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Historia Teológica de la Iglesia

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Historia Teológica de la Iglesia

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Historia de la Iglesia en la Teología Dogmática en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre historia de la iglesia en la teología dogmática que se haya en otra parte de esta plataforma online). 9) La realidad escatológica de la Iglesia. Los Apóstoles y sus sucesores asociados, difusores de la santidad de Cristo por medio de la enseñanza, del culto y de la dirección pastoral, conducen a la 1. a su destino definitivo, escatológico.
a) La perspectiva de los fines últimos es esencial para la Iglesia, porque todavía no es el Reino acabado y es necesario prepararle el espacio necesario para que pueda avanzar hacia su término.Entre las Líneas En el Nuevo Testamento, una serie de afirmaciones nos asegura que, rescatados por Cristo, vivimos ya en la vida celeste, mientras que otra serie de textos nos hace esperar nuestra redención total. No tenemos derecho a sacrificar ninguno de estos dos datos. Aunque vivimos en los «últimos tiempos» y el gran Día final proyecta su luz hacia adelante, la historia no toca aún a su término. Vivimos literalmente entre los dos grandes momentos: la Ascensión del Señor y el acabamiento de su Reino universal en la gloria.
b) Tal es el tiempo del Espíritu o el tiempo de la esperanza (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que se desarrolla entre la escena inicial y la escena final del último periodo. S. Lucas lo llama también el tiempo de las naciones (Le 22,24).Entre las Líneas En la existencia cristiana, las dos fórmulas aparentemente contradictorias «ahora ya» y «todavía no» se realizan a la vez. Lo mismo que el pasado de los acontecimientos salvíficos se perpetúa en el presente, así el futuro de la felicidad final del hombre en Dios se realiza ya en este momento; nosotros vivimos, en sentido literal, el entrecruzamiento de los dos en el hoy del Señor.
La escatología (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) ha estado demasiado descuidada tanto en nuestra teología como en nuestra vida. ¿Podemos impunemente olvidar la meta de la existencia de la I.? ¿No estamos, aunque cultivemos la teología de la cruz, en tensión hacia la teología de la gloria? Además, recordemos la importancia de la historia humana, la cual arrastra con ella la suerte del universo cósmico que, en la incorrupción, deberá ser sometido también al poder de Cristo glorificado. Sin duda, el cuadro que la Sagrada Escritura pinta de la consumación de todas las cosas y de la regeneración general, lo sabemos desde hace mucho tiempo, no constituye un relato de hechos que hayan de ser interpretados en el sentido literal de una crónica. Los exegetas no han tenido que esperar las equivocadas tesis de Bultmann (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) para darse cuenta de la diferencia de los géneros literarios empleados por los autores sagrados, en particular del género apocalíptico fuertemente coloreado y simbólico, explicando la significación profunda y el desenlace de los hechos.Entre las Líneas En efecto, existen diversas maneras de evocar la contextura histórica de los acontecimientos de salvación. Prescindiendo de todo aquello que deriva de la presentación literaria, queda el hecho de que Cristo terminará su obra y la completará no sólo en su propia persona, sino en el universo entero. Por eso, el tratado dogmático de los Fines últimos podría más bien llevar como título: «Del acabamiento de la Iglesia por Cristo». Lo que manifestaría al mismo tiempo que la escatología, a la vez que individualizada, es cristocéntrica y comunitaria.
c) Antes de que este término llegue, nuestro paso por la tierra es también el tiempo de vigilancia. El mensaje de la esperanza nos hace entrever el sentido del destierro que tenemos que vivir aquí abajo, pero es preciso tomar esta prueba en serio. Durante su peregrinación, la 1. tiene necesidad de una vigilancia ininterrumpida y de un coraje templado, porque son peligrosas las emboscadas que la rodean y numerosos los enemigos.
El hecho de que parte de la primera generación cristiana haya vivido en una espera a veces febril de la Parusía del Señor tiene algo que nos desconcierta. Y a alguno podría parecer que la 1. se ha sentido desde entonces desilusionada por la tardanza del último día y poco a poco el tema escatológico ha parecido esfumarse; hasta el punto de que sentimos cierto malestar ante el silencio que ha seguido a la exaltación. Es necesario poner las cosas en su punto. El centro del dogma lo constituye la certeza de que Cristo, como juez supremo y universal, pronunciará al fin de la historia la última palabra sobre los hombres y sobre toda la creación. Respecto al tiempo y al momento que el Padre ha fijado con su autoridad, a nosotros no nos toca conocerlos (Act 1,7). Nada ha sido revelado a este propósito.
Por lo demás, para cada hombre se decide prácticamente la suerte en la hora de su muerte y este instante es siempre inminente. El único acontecimiento que todavía debe tener lugar es la sentencia pública y final en el último juicio: «Venid a mí, benditos de mi Padre. Apartaos de mí, malditos.» (Mt 25,31 ss.). Entonces el Hijo presentará a su Padre el reino del universo restaurado (1 Cor 15,24). Respecto al tiempo intermedio entre la muerte de cada uno y la resurrección general, no tenemos facilidad de representárnoslo, pues nuestra inteligencia como nuestra imaginación está inviscerada en el tiempo corporal.
La espera escatológica no ha desaparecido en la I.; lo que importa es estar preparados para el encuentro y tener las lámparas encendidas. Sin poder penetrar el misterio ni librarnos de la angustia física de la muerte, debemos vivir, siguiendo juntos las huellas de Cristo caminando a través de su pasión hacia su glorificación. Ni un solo instante podemos olvidar los toques de alerta de las parábolas, pero tampoco debemos abandonar nuestra confianza en Aquel que ha vencido la muerte y que nos espera para resucitarnos en el Reino del Padre, coronación de la 1. en la visión celeste.
d) ¿Tenemos en el entretanto (si se puede emplear esta expresión «temporal») relaciones con quienes ya se han dormido? El Concilio Vaticano II en el cap. VII de la Lumen gentium, añadido al final, ha querido recordar los intercambios que tienen lugar entre la Iglesia que está en la tierra y aquellos miembros suyos que pasan por una purificación póstuma antes de ver la faz de Dios, o que le contemplan ya en la bienaventuranza tal como es.
La Comunión de los Santos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), es decir, de todos los elegidos en Cristo, comporta sobre todo la oración común. Los sufragios por los muertos tienen lugar desde los primeros siglos del cristianismo, y, a partir de la era de los mártires (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), observamos la amplitud que adquiere el culto de los testigos de la sangre, junto con el de la misma Madre de Cristo. Se celebra la memoria de los Santos, se recurre a su intercesión, hay un empeño en imitarles. Los fieles veneran también sus imágenes, con matices distintos en Oriente y en Occidente; porque si los cuadros que describen las escenas bíblicas o la vida de los santos constituyen para nosotros principalmente una enseñanza intuitiva que activa nuestra piedad, los iconos griegos o rusos son imágenes que procuran a los amigos de Dios ya glorificados una presencia espiritual aquí en la tierra para protección de la Iglesia peregrinante. Este esbozo está evidentemente simplificado, pero es exacto en sus grandes líneas.
La exposición sobre la Iglesia quedaría imperfecta sin la indicación de este aspecto práctico de la doctrina escatológica. Añadamos simplemente que también en esta materia la dogmática encontrará un aprovechamiento apreciable en el retorno explícito a la fuente revelada y en la catharsis o despojo de las excrecencias innecesarias para mirar de frente a la Iglesia coronada.
e) Una palabra todavía sin la cual nuestra exposición sobre el acabamiento de la Iglesia en la gloriosa parusía presentaría una grave laguna. No ha sido sin motivo el que un teólogo contemporáneo haya dado a la Madre de Cristo el título de «Icono escatológico de la Iglesia». Lo que quiere decir que la 1. encuentra en María Virgen el ejemplo deseado tanto para la peregrinación de la fe y la entrega total a Jesús y a su obra como para el estado glorioso para el que llama el plan del Padre a toda la comunidad de los elegidos.
La idea de representar a María, Madre de Jesús, como el tipo o el modelo de la Iglesia, es un tema tradicional puesto de actualidad recientemente (G. Philips, Marie et l’Église, Enc. H. du Manoir, VII, Maria, París 1964, 363-414). Iniciado ya en el paralelismo antitético de Eva y de María, este tema es desarrollado por los guías de la Mariología, S. Epifanio y S. Ambrosio. Desde el principio, digamos que a partir ya de S. Justino, los escritores eclesiásticos ponen el acento en la virginidad de la Madre de Cristo. No especulan sobre los fenómenos biológicos, pero afirman firmemente dos principios. Por una parte está el hecho de que María viene a ser madre del Mesías con su propio consentimiento, por su fe y su obediencia. El segundo hecho es su perfecta virginidad: corporalmente intacta, guarda al Señor una entera fidelidad gracias a las virtudes teologales. Esta consagración a Dios ha permitido a María, según S. Agustín, cooperar por su caridad al nacimiento de los miembros de su Hijo, cabeza de la I.
De este modo, las nociones de consagración virginal y de fecundidad maternal se tocan de cerca. La Virgen de Nazareth es madre de Jesús a quien concibió en su corazón y en su seno, y es madre de todos los vivientes, hermanos y hermanas de su Primogénito, que ha venido al mundo por medio de ella para salvarlos.
¿Podemos extrañarnos ahora de que los piadosos monjes de la Edad Media, inspirándose en S. Ambrosio, hayan llamado a María la primera de la Iglesia, aquella de la que ha nacido en un cierto sentido toda la l.? Ella no es ciertamente el modelo de la Iglesia en el orden jerárquico, pero lo es plenamente en la humildad de la oración y de la obediencia, en el ardor de la caridad, fuente de toda fecundidad.
Con toda seguridad podemos decir, con el Vaticano II, que se apoya en bases tan antiguas, que la 1. es, como María, virginal y maternal. Ella no duda ni en la fe ni en la caridad, a pesar de las oscuridades y de las pruebas: de este modo es perfectamente virgen. Es también madre de los vivientes, cooperando para dar a luz a lo largo de los siglos a los hijos de Dios, regenerados por su predicación y por sus sacramentos.
Bajo algunos aspectos, la Iglesia no alcanza o no ha alcanzado aún la perfección de su imagen. La 1. no es inmaculada al modo de María, pues debe luchar sin cesar contra el pecado que está en su propio seno, a saber, en sus miembros.

Otros Elementos

Además, la 1. no ha llegado como María a la gloria, con vistas a la cual Dios ha creado en el principio del cielo, poniendo al hombre al frente de toda su obra.Si, Pero: Pero esto se ha realizado ya en María y la 1. la contempla como su tipo acabado, repitámoslo, como su icono perfecto. Y si entendemos el icono como una presencia eficaz y benéfica, comprenderemos por qué la Iglesia invoca a la Teotocos, Madre de Dios, que intercede por nosotros en todas nuestras necesidades y nos libra de todos los peligros. El lector habrá reconocido en estas palabras la más antigua oración en honor de la Virgen, el Sub tuum praesidium, atestiguado mucho antes del Concilio de Éfeso.
10) La Iglesia y las otras sociedades. Este título es muy general. Puede comprender la comparación de la Iglesia estructurada con los grupos que subsisten en su seno. Puede englobar también la relación de la Iglesia Católica con las comunidades eclesiales cristianas disidentes y hasta con las otras religiones.Entre las Líneas En fin, puede comprender las relaciones con la sociedad civil y sus órganos, lo que supone una toma de posición del cristianismo frente a los valores temporales, capítulo de una particular actualidad.
a) No nos detendremos en las estructuras internas de la Iglesia, pues el tema está tratado en otros artículos (v. PAPA; OBISPO; PRESBÍTERO; LAICOS). Recordemos solamente que la distinción principal entre los miembros de la Iglesia está fundada en la voluntad del Maestro, no precisamente para introducir una desigualdad entre sus discípulos, sino para reglamentar orgánicamente los servicios que deben hacerse mutuamente. La Jerarquía eclesiástica (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) está encargada de la dirección de la predicación, del culto y de la pastoral. Goza de una verdadera autoridad, no para su propia satisfacción, sino para el bienestar religioso de la comunidad. El laico está llamado a la obediencia en el espíritu del Evangelio, es decir, a la colaboración espontánea con los jefes, que han sido establecidos por Cristo y con quienes debe compartir los cuidados (Heb 13,17).
En otro plano, existe en la 1. una diferencia entre los religiosos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), personas consagradas por votos en un instituto oficialmente reconocido, y los seglares o laicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que siguen al Señor en la vida secular, comprometidos en las cosas temporales que han de ordenar según Dios. Unos y otros participan en la misión de la 1. y en su apostolado, trabajando cada uno a su manera, según la propia vocación.
Además de esos grupos de cristianos reconocidos como los monjes y las monjas, los religiosos y las religiosas, etc., los fieles pueden crear y administrar con la libertad de los hijos de Dios «asociaciones piadosas» (v. ASOCIACIONES V) de todo género, siempre que no vayan en contra de las finalidades primordiales de la 1. de Cristo.Entre las Líneas En este orden de cosas, la Jerarquía respeta el principio que ella misma proclama para la sociedad civil, a saber, el de la subsidiaridad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). El trabajo que puede ser realizado por un órgano inferior, no debe ser acaparado por un órgano superior, lo que sería indiscutiblemente una disminución de vitalidad y de fecundidad. Aunque no todo es perfecto en este dominio, no existe, sin embargo, ningún problema crucial. La multiplicidad de congregaciones religiosas, de obras de apostolado o de organizaciones de caridad católicas puede tal vez causar rivalidades, o degenerar dando lugar a una estrechez de miras demasiado humana.Si, Pero: Pero si cada uno está alerta contra el egoísmo colectivo de los grupos o subgrupos, su diversidad es señal de riqueza, y permitirá adaptarse mejor a todas las circunstancias y a todos los medios y así su acción será benéfica, siempre que cada uno sepa en el momento preciso alimentar su vida recurriendo a la fuente espiritual, de que mana, cosa mucho más importante que el cambio o adaptación exterior.
b) No nos extenderemos demasiado sobre los problemas del ecumenismo que hemos tocado ya de pasada, y que es estudiado directamente en otro lugar (v. ECUMENISMO). El ímpetu del movimiento es digno de notarse, mas no debemos subestimar sus dificultades. Aparte de las conversiones o retornos individuales, el ecumenismo apunta más a las colectividades cristianas separadas de la 1. Católica. Lo que ahora nos interesa es precisar los lazos que unen a la 1. Católica con las otras comunidades cristianas, que se han separado de ella en uno u otro punto de doctrina o de disciplina eclesiástica. Históricamente, tenemos todos el mismo origen en el Evangelio de Cristo, pero algunos han producido una ruptura o separación. No consideramos ahora el caso de un hereje o de un cismático formal que, según la misma definición, comete un pecado contra la fe; pensamos más bien en las generaciones que proceden de una secesión ya lejana de la que apenas tienen conciencia numerosas poblaciones actuales.
Sigue siendo dolorosamente verdadero que estas divisiones contradigan la voluntad expresa y la oración de Jesús, y que por eso tenemos el deber de intentar encontrarnos todos en Él. Más de una vez, las disidencias se basan manifiestamente en diferencias de mentalidad, en factores históricos muy diferentes, hasta en una confusión de vocabulario algunas veces. El método práctico para disipar los malentendidos no puede ser otro que el diálogo en presencia del Señor. Juan XXIII y Paulo VI han afirmado que no conduce a nada el intentar establecer y medir la culpa que corresponde a cada uno. Dejando, pues, ese aspecto, vayamos a los otros.
Para comenzar, los factores no-teológicos de la disensión entre cristianos pueden y deben ser superados por un deseo más ardiente de comprenderse como hermanos y de practicar la humildad de corazón y de espíritu.Si, Pero: Pero todo esto es irrealizable sin la caridad de Cristo.
Puede ser bueno cooperar, entre grupos cristianos de diferentes denominaciones, en la vida práctica, sobre todo, para remediar la miseria humana.Si, Pero: Pero esto no basta. Podemos decir que esta misma empresa no persistirá si no está sostenida por una inspiración desinteresada, sacada del mismo Evangelio. Para aproximarnos los unos a los otros con el corazón y con la razón, es importante que consideremos más bien lo que une que lo que nos separa, sin por ello camuflar los puntos en litigio. Todavía mejor, busquemos en el fondo de las actitudes opuestas los elementos en los que todavía no se ha realizado la ruptura, pero que frecuentemente se han expresado de diferente manera. A partir de ese momento, la unidad redescubierta bajo un vestido diferente, aunque sea tenue, está llamada a reforzarse y a fortalecer nuestra catolicidad.
Roma no duda jamás en hablar de las «iglesias» ortodoxas disidentes, mientras que para los reformados prefiere hablar de «comunidades eclesiales». No existe ahí ninguna estrechez de espíritu: esa actitud es debida al hecho de que el protestantismo rechaza generalmente el sacramento del Orden y, por consiguiente, también el sacrificio eucarístico. Ahora bien, es en la mesa del Señor en donde se realiza la perfección de la caridad eclesial. Por eso mismo, no debería hablarse de intercomunión, pues el objeto que se persigue es la comunión perfecta.
Habría mucho que decir también sobre las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas, ya que la 1. no rechaza ningún diálogo sincero. Notemos únicamente que en este dominio de las relaciones religiosas nos encontramos ante casos con frecuencia muy complejos. Por una parte, la voluntad de Dios comporta que todos los hombres le reconozcan y sobre todo que practiquen el amor hacia Él y consecuentemente también hacia su prójimo. Por otra, ese único y mismo Dios quiere ser servido por hombres libres, y no por forzados, y no quiere hacerse amar por medios coercitivos. Para establecer una armonía entre estos dos principios, el deber religioso y la libertad con que se ha de responder a él, resulta a veces difícil llegar a una solución satisfactoria en todos los puntos (V. Iv, 5; LIBERTAD IV; INDIFERENTISMO RELIGIOSO).
c) Esto nos conduce a añadir una palabra sobre la actitud de la Iglesia Católica frente a la sociedad civil. Este terreno es también resbaladizo, porque las situaciones de los Estados, desde el punto de vista cultural, político y religioso, son muy diferentes según las regiones y los países, y cambian algunas veces rápidamente y hasta bruscamente en conexión con la historia mundial.
Consecuentemente, la Iglesia deberá adaptarse a circunstanción es a veces trabajosa, ya que si bien la Iglesia y la ficar por ello los principios fundamentales de su régimen. Notemos además, para ser sinceros, que en este dominio práctico la Jerarquía eclesiástica tiene las dificultades que la debilidad humana no puede evitar completamente. Pretender que la Iglesia tenga en esto garantías absolutas de perfección, es contradecir la historia y la teología.
Los principios son ciertamente estables.Si, Pero: Pero su aplicación es a veces trabajosa, ya que si bien la Iglesia y la organización civil no coinciden, pues cada una es, según su finalidad, autónoma en su dominio, no pueden, sin embargo, separarse enteramente, pues a fin de cuentas los dos poderes tienen los mismos sujetos, miembros a la vez de las dos sociedades.Entre las Líneas En la terminología empleada las confusiones son frecuentes y a veces casi inevitables.Entre las Líneas En los Estados Unidos, p. ej., la proclamación de la separación de la Iglesia y del Estado garantiza la libertad de los católicos; en países de la Europa Oriental la misma expresión «separación de la Iglesia y del Estado» significa de hecho la destrucción práctica de la libertad de los cristianos. Es, por consiguiente, necesario atenerse a las descripciones concretas, esclarecidas por los principios indiscutibles.
1. y Estado no se entremezclan; es necesario distinguirlos si no se quiere caer en la teocracia o en la esclavitud de los creyentes.Si, Pero: Pero distinción no significa que cese toda colaboración, ni menos aún que exista hostilidad ya sea solapada o abierta. El confusionismo no es menos peligroso que el separatismo. Tanto uno como otro desconocen los derechos de la persona humana, que obligada a reconocer a Dios y a obedecerle, no puede, sin embargo, estar sometida a ninguna violación de conciencia, desde el momento que Dios ha preferido crear hombres libres y no esclavos. Como dice el Vaticano II (Lum. gent. 36), el cristiano debe «distinguir diligentemente entre los derechos y obligaciones que les corresponden por su pertenencia a la Iglesia y aquellos otros que les competen como miembros de la sociedad humana». Un poco después, la misma Constitución subraya que la Jerarquía debe respetar y reconocer «la justa libertad que a todos compete dentro de la sociedad temporal» (ib. 37; AUTONOMÍA III). Esta franca actitud no da un impulso al secularismo; al contrario, le quita todos los puntos de apoyo. La sociedad temporal ha sido fundada por Dios con vistas a un servicio fijado para un tiempo determinado.Si, Pero: Pero en su dominio se rige por sus propios principios en donde ningún otro poder debe mezclarse arbitrariamente. Lo que no quiere decir que la actividad llamada profana no esté sometida a la ley de Dios y de la conciencia moral. De todos modos, el Estado (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) tiene la obligación de hacer reinar la justicia en las relaciones entre los ciudadanos y las naciones. La Revelación cristiana proyecta una luz bienhechora sobre el aspecto moral de estos problemas extremadamente complicados algunas veces. El Estado, por su parte, aunque no tenga como misión la enseñanza de una religión determinada sino la promoción del bien estar temporal, velará para que exista una atmósfera de armonía frente a la l. Los ciudadanos cristianos darán a esta exigencia una respuesta positiva y efectiva desarrollando por su parte una relación amistosa (v. t. iv, 5).
d) Las realidades ordenadas y administradas por la sociedad civil constituyen un mundo de valores, que aunque sean temporales y, por consiguiente, no definitivos, no por ello son menos preciosos. Preferimos llamarlos «temporales» y, por consiguiente, pasajeros más bien que «terrestres», porque tienen resultados que sobrepasan nuestro planeta.Entre las Líneas En efecto, en el hombre que los cultiva, desembocan ellos en la esfera de lo trascendente y en razón de su carácter moral o inmoral no podemos cosificarlos: comprometen al hombre en su obra.
El campo de los valores temporales está teológicamente poco explorado. Ha sido en los últimos años cuando los pensadores católicos han hecho de ellos el objeto de sus investigaciones y de sus reflexiones. Los Libros Santos no tratan de ellos sino indirectamente, pues su objeto es la edificación de la doctrina y del comportamiento religioso bajo el signo de Cristo. De ahí el acento que ponen en la escatología.Si, Pero: Pero como la Revelación se dirige a toda creatura de todos los tiempos, estamos autorizados a plantear estas cuestiones sobre los problemas que preocupan al hombre (v. iv, 4; MUNDO III, 1; TRABAJO HUMANO VII).
Más que en épocas anteriores y gracias al progreso científico y técnico, puede el hombre considerarse dueño del mundo que le rodea hasta el punto de creer a veces que no tiene necesidad de nadie y que su antonomía es absoluta. Varias «filosofías» intentan interpretar ese hecho en un sentido secularista. Es la voluntad del hombre, ha escrito Engels, la que debe reinar sobre la tierra: el cielo no existe; si es, pues, necesario un Dios, lo reemplazará el hombre. Hagamos notar que el hombre, sean cuales sean su cultura y su poder, es para mí mismo un problema, desde el momento en que comienza a reflexionar. El sentido que estamos obligados a buscar para explicar nuestra existencia nos quita el sueño, dígase lo que se quiera. Aquel que deja de buscar, sacrifica su humanidad. Quizá se contente de buena fe con un humanismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) puramente terrestre, como el de Engels, que acabamos de citar.Si, Pero: Pero esta visión es corta y a veces concluye un tratado de paz con el absurdo.
La Palabra de Dios, trasmitida por la Iglesia no presenta al hombre solamente perspectivas llamadas ultra terrestres: ilumina al` mismo tiempo el camino que tenemos que atravesar en este mundo. Apoyándonos en la Revelación podemos decir que, en relación con los valores temporales, recibimos un doble beneficio.Entre las Líneas En primer lugar, el conocimiento claro del primer origen y del último porqué, como fruto de la luz que debemos al Verbo encarnado, sin el cual permaneceríamos vacilantes y estaríamos expuestos a muchas equivocaciones. Si un cierto número de nuestros contemporáneos no reconoce este esclarecimiento por medio de la fe de la Iglesia, es porque no descienden hasta el nivel del que acabamos de hablar. Concedemos que este descenso resulta a veces dificultado cuando esos contemporáneos constatan que hombres creyentes, cristianos y católicos, se desinteresan con frecuencia de su tarea temporal. Es aquí en donde se inserta el segundo beneficio anunciado: la práctica del auténtico cristianismo, que lleva a asumir y perfeccionar todos los valores humanos.
11) Conclusión. Henos aquí de nuevo en nuestro punto de partida. Hemos declarado que la mejor manera de defender la fe es todavía exponerla y difundirla lo más fielmente posible. Por esta razón, el que quiere difundir el mensaje de la l., y en el sentido fuerte el mensaje sobre la l., debe comenzar por escuchar lo que el Espíritu dice a las iglesias, como lo repite siete veces el principio del Apocalipsis. Hemos tratado de recoger aquí eso, el complejo y rico conjunto de líneas fundamentales sobre el ser de la l., que con más detalle se expone en los artículos siguientes y en los demás a los que se remite.
Aquí en la tierra la Iglesia tendrá que atravesar un desierto hasta el fin de los tiempos. Debe habituarse a vivir en la oscuridad de la fe, que por lo demás nos ilumina sobre la razón última de nuestra existencia. Ella es luz más que tinieblas; para todo hombre que viene a este mundo es la vida que no se extinguirá más, al menos para aquel que no cierra culpablemente los ojos de su corazón. De esto, sólo Dios, el Maestro de la 1. sacramento y misterio de salvación, es juez por medio de Cristo.Entre las Líneas En cuanto a nosotros, vivimos de su esperanza, gracias a su Espíritu.
V. t.: APOSTOLADO 1; CARIDAD II, 8; CUERPO MÍSTICO I; CRISTIANISMO, 6-7; ECLESIOLOGÍA; ESPÍRITU SANTO II; FE III, 1; JESUCRISTO 1, 9. [rbts name=”teologia”]

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Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre historia de la iglesia en la teología dogmática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

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