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Activismo Digital

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El Activismo Digital

Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre el activismo digital.

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El Activismo Digital y la Sociedad Civil

Una característica notable del reciente compromiso público con lo digital es su uso por parte de un amplio abanico de activistas y grupos en la protesta social y política. Se dice que lo digital no sólo facilita enormemente la movilización y la participación en las formas tradicionales de protesta y activismo, como las manifestaciones callejeras nacionales, sino que también confiere a estas protestas y a este activismo un carácter más transnacional al difundir eficaz y rápidamente los esfuerzos de comunicación y movilización.

Protesta y activismo digitales y sociedad civil

El levantamiento del movimiento zapatista en 1994 es un ejemplo de ello. Comenzó como una rebelión local -una lucha por más derechos y mayor autonomía para los indígenas de Chiapas en la selva tropical del sur de México-, pero su causa cobró impulso rápidamente gracias a una vasta red de apoyo mundial en crecimiento que logró vincular la rebelión zapatista con muchas otras luchas locales e internacionales contra la globalización neoliberal. Lo digital fue decisivo para la difusión global de la protesta y la solidaridad. Otro ejemplo muy utilizado de cómo lo digital da forma a las tácticas y acciones de los movimientos sociales es el de las movilizaciones contra la OMC (Organización Mundial del Comercio) en Seattle a finales de 1999.

Gracias a la red abierta de lo digital, un variado abanico de activistas, grupos y organizaciones de movimientos sociales pudieron unirse y confluir en acciones coordinadas contra la cumbre de la OMC tanto fuera de línea, en las calles, como en línea, en el ciberespacio. Lo digital contribuyó a organizar los bloqueos callejeros de los activistas, perturbando la normalidad de la cumbre de la OMC y atrayendo la atención de los medios de comunicación de todo el mundo. Durante los bloqueos, los activistas con ordenadores portátiles conectados a lo digital se mantenían constantemente al día de los informes de las calles y de los detalles de los cambios en las tácticas policiales. Al mismo tiempo, lo digital fue el lugar de la propia acción contra la OMC, con grupos como ®””ark (Artmark) creando una sofisticada parodia, un “spoof site”, de la página de inicio de la OMC. Asimismo, con motivo de las protestas y el activismo de Seattle, se creó el primer centro independiente de medios de comunicación en línea, Indymedia, que permitía la distribución en tiempo real de vídeo, audio, texto y fotos, lo que permitió a los activistas ofrecer cobertura y, sobre todo, los análisis y el contexto necesarios para contrarrestar la escasa cobertura de los medios corporativos estadounidenses de las reuniones de la OMC y las reivindicaciones del Movimiento por la Justicia Global.

Los repertorios digitales y de acción en los movimientos sociales

Aunque la contribución precisa de lo digital es difícil de establecer, estos ejemplos demuestran que lo digital ha proporcionado a la sociedad civil nuevas herramientas para apoyar sus reivindicaciones. En este capítulo documentaremos cómo lo digital ha configurado y está configurando el repertorio de acción colectiva de los movimientos sociales que persiguen el cambio social y político. En la literatura se pueden identificar dos sugerencias principales. Por un lado, lo digital facilita y apoya la acción colectiva (tradicional) fuera de línea en términos de organización, movilización y transnacionalización y, por otro, crea nuevos modos de acción colectiva. De hecho, lo digital no sólo ha apoyado las acciones tradicionales offline de los movimientos sociales, como las clásicas manifestaciones callejeras, y las ha hecho más transnacionales, sino que también se utiliza para establecer nuevas formas de actividades de protesta online y para crear modos online de acciones de protesta offline ya existentes. De este modo, lo digital ha ampliado y complementado el repertorio actual de acción colectiva de los movimientos sociales. Las actividades virtuales pueden ir desde peticiones en línea, bombardeos de correos electrónicos y sentadas virtuales hasta el pirateo de los sitios web de grandes empresas y gobiernos. Antes de profundizar en el papel de lo digital, definiremos lo que entendemos por movimientos sociales y su repertorio de acciones. Los movimientos sociales pueden definirse como redes de interacción informal entre una pluralidad de individuos, grupos y/u organizaciones, atraídos por un conflicto político o cultural sobre la base de una identidad colectiva compartida. Su repertorio de acciones colectivas son las constelaciones distintivas de tácticas y estrategias desarrolladas a lo largo del tiempo y utilizadas por los grupos de protesta para actuar colectivamente con el fin de reivindicar ante individuos y grupos. El repertorio de acciones apoyadas y/o creadas en línea que examinamos en este capítulo son, por tanto, empresas colectivas, ya sea en términos de participantes o de resultados. El repertorio de acciones de los movimientos sociales es tan amplio como movimientos sociales y activistas, objetivos y causas, reivindicaciones y quejas. Aquí nos centramos explícitamente en lo que se ha denominado comportamiento político “no ortodoxo” o “no convencional”: aquellas acciones y tácticas que, por un lado, se “realizan” en el lado no institucional de la política, fuera del ámbito de la participación política convencional u ortodoxa (es decir, votar, ser miembro de un partido político, ejercer presión política) y, por otro, no equivalen a un delito político grave: secuestro, terrorismo, guerra de guerrillas, etc. Sin embargo, los límites entre las tácticas no convencionales y el delito o la acción ilegal siguen siendo difusos y a menudo son objeto de debate tanto entre los activistas y las instituciones oficiales como entre los académicos que las investigan. Que una táctica concreta se defina como una acción legal o ilegal depende en gran medida de la época y el lugar. Organizar una manifestación de protesta solía ser una práctica ilegal en muchos países occidentales y sigue siéndolo en la actualidad en muchos países no democráticos. Desde la década de 1960, las manifestaciones callejeras masivas han experimentado, al menos en las democracias occidentales, una “normalización” que ha dado lugar a numerosos movimientos sociales en la sociedad. Además, el uso de una táctica determinada suele estar sujeto a una lucha de “significados” entre los activistas, los medios de comunicación y las autoridades. Tomemos, por ejemplo, el ejemplo de la noción de “hacktivismo”: algunos grupos de activistas como el Critical Art Ensemble (CAE) intentaron introducir el término menos peyorativo de “desobediencia civil electrónica” para describir las acciones de protesta que llevan a cabo en lo digital. Por último, también dentro de los movimientos sociales el desacuerdo sobre el uso de tácticas “legales” o “ilegales” puede dar lugar a grandes disputas. A principios de la década de 1980, algunos grupos pacifistas de Europa Occidental rechazaban el uso de acciones “ilegales” como los bloqueos de vías de tren (“trainstoppings”) porque probablemente marginarían los objetivos generales del movimiento pacifista. En la actualidad, estas técnicas son mucho más aceptadas, también por los movimientos pacifistas “establecidos”, lo que quedó patente durante las movilizaciones contra (la acumulación de) las intervenciones militares en Afganistán e Irak en 2002 y 2003. En este capítulo incluimos formas de acción directa y desobediencia civil que traspasan los límites legales de la sociedad, porque son y siempre han sido parte inherente del repertorio de acción de los movimientos sociales. La innovación constante de los repertorios de acción, rozando el límite de la legalidad, es un aspecto importante de la movilización de la base de apoyo de un movimiento social y de la inclusión forzosa de sus causas en la agenda de los medios de comunicación dominantes. Si hay algo que distingue a los movimientos sociales de otros actores políticos es su uso estratégico de formas de expresión política novedosas, dramáticas, poco ortodoxas y no institucionalizadas para intentar moldear la opinión pública y presionar a quienes ocupan posiciones de autoridad.

I. Una tipología de un nuevo repertorio de acción digitalizado

La tipología que presentamos en este capítulo es bastante sencilla y se centra en dos dimensiones relacionadas: en primer lugar, está la distinción entre acciones “reales” que se apoyan y facilitan en lo digital, y acciones “virtuales” que se basan en lo digital. Tanto el repertorio “antiguo”, apoyado por lo digital, como las tácticas en línea “nuevas” o modificadas se concatenan en un nuevo repertorio “digitalizado” de acción colectiva del movimiento social. En segundo lugar, introducimos una dimensión clásica que distingue entre tácticas con umbrales bajos y altos y mostramos cómo lo digital puede haber reducido las barreras relacionadas con la acción. La literatura sobre este tema presenta una amplia panorámica de ambas dimensiones y una selección de diferentes tipos de acción utilizados o apoyados por los movimientos sociales. Antes de apoyar esta tipología con ejemplos, se discutirán ambas dimensiones dentro de la literatura más amplia sobre movimientos sociales.

4- apoyado en lo digital frente a basado en lo digital

Nuestra primera dimensión distingue entre formas “antiguas” y “nuevas” de acción colectiva. Llamamos a estas nuevas formas “basadas en Internet” porque sólo existen gracias a lo digital. Las acciones apoyadas en lo digital se refieren a las herramientas tradicionales del movimiento social que se han vuelto más fáciles de organizar y coordinar gracias a lo digital. Esta función facilitadora, que reduce los umbrales relacionados con las tácticas y hace que la acción de protesta tradicional sea más transnacional, se analizará más a fondo como parte de la segunda dimensión. Esta primera dimensión destaca más la función creadora de lo digital de tácticas nuevas y modificadas que amplían el conjunto de herramientas de acción de los movimientos sociales. Este aumento de las tácticas disponibles en línea ha llevado a algunos estudiosos a hablar de un repertorio adicional de contención electrónica. Puede tratarse de tácticas, por ejemplo, dirigidas contra la presencia o las actividades en línea de determinados grupos, gobiernos o empresas, inmovilizando sus servidores. Algunas de estas herramientas, como la petición por correo electrónico, pueden considerarse una ampliación de una técnica de protesta ya existente, por lo que las de base digital se sitúan más cerca del lado “apoyado en Internet” del continuo. Lo mismo ocurre con otras formas de acción como el culture jamming, lo que ilustra que la distinción entre acciones basadas en lo digital y apoyadas en lo digital es sutil y permeable. Además, la distinción se difumina aún más dado que los grupos de acción casi nunca utilizan una única táctica, sino que recurren a una miríada de tácticas tanto offline como online. El activismo en la Red nunca se ha centrado exclusivamente en la Red. Y del mismo modo las acciones offline de hoy en día casi siempre van acompañadas de tácticas online. Algunos estudiosos incluso abogan por abandonar por completo la distinción tajante entre los mundos on y offline, ya que ambas esferas son muy interdependientes. El desarrollo y la ampliación del repertorio de acciones pueden considerarse un mero resultado de la evolución tecnológica que ha brindado a la sociedad civil oportunidades más sofisticadas para sus acciones. Como demuestra la historia de los movimientos sociales, el repertorio de acción sólo cambia lentamente. Si el repertorio imperante cambia significativamente en algún momento, el cambio es prueba prima facie de una alteración sustancial de la estructura de poder, debida a transformaciones sociales, económicas o políticas. En el siglo XVIII, la gente se dirigía a los que detentaban el poder en su comunidad con rebeliones locales en las que probablemente reclamaban alimentos y otros suministros. En el siglo XIX este tipo de “motín” desapareció casi por completo y el repertorio de acciones cambió a huelgas y manifestaciones masivas, lo que fue, según Tilly, el resultado inmediato del auge del capitalismo y del Estado-nación. Pero desde entonces, la mayoría de las tácticas que se utilizaban hace 100 años siguen siendo, en la actualidad, ampliamente conocidas y utilizadas. La razón es, por tanto, que “la gente suele recurrir a rutinas conocidas e innovar dentro de ellas, incluso cuando en principio alguna forma de acción desconocida serviría mucho mejor a sus intereses”. En otras palabras, la introducción de lo digital no ha cambiado fundamentalmente el repertorio de acción contemporáneo en general, pero ofrece sobre todo nuevas oportunidades para innovar y expandirse dentro del conjunto de formas de acción disponibles.

Algunos autores se muestran muy escépticos ante un énfasis tecnológico tan amplio: Ni en las comunicaciones ni en el transporte, el calendario tecnológico dominó las alteraciones en la organización, la estrategia y la práctica de los movimientos sociales. Los cambios en el contexto político y organizativo incidieron de forma mucho más directa e inmediata en el funcionamiento del movimiento social que las transformaciones tecnológicas. En las últimas décadas se produjo un importante “cambio de repertorio” del ámbito nacional al transnacional, provocado por la creciente influencia que las empresas multinacionales y los regímenes comerciales mundiales ejercen sobre las decisiones políticas y normativas nacionales. Un impresionante corpus de literatura ha empezado a ocuparse de cómo el locus del poder (económico y político) se ha desplazado a un nivel transnacional e incluso mundial, y en consecuencia las estrategias y acciones de los movimientos sociales. Y una herramienta destacada en esta reorganización táctica pero necesaria es lo digital. Algunos hicieron una observación similar al investigar el culture jamming como un nuevo tipo de táctica de protesta dirigida a multinacionales corporativas como Nike. Sin embargo, el cambio hacia nuevas acciones basadas en lo digital y tácticas fuertemente relacionadas con lo digital no ha supuesto la sustitución de las antiguas formas de acción, sino que más bien las ha complementado. Las herramientas existentes se siguen utilizando, y probablemente más que nunca, ya que lo digital contribuye a reducir los umbrales de participación. Esto se explicará en nuestra segunda dimensión.

4- Umbrales bajos frente a umbrales altos

Desde que los estudiosos han empezado a investigar las diferentes formas de acción, han observado una jerarquía en la participación política. Algunas formas de acción entrañan más riesgo y mayor compromiso que otras tácticas, por lo que proporcionan umbrales más bajos y más altos para que la gente (considere) participar. Algunos, por ejemplo, distinguen entre tácticas de protesta convencionales, tácticas disruptivas y tácticas violentas. Anteriormente, a finales de los años 70, otros autores han clasificado las acciones políticas según su “intensidad” (moderada frente a militante) Preguntando a la gente cuánto aprobaba o desaprobaba una determinada táctica, Marsh (1977) clasificó diferentes tácticas de movimientos sociales con umbrales bajos (firma de peticiones, manifestaciones legales) a umbrales altos (manifestaciones ilegales, acciones violentas). Collom (2003) ha puesto a prueba esta lógica de una “jerarquía del activismo” y ha encontrado pruebas empíricas de que las personas que se involucran en actividades políticas no convencionales de mayor intensidad (por ejemplo, manifestaciones) tenían más probabilidades de haber participado ya en formas de acción de baja intensidad, como la firma de peticiones, lo que conduce a una especie de “teoría del escalón” de la participación política. Por supuesto, esta “jerarquía de la participación política (fuera de línea)” puede atribuirse fácilmente también a las tácticas en línea, con umbrales nulos o marginales para firmar una petición en línea y umbrales mucho más altos cuando se trata de formas particulares de “hacktivismo”, como las tácticas de denegación de servicio (DoS). Otros, por ejemplo, hicieron una distinción comparable entre tácticas en línea “persuasivas” (como las peticiones por correo electrónico) y “de confrontación” (como las sentadas virtuales), estas últimas conllevan mayores riesgos y, por tanto, umbrales más elevados. Las razones por las que los movimientos sociales pueden o no utilizar una forma de acción concreta, o por las que las personas individuales deciden participar en una forma de acción concreta, son múltiples. Pueden sentirse, por ejemplo, poco familiarizados con una táctica específica, o pensar que algún tipo de acción es ineficaz para obtener los objetivos propuestos y que en su lugar deberían utilizarse otros medios. La “cuestión táctica” es persistente para los movimientos sociales y conlleva cálculos instrumentales tanto como consideraciones identitarias o ideológicas. Un grupo pacifista de activistas, por ejemplo, probablemente se negará a emprender formas de acción más violentas, aunque ello sea quizá más eficaz para conseguir la atención de los medios de comunicación o alterar un cambio político significativo. Sin embargo, una variable crucial en la que nos centraremos aquí son los costes prácticos de participación inherentes a una forma de acción concreta, es decir, la cantidad de recursos necesarios para atraer una táctica determinada (por ejemplo, tiempo, dinero y habilidades). Estos costes también se refieren a los costes potenciales, como los relacionados con ser arrestado. Por ejemplo, firmar peticiones puede considerarse una táctica que conlleva unos costes mínimos, debido a que el compromiso y el riesgo son mínimos, por lo que consiste en un umbral de participación bajo. Pero para participar en una manifestación callejera necesita algo de tiempo libre un sábado por la tarde, y tal vez dinero para pagar sus gastos de desplazamiento, lo que es especialmente el caso de una manifestación transnacional situada fuera de sus fronteras nacionales. Además, puede arriesgarse a un enfrentamiento violento con las fuerzas policiales. En este caso, los umbrales para participar son obviamente mucho más elevados. La razón por la que nos centramos en estos costes prácticos de participación se debe al principal potencial de lo digital para reducir los “costes de transacción” de los grupos y activistas que organizan, movilizan y participan en acciones colectivas. Técnicamente, con su arquitectura global, lo digital permite la colaboración y la participación más allá de las limitaciones de tiempo y espacio. Como medio de muchos a muchos, estimula la difusión de ideas y temas a una escala sin precedentes, reduciendo significativamente los costes de movilización de los actores de los movimientos sociales. Además, al definir los movimientos sociales como “interacciones sostenidas”, la comunicación es clave, lo que a su vez explica el atractivo de lo digital como herramienta para que los movimientos sociales superen los recursos disponibles, a menudo limitados. Aunque lo digital puede resolver umbrales de participación comunes a determinadas formas de acción, sin duda también crea otros nuevos. Especialmente en lo que respecta a las tácticas hacktivistas, es necesario adquirir habilidades especiales para poder incluso atraer la participación. Volveremos sobre ello cuando discutamos las limitaciones del uso de lo digital en los repertorios de acción. Primero ilustraremos las diversas posibilidades de lo digital como nuevo espacio para las tácticas de los movimientos sociales y la reducción de los umbrales de participación de las tácticas existentes.

3- El repertorio de acción “digitalizado”: una instantánea de las posibilidades

En la siguiente sección apoyaremos nuestra tipología dando múltiples ejemplos de cómo lo digital creó nuevas o facilitó antiguas formas de acción.

4- acción apoyada por lo digital con umbrales bajos

Las formas tradicionales de apoyar o atraer la acción colectiva son, entre otras, donar dinero, ser activo como consumidor consciente o participar en una manifestación legal. En casi todas las democracias occidentales este tipo de acciones se han convertido en algo bastante “normal” a medida que cada vez más personas participaban o las utilizaban. Este éxito puede estar relacionado con sus limitados umbrales, pero como mostraremos lo digital las ha hecho aún más fáciles y accesibles.

5- Donación de dinero

La donación de dinero es una forma de participación activa que no implica ningún riesgo ni compromiso, sólo dinero (y a veces ni siquiera dinero). Algunos autores ven en lo digital grandes oportunidades para este tipo concreto de acción.

Antes de lo digital, los costes de coordinación superaban con creces los beneficios de las pequeñas contribuciones. Con lo digital, las organizaciones pueden ahora “agrupar de forma más eficaz los actos de apoyo a pequeña escala” mediante el uso de sitios web que permiten hacer clic y donar. Un ejemplo muy conocido es The Hunger Site, que inicialmente promocionaba programas alimentarios pidiendo a la gente que pulsara un botón y viera una nueva página con diferentes anuncios de los patrocinadores del sitio. The Hunger Site garantiza que el 100% del dinero de estos patrocinadores va directamente a sus socios benéficos. Por tanto, no hay ni un céntimo de dinero de donaciones de los propios participantes. Tras dos años de funcionamiento, el sitio alcanzó la impresionante cifra de 198 millones de donaciones. El Sitio del Hambre cuenta ahora con varios proyectos más, como el Sitio del Cáncer de Mama, donde puede hacer clic y hacerse mamografías gratuitas, o el Sitio de la Selva Tropical, donde puede hacer clic y proteger hábitats en peligro de extinción. Si introduce el término “hacer clic y donar” en cualquier motor de búsqueda en línea obtendrá una lista infinita de sitios web que promueven una lista infinita de causas.

5- Comportamiento del consumidor

El comportamiento del consumidor como forma de acción siempre ha estado muy relacionado con el Movimiento de Comercio Justo, que en la actualidad, en términos de popularidad y seguidores, está creciendo rápidamente. Para este movimiento, lo digital proporciona nuevos e importantes activos que explotar. Si tiene la intención de boicotear determinados productos o de comprar determinados alimentos o ropa por motivos éticos o políticos, necesita conocer las diferentes alternativas. Lo digital ofrece claras ventajas en términos de difusión de la información. Un ejemplo muy joven pero exitoso es la organización estadounidense de comercio justo World of Good, Inc . Junto con su organización hermana World of Good Development ha puesto en marcha una herramienta basada en Internet que permite a productores y compradores calcular un salario mínimo “justo” para su producto. Asimismo, esta empresa participa en un proyecto a gran escala con eBay, un popular revendedor en línea, destinado a crear un nuevo mercado en línea que debería poner en contacto a los productores y revendedores de comercio justo con los consumidores conscientes. De este modo, lo digital rebaja los umbrales para que muchos consumidores conscientes potenciales compren efectivamente productos específicos de comercio justo.

5- Manifestaciones legales

Las organizaciones de movimientos sociales que desean movilizarse para una manifestación callejera masiva hacen un amplio uso de lo digital para mejorar la coordinación y los esfuerzos de movilización. Esto se refiere principalmente a la distribución de información, tanto sobre los motivos y objetivos de la acción, como a información más estratégica relativa a la acción en sí. A través de lo digital, las organizaciones proporcionan información detallada sobre la hora, el lugar y, tal vez, incluso una guía práctica de campo para que los activistas “informen a la gente sobre cómo organizarse, sobre sus derechos y sobre cómo protegerse de cualquier daño”, como ocurrió durante las protestas y el activismo del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) en la ciudad de Quebec, en 2001. Este extenso documento llevaba de la mano a los activistas y les guiaba a través de todos los obstáculos para una participación efectiva. Durante las protestas y el activismo contra la OMC (Organización Mundial del Comercio) en Seattle, uno de los principales puntos de encuentro fue la lista de distribución StopWTORound, que permitía a los suscriptores recibir información detallada sobre distintos aspectos de la OMC. Un estudio realizado en 2008 entre diversos tipos de manifestaciones (como sindicatos, antibelicistas, por los derechos de los inmigrantes, pero también movilizaciones de derechas), demostró cómo los activistas utilizan lo digital para traspasar las fronteras de los movimientos y los temas de protesta, aumentando así significativamente su potencial de movilización. Los procesos de “intermediación” y “difusión” que describen estos autores son mecanismos importantes que en el ciberespacio tampoco se detienen en las fronteras nacionales, lo que en teoría hace que toda convocatoria de movilización sea intrínsecamente transnacional. El relato de Carty (2002) sobre diversos movimientos antiexplotación ofrece un primer ejemplo. Describe cómo grupos como la ONG Global Exchange proporcionan a través de su página web completos kits de inicio de campaña para organizar concentraciones y manifestaciones. En octubre de 1997, esta estrategia dio lugar a que más de 84 comunidades de 12 países diferentes se manifestaran simultáneamente ante las tiendas Nike. Estas diversas manifestaciones “nacionales” están así vinculadas transnacionalmente por su causa y su elección táctica similares. En otro estudio, Fisher y sus colegas (2005) muestran cómo, en el caso de cinco manifestaciones a favor de la Justicia Global (en su mayoría dirigidas contra las poderosas instituciones económicas como el Banco Mundial y el G8), lo digital fue utilizado con éxito por las organizaciones de movimientos sociales para conectar a los activistas de base nacional con las luchas transnacionales, estimulando así actos de protesta locales a gran escala. Proporcionamos un debate más extenso sobre la función de transnacionalización de lo digital en la siguiente sección sobre manifestaciones y reuniones transnacionales de los movimientos sociales.

4- acción apoyada por lo digital con umbrales elevados

En este segundo cuadrante analizamos formas de acción que ya se han utilizado anteriormente pero que tienen umbrales mucho más elevados, tanto desde el punto de vista jurídico como práctico. Se trata de las manifestaciones y reuniones transnacionales y de formas de acción más obstruccionistas como las sentadas y los bloqueos (de calles). Una vez más, creemos que lo digital puede reducir especialmente las barreras prácticas facilitando la organización y coordinación de estos actos.

5- Manifestación transnacional

Comenzamos este capítulo haciendo referencia al movimiento zapatista y a la llamada “Batalla de Seattle”, dos conocidos momentos de movilización transnacional. Un ejemplo más reciente es la protesta mundial contra la inminente guerra de Irak el 15 de febrero de 2003. Ese día varios millones de personas salieron a la calle en más de 60 países diferentes de todo el mundo. Varios autores han demostrado que este acontecimiento de protesta probablemente no habría sido tan masivo y diverso sin la capacidad de coordinación y movilización de lo digital. Van Laer (2009) sostiene que lo digital fue especialmente propicio en términos de “m esom obilización”, es decir, los esfuerzos de grupos y organizaciones por coordinar e integrar a otros grupos, organizaciones y redes para las actividades de protesta. En una comparación histórica de tres épocas de movilización por la paz y contra la guerra, Van Laer (2009) demostró cómo varias reuniones internacionales presenciales sirvieron cada vez como base principal para la coordinación y la colaboración, pero que en el advenimiento de la segunda guerra en Irak en 2003 lo digital fue fundamental para “extender el fuego”, llevando la convocatoria de un día de acción global a una escala mundial sin precedentes, entre cientos de otras redes nacionales contra la guerra y organizaciones de movimientos sociales, con una rapidez y eficacia que antes no era posible. Sin embargo, debemos señalar que este acontecimiento fue transnacional porque en todo el mundo la gente salió a la calle por las mismas razones, pero que el acontecimiento apenas fue transnacional a nivel individual. Una encuesta entre los participantes reveló que sólo un puñado de manifestantes recorrió más de 200 kilómetros para participar en una marcha contra la guerra, incluso en países grandes como el Reino Unido, Alemania y Estados Unidos. Las barreras para que la gente participe en un acto en el extranjero siguen siendo altas y difíciles de superar. En sus esfuerzos por conseguir que personas de todo el mundo acudan a una cumbre internacional, los movimientos sociales han utilizado lo digital para distribuir información útil sobre cómo viajar o dónde dormir, pero a menudo eso no ha bastado para reducir significativamente los umbrales prácticos. Quizá ésta sea una de las razones por las que los “días de acción mundial” parecen estar en auge como táctica de los activistas transnacionales. Gracias a la tecnología digital, los activistas no necesitan encontrarse en la misma ubicación geográfica para protestar, por ejemplo, contra el cambio climático, sino que pueden vincular sus acciones de protesta dispersas de forma eficaz en línea. Esto puede dar lugar a la combinación de una intensa interacción local y una amplia interacción global.

5- Reuniones transnacionales

Las ventajas instrumentales de lo digital también han sido bien documentadas en el caso de las reuniones y cumbres transnacionales de los movimientos sociales, especialmente las del Movimiento por la Justicia Global. Un evento clave recurrente del Movimiento por la Justicia Global, por ejemplo, son los diversos foros sociales que organizan tanto a nivel global (el Foro Social Mundial (FSM)), como a nivel regional (por ejemplo, el Foro Social Europeo) e incluso a nivel nacional y local. En su estudio sobre el segundo Foro Social Mundial de Porto Alegre (Brasil), Schonleitner (2003) descubrió que lo digital era una herramienta fundamental de movilización y organización para este tipo de eventos: la inscripción de los delegados y la planificación de los talleres se realizan a través de la Web; los boletines por correo electrónico mantienen al día a los delegados y a otras personas; y casi toda la comunicación interna y el enlace externo se ha realizado a través de medios digitales y teléfonos móviles. Sin lo digital el FSM difícilmente sería posible en su forma actual. Otros mostraron cómo el uso de listas de correo contribuyó a una división eficaz del trabajo, impulsando la coordinación deliberativa y el debate en el advenimiento del tercer Foro Social Europeo de Londres. Por último, un estudio de 2007 abordó empíricamente la importancia de lo digital como herramienta que permitió a los activistas participantes en el cuarto Foro Social Europeo de Atenas ponerse en contacto con compañeros de otras organizaciones y países antes de la cumbre para conocerse e intercambiar experiencias e información en el propio Foro.

5- Sentadas/ocupaciones y formas más violentas de protesta

McPhail y McCarthy (2005) afirman que lo digital también está cambiando la forma en que los grupos anarquistas como el “Black Bloc” se atraen a acciones de protesta más confrontativas al proporcionar acceso a listas de alerta por correo electrónico, calendarios de reuniones de planificación y sesiones de formación de marshalls, información sobre protección contra gases lacrimógenos y aerosoles de pimienta, así como información legal sobre derechos de reunión, expresión, etc. Especialmente, lo digital permite la difusión segura de mensajes sobre la hora y el lugar de las actividades extralegales e ilegales, reduciendo así significativamente la posibilidad de vigilancia por parte de la policía y otros opositores, y -durante un acto de protesta- la tecnología digital y otras tecnologías de la comunicación hacen posible documentar continuamente a los activistas “in situ” sobre las acciones y la interacción con la policía. Durante las protestas y el activismo de Seattle, los manifestantes hicieron un amplio uso de la tecnología digital para reubicar tácticamente a los grupos de activistas en función de la ubicación de la policía. Con motivo de las protestas y el activismo del G8 en Génova, en julio de 2001, había mapas detallados de la ciudad que circulaban en la red digital con diversos “campos de batalla” coloreados de forma diferente. Otro ejemplo, menos conflictivo, es el del Harvard Progressive Student Labor Movement (PSLM) del Harvard College, en Estados Unidos, que exige salarios dignos más altos para los guardias de seguridad, los conserjes y los trabajadores del comedor de la institución. En 2001, este movimiento comenzó con la ocupación de varias oficinas administrativas de la universidad, apoyándose en gran medida en lo digital para coordinar la acción y alimentar el apoyo entre el personal académico, los padres de los estudiantes y otras comunidades estudiantiles de otros campus universitarios de Estados Unidos. A través de páginas web se compartieron experiencias sobre la sentada para que otras comunidades estudiantiles pudieran aprender e iniciar ellas mismas una sentada. Un aspecto interesante de este caso es que la sentada “real” en el Harvard College acabó acompañándose de una “sentada virtual” para “intensificar” la campaña, ya que la atención de los medios de comunicación parecía marchitarse y los funcionarios de la administración seguían negándose a negociar con los activistas.

4- acciones digitales con umbrales bajos

En esta sección tratamos las acciones que se realizan únicamente en línea: peticiones en línea, bombas de correo electrónico y sentadas virtuales. Estos ejemplos ilustran claramente las ventajas de lo digital en términos de movilización y reducción de los umbrales de participación.

5- Petición en línea

En un estudio entre activistas por la justicia global, della Porta y Mosca (2005) descubrieron que las peticiones en línea por correo electrónico eran la forma de acción más extendida que se utilizaba en línea. Earl (2006) distingue entre las peticiones en línea realizadas por los propios movimientos sociales y las peticiones centralizadas en un “sitio almacén” especializado, como ipetition.com, thepetitionsite. com o MoveOn.org. MoveOn.org se hizo ampliamente conocido como el sitio de peticiones que se opuso a la destitución de Bill Clinton en 1998 y a la guerra de Irak en 2003 y, con el tiempo, se convirtió en mucho más que un simple sitio de peticiones, sino que se encarnó como un movimiento distinto que atraía a una nueva generación de ciudadanos estadounidenses comprometidos políticamente. Especialmente estos sitios de depósito ilustran cómo lo digital puede reducir los costes de creación o participación en una petición en línea: un movimiento social o un activista cualquiera puede crear fácilmente una nueva cuenta en un sitio de depósito, elegir una causa y una declaración y empezar a invitar a la gente a firmar una petición. Pero con un poco de conocimiento de html, usted también puede iniciar fácilmente su propia petición en línea. En mayo de 2006, por ejemplo, un sindicato de viticultores franceses de la región de Margaux comenzó rápidamente con un blog y una petición en línea contra una posible nueva autopista que atravesaría sus preciados viñedos. También lo digital, como medio que integra perfectamente distintos tipos de formas mediáticas, ofrece nuevas posibilidades para poner en marcha peticiones, como, por ejemplo, la petición visual “Un millón de rostros” iniciada por la campaña internacional Armas bajo Control. La gente firma esta petición contra la proliferación de armas en el mundo subiendo una foto suya en la que, opcionalmente, aparece un mensaje personal. En julio de 2007, Amigos de la Tierra del Reino Unido lanzó su “Gran marcha online”, un videowall de “firmas filmadas” para presionar a favor de un proyecto de ley sobre el cambio climático. Hoy en día, los sitios de redes sociales populares como Facebook se utilizan ampliamente para hacer cosas similares. Cualquiera que tenga un perfil en Facebook puede formar un grupo en contra o a favor de una causa concreta e invitar a otros miembros de Facebook a “firmar” esta causa haciéndose miembro de este grupo. Uno de estos grupos, “Eh, Facebook, dar el pecho no es obsceno”, se creó para protestar contra el propio Facebook, pidiendo que se permitieran las fotos de lactancia materna que ahora Facebook clasifica como “obscenas” y retira del sitio de la red.1 Bautizados como Campaña Internacional de Madres por la Lactancia (MILC, por sus siglas en inglés), también organizaron un “enfermería” virtual, pidiendo a los miembros de Facebook que cambiaran su foto de perfil por una de lactancia materna. En enero de 2008, el ingeniero colombiano Óscar Morales Guevara creó un grupo en Facebook, “Un millón de voces contra las FARC”, para oponerse a la petición del presidente Chávez a la Unión Europea de retirar a las FARC de la lista de organizaciones terroristas, así como para protestar contra las FARC en general. En cuestión de horas varios miles de personas se habían suscrito a este nuevo grupo. Esta petición en Facebook acabó desembocando en un día de acción mundial el 4 de febrero de 2008 contra las FARC, con más de cuatro millones de personas protestando en docenas de ciudades colombianas y en otras ciudades de todo el mundo.

5- Bomba de correo electrónico y sentada virtual

Una forma más disruptiva de la petición en línea es la bomba de correo electrónico, que consiste en el envío de grandes cantidades de correos electrónicos a las cuentas de correo electrónico de, por ejemplo, un ministro o el director general de una empresa, o a un sistema objetivo con el fin de inmovilizar el servidor de correo objetivo, demostrando el alcance del apoyo a una causa específica. Una táctica muy similar es la de la sentada virtual. En este caso, la gente no envía un correo electrónico, sino que solicita información a un sitio web, pero en tal número que el servidor no puede hacer frente a la cantidad de peticiones y acaba colapsándose. De hecho, estas tácticas suelen considerarse formas de acción hacktivista. Sin embargo, en la medida en que se trata de cientos o miles de personas que envían un correo electrónico o solicitan información de un sitio web al mismo tiempo, creemos que esta táctica es una forma de acción colectiva que sigue implicando umbrales más bajos que otro tipo de tácticas hacktivistas, como las acciones más especializadas de alteración de los códigos fuente de los sitios web (véase más adelante) o el uso de software especial para interrumpir el tráfico digital, aunque el resultado (denegación de servicio) sí podría ser el mismo. El 30 de noviembre de 1999, el día en que comenzó la cumbre de la OMC en Seattle, varios miles de activistas solicitaron información al sitio web de la OMC al mismo tiempo, lo que provocó una caída del servidor de la OMC. Un ejemplo temprano del uso del bombardeo de correos electrónicos es, por ejemplo, Workers Online, el webzine de una organización sindical australiana, que organizó en julio de 2001 una jam session masiva de correos electrónicos en respuesta a la legislación sobre la indemnización de los trabajadores. En cuestión de horas, se informó de que se habían enviado 13.000 correos electrónicos al gobierno.

4- acciones digitales con umbrales elevados

En la última sección hemos hablado de acciones que son posibles en gran medida o totalmente gracias a lo digital, pero que exigen más recursos que firmar una petición o enviar un correo electrónico. Trataremos ejemplos de páginas web de protesta, culture jamming y hacktivismo. Es importante señalar que el culture jamming no es una técnica totalmente nueva, ya que sus orígenes se remontan a la década de 1960, ni está totalmente basada en lo digital, ya que tiene versiones offline. Sin embargo, como ha crecido junto con lo digital y tiene sus principales características en línea, lo tratamos en esta sección.

5- Páginas web de protesta

Los ejemplos que presentamos en esta sección están muy relacionados con las dot causes de base digital, que pueden aplicarse a cualquier movimiento social o grupo ciudadano que “promueva causas sociales y movilice apoyos principalmente a través de su sitio web”. Uno de los primeros ejemplos de una “causa punto” es quizá la Campaña Birmania Libre (FBC). Su sitio web, creado inicialmente por el estudiante de posgrado birmano exiliado Zar Ni, generó una atención global sin precedentes hacia la junta militar birmana, el apoyo mundial de académicos y activistas, e incluso la retirada de Birmania de empresas globales como Levi Strauss y Texaco. Otro ejemplo es la campaña McSpotlight, que también pretende ser una de las primeras en explotar el potencial de lo digital en una exitosa campaña de defensa popular contra el gigante de la comida rápida McDonalds. El corazón de McSpotlight fue su sitio web, que se puso en marcha en 1996 tras el juicio más largo de la historia de Inglaterra: el caso McLibel, en el que M cDonald’s emprendió acciones legales contra dos individuos que distribuyeron un folleto en el que se acusaba a M cDonald’s de prácticas social y ambientalmente perjudiciales. La campaña McSpotlight ofrece un magnífico ejemplo de cómo el ciberespacio actúa como una nueva área de contención: para evitar la censura se crearon réplicas del sitio McSpotlight en Chicago, Londres, Auckland y Helsinki, lo que dificultó enormemente, si no imposibilitó, que McDonald’s iniciara una acción legal coordinada a través de varios sistemas jurídicos y jurisdicciones diferentes contra el sitio web McSpotlight. Rosenkrands (2004) proporciona una extensa lista de diferentes movimientos basados en la Web que abarcan una amplia gama de causas diferentes, como por ejemplo No Logo.com, un sitio web para apoyar el movimiento contra las grandes marcas y la globalización corporativa lanzado por la autora de No Logo, Naomi Klein, y algunos otros activistas. Otros ejemplos son CorpWatch.org, Nike Watch o CokeSpotlight, por citar sólo algunos.

5- Sitios de medios alternativos

Un poco diferentes de los sitios que hemos descrito en la sección anterior, pero aprovechando las mismas posibilidades del nuevo espacio digital para publicar y difundir puntos de vista alternativos sobre luchas políticas y culturales, son los sitios de grupos (activistas) de medios alternativos, como Indymedia. Lo digital proporciona a los activistas y a los movimientos sociales canales alternativos para la producción de medios de comunicación, sorteando así los canales mediáticos dominantes. El primer centro de medios de comunicación independientes (IMC), Indymedia, se creó a raíz de las protestas y el activismo contra la OMC en Seattle en 1999, y poco después se crearon docenas de otros centros de medios de comunicación independientes que crearon una red mundial de públicos de movimientos sociales radicales para la circulación de noticias e información alternativas. Las ideas que subyacen a estos sitios de medios alternativos están estrechamente relacionadas con el movimiento de código abierto que, a su vez, se entremezcla en gran medida con el movimiento por la justicia global y su proceso de archivo y sistematización de su trabajo y acciones en “proyectos-memoria” como Euromovements.info. Desde otro punto de vista, estos sitios de medios alternativos también luchan contra la monopolización de la información y la producción de significado. Y es en este último aspecto donde entramos en el campo del culture jamming.

5- Culture jamming

El culture jamming cambia el significado de la publicidad corporativa mediante técnicas artísticas que alteran visualmente los logotipos de las empresas y dando un nuevo significado a los eslóganes de marketing. Los culture jammers hacen uso de técnicas como la apropiación, el collage, la inversión irónica y la yuxtaposición a través de diversas tácticas como el pirateo de vallas publicitarias, el graffiti físico y virtual y la alteración de páginas web. Esta forma de acción quizá se ejemplifique de forma más vívida en la campaña de intercambio de correos electrónicos de Nike, que comenzó con un estudiante de posgrado del MIT que envió un correo electrónico a la empresa Nike sobre la impresión de la palabra “fábrica explotadora” en sus zapatillas Nike personalizadas, pero que acabó generando una inesperada atención mediática y miles de otras reacciones en todo el mundo. El humor, la sátira y la ironía son características muy importantes y poderosas de las tácticas tipo culture jam. Averiguar las raíces del culture jamming es casi imposible, sobre todo porque muchos de los grupos implicados en este tipo de producción cultural son anteriores a la era digital, así como las técnicas que utilizan. Sin embargo, grupos tan conocidos como Adbusters (famoso por sus “anuncios no publicitarios” o “subvertisement”), the Yes Man o ®””ark” atribuyen a lo digital el mérito de haber facilitado enormemente la creación de parodias publicitarias y de haberles proporcionado una plataforma para llevar sus campañas y producciones artísticas a un público mucho más amplio e internacional. Gracias a su presencia en línea, también son capaces de espolear la acción local fuera de línea, como en el siguiente ejemplo. Aunque inicialmente la idea de alterar las voces de los juguetes típicos de niñas y niños fue publicada por ®,mark en su página web, fue un puñado de veteranos de guerra el que concretó el culture jamming: a pocos días de Nochebuena, la Organización para la Liberación de Barbie compró varios cientos de muñecas Barbie y GI Joe, les cambió las cajas de voz y las volvió a poner en las estanterías. Puede imaginarse las caras de sorpresa de padres y niños al encontrar a su Barbie diciendo: “Los hombres muertos no mienten” o a GI Joe sugiriendo: “¿Quieres ir de compras?”. Junto a la alteración de anuncios específicos en línea y fuera de ella, existe otra técnica en línea muy utilizada que consiste en crear “sitios falsos”. Se trata de clones de sitios existentes de, por ejemplo, empresas multinacionales, gobiernos, políticos y similares. Durante las protestas y el activismo de la OMC en Seattle, en 1999, el grupo ®””ark creó un sitio falso http://www.gatt.org, clonando la página de inicio de la OMC/GATT con historias y citas falsas de funcionarios de la OMC provistas de “comentarios útiles” en un sentido a menudo irónico o cínico.

5- Hacktivismo

Por último, lo digital también ha creado un nuevo espacio para actividades de confrontación como los ataques de denegación de servicio (DoS) mediante inundaciones automatizadas de correo electrónico, la desfiguración de sitios web alterando el código fuente de los sitios web objetivo o el uso de software malicioso como virus y gusanos. Todas ellas son acciones que tocan la frontera de lo que se considera o se tiene por legal y lo que por ilegal. Dependiendo del punto de vista, estas tácticas se etiquetan entonces como “desobediencia civil electrónica”, “hacktivismo” o como “ciberterrorismo”. La literatura ofrece un relato detallado de uno de los primeros grupos hacktivistas del movimiento social: el Teatro de Disturbios Electrónicos, que se activó en respuesta al llamamiento de solidaridad del movimiento zapatista en México. A través de un applet de Java llamado Floodnet iniciaron varias “sentadas virtuales” automatizadas contra, entre otros, la página de inicio del Presidente Zedillo de México y el sitio del Pentágono. El software Floodnet hace uso del servidor y del ancho de banda de los participantes individuales que descargaron y activaron el software en sus ordenadores. Este tipo de software se utiliza para realizar un ataque DoS forzando el cierre de un sitio web o dejando inoperativo el sistema de un servidor, o para dejar mensajes con tintes políticos en los registros del servidor. Otra táctica consiste en alterar el código fuente de un sitio web concreto para redirigir a los visitantes a otro sitio web. En julio de 1998, un grupo de piratas informáticos internacionales logró probablemente la mayor toma de control de páginas web de la historia. Cambiaron más de 300 sitios web, redirigiendo a los posibles visitantes a su propio sitio, saludándoles con un mensaje de protesta contra la carrera armamentística nuclear. Esta táctica también se utilizó ampliamente durante las protestas y el activismo contra la OMC en Seattle. Otra táctica utilizada a menudo es más parecida al “cibergraffiti”. Al piratear el código fuente de un sitio web, un hacker cambia la página de inicio o deja una “declaración” (un eslogan o una imagen) en la página de inicio original. F-Secure Corp, una empresa finlandesa de seguridad digital, informó en 2003 de que más de 10.000 sitios web habían sido estropeados con graffiti digital por manifestantes y partidarios de la guerra dirigida por Estados Unidos en Irak.4 Que algunas de estas tácticas hacen muy complicado delimitar lo que es “aceptable” y lo que debe etiquetarse como “delito” queda ilustrado por el grupo Condemned.org, que irrumpió en los servidores de varios sitios de pornografía infantil y borró sus discos duros. No nos atraemos en un esbozo completo de esta discusión, sino que remitimos a los lectores a esta plataforma en línea, que trata este tema.

3- Limitaciones de lo digital y del repertorio de acción de los movimientos sociales

Los numerosos ejemplos comentados en la sección anterior son en cierto modo anecdóticos, pero demuestran que lo digital ha mejorado y ampliado el repertorio de herramientas de los activistas sociales. Sin embargo, no debemos ignorar las limitaciones que acompañan a estas nuevas oportunidades tecnológicas. Existe el problema “clásico” relacionado con el acceso digital desigual, también denominado brecha digital. Otras deficiencias están más dirigidas a los movimientos sociales y a su uso particular de las acciones. En algunos casos, lo digital ha hecho que la acción colectiva aún no sea lo suficientemente fácil, mientras que en otros la ha hecho quizá demasiado fácil. Por último, argumentaremos que los nuevos medios parecen perder su novedad rápidamente y, lo que es más fundamental, son incapaces de crear lazos estables entre los activistas, necesarios para una acción colectiva sostenida.

4- Sigue existiendo una brecha digital

El término brecha digital se refiere en primer lugar a la desigualdad en el acceso digital entre los países ricos industrializados y los países en desarrollo del Sur. Según estimaciones recientes, alrededor del 75% de las personas que viven en Norteamérica pueden considerarse usuarios digitales, mientras que este porcentaje desciende a apenas un 5% en África.5 Además de la clara variación geográfica, también dentro de las sociedades (occidentales) ciertas personas permanecen rezagadas en la evolución digital; no sólo por la ausencia de un ordenador o de acceso digital, sino también porque carecen de las habilidades necesarias para utilizar la nueva tecnología mediática. En ese sentido, las acciones de los movimientos sociales pueden fracasar a la hora de llegar a los grupos socialmente más débiles de la sociedad si dependen demasiado de los nuevos medios para organizar sus actos de protesta, lo que es aún más el caso de las formas de acción basadas puramente en lo digital. El argumento de la brecha digital afecta al núcleo de muchos movimientos sociales, ya que debilita su potencial democrático. Y esto es aún más evidente a la luz de la brecha digital global, que pone en serio peligro la representación de una “sociedad civil global” en el cambio de repertorio del nivel nacional al transnacional. También existe una brecha digital dentro del ciberespacio, lo que Norris (2001) ha denominado la “brecha democrática” entre los que utilizan lo digital para fines políticos y los que no. En este sentido, lo digital servirá principalmente a aquellos activistas y grupos que ya son activos, reforzando así los patrones existentes de participación política en la sociedad. En este sentido, el “ciberentusiasmo” inicial sobre el potencial de lo digital para revigorizar la democracia ha sido sustituido gradualmente por relatos más escépticos e incluso pesimistas sobre el potencial democratizador de lo digital.

4- Lo digital no lo pone nada fácil

Como ya se ha mencionado, las manifestaciones transnacionales “reales”, conseguir que personas de distintas partes del mundo protesten contra las instituciones internacionales y los líderes mundiales ha seguido siendo difícil. La mayoría de las protestas y el activismo internacionales son, de hecho, manifestaciones abrumadoramente locales o, en el mejor de los casos, nacionales. Y en los raros casos en los que las protestas y el activismo consiguieron sacar a la calle a un público internacionalmente diverso, no fue tanto gracias a lo digital como a factores de movilización “más fuertes”. Estos pueden ser recursos como el tiempo (para viajar) o el transporte gratuito (proporcionado por una organización implicada). El hecho de que la información sobre estos actos se distribuya con facilidad y rapidez es sin duda útil, pero a menudo no basta para reducir significativamente las barreras prácticas. Como se ha indicado, lo digital también crea sin duda nuevos umbrales. Observamos cómo el Electronic Disturbance Theater (EDT) advertía explícitamente a los participantes potenciales de los posibles riesgos en una sentada virtual , que organizaron para concienciar sobre la lucha zapatista en México: Nos encontramos con una serie de instrucciones y advertencias: ‘Esto es una protesta, no un juego, puede tener consecuencias personales como en cualquier manifestación política off-line en la calle’. Se nos advierte de que las direcciones IP de nuestro ordenador serán recogidas por ‘el gobierno’, del mismo modo que podrían tomarse nuestras fotografías durante una acción callejera. Se nos advierte de posibles daños en nuestros ordenadores, del mismo modo que ‘en una acción callejera la policía puede venir y hacerle daño’. Por último, aunque los bits y los bytes son difíciles de reprimir en el ciberespacio, en algunos casos el uso de lo digital parece inútil a la luz de las barreras persistentes relacionadas con las limitaciones políticas. Antes hemos puesto el ejemplo de los birmanos exiliados que protestan contra la junta militar en su país de origen. Flowever, a pesar de la concienciación mundial quedó muy claro que a finales de 2007 todavía no había cambiado nada en lo fundamental. Miles de personas, entre ellas muchos monjes budistas, volvieron a tomar las calles en la Revolución Azafrán (en referencia al color de los hábitos de los monjes). La primera reacción de la junta fue bloquear todo posible tráfico digital en el país, lo que imposibilitó la publicación de blogs sobre las manifestaciones y la forma en que la junta las reprimió. En 2003, millones de personas se manifestaron contra la inminente guerra de Irak, en muchos sentidos gracias a lo digital, según los comentaristas y estudiosos, pero las voces se silenciaron mortalmente en la China continental.

4- Lo digital lo hace demasiado fácil

Mientras algunas formas de acción siguen exigiendo grandes esfuerzos a los participantes, se puede argumentar lo contrario para algunas nuevas tácticas en línea. A primera vista, la petición por correo electrónico parece una brillante continuación de su predecesora offline, ya que es una táctica familiar, puede utilizarse fácilmente, configurarse y reenviarse de inmediato a un número infinito de personas a través del tiempo y de las fronteras geográficas. Sin embargo, es probable que los responsables de la toma de decisiones no se sientan impresionados por una lista desordenada de nombres que llega de forma poco sistemática, con firmas repetidas o seudónimos de personas que se encuentran muy lejos de su jurisdicción. ¿Muestra un correo electrónico apenas personalizado el mismo compromiso que una carta escrita a mano? Muchos titulares de poder creen que no y, por tanto, los suscriptores potenciales también pueden pensar que este tipo de táctica no es apropiada. Una vez más, ¿qué debemos pensar de la idea de perseguir el cambio social y político pulsando un botón y viendo unos anuncios?

4-Los nuevos medios perdieron su novedad

Cuando los movimientos sociales, como “pioneros”, empezaron a utilizar lo digital hace más de una década, a sus oponentes les cogió desprevenidos. Algunas personas señalan el fracaso de los acuerdos del AMI sobre libre comercio como el primer ejemplo de un nuevo estilo de política contenciosa basada en lo digital. Sin embargo, no estamos seguros de que este primer éxito evidente anunciara realmente una nueva era del repertorio activista. El ejemplo del AMI bien puede ilustrar cómo los políticos y los negociadores se vieron en cierto modo abrumados y sorprendidos por la enorme atención que suscitó el AMI y la rápida difusión de información crítica y sustancial sobre el contenido exacto de los acuerdos. Hoy en día, más de 10 años después del AMI, lo digital está ampliamente introducido y se utiliza en todo tipo de ámbitos de la vida y es probable que a los nuevos oponentes ya no les pille tan fácilmente por sorpresa. Además, las empresas o autoridades atacadas no esperan pasivamente futuras acciones hacktivistas en línea, sino que invierten proactivamente en software para dificultar nuevos ataques. Esto significa que los activistas sociales se ven obligados a renovar su repertorio de acciones cada vez más rápido, sólo para suscitar la misma atención pública o presión política.

4- Lo digital sólo crea lazos débiles

Lo digital es un “instrumento de lazos débiles” por excelencia (como tal, es capaz de atraer fácil y rápidamente a un gran número de personas para que se unan a una acción o acontecimiento. Varios investigadores han señalado que los lazos débiles que traspasan las fronteras de los movimientos y los temas son una baza importante para que los actores de los movimientos sociales amplíen su potencial de movilización. Sin embargo, los críticos han observado que este crecimiento del apoyo suele ir seguido de un declive aún más rápido del mismo. Earl y Schussman (2003) observaron que en la era en auge del ciberactivismo los “miembros” se han convertido en “usuarios”, que una vez finalizada la acción que apoyaron suelen optar por pasar página y no sienten la necesidad de comprometerse permanentemente. Según varios estudiosos, lo digital es incapaz de crear la confianza y los lazos fuertes necesarios para construir una red sostenible de activistas.

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Debate y conclusión

En este capítulo nos hemos centrado en cómo lo digital ha cambiado el repertorio de acción de los movimientos sociales de dos formas fundamentales. En primer lugar, al facilitar las formas de acción existentes haciendo posible llegar a más gente, con más facilidad y en un plazo de tiempo que antes era impensable. En segundo lugar, creando herramientas nuevas (o adaptadas) para el activismo. Hemos intentado captar este “doble impacto” en una tipología de acción colectiva con dos dimensiones. La creación de nuevas e-herramientas para el activismo estaba representada en la primera dimensión, que abarcaba desde las acciones con apoyo digital hasta las acciones con base digital. La segunda dimensión se refería a los umbrales (prácticos) que han sido rebajados, pero no derribados, por lo digital. Sobre la base de estas dos dimensiones se debatieron cuatro cuadrantes de activismo y se ilustraron con numerosos ejemplos. Sin embargo, las dimensiones no deben verse como divisiones claras y estables entre las distintas formas de activismo, sino más bien como líneas fluidas que se redefinen permanentemente por las innovaciones tecnológicas y la creatividad de los activistas. En nuestra discusión de la tipología hemos intentado construir un caso sólido a favor de lo digital, ya que ha proporcionado a los movimientos sociales nuevas y mejores oportunidades para atraer la acción social y política. Al mismo tiempo, hemos evitado un optimismo digital ingenuo, señalando varias limitaciones. Sin embargo, esas limitaciones no pesan más que las ventajas, ya que creemos que el balance general es positivo. Esto no significa que los movimientos sociales se hayan convertido de repente en una fuerza más poderosa en la sociedad o que el equilibrio de poder se haya inclinado a su favor. Como ya se ha mencionado, el poder político y económico se ha trasladado gradualmente al ámbito internacional. Lo digital ha permitido a los movimientos sociales seguir esa transición y operar de forma más global. Se podría afirmar que lo digital ha permitido mantener el statu quo, pero no lo ha cambiado. Lo que ha cambiado es que los actores poderosos como las multinacionales, los gobiernos o las instituciones supranacionales pueden rendir cuentas en cualquier momento. Los grupos cívicos con pocos recursos pueden movilizar el apoyo y la atención pública contra un competidor mucho más poderoso con mayor facilidad e independencia que en el pasado. Aunque Goliat también puede utilizar lo digital, la ventaja relativa de esta nueva tecnología es mayor para David. De hecho, varios autores han demostrado que los movimientos sociales, al ser redes de diversos grupos y activistas, están especialmente interesados en utilizar lo digital por su estructura fluida y no jerárquica, que “encaja” con sus necesidades ideológicas y organizativas. Este es mucho menos el caso de las organizaciones o actores que tienen una estructura más jerárquica y formal, donde lo digital suele verse más como una amenaza y menos como una oportunidad. En este capítulo hemos intentado explicar e ilustrar cómo lo digital ha cambiado el repertorio de acción de los movimientos sociales. Al centrarnos en el repertorio de acción no hemos podido debatir las consecuencias mucho más amplias del uso de los medios electrónicos para la sociedad civil. Los activistas no sólo han incorporado lo digital a su repertorio, sino que también han cambiado sustancialmente lo que cuenta como activismo, lo que cuenta como comunidad, identidad colectiva, espacio democrático y estrategia política. Como tales, los activistas y los movimientos sociales han encontrado ahora a menudo formas sencillas de volver a conectar con los ciudadanos de a pie, y especialmente con los jóvenes, frente a la aparentemente creciente desvinculación pública de las instituciones y los procesos políticos formales. El lector interesado aún tiene mucho que explorar, al igual que los estudiosos de los movimientos sociales que intentan seguir el ritmo de los nuevos avances en la era digital.

Revisor de hechos: Mix

El Activismo Digital en la Política de la Post Guerra Fría

Uno de los principales problemas para comprender los múltiples efectos del activismo digital contemporáneo es que en la actualidad, casi tres décadas después del final de la Guerra Fría, la visión de su potencial depende mucho de cómo se interprete el final repentino de dicho prolongado conflicto. ¿Qué fue exactamente lo que derribó el Muro de Berlín?

Quienes ven el final de la Guerra Fría como un producto de la aplicación de fuerzas invisibles y estructurales que empujaron a la Unión Soviética al olvido —por ejemplo, una economía moribunda y empeorada por el excesivo gasto militar en aventuras como la guerra en Afganistán— no serán capaces de ver el final de esa lucha de civilizaciones como la merecida recompensa al paciente trabajo realizado por los movimientos sociales, los disidentes y sus partidarios extranjeros.

Estos últimos actores suelen optar por explicaciones históricas que atribuyen mucha más importancia a la contribución humana, esto es, a sí mismos. Tales explicaciones, involuntariamente, suelen proyectar visiones de futuro bastante esperanzadoras, ya que suponen que las tácticas utilizadas para aplastar al régimen soviético también pueden desplegarse en otras regiones. Según esta lectura, fue la información, o más bien el acceso mucho más sencillo y barato a recursos críticos para crear conciencia y movilización social —ambas posibilitadas por la revolución tecnológica—, lo que socavó el sistema soviético. «Cómo la información terminó con la Unión Soviética» fue el subtítulo de un popular libro de 1994 de un periodista del New York Times, que refleja fielmente esta visión.

Teniendo en cuenta que muchos responsables políticos —sobre todo de Washington, pero también de muchas capitales europeas— creían que la historia estaba terminando y que la democracia liberal se estaba convirtiendo rápidamente en el único juego posible, se comprende lo fácil que era equiparar la marcha global de la digitalización con la marcha global de la democratización: dado que el fax y las máquinas Xerox —y, posteriormente, los ordenadores personales— continuaban conquistando el mundo, era casi inevitable que los fuertes gobiernos autoritarios que habían construido sus imperios limitando el flujo de información fueran socavados y barridos por la historia. Y, para acelerar el proceso aún más, se podían invertir recursos para enseñar a la última generación de activistas —los orgullosos sucesores de los disidentes soviéticos— a usar tales herramientas y celebrar con orgullo la llegada de compañías tecnológicas occidentales, exportadores mundiales de la revolución democrática. Al final, apareció la fórmula que dio forma al activismo digital durante varias décadas: más información + más capitalismo = más democracia.

A lo largo de la década de 1990, hubo varias campañas y movimientos que no se ajustaban a este patrón; el inteligente uso de los medios electrónicos por parte de los zapatistas en México —que muchos analistas militares de Washington consideraron alarmante— es el caso más llamativo. Del mismo modo, la aparición de Indymedia, una red muy extendida de iniciativas antisistema que desempeñaba un papel esencial en diversas luchas antiglobalización, era otra señal de que el acceso barato y amplio a la tecnología digital no solo podía beneficiar a quienes creían firmemente en el «final de la historia», sino también a muchos de los que intentaban activamente descalificar esa tesis desde cualquier lado del espectro político.

Incluso el uso inteligente de las redes electrónicas por parte de Al Qaeda y grupos relacionados con ella, especialmente cuando la guerra global contra el terrorismo estaba en marcha, no consiguió socavar la tesis de que las redes de información ayudarían a movilizar a la sociedad civil en todo el mundo para exigir más democracia, más globalización y más cosmopolitismo. Hubo ciertos acontecimientos en la década del 2000, —lo que podríamos llamar una oleada de «revoluciones de color», que comenzaron en Serbia en 2000 y culminaron en Ucrania en 2004—, que dieron un poco de razón a tales expectativas.

No llevó mucho tiempo reorganizar el vasto aparato institucional para la promoción de la democracia que el inesperado final de la Guerra Fría había dejado ocioso. Entonces, las redes en constante expansión de las ONG, fundaciones y medios de comunicación como La voz de América o Radio Free Europe empezaron a proporcionar herramientas anticensura a los disidentes, ofreciendo capacitación en comunicaciones seguras y utilizando juegos de ordenador y mensajes de texto para movilizar a multitudes para unirse a manifestaciones antigubernamentales. A medida que los regímenes de línea dura en Serbia y Ucrania caían bajo tan inmensa presión cívica, a muchos les pareció muy lógico creer que la marcha de la democracia y la digitalización continuaría avanzando sin cesar.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Tales aspiraciones, propias de observadores predominantemente occidentales, alcanzaron su apogeo al final de la década pasada, empezando con una serie de «revoluciones de Twitter», primero en Moldavia y luego en Irán. Para éstos, la explicación principal se justificaba en esas grandes multitudes de jóvenes que se reunían en plazas públicas para protestar contra sus gobiernos, era que los responsables de tan impresionante movilización social eran los smartphones en manos de la gente. Siempre ha habido una cierta parcialidad en tales postulados: los éxitos de las campañas de movilización social se atribuyeron siempre a la tecnología, mientras que los fracasos —incluido, dicho sea de paso, el de Irán, donde la «revolución de Twitter» produjo pocos resultados políticos tangibles — se achacaron a factores políticos e históricos, nunca a la fe excesiva en el ilimitado poder de la tecnología.

Además, en medio de toda la utopía tecnológica de esa época, era muy fácil pasar por alto un factor clave: a diferencia de la Serbia de 2000 o la Ucrania de 2004, los gobiernos que sufrían el «activismo digital» contraatacaron con una sofisticada estrategia que combinaba el uso inteligente de propaganda online, una vigilancia extremada y una fuerte dosis de ciberataques. Solían hacerlo con la ayuda de productos y servicios adquiridos a compañías occidentales, que supuestamente trabajaban para la marcha conjunta del capitalismo y la digitalización hacia una democratización cada vez mayor. No importó mucho que, como consecuencia del amplio uso de las redes sociales por parte de los manifestantes iraníes en 2009, el gobierno iraní no tuviera el menor problema para rastrear las plataformas digitales e identificar a todos esos manifestantes para después arrestarlos. La narrativa ciberutópica permanecía inalterada.

Fue necesario el espectacular y desafortunado fracaso de la Primavera Árabe, ampliamente publicitada como otra «revolución» de Facebook o Twitter, para sembrar dudas en la mente de los observadores. A partir de estos acontecimientos se derivan dos tipos de críticas. Una, que opera principalmente en la crítica cultural de los medios, ha tratado de identificar los factores que produjeron la cobertura excesivamente optimista del uso de los medios digitales, por parte de las fuerzas sobre el terreno, formulando el resultado de décadas de movilización social a través de diversos movimientos políticos, como fue el caso en Egipto, como el resultado casi espontáneo de un llamamiento a la acción a través de grupos de Facebook. No es necesario aquí sacar conclusiones sobre la influencia de las herramientas digitales en el resultado de las protestas; lo realmente importante es destacar los factores que hicieron que los observadores extranjeros vieran los acontecimientos a través de una lente que otorgaba una importancia excesiva a Facebook y Twitter.

Pero eso no era necesariamente negativo; la obsesión de los medios occidentales con las redes sociales probablemente también ayudó a llamar la atención sobre algunas causas políticas bastante exóticas que nunca habrían podido recibir una cobertura adecuada si no se las hubiera catalogado como una «Revolución de Facebook». Nadie sabe con certeza hasta qué punto puede durar este tipo de fetiche con las redes sociales —se podría decir que ya está en declive—, pero también es innegable que muchos movimientos y causas se han beneficiado mucho de la malsana fascinación de los medios con las herramientas y plataformas digitales (para algunos, sin embargo, tuvo un coste enorme, como por ejemplo, descubrir las entidades detrás de la campaña «Stop Kony» de Twitter, que tenía como objetivo de atrapar al famoso caudillo Joseph Kony, que atrajeron a millones de personas a su causa).

El otro tipo de crítica proviene, básicamente, de consideraciones estratégicas sobre las ventajas y desventajas de: a) poner las necesidades de las redes sociales por encima de las necesidades organizativas y b) integrar a muchos seguidores entusiastas, pero poco fiables políticamente, encontrados a través de las redes sociales en una operación política más amplia detrás de un movimiento o una causa. El problema con las redes sociales es que, al reducir los costes para unirse a una campaña, se dificulta el ejercicio de un control editorial amplio sobre la dirección de las campañas y las protestas.

La fuerte descentralización que brindan las plataformas digitales podría haber dificultado las actuaciones estratégicas, incluso si ha permitido difundir concienciación sobre causas particulares y atraer a los nuevos partidarios. Sin embargo, a falta de tareas concretas bien formuladas, destinadas a los recién llegados, no resulta obvio cómo podrían ayudar exactamente, y sin tareas inmediatas que puedan estimular un sentimiento de pertenencia y solidaridad, resulta difícil retenerlos a largo plazo. En ocasiones pueden donar dinero o pueden pulsar el «like» en Facebook y Twitter, pero tales contribuciones, ¿realmente valen la pena? El fracaso final de la Primavera Árabe fue decididamente trágico —y algunos podrían argumentar que todavía estamos viendo sus últimas consecuencias en Siria o Yemen—, así que hubo poco tiempo para las conclusiones relevantes a partir de esa experiencia.

No obstante, parece lógico preguntarse hasta qué punto habrían sido más eficaces algunos movimientos sociales y políticos si no profesaran una fe casi ciega en la capacidad del «modelo internet», una fe que encuentra su expresión en consultas persistentes, como si pudiésemos ejecutarlo todo, como si fuese Wikipedia, para resolver contradicciones sociales y políticas que vienen de antiguo. Esto, por supuesto, no significa negar que las redes sociales podrían marcar y han marcado una diferencia; pero deberíamos preguntarnos si el problema principal de la eficacia del activismo digital es que insiste en sacar conclusiones amplias de «internet» para luego remodelar la realidad política en consecuencia. Pero ¿qué ocurre si esas lecciones son ilusorias, en el mejor de los casos, y si el emparejamiento entre el modelo de internet y el mundo real no es tan estrecho como creemos?

El activismo digital, por supuesto, no se limita solo a los disidentes y a los movimientos antisistema; en todo caso, el gran cambio de la última década ha sido la forma en que se ha generalizado; herramientas y técnicas que anteriormente estaban reservadas a movimientos sociales bien organizados, ahora las usan grupos mucho más amplios de personas y para causas que difícilmente pueden considerarse revolucionarias. Desde boicots de bienes de consumo hasta recaudación de fondos para reparar una infraestructura de la ciudad, tales campañas —impulsadas por el bajo coste de organización y un alcance amplio e inmediato, casi totalmente garantizado gracias a su exposición a través de plataformas como Facebook y Twitter— se han convertido en un aspecto normal de nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, se está produciendo un cambio importante en la profundidad y la dirección del activismo digital, especialmente de su variedad cotidiana más local. El compromiso cívico también ha sido redefinido: nos estamos alejando del ideal político republicano de un público completamente comprometido y en deliberación permanente y nos estamos aproximando al de una ciudadanía algorítmica totalmente automatizada, de bajo coste y bajo ancho de banda. En este nuevo modelo, no se espera que participemos regularmente en importantes debates políticos locales; se supone que, simplemente, la gente no tiene ni tiempo ni ganas de tales insignificancias.

Por el contrario, lo que se espera es poder aprovechar una red altamente sofisticada de sensores y algoritmos que está surgiendo a nuestro alrededor, debido, principalmente, al surgimiento del internet de las cosas y la ciudad inteligente, con el fin de informar silenciosamente de algunos de los problemas con los que nos enfrentamos, con la esperanza de que, una vez comunicada a las autoridades pertinentes, dicha información podría hacer innecesaria gran parte de la política tradicional. Pensemos, por ejemplo, en aplicaciones que interactuan con nuestros teléfonos móviles para monitorizar el estado de las carreteras cuando conducimos e informar de cualquier bache a nuestro municipio. Desde el punto de vista del aumento de la calidad de vida al menor coste posible, es una gran mejora: ¿por qué deberíamos desperdiciar nuestra energía cognitiva para informar sobre baches?

La desventaja, sin embargo, también es muy evidente: al automatizar gran parte del pensamiento deliberativo y causal sobre por qué tenemos baches: ¿es porque los presupuestos municipales se han reducido?, también nos vamos separando de la política tradicional, especialmente de su preocupación por las cuestiones relacionadas con la justicia (esa preocupación en sí siempre ha sido la forma de articular una narrativa histórica causal que explique de dónde provienen nuestros problemas).

No hay respuestas fáciles: podría ser perfectamente que el futuro del «activismo digital» sea precisamente esta forma peculiar de hacer política, totalmente automatizada y basada en sensores, en la que todo lo que se requiere de nosotros como ciudadanos es activar nuestros teléfonos en el modo «siempre encendido / siempre grabar» o dar licencia para compartir los datos que generamos a las autoridades pertinentes, etc. Si bien puede haber algunas cuestiones éticas interesantes en torno a tales prácticas, parece que un giro hacia ese activismo digital totalmente automatizado podría conducir, al mismo tiempo, al empobrecimiento moral y político de los propios activistas.

La tendencia social más amplia que apoya estos desarrollos es que los objetivos y las razones de narrar históricamente nuestra experiencia común, a menudo «colgándola» en una columna vertebral común de causalidad que vincula nuestro estado más actual con una serie de antecedentes, están dando lugar a una agenda pragmática de la gestión de los efectos de nuestros propios problemas. El big data por ejemplo, sigue siendo relativamente impotente cuando se trata de buscar relaciones causales profundas, mientras que el crowdfunding y varios instrumentos, que componen los kits de herramientas de «tecnología cívica», han hecho que sea mucho más fácil mantener los problemas bajo control, incluso sin intentar identificar y resolver sus causas originales.

De ahí el inconveniente de gran parte del activismo digital contemporáneo: se trata principalmente de un activismo dirigido a corregir los efectos de problemas sociales y políticos existentes, en lugar de resolverlos a un nivel más profundo y más esencial. Sin embargo, existe una gran diferencia entre la política digital que trata, fundamentalmente, de encontrar formas más eficaces de adaptarse a los problemas que nos rodean —por ejemplo, a través del crowdfunding, el intercambio de tareas, la instalación de sensores que prometen más eficiencia, etc.— y la política digital que busca eliminar por completo dichos problemas.

Esto nos lleva a otros asuntos problemáticos relacionados con el activismo digital: ¿cómo no va a convertirse en víctima de su propio éxito? En otras palabras, cuando hay tantas herramientas para engancharse al mundo digital, cuando los costes para hacerlo son tan bajos, cuando las capacidades requeridas para conseguirlo también son mínimas, ¿cómo se opta por un conjunto de herramientas y estrategias que tengan un considerable impacto a largo plazo? ¿Cómo se puede resistir la tentación de tomar el camino fácil de la firma de peticiones en Facebook o la recaudación de dinero online en lugar de articular una estrategia más ambiciosa y, con suerte, con mayor capacidad de transformación?

Esta pregunta tiene, hasta cierto punto, una respuesta muy sencilla: para eso está el liderazgo. Al menos así solía ser: los movimientos sociales, aunque estuvieran descentralizados, contaban con un cerebro compuesto por diversos de miembros juiciosos y experimentados, elegidos democráticamente y de confianza para el resto del movimiento. Dicho cerebro del movimiento es el que, supuestamente, debía pensar en las tácticas y estrategias más adecuadas, optimizando el uso de herramientas en función de sus costes y oportunidades a largo plazo.

Pero el liderazgo no es un problema tan fácil de resolver en el ámbito del activismo digital. La mayoría de estos movimientos, en la medida en que la palabra «movimiento» pueda aplicarse a esas redes, muchas de las cuales son efímeras, pueden contar con caras visibles, personas fotogénicas que, habiendo participado en algunas campañas anteriores desde el principio, pueden presentarse en la CNN o en la BBC para explicar las razones del movimiento. Pero ser un portavoz, por muy importante que sea dicho papel, no es lo mismo que ofrecer una orientación estratégica genuina que ayude a elegir entre actuaciones alternativas. El problema, a menudo, se ve agravado por el hecho de que muchos de estos movimientos rechazan explícitamente que puedan tener un líder y prefieren definirse como organizaciones completamente descentralizadas y sin estructura alguna.

No todo el activismo digital contemporáneo es pasivo, por supuesto. Las últimas décadas han sido testigos no solo de una inmensa caída de los costes para ponerse en contacto con nuestros pares, sino también, por ejemplo, del lanzamiento de ciberataques sofisticados. Iniciados por movimientos como Anonymous, tales medidas «hacktivistas» se han convertido en una característica casi permanente del paisaje digital contemporáneo, con muchas plataformas online y webs importantes en ocasiones retenidas como rehenes por oleadas de ciberataques devastadores.

Muchos de esos ataques están vinculados a causas políticas diversas, y a menudo se llevan a cabo bajo la bandera del patriotismo; por lo tanto, son particularmente frecuentes en tiempos de conflicto geopolítico, como sucedió, por ejemplo, con los primeros casos importantes de tales ataques (Rusia contra Estonia y, más tarde, Rusia contra Georgia). En cierto sentido, a menudo combinan una actitud política activa —muchos de estos ataques son claramente ilegales y las personas que participan en ellos están claramente comprometidas con la causa— con bajos costes y poco compromiso; normalmente, uno participa en tales ataques simplemente prestando el ancho de banda y la potencia de computación. Con el avance de la digitalización, la llegada del internet de las cosas y la ciudad inteligente, solo podemos esperar que tales ataques se intensifiquen: por un lado, hay muchos recursos importantes a los que apuntar, y por otro, hay muchos más dispositivos que pueden participar en el lanzamiento de dichos ataques.

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Un fenómeno análogo es el aumento de lo que algunos investigadores denominan «propaganda computacional»: se trata del despliegue de bots, big data y algoritmos para difundir noticias falsas y otros tipos de propaganda, casi siempre con fines abiertamente políticos. Entre las consecuencias inesperadas de la revolución digital, sorprendió el descubrimiento de que la producción de propaganda, frente a la profunda crisis de rentabilidad de la industria de noticias tradicional, también se democratizaría. Los tipos de actividades de propaganda, hasta entonces reservadas a los gobiernos, ahora se pueden llevar a cabo a bajo coste y con gran eficacia, especialmente si se combinan con fotos, vídeos y otros tipos de contenido para la transmisión fácil de memes.

Al igual que en el caso de los ataques DDoS, suele haber una dimensión patriótica que impulsa este fenómeno; por lo tanto, no es raro que los movimientos de abajo arriba y altamente descentralizados que apoyan una causa geopolítica particular, favorecida por su gobierno, aprovechen sus habilidades en las redes sociales para impulsar contenido de propaganda profesional producido por los medios tradicionales de dicho gobierno. El término de «propaganda computacional» no debería distraernos del hecho de que muchos de los bots responsables de producirla están programados por alguien; en cierto sentido, este es el equivalente en el terreno de la propaganda de los ataques DDoS distribuidos: personas aburridas, pero apasionadas por las altas tecnologías, que prestan sus destrezas y aprovechan el poder de los ordenadores para orientar argumentos políticos de una forma u otra.

El tremendo éxito online de la campaña de Trump, por ejemplo, debe mucho no solo al trabajo sigiloso llevado a cabo por Cambridge Analytica, sino también al trabajo voluntario ad hoc, realizado en nombre de la campaña, en sitios como Reddit o 4Chan. Parte de él debió de parecer trivial o de aficionados en ese momento, y apenas fue más allá del meme donde comenzó, pero probablemente terminó teniendo en conjunto más impacto del que le atribuimos. Por ejemplo, todavía es relativamente difícil evaluar los daños causados por técnicas como el «secuestro de hashtag», donde las conversaciones online centradas en un tema preciso son secuestradas por los oponentes e inutilizadas mediante la inyección constante de spam o cualquier otro material dañino.

Las tácticas antes mencionadas (ataques DDoS y propaganda computacional) conllevan enormes costes de reputación para los desafortunados objetivos que reciben dichos ataques. Como era de esperar, esto ha llevado a nuevos tipos de ofertas de seguros que muchas compañías e incluso instituciones públicas están empezando a contratar, desde el seguro reputacional que garantizará la ayuda inmediata de los profesionales de relaciones públicas para tratar de compensar cualquier daño en la reputación, hasta el ciberseguro que pagará una indemnización en caso de que los ciberataques interrumpan el flujo comercial habitual o provoquen filtraciones de datos.

A diferencia de las tácticas anteriores, perfeccionadas y practicadas por muchos movimientos activistas, desde boicots de consumidores hasta el bloqueo de entradas a sedes corporativas o depósitos estratégicos, la nueva serie de intervenciones permite una participación remota, barata y bastante modular: las tareas asignadas a los participantes pueden ser únicas, mientras que estos pueden unirse desde cualquier parte del planeta. Es poco probable que este nuevo dolor de cabeza para las corporaciones y las instituciones públicas desaparezca pronto; en todo caso, con el auge de la inteligencia artificial es probable que veamos ejemplos aún más sofisticados de dicho sabotaje algorítmico, básicamente porque también ayuda a llamar la atención de los medios sobre la causa.

No es raro que las empresas movilicen a los usuarios sobre cuestiones que afectan a sus intereses comerciales.
Al examinar los cambios en el panorama de los medios digitales desde una perspectiva histórica, es difícil pasar por alto una gran diferencia entre 2017 y, por ejemplo, 2000. Actualmente, resulta obvio que gran parte del activismo digital, especialmente acciones dirigidas a movilizar multitudes con algún objetivo, depende de la benevolencia de las llamadas «plataformas digitales» como Facebook y Twitter. El activismo digital nunca se ha visto tan intermediado por estas empresas; sus algoritmos crean o ponen fin a ciertas causas, ayudando a desviar la atención de la audiencia global que controlan. Hay muy poca transparencia en este proceso y poco se puede dar por sentado: algunas causas y campañas pueden tener un éxito fenomenal, mientras que otras pueden fracasar o incluso desaparecer por completo si van contra las reglas, explícitas o implícitas, adoptadas por la plataforma.

Y no son únicamente los movimientos sociales o las ONG los que ven a Facebook como la infraestructura digital por defecto para su labor de difusión; los partidos políticos también dependen cada vez más de ella, algo que probablemente lamentarán pronto. Sin embargo, dada la frecuencia de los ciberataques y el papel que ahora desempeñan instrumentos como la inteligencia artificial para ayudar a protegerse de ellos, no es obvio que los partidos políticos puedan, ellos solos, construir sus propias plataformas y sistemas operativos para la comunicación interna: dada la falta de correspondencia entre su propia experiencia en seguridad cibernética y la de Facebook, es posible que finalmente prefieran la salida más fácil y acepten tácitamente el hecho de que ya no controlarán su propia infraestructura digital.

Además, no es raro que estas empresas movilicen a los usuarios sobre las cuestiones que afectan a sus propios intereses comerciales. Por lo tanto, Facebook o Uber, así como los Google o Wikipedia, no dudaron en alertar a sus usuarios cuando era inmimente alguna forma de regulación gubernamental no deseada. Dichos avisos puramente consultivos van acompañados de llamadas y oportunidades para la acción, solicitando a los usuarios que firmen una petición o que su representante político sepa cuál es su postura sobre el tema, todo con solo un clic del botón. Esto, por supuesto, plantea preguntas espinosas sobre la neutralidad de las plataformas en las que se realiza el activismo digital, ya que movilizar a grandes multitudes en apoyo de un problema determinado es mucho más fácil para, digamos, Uber o Airbnb que para el municipio que está tratando de regularlos.

En general, gracias a la digitalización continua de todo, la esfera política se ha vuelto mucho más accesible para las fuerzas sociales, incluidas las antisistema, que anteriormente se quedaban en la periferia. Esto no implica necesariamente que las consecuencias de tal «democratización» sean negativas; también podría conducir a un saludable «rejuvenecimiento» de la esfera pública. Hay, sin embargo, varios factores adicionales, incluido el creciente papel de las plataformas digitales en la intermediación de la mayoría de nuestras actividades online, que no parecen ser un buen augurio para el futuro de la política en el ámbito digital.

La prueba principal de la eficacia del activismo digital radica en saber si, en los próximos diez años más o menos, surgirá una forma de traducir la inmensa cantidad de energía online que se puede cosechar en todo el mundo en planes de acción sostenibles y profundamente transformadores. Para ello tendremos que reconsiderar lo que significa liderar en una era de descentralización, pero también, probablemente, nos haga cuestionarnos cuánto poder nos gustaría continuar delegando en los gigantes digitales. Por otro lado, el más siniestro futuro es aquel en el que, al no encontrar ese camino, nos conformemos con el tipo de activismo digital de baja intensidad pero graves daños que hoy representan los ataques DDoS y las diversas formas de propaganda computacional. Esto no solo sería un giro destructivo de los acontecimientos, sino un tremendo desperdicio de recursos online que podrían aprovecharse para resolver muchos de los más grandes problemas del mundo.

Fuente: Evgeny Morozov

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