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Aspectos Filosóficos de la Divina Comedia

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Aspectos Filosóficos de la Divina Comedia

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Aspectos Existenciales y Religiosos de la Obra de Dante

En la literatura se ofrece, a través de tres obras concretas de Dante -la Vita Nova como la gran obra de su juventud, el Convivio como la gran obra de su madurez y la Commedia como la gran obra de su madurez-, un relato, no sólo de la evolución de Dante como poeta y filósofo, sino de su presencia continua entre nosotros como guía para el bienestar del hombre en cuanto hombre.

Comprometido como estaba con el bienestar no sólo de sus contemporáneos, sino de aquellos “que considerarán este tiempo como antiguo”, el de Dante es en este sentido un discurso que abarca los siglos, un discurso que le confirma en su estatus, no sólo como icono cultural, sino como compañero de viaje.

Importancia de Dante

En realidad, por varias razones: para el teólogo, por su proceder en términos, no de la proposición pura y simple, sino de la agonía y el éxtasis del viaje espiritual, del yo-mismo ansioso respecto a su vuelta a casa como criatura de responsabilidad última; para el filósofo, por su particular marca de aristotelismo cristiano y de la posibilidad que éste ofrece de una forma única de felicidad propiamente humana aquí y ahora; y para el retórico por su sentido de la palabra como la forma inteligible de esta o aquella instancia del ser específicamente humano en acto y de la imagen no como una cuestión de elaboración o adorno con respecto al sentido llano del texto, sino como un primer puerto de escala cuando se trata de exponer el cómo está y cómo le va al individuo (el “wie einem ist und wird” de Martin Heidegger) en el punto de perderse y encontrarse a sí mismo.

Pero hablar así de lo que equivale a las preocupaciones de alto nivel del texto -a una puesta en escena de la cuestión teológica, es decir, en términos del yo-mismo más o menos ansioso, de las preferencias filosóficas del momento, y de la palabra y de la imagen como aquello por lo que el individuo se conoce a sí mismo y es a su vez conocido en la verdad de su presencia en el mundo como criatura de determinación moral e intelectual- es ya apuntar a 2 lo que realmente y en última instancia importa del enunciado dantesco, a saber, su toma de cada inflexión específicamente cultural del espíritu en una meditación sobre el ser positivo allí del individuo en la plenitud de su propia humanidad. A falta de esto -de este compromiso con el estar ahí del ser en la plenitud de su propia humanidad y con esto como la causa primera y final de todo esfuerzo espiritual- el texto vive como una cuestión meramente de interés histórico, como el producto más o menos predecible de sus circunstancias inmediatas. Sensible, en cambio, a -como dice el propio Dante en un momento- la “emergencia de la mariposa” de quien dice “yo”, trasciende enseguida esas circunstancias en favor de algo aún más resplandeciente, de un encuentro nada menos que vivo con todos aquellos -pasados, presentes y aún no nacidos- comprometidos en el punto de interés último.

Dante: ¿Quién, qué, dónde y cuándo?

Pero con esto nos estamos adelantando, porque aunque sólo sea para honrar el tipo de alteridad que siempre y en todas partes entra en la igualdad como condición de una buena conversación, necesitamos detenernos un momento en el propio Dante, en el quién, el qué, el dónde y el cuándo de su propia presencia en el mundo.

Dante nació en Florencia en 1265, bajo el signo de Géminis, en el seno de una familia de güelfos blancos de antigua y acomodada posición económica, aunque en los últimos tiempos más modesta. De su infancia y primera educación tenemos poco que contar, salvo por vía de la inferencia y la probabilidad: de inferencia en el sentido de un niño sin duda más receptivo de lo normal a las vistas y sonidos tanto de la ciudad como del campo florentino y de que esto hace a su vez una viva imaginación y amor por el mito y la creación de mitos, y de probabilidad en el sentido de una iniciación preliminar en el área de la lectura, la escritura y la aritmética con acceso más adelante a textos como la Disticha Catonis o el Liber Esopi o la Elegia de Arrigo Settimello como parte igualmente de un currículo elemental.Si, Pero: Pero más decisivo aún, ciertamente con el paso del tiempo, fue el encuentro personal, la presencia ante él del poeta, 3enciclopedista y dignatario cívico Brunetto Latini y del poeta y filósofo Guido Cavalcanti, el primero respecto a un cierto tipo de prehumanismo o encuentro preliminar con los poetas, el primero en lo que respecta a un cierto tipo de prehumanismo o encuentro preliminar con los poetas, filósofos y retóricos de la antigüedad, y el segundo en lo que respecta tanto al estilo como al fondo de la versificación en lengua vernácula, tanto a la responsabilidad de la forma con el contenido dentro de la economía del conjunto como a la naturaleza precisa del amor en su doble sustancia y psicología. Pero, en lo que respecta a su formación como espíritu filosófico, no fue todo, ya que tras la muerte de Beatriz en junio de 1290 (cuestión a la que llegaremos en su momento) buscó consuelo en las escuelas teológicas de Santa Maria Novella, de Santa Croce y, al otro lado del río, de Santo Spirito, cuyos sermones, conferencias y disputas -de carácter dominicano, franciscano y agustiniano, respectivamente- sirvieron para seguir moldeando y fundamentando su cada vez más compleja espiritualidad.

Mientras tanto, los acontecimientos se sucedían a buen ritmo en los frentes doméstico, militar y cívico.Entre las Líneas En el ámbito doméstico, la muerte de su madre Bella, entre 1270 y 1275, y la de su padre Alighiero, en 1280 o 1281, por lo que la responsabilidad de la hacienda, tal y como era, recayó principalmente en el propio Dante, aunque en un Dante generosamente asistido en este sentido por su hermano Francesco, un amigo necesitado en todas las etapas del camino. Además, en enero de 1277 se comprometió con Gemma Donati, de la poderosa familia de los Güelfos Negros de Florencia, con la que se casó posiblemente en 1285 y con la que tuvo tres o quizá cuatro hijos: Pietro, Jacopo, Antonia y, también quizá, un Giovanni como primogénito.Entre las Líneas En el frente militar, por el contrario, se produjeron las acciones gemelas de Caprona y de Campaldino hacia el final de esa misma década, la primera de las cuales proporcionó parte de la imaginería marcial del Infierno y la segunda, según una carta que ya no existe pero que ha sido vista por Leonardo Bruni, marcó el comienzo, dice Dante, de toda su desgracia en el escenario político de Florencia. Sin embargo, es más evidente que el comienzo de esa desgracia fue su inscripción, probablemente en 1295, en el Gremio de Boticarios y Médicos como primer paso para formar parte de los consejos de gobierno de la ciudad y, hacia 1300, del propio priorato como su órgano legislativo supremo, momento en el que, sin embargo, se vislumbraba más que nunca la perspectiva de un golpe de Estado de los Güelfos Negros con la ayuda y la complicidad del papado y de la Casa de Anjou. Las versiones sobre el paradero exacto de Dante durante la incalificable violencia de noviembre de 1301 varían, pero sea como fuere debió de huir de la ciudad a finales de enero de 1302, ya que para entonces había sido condenado en rebeldía, entre otras cosas, por fraude en el ejercicio de un cargo público y, en marzo del mismo año, a ser quemado vivo en caso de ser apresado en suelo florentino.

El exilio para Dante, como tal vez lo sea siempre, fue una experiencia poco menos que agónica, en la que cada inflexión sucesiva del espíritu se ve matizada en el mismo momento por su contrapartida polar: el heroísmo por un sentimiento de humillación y de desesperanza, la resolución por la resignación y la resistencia por un atisbo de arrepentimiento, todo lo cual hace que en otro nivel de conciencia resurja el valor y la necesidad de definir de nuevo las razones de su existencia. Aun así, sostenido, al menos por el momento, por las esperanzas de un rápido regreso gracias a los buenos oficios del cardenal Nicolò da Prato como pacificador, se retiró a Verona, donde fue acogido por Bartolomeo della Scala como destacado entre sus mecenas en el exilio.Si, Pero: Pero la administración de los Güelfos Negros en Florencia estaba más que a la altura del plan del cardenal para una administración más inclusiva, Dante por su parte, habiendo conferenciado en vano con sus colegas en Arezzo en relación a una rápida resolución de todo, haciendo su solitario camino de vuelta a los Scaligeri en Verona. Es cierto que las aventuras imperiales de Enrique VII de Luxemburgo ofrecían una nueva posibilidad de retorno, pero su ingenuidad en relación con las intrigas cívicas italianas y, sobre todo, florentinas, su casi asombrosa falta de preparación y su muerte en agosto de 1313 hicieron que todo quedara en nada, y que Dante regresara de nuevo a Verona como invitado, esta vez, de la Cangrande della Scala, noblemente alabada en el Paradiso. También es cierto que los florentinos le ofrecieron algo parecido a una amnistía en el transcurso de 1315 (“algo parecido” en el sentido de que aquí no se menciona a Dante por su nombre), una oferta que, habiendo redefinido a estas alturas los parámetros de su existencia (el “no puedo contemplar en ninguna parte la faz del sol y de las estrellas” de su respuesta a la oferta), rechazó como indigno tanto de su nombre como de su sufrimiento. Por lo tanto, en poco tiempo, y por invitación del amable Guido Novello, encontró un nuevo hogar en Rávena, donde hasta la hora de su muerte en 1321 fue honrado como poeta, erudito y diplomático, y reconfortado por la presencia ante él de al menos algunos de sus familiares.

Volviendo, pues, -pero por el momento con una brevedad comparable- a su realización como poeta, filósofo, pedagogo y profeta por turnos, y de hecho últimamente en un mismo momento, podemos empezar diciendo que, habiendo experimentado en la tradición de la versificación sículo-toscana que se remonta a la corte de Federico II de Hohenstaufen en Palermo, Dante, en la primera de sus obras mayores -la Vita nova, que data, según una cronología ideal, de algún lugar entre 1293 y 1295-, se decantó por un prosimetrum destinado, a través de su componente en prosa, a aclarar las circunstancias y el significado de algunos, al menos, de sus poemas líricos.Entre las Líneas En apariencia -y a las razones profundas de la Vita nova como meditación sobre la naturaleza y la finalidad del amor como principio de autotrascendencia radical por parte del amante consciente volveremos en un momento- el texto ofrece un relato de la experiencia de Dante con Beatriz como, precisamente, portadora de bendiciones, y esto desde su primer encuentro con ella cuando era niño hasta, y más allá, su muerte prematura en 1290. Primero, pues, el encuentro infantil y juvenil y el primer saludo de Beatrice al poeta, un encuentro marcado desde el principio por el temblor e incluso por el trauma de todo ello y, sin embargo, al mismo tiempo por el éxtasis y el poder transformador de la presencia epifánica. Sin embargo, a raíz de un momento de incomprensión (Dante había recurrido a la estrategia de las “damas de pantalla” o figuras intermedias para mantener un decoro adecuado), Beatriz consideró oportuno negar su saludo, momento en el que Dante, confundido por el poder del amor tanto para deleitar como para angustiar, se dedicó a repensar todo el asunto, a redefinir el amor como una cuestión no tanto de adquisición como de disposición, de -precisamente a modo de elogio como una cuestión de estar en presencia del otro y de lo más grande que uno mismo- conocerse a sí mismo en la sustancia cada vez más amplia del yo. La idea, sin embargo, era más fácil de contemplar que de vivir, ya que apenas murió Beatrice, las semillas de la tentación fueron sembradas por la visión de una persona que lo miraba con bondad, por una “donna gentile” o “graciosa dama de la ventana” que aparecía en su compasión para ofrecer la posibilidad de una felicidad sustituta, de, más exactamente (ya que la psicología de todo esto es muy compleja), un camino de vuelta a Beatrice en la carne. Una vez más, pues, el de Dante era un estado de confusión espiritual, una crisis de conciencia que sólo admitía una resolución mediante una nueva visión de Beatrice en la gloria y un compromiso firme de no hablar más de ella hasta que el aprendizaje, la sabiduría y una visión más completa del significado de todo ello fueran propiamente suyos.

La de Dante, por tanto, fue desde el principio una exploración tanto de la dialéctica como de la sustancia profunda de su experiencia como poeta y filósofo, la primera de estas cosas, el componente dialéctico de su espiritualidad, disfrutando de una vigorosa expresión en las llamadas rime petrose o “rimas pétreas” de la parte media o alrededor de la década de 1290. Aquí, ciertamente, se trata del triunfo de la posesión sobre la disposición, la dificultad ya imposible y la intratabilidad de su amor que sólo hace posible su resolución violenta hasta el punto de ser orgiástica, para una imposición más o menos violenta de sí mismo sobre la madonna como la causa de su frustración y desesperación. No menos comprometidos, sin embargo, y, con ello, no menos elocuentes son aquellos rimes ahora específicamente morales que datan de casi la misma época y que buscan un poco a la manera de Brunetto Latini para educar a los lectores elegidos por Dante en los caminos y medios de la verdadera nobleza y la elegancia social, ensayos, estos, en la sustancia civilizadora de la línea poética y destinados a encontrar eventualmente su camino en el lamentablemente incompleto Convivio o Banquete de sus primeros años en el exilio.

La inconclusión del Convivio, una obra que data, en una cronología nuevamente ideal, de alrededor de 1304 a 1307 y que, según su propio relato, es una respuesta a la catástrofe de ese exilio, es de hecho la esencia, porque aquí especialmente la tensión generada por las sucesivas y de hecho simultáneas lealtades espirituales de Dante -por, en resumen, su compromiso tanto con una especie de idealismo filosófico que hace una resolución extática de sí mismo en el plano de la visión, la comprensión y el deseo como, en el mismo momento, con una especie de peripatético que hace un acortamiento abrupto de la perspectiva espiritual- se mueve en el centro del escenario, y su magnanimidad se rinde finalmente a la fragilidad del proyecto, a un hundimiento del texto sobre sus propios énfasis principales.Entre las Líneas En apariencia, pues, lo que tenemos aquí no es más que una realización parcial de la idea original, sólo cuatro libros de los quince previstos en un principio, pero cuatro libros que palpitan, no obstante, con una inconfundible energía dantesca, con un compromiso inquebrantable con la urgencia del asunto que nos ocupa. Así, el primer libro es perfectamente exquisito, con su firme compromiso -como sugiere el propio Dante en sus momentos crepusculares- de alimentar de nuevo a los cinco mil, a esos “muchos hombres y mujeres de esta lengua nuestra agobiados por los cuidados domésticos y cívicos” y que, en esa medida, viven alejados de su propia humanidad. No menos urgentes, sin embargo, cuando se trata del mencionado idealismo filosófico, son los libros II y III, donde se trata ahora de la filosofía entendida como el amor de la sabiduría covalente y consustancial a la divinidad y como haciendo en el hombre una asimilación radical de la criatura al creador, para una nueva confección de la primera a semejanza e imagen de la segunda. Y, finalmente, como primer plato del banquete de Dante (todo lo demás no es más que un entremés), en el Libro IV se presenta la verdadera naturaleza de la nobleza, de la gentileza como una cuestión no tanto de riqueza, modales y linaje social, sino -a la manera del cielo nocturno como anfitrión de sus muchas estrellas brillantes- de la inclusión de toda virtud moral e intelectual en el hombre, de todo esfuerzo discreto del espíritu. Sin embargo, con el ascenso de Aristóteles, si no como el fundador, sí como el finalizador de todo el arte y la ciencia de la filosofía moral, la dificultad y, con ella, la imposibilidad final del Convivio como expresión estable de la compleja espiritualidad de Dante se presenta como un objeto de contemplación, el Convivio -el Convivio de alma grande- que vive en anticipación de algo aún más grande.

Sin embargo, si por magnanimidad o “alma grande” del texto entendemos su preocupación no tanto por la idea pura y simple como por aquellos a los que esa misma idea está presente como principio del bienestar propiamente humano y, por tanto, de la felicidad propiamente humana, entonces lo que se aplica al Convivio se aplica también al De vulgari eloquentia, idealmente contemporáneo, y a la Monarchia, que data probablemente de mediados de la segunda década del siglo XIV, de -probablemente- 1314 o 1315.

Si tomamos como punto de partida el De vulgari eloquentia, nos encontramos de nuevo con otro texto incompleto en virtud de su carácter incompleto, de su progresiva superación por la sensibilidad lingüística y literaria más amplia e inclusiva de la Commedia, tal y como se estaba configurando en la mente de Dante.Entre las Líneas En primer lugar, en el Libro I, viene el aspecto lingüístico de su meditación, su alcance a través de (a) un sentido ahora seguro de la nobleza única de -frente al latín- la lengua vernácula como el medio primario y connatural en el hombre de la inteligencia espiritual, (b) de un relato bien detallado de la diáspora lingüística contingente a Babel y de la geografía lingüística de Europa en su conjunto, y (c) de una nada si no animada revisión de las formas actualmente habladas del italiano a lo largo y ancho de la península para un vulgare illustre o vernáculo ilustre por el que un determinado conjunto de personas en una determinada etapa de su desarrollo socio-político y económico pueda conocerse a sí mismo en lo distintivo de su propia humanidad, en la única italianitas de su propia presencia en el mundo. A continuación, en el Libro II, viene un relato de la forma específicamente poética como una cuestión no de adición o de decoración en lo que respecta al sentido llano del texto, sino más bien como aquello por lo que el aspirante a poeta en el estilo elevado se conoce a sí mismo en la doble verdad y la elevada sustancia de su propia humanidad. Ahora bien, hablar así de una “lengua vernácula ilustre” y del “aspirante a poeta de alto estilo” es subrayar al mismo tiempo la exclusividad de todo ello, de su descarte inmediato de la legitimidad lingüística de todo lo que se acerque a lo meramente local o (como dice el propio Dante) a lo “municipal” y de la legitimidad poética de todo lo que se acerque a lo meretricio o estilísticamente inconveniente, y es precisamente esta exclusividad la que explica y confirma el eclipse del De vulgari eloquentia como la última palabra de Dante en el ámbito del lenguaje y de la estética literaria. Pero, a pesar de todo, su generosidad y su grandeza de espíritu siguen intactas, ya que esta obra, al igual que la Vita nova y el Convivio antes de ella y la 9Commedia después, es un ensayo de ontologización de la materia que nos ocupa, en el que la forma -ya sea lingüística o literaria- se dirige al individuo o al grupo de individuos como aquello por lo que él, ella o ellos pueden estar seguros de su propia presencia como criaturas de un ser y un devenir ordenados.

Más fácilmente interpretable desde el punto de vista de la tradición en la que se inscribe -es decir, de la tradición de la literatura publicista que se remonta a la contienda de investidura del siglo XI, e incluso la supera, y que gira en torno a la relación entre el príncipe y el papa dentro de la economía del conjunto- es la Monarchia, concebida probablemente a raíz de la muerte de Enrique VII en agosto de 1313 y perteneciente, por tanto, a los años centrales de esa década.Entre las Líneas En su conjunto, la obra constituye un relato nada menos que sostenido de la idea romana pura y dura, de, más exactamente, la necesidad previa y subsistente del proyecto imperial romano como base y garantía de la paz, la piedad y la prosperidad en el conjunto de la cristiandad. Se trata, pues, inmediatamente de la indispensabilidad de la monarquía o del gobierno de uno para la propia perfección del hombre en cuanto hombre, para (en lo que se refiere a la sociedad en su conjunto) la total actualización del intelecto posible o de su poder colectivo para el entendimiento ordenado y (en lo que se refiere al individuo) el libre paso del ver y del entender al ser y al hacer, al conocerse a sí mismo, es decir, en la libertad de sí mismo. Luego, en el Libro II, viene una declaración no menos sistemática de esa misma indispensabilidad bajo su aspecto romano, Roma no menos que Jerusalén figurando de antemano como el instrumento de la voluntad divina, del plan de Dios para el hombre como una criatura de responsabilidad moral, intelectual y finalmente escatológica. Y finalmente, en el Libro III, llega el momento propiamente polémico de la Monarchia, polémico hasta el punto de ser gladiatorio (expresión del propio Dante en el umbral del libro) en su compromiso (a) con el desmantelamiento paso a paso de las formas y formularios consagrados desde hace mucho tiempo de la conciencia jerárquica papal (pocos de ellos, piensa, (pocos de ellos, piensa, resisten el escrutinio), y (b) a un programa de dualismo político, a la noción de que el hombre tiene por naturaleza dos fines últimos (el temporal y el eterno), dos medios para esos fines (las virtudes morales y teológicas, respectivamente), y, por tanto, dos autoridades -el príncipe y el papa- para confirmarle en su correcto bienestar aquí y en el más allá. Y es en este punto donde la intensidad existencial del texto vuelve a brillar como su sustancia más íntima y permanente, ya que lo que importa en última instancia sobre la configuración precisa del poder principesco y papal en Europa es su función como la entrada y salida del bienestar propio del hombre como hombre, como aquello por lo que tanto el individuo como el grupo al que pertenece, y de hecho la humanidad en su totalidad, podrían regocijarse por fin en la doble plenitud y libertad de su propia humanidad.

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Así pues, llegamos al milagro de la Commedia, un milagro en el sentido de que lo que tenemos aquí, en un solo paso de la mente y la imaginación, es (a) una declaración confesional que se abre a la vez a lo plena e inequívocamente profético, (b) un relato de la sustancia y la psicología del ser humano en las condiciones del tiempo y la eternidad que no tiene parangón en cuanto a potencia y precisión, (c) una escatología ya plenamente inmanente, de modo que lo que el hombre será bajo el aspecto de la eternidad ya lo es bajo el aspecto del tiempo, y (d) una reivindicación final y de hecho triunfante de la imagen como el en-y-por-que de la inteligencia espiritual, como únicamente adecuada al asunto en cuestión. Dante, pues, como protagonista de su propio poema y, por tanto, hablando en primera persona, se encuentra, en medio de sus días, extraviado en un bosque oscuro, perdido el camino recto. Ansioso, por tanto, de escapar a las tierras altas iluminadas por el sol, pero presa de la inexplicabilidad y el temor de todo ello, discierne una figura sombría que resulta ser el gran poeta romano Virgilio que, como él mismo cantor del exilio y el regreso a casa, le convoca a un viaje alternativo: a un descenso a la fosa para contemplar las infinitas formas de traición a sí mismo y, por tanto, de desfiguración espiritual, que no son más que el reverso del poder propio del hombre para autodeterminarse moralmente; a un ascenso al monte Purgatorio para presenciar la lucha del espíritu penitente por afirmarse sobre sí mismo en el plano del amor propiamente humano; y, por último, a una travesía de las esferas circundantes del universo geocéntrico de Dante para encontrar, como fundamento y garantía de su propio ser y devenir, a Aquel que es como la esencia. Mientras que, en cada etapa del viaje, Dante, el protagonista de su propio poema, mira y aprende, Dante, el autor y arquitecto del poema, reconstruye con una potencia y precisión nuevamente perfectas toda la trayectoria de la experiencia humana, poniendo en primer plano la agonía y el éxtasis de todo ello: la desesperación de los que intentan entregarse al proyecto conscientemente inauténtico (la fase infernal del viaje); el trabajo de los que están ocupados en la cosecha de amor, en llevar a casa cada instancia ocasional de amor humano al amor dado con el acto mismo de la existencia (la fase purgatorial del viaje); y la paz perfecta, por no hablar de la alegría perfecta, de los que ahora están seguros en su propia compañía como “criaturas capaces del creador” (la fase paradisíaca del viaje).

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Y finalmente, como testimonio no menos ferviente de la vernacularidad tanto de su propio ser como por extensión -aunque implícitamente- de la vernacularidad del ser humano en general, del papel de la lengua materna como principio no sólo de inteligibilidad sino de autointeligibilidad, tenemos las églogas que forman parte de una correspondencia inaugurada por el erudito y protohumanista Giovanni del Virgilio y que pertenece ya a los años crepusculares de la vida de Dante.Si, Pero: Pero a pesar de la seriedad todavía aterradora del texto, se trata de una seriedad aterradora llevada a la ligera, una seriedad que da testimonio ahora de un estado de autoposesión superlativo. ¿No ha llegado el momento, dice su ilustre corresponsal, de dejar de lado la sustancia, aunque atroz, de sus versos hasta la fecha, en favor de algo bueno y literario en latín, de un relato épico de las hazañas y logros de, por ejemplo, un Enrique VII de Luxemburgo o un Cangrande della Scala, una certeza, éste, para la corona de laurel? Dante, sin duda, estaba impresionado, pero entrando más que nunca en el espíritu de la cosa, él dirá (por cierto, en bucólico y agradable latín), enviar en su lugar diez medidas de leche de lo más selecto de su rebaño -diez cantos, sin duda, del sublime Paradiso-, contentándose mientras tanto con la comida de avena hirviendo suavemente en su rústico tabernáculo:

Entonces yo: “Cuando los cuerpos que fluyen alrededor del mundo, y los que habitan entre las estrellas, se muestren en mi canto, incluso como los reinos inferiores, entonces me alegraré de atar mi frente con hiedra y con laurel, si Mopsus lo permite”. “¿Y qué hay de Mopsus?”, respondió. “¿No ves cómo reprocha a las palabras de la Comedia que todas suenan trilladas en boca de las mujeres, y que las hermanas de Castalia creen que se desprecian al aceptarlas?” Así le respondí; y una vez más leí tus versos, Mopsus. Ante lo cual se encogió de hombros y replicó: “¿Qué hacer entonces para ganar a Mopsus a nuestro lado?” “Tengo”, dije, “una oveja, tú lo sabes, muy querida; tan llena de leche que apenas puede soportar sus ubres; incluso ahora, bajo una poderosa roca, mastica la hierba de la cosecha tardía. No está asociada a ningún rebaño, no está familiarizada con ningún corral, por su propia voluntad siempre viene, nunca debe ser llevada al ordeño. Pienso ordeñarla con las manos listas; de ella llenaré diez medidas y las enviaré a Mopsus. Mientras tanto, piensa en tus cabras indulgentes y aprende a hincarle el diente a las costras obstinadas”. Así cantábamos Melibeo y yo bajo la encina, mientras en nuestra cabaña se cocinaba la cebada. (Traducción mejorable)

–(Égloga II.48-68)

Curso del argumento

El de Dante, sea lo que sea, es un compromiso constante en el plano de la preocupación específicamente cultural, una preocupación constante, es decir, con las cuestiones principales -ya sean de tipo teológico, filosófico, lingüístico o literario-estético- de la época, y una negociación constante con las luces principales de las tradiciones en las que se encuentra. Desde el punto de vista teológico, se trata de su regocijo en los componentes agustiniano, dominicano y franciscano de su espiritualidad, en la psicología y la fenomenología de los viajes lejanos que se pueden rastrear en el obispo de Hipona, en el genio de la exposición ordenada propio de Tomás, y en el espíritu renunciante y reformista de aquellos que, como Francisco, se veían a sí mismos como los últimos representantes de los pobres de Cristo. Desde el punto de vista filosófico, por el contrario, se trata de su regocijo en el tipo de peripatetismo o neoaristotelismo progresivamente decisivo para la sustancia y la estructura de la experiencia humana en su desarrollo momento a momento, mientras que lingüística y retóricamente se trata de su ponderación del poder y la persuasión de la expresión clásica para todo lo que viene a continuación a través de la iniciativa vernácula, esta última, pensó, no carece de nada en el punto de dulce concinnitas.

Pero, a pesar de este compromiso constante en el plano de la preocupación específicamente cultural, lo que tenemos en Dante -y esto es lo que importa ahora- es un acercamiento de cada una de estas cosas, de cada énfasis sucesivo en el ámbito de la teología, la filosofía, la lengua y la literatura, a la cuestión existencial como lo englobante, como el paradero de su propia funcionalidad. Esta situación es discernible en todas partes en el texto y en todas partes decisiva para su interpretación. Es discernible en la Vita nova como la gran obra de los primeros años de Dante, donde se trata del amor propiamente entendido -del amor, es decir, como una cuestión menos de posesión que de alabanza- como aquello por lo que el amante se conoce a sí mismo en el tipo de “transhumanidad” (el “trasumanar” de Paradiso I.70) como sino la propia humanidad en su propio devenir. Es perceptible en el Convivio en su preocupación no sólo, ni siquiera principalmente, por los énfasis rutinarios de la filosofía clásica y medieval precisamente como tal, sino por un amor a la sabiduría que hace que se abogue por una especie más amplia y, de hecho, más auténtica, tanto de autoafirmación privada como colectiva. Es discernible en el primer libro del idealmente contemporáneo De vulgari eloquentia en su búsqueda y establecimiento de una forma ideal de la lengua vernácula italiana como aquella por la que una nueva raza latina se regocija en su propio carácter distintivo, y es discernible en el segundo libro del De vulgari eloquentia en su preocupación, no ya por las argucias del retoricismo clásico y tardomedieval, sino por la expresión poética como medio de un espíritu ahora elevado, como aquello por lo que el aspirante a poeta en el alto estilo se conoce a sí mismo como amado por los dioses. Es discernible en la Monarchia, donde, a pesar de su complexión publicitaria, se trata de Roma en toda su resurrección de los últimos tiempos, como base y garantía de una humanidad plena, libre y floreciente, y es discernible en la Commedia, donde a través de un proceso nada menos que arduo de autoconfrontación, de autoconfiguración y de autotrascendencia, el alma se conoce por fin en su sustancia propiamente extática, su propia aparición en los planos del conocer y del amar.

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Es esto, por lo tanto, esta constante remisión en Dante de lo cultural a lo existencial como asunto siempre y en todas partes de interés último, lo que determina la forma y la sustancia de lo que viene a continuación en estas páginas.Entre las Líneas En primer lugar, pues, y a modo de preparación para un encuentro cercano con el texto propiamente dicho, viene un relato de -tal y como lo entiende el propio Dante- el ser y la mismidad en lo que respecta a: (a) su perfil teológico y ético, (b) las estructuras de conciencia propias del hombre en su intento de llevar a casa lo ocasional a lo ontológico en el plano del ver, c) de una fenomenología del ser, del estado de ánimo de tal o cual instancia del ser específicamente humano como transparente a la verdad de ese ser.

A partir de esto, y constituyendo el asunto principal del libro, viene una meditación sobre la Vita nova, sobre el Convivio y sobre la Commedia como, cada uno a su manera, un ensayo de emancipación óntica, de liberación del ser para la propia plenitud del ser. Y finalmente, como un corolario a primera vista, pero en realidad como algo que entra en la corriente principal del argumento, viene una revisión de la dimensión específicamente lingüística del asunto, el lenguaje, tanto en su elaboración sin adornos como en su elaboración musical y retórica, dando testimonio en el sentido de Dante del estatus de este o aquel hombre o mujer individual como plena e inequívocamente presente en el mundo, como presente para el yo tanto en el punto de actualidad como de inteligibilidad. Sin lenguaje, sin presencia. Sólo posibilidad.

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