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Obispo en Teología

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Obispo en la Teología Dogmática en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre obispo en la teología dogmática que se haya en otra parte de esta plataforma online). El Concilio Vaticano I (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) hubo de interrumpirse antes de que se pudiera llegar a tratar la doctrina sobre el episcopado; sin embargo, el estudio de sus trabajos y documentos preparatorios hace ver que la cuestión sobre la sacramentalidad del episcopado había llegado ya a un grado de madurez que muy probablemente hubiera permitido una declaración definitiva del Concilio (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Fue, sin embargo, en el Concilio Vaticano II (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) donde se ha proclamado la sacramentalidad del episcopado -es decir, de la ordenación o consagración episcopal- como grado del sacramento del orden distinto del presbiterado: «Enseña este Santo Sínodo que por la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden, que tanto en el uso litúrgico de la Iglesia como en el testimonio de los Santos Padres se llama sumo sacerdocio, ápice del ministerio sagrado. La consagración episcopal, junto con la función de santificar, confiere también las funciones (munera) de enseñar y gobernar, las cuales, sin embargo, por su misma naturaleza, no pueden ejercerse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y los miembros del Colegio» (Const. Lumen gentium, n° 21).
Se examinará seguidamente la perspectiva dentro de la cual el Concilio Vaticano II ha encuadrado esta enseñanza, para situar así la exposición que el mismo Concilio hace del ministerio episcopal en la Iglesia. Para ello nos serviremos fundamentalmente de los textos contenidos en el cap. III de la Const. Lumen gentium y en el Decreto Christus Dominus sobre la función pastoral de los Obispos en la Iglesia. Consideraremos en primer lugar la función del O. con respecto a la Iglesia universal, aspecto sobre el que habremos de limitarnos a sus líneas más esenciales, por estar ya tratado en otro sitio (véase en esta plataforma: COLEGIALIDAD); y, en segundo lugar, de la tarea pastoral del O. en la concreta Iglesia particular o diócesis que le ha sido asignada.
5. Los Obispos y la Iglesia universal. Con el fin de que continuaran su misión en la tierra hasta el fin de los tiempos (cfr. Mt 28,20), Jesucristo eligió a los Apóstoles (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), constituyéndolos a modo de colegio o grupo estable, al frente del cual está colocado San Pedro (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), y confiándoles la tarea de congregar y dirigir la Iglesia universal, misión en la que quedaron plenamente confirmados al descender sobre ellos el Espíritu Santo el día de Pentecostés (cfr. Lumen gentium, 19).
Esta misión había de durar hasta el fin de los tiempos, por lo cual los Apóstoles, como lógica consecuencia del deseo de Jesucristo, tuvieron que instituir a sus sucesores que, asimismo, habrían de transmitir a otros sus funciones: estos sucesores de los Apóstoles son en primer lugar los O. (cfr. Concilio Tridentino, ses. 23, cap. 4: Denz.Sch. 1768; Concilio Vaticano I, Const. Pastor aeternus, cap. 3: Denz.Sch. 3061; Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 20). Entre los muchos testimonios de la Tradición que pueden citarse sobre este tema, bastará recoger las siguientes palabras de S. Ireneo: «Así, en el mundo entero, la tradición de los Apóstoles se manifiesta en. cada Iglesia a los ojos de quienes quieren ver la verdad.Entre las Líneas En la Iglesia nos es dado citar a los Obispos designados por los Apóstoles, así como también a la serie de sus sucesores hasta nuestros días» (Adversus haereses 3,3,1: PG 7,848A; cfr. Tertuliano, De praescriptione haereticorum 32: PL 2,52; etc.).
La transmisión de este oficio se realiza mediante la imposición de las manos y las palabras propias del sacramento, por el ministerio de un O. (consagrante), a quien, desde los tiempos más antiguos, suelen acompañar otros dos O. (conconsagrantes; v. ii). Los O. son, pues, pastores de la Iglesia como maestros de la doctrina sagrada, ministros del culto y gobernantes de la comunidad de los fieles, tarea en la cual son ayudados por los presbíteros (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y diáconos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), quienes a su vez, y con las debidas matizaciones, pueden también decirse partícipes de la misión de los Apóstoles (cfr. Concilio Vaticano II, Lum. gent. 20; Decr. Presbyterorum ordinis, 2). La consagra-
ción episcopal confiere, por tanto, en el grado más alto de participación del sacerdocio de Jesucristo, la triple función de santificar, enseñar y regir, aunque estas dos últimas funciones no pueden, por su misma naturaleza, ejercerse fuera de la comunión jerárquica con la Cabeza (véase en esta plataforma: PAPA) y los miembros del Colegio Episcopal (cfr. Lum. gent. 21).
La distinción, pues, entre episcopado y presbiterado no radica en una mayor o menor potestad con respecto a la consagración eucarística y a la celebración del Sacrificio de la Misa -la más alta, sin duda, de las funciones sacerdotales, pero, al mismo tiempo, inseparable de las demás-, sino en el hecho de que el O. posee plenamente (siempre en cuanto participación del sacerdocio de Jesucristo) las tres funciones de enseñar, santificar y regir: funciones que también han recibido los presbíteros (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), aunque de manera subordinada, en cuanto que son cooperadores del Orden Episcopal. No se trata sólo de una diferencia cuantitativa -aunque real, por otra parte-, en el sentido de que los O. puedan realizar algunos actos de que no son capaces los presbíteros (conferir la Ordenación) o que éstos no desempeñan ordinariamente (administrar la Confirmación, etc.): la distinción radica sobre todo en una diferencia de grado en el mismo sacramento del Orden, por la cual el O. -que queda además vinculado como miembro al Colegio Episcopal, siempre que se cumpla el requisito de la comunión jerárquica- recibe como propias unas funciones que, con ciertos límites, también posee el presbítero, pero únicamente en su condición de cooperador del orden de los Obispos.
Las funciones de enseñar, santificar y regir se confieren por el sacramento del Orden para su ejercicio en la Iglesia universal, sin quedar circunscritas a una determinada diócesis o Iglesia particular. Surge así la función universal de los O., que se ejerce a través de distintas modalidades, de forma tanto colegial como individual, pero siempre en comunión jerárquica con la Cabeza y los demás miembros del Colegio Episcopal, ya que éste es un requisito indispensable para la pertenencia al Colegio (cfr. Lum. gent. 22, y Nota explicativa previa, 2°). Dentro de esta dimensión universal, la función de magisterio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) reviste el carácter de infalibilidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) cuanto todos los O., aun esparcidos por el mundo, declaran unánimemente y en comunión con el Sucesor de Pedro una verdad de fe, proclamándola como contenida en el depósito de la Revelación (cfr. Vaticano I, Const. Dei Filius, c. 3: Denz.Sch. 3011; Vaticano II, Lum. gent. 25). Esta función de enseñar no se reduce al aspecto que acabamos de señalar, pues además los O. son los principales responsables de la predicación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de la palabra de Dios (cfr. Trento, ses. 5 c. 2 y ses. 24, can. 4; Vaticano II, Lum. gent. 23-25), para proponer a todos los hombres la verdad, de acuerdo con la cual han de vivir. Ejerce también el O. la función de santificar, principalmente con la celebración del Sacrificio Eucarístico y el ministerio de los demás Sacramentos, así como también a través del cumplimiento de su misma tarea pastoral, del ejemplo de su vida santa y de su oración (cfr. Lumen gentium, 25; Christus Dominus, 15) (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Finalmente, el O. participa en el gobierno de la Iglesia universal, tanto en la forma más solemne de los Concilios Ecuménicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) o a través de organismos menores (Sínodos patriarcales, Conferencias episcopales, Concilios particulares, etc.), como -de modo más habitual y sin la nota jurídica de la jurisdicciónmediante su solicitud por toda la Iglesia, que llevará a tutelar la unidad de fe y de disciplina, a promover entre los fieles el amor a la totalidad del Cuerpo Místico de Jesucristo y, finalmente, a fomentar la actividad común
a toda la Iglesia, procurando de manera especial que la fe se extienda cada vez más (cfr. Lum. gen. 23).
6. Los Obispos y las Iglesias particulares. Como hemos visto, el episcopado es ciertamente de institución divina, pero, llegados a este punto, es preciso preguntarse si la existencia de las Iglesias particulares es también de Derecho divino; o, en otras palabras, si es voluntad de Jesucristo que la Iglesia universal se estructure a través de las Iglesias particulares -delimitadas territorialmente o según otros criterios (véase en esta plataforma: DIÓCESIS)-, las cuales consten de un grupo de fieles a cuyo frente esté un O. ayudado por su presbiterio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Se ha de excluir, desde luego, que la Iglesia una e indivisible sea el resultado de la suma o confederación de la totalidad de Iglesias particulares, pero cabe considerar si, por institución de su Fundador, esa Iglesia una debe estructurarse necesariamente en un conjunto de Iglesias particulares, o si podría por el contrario estructurarse de otra manera, si así parecieran exigirlo las circunstancias históricas.
La mayoría de los teólogos se inclinan a responder afirmativamente a la primera de las soluciones propuestas: es decir, piensan que la existencia de las Iglesias particulares no se debe sólo a una necesidad contingente de organización humana, sino que corresponde a la constitución de la Iglesia tal como ha sido querida por Jesucristo. Existen, sin embargo, casos de Iglesias particulares que durante siglos han carecido de O., o cuya función -donde los había- quedaba reducida a la liturgia. Así sucedió con la Iglesia en Irlanda, gobernada generalmente por Abades (véase en esta plataforma: MONASTERIO) sin consagración episcopal hasta el s. XII; y el mismo fenómeno se observa en algunas comunidades orientales de maronitas (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). No parece, sin embargo, que deba atribuirse gran peso a estas situaciones excepcionales, frente al hecho general de que en la cabeza de las Iglesias particulares ha solido encontrarse siempre un Obispo. Esta opinión parece también corroborarse por el canon 329 § 1 del CIC, donde se lee: «Los Obispos son sucesores de los Apóstoles, y por institución divina están colocados al frente de iglesias peculiares (peculiaribus ecclesüs praeficiuntur), que gobiernan con potestad ordinaria bajo la autoridad del Romano Pontífice» (véase en esta plataforma: t. IGLESIA III, 7 y IV, 3).
Puede también plantearse la cuestión de si, admitiendo que las Iglesias particulares pertenecen muy probablemente a la constitución divina de la Iglesia, se ha de aplicar la misma calificación al episcopado monárquico, es decir, a la existencia de un solo O. como cabeza de la diócesis. A favor de la opinión-afirmativa puede aducirse el hecho de que está avalada por la tradición ininterrumpida de la Iglesia: es cierto que algún autor ha creído encontrar rastros de un régimen colegial -de varios O.- en una misma diócesis, pero esta opinión, como hemos hecho notar, no pasa por el momento de ser una hipótesis sin pruebas ciertas que la demuestren; e incluso aunque lograse saberse con certeza que durante un cierto tiempo existió en alguna o algunas diócesis ese régimen colegial, de ese caso concreto -y desde luego excepcional- no podría deducirse una norma aplicable a la Iglesia con carácter general.
Pasando ya a describir en concreto las funciones del O. en su diócesis hay que decir en primer lugar que un O. obtiene el oficio capital de una diócesis mediante la misión canónica o asignación de un grupo concreto de fieles sobre los cuales ha de ejercer de manera directa su función pastoral, quedando así constituido como vicario de Cristo en esa Iglesia particular, a la que, en nombre del mismo Jesucristo, gobierna con una potestad propia, ordinaria e inmediata, que puede, sin embargo, ser circunscrita dentro de ciertos límites por el Romano Pontífice, en razón de la utilidad de la Iglesia o de los fieles (cfr. Lumen gentium, 27, Christus Dominus, II).
Sobre la naturaleza de la misión canónica en relación con las funciones conferidas por la consagración episcopal, se pensaba hasta hace poco tiempo que la consagración daba solamente la llamada potestad de orden, mientras que la jurisdicción se atribuía directamente por el Romano Pontífice, en virtud de la misión canónica. Esta opinión se ha abandonado actualmente, y los autores defienden diversas posturas; limitándonos a lo más común podemos decir que se tiende a sostener que la llamada potestad de jurisdicción se confiere radicalmente en la consagración episcopal, pero es preciso que se determinen las personas sobre las cuales pueda ejercerse, y esto se obtiene por lá misión canónica, cuyo efecto consistiría, por tanto, en establecer la conexión entre una potestad ya existente, aunque de manera indeterminada, y el grupo de fieles en favor de los cuales ha de desempeñarse. Algunos precisan que la consagración da la potestad de jurisdicción, pero que ésta permanece, sin embargo, ligada hasta que, por la misión canónica, se determinen los fieles sobre los cuales se hará operativa. Se sostiene también que la consagración episcopal, además de conferir las funciones de contenido universal anteriormente descritas (cfr. 5), capacita también al sujeto legítimamente designado por la misión canónica para asumir el conjunto de poderes que radican en el oficio capital diocesano.
Además del O. – diocesano, puede también haber en una diócesis otros O. titulares, que desempeñen- cargos en la organización de esa determinada Iglesia particular (O. coadjutor, auxiliar, etc.).Entre las Líneas En este caso, se trata del ejercicio de funciones vicarias, en cuanto participación del oficio capital asumido por el O. diocesano, participación que, en mayor o menor grado, puede ser también ejercida por otros fieles (presbíteros, ministros inferiores o laicos), aunque éstos no podrán realizar aquellas funciones -conferir el sacramento del Orden, etc.para las cuales se requiere haber recibido la consagración episcopal. Tampoco podrán los laicos, como es lógico, poner por obra aquellos actos que exigen la recepción del orden sagrado, etc.; en otras palabras, esta cooperación vicaria se desarrollará dentro de la línea del poder (jurisdicción) y como participación en él, dejando intacta la necesidad del sacramento del Orden para las funciones que lo requieren.
En su propia diócesis, el O. manifiesta de manera especial la presencia de Jesucristo en la Iglesia y es vínculo de unidad: en la fe, que debe predicar con constancia (véase en esta plataforma: MAGISTERIO ECLESIÁSTICO; CARTA PASTORAL); en los sacramentos y, en general, en el culto litúrgico, realizado por él personalmente o por los presbíteros y ministros unidos a él mediante el vínculo de la unión jerárquica (véase en esta plataforma: II); y, finalmente, en el gobierno pastoral, que siempre se ha entendido en la Iglesia como un servicio (ministerio) prestado a todos los fieles: sobre este servicio se ha dicho acertadamente que no es una mera disposición ascética separada del cumplimiento de la tarea pastoral y sobreañadida a ella, sino que radica precisamente en el recto desempeño de esa función, sabiendo conjugar la mansedumbre con la necesaria fortaleza, de modo que, por encima de todo, sea una manifestación de verdadera caridad (véase en esta plataforma: PASTORAL, ACTIVIDAD).
Así, como modelo por el que todos se sientan movidos e intercesor por su oración ante Dios, podrá el O. dirigir eficazmente a todos los fieles a buscar la propia santidad, viviendo en plenitud las exigencias de la doctrina
de Jesucristo, y esforzándose por alcanzar la caridad perfecta, a la que están llamados todos los cristianos, según la vocación propia de cada uno (cfr. Lumen gentium, 40): «Los Obispos, elegidos para la plenitud del sacerdocio, reciben la gracia sacramental con el fin de que, por la oración, el sacrificio y la predicación, a través de todas las formas de la solicitud y del servicio episcopal ejerzan con perfección el deber de la caridad pastoral; no teman dar la vida por sus ovejas y, siendo modelo para su rebaño (cfr. 1 Pet 5, 3), impulsen a la Iglesia también con su ejemplo a una santidad cada vez mayor» (Lum. gent., 41).
V. t.: JERARQUÍA ECLESIÁSTICA; SUCESIÓN APOSTÓLICA; ORDEN, SACRAMENTO DEL; COLEGIALIDAD EPISCOPAL; CONCILIO I; BUEN PASTOR I; APOSTOLADO; SACERDOCIO. [rbts name=”teologia”]

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Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre obispo en la teología dogmática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

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