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Sociedad Disciplinaria

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Sociedad Disciplinaria

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Correcciones Disciplinarias

La sociedad disciplinaria en la Historia

[rtbs name=”home-historia”] La sociedad contemporánea puede ser denominada —por razones que explicaré— sociedad disciplinaria. Quisiera
mostrar cuáles son las formas de prácticas penales que caracterizan a esta sociedad, cuáles son las relaciones de poder que subyacen a estas prácticas penales, y cuáles son las formas de saber, los tipos de conocimiento, los tipos de sujetos de conocimiento que emergen a partir y en el espacio de esta sociedad disciplinaria que es la nuestra.

La formación de la sociedad disciplinaria puede ser caracterizada por la
aparición, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, de dos hechos
contradictorios, o mejor dicho, de un hecho que tiene dos aspectos, dos lados
que son aparentemente contradictorios: la reforma y reorganización del sistema
judicial y penal en los diferentes países de Europa y el mundo. Esta
transformación no presenta las mismas formas, amplitud y cronología en los
diferentes países.

En Inglaterra, por ejemplo, las formas de la justicia permanecieron relativamente
estables, mientras que el contenido de las leyes, el conjunto de conductas
reprimibles desde el punto de vista penal se modificó profundamente.Entre las Líneas En el siglo
XVIII había en Inglaterra 313 ó 315 conductas capaces de llevar a alguien a la
horca, al cadalso, 315 delitos que se castigaban con la pena de muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] [rtbs name=”muerte”] Esto
convertía al código, la ley y el sistema penal inglés del siglo XVIII en uno de los
más salvajes y sangrientos que conoce la historia de la civilización. [rtbs name=”civilizacion-occidental”] [rtbs name=”renacimiento-de-la-civilizacion-occidental”](Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Esta
situación se modificó profundamente a comienzos del siglo XIX sin que
cambiaran sustancialmente las formas y las instituciones judiciales inglesas. En
Francia, por el contrario, se produjeron modificaciones muy profundas en las
instituciones penales manteniendo intacto el contenido de la ley penal.

¿En qué consisten estas transformaciones de los sistemas penales? Por una
parte, en una reelaboración teórica de la ley penal que puede encontrarse en
Beccaria, Bentham, Brissot y los legisladores a quienes se debe la redacción del
primero y segundo código penal francés de la época revolucionaria.
El principio fundamental del sistema teórico de la ley penal definido por estos
autores es que el crimen, en el sentido penal del término o, más técnicamente, la
infracción, no ha de tener en adelante relación alguna con la falta moral o
religiosa. La falta es una infracción al derecho natural, a la ley religiosa, a la ley
moral; por el contrario, el crimen o la infracción penal es la ruptura con la ley, ley
civil explícitamente establecida en el seno de una sociedad por el lado legislativo
del poder político. Para que haya infracción es preciso que haya también un
poder político, una ley, y que esa ley haya sido efectivamente formulada. Antes
de la existencia de la ley no puede haber infracción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Según estos teóricos, solo
pueden sufrir penalidades las conductas efectivamente definidas como
reprimibles por la ley.

Un segundo principio es que estas leyes positivas formuladas por el poder
político de una sociedad, para ser consideradas buenas, no deben retranscribir
en términos positivos los contenidos del derecho natural, la ley religiosa o la ley
moral. Una ley penal debe simplemente representar lo que es útil para la
sociedad, definir como reprimible lo que es nocivo, determinando así
negativamente lo que es útil.

El tercer principio se deduce naturalmente de los dos primeros: una definición
clara y simple del crimen. El crimen no es algo emparentado con el pecado y la
falta, es algo que damnifica a la sociedad, es un daño social, una perturbación,
una incomodidad para el conjunto de la sociedad.

Hay también, por consiguiente, una nueva definición del criminal: el criminal es
aquél que damnifica, perturba la sociedad. El criminal es el enemigo social. Esta
idea aparece expresada con mucha claridad en todos estos teóricos y también
figura en Rousseau, quien afirma que el criminal es aquel individuo que ha roto
el pacto social. El crimen y la ruptura del pacto social son nociones idénticas, por
lo que bien puede deducirse que el criminal es considerado un enemigo interno.
La idea del criminal como enemigo interno, como aquel individuo que rompe el
pacto que teóricamente había establecido con la sociedad es una definición
nueva y capital en la historia de la teoría del crimen y la penalidad.
Si el crimen es un daño social y el criminal un enemigo de la sociedad, ¿cómo
debe tratar la ley penal al criminal y cómo debe reaccionar frente al crimen? Si el
crimen es una perturbación para la sociedad y nada tiene que ver con la falta,
con el derecho divino, natural, religiosa, etc., es claro que la ley penal no puede
prescribir una venganza, la redención de un pecado.

La ley penal debe permitir solo la reparación de la perturbación causada a la
sociedad. La ley penal debe ser concebida de tal manera que el daño causado
por el individuo a la sociedad sea pagado; si esto no fuese posible, es preciso
que ese u otro individuo no puedan jamás repetir el daño que han causado. La
ley penal debe reparar el mal o impedir que se cometan males semejantes
contra el cuerpo social.

De esta idea se extraen, según estos teóricos, cuatro tipos posibles de castigo.
En primer lugar el castigo expresado en la afirmación: «Tú has roto el pacto
social, no perteneces más al cuerpo de la sociedad, tú mismo te has colocado
fuera del espacio de la legalidad, nosotros te expulsaremos del espacio social
donde funciona esa legalidad». Es la idea que se encuentra frecuentemente en
estos autores —Beccaria, Bentham, etc.— de que en realidad el castigo ideal
sería simplemente expulsar a las personas, exiliarlas, destinarlas o deportarlas,
es decir, el castigo ideal sería la deportación.

La segunda posibilidad es una especie de exclusión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Su mecanismo ya no es la
deportación material, la transferencia fuera del espacio social sino el aislamiento
dentro del espacio moral, psicológico, público, constituido por la opinión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Es la
idea de los castigos al nivel de escándalo, la vergüenza, la humillación de quien
cometió una infracción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Se publica su falta, se muestra a la persona
públicamente, se suscita en el público una reacción de aversión, desprecio,
condena. Esta era la pena (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Beccaria y los demás inventaron mecanismos para
provocar vergüenza y humillación.

La tercena pena es la reparación del daño social, el trabajo forzado, que
consiste en obligar a las personas a realizar una actividad útil para el Estado o la
sociedad de tal manera que el daño causado sea compensado. Tenemos así
una teoría del trabajo forzado.

Por último, en cuarto lugar, la pena consiste en hacer que el daño no pueda ser
cometido nuevamente, que el individuo en cuestión no pueda volver a tener
deseos de causar un daño a la sociedad semejante al que ha causado, en hacer
que le repugne para siempre el crimen cometido. Y para obtener ese resultado la
pena ideal, la que se ajusta en la medida exacta, es la pena del Talión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Se mata
a quien mató, se confiscan los bienes de quien robó y, para algunos de los
teóricos del siglo XVIII, quien cometió una violación debe sufrir algo semejante.
Henos aquí, pues con un abanico de penalidades: deportación, trabajo forzado,
vergüenza, escándalo público y pena del Talión, proyectos presentados
efectivamente no solo por teóricos puros como Beccaria sino también por
legisladores como Brissot y Lepelletier de Saint-Fargeau, que participaron en la
elaboración del primer Código Penal Revolucionario. Ya se había avanzado
bastante en la organización de la penalidad centrada en la infracción penal y en
la infracción a una ley que representa la utilidad pública. Todo deriva de esto,
incluso el cuadro mismo de las penalidades y el modo como son aplicadas.
Tenemos así estos proyectos y textos, e incluso decretos adoptados por las
Asambleas.Si, Pero: Pero si observamos lo que realmente ocurrió, cómo funcionó la
penalidad tiempo después, hacia el año 1820, en la época de la Restauración en
Francia y de la Santa Alianza en Europa, notamos que el sistema de
penalidades adoptado por las sociedades industriales en formación, en vías de
desarrollo, fue enteramente diferente del que se había proyectado años antes.
No es que la práctica haya desmentido a la teoría sino que se desvió
rápidamente de los principios teóricos enunciados por Beccaria y Bentham.
Volvamos al sistema de penalidades. La deportación desapareció muy
rápidamente, el trabajo forzado quedó en general como una pena puramente
simbólica de reparación; los mecanismos de escándalo nunca llegaron a
ponerse en práctica; la pena del Talión desapareció con la misma rapidez y fue
denunciada como arcaica por una sociedad que creía haberse desarrollado
suficientemente.

Estos proyectos muy precisos de penalidad fueron sustituidos por una pena muy
curiosa que apenas habla sido mencionada por Beccaria y que Brissot trataba
de manera muy marginal: nos referimos al encarcelamiento, la prisión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La prisión
no pertenece al proyecto teórico de la reforma de la penalidad del siglo XVIII,
surge a comienzos del siglo XIX como una institución de hecho, casi sin
justificación teórica.

No solo la prisión, que no estaba prevista en el programa del siglo XVIII y que se
generalizará durante el siglo siguiente, sino también la legislación penal sufrirá
una formidable inflexión en relación con lo que estaba establecido en la teoría.
En efecto, desde comienzos del siglo XIX y de manera cada vez más acelerada
con el correr del siglo, la legislación penal se irá desviando de lo que podemos
llamar utilidad social; no intentará señalar aquello que es socialmente útil sino,
por el contrario, tratará de ajustarse al individuo. Puede citarse como ejemplo las
grandes reformas de la legislación penal en Francia y los demás países
europeos entre 1825 y 1850-60, que consisten en la organización de, por así
decirlo, circunstancias atenuantes: la aplicación rigurosa de la ley, tal como se
expone en el Código puede ser modificada por decisión del juez o el jurado y en
función del individuo sometido a juicio. La utilización de las circunstancias
atenuantes que asume paulatinamente una importancia cada vez mayor falsea
considerablemente el principio de una ley universal que representa únicamente
los intereses sociales. Por otra parte, la penalidad del siglo XIX se propone cada
vez menos definir de modo abstracto y general qué es nocivo para la sociedad,
alejar a los individuos dañinos o impedir que reincidan en sus delitos. De modo
cada vez más insistente, la penalidad del siglo XIX tiene en vista menos la
defensa general de la sociedad que el control y la reforma psicológica y moral de
las actitudes y el comportamiento de los individuos. Esta es una forma de
penalidad totalmente diferente de la prevista en el siglo XVIII, puesto que el gran
principio de la penalidad para Beccaria era que no habría castigo sin una ley
explícita y sin un comportamiento también explícito que violara esa ley.
Toda la penalidad del siglo XIX pasa a ser un control, no tanto sobre si lo que
hacen los individuos está de acuerdo o no con la ley sino más bien al nivel de lo
que pueden hacer, son capaces de hacer, están dispuestos a hacer o están a
punto de hacer.

Así, la gran noción de la criminología y la penalidad de finales del siglo XIX fue el
escandaloso concepto, en términos de teoría penal, de peligrosidad. La noción
de peligrosidad significa que el individuo debe ser considerado por la sociedad al
nivel de sus virtualidades y no de sus actos; no al nivel de las infracciones
efectivas a una ley también efectiva sino de las virtualidades de comportamiento
que ellas representan.

El último punto fundamental que la teoría penal cuestiona aún más
profundamente que Beccaria es que, para asegurar el control de los individuos
—que no es ya reacción penal a lo que hacen sino control de su comportamiento
en el mismo momento en que se esboza— la institución penal no puede estar en
adelante enteramente en manos de un poder autónomo, el poder judicial.
Con ello se llega a cuestionar la gran separación atribuida a Montesquieu —o al
menos formulada por él— entre poder judicial, poder ejecutivo y poder
legislativo. El control de los individuos, esa suerte de control penal punitivo a
nivel de sus virtualidades no puede ser efectuado por la justicia sino por una
serie de poderes laterales, al margen de la justicia, tales como la policía y toda
una red de instituciones de vigilancia y corrección: la policía para la vigilancia,
las instituciones psicológicas, psiquiátricas, criminológicas, médicas y
pedagógicas para la corrección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Es así que se desarrolla en el siglo XIX
alrededor de la institución judicial y para permitirle asumir la función de control
de los individuos al nivel de su peligrosidad, una gigantesca maquinaria de
instituciones que encuadrarán a éstos a lo largo de su existencia; instituciones
pedagógicas como la escuela, psicológicas o psiquiátricas como el hospital, el
asilo, etc. Esta red de un poder que no es judicial debe desempeñar una de las
funciones que se atribuye la justicia a sí misma en esta etapa: función que no es
ya de castigar las infracciones de los individuos sino de corregir sus
virtualidades.

Entramos así en una edad que yo llamaría de ortopedia social. Se trata de una
forma de poder, un tipo de sociedad que yo llamo sociedad disciplinaria por
oposición a las sociedades estrictamente penales que conocíamos
anteriormente. Es la edad del control social. Entre los teóricos que he citado hay
uno que de algún modo previó y presentó un esquema de esta sociedad de
vigilancia, de gran ortopedia social, me refiero a Jeremías Bentham. Pido
disculpas a los historiadores de la filosofía por esta afirmación pero creo que
Bentham es más importante, para nuestra sociedad, que Kant o Hegel. Nuestras
sociedades deberían rendirle un homenaje, pues fue él quien programó, definió y
describió de manera precisa las formas de poder en que vivimos,
presentándolas en un maravilloso y célebre modelo de esta sociedad de
ortopedia generalizada que es el famoso Panóptico, forma arquitectónica que
permite un tipo de poder del espíritu sobre el espíritu, una especie de institución
que vale tanto para las escuelas como para los hospitales, las prisiones, los
reformatorios, los hospicios o las fábricas.

El Panóptico era un sitio en forma de anillo en medio del cual había un patio con
una torre en el centro. El anillo estaba dividido en pequeñas celdas que daban al
interior y al exterior y en cada una de esas pequeñas celdas había, según los
objetivos de la institución, un niño aprendiendo a escribir, un obrero trabajando,
un prisionero expiando sus culpas, un loco actualizando su locura, etc.Entre las Líneas En la
torre central había un vigilante y como cada celda daba al mismo tiempo al
exterior y al interior, la mirada del vigilante podía atravesar toda la celda; en ella
no había ningún punto de sombra y, por consiguiente, todo lo que el individuo
hacía estaba expuesto a la mirada de un vigilante que observaba a través de
persianas, postigos semicerrados, de tal modo que podía ver todo sin que nadie,
a su vez, pudiera verlo. Para Bentham, esta pequeña y maravillosa argucia
arquitectónica podía ser empleada como recurso para toda una serie de
instituciones. El Panóptico es la utopía (idealista, irreal: derivado del griego “u-topos”, significa “ningún lugar así”) de una sociedad y un tipo de poder que
es, en el fondo la sociedad que actualmente conocemos, utopía (idealista, irreal: derivado del griego “u-topos”, significa “ningún lugar así”) que
efectivamente se realizó. Este tipo de poder bien puede recibir el nombre de
panoptismo: vivimos en una sociedad en la que reina el panoptismo.

El panoptismo es una forma de saber que se apoya ya no sobre una indagación
sino sobre algo totalmente diferente que yo llamaría examen. La indagación era
un procedimiento por el que se procuraba saber lo que había ocurrido. Se
trataba de reactualizar un acontecimiento pasado a través de los testimonios de
personas que, por una razón u otra —por su sabiduría o por el hecho de haber
presenciado el acontecimiento—, se consideraba que eran capaces de saber.
En el Panóptico se producirá algo totalmente diferente: ya no hay más
indagación sino vigilancia, examen. No se trata de reconstituir un acontecimiento
sino algo, o mejor dicho, se trata de vigilar sin interrupción y totalmente.
Vigilancia permanente sobre los individuos por alguien que ejerce sobre ellos un
poder —maestro de escuela, jete de oficina, médico, psiquiatra, director de
prisión— y que, porque ejerce ese poder, tiene la posibilidad no solo de vigilar
sino también de constituir un saber sobre aquellos a quienes vigila. Es éste un
saber que no se caracteriza ya por determinar si algo ocurrió o no, sino que
ahora trata de verificar si un individuo se conduce o no como debe, si cumple
con las reglas, si progresa o no, etcétera. Este nuevo saber no se organiza en
torno a cuestiones tales como «¿se hizo esto?, ¿quién lo hizo?»; no se ordena
en términos de presencia o ausencia, existencia o no-existencia, se organiza
alrededor de la norma, establece qué es normal y qué no lo es, qué cosa es
incorrecta y qué otra cosa es correcta, qué se debe o no hacer.

Tenemos así, a diferencia del gran saber de indagación que se organizó en la
Edad Media a partir de la confiscación estatal de la justicia y que consistía en
obtener los instrumentos de reactualización de hechos a través del testimonio,
un nuevo saber totalmente diferente, un saber de vigilancia, de examen,
organizado alrededor de la norma por el control de los individuos durante toda su
existencia. Esta es la base del poder, la forma del saber-poder que dará lugar ya
no a grandes ciencias de observación como en el caso de la indagación sino a lo
que hoy conocemos como ciencias humanas: Psiquiatría, Psicología, Sociología,
etcétera. Quisiera analizar ahora cómo se dio este proceso, cómo se llegó a
tener por un lado una determinada teoría penal que planteaba claramente una
cantidad de cosas, y por otro lado una práctica real, social, que condujo a
resultados totalmente diferentes. Tomaré sucesivamente dos ejemplos que se
encuentran entre los más importantes y determinantes de este proceso:
Inglaterra y Francia; dejaré de lado el ejemplo de los Estados Unidos, que
también es importante. Me propongo mostrar cómo en Francia y sobre todo en
Inglaterra existió una serie de mecanismos de control de la población, control
permanente del comportamiento de los individuos. Estos mecanismos se
formaron oscuramente durante el siglo XVIII respondiendo a ciertas necesidades
y fueron asumiendo cada vez más importancia hasta extenderse finalmente a
toda la sociedad y acabar imponiéndose a una práctica penal. Esta nueva teoría
no era capaz de dar cuenta de estos fenómenos de vigilancia nacidos totalmente
fuera de ella, y tampoco podía programarlos (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bien puede decirse que la teoría
penal del siglo XVIII ratifica una práctica judicial formada en la Edad Media, la
estatización de la justicia: Beccaria piensa en términos de una justicia
estatizada. Aun cuando fue, en cierto sentido, un gran reformador, no vio cómo
nacían a un lado y fuera de esa justicia estatizada procesos de control que
acabarían siendo el verdadero contenido de la nueva práctica penal.
¿Cuáles son, de dónde vienen y a qué responden estos mecanismos de control?
Consideremos el ejemplo de Inglaterra. Desde la segunda mitad del siglo XVIII
se forman, en niveles relativamente bajos de la escala social, grupos
espontáneos de personas que se atribuyen, sin ninguna delegación por parte de
un poder superior, la tarea de mantener el orden y crear, para ellos mismos,
nuevos instrumentos para asegurarlo. Estos grupos proliferaron durante todo el
siglo XVIII. Según un orden cronológico, hubo en primer lugar comunidades
religiosas disidentes del anglicanismo -cuáqueros, metodistas- que se
encargaban de organizar su propia policía. Es así que entre los metodistas,
Wesley, por ejemplo, visitaba las comunidades metodistas en viaje de
inspección a la manera de los obispos de la alta Edad Media. [rtbs name=”historia-medieval”] A él se sometían
todos los casos de desorden: embriaguez, adulterio, vagancia, etc. Las
sociedades de amigos de inspiración cuáquera funcionaban de manera
semejante. Todas estas sociedades tenían la doble tarea de vigilar y asistir.
Asistían a los que carecían de medios de subsistencia, a quienes no podían
trabajar porque eran muy viejos, estaban enfermos o padecían una enfermedad
mental, pero al mismo tiempo que los ayudaban se asignaban la posibilidad y el
derecho de observar en qué condiciones era dada la asistencia: observar si el
individuo que no trabajaba estaba efectivamente enfermo, si su pobreza y
miseria se debían a libertinaje, a embriaguez o a vicios diversos. Eran, pues,
grupos de vigilancia espontáneos de origen, funcionamiento e ideología
profundamente religiosos.

En segundo lugar hubo al lado de estas comunidades propiamente religiosas,
unas sociedades relacionadas con ellas aunque se situaban a una cierta
distancia. Por ejemplo, a finales del siglo XVII, en Inglaterra (1692) se fundó una
sociedad llamada curiosamente «Sociedad para la Reforma de las Maneras»
(del comportamiento, de la conducta).Entre las Líneas En la época de la muerte de Guillermo III
esta sociedad tenía cien filiales en Inglaterra y diez en Irlanda, solo en la ciudad
de Dublín. Esta sociedad, que desapareció a comienzos del siglo XVIII y
reapareció bajo la influencia de Wesley en la segunda mitad del siglo, se
proponía reformar las maneras: hacer respetar el domingo (es en gran parte
gracias a la acción de estas grandes sociedades que debemos el exciting
domingo inglés), impedir el juego, las borracheras, reprimir la prostitución, el
adulterio, las imprecaciones y blasfemias, en suma, todo aquello que pudiese
significar desprecio a Dios. Tratábase, como dice Wesley en sus sermones, de
impedir que la clase más baja y vil se aprovechara de los jóvenes sin
experiencia para arrancarles su dinero.

A finales del siglo XVIII esta sociedad es superada en importancia por otra
inspirada por un obispo y algunos aristócratas de la corte que se llamaba
«Sociedad de la Proclamación», porque había conseguido obtener del rey una
proclama para el fomento de la piedad y la virtud. Esta sociedad se transforma
en 1802 y recibe el titulo característico de «Sociedad para la Supresión del
Vicio», teniendo por objetivo hacer respetar el domingo, impedir la circulación de
libros licenciosos y obscenos, plantear acciones judiciales contra la mala
literatura y mandar cerrar las casas de juego y prostitución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Esta sociedad, aun
cuando seguía siendo una organización con fines esencialmente morales y
cercana a los grupos religiosos, ya estaba un poco laicizada.

En tercer lugar, encontramos en la Inglaterra del siglo XVIII otros grupos más
interesantes e inquietantes: grupos de autodefensa de carácter paramilitar.
Estos grupos surgieron como respuesta a las primeras grandes agitaciones
sociales que no son aún proletarias pero que sí configuran grandes movimientos
políticos y sociales de fuerte connotación religiosa a finales del siglo XVIII, en
particular, el movimiento de los partidarios de Lord Gordon. Los sectores más
acomodados, la aristocracia, la burguesía, se organizan en grupos de
autodefensa y es así que surgen una serie de asociaciones —la «Infantería
militar de Londres», la «Compañía de Artillería»— espontáneamente, sin ayuda
o con un apoyo lateral del poder. Estas asociaciones tienen por función hacer
que reine el orden político, penal o simplemente el orden, en un barrio, una
ciudad, una región o un condado.

En una última categoría de sociedad están las propiamente económicas. Las
grandes compañías y sociedades comerciales se organizan como policías
privadas para defender su patrimonio, sus stocks, sus mercancías y barcos
anclados en el puerto de Londres contra los amotinadores, el bandidismo y el
pillaje cotidiano de los pequeños ladrones. Estas policías dividían los barrios de
grandes ciudades como Londres o Liverpool en organizaciones privadas.
Las sociedades de este tipo respondían a una necesidad demográfica o social,
la urbanización, las migraciones masivas provenientes del campo y que
paulatinamente se concentraban en las ciudades; respondían también —y
volveremos sobre este asunto— a una transformación económica importante,
una nueva forma de acumulación de la riqueza: cuando la riqueza comienza a
acumularse en forma de stocks, mercadería almacenada y máquinas, la cuestión
de su vigilancia y seguridad se transforma en un problema insoslayable;
respondían por último, a una nueva situación política. Las revueltas populares
que fueron inicialmente campesinas en los siglos XVI y XVII se convierten ahora
en grandes revueltas urbanas populares, y en seguida, proletarias.

Es interesante observar la evolución de estas asociaciones espontáneas del
siglo XVIII: vemos un triple desplazamiento a lo largo de esta historia.
Consideremos el primero de ellos: en un comienzo estos grupos eran
provenientes de sectores populares, de la pequeño-burguesía. Los cuáqueros y
metodistas de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII que se organizaban
para intentar suprimir los vicios, reformar las maneras, eran pequeño-burgueses
que se agrupaban con el propósito evidente de hacer que reine el orden entre
ellos y a su alrededor.Si, Pero: Pero esta voluntad de hacer reinar el orden era en
realidad una forma de escapar al poder político, pues éste contaba con un
instrumento formidable, temible y sanguinario: su legislación penal.Entre las Líneas En efecto, se
podía ser ahorcado en más de 300 casos, lo cual significa que era muy fácil que
la aristocracia o quienes detentaban el aparato judicial ejercieran terribles
presiones sobre las capas populares. Se comprende por qué los grupos
religiosos disidentes intentaban escapar a un poder judicial tan sanguinario y
amenazador.

Para escapar a la acción de ese poder judicial los individuos se organizaban en
sociedades de reforma moral, prohibían la embriaguez, la prostitución, el robo y
en general todo aquello que pudiese dar pábulo a que el poder atacara al grupo
y lo destruyera, valiéndose de algún pretexto para emplear la fuerza. Son, pues,
más que nada grupos de autodefensa contra el derecho y no tanto grupos de
vigilancia efectiva. El refuerzo de la penalidad autónoma era una manera de
escapar a la penalidad estatal. Ahora bien, en el curso del siglo XVII esos grupos
cambiarán su inserción social y abandonarán paulatinamente su base popular o
pequeño-burguesa hasta que, al final del siglo, quedarán compuestos y/o
alentados por personajes de la aristocracia, obispos, duques y miembros de las
clases acomodadas que les darán un nuevo contenido.

Se produce así un desplazamiento social que indica claramente cómo la
empresa de reforma moral deja de ser una autodefensa penal para convertirse
en un refuerzo del poder de la autoridad penal misma. Junto al temible
instrumento penal que ya posee, el poder colocará a estos instrumentos de
presión y control. Se trata, en alguna medida, de un mecanismo de estatización
de los grupos de control. El segundo desplazamiento consiste en lo siguiente:
mientras que en un comienzo el grupo trataba de hacer reinar un orden moral
diferente de la ley que permitiese a los individuos escapar a sus efectos, a
finales del siglo XVIII estos mismos grupos —controlados y animados ahora por
aristócratas y personas de elevada posición social— se dan como objetivo
esencial obtener del poder político nuevas leyes que ratificaran ese esfuerzo
moral. Se produce así un desplazamiento de moralidad y penalidad.

En tercer lugar puede decirse que a partir de este momento el control moral
pasará a ser ejercido por las clases más altas, por los detentadores del poder,
sobre las capas más bajas y pobres, los sectores populares. Se convierte así en
un instrumento de poder de las clases ricas sobre las clases pobres, de quienes
explotan sobre quienes son explotados, lo que confiere una nueva polaridad
política y social a estas instancias de control. Citaré un texto que data de 1804,
hacia el final de esa evolución que intento exponer, texto escrito por un obispo
llamado Watson que predicaba ante la «Sociedad para la Supresión de los
Vicios»:

«Las leyes son buenas pero, desgraciadamente, están siendo burladas por las
clases más bajas. Por cierto, las clases más altas tampoco las tienen mucho en
consideración, pero esto no tendría mucha importancia si no fuese que las
clases más altas sirven de ejemplo para las más bajas».

Imposible ser más claro: las leyes son buenas, buenas para los pobres;
desgraciadamente los pobres escapan a las leyes, lo cual es realmente
detestable. Los ricos también escapan a las leyes, aunque esto no tiene la
menor importancia puesto que las leyes no fueron hechas para ellos. No
obstante lo malo de esto es que los pobres siguen el ejemplo de los ricos y no
respetan las leyes.

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Una Conclusión

Por consiguiente, el obispo Watson se siente en la obligación
de decir a los ricos:

«Os pido que sigáis las leyes aun cuando no hayan sido hechas para vosotros,
porque así al menos se podrá controlar y vigilar a las clases más pobres.»
En esta estatización progresiva, en este desplazamiento de las instancias de
control que pasan de las manos de la pequeña burguesía que intenta escapar al
poder a las del grupo social que detenta efectivamente el poder, en toda esta
evolución, podemos observar cómo se introduce y se difunde en un sistema
penal estatizado —el cual ignoraba por completo la moral y pretendía cortar los
lazos con la moralidad y la religión— una moralidad de origen religioso. La
ideología religiosa, surgida y fomentada en los grupos cuáqueros, y metodistas
en la Inglaterra del siglo XVII, viene ahora a despuntar en el otro polo, el otro
extremo de la escala social, del lado del poder, como instrumento de control de
arriba a abajo. Autodefensa en el siglo XVII, instrumento de poder a comienzos
del siglo XIX: este es el proceso que observamos en Inglaterra.

En Francia se da un proceso bastante diferente debido a que, por ser un país de
monarquía absoluta, poseía un fuerte aparato estatal que la Inglaterra del siglo
XVIII ya no tenía porque había sido ya debilitado por la revolución burguesa del
siglo XVII. Inglaterra se había liberado de la monarquía absoluta saltándose esa
etapa que dura en Francia unos ciento cincuenta años.

El aparato de Estado se apoyaba en Francia en un doble instrumento: un
instrumento judicial clásico —los parlamentos, las cortes, etc.— y un instrumento
parajudicial —la policía— cuya invención debemos al Estado francés. La policía
francesa estaba compuesta por los magistrados de policía, el cuerpo de la
policía montada, y los tenientes de policía; estaba dotada de instrumentos
arquitectónicos tales como la Bastilla, Bicêtre, las grandes prisiones, etc.; y tenía
también sus aspectos institucionales como las curiosas lettres-de-cachet.
La lettre-de-cachet no era una ley o un decreto sino una orden del rey referida a
una persona a título individual, por la que se le obligaba a hacer alguna cosa.
Podía darse el caso, por ejemplo, de que una persona se viera obligada a
casarse en virtud de una lettre-de-cachet, pero en la mayoría de las veces su
función principal consistía en servir de instrumento de castigo.

Por medio de una lettre-de-cachet se podía arrestar a una persona, privarle de
alguna función, etc., por lo que bien puede decirse que era uno de los grandes
instrumentos de poder de la monarquía absoluta. Las lettres-de-cachet han sido
objeto de múltiples estudios en Francia y ha llegado a ser muy común
considerarlas como algo temible, representación de la arbitrariedad real por
antonomasia que cae sobre un individuo como un rayo.Si, Pero: Pero es preciso ser más
prudente y reconocer que no funcionaron solo de esta forma. Y así como vimos
que las sociedades de moralidad podían actuar como una manera de escapar al
derecho, observamos también con respecto a estas curiosas disposiciones un
juego bastante curioso.

Al examinar las lettres-de-cachet enviadas por el rev en cantidad bastante
elevada notamos que, en la mayoría de los casos, no era él quien tomaba la
decisión de mandarlas. Procedía a veces como en los restantes asuntos de
Estado, pero en la mayoría de ellas, decenas de millares de lettres-de-cachet
enviadas por la monarquía, eran en realidad solicitadas por diversos individuos:
maridos ultrajados por sus esposas, padres de familia descontentos con sus
hijos, familias que querían librarse de un sujeto, comunidades religiosas
perturbadas por la acción de un individuo, comunas molestas con el cura de la
localidad, etcétera. Todos estos pequeños grupos de individuos pedían una
lettre-de-cachet al intendente del rey; éste llevaba a cabo una indagación para
saber si el pedido estaba o no justificado y si el resultado era positivo, escribía al
ministro del gabinete real encargado de la materia solicitándole una lettre-decachet
para arrestar a una mujer que engaña a su marido, un hijo que es muy
gastador, una hija que se ha prostituido o al cura de la ciudad que no muestra
buena conducta ante los feligreses. La lettre-de-cachet se presenta pues, bajo
su aspecto de instrumento terrible de la arbitrariedad real, investida de una
especie de contrapoder, un poder que viene de abajo y que permite a grupos,
comunidades, familias o individuos ejercer un poder sobre alguien. Eran
instrumentos de control en alguna medida espontáneos, que la sociedad, la
comunidad, ejercía sobre sí misma. La lettre-de-cachet era por consiguiente una
forma de reglamentar la moralidad cotidiana de la vida social, una manera que
tenían los grupos —familiares, religiosos, parroquiales, regionales, locales— de
asegurar su propio mecanismo policial y su propio orden.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Si nos detenemos en las conductas que suscitaban el pedido de lettre-de-cachet
y que se sancionaban por medio de éstas, distinguimos tres categorías:
En primer lugar lo que podríamos denominar conductas de inmoralidad —
libertinaje, adulterio, sodomía, alcoholismo, etc. Estas conductas provocaban de
parte de las familias y las comunidades un pedido de lettre-de-cachet que era
inmediatamente aceptado. Tenemos aquí, por consiguiente, la represión moral.
En segundo lugar están las lettres-de-cachet enviadas para sancionar conductas
religiosas juzgadas peligrosas y disidentes; en esta categoría se clasificaba a los
hechiceros que tiempo hacía habían dejado de morir en la hoguera.
En tercer lugar es interesante notar que en el siglo XVIII las lettres-de-cachet
fueron utilizadas algunas veces en casos de conflictos laborales. Cuando los
empleadores, patrones o maestros no estaban satisfechos del trabajo de sus
aprendices y obreros en las corporaciones, podían desprenderse de ellos
despidiéndoles o, rara vez, solicitando una lettre-de-cachet.

La primera huelga de la historia de Francia fue la de los relojeros, en 1724. Los
patrones relojeros reaccionaron detectando a quienes aparecían como líderes
del movimiento de fuerza y solicitando en seguida una lettre-de-cachet que les
fue concedida poco después. Tiempo después el ministro del rey quiso anular la
lettre-de-cachet y poner en libertad a los obreros huelguistas pero la misma
corporación de los relojeros solicitó al rey que no se liberara a los obreros y se
mantuviera la vigencia de la lettre-de-cachet. Este es un típico ejemplo de cómo
los controles sociales, que no se relacionan ya con la religión o la moralidad sino
con problemas laborales, se ejercen desde abajo y a través del sistema de
lettres-de-cachet sobre la naciente población obrera.

Cuando la lettre-de-cachet era punitiva resultaba en la prisión del individuo. Es
interesante señalar que la prisión no era una pena propia del sistema penal de
los siglos XVII y XVIII. Los juristas son muy claros con respecto a esto, afirman
que cuando la ley sanciona a alguien el castigo será la condena a muerte, a ser
quemado, descuartizado, marcado, desterrado, al pago de una multa; la prisión
no es nunca un castigo. La prisión, que se convertirá en el gran castigo del siglo
XIX tiene su origen precisamente en esta práctica para-judicial de la lettre-decachet,
utilización del poder real por el poder espontáneo de los grupos. El
individuo que era objeto de una lettre-de-cachet no moría en la horca, ni era
marcado y tampoco tenía que pagar una multa, se lo colocaba en -prisión y
debía permanecer en ella por un tiempo que no se fijaba previamente. Rara vez
la lettre-de-cachet establecía que alguien debía permanecer en prisión por un
período determinado, digamos, seis meses o un año.Entre las Líneas En general estipulaba que
el individuo debía quedar bajo arresto hasta nueva orden y ésta solo se dictaba
cuando la persona que había pedido la lettre-de-cachet afirmaba que el individuo
en prisión se había corregido.

La idea de colocar a una persona en prisión para corregirla y mantenerla
encarcelada hasta que se corrija, idea paradójica, bizarra, sin fundamento o
justificación alguna al nivel del comportamiento humano, se origina precisamente
en esta práctica.

Aparece también la idea de una penalidad que no tiene por función el responder
a una infracción sino corregir el comportamiento de los individuos, sus actitudes,
sus disposiciones, el peligro que significa su conducta virtual. Esta forma de
penalidad aplicada a las virtualidades de los individuos, penalidad que procura
corregirlos por medio de la reclusión y la internación, no pertenece en realidad al
universo del Derecho, no nace de la teoría jurídica del crimen ni se deriva de los
grandes reformadores como Beccaria. La idea de una penalidad que intenta
corregir metiendo en prisión a la gente es una idea policial, nacida paralelamente
a la justicia, fuera de ella, en una práctica de los controles sociales o en un
sistema de intercambio entre la demanda del grupo y el ejercicio del poder.
Completados estos dos análisis quisiera ahora extraer algunas conclusiones
provisorias que intentaré utilizar en la próxima conferencia.

Los datos del problema son los siguientes: ¿cómo fue que el conjunto teórico de
las reflexiones sobre el derecho penal que hubiera debido conducir a
determinadas conclusiones quedó de hecho desordenado y encubierto por una
práctica penal totalmente diferente que tuvo su propia elaboración teórica en el
siglo XIX, cuando se retomó la teoría del castigo, la criminología? ¿Cómo pudo
olvidarse la gran lección de Beccaria, relegada y finalmente oscurecida por una
práctica de la penalidad totalmente diferente basada en los comportamientos y
virtualidades individuales dirigida a corregir a los individuos? En mi opinión, el
origen de esto se encuentra en una práctica extra-penal.Entre las Líneas En Inglaterra los
grupos, para escapar al derecho penal, crearon para sí mismos unos
instrumentos de control que fueron finalmente confiscados por el poder central.
En Francia, donde la estructura del poder político era diferente, los instrumentos
estatales establecidos en el siglo XVII por el poder real para controlar a la
aristocracia, la burguesía y los rebeldes fueron empleados de abajo hacia arriba
por los grupos sociales.

Es entonces que se plantea la cuestión de saber por qué se da este movimiento
de grupos de control, la cuestión de saber a qué respondían estos grupos.
Hemos visto a qué necesidades originarias respondían pero, ¿por qué razón
tuvieron ese destino, por qué se desviaron, por qué el poder o quienes lo
detentaban retomaron estos mecanismos de control que estaban situados en el
nivel más bajo de la población?.

Para comprender esto es preciso considerar un fenómeno importante: la nueva
forma que asume la producción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En el origen de este proceso que he venido
analizando está el hecho de que en la Inglaterra de finales del siglo XVIII —
mucho más que en Francia— se da una creciente inversión dirigida a acumular
un capital que no es ya pura y simplemente monetario. La riqueza de los siglos
XVI y XVII se componía esencialmente de fortuna o tierras, especie monetaria o,
eventualmente, letras de cambio que los individuos podían negociar.Entre las Líneas En el siglo
XVIII aparece una forma de riqueza que se invierte en un nuevo tipo de
materialidad que no es ya monetaria: mercancías, stocks, máquinas, oficinas,
materias primas, mercancías en tránsito y expedición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El nacimiento del
capitalismo, la transformación y aceleración de su proceso de asentamiento se
traducirá en este nuevo modo de invertir materialmente las fortunas. Ahora bien,
estas fortunas compuestas de stocks, materias primas, objetos importados,
máquinas, oficinas, está directamente expuesta a la depredación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Los sectores
pobres de la población, gentes sin trabajo, tienen ahora una especie de contacto
directo, físico, con la riqueza. A finales del siglo XVIII el robo de los barcos, el
pillaje de almacenes y las depredaciones en las oficinas se hacen muy comunes
en Inglaterra, y justamente el gran problema del poder en esta época es
instaurar mecanismos de control que permitan la protección de esta nueva forma
material de la fortuna. Se comprende por qué el creador de la policía en
Inglaterra, Colquhoun, era un individuo que había comenzado siendo
comerciante y después encargado de organizar un sistema para vigilar las
mercaderías almacenadas en los docks de Londres para una compañía de
navegación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La policía de Londres nació de la necesidad de proteger los docks,
los almacenes y los depósitos. Esta es la primera razón, mucho más fuerte en
Inglaterra que en Francia, de la aparición de una necesidad absoluta de este
control.Entre las Líneas En otras palabras, a esto se debe que este control que funcionaba con
bases casi populares, fuese en determinado momento tomado desde arriba. La
segunda razón es que la propiedad rural, tanto en Francia como en Inglaterra,
cambiará igualmente de forma con la multiplicación de las pequeñas
propiedades como producto de la división y delimitación de las grandes
extensiones de tierras. Los espacios desiertos desaparecen a partir de esta
época y paulatinamente dejan de existir también las tierras sin cultivar y las
tierras comunes de las que todos pueden vivir; al dividirse y fragmentarse las
propiedades, los terrenos se cierran y los propietarios de estos terrenos se ven
expuestos a depredaciones. Sobre todo entre los franceses se dará una suerte
de idea fija: el temor al pillaje campesino, a la acción de los vagabundos y los
trabajadores agrícolas que, en la miseria, desocupados, viviendo como pueden,
roban caballos, frutas, legumbres, etc. Uno de los grandes problemas de la
Revolución Francesa fue el hacer que desapareciera este tipo de rapiñas
campesinas. Las grandes revueltas políticas de la segunda parte de la
Revolución Francesa en la Vendée y la Provenza fueron de algún modo el
resultado del malestar de los pequeños campesinos y trabajadores agrícolas que
no encontraban en este nuevo sistema de división de la propiedad, los medios
de existencia que poseían en el régimen de grandes latifundios.
En consecuencia, puede decirse que la nueva distribución espacial y social de la
riqueza industrial y agrícola hizo necesarios nuevos controles sociales a finales
del siglo XVIII.

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Los nuevos sistemas de control social establecidos por el poder, la clase
industrial y propietaria, se tomaron de los controles de origen popular o
semipopular y se organizaron en una versión autoritaria y estatal.
A mi modo de ver, éste es el origen de la sociedad disciplinaria.Entre las Líneas En la próxima
conferencia intentaré explicar cómo ese movimiento, que apenas he esbozado,
se institucionalizó en el siglo XVIII y se convirtió en una forma de relación política
interna de la sociedad del siglo XIX.

Fuente: Foucault, conferencia dictada en la universidad de Río de Janeiro en mayo de 1973

Recursos

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Véase También

Bibliografía

Becerra Bautista, José, El proceso civil en México; 11ª edición, México, Porrúa, 1984; García Ramírez, Sergio, Curso de derecho procesal penal, 4ª edición, México, Porrúa, 1983; Ovalle Favela, José, Derecho procesal civil; 2ª edición, México, Harla, 1985; Pina, Rafael de y Castillo Larrañaga, José Instituciones de derecho procesal civil, 13ª edición, México, Porrúa 1985; Trueba Urbina, Alberto, Nuevo derecho procesal del trabajo; 6ª edición, México, Porrúa, 1982.

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