo el mismo autor, «constituye un obstáculo enorme para nuestro desenvolvimiento nacional, pues las naciones son como los individuos, y de su reputación viven, lo mismo que éstos» (ib.).
l. Génesis de la Leyenda Negra. Puede decirse que hasta mediados del siglo XVI no surge como versión generalizada, o como campaña intencionada, la leyenda negra antiespañola. P. ej., los Reyes Católicos (pese a haber sido los introductores de la más tarde denigrada Inquisición) gozaron, en general, de lo que llamaríamos buena prensa en la historiografía renacentista.

Pormenores

Las acusaciones que determinados elementos interesados lanzaron contra Carlos I y su política carecen de un definido matiz antiespañol. Las críticas se generalizan, se estereotipan y adquieren su carácter de «leyenda» en la época de Felipe II. Sería ingenuo suponer que el hecho se debe al temperamento taciturno o supuestamente fanático y cruel del segundo monarca de la Casa de Austria. Hay que tener en cuenta también, sobre todo, que es en la época de Felipe II (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) cuando el imperio de los Austrias se transforma en lo que pudiéramos llamar «imperio nacional español», que es justamente el primer imperio nacional de los tiempos modernos, y que tropezó, en sus pretensiones hegemónicas, con un cúmulo de enemigos empeñados en una dialéctica de oposición.
Sin embargo, y en virtud de una paradoja que muchos consideran enraizada en el carácter español, las versiones iniciales de la leyenda negra no fueron obra de enemigos exteriores, sino de españoles – o para incluir a Guillermo de Orange, súbditos del rey de España- de temperamentos e intenciones muy distintos entre sí, y en los que únicamente podríamos encontrar como nota común una actitud de despecho. El nacimiento de las constantes de la leyenda negra en la propia España, caso tal vez único en la historia, ha proporcionado una mayor fuerza moral a los ulteriores alegatos de los extranjeros, y ha merecido el conocido y amargo comentario de Quevedo en su España defendida: « ¡Oh desdichada España! Revuelto he mil veces en la memoria tus antigüedades y anales, y no he hallado por qué causas seas digna de tan porfiada persecución. Sólo cuando veo que eres madre de tales hijos me parece que ellos porque los criaste, y los extranjeros (referido a las personas, los migrantes, personas que se desplazan fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de forma temporal o permanente, y por diversas razones) porque ves que los consientes, tienen razón de decir mal de ti».
Cronológicamente abre la marcha la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, publicada en Sevilla, en 1552, por fray Bartolomé de Las Casas (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Hoy no puede dudarse del espíritu magnánimo de fray Bartolomé como apóstol de los indios, ni de su alto concepto de la dignidad humana; pero no es posible disimular el fracaso de aquel misionero idealista que se estrelló unas veces contra la burocracia o las apetencias de los colonos, y otras contra la incomprensión de los propios indígenas, que por dos veces destruyeron la «república de los indios» que él soñaba fundar (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Fray Bartolomé reaccionó, sin embargo, sólo contra los españoles, a los que considera como «lobos rapaces», en contraposición a las «cándidas ovejas» que son los indios; y aquéllos no han hecho otra cosa con tales ovejas que «despedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas y destruillas por las extrañas y nuevas y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad».Entre las Líneas En el mismo prólogo, del cual está tomado este frenético párrafo, concreta que los españoles, sólo en una generación, han matado a más de quince millones de indios, y más adelante, prefiere doblar esta cifra. (Recordemos que, según los cálculos de Rosemblat, la población total de la América indígena no pasaba de los 13 millones.) La obra de Las Casas, pese a su delirante lenguaje, fue utilizada rápidamente por los enemigos de España, como Benzoni en su Storia nuova (1581), o Montaigne en sus Essais (1588), quien añade que tales crímenes deben ser ciertos, puesto que es un español quien los confiesa.
En segundo lugar, tenemos la obra de Reinaldo González Montes, antiguo dependiente de la Inquisición, que, despedido de la misma, se exilió, se convirtió al luteranismo, y en completo desquite escribió en Alemania su íntegro, amplio y puntual descubrimiento de las bárbaras, sangrientas e inhumanas prácticas de la Inquisición española. El título es de por sí suficiente para revelarnos el carácter de su contenido, y un apasionamiento similar al de Las Casas, aunque probablemente con una intención menos sana e ingenua que la del misionero. La obra fue traducida rápidamente al inglés, pero alcanzó su máxima difusión en el siglo XVII.
En 1581 publicó su Apología Guillermo de Orange (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Aquel príncipe flamenco, como es sabido, se había alzado en armas contra Felipe II quince años antes. La rebelión de los Países Bajos, en un principio, había sido aplastada, y Orange, exiliado en Alemania, hubo de gastar toda su fortuna en reclutar un ejército de mercenarios que fue pronto deshecho por los tercios del duque de Alba. Desterrado, empobrecido, puesta a precio su cabeza por el rey de España y desgraciado en su matrimonio, Guillermo de Orange redactó o hizo redactar a una supuesta tercera persona la Apologie ou Déjense du trés Illustre Prince Guillaume. La obra no es en absoluto una apología o defensa propia, sino que pasa inmediatamente a tomarse la más apasionada venganza, utilizando como arma la difamación (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Felipe II es acusado de incestuoso, bígamo y adúltero, y además asesino de su esposa, Isabel de Valois, y de su hijo, D. Carlos. Aunque el ataque se dirige principalmente contra la persona del rey, los españoles, a los que se pinta como orgullosos, avaros, fanáticos, vengativos y despreciadores de lo extranjero, tampoco resultan muy bien librados.
El último gran despechado del siglo es otro español, Antonio Pérez (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), secretario de Felipe II y hombre de su confianza, que después de un doble juego con D. Juan de Austria, y de haber instigado el asesinato del secretario de éste, Escobedo, fue encarcelado y sometido a proceso (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Fugado de la prisión, y refugiado en Francia e Inglaterra, publicó en Londres sus Relaciones (1594), firmadas bajo el seudónimo de Rafael Peregrino. Escritor fácil y de buen estilo, Pérez sabía atraer el interés de los lectores. Sigue sensiblemente las versiones ya consagradas por Orange, y añade la acusación de los amores, más que improbables, de Felipe II con la princesa de £boli, y la noticia, a todas luces falsa, del degollamiento de D. Carlos. Las Relaciones se tradujeron inmediatamente al holandés, y con celeridad pasmosa se difundieron por toda Europa.
2. Las constantes de la Leyenda Negra. Como hemos dicho, una leyenda tiende más a desfigurar hechos reales que a crear hechos supuestos, y la leyenda negra no es una excepción. Muchas de las constantes o motivos de la leyenda negra tienen; cuando menos, una parte de fundamento en la realidad. Los españoles, como todas las colectividades humanas, tienen defectos o tachas, actuales o históricos.Si, Pero: Pero esta parcial existencia de fundamentos objetivos no exime a la leyenda negra de dos graves culpas: una, la generalización de determinados hechos particulares (hubo crueldades en la colonización de América, pero no puede considerarse tal conducta como norma general, ni pueden olvidarse los más abundantes casos de generosidad y abnegación); y otra, la atribución en exclusiva a los españoles de defectos o costumbres que son comunes. (La Inquisición del siglo Xvi fue un organismo «cruel» para una mentalidad del siglo Xx; pero fue el cuerpo judicial menos cruel de todos los existentes entonces en Europa, sin que los demás sean objeto de idéntica acusación.) Un tercer procedimiento, aunque no encierre necesariamente un juicio de valor, consiste en la desfiguración de los hechos. (Aun hoy, la inmensa mayoría de los españoles, y prácticamente la totalidad de los extranjeros, creen que un «auto de fe» era el acto público en que se quemaba vivos a los reos de delitos contra el Dogma; cuando el auto de fe consistía simplemente en la solemne publicación de la sentencia, condenatoria o absolutoria. La ejecución, caso de condena a muerte, se hacía en privado, y por lo general a garrote; lo que en ciertos casos se quemaba, y tampoco en público, eran los restos del ajusticiado. Para más detalles sobre el tema, v. INQUISICIÓN.)
Unos cuantos objetivos parecen atraer de manera especial las acusaciones de la leyenda negra, y condensar así esas constantes historiográficas a que nos estamos refiriendo. Entre ellas podemos contar: a) La figura de Felipe II. Este monarca, como ya hemos visto, fue objeto de los ataques de dos antiguos súbditos despechados, Guillermo de Orange y Antonio Pérez. El hecho de que Felipe II personifique mejor que otros reyes de su dinastía la política de la España del Siglo de Oro, tendente a asegurar un orden católico en Europa, ha influido mucho más en la versión peyorativa que los rasgos de su carácter. El «demonio del Mediodía», como empezó a llamársele en la Inglaterra isabelina, habría sido un monarca cruel, despótico e intolerante, símbolo del oscurantismo. Hoy su figura; con todas sus virtudes y defectos razonablemente humanos, está a salvo, si no de valoraciones subjetivas de diversa índole, de toda suerte de calumnia historiográfica.
b) La muerte del príncipe D. Carlos, uno de los temas favoritos de la leyenda negra, se basa en la desgracia familiar de 1568, que en un plazo de meses dejó a Felipe II sin esposa y sin primogénito, y amargó en adelante toda su vida. Que Isabel de Valois murió de parto se convirtió pronto en certidumbre histórica.Entre las Líneas En cuanto a D. Carlos, si bien las versiones difieren espectacularmente -Orange afirma sólo que fue asesinado; Pérez, que degollado; Fourquevaux, que envenenado; Brantóme, que ahogado con una toalla; y Saint Réal, que suicidado en el baño para no caer en las garras de la Inquisición-, la idea general de la muerte violenta se mantuvo hasta fines del siglo pasado, y dio lugar a uno de los temas literarios más utilizados en toda Europa. Todavía hoy la mayoría de los alemanes creen que Felipe II hizo matar a su hijo por celos y por motivos religiosos, merced a la obra maestra de F. von Schiller (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Don Carlos. Hoy se sabe, que aquel príncipe subnormal, que proyectaba alzarse en los Países Bajos contra su padre, murió en la prisión el 25 jul. 1568, víctima del régimen de huelgas de hambre alternadas con comilonas, que él mismo se había impuesto.
c) La crueldad. La afirmación inicial de que «los españoles son crueles» derivó bien pronto en dos acusaciones concretas, que ya conocemos: los procedimientos de la Inquisición y la colonización de América. La obra de González Montes, como hemos dicho, se difundió especialmente a partir del siglo XVII, y sus exageraciones o falsedades se tomaron como artículos de fe. A la idea de crueldad propia del siglo XVI, se uniría, desde mediados del XVII, el tópico de fanatismo e intolerancia. Todavía el nombre de la Inquisición española es utilizado en Europa como símbolo de brutal presión del espíritu, sin tener en cuenta los trabajos científicos que existen sobre el verdadero papel de aquel tribunal y el de otros tribunales, religiosos o civiles, más ominosos, establecidos en el mundo civilizado de entonces.
En cuanto a la leyenda negra americana, puede decirse que perduró hasta bien entrado el siglo XIX, utilizando al pie de la letra o exagerando todavía más, las cifras de Las Casas. Voltaire afirma tajantemente que Felipe II «ordenó» exterminar a los indios, y Montesquieu considera a los conquistadores como unos «bandidos devotos». Campe ve como una desgracia para la Humanidad el descubrimiento de América por los españoles, en tanto que para Draper «el destino de España fue destruir». Sólo el nacimiento del americanismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) como ciencia histórica especializada pudo valorar en sus justos términos la obra de España en el Nuevo Mundo.
3. Evolución histórica de la Leyenda Negra. Al hablar de constantes en la leyenda negra nos referimos al mantenimiento sistemático de determinados objetos de ataque o difamación, pero no el punto de vista desde el que se ataca o difama, que cambia de acuerdo con la mentalidad de los tiempos. Para los europeos del siglo XVI, los españoles son orgullosos, belicosos, violentos y despectivos hacia el resto del mundo. La crítica del siglo XVIl se olvidaría de la mayor parte de estas notas, para recargar el acento sobre la crueldad, añadiendo otra nueva, la hipocresía. Los españoles, so capa de religión, quieren avasallar Europa; no se les acusa de ser religiosos, sino de todo lo contrario, de hacer mal uso de su religión. Tal punto de mira empieza a cambiar conforme a lo largo del siglo XVII y durante todo el XVIII se impone la mentalidad racionalista; entonces se acusa en los españoles su acendrada religiosidad, que recibe los nombres de fanatismo, oscurantismo y superstición.
Nada tiene de particular que la crítica del XVIII se centre fundamentalmente en la Inquisición, como símbolo de aquella España tenebrosa, que Voltaire comparaba con los pueblos salvajes porque «sacrificaba vidas humanas a la divinidad». El célebre artículo España de la Enciclopedia Francesa, redactado por Masson de Mosvilliers, es compendio de toda la visión peyorativa del racionalismo. Una pregunta insultante: «¿Qué se debe a España? Desde hace dos, cuatro, diez siglos, ¿qué ha hecho por Europa?», mereció la indignación de los españoles, y la publicación de dos conocidas réplicas: la de Cavanillas (Observaciones sobre el artículo España, Madrid 1784), y de J. P (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Forner (Oración apologética, Madrid 1786).
El siglo XIX, que a los tópicos del anterior añade las ideas del despotismo de los reyes y la ignorancia y atraso de los españoles, supone una espectacular inversión en la actitud de los propios ofendidos, que ahora se vuelven autoacusadores. El liberalismo español se avergonzaría pronto de su pasado histórico. Para el presidente de las Cortes de Cádiz, Muñoz Torrero, «la libertad de pensar y de escribir perecieron con la Inquisición», sin que el argumento de que el pensamiento y la literatura españoles nunca alcanzaron nivel más alto que en la época de mayor poder inquisitorial hiciera mélla en él. El poeta Quintana simbolizaba en El Escorial «el padrón sobre la tierra de la infamia del arte y de los hombres», en tanto que el diputado Romero Ortiz veía a los españoles del siglo XVI como «muchedumbres embrutecidas que acudían al resplandor de las hogueras del Santo Oficio». Todavía a fines de siglo aseguraba el gran Castelar que «no hay nada más espantoso, más abominable que aquel imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta».
Sólo a fines de siglo, Cánovas inicia en cierto sentido una labor reivindicadora, en la que representa un hito fundamental, poco después, la obra de Menéndez Pelayo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Desde entonces, los seguidores de la leyenda negra han encontrado la réplica de los apologistas, en ocasiones sólida y científica, como la de Altamira, Juderías o Menéndez Pidal, y en otras un tanto apasionada, quizá por simple amor a la verdad, o tan tendente al tópico como la propia acusación. Hoy día, la investigación histórica, avalada por el «método de la comprensión» que postula H. Lapeyre, no sólo tiende a dejar las cosas en su sitio, deshaciendo viejas falacias, sino a enfocar los hechos a la luz de la mentalidad de la época en que se desarrollaron.Entre las Líneas En suma, la leyenda negra tiende a remitir -aunque muy lentamente, por mor de su secular encallecimiento-, como resultado, no de entusiastas alegatos triunfalistas, que pueden hacer más daño que provecho, sino de una progresiva aproximación a la verdad. [rbts name=”politica”]

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Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre leyenda negra en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

Además de las fuentes de la leyenda negra y sus réplicas, citadas en el texto: J. JUDERfAS, La Leyenda Negra, 13 ed. Madrid 1954 (obra clásica); S. ARNOLDSON, La Leyenda Negra. Estudios sobre su origen, Goteborg 1960 (en español); R. ALTAMIRA, Ensayo sobre Felipe 11, hombre de Estado, México 1950; H. LAPEYRE, Autour de Philippe !I, en «Bulletin Hispanique», 1957 (útil síntesis y recapitulación de las versiones sobre Felipe II); P. SAINZ RODRÍGUEZ, Evolución de las ideas sobre la decadencia española, Madrid 1962 V. PALACIO ATARD, Derrota, decadencia y agotamiento de España en el siglo XVII, 3 ed. Madrid 1966 (útil para el tema, sobre todo la segunda parte); fD, Razón de la Inquisición, Madrid 1954; A. JUNCO, Inquisición sobre la Inquisición, México 1956; R. BARóN CASTRO, Españolismo y antiespañolismo en la América hispana, Madrid 1945; R. CARBIA, Historia de la Leyenda Negra Hispanoamericana, Madrid 1944; S. ARNOLDSON, La conquista española de América según el juicio de la posteridad, Madrid 1960.

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