Apoteosis
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Apoteosis en Relación a este Tema
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] En sentido amplio, significa «divinización» de un hombre vivo o muerto (gr. apotheosis, de apotheoó, «convertir en dios»); en sentido estricto, la consecratio o inclusión en el número de los dioses oficiales de un emperador difunto. Los presupuestos históricos de esta práctica han de buscarse en la realeza de carácter divino, y en el culto a los difuntos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), especialmente, el de los antepasados míticos. Los reyes de las grandes monarquías del Oriente Próximo eran considerados como dioses (el faraón egipcio, el rey de Akkad); como impuestos por los dioses a su pueblo (Babilonia); como descendientes de los dioses o recipendarios de un carisma divino. Este último caso, probablemente, es el de la realeza micénica (véase en esta plataforma: MICENAS), según indican el testimonio de las tablillas, ciertos epítetos homéricos («semejante a los dioses», «descendiente de Zeus») y la historia del cetro de Agamenón (Homero, Iliada, 11, 100 ss.).
Si la realeza divina no está atestiguada en la Grecia clásica, es general, en cambio, el culto como héroe (véase en esta plataforma: HÉROES MITOLÓGICOS) del fundador de una ciudad (ktistes) o del antepasado mítico de una tribu o fratría (eponymos). La concepción antropomórfica y dinámica (véase en esta plataforma: ANTROPOMORFISMO II) de la divinidad se prestaba a la «divinización» de los gobernantes poderosos en vida, y los mitos de inmortalización o traslado al Olimpo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de algunos seres humanos. Heracles (Hesíodo, Teogonía, 950 ss.; Píndaro, Nemeas, I, 61 ss.), Ganimedes (Hom., Riada, XX, 232), Ino (Hom., Odisea, XX, 232), a la creencia similar en un premio post mortem para los benefactores de un pueblo, como Licurgo (Heródoto, I, 65). El primer ejemplo griego de divinización es el de Lisandro en Samos (Plutarco, Lisandro 18=Duris, en Jacoby, Frag. Griech. Hist. II A, p. 157, n° 71, Ateneo XV, 696E); Agesilao, más modesto, se negó a la erección del templo que le ofrecían los tasios (Plutarco, Apotegmas de los Lacedemonios, Agesilao, 25 ss.); no así Fjlipo II de Macedonia a la construcción del suyo en Olimpia después de la batalla de Queronea (Pausanias, V, 20, 10).
La práctica, consagrada por Alejandro Magno al hacerse proclamar hijo de Ammón por el oráculo líbico (Diodoro, XVII, 69 ss.; Arriano, Anabasis, III, 3, 4; Plutarco, Alex. 27), la continúan sus sucesores: Ptolomeo II funda un culto a Ptolomeo I y Berenice, para declararse dios ca. el 270 apoteosis C. con su esposa Arsínoe. Ciertos epítetos cultuales, Soter, «salvador» (asignado a Antígono 1, Ptolomeo I, etc.) y Ep1phanes «(dios) manifiesto» (Antíoco IV) indican los rasgos divinos de la realeza en otras partes.
En época republicana los funcionarios romanos reciben títulos análogos en Grecia y Asia Menor, unidos a un culto religioso en conexión con el de la dea Roma. Así, Flaminino (Plut., Flamin. 16) e incluso Verres (en Sicilia) y Apio, el antecesor de Cicerón en Cilicia.
Aviso
No obstante, hasta julio César no puede hablarse de una verdadera apoteosis en Roma; ya en vida, el Senado autoriza el elevarle una estatua con el epíteto de semidiós (Dión Casio, XLIII; 14; Servio, Ad. Verg. Aen., V, 36); el pueblo erige una columna y un altar en el lugar de su pira; tras el triunfo de los triunviros el Senado le nombra oficialmente Diuus Iulius. El ritual de la apoteosis se consagra con Augusto (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), que en vida recibe culto en múltiples partes del Imperio (Asia, Bitinia, Tarragona y, según demuestran las inscripciones, en Italia). Es el Senado quien decreta la divinización del Emperador difunto (Tertuliano, Apologético, 5; Historia Augusta, Macrin 6, 8).
La ceremonia fúnebre del príncipe divinizado imita en el siglo II la de Augusto; en torno a la enorme pira las tropas de a pie y los jinetes corren (decursio) y arrojan sus recompensas militares a las llamas; y como de la pira de Augusto se vio volar un águila que llevaba su alma al cielo (Dión Casio, LVI, 42, 3; cfr. Suetonio, Aug., 100), se suelta una de estas aves en lo alto de la pira (Dión Casio, LXXIV, 5, 5; Heródoto, IV, 2, 11; Artemidoro, Onirocrítica, II, 20) o un pavo real en el caso de las emperatrices. Al Emperador divinizado se le concedía el título de diuus y un culto a cargo de un colegio sacerdotal (sodales Augustales, Claudiales, Flaviales; v. RomA v).Entre las Líneas En el s. I sólo se divinizó a Claudio, Vespasiano y Tito; a partir de Nerva se generalizó la a., con inclusión de la emperatriz, para los príncipes buenos como polo opuesto de la damnatio memoriae. Incluso los primeros emperadores cristianos (hasta Graciano probablemente) fueron declarados diui por el Senado a título póstumo. Que la gente culta tenía sus reservas sobre la práctica, lo demuestra la Apocolokyntosis de Séneca, el sarcasmo de Lucano (Pharsalia, VII, 456), y la macabra ocurrencia de Vespasiano en su lecho mortal: «Vae, puto deus Íio» (« ¡Ay! Creo que me estoy haciendo dios»; Suetonio, Vesp., 23).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre apoteosis en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Ediciones Rialp, 1991, Madrid, España
Véase También
Bibliografía
E. BICKERMANN, Die rómische Kaiserapotheose, «Archiv für Religionswissenschaft»,. XXVII (1929), 1-34; H (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). FRANKFORT, Kingship and the Gods, A Study of Ancient Near Eastern Religion as the Integration of Society and Nature, Chicago 1948; cfr. H. I. ROSE, 371-379, J. BAYET, 418-434, en La regalitá sacra (contributi al tema dell’ VIII congressó internazionale di storia delle religioni), Leiden 1959; F. KÚNIG, Cristo y las religiones de la tierra, II, Madrid 1961, 67, 149, 166, 214, etc.
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