Evolución de la Democracia
Evolución de la Democracia en Europa a Principios del Siglo XX
Las clases dirigentes optaron por las nuevas estrategias, aunque hicieron todo tipo de esfuerzos para limitar el impacto de la opinión y del electorado de masas sobre sus intereses y sobre los del estado, así como sobre la definición y continuidad de la alta política. Su objetivo básico era el movimiento obrero y socialista, que apareció de pronto en el escenario internacional como un fenómeno de masas en torno a 1890 (véase el capítulo siguiente).
Una Conclusión
En definitiva, éste sería más fácil de controlar que los movimientos nacionalistas que aparecieron en este período o que, aunque habían aparecido anteriormente, entraron en una fase de nueva militancia, autonomismo o separatismo (véase infra, capítulo 6).Entre las Líneas En cuanto a los católicos, salvo en los casos en que se identificaron con el nacionalismo autonomista, fue relativamente fácil integrarlos, pues eran conservadores desde el punto de vista social -este era el caso incluso entre los raros partidos socialcristianos como el de Lueger- y, por lo general, se contentaban con la salvaguarda de los intereses específicos de la Iglesia.
No fue fácil conseguir que los movimientos obreros se integraran en el juego institucionalizado de la política, por cuanto los empresarios, enfrentados con huelgas y sindicatos tardaron mucho más tiempo que los políticos en abandonar la política de mano dura, incluso en la pacífica Escandinavia. El creciente poder de los grandes negocios se mostró especialmente recalcitrante.Entre las Líneas En la mayor parte de los países, sobre todo en los Estados Unidos y en Alemania, los empresarios no se reconciliaron como clase antes de 1914, e incluso en el Reino Unido, donde habían sido aceptados ya en teoría, y muchas veces en la práctica, el decenio de 1890 contempló una contraofensiva de los empresarios contra los sindicatos, a pesar de que el gobierno practicó una política conciliadora y de que los líderes del Partido Liberal intentaron asegurarse y captar el voto obrero. También se plantearon difíciles problemas políticos allí donde los nuevos partidos obreros se negaron a cualquier tipo de compromiso con el estado y con el sistema burgués a escala nacional -muy pocas veces hicieron gala de la misma intransigencia en el ámbito del gobierno local-, actitud que adoptaron los partidos que se adhirieron a la Internacional marxista de 1889. (Los partidos obreros no revolucionarios o no marxistas no suscitaron ese problema.) Pero hacia 1900 existía ya un ala moderada o reformista en todos los movimientos de masas; incluso entre los marxistas encontró a su ideólogo en Eduard Bernstein, que afirmaba que «el movimiento lo era todo, mientras que el objetivo final no era nada», y cuya postura nítida de revisión de la teoría marxista suscitó escándalos, ofensas y un debate apasionado en el mundo socialista desde 1897. Entretanto, la política del electoralismo de masas, que incluso la mayor parte de los partidos marxistas defendían con entusiasmo porque permitía un rápido crecimiento de sus filas, integró gradualmente a esos partidos en el sistema.
Ciertamente era impensable todavía incluir a los socialistas en el gobierno. No se podía esperar tampoco que toleraran a los políticos y gobiernos «reaccionarios». Sin embargo podía tener buenas posibilidades de éxito la política de incluir cuando menos a los representantes moderados de los trabajadores en un frente más amplio en favor de la reforma, la unión de todos los demócratas, republicanos, anticlericales u «hombres del pueblo», especialmente contra los enemigos movilizados de esas buenas causas. Esa política se puso en práctica de forma sistemática en Francia desde 1899 con Waldeck Rousseau (1846-1904), artífice de un gobierno de unión republicana contra los enemigos que la desafiaron tan abiertamente en el caso Dreyfus-, en Italia, por Zanardelli, cuyo gobierno de 1903 descansaba en el apoyo de la extrema izquierda y, posteriormente, por Giolitti, el gran negociador y conciliador.Entre las Líneas En el Reino Unido, después de superarse algunas dificultades en el decenio de 1890, los liberales establecieron un pacto electoral con el joven Labour Representation Committee en 1903, pacto que le permitió entrar en el Parlamento con cierta fuerza en 1906 con el nombre de Partido Laborista.Entre las Líneas En todos los demás países, el interés común de ampliar el derecho de voto aproximó a los socialistas y a otros demócratas, como ocurrió en Dinamarca, donde en 1901 el gobierno pudo contar por primera vez en toda Europa, con el apoyo de un partido socialista.
Las razones que explican esta aproximación del centro parlamentario a la extrema izquierda no eran, por lo general, la necesidad de conseguir el apoyo socialista, pues incluso los partidos socialistas más numerosos eran grupos minoritarios que podían ser fácilmente excluidos del juego parlamentario, como ocurrió con los partidos comunistas, de tamaño similar, en la Europa posterior a la segunda guerra mundial. Los gobiernos alemanes mantuvieron a raya al más poderoso de esos partidos mediante la llamada Sammlungspolitik (política de unión amplia), es decir, aglutinando mayorías de conservadores católicos y liberales antisocialistas. Lo que impulsaba a los hombres sensatos de las clases gobernantes era, más bien, el deseo de explotar las posibilidades de domesticar a esas bestias salvajes del bosque político. La estrategia reportó resultados dispares según los casos, y la intransigencia de los capitalistas, partidarios de la coacción y que provocaban enfrentamientos de masas, no facilitó la tarea, aunque en conjunto esa política funcionó, al menos en la medida en que consiguió dividir a los movimientos obreros de masas en un ala moderada y otra radical de elementos irreconciliables -por lo general, una minoría-, aislando a esta última.
No obstante, lo cierto es que la democracia sería más fácilmente maleable cuanto menos agudos fueran los descontentos. Así pues, la nueva estrategia implicaba la disposición a poner en marcha programas de reforma y asistencia social, que socavó la posición liberal clásica de mediados de siglo de apoyar gobiernos que se mantenían al margen del campo reservado a la empresa privada y a la iniciativa individual. El jurista británico A. V. Dicey (1835-1922) consideraba que la apisonadora del colectivismo se había puesto en marcha en 1870, allanando el paisaje de la libertad individual, dejando paso a la tiranía centralizadora y uniforme de las comidas escolares, la seguridad social y las pensiones de vejez.Entre las Líneas En cierto sentido tenía razón (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bismarck, con una mente siempre lógica, ya había decidido en el decenio de 1880 enfrentarse a la agitación socialista por medio de un ambicioso plan de seguridad social y en ese camino le seguirían Austria y los gobiernos liberales británicos de 1906-1914 (pensiones de vejez, bolsas de trabajo, seguros de enfermedad y de desempleo) e incluso, después de algunas dudas, Francia (pensiones de vejez en 1911). Curiosamente, los países escandinavos, que en la actualidad constituyen los «estados providencia» por excelencia, avanzaron lentamente en esa dirección, mientras que algunos países solo hicieron algunos gestos nominales y los Estados Unidos de Carnegie, Rockefeller y Morgan ninguno en absoluto.Entre las Líneas En ese paraíso de la libre empresa, incluso el trabajo infantil escapaba al control de la legislación federal, aunque en 1914 existían ya una serie de leyes que lo prohibían, en teoría, incluso en Italia, Grecia y Bulgaria. Las leyes sobre el pago de indemnizaciones a los trabajadores en caso de accidente, vigentes en todas partes en 1905, fueron desdeñadas por el Congreso y rechazadas por inconstitucionales por los tribunales. Con excepción de Alemania, esos planes de asistencia social fueron modestos hasta poco antes de 1914, e incluso en Alemania no consiguieron detener el avance del Partido Socialista. De cualquier forma, se había asentado ya una tendencia, mucho más rápida en los países de Europa y Australasia que en los demás.
Dicey estaba también en lo cierto cuando hacía hincapié en el incremento inevitable de la importancia y el peso del aparato del estado, una vez que se abandonó el concepto del estado ideal no intervencionista. De acuerdo con los parámetros actuales, la burocracia todavía era modesta, aunque creció con gran rapidez, especialmente en el Reino Unido, donde el número de trabajadores al servicio del gobierno se triplicó entre 1891 y 1911.Entre las Líneas En Europa, hacia 1914, variaba entre el 3 por 100 de la mano de obra en Francia -hecho un tanto sorprendente- y un elevado 5,5-6 por 100 en Alemania y -hecho igualmente sorprendente- en Suiza.14 Digamos, a título comparativo, que en los países de la Europa comunitaria del decenio de 1970, la burocracia suponía entre el 10 y el 12 por 100 de la población activa.
Pero ¿acaso no era posible conseguir la lealtad de las masas sin embarcarse en una política social de grandes gastos que podía reducir los beneficios de los hombres de negocios de los que dependía la economía? Como hemos visto, se tenía la convicción no solo de que el imperialismo podía financiar la reforma social, sino también de que era popular. La guerra, o al menos la perspectiva de una guerra victoriosa, tenía incluso un potencial demagógico mayor. El gobierno conservador inglés utilizó la guerra de Suráfrica (1899~ 1902) para derrotar espectacularmente a sus enemigos liberales en la elección «caqui» de 1900, y el imperialismo norteamericano consiguió movilizar con éxito la popularidad de las armas para la guerra contra España en 1898. Claro que las elites gobernantes de los Estados Unidos, con Theodore Roosevelt (1858-1919, presidente en 1901-1909) a la cabeza acababan de descubrir al cowboy armado de revólver como símbolo de¡ auténtico americanismo, la libertad y la tradición nativa blanca contra las hordas invasoras de inmigrantes de baja estofa y frente a la gran ciudad incontrolable. Ese símbolo ha sido intensamente explotado desde entonces.
Sin embargo, el problema era más amplio. ¿Era posible dar una nueva legitimidad a los regímenes de los estados y a las clases dirigentes a los ojos de las masas movilizadas democráticamente? En gran parte, la historia del período que estudiamos consiste en una serie de intentos de responder a ese interrogante. La tarea era urgente porque en muchos casos los viejos mecanismos de subordinación social se estaban derrumbando. Así, los conservadores alemanes –en esencia el partido de los electores leales a los grandes terratenientes y a la aristocracia- perdieron la mitad de sus votos entre 1881 y 1912, por la sola razón de que el 71 por 100 de esos votos procedían de pueblos de menos de 2.000 habitantes, que albergaban un porcentaje cada vez más reducido de la población, y solo el 5 por 100 de las grandes ciudades de más de 100.000 habitantes, a las que se trasladaba en masa la población alemana. Las viejas lealtades funcionaban todavía en los feudos de los Junkers de Pomerania (una zona a lo largo del noreste báltico de Berlín, que forma ahora parte de Polonia), donde los conservadores aglutinaban aún la mitad de los votos. pero incluso en el conjunto de Prusia solo movilizaban al 11 o 12 por 100 de los electores.
Más dramática era aún la situación de esa otra clase privilegiada, la burguesía liberal. Había triunfado quebrantando la cohesión social de las jerarquías y comunidades antiguas, eligiendo el mercado frente a las relaciones humanas, la Gesellschaft frente a la Gemeinschaft, y cuando las masas hicieron su aparición en la escena política persiguiendo sus propios intereses, se mostraron hostiles hacia todo lo que representaba el liberalismo burgués.Entre las Líneas En ningún sitio fue esto más evidente que en Austria, donde a finales de siglo los liberales habían quedado reducidos a una pequeña minoría de acomodados alemanes y judíos alemanes de clase media residentes en las ciudades. El municipio de Viena, su bastión en el decenio de 1860, se perdió en favor de los demócratas radicales, los antisemitas, el nuevo partido cristiano-social y, finalmente, los socialdemócratas. Incluso en Praga, donde ese núcleo burgués podía afirmar que representaba los intereses de la cada vez más reducida minoría de habla alemana de todas las clases (unos 30.000 habitantes y en 1910 únicamente el 7 por 100 de la población), no consiguieron la lealtad de los estudiantes y de la pequeña burguesía alemana nacionalista (völkisch) ni de los socialdemócratas y los trabajadores alemanes, políticamente poco activos, ni tan solo de una parte de la población judía.
¿Y qué decir acerca del estado, representado todavía habitualmente por monarcas? Podía ser de nueva planta, sin ningún precedente histórico destacable, como en Italia y en el nuevo imperio alemán por no mencionar a Rumania y Bulgaria. Sus regímenes podían ser el producto de una derrota reciente, de la revolución y la guerra civil como en Francia, España y los Estados Unidos de después de la guerra civil, por no hablar de los siempre cambiantes regímenes de las repúblicas latinoamericanas.Entre las Líneas En las monarquías de larga tradición -incluso en el Reino Unido de la década de 1870- las agitaciones no eran, o no parecían serio, desdeñables. La agitación nacional era cada vez más fuerte. ¿Podía darse por sentada la lealtad de todos los súbditos o ciudadanos con respecto al estado?
En consecuencia, este fue el momento en que los gobiernos, los intelectuales y los hombres de negocios descubrieron el significado político de la irracionalidad. Los intelectuales escribían, pero los gobiernos actuaban. «Aquel que pretenda basar su pensamiento político en una reevaluación del funcionamiento de la naturaleza humana ha de comenzar por intentar superar la tendencia a exagerar la intelectualidad de la humanidad»; así escribía el científico político inglés Graham Wallas en 1908 (en Human Nature in Politics, Londres, 1908, p. 21), consciente de que estaba escribiendo el epitafio del liberalismo decimonónico.
La vida política se ritualizó, pues, cada vez más y se llenó de símbolos y de reclamos publicitarios, tanto abiertos como subliminales. Conforme se vieron socavados los antiguos métodos -fundamentalmente religiosos- para asegurar la subordinación, la obediencia y la lealtad, la necesidad de encontrar otros medios que los sustituyeran se cubría por medio de la invención de la tradición, utilizando elementos antiguos y experimentados capaces de provocar la emoción, como la corona y la gloria militar y, como hemos visto (…), otros sistemas nuevos como el imperio y la conquista colonial.
Al igual que la horticultura, ese sistema era una mezcla de plantación desde arriba y crecimiento -o en cualquier caso, disposición para plantar- desde abajo. Los gobiernos y las elites gobernantes sabían perfectamente lo que hacían cuando crearon nuevas fiestas nacionales, como el 14 de Julio en Francia (en 1880), o impulsaron la ritualización de la monarquía británica, que se ha hecho cada vez más hierática y bizantina desde que se impuso en el decenio de 1880.18 En efecto, el comentador clásico de la Constitución británica, tras la ampliación del sufragio (el derecho al voto) de 1867, distinguía lúcidamente entre las partes «eficaces» de la Constitución, de acuerdo con las cuales actuaba de hecho el gobierno, y las partes «dignificadas» de ella, cuya función era mantener satisfechas a las masas mientras eran gobernadas. (La distinción procede de la obra de Walter Bagehot, The English Constitution, publicada originalmente en la Fortnightly Review (1865-1867) en el curso del debate sobre la Second Reform Bill, es decir, sobre la posibilidad de conceder a los obreros el derecho de voto.)
Las imponentes masas de mármol y de piedra con que los estados ansiosos por confirmar su legitimidad (muy en especial, el nuevo imperio alemán) llenaban sus espacios abiertos habían de ser planeadas por la autoridad y se construían pensando más en el beneficio económico que artístico de numerosos arquitectos y escultores. Las coronaciones británicas se organizaban, de forma plenamente consciente, como operaciones político- ideológicas para ocupar la atención de las masas.
Sin embargo, no crearon la necesidad de un ritual y un simbolismo satisfactorios desde el punto de vista emocional. Antes bien, descubrieron y llenaron un vacío que había dejado el racionalismo político de la era liberal, la nueva necesidad de dirigirse a las masas y la transformación de las propias masas.Entre las Líneas En este sentido, la invención de tradiciones fue un fenómeno paralelo al descubrimiento comercial del mercado de masas y de los espectáculos y entretenimientos de masas, que corresponde a los mismos decenios. La industria de la publicidad, aunque iniciada en los Estados Unidos después de la guerra civil, fue entonces cuando alcanzó su mayoría de edad. El cartel moderno nació en las décadas de 1880 y 1890. Cabe situar en el mismo marco de psicología social (la psicología de «la multitud» se convirtió en un tema floreciente tanto entre los profesores franceses como entre los gurus norteamericanos de la publicidad), el Royal Tournament anual (iniciado en 1880), exhibición pública de la gloria y el drama de las fuerzas armadas británicas, y las iluminaciones de la playa de Blackpool, lugar de recreo de los nuevos veraneantes proletarios; a la reina Victoria y a la muchacha Kodak (producto de la década de 1900), los monumentos del emperador Guillermo a los Hohenzollern y los carteles de Toulouse-Lautrec para artistas famosos de variedades.
Naturalmente, las iniciativas oficiales alcanzaban un éxito mayor cuando explotaban y manipulaban las emociones populares espontáneas e indefinidas o cuando integraban temas de la política de masas no oficial. El 14 de Julio francés se impuso como auténtica fiesta nacional porque recogía tanto el apego del pueblo a la gran revolución como los deseos de contar con una fiesta institucionalizada.20 El gobierno alemán, pese a las innumerables toneladas de mármol y de piedra, no consiguió consagrar al emperador Guillermo I como padre de la nación, pero aprovechó el entusiasmo nacionalista no oficial que erigió «columnas Bismarck» a centenares tras la muerte del gran estadista, a quien el emperador Guillermo II (reinó entre 1888 y 1918) había cesado.
Indicaciones
En cambio, el nacionalismo no oficial estuvo vinculado a la «pequeña Alemania», a la que durante tanto tiempo se había opuesto, mediante el poderío militar y la ambición global; de ello son testimonio el triunfo del Deutschland Über Alles sobre otros himnos nacionales más modestos y el de la nueva bandera negra, blanca y roja prusoalemana sobre la antigua bandera negra, roja y oro de 1848, triunfos ambos que se produjeron en la década de 1890. (Hans-Georg John, Politik und Tunen: die deutsche Turnerschaft als nationale Bewegung in deutschen Kaiserreich von 1870-1914, Ahrensberg bei Hamburg, 1976.- pp. 36-39)
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Así pues, los regímenes políticos llevaron a cabo, dentro de sus fronteras, una guerra silenciosa por el control de los símbolos y ritos de la pertenencia a la especie humana, muy en especial mediante el control de la escuela pública (sobre todo la escuela primaria, base fundamental en las democracias para «educar a nuestros maestros»* en el espíritu «correcto»; «Creo que será absolutamente necesario inducir a nuestros futuros maestros a que alcancen una buena formación» (debate en la tercera lectura de la Reform (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bill, Parliamentary Debates, 15 de julio de 1867, p. 1.549, col. 1). Esta es la versión original de la frase que se hizo familiar en forma abreviad) y, por lo general cuando las Iglesias eran poco fiables políticamente, mediante el intento de controlar las grandes ceremonias del nacimiento, el matrimonio y la muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] [rtbs name=”muerte”] De todos estos símbolos, tal vez el más poderoso era la música, en sus formas políticas, el himno nacional y la marcha militar -interpretados con todo entusiasmo en esta época de los compositores J. P. Sousa (1854-1932) y Edward Elgar (1857-1934)- y, sobre todo, la bandera nacional. Entre 1890 y 1910 hubo más interpretaciones musicales del himno nacional británico de lo que ha habido nunca antes o después
En los países donde no existía régimen monárquico, la bandera podía convertirse en la representación virtual del estado, la nación y la sociedad, como en los Estados Unidos, donde en los últimos años del decenio de 1880 se inició la costumbre de honrar a la bandera como un ritual diario en las escuelas de todo el país, hasta que se convirtió en una práctica general. (Wallace Evan Davies, Patriotism on Parade, Cambridge, Mass., 1955, pp. 218-222.)
Podía considerarse afortunado el régimen capaz de movilizar símbolos aceptados universalmente, como el monarca inglés, que comenzó incluso a asistir todos los años a la gran fiesta del proletariado, la final de copa de fútbol, subrayando la convergencia entre el ritual público de masas y el espectáculo de masas.Entre las Líneas En este período comenzaron a multiplicarse los espacios ceremoniales públicos y políticos, por ejemplo en torno a los nuevos monumentos nacionales alemanes, y estadios deportivos, susceptibles de convertirse también en escenarios políticos. Los lectores de mayor edad recordarán tal vez los discursos pronunciados por Hitler en el Sportspalast (palacio de deportes) de Berlín. Afortunado el régimen que, cuando menos, podía identificarse con una gran causa con apoyo popular, como la revolución y la república en Francia y en los Estados Unidos.
Los estados y los gobiernos competían por los símbolos de unidad y de lealtad emocional con los movimientos de masas no oficiales, que muchas veces creaban sus propios contrasímbolos, como la «Internacional» socialista, cuando el estado se apropió del anterior himno de la revolución, la Marsellesa. (Maurice Dommanget, Eugéne Pottier, membre de la Commune et chantre de l’internationale, París, 1971, p. 138).
Aunque muchas veces se cita a los partidos socialistas alemán y austríaco como ejemplos extremos de comunidades independientes y separadas, de contrasociedades y de contracultura (…), de hecho solo eran parcialmente separatistas por cuanto siguieron vinculadas a la cultura oficial por su fe en la educación (en el sistema de escuela pública), en la razón y en la ciencia y en los valores de las artes (burguesas): los «clásicos». Después de todo, eran los herederos de la Ilustración. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Eran movimientos religiosos y nacionalistas los que rivalizaban con el estado, creando nuevos sistemas de enseñanza rivales sobre bases lingüísticas o confesionales. Con todo, todos los movimientos de masas tendieron, como hemos visto en el caso de Irlanda, a formar un complejo de asociaciones y contracomunidades en torno a centros de lealtad que rivalizaban con el estado.
📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras: Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.Fuente: Eric /Hobsbawm
El pueblo contra la democracia
Esta fue desde el principio la estrategia, en el Reino Unido, de Boris Johnson y su gurú Dominic Cummings: un Brexit ultraliberal que convirtiese la City en una zona de competencia desleal con Europa. Su triunfo en las elecciones de diciembre de 2019 confirmó que los británicos tal vez tengan más claro el papel que quieren desempeñar en el nuevo orden mundial, aunque se trate de otra manifestación más de la deriva del pueblo contra la democracia.[rtbs name=”democracia”] Más del 50% de los británicos afirmaba que apoyaría a un líder fuerte que se mostrara dispuesto a quebrantar las normas democráticas para implementar el Brexit. Johnson, orgulloso como un lord autocrático, ya nos había enseñado sus credenciales, con la ventaja de tener frente a sí al mejor rival posible, el melindroso Corbyn, obcecado en su obvia debilidad. Su falsa valentía es el cuento del rey desnudo: pretendía proclamarse adalid de la nueva política, pero actuó siempre con miedo a su electorado, evitando formular una posición clara respecto al Brexit, inevitable eje del debate.Si, Pero: Pero también por la cobardía de un programa regresivo con el aroma del viejo comunitarismo de izquierdas, al son del mantra vetusto del buen Estado-nación, ignorando escandalosamente las nulas condiciones objetivas para su implementación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La triste conclusión de este resultado electoral no es tanto que Hayek haya vencido a Keynes, sino que el populismo de derechas siempre vence al de izquierdas cuando se confrontan, quizás porque, al cabo, la izquierda, si es populista, no es izquierda.
Autor: Cambó
▷ Esperamos que haya sido de utilidad. Si conoces a alguien que pueda estar interesado en este tema, por favor comparte con él/ella este contenido. Es la mejor forma de ayudar al Proyecto Lawi.