John Fitzgerald Kennedy
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John Fitzgerald Kennedy éxito politico inicial (Historia)
Se afilió al Partido Demócrata y logró ser elegido miembro de la Cámara de Representantes en 1946. Seis años más tarde entró a formar parte del Senado.Entre las Líneas En 1953 contrajo matrimonio con Jacqueline Bouvier, con la que tuvo dos hijos, Caroline (nacida en 1957) y John (nacido en 1960). Publicó en 1956 un libro que recogía las biografías de diversos dirigentes políticos estadounidenses que arriesgaron sus carreras en su lucha por defender causas impopulares, gracias al cual logró el Premio Pulitzer un año después.
Tras intentar sin éxito obtener la nominación vicepresidencial en la lista demócrata encabezada por Adlai E. Stevenson en 1956, Kennedy comenzó a planear su presentación a la elección presidencial de 1960. Asumió el liderazgo (véase también carisma) del ala liberal del Partido Demócrata y reunió en torno suyo a un grupo de jóvenes políticos con talento, en el que se encontraba su hermano y director de campaña, Robert Kennedy. Consiguió la nominación de su partido en la primera votación, y, con el senador de Texas, Lyndon B. Johnson, como candidato a la vicepresidencia, compitió en las elecciones presidenciales frente al candidato republicano, Richard M. Nixon. Logró alzarse con el triunfo por un estrecho margen favorable de 113.000 votos, aunque no pudo disponer sino de una reducida mayoría demócrata en el Congreso. Se convirtió así en el presidente más joven y en el primero católico de la historia de Estados Unidos.
[1]Consideraciones Jurídicas y/o Políticas
[rtbs name=”politicas”]John Fitzgerald Kennedy La nueva frontera (Historia)
Su idealismo juvenil elevó las esperanzas de sus compatriotas. Una primera orden ejecutiva de la Nueva Frontera, como denominó a su política gubernamental, estableció un cuerpo de paz de voluntarios estadounidenses en el extranjero.
En 1961, su primer año en el cargo, fue criticado ásperamente debido a una serie de acontecimientos internacionales adversos. Tras “heredar” del gobierno anterior (presidido por Dwight D. Eisenhower) un plan secreto para derrocar al régimen cubano de Fidel Castro, Kennedy aprobó la invasión de Cuba a cargo de exiliados que operaban con la ayuda de agencias gubernamentales estadounidenses. El fracaso del desembarco de bahía de Cochinos en abril de ese año se convirtió en una frustración personal para el presidente. Poco después, consideró la posibilidad de enviar tropas a Laos, que estaba sufriendo una insurrección comunista. Voló en junio a la capital austriaca, Viena, para entrevistarse con el jefe de gobierno soviético Nikita S. Jruschov, y ambos acordaron la neutralidad respecto de los asuntos laosianos.Entre las Líneas En agosto surgió el problema de la construcción del llamado Muro de Berlín entre los sectores occidental y oriental de la ciudad. Kennedy respondió enviando un contingente militar a la ruta terrestre hacia Berlín para reafirmar los derechos de acceso. Las tensiones de la Guerra fría se habían agravado ya antes, cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) mandó al primer hombre al espacio en abril, y empeoraron cuando dicha superpotencia realizó pruebas nucleares en la atmósfera en septiembre.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
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- Información sobre john fitzgerald kennedy la nueva frontera de la Enciclopedia Encarta
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La fascinación por Kennedy tiene una relación importante con su muerte. Más aún con la imagen de su muerte. Asesinatos de presidentes había habido unos cuantos en el mundo en el siglo XX. Pero ninguno fue recogido en tales imágenes: en imágenes filmadas en color por una cámara de 8 mm que sostenía el ciudadano Abraham Zapruder, fabricante de ropa estadounidense de origen ruso, que se encontraba en la plaza Dealey de Dallas aquel 22 de noviembre de 1963 para contemplar y filmar el paso de la caravana.
La fascinación con la muerte de Kennedy ha permitido que sobrevivieran y se reprodujeran las teorías de la conspiración. No se acepta fácilmente que un acontecimiento de tal impacto sea sencillamente la obra de un trastornado. La historia y la vida están repletas de sucesos fortuitos, de tragedias insospechadas y de autorías individuales impredecibles, pero cuesta creer que a un presidente le asesine un hombre oscuro e inestable por su cuenta, sin contar con nadie. Cuando ese asesino es asesinado a su vez por otro hombre inestable, jactancioso y bocazas, propietario de nightclubs y conocido de mafiosos, como Jack Ruby, aún cuesta más, claro.
Sí, parece absurdo que la vida de un presidente y la vida política de una nación poderosa puedan depender tanto del azar, la estupidez o la locura. Reconocerlo así sería privar de sentido al asesinato de Kennedy. Todas esas teorías de la conspiración son el resultado de una búsqueda de sentido a un crimen que no tuvo ninguno más allá del que tenía en la mente de su autor.
” dádmelo morto” decía el profesor Ferrero con su peculiar castellano. Se refería a que para analizar un acontecimiento histórico había que dejar pasar el tiempo suficiente como para que todos los que vivieron el momento estuvieran muertos. Con eso, sostenía, se lograba la objetividad en el análisis. Para analizar la figura de Kennedy habrá que recurrir a la teoría del profesor italiano.
Con todo, 50 años después, ya se empieza a vislumbrar estudios bastante objetivos que señalan que no ere el excelente Presidente que nos quisieron vender. Lo decía José Luis el otro día y lo señalaba Navarro en el artículo que colgué el otro día. Navarro ponía un ejemplo muy gráfico era un escudo que brillaba tanto al sol que no permitía ver la sombra ( o metáfora semejante). Si a eso se une su estilo; su carácter conquistador; el estilizo de su mujer; el de su familia; la poca claridad, en el momento, de autor de su asesinato; su juventud; la previa tensión con Cuba; la habilidad de los demócratas de hacer de él un emblema para su propaganda política etc., hicieron de él una leyenda.
Ya se sabe que la muerte aúna muchos elogios, que, de seguir vivos, no se darían.
La resistencia a reconocer el papel del azar, la estupidez y la locura en las acciones humanas.
En los crímenes como en los accidentes. Se busca una causa “digna” del daño sufrido, de la convulsión en el ánimo o en la vida; la falacia de la proporción entre causa y efecto. Y no es la única.
Es verdad que hay una cierta incapacidad social para aceptar los accidentes, o magnicidios, como el de Kennedy y siempre se busca una causa superior, un conglomerado de culpables que permitan calmar la conciencia pensando que no se pudo hacer nada. No valen las explicaciones simples porque da la sensación de que esas ase podían haber atajado y, por ende, evitado, el suceso. Hay una especie de culpabilidad personal en no querer aceptar esas explicaciones.
Del mismo modo que los accidentes existen y, en ocasiones, por causas mínimas: distracciones, excesos de confianza. Los magnicidios existen porque un loco pasaba por allí. Es verdad que deberían ser controlables, pero una persona aislada, que pasa desapercibida es mucho más difícil de controlar que una gran actuación. Un secreto de dos es un secreto a voces. Uno sólo, callado y a lo suyo, puede causar mucho daño.
Pero lo que tendrían que estudiar los psicólogos y los sociólogos es esa incapacidad, casi infantil, de algunas sociedades de no aceptar los sucesos, los accidentes. Antes se pensaba que Dios lo quiso y se calmaban las personas. Ahora hacen falta una tropa de psicólogos y ni así.
Está claro que un magnicidio del tipo del asesinato de Kennedy invita a inyectarle algo de misterio. Es más aceptable un complot del sistema que un asesinato vulgar perpetrado por individuo que pasaba por allí.
No obstante, la teoría más defendida y verosímil es que, posiblemente debido a su juventud, Kennedy llegó a creer de verdad en su poder absoluto al margen del establishment y eso no encaja en el sistema de verdaderos poderes americanos.
El incidente de los 60 con los rusos en Cuba, con el famoso zapatazo de Kruschev que puso al mundo al borde del abismo, no debió ser de fácil asimilación para la mayoría de poderes fácticos y es lícito que pensaran que “el niño”, con su lógica prepotencia de mandamás del imperio, podía meterlos en cualquier lío.
Algo parecido, salvando las distancias, le pasó a Mario Conde por aquí cuando desde la inexperiencia y prepotencia del dinero y el poder a los 39/40 años creyó que iba a dominar y a señorear la banca española. amenazando además con su pase a la política. El elefante agitó la cola y de un sólo movimiento lo desplazó de la presidencia de un Banco y de su amistad con los políticos y con el Rey, a la cárcel. Afortunadamente, no fue necesaria su eliminación física.
Si Kennedy hubiera sido viejo, feo y sin estilo. Con una señora mayor, arrugada y vistiendo al estilo Merkel es posible que nadie hubiera pensado en él como la gran esperanza blanca de ninguna “modernización”. Si hubiera sido protestante, no hubiera ligado con ninguna otra señora que no fuera su santa y sacrificada esposa, nadie hubiera pensado en una conspiración. La conspiración nace para poner al asesino a la altura de “glamour” del difunto.
NO ha habido producto cultural más chorra entre los consagrados a la memoria de JFK, pieza más fraudulenta y carente de cimientos que la que vi anteayer en La 2, donde todo panfleto progre tiene garantizado su espacio y nuestro dinero. Ni siquiera voy a citar título y autor, del mismo modo que no damos razón de imprenta y creativo ante las octavillas. Resumiendo: JFK fue un insobornable antibelicista que jamás habría permitido la guerra de Vietnam, por eso lo liquidaron los militares y los magnates; aunque el conflicto empezaría con LBJ, otro demócrata, la catástrofe de Vietnam debe apuntarse en el pasivo de los presidentes posteriores, bajo cuyo mandato se dio la mayor parte de las bajas. Como ven, es una leyenda conocida. Se adecua con confortable precisión a dos mitos: el de San JFK y el de la existencia de una conspiración para asesinarlo. El problema es que la difusión de semejantes historias no es periodismo. En realidad atenta contra el periodismo al no guardar la mínima relación con la verdad.
JFK fue un hombre carismático, tenía un don para las frases memorables, seducía –en especial– a sus adversarios– y su esposa era un ser encantador. Junto a estas indudables virtudes, cruciales en un político, contaba con una inmensa fortuna familiar de origen no muy limpio, con la ayuda de la mafia italiana en las primeras etapas de su carrera, y con la televisión. Aunque su nombre irá siempre ligado a la defensa de los derechos civiles, su posición no fue coherente: en 1957 votó en el Senado contra la ley del ramo, de Eisenhower. Más tarde desautorizó la marcha sobre Washington de Martin Luther King.
Sobre todo: fue obra suya el gran despliegue de tropas en Vietnam, dejando el terreno abonado para provocar la entrada de los EE.UU. en guerra, siete meses después de su muerte, mediante el conocido expediente del atentado falso. Pero para que el invento del incidente del golfo de Tonkin hiciera posible la autorización parlamentaria, y LBJ pudiera lanzar su ataque en Vietnam, primero había que tener la zona llena de militares americanos, y de eso se había encargado precisamente el «antibelicista» JFK. Hace ya bastante tiempo que se conoce la verdad sobre el incidente del golfo de Tonkin: la desclasificación se remonta a la presidencia de Clinton. Nadie serio puede ignorar esta circunstancia a la hora de valorar la relación de JFK con la guerra en general y con la guerra de Vietnam en particular. Puede sostenerse, por supuesto, que la patraña que justificó la entrada americana en el conflicto asiático fue obra de su sucesor, y punto. Pero, siendo eso cautelarmente cierto, no se puede ocultar sistemáticamente al público, como se ha seguido haciendo en este cincuentenario del magnicidio, que los medios para el conflicto habían sido oportunamente desplegados por JFK. Y que tamaño despliegue resulta, con perspectiva histórica, inexplicable si no constituye la preparación de algo. Y que ese algo no se habría desatado nunca en realidad sin una mentira como la del ataque al «USS Maddox», de LBJ.
Hay algo muy frustrante para el eterno infante que es el progre occidental: que el asesinato de JFK fuera obra de un comunista. Uno del tres al cuarto, como observó en su día la propia Jackie. Ello, sumado al daño que hizo la película de Oliver Stone, única fuente de «información» del niño, convierte quizás en inevitable la propagación en ondas concéntricas de una descomunal mistificación. Así, la autoría exclusiva de Oswald, siendo la hipótesis más sólida, se despacha como la más débil, y tal.
Posiblemente a la derecha española no le gusten los Kennedy, familia católiKa y adinerada, con un defecto, que defendían los derechos de aquellos a los que explotaban y marginaban los republicanos yankis.
John F. Kennedy, asesinado el 22 de Noviembre de 1963
Luther King, asesinado el 4 de Abril de 1968
Rodert F. Kennedy, asesinado el 5 de Junio de 1968
Que cada cual saque sus propias conclusiones.