Lenguaje de la Diplomacia
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Convenciones Diplomáticas: El lenguaje de la Diplomacia
Hasta el siglo XVII el latín fue el lenguaje de la diplomacia.
Puntualización
Sin embargo, a partir del siglo XVII, el francés se convirtió en la lengua diplomática a causa de la hegemonía francesa en Europa, su precisión y su uso en las cortes europeas.
La entrada de Estados Unidos en la I Guerra Mundial determinó el posicionamiento del inglés como la segunda lengua de la diplomacia. Durante el periodo de entreguerras, los documentos de la Sociedad de Naciones (SDN, con cuarenta y cinco estados miembros iniciales, creada por la Conferencia de París el 24 de abril de 1919, tras la primera guerra mundial, duró hasta 1939, año que se inició la segunda guerra mundial) se redactaban en inglés y en francés. Después de la II Guerra Mundial los fundadores de la ONU intentaron implantar un sistema de cinco idiomas.Entre las Líneas En todas las reuniones de la ONU se traduce de forma simultánea al francés, inglés, ruso, español y chino. Al redactar tratados o convenciones las partes escogen un idioma, que suele ser francés o inglés, para que sirva de base en las discusiones sobre significados o interpretaciones.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
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- Información sobre Lenguaje de la Diplomacia en la Enciclopedia Online Encarta
Véase También
Guía sobre Lenguaje de la Diplomacia
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Tristes las noticias sobre sobre el embajador británico en la Costa Este de Estados Unidos cuyos informes secretos -difundidos sin consentimiento en julio de 2019- sobre el presidente Trump –“inseguro”, “inepto”, “caótico”– fueron publicados en la prensa londinense el domingo pasado. El desenlace del lío que se armó indica que “eterna esclavitud” al amo yanqui es el destino que le espera al que en su día fue el gran imperio inglés.
Trump, por supuesto, no pudo reprimir el impulso de contraatacar en Twitter, llamando al embajador “un loco” y “un tonto pomposo” y de paso criticando a la actual primera ministra británica, Theresa May –también “tonta”–, por no haber seguido sus consejos para resolver el rompecabezas del Brexit. Ciertos sectores del mundo político inglés reaccionaron con la debida indignación, pero el casi seguro sucesor de May, Boris Johnson, se alineó con Trump. Dijo que no podía dar ninguna garantía de que cuando llegase al poder (se supone que Johnson será primer ministro en unos diez días) mantendría al embajador en su cargo. Unas horas después, viéndose traicionado, el embajador renunció.
No han faltado las críticas contra Johnson. Un ministro de su propio partido conservador le acusó de haber “tirado a nuestro principal diplomático debajo de un bus”. Un alto funcionario del Gobierno dijo: “Nuestro próximo primer ministro ha alimentado el ego del caprichoso niño de la Casa Blanca”. Una diputada laborista declaró que “el patético chupamedias” de Johnson había “deshonrado a nuestro país”.
Que se vayan acostumbrando los británicos a la humillación de Trump a sus diplomáticos. Una consecuencia del Brexit que Johnson con tanto entusiasmo apoya será que, fuera del amparo y del sistema de comercio libre de la Unión Europea, el Reino Unido no tendrá más remedio que arrodillarse frente a Estados Unidos a pedir protección y limosnas. O, como reconoció el propio Johnson esta semana, después del Brexit “Estados Unidos será nuestro bote salvavidas”. Algo parecido a lo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Churchill tuvo que rogar al presidente Roosevelt que viniese al rescate de su isla.
Como dijo Roosevelt, “Winston me cae bien, pero no tan bien como le caigo yo a él”. Lo único especial de la relación entre los dos países es la manera en la que se han invertido los antiguos papeles coloniales. Desde poco después de la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido ha sido un país súbdito de Estados Unidos. Hay una escena en la película Love actually en la que el primer ministro inglés, interpretado por Hugh Grant, se rebela contra el arrogante presidente de Estados Unidos. El éxito de la escena, entre el público inglés en particular, radica precisamente en que es la expresión ficticia de un deseo soñado, pero imposible.
La realidad es que un gobierno británico tras otro se han visto obligados a bailar al compás de Washington. Por ejemplo, una vez que el presidente Bush decidió lanzarse a la guerra contra Irak el primer ministro Blair no vio más alternativa que acompañarlo. La diferencia hoy, con el Brexit a la vuelta de la esquina, es que la dependencia será mayor y la relación se volverá más indigna, especialmente mientras Trump permanezca en la Casa Blanca. El quizás lider conservador Boris Johnson, inglés, sabe que es más inteligente que el presidente de Estados Unidos, como lo son el 95% de los jefes de gobierno del mundo, y sabe que es un imbécil que “irradia inseguridad”, como escribió el embajador cuya dimisión Johnson forzó. Putin y Kim Jong Un, Merkel y Macron tratan a Trump como un igual, o incluso a veces con cierto desdén, pero el máximo representante del gobierno de su majestad Isabel II tendrá que asumir la misma actitud ante él que los esclavos romanos con el emperador Nerón.