Iglesia en la Teología
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Iglesia en la Teología Dogmática en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre iglesia en la teología dogmática que se haya en otra parte de esta plataforma online). d) Sería una equivocación definir la persona, concebida en medio de la comunidad, como una entidad cerrada, preocupada por guardar su carácter singular, porque esta manera de ver y de vivir conduce al repliegue sobre sí mismo y de este modo el individuo se condena a perecer. También él, lo mismo que la sociedad de la que forma parte, debe estar vigilante para guardar una apertura completa hacia lo real, cósmico y celeste.
Así, el hombre no puede considerarse como un espíritu cerrado en una concha corporal vista como una triste prisión. La palabra sarx (carne), empleada frecuentemente por S. Pablo, no significa el cuerpo humano, sino la condición débil y sobre todo culpable de la persona humana (véase en esta plataforma: HOMBRE 11, 1).Entre las Líneas En cuanto al cuerpo, el Apóstol le llama templo habitado y santificado por el Espíritu Santo.
La Iglesia no desprecia ni el cuerpo ni el universo material; y cuando ha predicado «el desprecio del mundo» es en un sentido bien definido, a saber, la repulsa del mundo malvado, corrompido por el pecado y colocado bajo el dominio usurpado del espíritu maligno. ¿Podrían los santos desestimar el cosmos salido de las manos de Dios y destinado, después de la restauración general, a una nueva existencia? (véase en esta plataforma: MUNDO III, 1).
Cuando se establece una oposición entre la Iglesia y el mundo, es preciso prestar atención. La Iglesia está allí para salvar el mundo pecador por la virtud de Cristo y hacerle partícipe de la bienaventuranza y de la gloria; pero, una vez más, esta transformación, que sobrepasa nuestra imaginación, se opera solamente por la victoria de la fe. Ésta, en cuanto corresponde a la voluntad salvífica de Dios, no excluye a nadie de su perspectiva, a ninguna época, a ninguna región, a ninguna raza, a ninguna condición social. La Iglesia es una sociedad en donde se entra desde los cuatro puntos cardinales y en cada uno de sus cuatro muros hay tres puertas de acceso. He ahí la descripción de la Jerusalén que proviene de lo alto, según el Apocalipsis. No es necesario añadir nada para completar esa descripción, excepto un solo punto: sobre los umbrales de las doce puertas se encuentran grabados los nombres de los doce apóstoles del Cordero (Apc 21,9 ss.). La ciudad celeste establecida sobre la tierra, la profecía lo dice también, debe crecer y desarrollarse, santificarse cada vez más y extender su amplitud, porque es un ser animado, aun cuando la comparación con una ciudad no evoque directamente todos estos aspectos. Desde este punto de vista, la comparación del cuerpo es más expresiva.
Estos aspectos de crecimiento y de progreso en la santidad pertenecen a la naturaleza de la 1. que es viva. No hay descripción aceptable para ella si se guarda silencio sobre el trabajo pastoral (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), cuya fuerza la constituye la dulzura caritativa. La pastoral engloba la educación religiosa y moral, la catequesis regular y la espiritualidad; se abre también al esfuerzo ecuménico por la unidad entre todos los cristianos y a la empresa misionera, concebida y realizada para unir en el redil a todas las ovejas dispersas por el mundo. Separar la dogmática de la ética y de la piedad es una división nefasta. Reconozcámoslo: los manuales De Ecclesia de la época precedente en su gran mayoría apenas rozan el tema del ecumenismo y de la misión, no tienen ningún capítulo sobre los laicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), ni sobre los carismas (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), ni sobre el sentido de la fe (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) del pueblo cristiano, y conceden poca acogida a las preocupaciones pastorales y catequéticas. Algunas veces se ha intentado llenar estas lagunas inventando una teología especial, llamada kerigmática, que pondría las verdades reveladas al alcance de los hombres sencillos, poniendo como eje de la exposición la vida de todos los días, estando reservado el resto a las investigaciones especializadas para la satisfacción de los sabios. Pero, ¿merecería el nombre de teología semejante dogmática para los solamente iniciados, si no considera la fe vivida, toda vibrante y toda resplandeciente, que debe ser comunicada de hombre a hombre? Los primeros siglos cristianos han abierto escuelas, pero no han erigido una 1. inmóvil, ni una secta pseudo-mística, ni un conventículo de letrados.
La definición estricta de la Iglesia no se hace más fácil después de las diversas reflexiones que acabamos de hacer, pues cada una de nuestras consideraciones hace saltar las fronteras, mientras que toda «definición» se propone fijar límites. Todos los conceptos que encontramos están marcados por un dinamismo superior, que proviene del Espíritu de verdad y de vida. No es extraño que nuestra enseñanza a propósito de la Iglesia deba constantemente fortalecerse volviendo a su primer impulso y a su primer fervor, lo que sólo puede lograrse a través de una resurrección del sentido de Dios. Sino ya sólo el vocablo «Dios» se vuelve vacío e insulso para el espíritu moderno, sino también su misma realidad es tomada en consideración exclusivamente para ordenarla al servicio, algunas veces pervertido, del hombre; si Dios mismo desaparece en la inteligencia de nuestros contemporáneos, no asistiremos a ninguna renovación de la Iglesia, ni de su teología, ni de su virtud santificarte, ni de su poder de extensión. Un «Dios muerto» no podría hacer vivir a la I.
3) El término «Iglesia». Quizá sea útil comenzar la exposición sistemática por el análisis etimológico de la palabra que en las lenguas greco-latinas designa la comunidad cristiana (Iglesia, Église, Igreja, Chiesa). Otras lenguas, las germánicas, p. ej., emplean un vocablo diferente cuyo origen evoca otro aspecto de la misma realidad; la palabra Iglesia es más bíblica; es usada ya en el Antiguo Testamento; los términos Church, Kirche, Kerk, Kyrka, etc., derivan de kyriaké (oikia), es decir, la casa del Señor, del mismo modo que oímos hablar en el Nuevo Testamento del «día del Señor».
La semántica, no obstante, no deja de ser en las dos categorías lingüísticas iluminadora. Ecclesia, tanto en griego bíblico como en latín, designa preferentemente a la Asamblea actualmente convocada por Dios, deseoso de entrar en contacto con los creyentes llamados a la salvación y dispuestos a responder. La palabra, en sí, puede designar una reunión popular cualquiera, pero en la versión griega de los Setenta traduce, en la mayor parte de las veces gahal-Yahwéh (véase en esta plataforma: i, 1), es decir, el conjunto de aquellos que pertenecen a la nación santa, portadora para sí misma y finalmente para todas las naciones de la promesa de salvación. La aplicación privilegiada del término se refiere a la asamblea cultual; por extensión, designa a aquellos que forman parte del pueblo escogido, sobre todo en la época del paso por el desierto.Entre las Líneas En el Antiguo Testamento es rara la expresión «Iglesia de Dios» (Neh 13,1). Generalmente los textos hablan de 1. (o de sinagoga= reunión) del «Señor»; pero sabemos que Señor (Kyrios) designa en la Biblia griega al Todopoderoso (Num 20,4, y muchas veces en Dt 24,1-9). El Pueblo se reúne para honrar a Dios y escuchar la proclamación de su voluntad. Es Él quien escoge a la tribu israelita, a pesar de su pequeñez y de su repetida infidelidad, para hacer de ella una raza elegida y un sacerdocio real, encargada de una función profética con un alcance ilimitado (1 Pet 2,9-10).Entre las Líneas En el Nuevo Testamento serán los discípulos de Cristo, sin distinción de raza, los que según las promesas formarán el verdadero «Israel de Dios» (Gal 6,16; cfr. 3,29). Más tarde, los cristianos se califican preferentemente como Iglesia, mientras que los judíos usan el término Sinagoga. La idea de la elección es importante. Sería inexacto concebir el origen de la 1. como una asociación voluntaria de diferentes personas que individualmente tienen fe y que decidirían después formar una sociedad; el que forma a la comunidad es el mismo Dios; he ahí por qué la Iglesia se basa en una vocación divina y no en convenciones humanas (véase en esta plataforma: ELECCióN DIVINA).
Si desde la Antigua Alianza las perspectivas son universalistas, es necesario esperar la venida del Hijo de Dios para verlas realizadas. Desde ese momento, la 1. de Dios, al menos en muchos textos extremadamente significativos, es designada como «la Iglesia de Cristo». Recordemos las palabras de Cesarea donde Jesús declara que edificará «su Iglesia» sobre la roca de Pedro (Mt 16,18), y ese otro texto abreviado (Act 20,28) que habla de «la Iglesia de Dios que £1 se adquirió con su propia sangre». La designación de «Iglesia de Cristo» no tiene, por consigiente, nada que pueda extrañarnos; coincide prácticamente con la expresión más larga que identifica a la «Iglesia de Dios» con «los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…» (1 Cor 1,2).
Que el Pueblo de Dios se personifique y pueda finalmente llamarse un cuerpo no debe extrañarnos, sobre todo teniendo en cuenta que, como dice S. Pablo, es el único pan eucarístico el que transforma a todos los participantes en el único cuerpo vivo del Señor, es decir, en su persona divino-humana.Entre las Líneas En el pasaje de 1 Cor 10, 17, la palabra «cuerpo», según los mejores exegetas, no tiene un mero sentido colectivo, sino que indica que los que comen este único pan se hacen de una manera misteriosa el cuerpo del Hijo de Dios encarnado (L. Cerfaux, o. c. en bibl.).
Basándonos en esta identificación mística, comprendemos lo bien fundado de la apelación Kyriaké (oikia) : casa o familia del Señor, para designar la reunión de la nueva nación santificada, que se reúne para la celebración litúrgica en un mismo edificio, a veces una humilde habitación (domestica Ecclesia), símbolo y casi sacramento del Templo definitivo, idéntico a su vez con el cuerpo crucificado y resucitado de Jesús (lo 2,19). La liturgia de la Dedicación de las iglesias ha utilizado ampliamente esta metáfora (Coelestis Urbis Jerusalem). Reuniendo el edificio sagrado y la carne vivificante en una sola frase, S. Cirilo de Alejandría escribe: «El Verbo de Dios habita en nosotros como en un templo único, en el cuerpo que él ha asumido para nosotros y de nosotros» (In Joannem, 14: PG 73,163).
Queda, sin embargo, una cuestión en suspenso; la Iglesia designada de este modo, ¿es la comunidad local restringida o la asamblea de los hermanos esparcida por el mundo entero? ¿A cuál se refería el uso primitivo? El problema es menos importante y menos complicado de lo que a primera vista parece. La 1. de una ciudad, aunque fuese la ciudad-madre de Jerusalén, sólo sería una secta si no conservara la comunión con todos los elegidos; basta para probarlo recordar el encabezamiento de las cartas a los Corintios (1 Cor 1,2 y 2 Cor 1,1); el Apóstol no escribe a la 1. de los Corintios sino «a la Iglesia de Dios que reside en Corinto». Reside también en otras partes, permaneciendo siempre la misma.Entre las Líneas En numerosos textos se habla de Iglesia o de Iglesias, siendo empleados el singular y el plural indiferentemente. Toda la 1. está presente allí en donde se reúnen los cristianos; insertándose en el grupo local, el neófito se incorpora en la Catholica. La teología dirá en términos técnicos que la fundación de Cristo es una y universal, esparcida sin división, implantada en un lugar restringido sin dejar de ser toda la colectividad.
4) La Iglesia misterio. Es necesario profundizar más para descubrir la explicación del fenómeno que acabamos de señalar. No basta la sociología; debemos recurrir a la raíz del dogma. Prácticamente nos sumergimos de este modo en el corazón del misterio, tal como lo hemos definido, como el plan salvífico de Dios.
Con demasiada frecuencia el dogma de la Trinidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) se presenta a la razón humana como un problema de aritmética «sobrenatural», insoluble e inútil; pesa sobre nuestro entendimiento sin vivificarlo. Dios no nos ha hablado, sin embargo, para cubrir de vergüenza nuestra pobre razón; nos ha revelado y comunicado su vida íntima por medio de la obra que las Tres Personas en un impulso indivisible realizan en nosotros, su obra de creación y de redención que lleva en grados diversos la marca de su carácter personal y de su unicidad fundamental. Los griegos dirían que la Trinidad ontológica se expresa en la Economía que es funcional y no puramente teórica.Entre las Líneas En otras palabras, sabemos, en la medida en que esto es posible, lo que son las divinas personas gracias a lo que ellas hacen para nosotros.
En la S. E. y en la patrística antigua, el término Dios designa de ordinario a Dios Padre, como sucede, p. ej., en Heb 1,1: «De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo». Ha sido el Padre quien amorosa y misericordiosamente ha concebido desde toda la eternidad el plan de salvación universal; ha creado el universo para el hombre a quien deseaba elevar a la participación de su vida divina, a pesar del pecado y hasta con más abundancia de gracia después del pecado. Él no ha creado solo, sino que lo ha hecho con su Verbo y con su Espíritu consustanciales a Él; y ha decidido que su Hijo fuera el modelo del hombre, estableciendo llamar a los hombres a reproducir la imagen del Primogénito. Él no quería que el hombre estuviese aislado, que se pudiera multiplicar indefinidamente pero perdiéndose en una masa atomizada de individuos; al contrario, le concibió y le creó hombre y mujer para formar una familia y, lo que es más todavía, una comunidad universal, a saber, la unión de los «llamados». Con todo derecho lleva ésta, por consiguiente, el título de convocación o de congregación o de reunión, en griego, de Iglesia.
Para realizar esta obra en favor de la humanidad caída y dispersa, envió a la tierra a su propio Hijo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María y de este modo insertado en la raza pecadora para rehacer de una manera mejor su unidad perdida. Al mismo tiempo, siendo verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre, se hace por amor obediente hasta la muerte en una cruz; por eso, dice San Pablo (Philp 2,6 ss.), su Padre al resucitarle le ha exaltado soberanamente y le ha dado en su humanidad el Nombre adorable de Señor. Elevado a la derecha del Padre, nos envió a su vez al Espíritu Santo para unir y vivificar la asamblea de los elegidos y transformarlos en su cuerpo glorificado y desde entonces inmortal. El Espíritu Santo realiza esta maravilla por medio de la Eucaristía y de la Iglesia, siendo aquélla el principio y el lazo permanente y nutritivo de la segunda.
Podemos, por consiguiente, como lo expresan los Padres, seguir la línea de las tres Personas en un solo Dios, pasando del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, para, descendiendo, llegar hasta la multitud vivificada y unificada de todos los creyentes de Cristo y conducirlos por medio del Hijo hacia el Padre celestial. Tal es el tema, familiar a los antiguos, de la Ecclesia de Trinitate, la Iglesia que se enraíza en la Trinidad divina, unidad en la multiplicidad sin ninguna desigualdad. La célebre frase de S. Cipriano: «de unitate Patris et Filii et Spiritus Sancti plebs adunata» con su «de» latino partitivo, no es, para el obispo de Cartago, una definición de la l., sino más bien la descripción de su historia aún en curso. La Iglesia participa de la más perfecta unidad, la de Dios, pero, viviendo de su vida, se multiplica sin dividirse, siendo en ella toda distinción la de un amor que unifica. El aforismo que acabamos de citar sirve en S. Cipriano de punto de apoyo para un consejo evangélico de extrema importancia: ningún sacrificio es grato a Dios si es ofrecido por un creyente mal avenido con sus hermanos (Mt 5,23-24). La oblación exige la concordia (S. Cipriano, De orat. Dom. 23: PL 4,553). La Const. Lumen gentium del Vaticano II se refiere a este bello texto patrístico al término de una exposición consagrada a poner en la Iglesia en relación sucesivamente con las Tres Personas divinas. El último artículo que trata sobre el Paráclito hubiera podido acentuar más la actividad del Espíritu Santo en los sacramentos constitutivos de la Iglesia. La liturgia invoca al Espíritu santificador en todos los ritos sacramentales y en el sacrificio del altar en particular. Se podría haber estudiado allí más a fondo la teología de la epiclesis (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) eucarística y de sus elementos epicléticos en los demás sacramentos.Entre las Líneas En suma, como ya lo enseñaba S. Agustín, el Espíritu siendo amor, une al Padre y al Hijo indisolublemente en el seno de la Trinidad, y es éste el mismo oficio que desempeña, gracias a la condescendencia divina, en el orden de las creaturas, conduciéndolas a su origen, por medio del Hijo en el Padre, para que jamás se separen ni de Él ni entre ellas.
Volviendo hacia atrás, diremos, por consiguiente, que Dios Padre llama por medio de la Alianza (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) a su Pueblo del que hará su Reino. No hay que identificar sin matices este Reino con la Iglesia terrestre; en este estadio la Iglesia sólo es el Reino de Dios en germen, su comienzo, real ciertamente pero inacabado; es la semilla infinitamente pequeña pero destinada a un desarrollo admirable; en el momento de la Parusía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), la Iglesia no será reemplazada por el Reino, se manifestará en toda la gloria del Reino de Cristo y de Dios (véase en esta plataforma: REINO DE DIOS).
En lo que respecta al Hijo sabemos que la Iglesia es su Cuerpo, lo que supone una identificación mística con él, unión que no absorbe, sin embargo, nuestra peculiar personalidad humana (véase en esta plataforma: CUERPO MÍSTICO). Ésa es la razón por la que otras comparaciones e imágenes bíblicas, completándose y equilibrándose la una a la otra, describen la comunidad como la Esposa de Cristo, p. ej. Es preciso reconocer las dos verdades: el Esposo y la Esposa vienen a ser un solo cuerpo, pero jamás se confunden, porque si se confundiesen, o bien se volatilizaría el elemento humano en la sustancia divina bajo una forma panteísta, o bien se rebajaría al mismo Hijo al rango de una creatura. Para amar es necesario que haya dos. No existe ningún peligro de error para el que quiera leer atentamente el célebre capítulo quinto de la Epístola a los Efesios, en donde Cristo se entrega por amor para purificar y santificar a su esposa, mientras que ésta se le muestra sumisa volviéndose hacia él en el mismo movimiento de amor (cfr. Eph 5,22 ss.).
Una Conclusión
Por consiguiente, siempre estará ella ante él como aquella a la que él ha escogido para hacerla resplandeciente. Los protestantes deben evitar toda apreciación errónea: la doctrina católica no diviniza la sociedad religiosa, ni la transforma en oráculo o en ídolo. La concibe, como vamos a verlo, como un órgano distinto de Cristo, o como su sacramento, signo comunicativo y productivo de su gracia.
En cuanto al Espíritu Santo, los libros del Nuevo Testamento no lo llaman jamás «el alma de la Iglesia», ya que en los autores sagrados el cuerpo y el alma no se oponen en el hombre, como sucede en la concepción platónica. Carne y espíritu, en S. Pablo, tienen otro sentido: el de la debilidad culpable del hombre en oposición a la fuerza divina.Si, Pero: Pero sigue siendo exacto afirmar con S. Agustín y S. Juan Crisóstomo que lo que el alma hace en el cuerpo humano el Espíritu Santo lo hace en la I.; la transforma en un todo compacto y organizado, provisto de funciones diferenciadas precisamente para asegurar la vida armoniosa de un único conjunto. Como en la cabeza y en los miembros del cuerpo sólo está en funciones un solo espíritu, Cristo, y los cristianos viven la misma vida, o bien como fuente o bien como corrientes emanadas de-ella y alimentadas por ella.
Si en dogmática la Pneumatología se desarrolla en la dirección homogénea de la Revelación, la Eclesiología, sin duda ninguna, se encontrará considerablemente enriquecida con ello.
5) La Iglesia sacramento. Esto nos conduce a un análisis más cuidadoso de la noción de sacramento aplicada a la Iglesia A muchos Padres del Conc. Vaticano II la expresión les parecía nueva; en realidad, aunque implica utilizar la palabra sacramento en un sentido amplio, es (considerada de cerca) de acuñación tradicional muy antigua.
La antigua literatura cristiana apenas hace distinción entre misterio y sacramento.Entre las Líneas En S. Agustín, p. ej., estas dos palabras, la una griega y la otra latina, son con frecuencia intercambiables. La noción general la explica el mismo Concilio en su exordio de la Lumen gentium: el sacramento significa la «señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Ciertos autores hubieran preferido que el texto hubiera invertido los dos miembros de la unión; porque, dicen ellos, no llegamos hasta Dios sino por medio de los hombres y en los hombres. Si tomáramos a la letra esta observación, se seguiría que jamás entraríamos en la intimidad de Dios, al menos aquí en la tierra, sino que siempre un ser humano se interpondría entre Dios y nosotros.Si, Pero: Pero no era esto sin duda hacia lo que los autores de la observación apuntaban. Se proponían más bien ponernos en guardia contra el ilusionismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que, bajo cualquier pretexto pseudo-místico, nos apartaría de nuestro deber hacia los hombres. No deja, sin embargo, de ser verdad que el error sería enormemente más grave si nos esforzásemos por realizar primero la unión entre los hombres para después marchar como un solo cuerpo hacia el Padre, ya que si Dios no edifica la ciudad, todo se derrumba. Es Dios quien es el autor y quien, por medio de Cristo y el Espíritu, realiza la cohesión de la Iglesia, cohesión que al fin arrastrará a toda la humanidad elegida.
El sacramento (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no es una invención humana, sino un acto de Dios. ¿Cómo podría ser, de lo contrario, fuente de gracia divina? Por eso mismo, la frase del P. de Lubac es perfectamente exacta: «La Iglesia es aquí abajo el sacramento de Jesucristo, como el mismo Jesucristo es para nosotros, en su humanidad, el sacramento de Dios» (Méditation sur 1’Église, París 1953, 157). ¿Cómo evitar en la otra hipótesis, si el sacramento no es un acto de Cristo, la influencia humana, sobre Dios y la aberración mágica por consiguiente?
Ciertamente estamos habituados en la teología católica a reconocer solamente los siete sacramentos, es decir, los siete ritos particulares adaptados a la santificación de los grandes momentos de nuestra vida. Y a muchos católicos la designación de la 1. como «sacramento universal» ha podido, pues, parecerles extraña.Entre las Líneas En verdad implica utilizar la palabra sacramento no en sentido restringido y propio en que se aplica a los siete sacramentos (signo eficaz que confiere la gracia ex opere operato), sino en un sentido más amplio y lato. Advertido esto, cabe afirmar que oponerse a la consideración de la Iglesia como sacramento universal puede ser señal de que no se ha reflexionado lo suficiente sobre la naturaleza profunda de la sacramentalidad, o bien de que se ha perdido la sensibilidad necesaria para comprender los factores simbólicos.Entre las Líneas En todo caso, es necesario que insertemos los ritos particulares dentro del mundo de los signos o más bien en el «organismo» sacramental general constituido por la I.
Puede decirse que Jesús, Hijo de Dios encarnado, es el «sacramento original». Por medio de Él, bajo la operación del Espíritu Santo, nos llega toda gracia y toda santificación; o más simplemente, toda amistad divina transformante. La Iglesia es sólo el «sacramento» derivado, pero, sin embargo, universal; nos proporciona los socorros que necesitamos en los momentos más importantes de nuestro peregrinar sobre la tierra. Lejos de atomizar los ritos, la Iglesia los sintetiza y en la difusión de la que está encargada, deja fluir toda la eficacia santificante del Cuerpo eucarístico de Cristo, centro, punto de partida y de convergencia de todos los ritos de los que creemos que no están vacíos sino que son portadores de santidad. La Iglesia es el organismo total que distribuye según las necesidades humanas los socorros divinos, o mejor dicho, que prepara a lo largo de nuestra vida el encuentro reiterado con el Señor. Porque tampoco los sacramentos pueden ser cosificados, sería destruirlos; constituyen los tiempos fuertes de la venida de Cristo glorificado, que prolonga en nosotros los misterios de su pasión y de su resurrección. Es él quien viene a nuestro encuentro para darse a nosotros; quien viene no para darnos cosas, por preciosas que sean, sino para darse Él mismo; quien se queda dentro de nosotros para regenerarnos, fortificarnos, alimentarnos y consolarnos a lo largo de nuestro caminar por la tierra; el conjunto de estos encuentros adaptados a nuestra condición corporal, constituye una «economía» o una distribución general de la que la Iglesia no es la dueña sino la administradora.
He aquí lo que a nuestros ojos esclarece singularmente la esfera de los símbolos alrededor del misterio litúrgico central celebrado en el sacrificio-banquete del cuerpo y de la sangre del Señor. El que no reflexione profundamente sobre la encarnación, no comprenderá el régimen de los sacramentos. Al contrario, éste se ilumina desde el momento en que reconocemos que somos hombres, es decir, espíritus encarnados a los que el Padre envía a su Hijo encarnado para relacionarse con nosotros por medio de acciones y palabras, signos que realizan el gran abrazo entre Él mismo y el hombre. El que ve a Jesús, ve al Padre (lo 14,9). ¿Por qué si no Cristo se ha hecho «carne»? Ha querido que su contacto con los hombres terrestres no estuviera reservado a algunos privilegiados en un rincón apartado de la tierra y en un instante fugaz de la historia. Los «misterios de su carne», como los llama S. Tomás, en otras palabras, los acontecimientos salvíficos realizados en su humanidad real continúan ejerciendo su influencia sobre nosotros, nos alcanzan en cualquier sitio y en cualquier momento, cuando la Iglesia prepara el contacto. Porque su virtud divina es capaz de superar las fronteras del tiempo y del espacio. Por eso, tampoco la Iglesia está encerrada dentro de unos límites estrechos. Para evitar malentendidos, no decimos que la Iglesia es la continuación de la Encarnación del Verbo, pero es innegable que prolonga su obra hasta la consumación final.
Si somos conscientes de que estamos compuestos de carne y de espíritu, sin división destructiva, admitiremos más fácilmente que la Iglesia, institución social y espiritual, es necesaria para la salvación. Porque, decía Péguy, lo sobrenatural es carnal y es una ilusión para nosotros representar el papel de ángel. Se hubiera podido esperar que esta tentación estuviera desapareciendo para nuestra generación, pero no es éste el caso. Se cae aún en ese defecto, o, en el otro extremo, se sumerge de tal manera a la 1. en la carne del pecado que se la describe como una entidad pecadora. La realidad es en cambio que la Iglesia es un agrupamiento de pecadores, una asociación de pecadores, pero para librarles del pecado precisamente y no para hacerse su cómplice.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Pormenores
Los hombres de Iglesia (por los que, a veces, se designa aun hoy día ante todo al clero, a pesar de las correcciones verbales repetidas hasta la saciedad) no están ciertamente por encima de ella, como ángeles de inocencia, sino sumergidos en ella con todas sus faltas y sus pecados personales, teniendo necesidad, lo mismo que los otros, de la redención de la Iglesia-sacramento.Si, Pero: Pero aun cuando algunos lleguen hasta la aberración de emplear mal los sacramentos, éstos no se hacen maléficos en sí mismos. No es el banquete del Señor el que hace culpables a los corintios; es su glotonería y su falta de fe. No existen sacramentos malos, lo mismo que no existe una Iglesia mala, pero hay descarriados que «desfiguran», en el sentido literal, a ésta y a aquéllos; es decir, impiden o dificultan que se reconozca a la Iglesia y a los sacramentos por lo que, en realidad, son, aunque sin llegar jamás a destruirlos. [rbts name=”teologia”]
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre iglesia en la teología dogmática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Ediciones Rialp, 1991, Madrid, España
Véase También
Bibliografía
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