Historia de la Iglesia en la Teología Dogmática
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Historia de la Iglesia en la Teología Dogmática en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] 6) La Iglesia en la historia. Si la Iglesia habita, al menos para vivir, el mundo sensible, por el mismo hecho está plenamente comprometida en la historia. Puesto que el hombre está en devenir, no puede estar por encima de la historicidad. La Iglesia no es una Weltanschauung, sino un fenómeno que se realiza en una serie de acontecimientos: preparación, fundación, progreso, marcha hacia el término final, con todos los incidentes del camino.
Algunos de los más antiguos textos, el Pastor de Hermas, p. ej., colocan el comienzo de la Iglesia antes de la creación, en la idea del Padre celestial (véase en esta plataforma: i, 1).Entre las Líneas En su concreta travesía por la tierra de los hombres, se prepara desde la primera promesa después de la caída del pecado, y realiza de etapa en etapa su gestación en la revelación y vocación de los patriarcas y sobre todo en la gran alianza del Sinaí. Sus dirigentes son los profetas más que los sacerdotes: anuncian la venida del Mesías (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y los diferentes cuadros de su existencia agitada y gloriosa sin llegar a clasificarlos con entera claridad.Si, Pero: Pero ya están ahí algunos justos que marchan en la fe de la promesa. Esta palabra es importante: la promesa no es el don definitivo sino su anuncio y esperanza; vendrá también el momento de la realización progresiva e inacabada que constituye, sin embargo, el último y decisivo periodo; del A. al Nuevo Testamento hay ruptura y continuidad, lo que no implica ninguna contradicción; vivimos en la plenitud de los tiempos y en los últimos días, pero la consumación gloriosa tarda aún; estamos ya salvados, pero en esperanza.
¿En qué instante empieza la Iglesia, sacramento y misterio, cuerpo y esposa de Cristo? S. Agustín ha insistido en la línea ininterrumpida de creyentes desde la promesa inicial del Mesías hasta nosotros (véase en esta plataforma: t, 1). Para él, los que nos han precedido en la justicia eran cristianos sin llevar el nombre. Más aún, el Cuerpo de Cristo comprende a todos los fieles desde el justo Abel hasta el último de los elegidos.Si, Pero: Pero la concepción agustiniana de la historia es demasiado igualadora, casi demasiado metafísica en su antipelagianismo, y no ‘señala con la nitidez deseada la ruptura o, mejor dicho, el cambio introducido por la Encarnación del Verbo. Antes y después del gran momento capital de la historia, la gracia no es la misma, aunque desde el principio sea la gracia de Cristo. Después de Nazaret y Belén, aún más, después del Calvario, la Nueva Alianza se constituye universalizada de hecho y no sólo en profecía: la Iglesia nace del costado abierto de Jesús que muere en la cruz. La lanzada ha hecho brotar de su costado el agua y la sangre del bautismo y del sacrificio eucarístico.
Por otra parte, este nacimiento de la Iglesia estaba en curso desde la vocación de los primeros discípulos, su fe inicial en el momento de los primeros signos operados por Jesús y la constitución del grupo de los Doce, a los que da a Pedro como jefe. ¿Nace, pues, la 1. en la cruz? Aún no. Es preciso que Cristo resucitado envíe el Espíritu Santo para transformar a los espectadores del acontecimiento pascual en testigos del Señor glorificado. Pentecostés (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), con el gran discurso de San Pedro y la predicación intrépida de los Apóstoles, es la respuesta y la misión de la primera comunidad entusiasta.
Desde entonces, la Iglesia puede cambiar de figura en cada siglo, pero no de luz interior; se adapta sin sacrificar nada del depósito que se le ha confiado. Intenta hablar las lenguas de todos los pueblos, en todos los momentos de la historia, en la confianza de que Pentecostés no ha terminado; pero, como en el primer día, sufre oposición y a veces hasta parece estar a punto de ser sofocada por sus enemigos. El Señor no ha traído la lámpara para ponerla bajo el celemín; ha construido su ciudad en la montaña para que el. mundo entero pueda verla y ser impresionado por ella.Si, Pero: Pero en las parábolas habla también del grano que debe morir antes de la cosecha de la mies, de la levadura escondida en la pasta, de la sal enterrada en la tierra. Hay momentos de purificación, aunque no siempre por el fuego de la tormenta, sino por el fuego oscuro de la noche del sentido y del espíritu de la que nos hablan los místicos.Si, Pero: Pero en la historia encontramos también los motivos de una valentía de un orden distinto. Porque los malos tiempos son los tiempos ordinarios en este mundo, por eso sólo los fieles, aquellos que abandonan toda seguridad humana no para vegetar en la inacción, sino para trabajar en la noche, sólo ellos mantienen erguida la cabeza bajo la borrasca: saben que la verdadera historia es la historia santa, en la que la Providencia invisible traza sus caminos de salvación que son distintos de los nuestros. Si la 1. no estuviera en tensión hacia la escatología (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), se habría extinguido hace tiempo. Ahora, como S. Pablo, puede decir todos los días: muero y, sin embargo, estoy vivo (2 Cor 6,9). También la 1. es viva no por la debilidad del hombre, sino por la fuerza del Espíritu de Cristo, Señor de la historia (véase en esta plataforma: t. IGLESIA, HISTORIA DE; HISTORIA VI).
7) La Iglesia, ¿comunidad o sociedad? La Iglesia es no sólo una comunidad, sino que se organiza en sociedad. Esta afirmación choca con la mentalidad de algunos. Podemos conceder que si la Iglesia creara ella misma su organización, ésta sería frágil y sujeta a continuos cambios, sin contar sus culpables debilidades.Si, Pero: Pero si el Señor ha establecido entre sus santos a aquellos que habrían de encargarse del servicio como doctores y pastores para la edificación de la Iglesia que es su cuerpo (Eph 4,11 ss.), nadie puede discutir la existencia ni las legítimas exigencias de la Jerarquía. Los textos por lo demás son formales: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y predicad., bautizad., mandad.» (Mt 28,18-20); «El que os escucha a vosotros, a mí me escucha; y el que os rechaza, a mí me rechaza» (Le 10,16); «Como el Padre me envió, también yo os envío. Recibid el Espíritu Santo para juzgar los pecados» (lo 20,21-23).
Si hay organización, habrá miembros, y no todos los hombres entrarán en la asociación. La Const. Lumen gentium ha evitado la palabra miembro para designar a los que pertenecen a la Iglesia. La denominación, que se basa por lo demás sobre la metáfora del cuerpo, es de una aplicación extremadamente difícil desde el momento en que se requieren muchas condiciones para una adhesión plena a Cristo en el seno de la Iglesia.Entre las Líneas En efecto, se pueden cumplir una o varias condiciones y renegar o descuidar las otras, y en este caso no subsiste la completa comunión, sin que por ello se rompan necesariamente todos los lazos. Algunos pueden subsistir, o bien en el Espíritu o bien también en las prescripciones legales a pesar de lamentables lagunas (véase en esta plataforma: ill, 2).
El Concilio Vaticano II tomó al respecto dos precauciones.Entre las Líneas En primer lugar, habló explícitamente de la necesidad del Espíritu de Cristo para una plena pertenencia a la Iglesia, y de este modo, superó el puro dominio jurídico. Se limitó después a describir concreta y positivamente los lazos que subsisten con los cristianos no-católicos, prestando más atención a los elementos que unen que a los que separan.Si, Pero: Pero ha mantenido firmemente la identidad fundamental entre la comunidad y la sociedad organizada, entre la 1. de la autoridad y la 1. del espíritu, entre el Cuerpo Místico y la asamblea visible y jerarquizada. Sin ello hubiera cavado un abismo entre el Espíritu y la Iglesia terrestre, lo que equivaldría a arruinar nuestra vocación y a organizar al mismo tiempo una eclesiolatría repelente. Estos pasajes de la Constitución (8,13-16), junto con el Decreto sobre el Ecumenismo, serán señalados en la historia con una piedra blanca. El problema de la desunión de los cristianos no está por ello resuelto, pero un amplio espacio de terreno ha sido despejado de obstáculos.
Quien dice sociedad, aunque sea espiritual y quizá sobre todo espiritual, dice al mismo tiempo esfuerzo, no sólo de profundización para acrecentar la solidez, sino también de extensión, pues la naturaleza de esta sociedad comunitaria es universalista. Aquí debe insertarse en el tratado De Ecclesia el capítulo sobre la Misión y más concretamente el que trate sobre las Misiones (véase en esta plataforma: III, 3). Sería infinitamente de deplorar que el ardor misionero de la 1. disminuyese porque los católicos hubieran comprendido mejor la voluntad salvífica universal de Dios; tal conclusión tendría algo de paradójico, si no de sofisma.
El artículo 17 de la Const. Lumen gentium desarrolla la obligación de la actividad misionera partiendo de las misiones divinas, primero la del Hijo, después la del Espíritu Santo, a continuación la de los Apóstoles y la de la Iglesia en su totalidad. Si la Iglesia es «enviada» por su misma institución, la destruiríamos si desconociéramos su tarea de evangelizar a las naciones. El mismo artículo cita también continuamente el mandato universal de predicar y de bautizar que Cristo resucitado confió a sus Apóstoles y a la comunidad, realizando cada uno según su rango y a su manera su función en el sacerdocio común, la función profética y el servicio real (véase en esta plataforma: 3, 4, 5, 6). De lo contrario, estaríamos frente a una negación de servir y el movimiento de caridad se vería contradicho y detenido por nuestra estrechez o por nuestra pereza. O llegaríamos hasta el punto de responder al Dios Salvador: puesto que veréis la salvación de todos, ocupaos vos mismo; nosotros, aunque somos los primeros llamados y los primeros mensajeros, no tenemos ganas de comprometernos. Apenas se imagina uno semejante actitud que sería blasfema. Existe por lo demás más de una parábola evangélica que condena a los siervos ociosos, culpablemente desocupados.
El primer fin de la misión no es proporcionar alimento a los países hambrientos, sino hacer de todos los pueblos discípulos de Cristo. El hombre no vive sólo de pan, sino de la palabra de Dios (Mt 4,4). La asistencia técnica no es, pues, la forma moderna de la misión, aun cuando la misión puede tener la obligación de tomar parte en ella. El amor de Cristo que ha lanzado al predicador hacia el llamado Tercer Mundo, le manda que no se contente con una catequesis que se quede en meras palabras, sino que aspire a alimentar a los que tienen hambre, y en caso extremo, que se limite al testimonio del don material, pero cargado de una espiritualidad que no puede dejar de transparentarse. La caridad sincera es una predicación en acto. Entretanto, los apóstoles no pueden callarse (véase en esta plataforma: t. III, 3 y MISIONES 1, 1).
8) Propiedades de la Iglesia. No hablamos aquí de las «notas» de la Iglesia, que en la Apologética (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), desde la separación de las diversas confesiones cristianas, son invocadas como prueba y carácter distintivos de la verdadera Iglesia (véase en esta plataforma: II). Nos proponemos, por el contrario, analizar desde el punto de vista dogmático las propiedades que el Símbolo de Nicea atribuye a la fundación de Cristo, santificada por el Espíritu. Tanto en uno como en otro plan, se enumeran generalmente los mismos cuatro títulos: unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad. Pero, mientras que los apologistas consideran este conjunto como un milagro moral que lleva el signo manifiesto de la aprobación divina, los autores que se ocupan de dogmática reflexionan sobre las cualidades de la Iglesia que no son otra cosa que la participación de las perfecciones del mismo Cristo, comunicadas y cuasi selladas en ella por el Espíritu Santo.
a) Unidad.Entre las Líneas En continuidad, pues, con el misterio de la Trinidad y de las misiones divinas, deduciremos inmediatamente que la 1. es una a causa del único Mediador, pero esta unidad progresa bajo el impulso de la fuerza de lo alto prometida por él.Entre las Líneas En otras palabras, la unidad de la Iglesia, lo mismo que su catolicidad o su santidad, debe ser concebida dinámicamente y consciente de que sólo más tarde logrará su plenitud. Notémoslo bien, el avance en la unidad no significa solamente que la concordia se restablezca o se refuerce entre aquellos que se llaman cristianos, sino también y ante todo que el apego a Cristo, cabeza y fuente de vida, sea más íntimo. El texto clásico, Eph 4,4-6, cita con el único Bautismo las mismas virtudes teologales, concretamente la oración dirigida a las tres Personas de la Trinidad indivisa. La liturgia sobre todo, nos enseña a orar al Padre «por nuestro Señor Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo».Entre las Líneas En concreto, encontramos aquí el «cor unum et anima una» de los que se alegra la primitiva comunidad (Act 5,32). Si reflexionamos en el carácter progresivo de esta unanimidad y en las tempestades que atraviesa a lo largo de los tiempos, corremos menos el riesgo de desanimarnos ante las dificultades, altas como montañas, con las que se encuentra el ecumenismo, y podemos afirmar con seguridad, sin mentira ni error, que la Iglesia es realmente una, aun cuando deba todavía atraer a otros hacia la plena unidad. Por eso, el fin del ecumenismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no es volver hacia atrás para resolver los conflictos inveterados, sino tender las voluntades hacia un futuro que realizará más fielmente entre los discípulos de Cristo la comunión de creencia y de comportamiento.
Conviene subrayar que esta unión no suprimirá la multiformidad legítima de las expresiones tanto en la amplia extensión de la cristiandad como a lo largo de los tiempos. Porque la verdad que debemos creer y vivir nos sobrepasa y nuestros medios de expresión humana serán siempre incapaces de valorar todos los aspectos de su riqueza interior. Sería, pues, infructuoso e ilegítimo querer uniformar, p. ej., la teología latina y el talante de la patrística griega. Cada una de estas dos formas -y se podrían multiplicar los ejemplos- pone de manifiesto un rasgo particular del dogma trascendente, sin esforzarse por hacer coincidir las dos mentalidades, lo que daría como resultado un vago eclecticismo o un empobrecimiento del dato revelado. Otra cosa distinta es mostrar la complementaridad de las dos maneras de ver, esperando que el enraizamiento del catolicismo en otros continentes produzca nuevos desarrollos homogéneos (véase en esta plataforma: t. II, 2).
b) Conviene añadir a la unidad la propiedad correspondiente, indispensable, de la catolicidad. S. Ignacio de Antioquía fue el primero que condecoró a la Iglesia con el nombre de católica y bien pronto este calificativo sirvió a los Padres para oponer la Iglesia a las diferentes sectas o grupos disidentes, generalmente de orden local. Se percibe, por consiguiente, en la catolicidad una connotación geográfica, que concreta una cualidad interior hecha de un espíritu de acogida sin exclusiva. El universalismo (la creencia de que es posible descubrir ciertos valores y principios que son aplicables a todas las personas y a todas las sociedades, independientemente de las diferencias históricas, culturales y otras) es lo contrario de la uniformidad. El Vaticano II no ha consagrado a este tema un estudio especial, pero aparece en diferentes ocasiones a lo largo de su capítulo sobre el Pueblo de Dios. Primero, para poner de relieve la extensión de este Pueblo a las más diferentes regiones y civilizaciones; después, para inculcar a todo misionero el respeto de los valores culturales, intelectuales y hasta religiosos y morales que habrían de encontrar en las naciones evangelizadas y que podrían ser susceptibles, mediante una purificación, de ser asumidos en un orden más elevado y más completo, en una palabra, que podrían entrar en la recapitulación del único Cristo (Lum. gent. 13).
La catolicidad no se manifiesta solamente por la diversidad de las culturas en mutuo intercambio, sino también por la especialización de las funciones en una armonía cada vez más rica dentro del organismo eclesial. Es necesario además sumar la multiformidad de las riquezas terrestres, que cada pueblo aporta en homenaje a la única Cabeza de la Iglesia y del universo.Entre las Líneas En efecto, Cristo es proclamado en el mismo capítulo (Lum. gent. 9) como el que tiene el Nombre supremo, el Unigénito que se ha hecho Primogénito, la única ley y el único legislador de la Nueva Alianza, el destino y el idéntico acabamiento para todos en la bienaventuranza. La unidad está imbricada en la catolicidad e inversamente.
La afirmación de unicidad fundada sobre Cristo se extiende, como ya hemos notado, a la presencia del mismo Espíritu en la Cabeza y en los miembros; lo que conduce a la indivisión de la vida divina trinitaria, primero y último fundamento, alfa y omega del universo entero, unidad y comunión perfecta. No es la catolicidad un puro asunto de cálculo y de difusión, pero hemos de tener en cuenta que la extensión es un elemento de su criterio de autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) junto y en dependencia de su poder de difusión, adaptación y asimilación. El problema es delicado. El fin perseguido no puede ser la naturalización del catolicismo en cualquier cultura humana, sacrificando las exigencias de una Revelación de la que no disponemos sino que es ella quien dispone de todos nosotros sin excepción. La verdad no puede acomodarse a todas las formas de errores aunque sean involuntarios. El único universalismo (la creencia de que es posible descubrir ciertos valores y principios que son aplicables a todas las personas y a todas las sociedades, independientemente de las diferencias históricas, culturales y otras) o catolicismo válido que se hace respetar, toma en serio los puntos de vista de los interlocutores, pero también la fidelidad a lo que nosotros sabemos que es la Palabra de Dios. Repetimos, no es el compromiso sobre el pasado o sobre el presente el que resolverá nuestras disputas, sino el encuentro mutuo en la verdad más allá de nuestras disidencias, más alto, en Cristo. y si este dichoso instante no llega en plenitud hasta el último día, razón de más para preparar el advenimiento glorioso del Señor por un mutuo deseo reforzado de unidad (véase en esta plataforma: t. II, 4).
c) La santidad ha recibido en la Lumen gentium el honor de un capítulo especial. Pasándole revista señalaremos los tres mismos rasgos que ya hemos encontrado en las observaciones precedentes. De donde aparece que todas las propiedades de la 1. se encuentran en Cristo y en el Espíritu.
En un cierto sentido, lo más «nuevo» en la descripción de la santidad de la Iglesia no es quizá aquello que normalmente se cree, en especial, la importancia dada al universalismo (la creencia de que es posible descubrir ciertos valores y principios que son aplicables a todas las personas y a todas las sociedades, independientemente de las diferencias históricas, culturales y otras) de la llamada a la perfección (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Esta consideración proviene de otra más profunda: el carácter ontológico de la santidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), cuya única fuente es Dios; la vida virtuosa hasta el heroísmo sólo es un derivado.
Sólo Dios se llama el Santo. Su santidad más que uno de sus atributos es su mismo ser. Esta santidad es difusiva: se difunde no sólo sobre los objetos sagrados, sino también sobre los hombres consagrados, de los que exige una vida que corresponda a la dignidad de su vocación. «Sed santos, porque yo, Yahwéh, soy santo» (Lev 19,1 ss.). Ahora bien, en el Nuevo Testamento, la santidad divina se comunica explícitamente por medio de Cristo que es «el santo de Dios» (Me 1,24; Le 4,34; lo 6,69) y por el Espíritu de santificación. No abandonamos la esfera trinitaria.
El carácter ontológico de la santidad divina que se difunde sobre las creaturas implica el que se distribuya de manera universal, porque Dios es el Padre de todos, y Cristo el Primogénito de la multitud entera de sus hermanos en humanidad, y el Espíritu es el principio vivificante de todo ser creado en el cielo y en la tierra. El Espíritu Santo es el que en el Símbolo de los Apóstoles se encadena con la Santa Iglesia Hubo un tiempo en que numerosos cristianos creyeron que la santidad no podía florecer sino en el interior de los muros de un claustro. Hoy, además de en los religiosos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el último Concilio ha insistido fuertemente en la llamada a la santidad efectiva en todas las condiciones de vida, aun en el mismo corazón de la ciudad secular. Era una respuesta anticipada a la teoría, llegada de América, según la cual la ciudad del hombre ahogaría hasta la idea de Dios y haría que el vocablo «santo» fuese literalmente ininteligible, pues todas las cosas serían profanas.
No podemos desarrollar aquí el tema.Si, Pero: Pero no dejemos de indicar rápidamente la tercera característica de la santidad de la Iglesia, tal como la presenta el Concilio. Esta característica es la pluriformidad. Los espíritus cerrados sólo conocen el uniformismo grisáceo, fastidioso e infértil; San Pablo y S. Pedro, por el contrario, nos hablan de la gracia y de la sabiduría que son inagotables en recursos empleados por Dios (Eph 3,10; 1 Pet 4,10). Nadie es excluido de los caminos superiores, pero son infinitamente variados. Nada es tan magnífico en su despliegue como una procesión de santos (véase en esta plataforma: t. tl, 3; SANTIDAD IV).
d) La apostolicidad. Desde las listas de S. Ireneo y de Tertuliano, se ha insistido en la importancia de la sucesión ininterrumpida de los obispos en la Iglesia. El orden episcopal continúa la función de los Apóstoles (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), no de fundar la Iglesia, sino de gobernarla. La eficacia de la dedicación pastoral, trasmitida por la imposición sacramental de las manos, no puede conocer ninguna ruptura, puesto que toda la gracia debe emanar de Cristo Señor. Esta verdad está evidentemente en conexión con el hecho de qu la 1. no es sólo una comunidad espiritual sino también una sociedad jerárquica, cuya organización se explica porque somos hombres corporales, inmersos en el tiempo y en el espacio.
Sin embargo, la cadena ininterrumpida de la sucesión de los obispos desde los Apóstoles no es el único aspecto de la apostolicidad. Es también importante la fidelidad a toda prueba al Colegio de los Doce y a Pedro establecidos por el mismo Jesús para el pastoreo universal. El autor del libro de los Hechos ha señalado (Act 2,42) que la comunidad primitiva era asidua a la enseñanza de los Apóstoles y fiel a la comunión fraterna. No nos extrañemos, pues, de que -debamos hablar también de la apostolicidad como dinámica y progresiva. Es exactamente la definición de un magisterio y de un gobierno pastoral que avanzan en el tiempo. Si este ministerio fuera inmóvil, perdería su influencia sobre la marcha de la sociedad y se extinguiría.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Más Información
Los obispos de hoy son algo más que los simples sucesores de los Apóstoles: con estos últimos forman un cuerpo permanente y siempre activo. El colegio de los Doce se perpetúa, dice la Lumen gentium, 22, en el Orden de los obispos que nos trasmiten el mensaje revelado. Los Apóstoles aún están entre nosotros en la persona de sus representantes actuales, siendo siempre el mismo Jesús el apóstol y el gran sacerdote de nuestra fe (Act 3,1) (véase en esta plataforma: t. u, 5). [rbts name=”teologia”]
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre historia de la iglesia en la teología dogmática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
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