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Leyes Históricas

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Leyes Históricas o leyes uniformes sobre el curso de la historia

Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs]

La formulación de leyes uniformes sobre el curso de la historia: fragmento “Sobre las leyes del desarrollo de las fuerzas humanas”

Entre todas las imágenes que nos presenta la historia, seguramente
ninguna atrae sobre sí una atención más general e intensa que la
imagen del ser humano en la diversidad de su forma de vida,
relacionada con la diversa condición de la naturaleza muerta y viva
que lo rodea y bajo cuya incesante influencia vive. Cautivado por el
interés que liga al ser humano con el ser humano de cualquier lugar y
siglo, el investigador observador sitúa junto a sí y a sus
contemporáneos lejanas estirpes desaparecidas ya hace tiempo,
compara con mirada examinadora su existencia interior, su
receptividad para impresiones exteriores, su capacidad de transformar
en su propiedad el material recibido y de producir creaciones propias
con una enriquecida abundancia de ideas y una fuerza receptiva
acrecentada, compara también su situación exterior, el mundo que las
rodea y la figura que le dan, el disfrute que extraen de los dones del
destino y de los frutos de su actividad. El investigador ora vuelve la
vista al pasado desde su situación, con sus puntos de vista; ora es su
fantasía quien le traslada al pasado y le apropia el punto de vista que
en aquella época fue dado por su realidad, y así el investigador
pondera de una manera más o menos correcta lo bueno y felicitante
de cada siglo, disfruta en ocasiones de la alegre consciencia de la
propia preeminencia, en ocasiones del sentimiento melancólico y sin
embargo dulce de que hace tiempo floreció (y ahora ya no existe) una
excelencia de una belleza elevada y dichosa. Siguiendo de esta
manera los destinos de las naciones de una época a otra, no puede
escapársele el nexo que, ora real, ora aparente, conecta a cada
acontecimiento con todos los siguientes. Ya en virtud de la peculiar
naturaleza del espíritu humano, que busca incesantemente lo general
y aspira a conectar lo individual en un todo, el investigador reunirá
todos los rasgos dispersos en un único cuadro, y el curso cambiante
de todos los destinos de la Tierra y de sus habitantes se convertirá
ante sus ojos en una unidad grande e indisoluble. Aunque, por
supuesto, ninguna creatura individual experimenta las
transformaciones de este todo en su sucesión, aunque la propia
naturaleza muerta, que es su escenario, no permanece inmutable (el
suelo que alimenta al nieto ya no es el mismo que pisó el abuelo, y
hasta es posible que la masa pétrea más interior de nuestro planeta
siga el flujo incesante de todo lo finito), sin embargo, en medio de
todo este cambio se enreda, igual que una cadena ininterrumpida, la
serie de estirpes humanas que se siguen unas a otras, y se conserva
aquello que, siendo lo único eterno e imperecedero, sobrevive al
pasajero material de su autor: la provisión de ideas que el mundo
anterior da en herencia al mundo posterior (Humboldt está formulando aquí el principio de tradición, cuya exposición más decidida se encuentra en el libro noveno de la segunda parte de las Ideas para la filosofía de la historia de la humanidad de Herder). Por medio de este hilo, el
investigador filosófico de la historia persigue a menudo las
revoluciones del género humano, llena con hipótesis los huecos que
deja la tradición, ve surgir del pasado el presente, se figura a partir de
éste el futuro que tiene que desarrollarse ahora, intenta precisar el
objetivo al que aspira este todo eternamente despierto y activo, y
explica el progreso acompasado de este todo o a partir de la dirección
de una potencia sabia, o a partir de la espontaneidad de las fuerzas
individuales, que operan de acuerdo con las leyes eternas de su
naturaleza. Es innegable que este todo no existe solo en su fantasía ni
en su razón, que con tanta frecuencia atribuye sus construcciones a la
realidad.

El entretejimiento de todos los acontecimientos del género
humano está claro, y cada generación no encuentra otra situación de
las cosas que la que prepararon las generaciones anteriores, ni recibe
otras ideas que las que éstas inventaron o modificaron. Más
dificultades implica la cuestión de si esta concatenación de
acontecimientos se encamina hacia un único fin o si el fin que ha de
ser alcanzado se marcha de esta tierra con cada ser humano
individual, la cuestión de si la duración mayor de esa concatenación
mostrará una perfección más elevada, o todavía la misma cantidad de
fuerzas, el mismo grado de disfrute, solo que en figuras eternamente
cambiantes e infinitamente diversas.

Aviso

No obstante, es difícil que haya
otra pregunta de las que afectan a la vida y actuación del ser humano
que produzca un interés más elevado, pues la respuesta a esa
pregunta debería contener al mismo tiempo una valoración exacta de
todo lo que denominamos grande, bueno e importante en el ser
humano, y mostraría a los diversos dirigentes, mejoradores y
gobernantes de los seres humanos cómo los dirige el modelo (al que
su fuerza impotente solo aspira a imitar), el destino que todo lo
gobierna. Incluso aunque la respuesta no proporcionara este
provecho, la investigación seguiría siendo importante en más de un
sentido. Pues, si quiere tener derecho a atribuirse profundidad y
exactitud, ha de intentar analizar todas las fuerzas individuales que
hacen al ser humano grande y feliz, así como todo aquello dentro y
fuera de él por medio de lo cual estas fuerzas adquieren alimento y
fortalecimiento, y lo que las debilita y aniquila; además, ha de intentar
incluso descubrir las leyes eternas de acuerdo con las cuales el ser
humano por medio del progreso natural de su fuerza interior, unido a
los acontecimientos eternamente nuevos y sin embargo siempre
retornantes (en el marco de una naturaleza eternamente cambiante y
que sin embargo en conjunto siempre permanece igual a sí misma),
se desarrolla ora desde este lado, ora desde aquél, y es hecho feliz
ora desde éste, ora desde aquél.

Pero antes de atreverse a abordar este problema, cuya solución
completa e irreprochable nadie puede esperar de fuerzas humanas, la
misma posibilidad de darle una solución exige una investigación
propia. Pues si en el curso de los acontecimientos humanos, dejando
de lado sus concatenaciones mutuas, no hay presente unidad ni una
ley uniforme, o si esta ley descansa en cosas que la inteligencia
humana no es capaz de comprender, la fantasía, corriendo vanamente
detrás de lo que no existe en ningún lugar, pondrá hipótesis en lugar
de la verdad, y el éxito más tolerable de la empresa será la convicción
de su irrealizabilidad. Para alcanzar certeza en relación a esto, no es
lícito que nos sirvamos de proposiciones ni deducciones puras de la
razón. Aun suponiendo que poseyéramos alguna verdad de la razón
que condujera a la necesidad de una ley uniforme, no por ello
podríamos esperar de ella aclaraciones sobre la naturaleza y
constitución de esa ley. Así pues, aquí solo puede ser maestra la
consideración de las fuerzas operantes y de sus efectos, es decir, la
experiencia, ya sea la interior en nuestra propia consciencia o la
exterior por medio de la observación, la tradición y la historia. El
espíritu humano ha descubierto las leyes del movimiento del globo
terráqueo y, más allá de su lugar de residencia, la posición y diversa
órbita de los cuerpos del sistema solar, al que él pertenece, y predice
con exactitud y fiabilidad todos los acontecimientos que dependen de
ello. Es asombroso que el ser humano, familiarizado con las
revoluciones de esferas alejadas millones de leguas, sea un extranjero
en las transformaciones que lo rodean, sobre las que él mismo ejerce
una influencia tan poderosa y cuya reacción él experimenta. Ahora
bien, aquellas leyes descansan, como casi todo sobre lo que
poseemos teorías fiables, en ideas generales de magnitudes y
proporciones del espacio y del tiempo, así como en observaciones
que en su mayor parte también tienden a ello; mientras que aquí nos
encontramos en un ámbito del saber en el que todo depende de las
fuerzas reales y de la esencia de las cosas, en el que solo el
conocimiento del individuo acerca a la verdad y toda idea general aleja
de la misma en proporción exacta a la cantidad de individuos de los
que está abstraída. No obstante esta dificultad y tantas otras (entre las
cuales no se puede olvidar la de una observación que extensivamente
se despliegue e intensivamente penetre en el grado que propiamente
se exige aquí), es seguro que toda transformación en la Tierra es
efecto o de las fuerzas humanas o de las otras creaturas vivas, o de la
naturaleza muerta, o más bien (ya que en ninguna de estas partes de
la Creación sucede algo que no tenga influencia en las demás,
aunque no sea observable inmediatamente) un resultado de las
acciones y reacciones de todas estas fuerzas juntas. Ahora bien, las
fuerzas del ser humano son, tomadas en conjunto, las mismas, la
urgencia de su conservación produce las mismas necesidades, y de
éstas y del agradable sentimiento de su satisfacción surgen
aproximadamente las mismas inclinaciones, apetitos y pasiones.

Del mismo modo, también el resto de la naturaleza tiene siempre y por
doquier en conjunto la misma provisión de medios para satisfacer las
necesidades del ser humano. Igual que su naturaleza, también la
influencia recíproca de estas cualidades permanece idéntica a sí
misma. De manera que la uniformidad de las fuerzas, en tanto que
causas, permite deducir una uniformidad de los efectos, de los
acontecimientos del género humano. Otra confirmación de esta
deducción se podría tomar de la propia historia. Ahora bien, por más
importante y necesario que sea su testimonio en todo el objeto que
trato, al examinar la realizabilidad de mi empresa evito con diligencia
buscar en ella las pruebas auténticas para impedir ser engañado por
errores en la parte más importante de mi empresa. Pues aunque
nuestra historia abarcara un espacio temporal más grande, aunque su
nexo estuviera interrumpido por menos huecos y su certeza sufriera
menos dudas que como de hecho sucede, sin embargo siempre le
faltaría fiabilidad a la deducción que va de lo sucedido a lo que
sucederá, de lo habitual a lo necesario. De ahí que (aun dejando de
lado la dificultad de encontrar lo simple y constante en una masa tan
enredada y cambiante como la que recibimos por medio de la
tradición) tengamos que volver a las fuerzas que en realidad producen
todas las transformaciones. Si creemos haber descubierto por este
camino la realidad de leyes uniformes en los acontecimientos
humanos, ahora, para investigar también la posibilidad de desarrollar
la naturaleza de estas leyes, tenemos que separar unas de otras las
fuerzas individuales el resultado de cuya composición son los
acontecimientos, y ver hasta qué punto somos capaces de investigar
las peculiaridades de cada una. Conocemos las fuerzas del ser
humano a partir de nuestro propio sentimiento, y los sabios de todos
los tiempos han reunido una gran cantidad de observaciones tanto
sobre la medida de las mismas como sobre su influencia recíproca y
sobre la naturaleza que las rodea. Por supuesto, se ha descuidado
demasiado derivar estas fuerzas individuales de la única fuerza, de la
que en realidad solo son diferentes lados; con frecuencia se ha
preferido el desarrollo de algunas fuerzas sobresalientes al de toda la
esencia en todas sus partes, y se ha desconocido demasiado la
importancia de la influencia de algunas ideas, sensaciones y
sentimientos en relación a la influencia de otras, que se elevó en
exceso.

Aviso

No obstante, aquí está claro que la observación esforzada y
continuada de uno mismo y de otros y el evitar todo razonamiento
unilateral y parcial tiene que conducir si no directamente al fin, sí al
menos cada vez más cerca de él. Asimismo, conocemos al menos en
conjunto las especies animales, la medida de sus fuerzas, la posible
influencia de las mismas sobre los seres humanos y de éstos sobre
ellas; y, por más defectuoso y oscuro que sea nuestro conocimiento,
sin embargo aquí siempre hay algo de luz.Si, Pero: Pero esto desaparece por
completo en el caso de la naturaleza muerta. Ciertamente, una larga
experiencia nos enseña sus fenómenos, y una ciencia construida
sobre la experiencia y el razonamiento nos enseña (al menos en el
caso de muchos de ellos) su sucesión necesaria o habitual. Ahora
bien, aunque conocemos todas las cosas (sin excluimos a nosotros
mismos) solo como fenómenos y no de acuerdo con su esencia,
somos capaces (sea nuestra noción correcta o no) de, por decirlo así,
trasladamos a la naturaleza de todo ser vivo, no simplemente de
representamos cómo nos aparece, sino también cómo se siente en sí
mismo. Por decirlo así, estamos emparentados con todo ser vivo, y no
esperamos encontrar en él nada más que aquello de lo que tenemos
sensaciones al menos análogas (Humboldt retoma esta tesis hermenéutica en Sobre la tarea del historiador, donde habla de la «concordancia previa y originaria» entre sujeto y objeto de la comprensión).

Ahora bien, con la representación de la vida nos abandona toda representación del ser. Así como para
un pueblo que vive en una isla separada de las otras naciones por
vastos mares es temible un barco de visitantes extranjeros, tanto y
más temible aún nos debería resultar la naturaleza muerta, toda
montaña que vemos ante nosotros, el suelo que pisamos. ¿Qué nos
asegura que la montaña no caerá sobre nosotros, y que el suelo no se
abrirá, y que ambos no nos sumarán a los cadáveres de los que está
hecha su masa? Sólo la costumbre y la experiencia de una vida es
capaz de debilitar nuestra preocupación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Pero, por más verdadero que
esto sea en general, no podemos olvidar por otra parte que estamos
familiarizados con los fenómenos habituales incluso de la naturaleza
muerta, con sus efectos sobre nosotros y con muchos medios de
producir transformaciones en ella, y que las revoluciones más grandes
(que no son predecibles de antemano) aparte de ser poco frecuentes,
sólo suelen afectar a espacios pequeños. Pero, así como aquí la
dificultad parece menor, se ha pasado por alto en lo anterior una
dificultad mayor en el caso de las transformaciones que brotan de las
fuerzas humanas. Por más exacta y profundamente que se haya
penetrado en la naturaleza de las fuerzas humanas, para el fin
presente (al igual que para cualquier fin científico) este conocimiento
sólo puede ser general.Si, Pero: Pero toda acción humana es resultado de
toda la condición de las fuerzas del agente en su individualidad
determinada por completo, y toda la historia es un testimonio vivo de
qué revoluciones es capaz de producir un acto individual de un ser
humano individual. Especialmente a ello se debe que hasta ahora
propiamente todavía no se haya dicho sobre la materia presente nada
que tenga consecuencia interior y que conduzca con seguridad a
algún objetivo. Se ha considerado la historia en conjunto y se ha
comparado el estado del siglo actual con el del precedente.
Naturalmente, muchas ventajas verdaderas e innegables del primero
tenían que saltar ala vista, y añadirse no menos ventajas aparentes,
así como casi es posible demostrar que toda época que emprenda la
investigación se atribuirá la preeminencia incluso en el caso de que
carezca de pretensiones y de vanidad. Pues cada época suele
ejercitar preferentemente un solo lado de su fuerza, es natural que en
éste se encuentre superior, y no habría llegado a este ejercicio
preferente si al mismo tiempo no le hubiera atribuido la primacía sobre
los otros.

Pero ante todo, a nadie se le podía escapar la cantidad de
medios que nuestro siglo ha inventado para la formación superior del
ser humano, así como las múltiples maneras de asegurar estos
medios para la posteridad. Esto permite a la mayoría tener la
esperanza para sus nietos de una perfección mayor y una felicidad
más elevada que las que ellos vieron a su alrededor.

Pormenores

Por el contrario,
otros oponen los ejemplos de la historia en que revoluciones rápidas y
grandes si bien no destruyeron por completo esos medios, sí los
ocultaron por mucho tiempo a la posteridad; y la disputa se basa en
presunciones y probabilidades que cada cual puede girar fácilmente
según su interés, además de que aquí aún sigue sin decidir si
realmente la perfección y la felicidad del ser humano crecen en
proporción a la cantidad de los medios (en especial de aquellos de
que se gloria nuestro siglo) y si, en el caso de que haya una pobreza
que oprime toda fuerza, no es posible pensar también una riqueza en
la que la fuerza se desvanece en medio del abundante placer (Esta preferencia por la actividad de la propia fuerza antes que por la producción de mecanismos que la hagan superflua es la base de la crítica a lo que posteriormente se llamó «Estado del bienestar» contenida en el ensayo de 1792 sobre los límites de la acción del Estado).

En consecuencia, la advertencia de este ejemplo nos enseña a tomar otro
camino; pero no será capaz de hacemos desistir de toda la empresa.
Pues por más diversas que sean en sus direcciones e importantes en
sus influencias las acciones humanas individuales, y por muy
imposible que sea descubrir las leyes según las cuales se siguen
aunque solo sea muchas de ellas, sin embargo las fuerzas humanas
mantienen siempre un curso peculiar de ellas. A un grado determinado
y a una dirección determinada de estas fuerzas solo puede seguir otro
grado igualmente determinado y otra dirección igualmente
determinada; y nada, ni siquiera la revolución física más potente, es
capaz de modificar este curso, solo puede acelerarlo o retardarlo. De
acuerdo con este razonamiento, el desarrollo acompasado de las
fuerzas humanas es siempre lo que determina ante todo las
revoluciones de nuestra especie. Muchas de estas revoluciones son
consecuencia inmediata y única de ese desarrollo; en los demás
casos hay al menos límites precisos dentro de los cuales aquellas
fuerzas pueden ser modificadas por ellas.Si, Pero: Pero precisamente es el
desarrollo de estas fuerzas lo que podemos investigar de la manera
más exacta, precisamente su curso, que ya es conocido en muchos
aspectos y cuyo descubrimiento completo y exacto no parece
imposible, aunque es infinitamente difícil. La búsqueda de las leyes
del desarrollo de las fuerzas humanas en la Tierra constituirá por tanto
el objeto más preciso del presente trabajo. Estas leyes pueden ser
buscadas en el ser humano individual, tan pronto como se le señale al
mismo tiempo una situación determinada en la Tierra; en naciones
enteras, en la medida en que la situación común y la vida en unión
produce una uniformidad de sus fuerzas; por último, en estirpes
humanas consecutivas, en la medida en que su actividad no haya sido
interrumpida por revoluciones ajenas a los efectos de sus fuerzas en
avance (tanto a los efectos inmediatos como a aquellos efectos
mediatos que ciertamente surgen primero de la naturaleza física, pero
sólo de aquellas formas de ésta recibidas de aquellas fuerzas): así
pues, en la medida en que ninguna generación siguiente experimenta
otra cosa que lo que preparó la inmediatamente anterior. Es cierto que
no es fácil que ni siquiera dos generaciones se encuentren
exactamente en esta situación en el mundo real; las leyes
descubiertas correctamente por este camino no se ajustarán
exactamente a la realidad, y su aplicación será más o menos posible
según se acerquen más o menos a esta situación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Las revoluciones
que son extrañas a los efectos antes mencionados pueden ser o
revoluciones físicas no habituales o empresas humanas, personas
individuales y pueblos enteros que o no tenían ninguna relación con
aquéllos sobre los que actúan ahora o cuya forma de ser, ya sea en
mayor o menor grado, no estaba motivada por las circunstancias de
éstos, y que en consecuencia como partes de una serie se mezclan
en otra serie. Si nos representamos todos los acontecimientos del
género humano como una multitud de series individuales de las que
cada una se desarrolla ciertamente desde sí misma, pero que se
cruzan unas con otras de formas diversas y están en conexión, y por
medio del contacto y la conexión comunican otras modificaciones a las
series con las que están contactadas y conectadas, es posible (al
menos nada parece oponerse a la posibilidad, aunque algunas cosas
dificultan la realización) descubrir las leyes de acuerdo con las cuales
las partes individuales de una serie se siguen unas a otras y cada una
es modificada por el contacto con otra siempre que ésta está dada;
pero no investigable para la inteligencia humana puede que
permanezcan las leyes de acuerdo con las cuales se enreda todo el
tejido.

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Así pues, cuantas más sean las series individuales, tanto más
quebrada será la aplicación de las leyes descubiertas, y tanto más
extendida cuantas más series estén conectadas, y por ello quisieran
esperar con razón estos últimos siglos una ilustración mayor que los
anteriores. Puesto que las obras legadas por una generación no
siempre son utilizadas inmediatamente por la siguiente (a menudo
sólo por una muy posterior, y con frecuencia no por ésta entera, ni
siquiera por naciones individuales enteras, sino solo por una u otra de
sus clases, cuando no incluso por individuos), puede que la serie que
ahora llamamos una no siga siempre ni la sucesión temporal (sino que
tenga que saltar varios siglos), ni toque las masas de las naciones
individuales (sino que a menudo solo toque a miembros individuales
de las mismas), según la influencia de los progresos de una
generación conecte a ésta con la inmediatamente siguiente o con una
posterior, con una nación entera o con partes individuales de la
misma. Pues, tal como muestra suficientemente lo anterior, estas
series no son propiamente series de los acontecimientos, sino de las
fuerzas físicas, intelectuales y morales de las generaciones vinculadas
unas con otras por medio de la influencia recíproca de estas fuerzas;
estas series solo son de los acontecimientos en la medida en que los
mismos son efectos puros de aquellas fuerzas.Entre las Líneas En consecuencia, las
leyes de cuya búsqueda nos ocupamos estarán destinadas
propiamente solo para las fuerzas, y solo tendrán aplicación a los
destinos del género humano, primero, en la medida en que los
progresos de una generación pasen a la siguiente de una manera
pura y completa, y segundo, en la medida en que los propios
acontecimientos sean efectos puros de aquellas fuerzas. Ninguna de
estas dos condiciones, y mucho menos ambas a la vez, tienen lugar ni
siquiera una vez en el mundo real; pues todas las fuerzas, y en
consecuencia también las no investigables por nosotros, se
encuentran en una actividad incesante, y todo se encuentra en una
conexión indisoluble. Así pues, nuestras leyes se aplicarán a aquellos
destinos solo con errores muy grandes (aunque por supuesto en
algunas ocasiones serán menores).Si, Pero: Pero como a menudo
acontecimientos individuales dan giros inesperados a los progresos de
las fuerzas, y aquellos acontecimientos solo pueden estar muy poco
sometidos a las leyes descubiertas, la aplicación de éstas (incluso a
las fuerzas) tendrá muchas excepciones. Ahora bien, tan pronto como
tiene lugar un acontecimiento como ése, la sede (en el sentido en que
se habló de ella anteriormente) está acabada, y la ley debería valer
siempre para una sola serie; entonces, tal acontecimiento solo puede
modificar el progreso de las fuerzas dentro de unos límites precisos.

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Pues ni siquiera el destino omnipotente es capaz de tratar las fuerzas
vivas a su gusto; las fuerzas oponen resistencia, y el resultado
siempre está compuesto de la acción y la reacción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Si, Pero: Pero la reacción
pertenece al ámbito de las cosas investigables por nosotros.
Naturalmente, hay que admitir que si de entre los acontecimientos
antes mencionados no se resaltan solo los más importantes, sino que
se tienen en cuenta todos los que tienen alguna influencia (aunque
sea en grado menor), propiamente no hay presente ni una sola serie
del tipo antes descrito, sino que el final de una coincide siempre con el
comienzo de otra. Pues la actuación conjunta de todas las fuerzas es
infinita e incesante. De ahí que nuestras leyes no puedan tener
ninguna aplicación al mundo real, con relación a lo cual hay que tomar
en consideración también que nuestro conocimiento del mundo real a
través de la experiencia propia y ajena tiene precisamente el mismo
defecto originado en la naturaleza de nuestras fuerzas del alma:
transformar individualidades de la realidad en generalidades de las
ideas, y por medio de este doble error no conseguimos una corrección
mayor, pero sí una concordancia mayor. Aunque esto no fuera así, la
objeción antes planteada no destruye nuestra intención, sino que solo
la conduce al único lugar donde puede proporcionar provecho. Pues
siempre extraeremos de la presente investigación (en la medida en
que alcance adecuadamente su objetivo) el beneficio de ver de una
manera más profunda y completa el progreso de nuestras propias
fuerzas en desarrollo, así como sus relaciones con las cosas que las
rodean, ya las llamemos a ellas o a estas cosas causa o efecto. Este
conocimiento ha de ser infinitamente importante para toda persona
pensante, y en especial para quien quiera influir sobre otros, tal vez
sobre naciones enteras. Pues aunque este conocimiento no puede
pretender indicarles exactamente los medios que les aseguren
alcanzar sus intenciones, sí que evitará que corran tras lo imposible,
les infundirá reverencia por lo que hicieron objeto de su actividad y
puede que incluso les lleve a soltar las riendas y ceder las fuerzas
espontáneas a la libertad que únicamente es digna de ellas.

Fuente: Wilhelm von Humboldt (1767-1835), notas de J. Navarro.

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