Características del Ecumenismo
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Ecumenismo en Relación a Cultura
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre ecumenismo que se haya en otra parte de esta plataforma online). Por su parte, Faith and Order se dirigió desde sus comienzos a la Santa Sede.Entre las Líneas En 1914 el card. Gasparri, en nombre de Benedicto XV, agradecía la información que Robert Gardiner, secretario del movimiento, había enviado a Roma, y el Papa le prometía que los católicos se unirían a la semana de oraciones para la unidad, fijada por los promotores de Faith and Order para el 18-25 de enero. Con ocasión de la conferencia preparatoria de Ginebra (1920), unos delegados de Faith and Order fueron recibidos por Benedicto XV el 16 mayo 1919, al que encontraron con una «bondad irresistible», pero con una «rigidez inquebrantable». La Iglesia Católica no participaría en la Conferencia de Ginebra. La misma disposición mantendría Pío XI a propósito de la Conferencia de Lausana (1927). Ambos Pontífices consignaron oficialmente la disciplina católica por medio de los documentos del Santo Oficio: el Decreto de 4 jul. 1919 y la Resolución de 8 jul. 1927 (AAS 11/1919/309 y 19/1927/278), que remitían, a su vez, a la carta Apostolicae Sedis dirigida por el Santo Oficio a los obispos ingleses en 16 sept. 1865 (texto en «Miscelanea Comillas» 1’5/1951/210 ss.), por la que se prohibía la participación de los católicos en la «Asociation for the Promotion of the Union of Christendom». La actitud de la Santa Sede ante Faith and Order venía, pues, condicionada por la peculiar eclesiología anglicana y su célebre «Branche Theory», teoría de las tres ramas, según la cual las Iglesias Romana, Ortodoxa y Anglicana son tres ramas distintas y de igual valor que, juntas, constituyen la Iglesia Católica indivisa fundada por Jesucristo.
Tal como se presentaba entonces, la concepción de la unidad imperante en Faith and Order «supone que ninguno de los cuerpos eclesiásticos actualmente existentes constituye en sí mismo la única y verdadera Iglesia de Cristo: todas las iglesias vigentes en la actualidad son imperfectas, no sólo en sus miembros, sino también en sí mismas y se encuentran en estado de cisma respecto de la única y verdadera Iglesia de Cristo que todavía no existe» (R. Aubert, o. c. 115).Entre las Líneas En este clima, la Iglesia Católica no podía participar sin sembrar, entre sus fieles y entre los demás cristianos, los mayores equívocos acerca de la eclesiología. La incomprensión que encontró la actitud de la Santa Sede obligó a Pío XI a dirigir a sus hijos católicos la enc. Mortalium animos (6 en. 1928), severa y enérgica, denunciando los peligros y los errores que, desde la fe católica, se observaban en el movimiento ecuménico. Las metas y los objetivos del movimiento, tal como entonces aparecían, tenían toda la ambigüedad de que -está cargada la palabra con que el Papa los designa: «pancristianismo».
La evolución ulterior de Life and Work y Faith and Order determinó que Pío XI autorizara la asistencia privada de católicos a las conferencias ecuménicas de 1937, «con libertad de asistir a todas las reuniones, aunque sin tomar parte activa en las decisiones ni en los votos» («Irenikon» 16/1939/4-5).
2. El pontificado de Pío XII. (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). De una gran riqueza doctrinal en los más diversos campos, este pontificado no podía dejar de tener gran significación en el terreno del ecumenismo. Varias encíclicas dirigidas a las Iglesias orientales muestran la continuidad de la acción de la Santa Sede en lo relativo a la cristiandad ortodoxa.
Detalles
Las enc. Mystici Corporis (1943), Mediator Dei (1947) y Humani generis (1951), sobre todo la primera, contienen indicaciones doctrinales de gran interés en lo relativo a la unidad de los cristianos. Pero, sobre todo, dos documentos del Santo Oficio abordan de un modo expreso la participación de los católicos en el diálogo ecuménico. Se trata del monitum de 5 jun. 1948 y de la célebre instrucción Ecclesia Catholica de 22 dic. 1949, escritos ambos con ocasión de la creación del Consejo Ecuménico de las Iglesias.
Aunque estos documentos parecieron a muchos en su día como la voluntad de Roma de aislarse frente al movimiento ecuménico, en realidad su significación es muy diversa: contienen las medidas disciplinares y doctrinales que la Iglesia Católica debía necesariamente tomar, habida cuenta, por una parte, de su decisión, prudente pero firme, de promover con mayor intensidad el diálogo y los contactos con los hermanos separados; y, por otra, de la grave responsabilidad de proteger la verdadera fe y la pureza de la doctrina de los fieles. Conviene además tener en cuenta que no ha sido el Vaticano II sino la citada instrucción Ecclesia Catholica quien por primera vez ha proclamado que el movimiento ecuménico de los no católicos ha sido suscitado por la gracia del Espíritu Santo… No deja de ser sintomático, en este sentido, que por las mismas fechas (1950), la Santa Sede diera un paso sin precedentes: autorizar de modo definitivo a una Asociación de la Iglesia Católica (el Opus Dei, v.) a recibir a los no católicos como socios cooperadores.
La lectura de la instrucción muestra que lo que preocupa a la Santa Sede es el peligro de indiferentismo o de falso irenismo que podría introducirse en los fieles si se daba una multiplicación indiscriminada y acrítica de reuniones interconfesionales. A los obispos corresponde aplicar las medidas que en la instrucción se señalan para obviar este peligro. Pero, «no sólo deben velar con diligencia y eficacia sobre este Movimiento, sino también promoverlo y dirigirlo con prudencia: con este fin nombrarán sacerdotes que, fieles a las directrices de la Santa Sede, sigan de cerca todo lo que concierne al Movimiento». La instrucción, por otra parte, autorizaba a los católicos a la oración conjunta con los otros cristianos, excluida la Communicatio in sacris. De este modo la instrucción da un paso que, en coherente y homogénea evolución, marcará la línea, que se expresará del modo más autorizado años después en el Decreto del ecumenismo del Concilio Vaticano II
3. El Concilio Vaticano lI. Los pontificados de Juan XXIII (1958-63; v.) y de Paulo VI (1963-; v.) y, sobre todo, el Concilio Vaticano II (1962-65; v.) son de una trascendencia difícil de exagerar para el futuro del movimiento ecuménico. Desde el punto de vista institucional es de una gran importancia la creación por Juan XXIII (5 jun. 1960) del Secretariado para la unidad de los cristianos, que tiene como precedente la Comisión Pontificia creada en 1895 por León XIII citada anteriormente. El Secretariado fue creado con el siguiente objetivo: «Para mostrar nuestro amor y nuestra benevolencia hacia los que llevan el nombre de cristianos, pero se hallan separados de esta Sede Apostólica, y a fin de que puedan seguir los trabajos de Concilio y encontrar más fácilmente la vía que conduce a esta unidad por la cual Jesús dirigió al Padre celestial una súplica tan ardiente» (Motu Proprio Supremo Dei nutu, 5 jun. 19„0). Creado con ocasión del Concilio, se orientó inmediatamente en dos direcciones: trabajos teológicos y contactos personales. Durante la celebración del Concilio el Secretariado para la unidad fue asimilado a una comisión conciliar y se encargó de la preparación del Decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo. Terminado el Concilio Vaticano II, el Secretariado pasó a ser un organismo permanente de la Santa Sede para promover y coordinar las relaciones de la Iglesia Católica con las otras comunidades cristianas. El card. alemán Agustín Bea (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) fue su primer presidente. A su muerte (1969) fue nombrado cardenal y nuevo presidente el holandés J. Willebrands, hasta entonces secretario del organismo. Para este cargo se designó al P. J. Hamer, dominico belga.
No debe ni siquiera intentarse ahora la tarea de exponer los documentos, las manifestaciones, los contactos personales que manifiestan la acción ecuménica de la Iglesia Católica durante ambos pontificados. Baste nombrar, a título de ejemplo, el encuentro de Paulo VI y el patriarca de Constantinopla Atenágoras (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en Jerusalén (1964) en el que culmina el esfuerzo histórico del Papado por la aproximación a los orientales (cfr. P. Rodríguez, Sentido ecuménico del viaje de Paulo VI a Jerusalén, «Nuestro Tiempo» 116/1964/3-26), y la visita de Paulo VI a la sede en Ginebra del Consejo Ecuménico de las Iglesias (1969). Por Roma han pasado a visitar a Juan XXIII y a Paulo VI las figuras más destacadas de la cristiandad no católica. La presencia permanente en Roma, durante los años del Vaticano II, de más de un centenar de observadores oficiales de las otras comunidades cristianas han dado un nuevo tono al clima ecuménico, al permitir llegar de modo muy intenso al mutuo conocimiento.
En el terreno doctrinal, el gran documento normativo para los católicos es el Decreto de ecumenismo Unitatis redintegratio, promulgado solemnemente por el papa Paulo VI junto con los Padres conciliares el día 21 nov. de 1964. Consta de tres capítulos, además de un proemio y una conclusión: el primero dedicado a los principios católicos del ecumenismo (nn. 2-4); el segundo contiene normas para el ejercicio del ecumenismo (mi. 512); el tercero contempla en dos secciones diferentes, a las iglesias orientales (mi. 14-18) y a las iglesias y comunidades eclesiales separadas en Occidente (nn. 19-23). De este documento nos serviremos abundantemente en la parte sistemática de nuestro estudio.Si, Pero: Pero antes de entrar en ella cerraremos la parte histórica resumiendo las relaciones de la Iglesia Católica con el Consejo Ecuménico de las Iglesias.
4. La Iglesia Católica y el Consejo ecuménico. La historia de sus relaciones constituye un importante capítulo de la participación de la Iglesia Católica en el movimiento ecuménico.
a. Una primera etapa va desde la creación del Consejo ecuménico (1948; v. I, A, 3) hasta la constitución por la Santa Sede del Secretariado para la unidad de los cristianos (1961). Ésta se caracteriza por una actitud de expectativa y prudente reserva de la Iglesia Católica, motivada por los equívocos que, en torno a la naturaleza del Consejo ecuménico y del ecumenismo en general, podía observarse en los medios protestantes, junto a otros factores de diverso tipo y secundarios con respecto al anterior. La Santa Sede no envió observadores a Amsterdamni a Evanston. Desde el punto de vista disciplinar, la conducta de los católicos estaba regulada, como hemos visto, por la instrucción del Santo Oficio Ecclesia Catholica, que permitió aumentar el contacto al nivel de diálogo entre teólogos.
b. La segunda etapa, de 1961 a 1968 (Upsala), se caracteriza por una creciente relación entre la Iglesia Católica y el Consejo ecuménico. La doctrina del Concilio Vaticano II y el Secretariado para la unidad son los instrumentos, doctrinal y práctico, por parte de la Iglesia Católica. Manifestaciones: cinco observadores católicos en Nueva Delhi (1961) y otros cinco en Montreal (1963); en Upsala: 15 observadores y varios invitados especiales -entre ellos, mons. Willebrands, y mons. Ch. Moeller, Subsecretario de la S. C. para la Doctrina de la Fey cerca de 150 teólogos católicos enviados por las universidades y revistas especializadas. Por parte del Consejo ecuménico se enviaron observadores oficiales al Concilio Vaticano II y a otras Asambleas católicas.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Aviso
No obstante, lo más importante de esta etapa es la relación orgánica establecida entre el Consejo ecuménico y el Secretariado, desde la creación en 1965 del llamado «Grupo mixto de trabajo de la Iglesia Católica y el Consejo ecuménico», que se reúne periódicamente y promueve el estudio y la cooperación de ambas entidades dentro de un vasto programa, en el que merece destacarse: el ámbito teológico de Fe y Constitución (se prepara un estudio conjunto sobre «catolicidad y apostolicidad», p. ej.) y el de Vida y Acción (creación de la «Comisión de Investigación sobre la sociedad, el desarrollo y la paz», que ha promovido una importante Conferencia de expertos en Beirut, 21 al 27 abr. 1968). Desde Upsala, la Iglesia Católica pertenece a Fe y Constitución después que, previo acuerdo del Consejo ecuménico con el Secretariado, fueron nombrados por la IV Asamblea nueve teólogos católicos como miembros de la Comisión.
c. La etapa actual arranca de la cuestión del posible ingreso oficial de la Iglesia Católica en el Consejo ecuménico planteada en Upsala. El tema presenta matices delicados e implica cuestiones doctrinales que deben ser pensadas y estudiadas despacio. Por otra parte, incluso desde el punto de vista de la utilidad práctica, las cosas no están del todo claras; son en efecto muchos los que vacilan al contestar a una pregunta del tenor siguiente: ¿cómo puede potenciar más el movimiento ecuménico la Iglesia Católica: participando más plenamente en el CEI o manteniéndose como hasta ahora? Ciertamente una lejanía absoluta de la Iglesia Católica con respecto al CEI puede provocar insensiblemente roces e incomprensiones.Si, Pero: Pero una presencia plena de la Iglesia Católica en el CEI plantearía, según los expertos del mismo, enormes problemas estructurales que obstaculizarían su misma vida y podría dar origen a dificultades psicológicas y prácticas no fácilmente solubles. De esa forma, tanto por razones doctrinales como por consideraciones pastorales, la mayoría de quienes se han ocupado de esta cuestión piensan que lo más conveniente es mantener la actitud prudente dibujada hasta ahora. El «Grupo mixto de trabajo» declara en 1967: «por el momento, la pertenencia de la Iglesia Católica al Consejo ecuménico no permitiría un mejor servicio a la causa común de la unidad de los cristianos». El momento cumbre de las relaciones cordiales Iglesia Católica – Consejo ecuménico ha sido la visita de S. S. Paulo VI a la sede del Consejo en Ginebra (10 mayo 69).Entre las Líneas En su discurso, el Papa calificó al Consejo ecuménico de «movimiento maravilloso de cristianos, de hijos de Dios que estaban dispersos (lo 11,51) y que ahora se encuentran buscando una recomposición de la unidad». Después de señalar los aspectos de «creciente colaboración» entre el Consejo ecuménico y la Iglesia Católica, el Papa dijo lo siguiente: «a veces se formula la pregunta: La Iglesia Católica, ¿debe hacerse miembro del Consejo ecuménico? ¿Qué podríamos en este momento responder? Con toda franqueza fraternal Nos no consideramos que la cuestión esté madura hasta el punto de que se pueda o se deba dar una respuesta positiva. La cuestión queda todavía en el terreno de la hipótesis. Comporta serias implicaciones teológicas y pastorales. Exige, por consiguiente, estudios profundos y compromete en un camino que la honradez obliga a reconocer que podría ser largo y difícil.Si, Pero: Pero esto no impide que os aseguremos que miramos hacia vosotros con gran respeto y profundo afecto. La voluntad que nos anima y el principio que nos dirige nos inducirán siempre a una búsqueda, llena de realismo pastoral y de esperanza, de la unidad querida por Cristo».
V. t.: UNIÓN CON ROMA; CISMA; REFORMA PROTESTANTE; CONTRARREFORMA; IGLESIA, HISTORIA DE LA; ORIENTALES, IGLESIAS; LIBRE EXAMEN. [rbts name=”cultura”]
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