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Bautismo en la Teología Sistemática

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Bautismo en la Teología Sistemática

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Bautismo en la Teología Sistemática en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] El Bautismo es un sacramento (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) instituido por Jesucristo, que devuelve al hombre la amistad con Dios, perdida por el pecado original, mediante una regeneración espiritual obrada por el agua y por el Espíritu Santo. Véase el significado etimológico de la palabra bautismo en I, 1. Aquí estudiamos: 1. Institución por Cristo. 2. Estructura teológica del bautismo 3. Efectos. 4. Ministro. 5. Sujeto del bautismo 6. Necesidad del bautismo 7. Condiciones de validez y licitud del bautismo 8. El bautismo en las confesiones cristianas no católicas.
1. Institución por Cristo. Puede decirse que la institución del bautismo como sacramento, hecha por Jesucristo, se asienta sobre la universal inclinación del hombre a expresar y conocer las realidades suprasensibles (como son las espirituales, y más aún las sobrenaturales) por medio de signos y símbolos. El baño es un símbolo religioso primario que expresa que el hombre debe estar limpio y que continuamente debe purificarse para comparecer ante Dios; así se explican las diversas «prácticas bautismales» estudiadas por la historia de las religiones (véase en esta plataforma: I y II, 1).Si, Pero: Pero el bautismo instituido por Cristo no deriva de esos baños, sagrados o purificatorios, practicados en algunos grupos religiosos; las características, e incluso la práctica, del bautismo cristiano son originales (unicidad e irrepetibilidad, consecuencia de su carácter esencial constitutivo), como lo son su sentido y efectos sobrenaturales (cfr. I, 4 y ii). Aunque sí puede decirse que Cristo de alguna manera recoge esas «prácticas bautismales», dándoles contenido y significación nuevas. Sería un ejemplo más del conocido principio teológico de que la gracia y la revelación no destruyen la naturaleza humana y sus necesidades, sino que las suponen y las perfeccionan dándoles su acabamiento. El bautismo está intrínsecamente ligado a la obra histórica de salvación de Jesús, la cual, de una vez y para siempre, purificó a los hombres de toda culpa.
El bautismo instituido por Jesucristo fue significado y profetizado en el Antiguo Testamento mediante diversas figuras y vaticinios. Zacarías afirma que llegará un día en que «habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia» (Zach 13, 1). Isaías hace también una alusión profética al bautismo (Is 44, 34), mientras Ezequiel, refiriéndose a la nueva alianza que sustituiría a la antigua (véase en esta plataforma: ALIANZA II), pone en boca de Dios estas palabras: «os rociaré con aguas puras y os purificaré de todas vuestras impurezas, de todas vuestras idolatrías. Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi Espíritu» (Ez 36, 2527). Además el Antiguo Testamento, «sombra de las cosas futuras» (Col 2, 17), está lleno también de hechos que prefiguran el bautismo cristiano; en efecto, «la Revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio» (Vaticano II, const. Dei Verbum, 2). Así, se consideran figuras del bautismo la circuncisión (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el paso del mar Rojo, el agua sacada de la roca por Moisés, el paso del Jordán, etc. Cada una de estas figuras expresa de un modo particular algunas características del B.: el perdón del pecado original, la pertenencia del bautizado al Pueblo de Dios, la liberación de la esclavitud del pecado y la consecución de la vida de la gracia, las aguas regeneradoras que apagarían la sed de los hombres, etc.
El Nuevo Testamento narra la realización de todas estas promesas y figuras, en la institución por Cristo del sacramento del B.; institución que forma parte de la fe de la Iglesia, proclamada solemnemente en diversas ocasiones (p. ej., en el Concilio de Trento, cfr. Denz.Sch. 1601).Entre las Líneas En cuanto al momento preciso de esa institución, la explicación más común lo sitúa poco antes de la Ascensión de Jesucristo («id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», Mt 28, 19). Antes, lo había ido anunciando, revelándolo a los Apóstoles poco a poco, como todos los misterios sobrenaturales, y dando a conocer progresivamente los diversos aspectos del sacramento (véase en esta plataforma: II, 2 y 3). El primer anuncio es el de Juan Bautista, cuando Cristo comenzó su ministerio público: «yo os bautizo con agua para moveros a penitencia; pero el que ha de venir después de mí. ha de bautizaros en el Espíritu Santo y en el fuego» (Mt 3, 11). El de Juan no es todavía el bautismo cristiano, sino un bautismo de penitencia que sirve para suscitar e indicar las disposiciones requeridas por el bautismo cristiano: apartamiento del pecado, fe en el Mesías prometido. El bautismo de Jesús en el jordán es otro momento de esa revelación; se muestra entonces que la fuente de la regeneración bautismal es la Santísima Trinidad, hecha presente de modo visible en la teofanía del jordán descrita por los evangelistas: «bautizado Jesús, al instante que salió del agua se le abrieron los cielos, y vio bajar el Espíritu de Dios a manera de paloma, y posar sobre Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: Éste es mi Hijo querido en quien Yo me complazco» (Mt 3, 1617). También se indica aquí el efecto propio del B.: filiación divina y apertura de las puertas del cielo. El coloquio de Jesús con Nicodemo (lo 3, 5 ss.) da a conocer de modo preciso que el bautismo cristiano es fruto del agua y del Espíritu Santo, y que es absolutamente necesario para alcanzar la salvación. También en otros momentos de su vida, Jesucristo alude a esté sacramento. Y en el agua que manó del costado abierto de Cristo en la cruz (lo 19, 34), los Padres de la Iglesia han visto simbolizado, unánimemente, el B.
El mandato de Jesucristo fue enseguida puesto en práctica por la Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles narran cómo inmediatamente después de Pentecostés son bautizadas más de tres mil personas (Act 2, 41), que mediante este rito son agregadas a la naciente Iglesia. Ya entonces el bautismo cristiano se distingue perfectamente del bautismo predicado por Juan (como los Apóstoles mismos se preocupan de subrayar) porque, mientras el bautismo de Juan sólo movía a penitencia, el bautismo de Cristo perdona realmente los pecados y otorga el Espíritu Santo (Act 2, 38; 19, 36). Se distingue también de las diversas abluciones rituales judaicas y de los ritos purificatorios de los paganos (véase en esta plataforma: i; PURIFICACIÓN I y II). La Sagrada Escritura, especialmente los Hechos de los Apóstoles, dicen que este bautismo se realizaba «en el nombre de Jesús»; pero esto no quiere decir, según la opinión más común, que no se empleara la fórmula trinitaria impuesta por el mismo Cristo, sino que se administraba con la autoridad de Jesucristo y bajo su mandato, en unión con Él y por su virtud (véase en esta plataforma: ii).

Puntualización

Sin embargo, la polémica de algunos Padres contra la fórmula «en el nombre de Jesús» (Orígenes, In Romanos, 5, 8: Cipriano, Epístola 73, 18; Basilio, De Spiritu Sancto 12, 28) puede significar que esa expresión se había usado como fórmula bautismal en algunas partes; su equivalencia a la fórmula trinitaria parece que fue defendida por algunos Padres y teólogos en determinados casos.
2. Estructura teológica del Bautismo. La reflexión teológica sobre los textos bíblicos ha llevado a distinguir tres elementos fundamentales en la estructura de los sacramentos: el signo sacramental («sacramentum tantum»), la realidad contenida y significante («res et sacramentum») y la realidad contenida y significada («res tantum»).
A. El signo sacramental. Lo que la teología ha dado en llamar «sacramentum tantum» no es otra cosa que el mismo signo externo y material por el que toda la realidad sacramental se hace presente y operante entre los hombres (véase en esta plataforma: SIGNO III y Iv). Se distingue siempre un elemento material o materia del sacramento, y un elemento formal, las palabras u otro acto sensible que determinan y se aplican a aquella materia. El elemento material del bautismo es el agua natural, perfectamente apta para significar el efecto purificador propio del B.; es lo que los teólogos llaman materia remota; la materia próxima sería el hecho mismo de derramar ese agua sobre el sujeto del sacramento. Las palabras pronunciadas por el ministro en el momento de derramar el agua sobre el sujeto, son la forma del B., y determinan plenamente el significado de ese lavado con agua. Ya el Concilio Romano del 382 recalcaba que la fórmula necesaria para la validez del bautismo es: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», según había declarado el mismo Jesucristo.

Secuencia

Posteriormente, lo reafirman múltiples documentos de la Iglesia, principalmente los Concilio Florentino y Tridentino. Las Iglesias católicas orientales, en lugar de la forma indicativa «yo te bautizo.», utilizan la forma deprecativa «es bautizado.», igualmente válida porque manifiesta claramente que el rito se realiza en nombre y con el poder de las tres Personas divinas (cfr. Concilio Florentino, bula Exultate Deo, 22 nov. 1439: Denz.Sch. 1314).
Estos elementos esenciales del rito bautismal (materia y forma) se acompañan de múltiples ceremonias que pretenden significar lo que ocurre en el alma del bautizado: exorcismos, degustación de la sal, etc. (véase en esta plataforma: IV).Entre las Líneas En cuanto al hecho mismo de la ablución, en los primeros tiempos de la Iglesia, y hasta bien entrada la Edad Media, el bautismo se administraba por inmersión: todo el cuerpo del neófito se sumergía en el agua, significándose de este modo que moría al pecado y resucitaba a la vida de la gracia, según el conocido texto de S. Pablo: «¿no sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Jesucristo fuimos bautizados en su muerte? En efecto: por el bautismo hemos sido sepultados con Él muriendo al pecado.» (Rom 6, 34). Este simbolismo se hacía más evidente sumergiendo por tres veces al bautizado en el agua bautismal, para representar los tres días que el cuerpo muerto de Jesucristo permaneció en el sepulcro. Durante la Edad Media surgió la costumbre de administrar el bautismo por infusión, derramando el agua sobre la cabeza del sujeto; el agua así derramada debe dejarse correr, de modo que se signifique bien el efecto de lavado propio del bautismo Aún es posible una tercera forma, el bautismo por aspersión, mucho menos utilizada que las anteriores.
B. La realidad contenida y significante: el carácter. La segunda característica de todo sacramento es lo que la teología llama «res et sacramentum»; una realidad interior producida y significada por la aplicación del signo sacramental, que a su vez significa y produce otra realidad, la gracia, más intrínseca.Entre las Líneas En el caso del B., la «res et sacramentum» es el carácter: signo o marca espiritual indeleblemente impreso en el alma. El bautismo nunca se reitera, se da una sola vez, lo que quiere decir que imprime carácter. El carácter bautismal, pues, es indeleble, y obra la incorporación del bautizado a la Iglesia, distinguiéndole de los que no forman parte del Pueblo de Dios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y dándole un status jurídico peculiar, como fiel cristiano, en el seno de la comunidad eclesial, que le hace sujeto de determinados derechos y deberes (véase en esta plataforma: IGLESIA III, 2). El carácter bautismal es el fundamento último de la igualdad radical de todos los cristianos en el seno del Cuerpo Místico (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de Cristo, igualdad sobre la que se edifica la diversidad funcional inherente a la condición jerárquica de la Iglesia.
Desde el punto de vista ontológico, el carácter es un accidente que afecta intrínsecamente al alma; según la doctrina de S. Tomás de Aquino, es una cualidad a modo de potencia. Desde el punto de vista teológico, en cuanto potencia pasiva, da derecho a recibir los demás sacramentos: el bautismo es por eso «puerta de todos los sacramentos», como señalan los Santos Padres.Entre las Líneas En cuanto potencia activa, el carácter bautismal hace partícipe al hombre del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).Entre las Líneas En el carácter bautismal, por tanto, se fundamenta el derecho y el deber, inherente a la misma condición cristiana, de ofrecer el sacrificio eucarístico; de enseñar a los hombres el camino de la salvación, con la palabra y con el ejemplo; de contribuir a la consecratio mundi mediante la santificación del trabajo y demás realidades temporales (véase en esta plataforma: LAICOS I y II; IGLESIA III, 46; APOSTOLADO; TRABAJO HUMANO VII).
C. La realidad contenida y significada: la gracia. La «res tantum» del bautismo es, como en todos los sacramentos, la gracia santificante, participación creada de la naturaleza increada de Dios (véase en esta plataforma: GRACIA SOBRENATURAL). La gracia dada por el bautismo se llama primera porque antes de recibirlo el hombre se halla en estado de pecado, de enemistad con Dios, incompatible con el estado de gracia; y a los sacramentos que la conceden, bautismo y Penitencia, se les llama sacramentos de muertos, a diferencia de los demás sacramentos, llamados de vivos por presuponer necesariamente la vida sobrenatural en el alma. Por la gracia habitual o santificante, que reviste el alma del bautizado y la perfecciona con las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, el hombre queda justificado (véase en esta plataforma: JUSTIFICACIÓN), es decir, «se convierte de injusto en justo, y de enemigo en amigo, para ser heredero según la esperanza de la vida eterna» (conc. de Trento: Denz.Sch. 1528).
Junto a la gracia habitual o santificante, el bautismo concede, como los demás sacramentos, una gracia sacramental específica, necesaria para que el bautizado viva dignamente su nuevo modo de existencia «en Cristo». Por la gracia sacramental se diversifican entre sí los sacramentos (cfr. Concilio de Trento, sess. VII, can. 3; Denz.Sch. 1603). Los teólogos difieren en sus explicaciones sobre el constitutivo formal de la gracia sacramental (véase en esta plataforma: GRACIA SOBRENATURAL I; SACRAMENTOS II); en todo caso, es una gracia que configura con Cristo al que recibe el sacramento, de un modo peculiar y propio en cada uno de ellos.Entre las Líneas En el caso del B., y de acuerdo con el principio general de que «los sacramentos hacen lo que significan», la gracia sacramental configura al hombre con Cristo muerto y resucitado, según se deduce del simbolismo propio de este sacramento, corroborado por la catequesis de San Pablo en varias de sus epístolas (cfr. Roni 6, 48; Col 2, 1112; Gal 3, 27) y recogido en el Magisterio de la Iglesia. «Por el sacramento del B., enseña el Concilio Vaticano II, debidamente administrado según la institución del Señor y recibido con la requerida disposición del alma, el hombre se incorpora realmente a Cristo crucificado y glorioso y se regenera para el consorcio de la vida divina, según las palabras del Apóstol: `con Él fuisteis sepultados en el B., y en Él, asimismo, fuisteis resucitados por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos’ (Col 2, 12)» (Decr. Unitatis redintegratio, 22).
3. Efectos. Como acto de Cristo, el bautismo aplica al que lo recibe la obra redentora, le hace participar en el misterio mismo de la salvación. El bautismo es un encuentro personal con Jesucristo Señor, que introduce al mismo tiempo en la vida de la Trinidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) Santísima y en el Cuerpo místico de Cristo (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Filiación divina e incorporación a la Iglesia son simétricas y complementarias; la gracia es dada con vistas a la edificación del Cuerpo de Cristo. Ya se ha explicado, al hablar del carácter y de la gracia, lo que el bautismo realiza en el alma del bautizado. Resumiendo esos dos efectos principales, podemos decir que por el carácter bautismal se incorpora el cristiano a la Iglesia y, hecho miembro del Cuerpo Místico de Cristo, pasa a formar parte del Pueblo de Dios, con una misión concreta que debe realizar a lo largo de su vida: «los fieles, incorporados a la Iglesia por el B., quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana; y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (Vaticano II, const. Lumen gentium, 11). Por la gracia recibida, en cambio, el cristiano se configura con Jesucristo, su modelo; de modo especial, con su muerte y su resurrección. Esta doble incorporación, a Cristo, y por Él a la Trinidad, y a la Iglesia es el hecho fundamental sucedido en el B., que transforma radicalmente y para siempre la vida humana. De aquí se deducen de modo inmediato los tradicionales efectos del bautismo que estudia la teología moral:
El mismo rito del bautismo indica ya que la configuración con Cristo obrada en este sacramento es a modo de regeneración espiritual, como decía Jesús a Nicodemo: «quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios» (lo 3, 5). Este nuevo nacimiento en el Espíritu es el fundamento de la filiación divina (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) alcanzada en el bautismo «Y~ así, por el Bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él; reciben el espíritu de adopción de hijos, `por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre!’ (Rom 8, 15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre» (Vaticano II, const. Sacrosanctum Concilium, 6). Esta adopción lleva consigo la aniquilación de todo lo que era pecado en el alma del hombre, y la infusión de la gracia.Entre las Líneas En efecto, «al ser incorporados a la pasión y muerte de Cristo por el B., según la expresión de S. Pablo: `si hemos muerto con Él, también viviremos con Él’ (Rom 6, 8), es evidente que a todo bautizado se le aplican los méritos redentores de la pasión de Cristo como si Él mismo hubiese padecido y muerto» (S. Tomás, Sum. Th. 3 q69 a2). Y como la muerte de Cristo tiene un efecto universal, que alcanza a todo pecado y a toda pena, en el bautismo se perdonan el pecado original y todos los pecados personales, así como todo reato de pena eterna y temporal debida por los pecados (véase en esta plataforma: PECADO III). Simultáneamente, la configuración con Cristo Resucitado, simbolizada por la emersión del agua bautismal, indica que la gracia divina, las virtudes infusas (véase en esta plataforma: VIRTUDES II) y los dones del Espíritu Santo (véase en esta plataforma: ESPÍRITU SANTO III) Se han asentado en el alma del bautizado, la cual se ha hecho morada de la Santísima Trinidad. El último efecto, por fin, es la apertura del cielo, cerrado antes al alma por causa del pecado; por eso, «si los bautizados mueren antes de cometer culpa alguna, llegan inmediatamente al reino de los cielos y a la visión de Dios» (conc (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Florentino, bula Exultate Deo, 22 nov. 1439: Denz.Sch. 1316).
Todo pecado y toda pena son destruidos, por tanto, en el bautismo Permanecen, sin embargo, en la naturaleza humana aquellas consecuencias del pecado original que, si bien proceden de él, no tienen en sí mismas razón de pecado, ya que formalmente no son privación de ningún don sobrenatural, sino privación de otros dones ciencia (para un examen del concepto, véase que es la ciencia y que es una ciencia física), integridad, inmortalidad llamados preternaturales porque superan las exigencias de la naturaleza humana, aunque no trasciendan el orden natural. El hombre bautizado sigue sujeto al error, a la concupiscencia y a la muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] [rtbs name=”muerte”] Pero aun así, el bautismo ha sembrado en el cuerpo humano la semilla de una renovación gloriosa, que incluso puede llegar a superar aquella perfecta libertad (sujeción de todo el hombre a su alma) de que gozaba por los dones preternaturales perdidos con el pecado original; al final de los tiempos, cuando el Señor venga gloriosamente para juzgar a vivos y a muertos (véase en esta plataforma: PARusíA) se completarán los efectos del bautismo con la redención y resurrección para la gloria también del cuerpo (cfr. Rom 8, 23): «porque es necesario que este cuerpo corruptible sea revestido de incorruptibilidad, y que este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad. Mas cuando este cuerpo mortal haya sido revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: la muerte ha sido absorbida por una victoria» (1 Cor 15, 5354; v. RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS).

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Puntualización

Sin embargo, la perseverancia final es un don que no se recibe con la gracia bautismal; se requiere el Ulterior auxilio de Dios, que se ha de pedir humilde y confiadamente, y la cooperación humana mediante la práctica de las buenas obras, la obediencia a las leyes divinas y eclesiásticas, etc. (véase en esta plataforma: GRACIA SOBRENATURAL II; PERSEVERANCIA). [rbts name=”teología”]

Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre bautismo en la teología sistemática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

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