Inicio de la Democracia
Inicio de la Democracia en Europa
La democratización, aunque estaba progresando, apenas había comenzado a transformar la política (en el período que se inicia en 1875).Si, Pero: Pero sus implicaciones, explícitas ya en algunos casos, plantearon graves problemas a los gobernantes de los estados y a las clases en cuyo interés gobernaban. Se planteaba el problema de mantener la unidad, incluso la existencia, de los estados, problema que era ya urgente en la política multinacional confrontada con los movimientos nacionales.Entre las Líneas En el imperio austríaco era ya el problema fundamental del estado, e incluso en el Reino Unido la aparición de¡ nacionalismo irlandés de masas quebrantó la estructura de la política establecida. Había que resolver la continuidad de lo que para las elites del país era una política sensata, sobre todo en la vertiente económica. ¿No interferiría inevitablemente la democracia en el funcionamiento del capitalismo y -tal como pensaban los hombres de negocios-, además, de forma negativa? ¿No amenazaría el libre comercio en el Reino Unido, sistema que todos los partidos defendían enérgicamente? ¿No amenazaría a unas finanzas sólidas y al patrón oro, piedra angular de cualquier política económica respetable? Esta última amenaza parecía inminente en los Estados Unidos, como lo puso de relieve la movilización masiva del populismo en los años 1890, que lanzó su retórica más apasionada contra -en palabras de su gran orador William Jennings Bryan- la crucifixión de la humanidad en una cruz de oro. De forma más genérica, se planteaba, por encima de todo, el problema de garantizar la legitimidad, tal vez incluso la supervivencia, de la sociedad tal como estaba constituida, frente a la amenaza de los movimientos de masas deseosos de realizar la revolución social. Esas amenazas parecían tanto más peligrosas por mor de la ineficacia de los parlamentos elegidos por la demagogia y dislocados por irreconciliables conflictos de partido, así como por la indudable corrupción de los sistemas políticos que no se apoyaban ya en hombres de riqueza independiente, sino cada vez más en individuos cuya carrera y cuya riqueza dependía del éxito que pudieran alcanzar en el nuevo sistema político.
De ningún modo podían ignorarse esos dos fenómenos.Entre las Líneas En los estados democráticos en los que existía la división de poderes, como en los Estados Unidos, el gobierno (es decir, el ejecutivo representado por la presidencia) era en cierta forma independiente- del Parlamento elegido, aunque corría serio peligro de verse paralizado por este último. (Ahora bien, la elección democrática de los presidentes planteó un nuevo peligro.) En el modelo europeo de gobierno representativo, en el que los gobiernos, a menos que estuvieran protegidos todavía por la monarquía del viejo régimen, dependían en teoría de unos parlamentos elegidos, sus problemas parecían insuperables. De hecho, con frecuencia iban y venían como pueden hacerlo los grupos de turistas en los hoteles, cuando se rompía una escasa mayoría parlamentaria y era sustituida por otra. Probablemente, Francia, madre de las democracias europeas, ostentaba el récord, con 52 gabinetes en menos de 39 años, entre 1875 y el comienzo de la primera guerra mundial, de los cuales solo 11 se mantuvieron en el poder durante un año o más. Es cierto que los mismos nombres se repetían una y otra vez en esos equipos de gobierno.Entre las Líneas En consecuencia, la continuidad efectiva del gobierno y de la política estaba en manos de los funcionarios de la burocracia, permanentes, no elegidos e invisibles.Entre las Líneas En cuanto a la corrupción, no era mayor que a comienzos del siglo XIX, cuando gobiernos como el británico distribuían lo que se llamaba «cargos de beneficio bajo la Corona» y lucrativas sinecuras entre amigos y personas dependientes.Si, Pero: Pero aun cuando no ocurriera así, la corrupción era más visible, pues los políticos aprovechaban, de una u otra forma, el valor de su apoyo a los hombres de negocios o a otros intereses. Era tanto más visible cuanto que la incorruptibilidad de los administradores públicos de la más elevada categoría y de los jueces, ahora protegidos en su mayor parte en los países constitucionales frente a los dos riesgos de la elección y el patrocinio -con la importante excepción de los Estados Unidos (e incluso en este país se creó en 1883 una Comisión para el Funcionariado Civil que estableciera las bases de una burocracia federal independiente del patronazgo político.Si, Pero: Pero en la mayor parte de los países el patronazgo político era más importante de lo que se piensa)-, se daba ahora por sentada de forma general, al menos en la Europa central y occidental.
Escándalos de corrupción política ocurrían no solo en los países en los que no se amortiguaba el ruido del dinero al cambiar de una mano a otra, como en Francia (el escándalo Wilson de 1885, el escándalo de Panamá en 1892-1893), sino también donde sí ocurría, como en el Reino Unido (el escándalo Marconi de 1913, en el que se vieron implicados dos políticos autoformados del tipo al que hacíamos referencia anteriormente, Lloyd George y Rufus Isaacs, que más tarde sería nombrado lord Chief Justice y virrey de la India). (R. F. Foster, Lord Randolph Churchill, a Political Life, Oxford, 198 1, p. 395.) En el seno de una elite dirigente cohesionada no eran infrecuentes una serie de transacciones que habrían hecho fruncir el ceño a los observadores democráticos y a los moralistas políticos. A su muerte en 1895, lord Randolph Churchill, padre de Winston. que había sido ministro de Hacienda, debía unas sesenta mil libras a Rothschild de quien cabe pensar que tendría un interés en las finanzas nacionales. La importancia de esta deuda viene indicada por el hecho de que esa sola suma significaba aproximadamente el 0.4 por 100 del total del impuesto sobre la renta del Reino Unido en ese año.
Desde luego, la inestabilidad parlamentaria y la corrupción podían ir de la mano en los casos en que los gobiernos formaban mayorías sobre la base de la compra de votos a cambio de favores políticos que, casi de forma inevitable, tenían una dimensión económica. Como ya hemos comentado, Giovanni Giolitti en Italia era el exponente más claro de esa estrategia.
Los contemporáneos pertenecientes a las clases más altas de la sociedad eran perfectamente conscientes de los peligros que planteaba la democratización política y, en un sentido más general, de la creciente importancia de las masas. No era esta una preocupación que sintieran únicamente los que se dedicaban a los asuntos públicos como el editor de Le Temps y La Revue des Deux Mondes -bastiones de la opinión respetable francesa-, que en 1897 publicó un libro cuyo título era La organización del sufragio (el derecho al voto) universal: la crisis del estado moderno (C (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Benoist, L’Organisation du suffrage universel: La crise de l’état moderne, París, 1897), o del procónsul conservador y luego ministro Alfred Milner (1854- 1925), que en 1902 se refirió en privado al Parlamento británico corno «esa chusma de Westminster». (C. Headlam,-ed., The Milner Papers, Londres, 1931-1933, II, p. 291)
En gran medida el pesimismo de la cultura burguesa a partir del decenio de 1880 (…) reflejaba, sin duda, el sentimiento de unos líderes abandonados por sus antiguos partidarios pertenecientes a unas elites cuyas defensas frente a las masas se estaban derrumbando, de la minoría educada y culta (es decir, fundamentalmente, de los hijos de los acomodados), que se sentían invadidos por «quienes están todavía emancipándose … del semianalfabetismo o la semibarbarie» (T. H. S. Escott, Social Transformations of the Victorian Age, Londres, 1897, p. 166) o arrinconados por la marea creciente de una civilización dirigida a esas masas.
La nueva situación política fue implantándose de forma gradual y desigual, según la historia de cada uno de los estados. Esto hace difícil, y en gran medida inútil, un estudio comparativo de la política en los decenios de 1870 y 1880. Fue la súbita aparición en la esfera internacional de movimientos obreros y socialistas de masas en la década de 1880 y posteriormente (véase el capítulo siguiente) el factor que pareció situar a muchos gobiernos y a muchas clases gobernantes en unas premisas básicamente iguales, aunque podemos ver retrospectivamente que no eran los únicos movimientos de masas que plantearon problemas a los gobiernos.Entre las Líneas En general, en la mayor parte de los estados europeos con constituciones limitadas o derecho de voto restringido, la preeminencia política que había correspondido a la burguesía liberal a mediados del siglo (…) se eclipsó en el curso de la década de 1870, si no por otras razones, como consecuencia de la gran depresión: en Bélgica, en 1870; en Alemania y Austria, en 1879; en Italia, en el decenio de 1870; en el Reino Unido, en 1874. Nunca volvió a ocupar una posición dominante, excepto en episódicos retornos al poder.Entre las Líneas En el nuevo período no apareció en Europa un modelo político igualmente nítido, aunque en los Estados Unidos, el Partido Republicano, que había conducido al Norte a la victoria en la guerra civil, continuó ocupando la presidencia hasta 1913.Entre las Líneas En tanto en cuanto era posible mantener al margen de la política parlamentaria problemas insolubles o desafíos fundamentales de revolución o secesión, los políticos podían formar mayorías parlamentarias cambiantes, que constituían aquellas que no deseaban amenazar al estado ni al orden social. Eso fue posible en la mayor parte de los casos, aunque en el Reino Unido la aparición súbita de un bloque sólido y militante de nacionalistas irlandeses en el decenio de 1880, dispuesto a perturbar los Comunes y en una posición que le permitía influir de forma decisiva en el Parlamento, transformó inmediatamente la política parlamentaria y los dos partidos que habían dirigido su decoroso pas-de-deux. Cuando menos, precipitó en 1886 el aflujo de aristócratas millonarios pertenecientes al partido whig y de hombres de negocios liberales al partido tory que, como partido conservador y unionista (es decir, opuesto a la autonomía irlandesa), pasó a ser cada vez más el partido unificado de los terratenientes y de los grandes hombres de negocios.
En los demás países, la situación, aunque aparentemente más dramática, de hecho era más fácil de controlar.Entre las Líneas En la restaurada monarquía española (1874), la fragmentación de los derrotados enemigos del sistema -los republicanos por la izquierda y los carlistas por la derecha- permitió a Cánovas (1828-1897), que ocupó el poder durante la mayor parte del período 1874-1897, controlar a los políticos y a un voto rural apolítico.Entre las Líneas En Alemania, la debilidad de los elementos irreconciliables permitió a Bismarck controlar perfectamente la situación en el decenio de 1880, y la moderación de los partidos eslavos respetables en el imperio austríaco benefició igualmente al elegante aristócrata conde Taaffe (1833-1895), que ocupó el poder entre 1879 y 1893. La derecha francesa, que se negó a aceptar la república, fue una minoría electoral permanente y el ejército no desafió a la autoridad civil. Así, la república sobrevivió a las numerosas crisis que la sacudieron (en 1877, en 1885-1887, en 1892-1893 y en el caso Dreyfus de 1894-1900).Entre las Líneas En Italia, el boicot del Vaticano contra un estado secular y anticlerical facilitó a Depretis (1813-1887) el desarrollo de su política de «transformismo», es decir, de conversión de sus enemigos en sostén del gobierno.
En realidad, el único desafío real al sistema procedía de los medios extraparlamentarios, y la insurrección desde abajo no sería tomada en consideración, por el momento, en los países constitucionales, mientras que los ejércitos, incluso en España, país típico de pronunciamientos, conservaron la calma. Y donde, como en los Balcanes o como en América Latina, tanto la insurrección como la irrupción del ejército en la política fueron acontecimientos familiares, lo fueron como partes del sistema más que como desafíos potenciales al mismo.
Ahora bien, no era probable que esa situación se mantuviera durante mucho tiempo. Y cuando los gobiernos se encontraron frente a la aparición de fuerzas aparentemente irreconciliables en la política, su primer instinto fue, muchas veces, la coacción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto) (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bismarck, maestro en la manipulación de la política de sufragio (el derecho al voto) limitado, se sintió perplejo cuando en el decenio de 1870 se tuvo que enfrentar con lo que consideraba una masa organizada de católicos que se mostraban leales a un Vaticano reaccionario situado «más allá de las montañas» (de ahí el término ultramontano) y les declaró la guerra anticlerical (la llamada Kulturkampf o lucha cultural de los años setenta). Enfrentado al auge de los socialdemócratas, proscribió a este partido en 1879. Como parecía imposible e impensable la vuelta a un absolutismo (siglos XVII y XVIII en Europa; véase también la información respecto a la historia del derecho natural) radical -se permitió a los proscritos socialdemócratas que presentaran candidatos electorales-, fracasó en ambos casos. Antes o después -en el caso de los socialistas después de su caída en 1889-, los gobiernos tenían que aprender a convivir con los nuevos movimientos de masas. El emperador austríaco, cuya capital fue dominada por la demagogia de los cristianos sociales, se negó por tres veces a aceptar a su líder, Lueger, como alcalde de Viena, antes de resignarse a lo inevitable en 1897.Entre las Líneas En 1886, el gobierno belga sofocó, mediante la fuerza militar, la oleada de huelgas y tumultos de los trabajadores belgas -que se contaban entre los más pobres de la Europa occidental y envió a prisión a los líderes socialistas, estuvieran o no implicados en los disturbios.Si, Pero: Pero siete años más tarde concedió una especie de sufragio (el derecho al voto) universal después de que se hubiera producido una huelga general eficaz. Los gobiernos italianos dieron muerte a campesinos sicilianos en 1.893 y a trabajadores milaneses en 1898.
Puntualización
Sin embargo, cambiaron de rumbo después de las cincuenta muertes de Milán.Entre las Líneas En general, el decenio de 1890, que conoció la aparición del socialismo como movimiento de masas, constituyó el punto de inflexión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Comenzó entonces una era de nuevas estrategias políticas.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
A las generaciones de lectores que se han hecho adultas desde la primera guerra mundial (o global) puede parecerles sorprendente que en esa época ningún gobierno pensara seriamente en el abandono de los sistemas constitucional y parlamentario.Entre las Líneas En efecto, con posterioridad a 1918, el constitucionalismo liberal y la democracia representativa comenzarían una retirada en un amplio frente, aunque fueron restablecidos parcialmente después de 1945. No era este el caso en el período que nos ocupa. Incluso en la Rusia zarista, la derrota de la revolución en 1905 no condujo a la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) total de las elecciones y el Parlamento (la Duma). A diferencia de lo que ocurriera en 1849 (…), no tuvo lugar el retorno directo a una política reaccionaria, aunque al final de ese período de poder, Bismarck jugó con la idea de suspender o abolir la Constitución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La sociedad burguesa tal vez se sentía incómoda sobre su futuro, pero conservaba la confianza suficiente, en gran parte porque el avance de la economía mundial (o global) no favorecía el pesimismo. Incluso la opinión política moderada (a menos que tuviera intereses diplomáticos o económicos opuestos) adoptaba una posición favorable a una revolución en Rusia, que todo el mundo esperaba que contribuyera a convertir la civilización europea en un estado burgués-liberal decente- y ciertamente en Rusia, la revolución de 1905, a diferencia de la de octubre de 1917, fue apoyada con entusiasmo por las clases medias y por los intelectuales. Otros insurreccionistas eran insignificantes. Los gobiernos permanecieron impasibles durante la epidemia anarquista de asesinatos en el decenio de 1890, en el curso de los cuales murieron dos monarcas, dos presidentes y un primer ministro (el rey Humberto de Italia, la emperatriz Isabel de Austria, los presidentes Sadi Carnot de Francia y McKinley de los Estados Unidos y el presidente del consejo Cánovas de Españ), y a partir de 1900 nadie se preocupó seriamente por el anarquismo, con la excepción de España y de algunas zonas de América Latina.[rtbs name=”latinoamerica”] [rtbs name=”historia-latinoamericana”] Con el estallido de la guerra en 1914, el ministro francés del Interior ni siquiera se preocupó de detener a los revolucionarios y antimilitaristas subversivos (fundamentalmente anarquistas y anarcosindicalistas) considerados peligrosos para el estado y de los que la policía había elaborado una lista completa.
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Puntualización
Sin embargo, los mismos escándalos que convulsionaban la opinión nacional o internacional indican cuán altas eran las expectativas de civilización en el mundo burgués en las épocas de paz: Dreyfus (la negativa a investigar una equivocación de la justicia), Ferrer Guàrdia en 1909 (la ejecución de un educador español, acusado (persona contra la que se dirige un procedimiento penal; véase más sobre su significado en el diccionario y compárese con el acusador, público o privado) erróneamente de encabezar una oleada de tumultos en Barcelona), Zabern en 1913 (veinte manifestantes encerrados durante una noche en una ciudad alsaciana por el ejército alemán). Desde nuestra posición en las postrimerías del siglo XX solo podemos mirar con melancólica incredulidad hacia un período en el que se creía que las matanzas que en nuestro mundo ocurren prácticamente cada día, eran solamente monopolio de los turcos y de algunas tribus.
Fuente: Eric /Hobsbawm
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