Causas de las Revoluciones de 1848
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El recuerdo de la Revolución Francesa (véase un resumen, su esquema y sus etapas) de 1789
El primer signo de reanudación de la violencia revolucionaria se produjo en Polonia. El aplastamiento de la autonomía polaca a manos de Rusia a comienzos de la década de 1830 había impulsado a muchos nacionalistas a marchar al exilio, donde las ideologías nacional- democráticas y las sociedades secretas de la época pos-napoleónica centraron sus energías y les proporcionaron un objetivo. Típico sería el caso del poeta Ludwik Mieroslawski (1814-1878), nacido en París, cuyo padrino de bautismo fue un mariscal de Napoleón. Mieroslawski había luchado en la sublevación de 1830 y pertenecía no solo a la Joven Polonia, sino también a los carbonarios. Después de largos preparativos, sus planes de llevar a cabo una insurrección simultánea en Prusia, en Cracovia y en Galicia finalmente alcanzaron la madurez en 1846.Si, Pero: Pero la policía prusiana se enteró de la conspiración y detuvo a sus cabecillas en la zona que les había correspondido cuando se llevó a cabo el reparto del país. El gobernador austríaco de Galicia se sintió demasiado débil para oponer resistencia a los rebeldes armados, pertenecientes a la nobleza, y reclutó a un líder campesino, Jakub Szela (1787-1866), que rápidamente prometió el fin de la servidumbre a todo aquel que se uniera a sus fuerzas. Las cosas se le fueron de las manos en cuanto empezó a desarrollarse una “jacquerie “clásica, pero de mayores proporciones (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bandas armadas de campesinos incendiaron quinientas mansiones, asesinaron a sus moradores y presentaron las cabezas cortadas de los aristócratas terratenientes a las autoridades austríacas, que en recompensa les regalaron unos cuantos sacos de sal.Entre las Líneas En total, fueron asesinados casi 2.000 terratenientes, pertenecientes todos a la nobleza. Por fin se presentó a restaurar el orden el ejército austríaco. Szela fue recompensado con una medalla y una parcela de tierra y cuando se comprobó que la servidumbre, como era previsible, no era abolida, la revuelta tocó a su fin. El tratado austro-ruso firmado el 16 de noviembre de 1846 abolió el estatus de ciudad libre de que había venido gozando Cracovia, centro de la sublevación, y la incluyó en Galicia.
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La insurrección de Galicia quizá fracasara, pero causó un estremecimiento en todo el continente.Entre las Líneas En todas partes los liberales de tendencia moderada se sintieron espoleados a la acción, temerosos de que, sin una reforma constitucional seria la revolución social se los llevaría por delante.
Informaciones
Los demócratas y los socialistas vieron también su oportunidad. Los gobiernos autoritarios no tuvieron más remedio que abandonar su autocomplacencia y empezar a hacer concesiones. A todo ello se sumaron la catastrófica pérdida de las cosechas y la plaga de tizón de la patata, que sumieron la economía europea en la depresión a partir de 1846. Hambrienta y desesperada, la gente empezó a llegar en multitud a las ciudades.
Detalles
Los artesanos se vieron arrojados a la pobreza más absoluta, y sus ingresos se redujeron de manera drástica al tiempo que los precios aumentaban de manera vertiginosa. Para complicar aún más esta situación desastrosa, se produjo un aumento masivo del número de estudiantes universitarios, que en Alemania pasaron de los 9.000 que había en la década de 1820 a los cerca de 16.000 de la década de 1840; también ellos se encontraron de pronto en la miseria y, lo que era peor, sin perspectivas de encontrar empleo una vez obtenido el título. La crisis de finales de los años cuarenta fue también una crisis de la era industrial. Los centros de los acontecimientos de 1848 se situaron todos en zonas afectadas por la competencia industrial británica, que había empezado a desplazar del mercado a las manufacturas del continente. El colapso de la demanda de productos manufacturados provocó que los ferrocarriles (existen varios acuerdos multilaterales internacionales bajo el auspicio de las Naciones Unidos en este ámbito: Convenio internacional para facilitar el paso de fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) a pasajeros y equipajes transportados por ferrocarril, Ginebra, 10 de enero de 1952; Convenio internacional para facilitar el paso de fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) a mercaderías transportadas por ferrocarril, Ginebra, 10 de enero de 1952; Acuerdo europeo sobre los principales ferrocarriles internacionales (AGC), Ginebra, 31 de mayo de 1985; Acuerdo sobre una red ferroviaria internacional en el Machrek árabe, Beirut, 14 de abril de 2003; Convenio sobre la facilitación de los procedimientos de cruce de fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) para los pasajeros, el equipaje y el equipaje de carga transportados en el tráfico internacional por ferrocarril, Ginebra, 22 de febrero de 2019) Borsig y las fábricas industriales de Berlín despidieran a un tercio de sus trabajadores a comienzos de marzo de 1848, mientras que una ola de bancarrotas asoló el sector textil de Bohemia. Puede que las capitales de Europa fueran el fulcro de las revoluciones de 1848, pero eran además los grandes centros de la industria.Entre las Líneas En ellas la formación de la nueva clase obrera estaba más avanzada que en ninguna otra parte, y las manifestaciones callejeras que impulsaron la revolución estuvieron influidas por las ideas de los socialistas utópicos de una u otra variedad.
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Monarcas y príncipes, así como sus ministros más destacados, esperaban la revolución —algunos llevaban muchos años profetizándola—, y sus expectativas acabaron por cumplirse solas con demasiada facilidad. El año 1848 marcó en el continente europeo el desplazamiento temporal del gradualismo inglés al insurreccionismo francés. Muchos esperaban que volviera a producirse un 1789. De acuerdo con ese guión, fue Francia la que comenzó la revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Durante el año 1847, los opositores a Guizot y Luis Felipe, pertenecientes a la clase media, empezaron a celebrar una serie de comidas multitudinarias —setenta en total, la mayoría de ellas en París, pero también en otros veintiocho departamentos provinciales—, en las que se pronunciaban discursos exigiendo la reducción del umbral censitario para obtener el derecho de sufragio (el derecho al voto).Entre las Líneas En una de esas comidas, una multitud numerosísima, pero pacífica, se puso a cantar «La Marsellesa» en la calle, mientras que en el interior de unas espaciosas tiendas 1.200 electores cenaban a la luz de las velas un menú a base de ternera fría, pavo y lechón, sentados en doce mesas, cada una de ellas adobada con cien servicios para otros tantos comensales, en lo que un periódico de la época describió como «un espectáculo verdaderamente mágico». Una orquesta integrada por setenta músicos tocó «piezas patrióticas». Se efectuaron brindis «¡Por la soberanía nacional!», «¡Por la reforma democrática y parlamentaria!», «¡Por los diputados de la oposición!» y «¡Por la mejora de la suerte de las clases trabajadoras!». «¡Qué gusto! exclamaba el escritor Gustave Flaubert (1821-1880)—. ¡Qué cocina! ¡Qué vinos y qué conversación!». Uno tras otro, los oradores subieron al estrado a pronunciar discursos en los que denunciaban al gobierno. Un seguidor del movimiento estableció una distinción entre la ternera fría (veau Jroid) degustada en la cena y el becerro de oro (veau d’or) venerado por la élite de los partidarios del régimen de Guizot. Un periódico satírico se imaginaba a los conservadores celebrando su propia versión de los banquetes democráticos con beefsteak —en referencia a la angloñlia de Guizot— y queso de Brie, aludiendo a su distrito electoral en Normandía. Por supuesto, no iban a tomar «ternera reformista» ni «espárragos jacobinos».
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A medida que la campaña fue creciendo en intensidad, su amenaza para la Monarquía de Julio se hizo más evidente. El escritor político e historiador Alexis de Tocqueville (1805-1859), ya famoso por su estudio en dos volúmenes sobre La democracia en América (1835), preguntaba a la Cámara de los Diputados el 27 de enero de 1848: «¿No sienten ustedes… un tufillo a revolución en el aire?». La influencia de Gabet y de los socialistas, pensaba Tocqueville, había ido creciendo a toda velocidad. Ignorando esta advertencia, el gobierno de Guizot decidió ilegalizar la campaña de comidas populares.
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Los organizadores respondieron convocando un numerosísimo cortejo que precedería al próximo banquete, desafiando abiertamente la prohibición de las manifestaciones públicas. Guando el cortejo se puso en marcha, las tropas que defendían el Ministerio de Asuntos Exteriores, ante la enorme presión ejercida por la multitud, fueron presa del pánico y abrieron fuego, matando a más de ochenta manifestantes. Al cabo de unas horas se habían levantado más de 1.500 barricadas en todo París. Adolphe Thiers fue nombrado primer ministro; pero los soldados de la Guardia Nacional acogieron el intento de Luis Felipe de darles ánimos al grito de «¡Viva la reforma! ¡Abajo los ministros!». La parálisis del régimen era total. El rey regresó a sus aposentos en el palacio de las fullerías, se desplomó en un sillón con la cabeza entre las manos, sumido, como Thiers, en la tristeza, mientras exclamaba una y otra vez: «¡La marea está subiendo! ¡La marea está subiendo!». Luis Felipe se dio por vencido. «Abdico», musitó desde el fondo de su sillón, y lo repitió unos minutos después en voz más alta. Escoltado por un pequeño número de tropas leales, el rey, acompañado de su familia y unos cuantos servidores, levantó el campamento y huyó hacia la costa, donde fue acogido por el cónsul británico en El Havre, George Featherstonhaugh. Tras afeitarse las patillas, disimulando su rostro detrás de unas gafas, y envuelto en una gran bufanda y una chaqueta gruesa, Luis Felipe siguió los planes del cónsul y subió a un ferri, en el que Featherstonhaugh lo saludó en inglés escenificando una sofisticada pantomima, rayana casi en lo ridículo («Pero querido tío, ¿cómo está usted?». «Bastante bien. Gracias, George»). El 3 de marzo de 1848 el barco atracó en Newhaven, y «Mr. Smith», tras el cual desembarcó el resto de su familia, empezó su nueva vida en el exilio. La Monarquía de Julio había llegado a su fin; la Revolución Francesa (véase un resumen, su esquema y sus etapas) de 1848 había dado comienzo.
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Aunque 1789 estuvo en la mente de todos durante estos acontecimientos, la revolución de 1848 se diferenció de su predecesora en muchos aspectos. El más evidente es su dimensión europea.Entre las Líneas En la década de 1790 los revolucionarios franceses habían usado la fuerza de las armas para propagar sus ideas por amplias zonas del continente.Entre las Líneas En 1848 no les hizo falta nada de eso; la revolución estalló en muchos países distintos casi simultáneamente. El motivo de que así fuera radicaba en buena parte en la enorme mejora que habían experimentado las comunicaciones a mediados del siglo xix.
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Aunque todavía en pañales, la red ferroviaria europea, unida a la existencia de caminos mejores y más rápidos, y a los barcos de vapor, estaba lo suficientemente desarrollada como para que la divulgación de las noticias fuera más rápida de lo que lo fuera en la década de 1790. La mejora de los niveles de alfabetización, acompañada de un enorme incremento del número de trabajadores urbano-industriales, creó un mercado abierto a las ideas revolucionarias. La industrialización y la difusión de las instituciones capitalistas, que agravaron la crisis económica sufrida por la totalidad del continente a finales de la década de 1840, hicieron que la miseria y el descontento afectaran a toda Europa, no solo a algunas zonas relativamente aisladas. De ahí que la Revolución Francesa (véase un resumen, su esquema y sus etapas) de 1848 fuera acompañada de movimientos similares en otros países.
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En Italia los disturbios comenzaron el día de Año Nuevo de 1848, cuando los habitantes de Milán, sometidos a la dominación austríaca, siguieron el principio establecido por el Partido del Té de Boston y se abstuvieron de fumar con el fin de que en adelante los austríacos dejaran de percibir los ingresos generados por la tasa sobre el tabaco. El 3 de enero un individuo que participaba en el boicot arrojó de un manotazo el cigarro que un soldado austríaco tenía en la boca. Se produjeron diversas refriegas que acabaron tomando las proporciones de un motín en toda regla.Entre las Líneas En Sicilia, el 12 de enero de 1848 las celebraciones oficiales con motivo del cumpleaños del rey, Fernando II de las Dos Sicilias (1810-1859), chocaron con la actitud de la población, que levantó barricadas y ondeó la bandera tricolor italiana entre gritos de «¡Viva Italia, viva la Constitución siciliana y viva Pío IX!». Una multitud de campesinos provistos de armas rústicas invadió Palermo y desafió el bombardeo con metralla al que los sometió la guarnición de la fortaleza de Castellammare, decididos como estaban a expulsar a las tropas de la ciudad.Entre las Líneas En toda Sicilia, los campesinos asaltaron las oficinas del gobierno y quemaron los archivos del fisco y los registros de la propiedad. Liberales y demócratas unieron sus fuerzas para establecer un gobierno provisional y convocar elecciones. Fernando II envió a 5.000 soldados a la isla, despojando de paso al continente de sus defensas.
Pormenores
Los habitantes de los barrios pobres de Nápoles se sublevaron, siguiendo el ejemplo de Sicilia. Aterrados por lo que pudiera pasar si no se hacían concesiones, los liberales organizaron una manifestación de unas 25.000 personas ante el palacio real.
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Las tropas realistas recibieron la orden de retirarse y Fernando II promulgó a regañadientes una Constitución que permitió la formación de un gobierno liberal de corte moderado. Cuando los disturbios se propagaron más al norte, el papa Pío IX, obligado a hacer frente a la multitud que gritaba: «¡Muerte a los cardenales!», prometió nombrar un gobierno parcialmente laico en los Estados Pontificios. Leopoldo II de Toscana concedió una Constitución el 12 de febrero de 1848 y Carlos Alberto del Piamonte hizo lo propio el 4 de marzo del mismo año.
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Aunque los citados acontecimientos estaban produciéndose ya en Italia, fue la caída de la Monarquía de Julio lo que realmente marcó el comienzo de las revoluciones de 1848. Guando empezó a circular por todos los países de Europa, la noticia «cayó», en palabras de William H. Stiles (1808-1865), encargado de negocios de la embajada estadounidense en Viena, «como una bomba en medio de los estados y reinos del continente; y, como si fueran deudores morosos aterrorizados por las consecuencias legales, los diversos monarcas corrieron a pagar a sus súbditos las constituciones que les debían».Entre las Líneas En Mannheim, una multitud enorme encabezada por el abogado radical Gustav Struve (1805-1870) se manifestó en pro de la aceptación por parte del gran duque Leopoldo I de Badén (1790-1852) de una petición redactada por el propio Struve en la que se reclamaba libertad de prensa (véase; y también libertad de creación de medios de comunicación, libertad de imprenta, libertad de expresión, libertad de comunicación, libertad de información, libertades civiles, libertad de cátedra y la Convención sobre el Derecho Internacional de Rectificación, adoptada en Nueva York el 31 de marzo de 1953), juicios con jurado, la creación de una milicia con oficiales electos, constituciones para todos los estados alemanes, y, lo que era más fundamental, la celebración de elecciones para un Parlamento de toda Alemania. Guando la petición fue reimpresa y empezó a circular por el resto del país, los puntos que la integraban pasaron a ser conocidos como las «Demandas de Marzo». Se concedieron constituciones en Badén, Wurtemberg y Hesse-Nassau; el gran duque Luis II de Hesse-Darmstadt (1777-1848) cedió su cargo a su hijo Luis III (1806-1877) en señal de protesta, pero también allí se instauró una Constitución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El rey Luis I de Baviera, que ya tenía bastantes quebraderos de cabeza a causa de sus amoríos con Lola Montez, fue obligado a acceder a las Demandas de Marzo cuando una multitud airada asaltó la armería real el 4 de febrero de 1848, pero la situación no se calmó del todo hasta que no se avino a abdicar en favor de su hijo Maximiliano II (1811-1864). El 6 de marzo, el rey Federico Augusto II de Sajorna (1797-1854) fue obligado a poner en vigor una serie de reformas constitucionales y a destituir a su primer ministro conservador. El 5 de marzo, los delegados de los Estamentos recientemente liberalizados se reunieron en Heidelberg para organizar un «pre- Parlamento» que convocara elecciones a una Asamblea Constituyente de toda Alemania.
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Los acontecimientos se desarrollaron con una velocidad pasmosa. Curiosamente, la ola revolucionaria se desplazaba ahora también por todo el imperio de los Habsburgo, que prácticamente casi no se había visto afectado por la Revolución Francesa de 1789. Cuando la noticia de la insurrección de París llegó a conocimiento de la Dieta húngara en Bratislava, Kossuth exigió inmediatamente la autonomía de Hungría bajo una monarquía de los Habsburgo reformada. No tardaron en correr por Viena copias de su discurso y los estudiantes pidieron al gobierno una reforma liberal que incluyera la participación de las zonas germánicas del imperio en un nuevo estado alemán unificado. Cuatro mil personas marcharon hasta el centro de la ciudad a llevar su petición de cambios y rompieron la que, en un tono mucho más moderado, habían presentado los propios Estamentos al grito de «¡No medidas intermedias!» y «¡Constitución!». Gran número de trabajadores, armados con las herramientas de su oficio, se desplazaron hasta la capital desde los suburbios, arrancando los postes de la luz para romper con ellos las puertas de la ciudad, que habían sido cautelarmente cerradas por las autoridades.Entre las Líneas En la Ballhausplatz, las tropas, que fueron acogidas con una lluvia de piedras, decidieron abrir fuego. Se levantaron barricadas por toda la ciudad y cuando finalmente, los obreros lograron abrirse paso, los miembros de la burguesía, alarmados, exigieron la dimisión de Metternich. Finalmente, el 13 de marzo de 1848, el canciller se dio por vencido, anunciando su dimisión en un largo discurso de autojustificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Al día siguiente, acompañado de su tercera esposa, abandonó Viena en un pequeño coche de caballos y se trasladó en un viaje por etapas a Brighton, en la costa del sur de Inglaterra, consolándose con la idea de que al menos su reputación no se había visto mancillada por haber tenido que cruzar el canal de la Mancha en el mismo barco que Lola Montez. Mientras tanto, en Viena, el emperador Fernando 1 (1793-1875) anunció el 15 de marzo la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de la censura y la reunión de una Asamblea Constituyente.
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La destitución de Metternich, quizá más que cualquier otra cosa, marcó la verdadera anchura y profundidad de la revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El canciller había conseguido más o menos mantener tapada y controlada la protesta y la subversión durante más de treinta años. Ahora finalmente esa tapa había saltado por los aires en una explosión de ira popular. Y no había vuelta atrás. Al principio, en todas partes los gobiernos primeros se vinieron abajo y luego cedieron el paso a otros debido a la presión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El primero en reaccionar fue el archiduque Esteban (1817-1867), conde palatino (es decir, gobernador) de Hungría, que había nacido en Buda y en general era pro-húngaro. Al conocer la noticia de la caída de Metternich convocó una reunión de emergencia de la cámara alta de los Estamentos y accedió a reclamar una nueva Constitución liberal. Kossuth, Szécheny y el conde Lajos Batthyáni (1807-1849), reformista liberal, remontaron el Danubio en un barco de vapor hasta Viena junto con una delegación de 150 miembros para presentar sus demandas.
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El 17 de marzo de 1848 Esteban arrancó al emperador Fernando I un rescripto imperial por el que accedía a nombrar un gobierno autónomo húngaro con Batthyáni como primer ministro. Kossuth precipitó los acontecimientos redactando una petición de doce puntos en la que exigía soberanía parlamentaria, el establecimiento de juicios con jurado, la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de la servidumbre y la evacuación del país de todas las tropas no húngaras.
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Reforzada por una marea de nuevas incorporaciones, una multitud de 20.000 personas marcharon al castillo del conde palatino en Buda, donde las tropas que protegían el Consejo del virrey se escabulleron, de modo que los consejeros no tuvieron más remedio que aceptar los doce puntos en su totalidad.Entre las Líneas En abril la petición fue ratificada, con algunos ligeros retoques, por la Dieta, haciendo de Hungría una monarquía constitucional autónoma, con derecho de sufragio (el derecho al voto) ampliado y soberanía parlamentaria, pero todavía con el emperador de la casa de Habsburgo como soberano.
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El imperio de los Habsburgo se hallaba en aquellos momentos en grave peligro. Como en otros países de Europa, la conjunción del descontento de la clase media, de la desesperación popular, de las ideologías liberales y de la cólera revolucionaria provocó una ola casi irresistible de insurrecciones que sacudió hasta sus cimientos a todo el conjunto de dirigentes civiles y militares, por lo demás ya inquietos y pesimistas.Entre las Líneas En las provincias del norte de Italia gobernadas por los austríacos, la noticia de la caída de Metternich y el fin de la monarquía absoluta en el Piamonte animaron a los liberales a entrar en acción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En Milán, cuando estallaron los primeros disturbios, viendo que la gente empezaba a levantar barricadas por toda la ciudad y a arrancar los adoquines del empedrado y que el vicegobernador de la plaza había sido secuestrado, el comandante de las fuerzas austríacas, el mariscal Joseph Radetzky von Radetz (1766-1858), veterano de las guerras napoleónicas, desplegó sus tropas en los puntos clave de la ciudad y situó francotiradores en las agujas de la catedral. No tardó en estallar la lucha; los insurgentes se subieron a los tejados de las casas y empezaron a disparar a las tropas austríacas, integradas en su mayoría por croatas y húngaros. Guando cayeron sus reductos, Radetzky se vio obligado a emprender la retirada y a poner sitio a la ciudad desde fuera. El gobierno provisional republicano de Gattaneo fue derrotado por los moderados, que convencieron a Garlos Alberto de que debía marchar sobre Milán (el monarca piamontés deseaba ya incorporarla a un nuevo reino de Italia septentrional bajo su férula, y por otro lado temía ser derrocado por los republicanos si no actuaba). Mientras los artesanos y labradores lombardos acorralaban a las pequeñas guarniciones austríacas diseminadas por el interior del país, los milaneses lograron romper el asedio de Radetzky en una sangrienta batalla de cinco días de duración, las famosas Cinco Jornadas de Milán, que concluyeron cuando los austríacos decidieron retirarse tras un último y vengativo bombardeo. La victoria quedaría simbolizada unos días más tarde por la llegada a Milán ni más ni menos que de Giuseppe Mazzini, dispuesto a encabezar en persona la causa de la unificación de Italia.
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Los tumultos se propagaron a la velocidad del rayo a otras regiones de la Italia septentrional dominadas por los austríacos.Entre las Líneas En Venecia, Daniele Manin (1804-1857), nacionalista liberal encarcelado un año antes por los austríacos bajo la acusación de alta traición, fue liberado por una multitud entusiasmada en cuanto llegó a la ciudad la noticia de la caída de Metternich, e inmediatamente organizó una milicia ciudadana con el fin de frenar la violencia de las fuerzas de ocupación austríacas, que habían abierto fuego contra la multitud el 18 de marzo de 1848. El 22 de marzo, a instancias suyas, los trabajadores de los astilleros, irritados por la negativa del gobernador austríaco a concederles un aumento de sueldo, se sublevaron, lo mataron a golpes, y se apoderaron de toda la zona. Manin proclamó una república y las tropas austríacas (en su mayoría croatas) prefirieron retirarse antes que causar daño a los hermosos edificios de la ciudad. Las banderas de los Habsburgo fueron arriadas de todos los lugares en lo que ondeaban y arrojadas a los canales. Todos aquellos sucesos supusieron una enorme presión para el papa Pío IX, al que se instaba a que se uniera a la guerra contra Austria. El pontífice envió a la frontera norte de los Estados Pontificios un contingente armado, al que se unieron 10.000 jóvenes romanos, inflamados de ardor nacionalista. El gran duque Leopoldo de Toscana se vio obligado a contribuir también con 8.000 soldados, y el rey Fernando Garlos de Nápoles, aunque a regañadientes, envió un contingente naval encargado de romper el bloqueo marítimo al que los austríacos sometían a Venecia, mientras que un destacamento de 14.000 jóvenes napolitanos marchaba lentamente hacia el norte con la intención de unirse a los demás ejércitos. A finales de mayo, 560.000 ciudadanos milaneses votaron a favor de la incorporación al Piamonte, con menos de 700 votos en contra, resultado que no tardaron en replicar Parma y Módena. El 4 de julio, haciendo caso omiso de Manin y de los republicanos recalcitrantes, la Asamblea Constituyente de Venecia acordó también la «fusión» con el Piamonte. La unificación de Italia empezaba a parecer algo más que un sueño nacionalista.
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Sin embargo, a los revolucionarios no les salieron todas las cosas a su gusto. Al mismo tiempo que la Italia septentrional estallaba en pedazos, la violencia se propagaba por el reino de las Dos Sicilias, donde el gobierno liberal impuesto al rey Femando II había formado una milicia ciudadana, incapaz a todas luces de realizar la tarea de restaurar el orden que se le había encomendado. De las elecciones celebradas el 15 de mayo de 1848 con una participación escasísima salió un Parlamento mayoritariamente liberal moderado al que Fernando Garlos exigió que jurara apoyar la Constitución vigente.
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Enfurecidos, los republicanos decidieron levantar barricadas en Nápoles, que fueron asaltadas por las tropas realistas leales.Entre las Líneas En una enconada lucha cuerpo a cuerpo, 200 soldados perdieron la vida, pero también murió un número mayor de insurgentes; Fernando II de las Dos Sicilias logró, por tanto, derrotar a los rebeldes. Las tropas fusilaron a muchos de los prisioneros que habían hecho y a otros les requisaron su dinero, mientras que los pobres de la ciudad aprovecharon la situación para desmandarse y saquear y desvalijar a la población al grito de «¡Viva el rey!» y «¡Muera la nación!». Tras recibir la orden de regresar a Nápoles, la fuerza naval siciliana enviada en auxilio de Venecia hizo lo que le mandaban, lo mismo que el grueso de las tropas terrestres. Una minoría, al mando del general Guglielmo Pepe (1783-1855), antiguo carbonario que había combatido al lado de Napoleón cuando el emperador escapó de Elba, siguió adelante con su misión y finalmente logró llegar a Venecia para unirse a las fuerzas que luchaban contra los austríacos.Si, Pero: Pero los republicanos habían sufrido una derrota decisiva. Y lo peor estaba aún por venir.
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El gobierno de Viena había dicho a Radetzky que pusiera «fin a la costosa guerra de Italia», pero el mariscal se negó a entablar negociaciones. Desde Viena fue alentado entre bastidores a mantener esa actitud por los partidarios de la línea dura, encabezados por el conde Theodor Franz Baillet von Latour (1780-1848), ministro de la Guerra, militar perteneciente a una familia valona oriunda de los antiguos Países Bajos austríacos. Radetzky se lanzó con sus 33.000 soldados contra los 22.000 de Garlos Alberto en Custoza, una pequeña localidad situada al pie de una colina en las cercanías de Verona. Entre los días 24 y 25 de julio de 1848 las tropas austríacas obligaron a los piamonteses a abandonar la colina en un ñero combate cuerpo a cuerpo. Aquello supuso el fin del intento de Garlos Alberto de unificar el norte de Italia. El rey de Piamonte-Cerdeña se vio obligado a firmar un armisticio. «La ciudad de Milán es nuestra —exclamó Radetzky—. No queda ni un solo enemigo en suelo lombardo». Mazzini manifestó una opinión muy distinta. «La guerra real se ha acabado – declaró en una proclama hecha pública en agosto de 1848 —. La guerra del pueblo va a comenzar».
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Era mucho lo que seguía dependiendo de lo que ocurriera en Viena. Allí los acontecimientos habían ido sucediéndose muy deprisa desde la caída de Metternich el 13 de marzo de 1848. Cuatro días después se formó un gobierno constitucional, se reestructuraron las fuerzas policiales y los espías de la policía imperial fueron despedidos. Las tasas sobre los productos alimenticios fueron bajadas, se promulgó una amnistía de los delitos políticos y se establecieron diversos planes para la creación de empleo.Si, Pero: Pero la Constitución concedida por Lernando I el 25 de abril indignó a los demócratas radicales, pues seguía reservando para el emperador los poderes fundamentales.
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Ya el 4 de mayo las manifestaciones multitudinarias, a las que se sumaron muchos obreros, habían obligado a dimitir al jefe del nuevo gobierno. Guando el 11 de marzo se anunciaron las restricciones del derecho de sufragio (el derecho al voto), la cólera de los radicales no conoció límites. Los estudiantes formaron una Legión Académica, que no tardó en contar con 5.000 hombres, mientras que la milicia de los liberales moderados, la Guardia Nacional, contaba entre sus filas con 7.000 miembros; ambas formaciones planteaban la demanda de elecciones a una asamblea constitucional democrática por sufragio (el derecho al voto) universal de los varones. La noche del 14 al 15 de mayo de 1848, una multitud enorme, encabezada por los estudiantes, marchó sobre la residencia imperial exigiendo la revisión de la Constitución y la celebración inmediata de unas elecciones democráticas. Fernando y su camarilla fueron presa del pánico y cedieron. El gabinete ministerial dimitió en señal de protesta. Dos días después el emperador y su familia abandonaban Viena en plena noche en dirección a Innsbruck. A nadie se le escapó la analogía con la funesta huida a Varennes de Luis XVI y María Antonieta.
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Lejos de la capital y al fin seguro, Lernando hizo pública una declaración condenando los actos de una «facción anárquica» y llamando a la resistencia; o mejor dicho, la hicieron pública por él, pues, aunque no dejaba de poseer cierta inteligencia, el soberano era incapaz de gobernar. Tenía un grave impedimento del habla y sufría más de veinte crisis epilépticas al día (padeció cinco cuando intentó consumar el matrimonio y desde luego, como por lo demás no es de extrañar, nunca tuvo hijos). Uno de los pocos comentarios coherentes que se le conocen fue la respuesta que dio a su cocinero, que le había dicho que no podía servirle Knodel de albaricoque porque no era temporada de albaricoques: «¡Pero yo soy el emperador —se cuenta que replicó Lernando—, y quiero Knodel de albaricoque!». El 24 de mayo de 1848 sus consejeros cerraron la Universidad de Viena y al día siguiente ordenaron el desarme y el desmantelamiento de la Legión Académica.Si, Pero: Pero la Guardia Nacional se pasó al bando de los estudiantes, mientras que cientos de obreros bajaban al centro de la capital.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
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Arrancando los adoquines del empedrado y sacando a la calle los muebles de las casas, los estudiantes levantaron en los puntos clave de la ciudad 160 barricadas, algunas de las cuales llegaban hasta el segundo piso de los edificios de ambos lados de la calle y lucían en lo alto banderas de color rojo y negro. Las fuerzas gubernamentales eran demasiado débiles para imponerse y se retiraron, de modo que el 12 de agosto Fernando y su camarilla tuvieron que acceder a las demandas de los estudiantes, que exigían el regreso del emperador. El monarca fue conducido desde el muelle de Nussdorf hasta el centro de la capital en una carroza descubierta, en medio de los silbidos y el abucheo del público que flanqueaba las calles, y de unos cuantos vítores de bienvenida apenas audibles. El emperador «miraba fijamente sus rodillas», según observó un testigo, mientras que «la emperatriz era evidente que había estado llorando». Las prietas formaciones de la Guardia Nacional los dejaron pasar sin hacerles el saludo de rigor, y la banda de la Legión Académica tocó a su paso la canción «¿Cuál es la patria del alemán?» de Arndt en vez del himno nacional austríaco. Al menos de momento, los demócratas de Viena se habían salido con la suya.
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Lo que sucedió en Viena estuvo muy estrechamente relacionado con lo que sucedió en el resto de la Confederación Germánica, cuyos estados se habían visto obligados, uno tras otro, a conceder constituciones con derechos parlamentarios plenos. La presión sobre el más grande de sus miembros, Prusia, iba aumentando a medida que pasaban los días. El 16 de marzo de 1848, cuando llegó a Berlín la noticia de la caída de Metternich, el pánico se apoderó de la camarilla dirigente. Mientras que al ayudante general de Lederico Guillermo IV, Leopold von Gerlach (1790-1861), y el hermano y heredero del monarca, el príncipe Guillermo (1797-1888), reclamaron el empleo de la fuerza, el rey decidió hacer concesiones, proclamando la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de la censura y la convocatoria de la Dieta Unida, suspendida desde hacía un año. Las deliberaciones debían tratar del fortalecimiento de la Confederación Germánica mediante la promulgación de un código nacional de leyes, y la creación de una bandera y una Armada comunes.Si, Pero: Pero eso no bastaba. Cuando los manifestantes se pusieron a gritar que se retiraran las tropas, se dispararon algunos tiros; poco después empezaron a levantarse barricadas por toda la ciudad y las campanas empezaron a tocar a rebato en las torres de todas las iglesias. El 18 de marzo las tropas prusianas lanzaron un ataque frontal contra las barricadas, utilizando para ello soldados de infantería y fuerzas de artillería, y al cabo de poco tiempo, según informaba un testigo presencial, la sangre corría por las calles. Al término de la jornada, yacían muertos 800 manifestantes, en su inmensa mayoría menestrales empobrecidos y trabajadores no cualificados, pertenecientes a la nueva clase obrera.
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Sin embargo, en vez de anunciar el fin de la revolución, los acontecimientos de marzo no hicieron más que darle mayor impulso. El rey no había autorizado el uso de las armas de fuego y quedó espantado ante el derramamiento de sangre producido. El 19 de marzo, cuando la multitud que portaba los cadáveres de los individuos muertos el día anterior penetró en el patio del palacio real, exigiendo ver al monarca, Federico Guillermo apareció, «pálido y tembloroso», y se quitó el sombrero en medio de los abucheos del populacho. Irremediablemente la escena recordó a muchos el asalto del palacio real por la multitud en la Francia de 1789, que había obligado a Luis XVI a plegarse a la voluntad del pueblo. «Ahora solo queda la guillotina», se cuenta que comentó la reina.Si, Pero: Pero el gesto del monarca restableció la calma. Dos días después Federico Guillermo consiguió nueva popularidad paseando a caballo por las calles de la ciudad luciendo los colores nacionales de Alemania —negro, rojo y amarillo—, acompañado de numerosos oficiales engalanados con la misma enseña. El 22 de marzo se vio obligado a asistir al sofisticado funeral de las víctimas de los sucesos ocurridos cuatro días antes, una vez más quitándose el sombrero en un gesto de respeto a los caídos y de sumisión al pueblo. Federico Guillermo consiguió una gran popularidad con aquellos gestos; en privado, sin embargo, los vivió como una gran humillación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). A finales de mes ordenó a sus tropas retirarse de Berlín, una vez más a pesar de las protestas de los miembros más recalcitrantes de su camarilla. La ciudad estaba ahora en manos de los revolucionarios.
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Llegados a ese punto, sin embargo, empezaron a surgir serias divisiones entre los liberales moderados y los demócratas partidarios de la línea dura.Entre las Líneas En la Dieta de Prusia, elegida por sufragio (el derecho al voto) indirecto, aunque en último término universal de los varones, los conservadores obtuvieron 120 delegados sobre un total de 395, suficientes para bloquear las políticas del moderado Gottfried Camphausen (1803-1890), banquero de profesión, que había sido nombrado presidente del Consejo de Estado el 29 de marzo de 1848. El 14 de junio estalló la violencia en Berlín, cuando los manifestantes demócratas, incluidos muchos obreros portando banderas rojas, saquearon la armería real. Impotente ante aquel continuo desorden, Camphausen presentó su dimisión el 20 de junio. Los más intransigentes se sintieron muy alarmados cuando el 26 de junio se presentó en la Dieta un borrador de Constitución que prácticamente quitaba todo el poder al rey y al Ejército y abolía todos los privilegios aristocráticos. El 9 de agosto los diputados exigieron que todos los soldados juraran lealtad no al rey, sino a la Constitución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Ante la sucesión de gobiernos débiles que siguieron al ministerio Camphausen, el monarca, indignado, empezó a hacer planes, junto con Gerlach y los conservadores, para volver a tomar la iniciativa. No tardaron en hacerse visibles divisiones parecidas en el pre-Parlamento nacional reunido en Mannheim el 31 de marzo de 1848, en este caso entre diputados liberales de tendencia moderada como Heinrich von Gagern, que contemplaban una Alemania unida concebida como una federación de monarquías, y demócratas radicales como Gustav Struve y Friedrich Hecker (1811-1881), ambos originarios de Badén, que exigían una sola república unitaria y la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de los estados alemanes existentes junto con sus soberanos. Al ver que estaban en minoría en el pre-Parlamento, el 12 de abril de 1848 los dos líderes demócratas proclamaron una república y empezaron a reclutar un ejército. Se unió a ellos una banda de emigrantes alemanes llegados de París encabezados por el poeta radical Georg Herwegh (1817- 1875), pero entre todos no pudieron competir con los 30.000 soldados disciplinados y bien armados reunidos en Badén, Wurtemberg y Baviera por la Confederación Germánica, que los derrotó en Kandern el 20 de abril y en unas cuantas escaramuzas posteriores de menor importancia.
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Mientras tanto, continuaba el lento y enojoso proceso de creación de un estado nacional alemán. El pre-Parlamento había convocado elecciones a una Asamblea Nacional, que se reunió en Francfort el 18 de mayo de 1848. Se permitió a cada estado organizar el proceso como quisiera, pero casi todos utilizaron un sistema de elecciones indirectas basado en requisitos de tipo censitario. Dichos requisitos eran bastante bajos, de modo que casi tres cuartas partes de todos los varones adultos acabaron teniendo derecho a votar en una fase u otra. Entre los 812 diputados elegidos había pocos conservadores al cien por cien, pues la mayoría de estos habían boicoteado las elecciones por principio; alrededor de la mitad de ellos eran liberales moderados, partidarios de la monarquía constitucional; el resto eran en su mayoría demócratas, unos más radicales que otros. Tres cuartas partes de los diputados habían recibido educación universitaria, pero los profesores constituían solo el 15 % del total. Menos del 10 % eran hombres de negocios, y había unos cuantos representantes de profesiones liberales, como, por ejemplo, médicos, periodistas, etc. De una manera verdaderamente revolucionaria los diputados debatieron largo y tendido una declaración de derechos, aprobada finalmente el 27 de diciembre, que incluía la libertad de religión, de palabra, de comercio, de reunión y de educación, así como la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de la pena capital. El 24 de junio se nombró además un Poder Central Provisional, presidido por el archiduque Juan de Austria (1782-1859) como jefe del Estado, que empezó a crear ministerios y una burocracia nacional. El camino hacia la unificación alemana parecía abierto.
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Estos acontecimientos pusieron de manifiesto el efecto de verdadera catástrofe que habían supuesto los sucesos de 1848. Los tronos de Europa habían temblado hasta sus cimientos. Personajes como Metternich y Luis Felipe, que habían dominado durante largo tiempo el mundo político, habían sido despachados. Varios monarcas habían sido presionados para que abdicaran, cedieran gran parte de sus poderes, o renunciaran a sus pretensiones de reinar por la gracia de Dios y aceptaran la humillante experiencia de inclinarse ante la masa enfurecida de ciudadanos. Habían surgido en toda Europa asambleas representativas, y allí donde ya existían, estas habían obtenido nuevos poderes harto significativos. El principio de autodeterminación nacional había logrado afirmarse en un país tras otro. Se habían puesto en marcha reformas sociales y económicas de gran envergadura en una dramática expresión del principio de igualdad ante la ley. Vistas en retrospectiva, las revoluciones de 1848 han sido desestimadas a menudo como fracasos a medias, pero no fue esa la impresión que produjeron en su época. Nada en Europa volvería a ser lo mismo tras los sucesos acontecidos entre enero y julio de 1848. Por supuesto que hubo reveses.Si, Pero: Pero en el verano de aquel «año loco», como lo llamarían más tarde en Alemania, o, como también sería conocido de manera más optimista, tras aquella «primavera de los pueblos», parecía que estaba todavía todo por jugar.
Fuente: la lucha por el poder, distribuido en archive.org
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