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Tradicionalismo en Política

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Tradicionalismo en Política

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Tradicionalismo en Política en Relación a Política

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] Generalidades. El término tradicionalismo es derivado de tradición, cuya realidad reivindica o defiende. Tradición procede del latín trado, entregar; traditio, acción de entregar. Paradójicamente, esta etimología coincide con la de traiéión.Entre las Líneas En ambos casos se trata de la entrega de algo valioso y respetable que se posee o se ha recibido. Entrega en un caso a los hijos o discípulos para que lo guarden, acrecienten y transmitan a su vez (tradición); entrega, en otro caso, al enemigo para que destruya esa realidad o la profane (traición). La tradición es así la acumulación temporal de las experiencias del pensar y de la vida que se realiza a través de las generaciones hasta la formación de un común patrimonio espiritual, sea científico, cultural, religioso, etc.
El cristianismo -como todas las religiones- ha sostenido el carácter venerable de las tradiciones, viendo en ellas, como recepción cordial y transmisión de una cultura patria, un aspecto de la virtud de la pietas y del mandamiento de honrar padre y madre. San Pablo decía: tenete traditiones, mantened las tradiciones; y la Iglesia católica ha sostenido siempre a la Tradición (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) como fuente auxiliar (secundario, subordinado)
de la fe (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), junto a la Revelación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), como una decantación de la verdad sostenida por la acción providente e iluminadora del Espíritu Santo.
Es vieja la sentencia nihil innovatur nisi quod traditum est, que coincide con la luminosa expresión de Eugenio d’Ors: lo que no es tradición es plagio. Y con la impugnación de Gustave Thibon a quienes niegan la tradición: se puede saltar en el vacío, pero no se puede saltar desde el vacío.
El tradicionalismo político. El tradicionalismo político nace, como escuela y como movimiento, por oposición a la Revolución (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), especialmente a la Revolución francesa (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), a su ideología y a sus realizaciones históricas. El racionalismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) concebía a la sociedad civil en forma individualista y contractual -pactismos de Locke (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Rousseau (véase en esta plataforma: ; v. t.: CONTRATO SOCIAL)- La bondad natural del hombre y la voluntad general, origen de todo poder, se han visto siempre, según estas teorías, estorbadas o inhibidas por los prejuicios y los poderes del pasado, esto es, por «el irracional histórico». La nueva sociedad revolucionaria ha de conformarse a los solos principios de la razón y de la convención, o voluntad constituyente. El mismo espíritu hereda el marxismo: «del pasado abjuremos», dice La Internacional.
Frente a esta actitud y a sus realizaciones surge el tradicionalismo político como reivindicación de la tradición, con diversos matices, a la que consideraba como sabiduría acumulada de los siglos y como fidelidad a una continuidad dotada de sentido. Un antecedente de la escuela tradicionalista en su oposición – a la mentalidad revolucionaria puede hallarse a raíz de la revolución inglesa en la polémica Filmer-Locke sobre el origen del poder y la obediencia política. Robert Filmer defiende, frente a la «voluntad general» de Hobbes (véase, acerca de esta última palabra, en la presente web de referencia) y el pactismo liberal de Locke (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el carácter natural y patriarcal del poder. Locke dedicaría a refutar la teoría de El patriarca su Segundo tratado sobre el gobierno civil.
Pero el proceso genético del tradicionalismo político se halla más bien en el último decenio del siglo XVIII, en lo que se ha llamado primera reacción contra la Revolución, que es también la primera autoconciencia de lo que suele llamarse (quizá con excesiva simplificación) Antiguo Régimen, hasta entonces indiscutido en sus fundamentos políticos y espirituales. Probablemente ha de hallarse ésta en el irlandés Edinund Burke (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).Entre las Líneas En sus Reflexiones (1793) expresa ya el horror que le produjo el ideologismo abstracto de la Revolución, idea que pervivirá en el pensamiento tradicionalista. La toma de la Bastilla en nombre de la Libertad,con mayúscula, le apareció como el asalto contra un poder multisecular, políticamente irreemplazable, y la sustitución de un régimen nacido de la historia y adaptado a las necesidades concretas de los grupos humanos por un apriorismo ideológico forzosamente débil e irreal. Como la irrupción, asimismo, de una nueva clase directora formada de teóricos y utopistas, exclusivamente ciudadana e intelectual. Burke critica los Derechos del Hombre de la Revolución, en su consideración abstracta. Existen derechos concretos de hombres y grupos determinados, reconocidos por franquicias y libertades históricas; lo demás -dice- es literatura destructiva. Critica también el carácter impersonal y pseudogeométrico de las nuevas instituciones y del Derecho nuevo, origen de una mecanización de la vida política y destrucción de los vínculos humanos de lealtad y de respeto.
Pocos años más tarde el conde Maistre (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) publicaba sus Consideraciones sobre Francia (1796) mostrando, no en espectador y «desde fuera» como Burke, sino «desde dentro» y por razones que estimaba necesarias, el inevitable fracaso de la Revolución en razón del mismo orden natural que conculcaba. El mismo acento convencido y, en cierto modo, místico, adopta la contrarrevolución en labios de Bonald (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), la otra figura importante de la primera reacción monárquica en Francia.Entre las Líneas En su pensamiento, la razón individual no puede conducir a un saber auténtico y eficaz si no está fecundada por la palabra divina transmitida por la tradición, «sabiduría misteriosa de los siglos». Así, en la vida colectiva, la tradición forjó un régimen adaptado a la naturaleza del hombre. La Revolución, en cambio, queriendo fundarlo todo sobre la razón humana, ha laicizado la convivencia social y creado un artilugio político que ahogará la vida de los pueblos. La obra de la tradición, de la monarquía antigua, fue santificar el poder y vincularlo hereditariamente a una familia. La sociedad se penetraba así de impulsos morales, la caridad circulaba más fácilmente por ella y su espíritu interno la convertía en una gran familia.
Después de Bonald, el pensamiento tradicionalista sufre una neta bifurcación por efecto del sistema positivista de Augusto Comte (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), cuya influencia fue muy honda en su tiempo. La teoría de Comte es quizá la mejor sistematización de ideas que alimentaron a la Revolución francesa, pero también una de las más agudas críticas de ésta como sistema político. Su obra se anticipa al proceso dialéctico que conducirá más tarde desde la democracia liberal (véase en esta plataforma: LIBERALISMO) hasta el dirigismo totalitario (véase en esta plataforma: TOTALITARISMO). Su teoría de los tres «estadios» del progreso coincide con la creencia de la Ilustración (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en un constante triunfo de la razón sobre las nieblas de la superstición y de la ignorancia. La antigua sociedad orgánica y religiosa -«estadio teológico»- es sustituida por un periodo crítico en que las creencias se convierten en principios y teorías metafísicas de carácter más o menos vago. Este «periodo metafísico», que es de mera transición, se resuelve en el «periodo racional» y definitivo -el positivo- de la humanidad.Entre las Líneas En éste no habrá ya ni dogmas ni principios metafísicos -nada absoluto-, sino sólo el reino de los hechos concretos y relativos cognoscibles sólo por ciencia llamada positiva (véase en esta plataforma: POSITIVISMO). Para Comte, la época de la Revolución expresa precisamente ese estadio crítico, destructor de la edad orgánica y teológica, mero periodo de transición hacia lo que él piensa fase definitiva y real de la humanidad. Su régimen será efímero porque se basa en abstracciones críticas como el individuo y la voluntad general. La sociedad futura se adaptará científicamente al hombre, a la humanidad, que se componemás de familias que de individuos. Ese tránsito, la causa del progreso (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), exige la supresión de la libertad individual de pensamiento, del parlamentarismo inorgánico, la crítica de profesión. Es preciso establecer, sobre bases «positivas» o «científicas», una nueva jerarquía social, un poder superior e incluso una religión de la Humanidad o Gran Ser que restaure la disciplina de las almas. Por este camino llega el positivismo a sugerir un régimen semejante al monárquico medieval.
Esto abría las puertas a una nueva interpretación del régimen político tradicional que no será ya la de un De Maistre o un Bonald animada por una fe interna, ni tampoco la meramente crítica y amante de la continuidad como en Burke, sino la visión de ese orden histórico como el régimen científico o estrictamente natural, creado por la adaptación misma del hombre a su medio, ajustado a sus necesidades reales. Se trataría de considerarlo más como una formación natural y biológica que como una creación moral del espíritu humano. A partir de esta sugerencia comteana podrán distinguirse en el pensamiento tradicionalista dos corrientes, una de tendencia biologista y otra espiritualista.
La primera de ellas discurre en Francia por vías practicistas y organicistas desde Renan (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Taine (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), pasando por Maurice Barrés, hasta Charles Maurras (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Paul Bourget, es decir, el movimiento de la Action FranCaise (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Taine aportó a esta corriente la vivencia de la libertad concreta de los hombres como algo profundamente amenazado por la ley del número y de las mayorías, por el centralismo inhumano del Estado bonapartista. Barrés, por su parte, expresa con acento renovado el sentimiento de la patria como una realidad viva, casi carnal.Si, Pero: Pero la figura en que culmina ese tradicionalismo en parte biologista es Charles Maurras. La idea central de su pensamiento es la de que el sistema político científico coincide con el régimen monárquico tradicional (Encuesta sobre la Monarquía).
Volviendo al punto de bifurcación de ambas corrientes, el tradicionalismo que hemos llamado espiritualista y que recoge más la inspiración de Maistre y Bonald que la de Burke, nos ofrece en Francia figuras como Blanc-de-St. Bonnet y Federico Le Play (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el gran cantor del arraigo de las existencias a un medio como condición de la vida humana.Entre las Líneas En España hay que señalar un primer defensor del régimen tradicional como tal en Magín Ferrer (La Monarquía española), seguido de las dos grandes figuras Donoso Cortés (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Jaime Balmes (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). El primero propenderá a una fundamentación de la dictadura como terapéutica posrevolucionaria, y el segundo a temas sociales con una visión del tradicionalismo muy distinta de lo que sería su enfoque demócrata-cristiano.Entre las Líneas En la misma o parecida línea, y con distancia temporal, encontramos a Menéndez Pelayo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), gran defensor de la tradición nacional a través de la crítica histórica.Entre las Líneas En Austria se señala, dentro de esta trayectoria de pensamiento, la obra del barón de Vogelsang, gran batallador social católico que aporta al tradicionalismo lo más estimable de la corriente dem6crata-cristiana en que peleaban Ketteler (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), Manning, el conde de Mun (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y La Tour de Pin (véase, acerca de esta última palabra, en la presente web de referencia).
Fue en España la Revolución de 1868 (véase, acerca de esta última palabra, en la presente web de referencia) la que atrajo al campo del tradicionalismo carlista (véase en esta plataforma: CARLIsmo) a autores notables dentro de los llamados neocatólicos: Villoslada, Manterola, Gabino Tejado y, sobre todo, Aparisi Guijarro. De esta reviviscencia doctrinal y militar del tradicionalismo surgió la figura de Juan Vázquez de Mella (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), gran orador y quizá el mejor sistematizador español del tradicionalismo político. Él supo ver la síntesis profunda de fe y de vida, de filosofía política y de historia, que constituye el orden tradicional, el sistema de la antigua monarquía española. Incorpora a su concepción el espíritu medieval, forja. la teoría de las dos soberanías (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general): social y política, la de la soberanía tradicional para la concreción del poder y la idea, por fin, de la tradición en su sentido dinámico y creador.
Después de Mella, en el primer tercio del siglo XX, el tradicionalismo español cuenta con figuras como Marcial Solana, historiador de la filosofía hispana; Víctor Pradera (El Estado nuevo), Hernando de Larramendi (Cristiandad, Tradición, Realeza), Minguijón (Al servicio de la Tradición) y Ramiro de Maeztu (véase en esta plataforma: Defensa de la Hispanidad). Este último dirigió durante los años de la segunda República la revista Acción Española, juntamente con Vegas Latapié (Catolicismo y República), revista que puede considerarse como la génesis intelectual del Alzamiento Nacional de 1936 (véase en esta plataforma: ACCIóN ESPAÑOLA).
En esta época pueden citarse, como más o menos relacionados con el t., en Gran Bretaña, a autores como Chesterton (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y H. Belloc (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), y en Alemania a Carl Sclunitt (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), historiador crítico de Donoso Cortés.Entre las Líneas En España fue favorable al tradicionalismo carlista su intervención victoriosa en el Alzamiento de 1936-39; en Francia resultó en cambio perjudicial para el mismo el apoyo moral que durante la ocupación alemana dio el gobierno de Pétain (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), así como su postura favorable a la resistencia en Argelia. Continúan, sin embargo, publicaciones de tradicionalismo político como Aspects de la France, y religioso como Itinéraires, y figuras como Madiran, Thibon o el filósofo belga Marcel de Corte. El pensamiento de Action Frariffise ha prolongado su influencia a través de Ploncard d’Assac en el salazarismo portugués.Entre las Líneas En los EE. UU. cabe citar los nombres de Kendall y Wilhelmssen, y en la América hispana los del P. Menvielle, Galvao de Sousa y el P. Oswaldo Lira.Entre las Líneas En España, por fin, cabe destacar actualmente dentro del pensamiento tradicionalista a tres profesores o tratadistas del Derecho: Francisco Elías de Tejada, luan Vallet de Goytisolo y Álvaro d’Ors. [rbts name=”politica”]

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Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre tradicionalismo en política en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

F. MAGíN FERRER, Las leyes fundamentales de la monarquía española, Barcelona 1845; CH. MAURRAS, L’Enquéte sur la monarchie, París 1903; J. VÁZQUEZ DE MELLA, Obras completas, 28 vol. Madrid 1935; FERRER MELCHOR y oTRos, Historia del Tradicionalismo español, 11 vol. Sevilla 1945; V. MARRERO, El Tradicionalismo español del siglo XIX, Madrid 1955- R GAmBRA, La monarquía social y representativa en el p~nsam’iento tradicional, 2 ed. Madrid 1973; F. EGAS DE TEJADA, La monarquía tradicional, Madrid 1954.

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