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Vicio

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Vicio en Relación a este Tema

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] 1. Introducción. La palabra vicio (del latín vitium), que en sentido amplio puede significar cualquier defecto físico o moral, en sentido moral estricto designa un concepto opuesto al de virtud (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). De hecho, aunque en la Sagrada Escritura se usa la misma palabra para hablar del vicio en sentido físico (p. ej., cuando. se mencionan las deformidades corporales que hacen al levita inepto para el sacerdocio, o cuando se prescribe que las víctimas destinadas al sacrificio deban carecer de todo defecto), tanto el A. como el Nuevo Testamento se refieren sobre todo al vicio en sentida moral, que es el que aquí consideramos.
La predicación de los profetas toca constantemente este tema, y en todos los libros proféticos se enumeran con frecuencia los vicio contemporáneos para recriminarlos. Amós increpa a las mujeres de Samaría que, para mantener su lujo, oprimen y aplastan a los pobres, incitando a sus maridos al desenfreno (4,1-3), y amenaza severamente a los pecadores, citando sus vicio (5 a 9). Oseas insiste en que el alejamiento de Dios y el culto a falsos dioses provoca una progresión creciente de vicio y hábitos de pecado (4,1 ss.); describe la situación moral del país, lleno de v.: no hay fidelidad, ni caridad, ni conocimiento de Dios; se perjura, se miente, se roba, se mata, se comete adulterio, se hace violencia (5-7). La predicación moral de Isaías traza también una sombría pintura de la situación en que había caído el pueblo elegido: homicidios, robos, concupiscencia desenfrenada, vejaciones a viudas y huérfanos, orgullo, lujo (3,9-23; 10,1 ss.); incuria, crápula e idolatría por parte de los malos pastores (56-57); formalismo y negligencia en el culto de Dios (59,3-14), etc. El profeta Miqueas recrimina la avaricia, la injusticia y la ambición de príncipes, pseudoprofetas y sacerdotes (1-3). Jeremías estigmatiza los vicio de Jerusalén: injusticia, impiedad, perjurio, adulterio, y los vicio de los falsos pastores (23-10-15). Todos los profetas, en una palabra, insisten en esa denuncia moral, y señalan como causa de los vicio el alejamiento del Dios verdadero y la caída en la idolatría.Entre las Líneas En los libros sapienciales (Proverbios, Eclesiástico, Sabiduría) se encuentran también frecuentes referencias a este tema.
En el Nuevo Testamento se perfecciona y completa toda esta predicación moral, con la plenitud de la Revelación.Entre las Líneas En los Evangelios sinópticos no faltan tampoco catálogos de vicio, y en Mt 15,19 Jesús enumera algunos, haciendo notar que tienen su raíz en el corazón del hombre: homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, blasfemias (cfr. también Me 7,21-22) (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Frecuentes ejemplos de otros catálogos de vicio se encuentran igualmente en las Cartas de S. Pablo: cfr. Rom 1,29-31; 13,13; 1 Cor 5, 10-11; 6,9-10; 2 Cor 12,20-21; Gal 5,19-21; Eph 4,31; 5,3-5; Col 3,5-9; 1 Tim 1,9-10 2 Tim 3,2-4.
Con esas bases se desarrolla la catequesis moral de la primitiva cristiandad, que a menudo -contraponiendo lógicamente la virtud al v.- utiliza el símil de las dos sendas o los dos caminos (cfr., p. ej., la Didajé y la Doctrina Apostolorum ed. esp. de D. Ruiz Bueno, Padres Apostólicos, Madrid 1950): «Mas el camino de la muerte es éste: ante todo es camino malo y lleno de maldición. Muertes, adulterios, codicias, fornicaciones, robos, idolatrías, magias, hechicerías, rapiñas, falsos testimonios, hipocresías, doblez de corazón, engaño, soberbia, maldad, arrogancia, avaricia, deshonestidad en el hablar, celos, temeridad, altanería, jactancia. Este camino siguen los perseguidores de los buenos, los aborrecedores de la verdad» (Didajé 5,1-2).
Paralelamente se desarrolla la doctrina sobre los pecados o vicio capitales (véase en esta plataforma: PECADO IV, 4) pero -ya sea en este caso como en el del vicio propiamente dicho- falta en los primeros siglos una profundización especulativa sobre la naturaleza, la génesis, la desaparición, etc., de los.
vicios. Somos deudores a S. Tomás de Aquino por haber trazado las líneas maestras del tratado de los hábitos, que es original y precede en la Summa al tratado de las virtudes y de los vicio y le sirve de fundamento. «Toda su especulación se mueve en la línea abstracta de realidades suprasensibles, cognoscibles sólo por deducción racional. La investigación del Angélico se centra, en efecto, sobre los hábitos propiamente tales, que para él son cualidades simples, espirituales, aptas para realizarse y residir en el fondo íntimo de nuestras potencias inmateriales (.). Por eso, su síntesis doctrinal constituye una verdadera metafísica de los hábitos, construida sobre la base de los conceptos metafísicos más generales del acto y la potencia, pasividad y determinación.

Aviso

No obstante, los hábitos no pierden su naturaleza de realidades psicológicas, y todo conocimiento metafísico de los mismos, para ser verdadero, debe tener su base en la experiencia concreta. S. Tomás no descuida esta experiencia, fuente de todo el saber, y su síntesis metafísica aparece además edificada sobre la base experimental, propia o ajena, sobre la observación cuidadosa de los distintos fenómenos que son integrados en el concepto y propiedades generales de hábitos» (T. Urdanoz, Introducción general al tratado de los hábitos y virtudes, en Suma Teológica bilingüe, V, Madrid 1954, 8).
2. Los vicios como hábitos. Recuerda S. Tomás (Sum. Th. 1-2 q71-89) la idea fundamental en la noción de v.: se trata de algo contrario a la virtud; y como previamente ha aclarado que la virtud es un hábito operativo bueno, concluirá que el vicio es un hábito operativo malo, una disposición estable en pugna con la razón, o lo que es idéntico, con la naturaleza racional propia del hombre (ib. 1-2 q7l o-2). Con estas premisas resulta evidente que no se puede comprender la verdadera naturaleza del vicio si no se conoce lo que son los hábitos, según la original y profunda aportación de S. Tomás, a que antes se hacía referencia.
Para la filosofía griega el término hábito había significado la acción de poseer, la manera de ser del cuerpo o del alma, la capacidad que resulta de la experiencia. Aristóteles lo distinguirá de la simple disposición, en cuanto el hábito presenta una mayor duración y estabilidad. Siguiendo estas huellas, el término latino habitus (hábito), que deriva del verbo habere (haber o tener), significará también la manera de ser, el aspecto exterior, la configuración física, etc.Si, Pero: Pero es de notar que la palabra hábito no se ha popularizado en castellano como lo han hecho algunos de sus derivados: lo habitual, habituarse, etc. De hecho nos encontramos así con una cierta dificultad para comprender profundamente su significado filosófico, porque en el lenguaje corriente se tiende a hacer sinónimos hábito y costumbre, cuando en rigor esta última palabra se refiere únicamente a los hábitos de acción; concretamente no llamamos costumbre a la fe, que -según S. Tomás- es un hábito sobrenatural, ni a la ciencia (para un examen del concepto, véase que es la ciencia y que es una ciencia física), que es un hábito intelectivo de orden natural.
Filosóficamente se ha de ir, por tanto, más allá del sentido popular de la palabra. Hábito será no solamente aquello que el hombre tiene (habet), sino que designará también la disposición estable, el modo según el cual está dispuesto en relación a sí mismo o a otra cosa (quomodo se habet): cfr. Sum. Th. 1-2 q49 al.Entre las Líneas En este segundo aspecto -intraducible realmente al castellano, como un tenerse a sí- el hábito significa un estado o modo de ser, que S. Tomás define aceptando la fórmula dada por Aristóteles en la Metafísica (cap. 20, n° 2): la disposición según la cual un ser se dispone bien o mal en relación a sí mismo o a otra cosa. Distinguirá luego los hábitos entitativos (los que disponen la naturaleza del sujeto del hábito) de los hábitos operativos (los que disponen para obrar a sus potencias o facultades), y afirmará que los vicio pertenecen a este segundo tipo. De ese tenerse a sí mismo, propio del concepto de hábito, dependerá la problemática de las virtudes (hábitos morales buenos) y de los vicio (hábitos morales malos).
Sólo son capaces de hábitos morales los seres que, al obrar, no están determinados -es decir, los que son libres- y poseen capacidad de perfección: las criaturas racionales. Dios, que no tiene posibilidad de perfeccionarse porque es infinitamente perfecto, no es sujeto de hábitos; los animales, que no son capaces de un obrar libre y autónomo, tampoco son capaces de hábitos morales, aunque puedan adquirir algunos hábitos orgánicos en virtud de la plasticidad de la materia viva: es el caso de los animales amaestrados, por ejemplo. Aunque en el hombre los sujetos inmediatos de los hábitos son el cuerpo, el alma, las potencias sensibles, el entendimiento y la voluntad (cfr. Sum. Th. 1-2 q50 al-5), los hábitos operativos, que son los que ahora nos interesan, sólo pueden darse en aquellas facultades o potencias que tengan un obrar determinable en un sentido o en otro, es decir, que sean capaces de disponerse para obrar de distintas maneras y en diversos sentidos (véase en esta plataforma: VIRTUDES, A).
Establecidas ya estas líneas fundamentales, que corresponden a lo que es específico del vicio en cuanto hábito, S. Tomás se preocupa de precisar todavía más sus características distintivas, en cuanto el hábito vicioso es opuesto a la virtud. Porque en realidad hay «tres cosas que se oponen a la virtud: primero, el pecado, como opuesto a aquello a que la virtud se ordena. El pecado designa propiamente un acto desordenado, lo mismo que la virtud, el acto de virtud, es algo ordenado y recto. Segundo, la malicia, como opuesta a la bondad que de la razón de virtud se deriva. Y, por fin, el vicio, como opuesto a lo que constituye directamente la razón de virtud, pues el vicio de cada cosa consiste en no estar conforme al modo propio de su naturaleza. Por eso dice S. Agustín (De lib. arbit. III, cap. 14: PL 32,1291): A todo lo que veas que carece de la perfección de su propia naturaleza, aplícale el nombre de vicio» (Sum. Th. 1-2 q71 al). Concretará aún más lo que entiende por oposición a la naturaleza, cuando en el artículo siguiente de la Summa precise que «cuanto contraríe al orden de la razón es directamente opuesto a la naturaleza del hombre en cuanto tal. (.) El vicio en tanto es malo en cuanto que se opone al orden de la razón» (ib. 1-2 q7l o-2), y en cuanto proviene de aceptar los impulsos de la naturaleza sensitiva contra el orden de la razón (cfr. ib. o-2 ad3).

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Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre vicio en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

S. TOMÁS, Sum. Th. 1-2 q71 ss.; A. MICHEL, Více, en DTC 15,2858-62; T. ORTOLAN, Habitudes mauraises, en DTC 6, 2015-19; S. PINCKAERS, Habitude et Habitus, en Dictionnaire de Spiritualité, XIV, París 1968, 2-11; E. CARTON DE WIART, Tractatus de peccatis et vitüs, Malinas 1932; M. J. LAGRANGE, Le catalogue des rices dans l’l:pitre aux Romanos (1,28-31), «Revue biblique» (1911) 534-49; S. LYONNET, De catalogo peccatorum in Rom 1,28-31, en Exegesis Ep. ad Romanos, Roma 1960, 142-49.

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