Cielo en la Teología
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Cielo en la Teología Sistemática en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre cielo en la teología sistemática que se haya en otra parte de esta plataforma online). 5. Condición de los cuerpos resucitados. La anterior descripción de la vida celestial en su esencia o aspectos espirituales podría inclinar a una concepción exclusivamente espiritual que, en consecuencia, no entendiera el sentido de la resurrección gloriosa de los cuerpos, que con cierto énfasis nos ha sido anunciada en la Sagrada Escritura Sin dejar de afirmar la felicidad de las almas en el cielo, antes de la resurrección, debemos explicar cuál sea la buena y agradable condición corporal de los bienaventurados en la plena consumación que incluye la resurrección gloriosa.
La Sagrada Escritura nos habla de Cristo resucitado como primicias de nuestra resurrección (1 Cor 15), de una vivificación sobrenatural que alcanza también lo somático (Rom 8,11; v. t. Mt 22,30; 2 Cor 4,14 y lo 6,55) y de un recibir de Cristo la comunicación de esta vivificación, razón de la semejanza de los cuerpos resucitados con el del Señor (Act 4,2; Philp 3,21 y 1 Thes 4,17).
Difícilmente buscaríamos en la Escritura una estricta descripción de la vida de los cuerpos resucitados. Un texto de San Pablo (1 Cor 15,42 ss.) ha dado lugar a la formulación de los cuatro dones de los cuerpos resucitados: impasibilidad, claridad, agilidad y sutileza. Éstos, a veces, son descritos en formas harto infantiles, por no penetrar en el lenguaje del Apóstol y por no comprender debidamente el carácter de la revelación. San Pablo nos dice que «se siembra en corrupción y resucita en incorrupción» y en otros lugares nos afirma la inmortalidad de los resucitados celestes y la exclusión del dolor en la vida celestial; sin embargo, no se pase de aquí a pensar que el cuerpo resucitado es como una estatua: se resucita para vivir vida humana, aunque en un nivel de perfección superior. «Se siembra en deshonor y resucita en gloria», es decir, participa todo el hombre, incluido el elemento corporal, de la «doxa» (la gloria, valor reconocido de auténtica grandeza); «se siembra en debilidad y resucita en fuerza», o sea se participa de la «Dynamis» divina, en contraposición a la debilidad de la actual condición (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Finalmente, en una expresión, más bien síntesis de las precedentes que indicativa de una nueva característica de los cuerpos resucitados, dice San Pablo que «se siembra cuerpo natural y resucita un cuerpo espiritual»; la expresión es sorprendente en sí misma, pero aparece su claro sentido si entendemos que en la resurrección también lo somático está penetrado por el Espíritu de Dios, está sobrenaturalizado, elevado a una condición de vida superior, divinizante. No se trata sólo de una perfecta ordenación de lo somático a lo espiritual, aspiración humana, sino además de una sublimación de lo corporal por la operación íntima del Espíritu que, sin embargo, no cambia sustancialmente la condición corporal esencial del cuerpo. Tal vez la curiosidad desearía más y encontraría muchas preguntas que formular a la teología, pero ésta sinceramente nada más puede decir, pues nada más ha dicho Dios (véase en esta plataforma: RESURRECCIóN DE LOS MUERTOS).
6. La felicidad celestial. El maravilloso bienestar celestial nos viene repetidamente indicado en la Sagrada Escritura Las bienaventuranzas (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) tienen indudablemente un sentido escatológico (aunque no único) y el Apocalipsis insiste especialmente: «Felices los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, sí, dice el Espíritu, que reposen de sus fatigas» (Apc 14,13) los que son invitados al banquete de bodas del Cordero (Apc 19,9). Del mismo modo el concepto de gozo, que en la Biblia tiene también siempre un fundamento religioso, se refiere especialmente a la definitiva vinculación con Dios que se da en la consumación celestial; es un gozo que ya se pregunta aquí por la esperanza de su plenitud celestial: «alegraos en la esperanza» (Rom 12,12; v. t. 15,13; 1 Pet 1,3-9 y Le 10,20). A este estado feliz del bienaventurado se refiere también el concepto de paz, con su contenido bíblico: «Su salida de entre nosotros es reputada por aniquilamiento, pero gozan de la paz» (Sap 3,3). Interesante y sugestiva es, finalmente, la idea bíblica del descanso, religioso y beatificante, aplicada a la vida celestial (véase en esta plataforma: Heb 4,3-11).
Sobre este aspecto de la vida celestial mucho se ha escrito, demostrando que el concepto filosófico de beatitud (véase en esta plataforma: FELICIDAD) se realiza en la condición de vida celestial. Se sacia la inteligencia de verdad, la voluntad de amor en el sentido más noble y personal del amor, se goza de una óptima condición somática y de circunstancias (la circunstancia del bienaventurado es óptima: ángeles, santos, creación material plenamente sometida, etcétera) y se está radicalmente exento del dolor nobilísimo pero punzante del remordimiento, del riesgo de perder el bien, etc. Todo es enteramente favorable y de todo se goza noblemente.
Puntualización
Sin embargo, ya no podemos decir más: también aquí debemos aceptar la sobriedad de la Escritura y confiar en Dios, capaz de darnos todos los bienes convenientes; no tienen sentido las objeciones fundadas en el peligro del fastidio, en la concepción caprichosa del bien humano, o el conocimiento del infierno por parte de los santos, etc.
7. Vida comunitaria celestial. La Sagrada Escritura nos presenta la consumación de la salvación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no solamente como una situación a la que muchos son llamados y llegarán, sino también con un aspecto formalmente fraternal y comunitario, que en nada pone restricción al valor del acto personal para la salvación ofrecida por el Señor.
El cielo es la patria, a la que vamos peregrinos y, como rezamos en la Salve, desterrados: «no tenemos aquí una ciudad duradera, sino que buscamos la futura» (Heb 13,14; v. t. Heb 11,14 y 2 Cor 5,6). Ciudadanos del cielo (Philp 3,20; v. t. Eph 2, 12-19 y Gal 4,26), tenemos allí la Casa paterna (Mt 5,16; lo 14,2). El cielo se nos presenta como la nueva y definitiva Jerusalén (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), capítal de la nación consagrada, donde se encontraba el gran bien del Templo del Señor (Gal 4,26; Apc 21,2-10). La denominación de Reino aplicada al cielo, riquísima de contenido, expresa también claramente los lazos profundos entre los bienaventurados en la gloria, señalando simultáneamente el carácter religioso que caracteriza tal comunidad. El Reino tiene dos etapas en la economía cristiana: la Iglesia peregrina y el cielo (véase en esta plataforma: REINO DE DIOS). A esta segunda etapa se refiere al Señor en las parábolas del Reino, de modo muy claro; también el Apocalipsis aunque sin dejar de referirse a la Iglesia de la tierra como Reino de Dios, subraya su consumación celestial: «¡Aleluya, porque reina el Señor, Dios nuestro, el Dueño de todo!» (Apc 19,6; v. t. Apc 5,10). El Concilio Vaticano II después de recordar que la Iglesia constituye el germen y el comienzo del Reino de Dios, añade que «ansía llegar al acabamiento del Reino y con todas sus fuerzas espera y aspira a unirse con su Rey en la gloria» (Lumen gentium, n° 5). La Iglesia bajo la imagen de Esposa de Cristo con todo su sentido de comunidad religiosa, se presenta consumándose en la comunidad celestial: «La ciudad santa, la nueva Jerusalén, la vi que bajaba del Cielo, desde Dios, preparada como una esposa que se ha embellecido para su esposo.» (Apc 21,2). El Concilio Vaticano II ha recogido y comentado claramente esta idea: «Cuando Cristo aparezca y llegue la gloriosa resurrección de los muertos, la claridad de Dios iluminará la Ciudad celestial y el Cordero será su lumbrera. Entonces la Iglesia entera de los santos adorará en la felicidad suprema de la caridad a Dios y al Cordero que ha sido degollado, pregonando a una sola voz: Al que está sentado en el trono y al Cordero: bendición y honor y gloria y poder por los siglos de los siglos» (Lumen gentiuin, n° 51).
El carácter comunitario del cielo, la unidad entre todos los bienaventurados, no es sino la última manifestación del carácter fraternal de la salvación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), que a su vez responde a la dimensión social propia de la persona humana y a la unidad del plan de Dios Creador. La tradición litúrgica de la Iglesia ha vivido muy intensamente este aspecto de la vida celestial, al rogar que los difuntos se agreguen al consorcio de los santos: con esta frase no sólo se dice que participan de la misma suerte sino que la viven fraternalmente. Este aspecto debe considerarse asimismo al estudiar el carácter consumativo que para toda la obra de Dios y para cada uno de los salvados, tiene el fin del mundo: sólo entonces se completará definitivamente la comunidad celestial (véase en esta plataforma: MUNDO, FIN DEL). Es fácil transponer al Reino de Dios en su estado consumado las características que se dan a la Iglesia en este mundo: la capitalidad de Cristo, la dignidad y santa libertad de sus miembros, la ley del amor como norma, el sacerdocio común a todos con cuanto dice de consagración, culto y cooperación a la obra de Dios, cte. Si es verdad que la vida celestial trasciende la de este mundo, también lo es que hay cierta continuidad en el don fundamental de la gracia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y en el estilo de vivir la salvación (véase en esta plataforma: COMUNIÓN DE LOS SANTOS).
8. La vida celestial en relación con la terrena. La vida del cielo se obtiene después de haber vivido aquí en la tierra, pero esta relación de sucesión no basta para considerar todo el nexo entre ambos estadios de vida cristiana. Algunos conceptos bíblicos nos abrirán camino para estudiar más profundamente esta relación.
A. El cielo es la verdadera herencia que Dios promete a quienes constituye hijos suyos. Esta idea arranca del mismo principio de la historia de la salvación: la promesa de Abraham (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) mira en definitiva a la consumación celestial en Cristo. La esperanza de que Dios dará o restituirá la tierra de promisión inicia una actitud que en el correr de los siglos irá revelándose cada vez con mayor claridad en su sentido más propiamente espiritual (véase en esta plataforma: RETRIBUCIÓN EN LA SAGRADA ESCRITURA), alcanzando esta perfección en la esperanza evangélica del C.: «Si sois de Cristo, entonces sois descendientes de Abraham, herederos según la promesa» (Gal 3,29). Cristo es el gran heredero de las promesas divinas, por derecho de Hijo y de salvador (véase en esta plataforma: Heb 1,2; Philp 2,9; Mt 21,8 y 38; Heb 9). La Iglesia recibe la promesa en cierto modo (2 Pet 1,4) pero nuestra filiación divina, aquí realmente iniciada, tiene una plenitud en el momento en que como hijos recibimos toda la herencia (Rom 8,14 ss.; junto con Eph 1,18 y 1 lo 3,2). Esta herencia definitiva es la compañía de Cristo (Mt 25,34), el Reino de Dios consumado (1 Cor 6,9), la incorruptibilidad o plena inmortalidad de todo el hombre (1 Cor 15,50), y la vida eterna (Mc 10,17 y Tit 3,4).
El concepto de herencia celestial, con su origen histórico concreto, nos recuerda la gratuidad del don de Dios, es decir, la carencia de un derecho puramente humano al cielo no sólo por parte de los que procedemos de los gentiles sino también por los descendientes de Abraham según la carne, pues al gran Patriarca le fueron hechas las promesas por pura elección gratuita de Dios. La actitud espiritual que comporta este aspecto es la esperanza (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Este contenido del concepto del cielo como herencia gratuita puede asimismo encontrarse en el de cielo como salvación (definitiva). También aquí podríamos entroncar con ideas bíblicas fundamentales: la salvación obrada por Dios (porque ama a Israel) en la antigua alianza, figura de la salvación realizada por Cristo (Salvador o Jesús por antonomasia) que culmina en el C.; la redención o liberación, que arrancando de la liberación de la esclavitud de Egipto, pasa a explicar la obra de Cristo dando la libertad de los hijos de Dios (véase en esta plataforma: IUSTIFICACIóN) y constituyéndonos en Pueblo de Dios. Todo ello tiene su culminación esencial en la situación celestial.
B. Establecido el concepto de gratuidad del don, podemos considerar la proporción entre éste y la vida previa de la tierra, que expresamos teológicamente con la idea de mérito (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). La composición de gratuidad y premio es uno de los temas más hermosos de la teología, sobre el que S. Agustín disertó maravillosamente compendiando su pensamiento en la consabida frase: «cuando Dios corona nuestros méritos, no corona otra cosa que sus propios dones» (Epístola 194,3,6; PL 33,876).
Cristo, que inicia el cielo, es el gran vencedor (Apc 5,5, Le 11,14-22) cuya victoria aparecerá esplendorosa y eficacísimamente en el último día (Apc 17,14 y 1 Cor 15,24). El cielo nos es prometido también como premio a la victoria en la lucha de este mundo: los mártires son los grandes triunfadores (Apc 11,7). Por esta razón el cielo es como una corona (signo y premio de una victoria alcanzada tras dura lucha): corona de la vida (lac 1,12), de gloria (1 Pet 5,4), de justicia (2 Tim 4,8) e incorruptible (1 Cor 9,25). Asimismo en las cartas a los «ángeles de las Iglesias» se promete a quienes venzan: el árbol de la vida (Apc 2,7) la corona de la vida (Apc 2,10), el maná escondido (Apc 2,17), el poder (Apc 2,26), el vestido blanco (Apc 3,5), ser columna en el Templo de Dios y tener el nombre de Dios en sí mismo como señal de protección (Apc 3,12), y el sentarse en el trono con Cristo (Apc 3,21). El gran libro de la lucha cristiana es también el que más hermosamente trata del gran premio destinado a los vencedores. La vida cristiana que se premia tiene como valores que explican la recompensa, los siguientes: las obras puestas por el justo guardan cierta proporción con el cielo por cuanto están realizadas bajo el influjo de la gracia de Cristo (con lo cual queda claro que dependemos totalmente de Cristo, sin que nuestros méritos oscurezcan su salvación, antes bien la ensalcen, pues son su fruto) y son obras realizadas con una intención de servicio filial a Dios (se las «damos» en cuanto podemos analógicamente dar algo a Dios); añádese que el mismo Dios libérrima, pero seriamente, ha prometido aceptar estas obras en razón de obsequio a recompensar por parte suya (véase en esta plataforma: MÉRITO). Advertimos, sin embargo, que las buenas obras no sólo merecen el cielo, sino también el aumento de gracia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) ya aquí en la tierra, y que esta razón de premio puede faltar en algunos o muchos de los que se salvan, es decir, los niños incorporados a Cristo que mueren antes del uso de razón: en ellos el cielo es pura gracia sin nada de premio. La tradición, arrancando de la Sagrada Escritura y especialmente del Apocalipsis, nos da unas valoraciones concretas de obras dignas de recompensa celestial al honrar a distintos grupos de cristianos que se distinguieron en el servicio de Dios y de la Iglesia: los mártires, los obispos, los ascetas y las vírgenes, los dadivosos y grandes bienhechores de la Iglesia, etc. Capítulo especial merece el premio que la Iglesia proclama que han ya recibido las grandes y singulares figuras de la historia de la salvación: María, S. José, S. Juan Bautista, los grandes Patriarcas de la antigua alianza, etc.
Habiendo en la gloria celestial esta razón de premio, el cielo no es igual para todos, pues los méritos son distintos, como hemos visto más arriba. La misma Escritura lo recuerda: «Cada cual recibirá su propio salario, según su propio trabajo» (1 Cor 3,8; v. t.: Mt 5,12; 2 lo 8; 2 Cor 9,6 y 1 Cor 15,41). Todos los bienaventurados verán y amarán a Dios, todos serán felices, pero habrá diversidad en la gloria-premio, «contemplarán claramente al mismo Dios trino y uno, tal como Él es, pero unos más perfectamente que otros según la diversidad de méritos» (conc. de Florencia, Denz.Sch. 1305). Los teólogos buscan y explican de algún modo cómo podemos concebir esta desigualdad celestial sin mengua de la común felicidad. Advertimos que la objeción que a veces se hace a dicha desigualdad, basándose en la parábola de los trabajadores que van al campo a distintas horas (Mt 20,1-16) no tiene peso, pues la parábola tiene un mensaje mucho más sencillo y no entra en este tema (véase en esta plataforma: JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL; INFIERNO; PURGATORIO). La actitud espiritual que descubre la idea del cielo como premio es la del estímulo en la lucha que aquí sostenemos (véase en esta plataforma: ASCETISMO II; LUCHA ASCÉTICA).
C. Otra interesante relación entre la gloria celestial y la vida cristiana aquí en la tierra es la que se compendia con el concepto de vida eterna, entendido no sólo como vida sin término, sino como participación de la vida divina (del Eterno) que es el sentido profundo que tiene esta expresión, generalmente, en S. Juan (véase en esta plataforma: GRACIA).Entre las Líneas En Cristo está la vida (lo 1,4) y viene al mundo para darla a sus ovejas (lo 10); esta vida puede compararse a un agua que fecunda (el agua es el Espíritu: lo 7,37 y Apc 22,1) o a la savia que mantiene y hace crecer el árbol (lo 15 y Apc 22). Es una vida espiritual: es el conocimiento amoroso de Dios vivido en íntima unión con Él (lo 17,3). Esta vida que sólo se pierde por el pecado (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), se vive ya aquí, pero se perfecciona en el C.; S. Juan, actualizando la escatología en virtud de esta vivencia sobrenatural que empieza ya en este mundo, nos presenta en cierta sobreposición de conceptos la vida en los dos estadios simultáneamente.
También San Pablo nos habla de la vida aquí y allá y establece la relación entre ambas realizaciones vitales sobrenaturales: «Habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; cuando se manifieste Cristo, nuestra vida, entonces también vosotros os manifestaréis gloriosos junto a él» (Col 3, 3-4; v. t.: Rom 6,23; 1 Cor 15,45 y Philp 1,21). El cielo aparece como una plenitud de vida sobrenatural, aquí empero tenemos ya esta vivificación por haber empezado el contacto real y vital con Cristo, que en la gloria se perfecciona y consuma.
A la luz de esta profunda relación entre la vida cristiana y el cielo, descubrimos que el cielo ha de marcar el estilo de nuestro vivir aquí. La expresión medieval «gratia semen gloriae» (la gracia es una semilla de la gloria) no sólo es un anuncio venturoso sino una responsabilidad en el vivir cristiano. Lo que por la fe sabemos que anida en el fondo de nuestro espíritu, podemos valorarlo considerando lo que será en su simple desarrollo vital.
La vida eterna en nosotros, que se desarrolla plenamente en el cielo es, ni más ni menos, la participación de la misma vida trinitaria. La vinculación vital del bienaventurado con las tres Personas divinas responde a las procesiones inmanentes y a las relaciones que guardan Ellas entre sí. La vida que arranca del Padre y se refleja en el Hijo y se da en el Espíritu Santo, es la que se tiene en participación por la posesión del Espíritu, dado por Cristo en su comunicación constante y vital con cada uno, que nos hace exclamar: «Padre», al referirnos a la primera Persona, porque así lo es nuestro en Cristo (véase en esta plataforma: TRINIDAD SANTísimA). A semejanza de las divinas procesiones inmanentes del entender y del querer, la vida sobrenatural, ya sea aquí en la tierra por la fe y la caridad, ya sea en el cielo por la visión y la caridad, se expresa en las dos grandes operaciones espirituales del hombre, íntimamente conectadas: la inteligencia que ve a Dios o cree en Él, y la voluntad que ama. Por otra parte la común participación de la misma vida divina por todos los bienaventurados, explica la profunda vinculación entre ellos y el sentido profundo de la comunidad celestial.
9. Duración de la vida celestial. La vida del cielo no tiene término final. La doctrina de la Iglesia sobre esta duración del cielo no ofrece dudas.Entre las Líneas En la Const. Benedictus Deus leemos: «. y esa visión y ese gozo se da sin la menor fisura o interrupción y continuará hasta el juicio final y, desde entonces, eternamente» (Denz.Sch 1001). Estas palabras de la definición dogmática son el simple desarrollo del artículo de fe contenido en el Credo: «Creo. en la vida eterna». Asimismo la base bíblica es segurísima.Entre las Líneas En los Evangelios y en San Pablo especialmente, la expresión vida eterna referida a la vida del cielo subraya esta perennidad sin acabamiento de dicha vida; la expresión eterna es traducción de la palabra hebrea olam que significa duración que trasciende la medida humana, que se contrapone a la del tiempo cósmico en que aquí está sumergido el hombre. Aunque al aplicar la eternidad a Dios (véase en esta plataforma: DIOS iv, 9), la duración significada adquiere unas características singulares, consiguientes a la singularidad del Ser divino, al aplicarla al hombre en su estado definitivo tiene el sentido, por lo menos, de duración sin término (véase en esta plataforma: ETERNIDAD; TIEMPO).
La Escritura no sólo habla de «vida eterna», en el sentido antes expuesto (Mi 19,19; 25,46; Me 10,17.30; lo 3,15 s.; 4,36; 6,40; 10,28; 17,2; Rom 2,7; 6,22; cte.) sino también de «eternos tabernáculos» (Le 16,9), «casa eterna» (2 Cor 5,1) «herencia eterna» (Heb 9,15) «peso eterno de gloria» (2 Cor 4,17) y de un «vivir para siempre» (Sap 5,16) manifiesta asimismo esta verdad con otras expresiones que excluyen positivamente un término de la vida celestial: «corona incorruptible» (1 Cor 9,25), «estaremos siempre con el Señor» (1 Tess 4,17), «jamás habrá muerte (Apc 21,4), «nadie podrá quitaros el gozo» (lo 16,22), etc. Toda la contraposición entre cielo y tierra quedaría desvalorizada si no se afirmara e insistiera en este carácter perpetuo de la vida celestial.
Las razones teológicas que abonan y explican este hecho son fáciles de comprender: No habría felicidad plena si el mismo estado feliz no estuviera asegurado de permanecer ; la amistad espiritual profunda entre Dios el bienabenturado tiende de sí misma a perdurar y ninguna razón podría inducir a Dios a cortarla siendo,como sera siempre, correspondida. Además podría considerarse la incorruptibilidad o inmortalidad del alma (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en sí misma, una vez creada, tema también estudiado por los filósofos (véase en esta plataforma: INMORTALIDAD Ii). Aquí el problema incide en la impecabilidad de los bienaventurados, que la se afirma implícitamente al proclamar la perpetuidad sin término del cielo, y que teológicamente se prueba como e una consecuencia de la misma visión de Dios (visto directamente como sumo bien que es, ninguna razón puede hacer vacilar el alma en el amor a Dios). Nadie crea,al sin embargo, que con ello el hombre pierde en el cielo el ná gran bien de la libertad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general): afianzado en la verdad y se el bien, la libertad jamás declina, jamás puede declinar a su mal uso, que es lo que en este mundo constituye el pecado; esta tendencia personal, consciente y verdadera- tic mente querida hacia el Sumo Amor, es la perfección de la la opción libre del hombre, que así alcanza aquella libertad con que Cristo nos liberó (Gal 4,31).
10. Estado celestial antes del juicio Final. Hemos presentado el cielo en toda su integridad de elementos, tal la como nos viene revelado y como puede verse con toda su grandeza y armonía. Queda por preguntarse, ¿cuál es el cielo antes del segunda advenimiento del Señor? (véase en esta plataforma: JUICIO UNIVERSAL; MUNDO III; RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS).
No es éste el lugar de explicar la historia de la re- fra fleXIón teológica acerca del estado de las almas antes sal de la Parusía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Basta recordar que, según la defini- lic ción dogmática de Benedicto XII (Denz.Sch. 1000), una en vez purificadas en el purgatorio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) si lo necesitaren, gozan ya de la visión de Dios. Ello se realiza con las potencias espirituales, que están expeditas en el alma separada (véase en esta plataforma: ALMA). Nos es difícil entender cómo discurre esta vida en alma separada; más aún, la misma duración al (diferente de la nuestra que llamamos «tiempo») se nos escapa, pues no tenemos experiencia directa de vida solamente espiritual. Tampoco la Escritura nos da la descripción de este estado, aunque ciertamente nos da argumentos en favor de dicha entrada en el cielo antes de la Parusía; p. ej., en aquella confidencia de San Pablo que no sabía si desear quedarse aquí para servir a los hermanos ir a Cristo por la muerte (Philp 1,23 s.). Este texto señala a los creyentes la diferencia entre la valoración de la muerte (necesaria para valorar la vida) en la antigua alianza (cuando no se había revelado ni inaugurado el C.) y en la nuestra. Amando la vida como oportunidad y lugar de amar a Dios y a los hermanos, y de colaborar al gran plan de la creación que preside Cristo, esperamos por la muerte el encuentro pleno con Dios, por lo cual todo cristiano puede y debe hacer suya la exclamación de la «Esposa» de la que es miembro: «Amén. Ven, Señor Jesús» (Apc 22,20).
V. t.: ESCATOLOGÍA; Fin del hombre, en HOMBRE; FELICIDAD; SALVACIÓN 111. [rbts name=”teología”]
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre cielo en la teología sistemática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
M. SCHMAUS, Teología dogmática, VII Los Novísimos, 2 ed. Madrid 1964, 508-618; R. GUARDINI, Les fins derniéres, París 1950, 47-72; A. PIOLANTI (en colaboración), El más allá, Barcelona 1959, 211-224; H. LENNERZ, De noviss:mis, 4 ed. Roma 1940, 3-36; R. GARRIGOU-LAGRANGE, La vida eterna y la profundidad del alma, Madrid 1950, 300-395; J. ROSANAS, El Cielo. Tratado dogmático, Buenos Aires-Poblet 1952; J. STAUDINGER, La vida eterna. El misterio del más allá, Barcelona 1959; L. HERTLANG, El Cielo, Santander 1960; P. MOLINARI, índole escatológica de la Iglesia peregrinante y sus relaciones con la Iglesia del cielo, en La Iglesia del Vaticano II, Barcelona 1965, Es 1143-1162; A. BRIVA, La gloria y su relación con la gracia.
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