Creación del Mundo
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Sintesis Teológica de la Creación en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre sintesis teológica de la creación que se haya en otra parte de esta plataforma online). ¿El mundo creado por Dios es el mejor de los posibles? Ha habido y existen hoy en algunas filosofías existencialistas tendencias pesimistas afirmando que el mundo, o al menos parte de su realidad, es por naturaleza malo (véase en esta plataforma: EXISTENCIALISMO; PESIMISMO). Para el cristiano esto es inadmisible, pues sabe que el mundo es fruto del amor de Dios y comunicación de su bondad, y que, por tanto, el mundo es bueno en todas sus partes. Mas sabe también que el hombre goza de libre albedrío y que, por el mal uso de éste, puede introducir el mal (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en el mundo y afear el rostro bueno y bello de lo creado (véase en esta plataforma: PECADO), aunque sepa que en definitiva incluso el mal cooperará para la realización del bien general del universo.
Por su parte, Leibnitz (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) defendió que Dios estaba obligado a hacer siempre lo mejor, y por eso el mundo actual era el mejor de los posibles. Otros dirán que al menos está obligado moralmente a ello, pues de otra suerte actuaría irracionalmente. Mas el «optimismo» de Leibnitz pugna abiertamente con la libertad divina, ya que Dios se vería obligado a hacer este mundo y no podría haber hecho otro. Igualmente la obligación moral está contra la libertad divina.
Si consideramos en la creación del mundo el modo cómoDios lo hizo, podemos efectivamente decir que es el mejor, pues Dios «no puede hacer las cosas mejor que las hizo, porque no puede hacerlas con mayor sabiduría ni con mayor bondad» (Sum. Th. 1 q25 a6 adl).Si, Pero: Pero si consideramos el mundo en su entidad objetiva, hemos de decir que Dios pudo crear otro mundo mejor que el actual, que tuviese una participación mayor de su esencia divina, y que las cosas pudieron ser mejores en algunos aspectos, pero no en su constitución esencial (ib.). Es claro que ninguna criatura ni el conjunto de las mismas puede adecuar perfectamente la bondad infinita de Dios; el mundo por ser creado siempre será algo finito y Dios siempre podría crear otro que se acercase más a su perfección e infinitud.
Puntualización
Sin embargo, podemos mantener un optimismo relativo por cuanto, en orden al plan de Dios, la ejecución de la obra tiene que ser perfecta, pues nada puede resistir a su omnipotencia. El mundo alcanzará la finalidad que Dios le ha trazado. Ni siquiera el pecado puede impedirlo ya que el mismo pecado entra en el plan de Dios, en cuanto permitido, para sacar de él mayores bienes (Sum. Th. 12 q79 al).
De la consideración de la libertad de Dios al crear se deduce que estamos situados en un contexto de amor, del amor del Creador que nos ha llamado libremente, porque nos quiere, a la existencia. Nuestra existencia no es, pues, un absurdo, no somos seres «para la muerte», sino comprometidos en una historia de progreso y perfección, en una historia de salvación, en la que se realizan las intervenciones amorosas de Dios, en favor del mundo creado y en definitiva del hombre. La creación, como inicio de la existencia de las cosas, no puede menos de ser vista bajo esta perspectiva, como comienzo de esa historia del amor de Dios, que llegará a su meta, cuando muertos y glorificados con Cristo, seamos presentados por El en el Reino del Padre. Bajo esta luz, todos los acontecimientos, con la intervención de las causas segundas, en la historia de cada uno y de toda la creación en general, no pueden ser considerados como producto del acaso, sino expresiones del querer divino, de su amor. Incluso el mal, el dolor y la muerte, han de verse como dones de Dios, quien quiere comunicarse con mayor plenitud, a fin de que el hombre purificándose pueda obtener mayor perfección, llegando por la cruz a la gloria (véase en esta plataforma: MAL II; DOLOR IIIIV; MUERTE VVII).
6. El comienzo del mundo. Podemos preguntarnos si el mundo ha tenido un comienzo temporal, o si por el contrario es eterno, y si una vez comenzado tendrá fin. Quienes defienden que Dios ha creado el mundo necesaria y no libremente, en consecuencia, admiten que el mundo no ha tenido principio. Lo mismo dicen quienes consideran imposible la acción creadora, por no concebir un Dios inmutable que dé comienzo al mundo, ya que implicaría mutación en Dios, mutación en su voluntad, que comienza a querer algo que anteriormente no quería, y en su acción (véase en esta plataforma: DIOS IV, 10). Asimismo se oponen a un comienzo del mundo quienes consideran la materia como algo eterno.
La Sagrada Escritura enseña que el mundo ha tenido comienzo en el tiempo. La lectura del primer capítulo del Génesis induce a pensar que el hagiógrafo bíblico refiere hechos acaecidos al principio del tiempo. Aunque es verdad que el autor no intenta dar a conocer el origen del mundo ni ninguna otra enseñanza científica, sino simplemente comunicar un mensaje religioso en formas poéticas, creemos que el comienzo del mundo forma parte de ese mensaje religioso. La dependencia absoluta del mundo, y la libertad de Dios al crearlo, se ponen precisamente de manifiesto porque el mundo ha comenzado a existir cuando Dios lo dispuso.Entre las Líneas En otros muchos pasajes de la Escritura se nos enseña igualmente que Dios existía antes de las cosas (Prv 8,2226; Eccli 24,5; Ps 90,2); Jesús pide al Padre que le otorgue la gloria que tuvo junto a Él antes de que el mundo fuese (lo 17,5); el Padre le ha amado «antes de la creación del mundo» (lo 17,24); nuestra elección en Cristo ha tenido lugar antes de la constitución del mundo (Eph 1,4). Que el mundo tendrá fin nos lo dice Jesús al afirmar que el cielo y la tierra pasarán (Mt 5,18), que se realizará la consumación del mundo (Mt 13,4049) y entonces vendrá el juicio final (Mt 24); San Pablo asegura que la figura de este mundo está pasando (1. Cor 7,31) y gime la creación hasta que llegue el día del Señor (1 Cor 1,8), «después será el fin» (1 Cor 15,24); el tratamiento cumplido de esta verdad se hace al hablar de los Novísimos (véase en esta plataforma: ESCATOLOGíA II-III; MUNDO III, 2; JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL; RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS).
Entre los Padres de la Iglesia, Teófilo de Antioquía refutó la doctrina platónica de dos principios ingénitos, Dios y la materia, porque si se admite esto, decía, Dios no sería creador de todo (cfr. Los tres libros a Autólico, 2,4, en Padres Apologistas griegos, ed. BAC, Madrid 1954, 785786). Contra los arrianos que afirmaban que el Verbo era pura criatura, y por consiguiente no eterno, los Padres de la Iglesia defienden la eternidad del Verbo y el comienzo de las criaturas en el tiempo (cfr. S. Atanasio, Adversus Arianos, or. 1,29: PG 26,72).
La fe de la Iglesia la encontramos definida por vez primera en el IV Concilio de Letrán que enseña que Dios omnipotente creó en el principio del tiempo las criaturas todas (Denz.Sch. 800), siendo intención del Concilio salir al paso de la doctrina cátara que propugnaba la eternidad de la materia. El Concilio Vaticano I repite esta doctrina (Denz.Sch 3002), oponiéndose a los errores de aquel tiempo «derivados casi todos del panteísmo o de un sistema afín» (Collectio Lacensis, 7,109). Pío XII en la enc. Humani Generis rechaza el error que niega que el mundo haya tenido comienzo (Denz.Sch. 3890).
Desde el punto de vista de la razón, al abordar esta cuestión, S. Tomás afirma categóricamente: «que el mundo no ha existido siempre lo sabemos sólo por la fe, y no puede demostrarse» (Sum. Th. 1 q46 a2). Él mismo afirma que el comienzo del mundo en el tiempo no repugna ni por parte de Dios, ni por parte del mundo, ni por parte de la acción creadora. Al hablar del comienzo del mundo, suele pensarse en una mutación de Dios porque juzgamos su actuar al modo del de las causas segundas; sin embargo, Dios siendo acto puro, carente de toda potencialidad o posibilidad de perfeccionarse, no se modifica o cambia nada por el hecho de producir el mundo (véase en esta plataforma: DIOS IV, 10). Desde la eternidad Dios ha dispuesto la creación de los seres y todo acontecimiento mundano que tendrá lugar en cualquier diferencia de duración o tiempo, aunque en ese mismo acto eterno ha dispuesto que el efecto no se siga terminativamente sino en el momento querido por Él, sin que sea preciso, por parte de Dios, un nuevo acto, un cambio en su ser o en su obrar. El querer y el poder divinos se identifican con su esencia, que es eterna; solamente los objetos queridos, o los efectos eternamente dispuestos, aparecen en el tiempo señalado por Dios. Luego el mundo es querido por Dios eternamente, mas ha comenzado realmente a existir cuando Dios lo ha querido, pues su existencia real depende exclusivamente de la decisión libre de Dios.
La comprensión de esta doctrina resulta un tanto difícil porque barajamos conceptos análogos y la imaginación trabaja más que la razón metafísica. Nos preguntamos por ¿cuándo? existió el mundo y quizá no percibimos que sin la existencia del mundo no hay cuándo; igualmente decimos si existió en el tiempo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), y éste no se da sino cuando existen las cosas. Nos imaginamos del mismo modo un tiempo vacío en el que nada existiría y que después sería llenado por el mundo. Todo esto no corresponde a la realidad, pues no existe un tiempo antes y otro después de la creación del mundo. Lo que existe es la eternidad de Dios (véase en esta plataforma: DIOS IV, 9) que comprende un presente absoluto, sin distinción de pasado o futuro, en la que quiere la creación del mundo y la realización de su acto creador. El decreto de la creación, aunque eterno, eternamente Dios lo dispone para que se realice en el tiempo. Comienza el mundo y con él la medida del tiempo. Por todo esto se debe concluir que podemos señalar la duración real del mundo, cuántos millones de años tiene de existencia, pero no tiene sentido preguntar cuánto tiempo tardó en aparecer.
Pero si no repugna que el mundo haya tenido comienzo en el tiempo, las razones que se dan para probarlo no son apodícticas, pues tampoco repugna que sea eterno. La cuestión es debatida desde antiguo. Santo Tomás la enuncia así: «supuesto, por fe católica, que el mundo no ha existido desde toda la eternidad, como enseñaron algunos filósofos, y que, por el contrario, divo comienzo en su duración según atestigua la Sagrada Escritura, que es infalible, ha surgido la cuestión de si el mundo ha podido existir siempre» (De aeternitate mundi; Cont. Gent. II,3137; Sum. Th. 1 q46). Efectivamente, la prioridad exigida por la causa eficiente con relación a su efecto propio es sólo prioridad de naturaleza, no prioridad de duración, pues la causa eficiente puede obrar desde el instante en que existe. El efecto, o ser contingente, no exige que su existencia sea posterior a la causa que lo produce, como vemos que la luz existe desde que existe el sol con prioridad de naturaleza pero no de duración (De Potentia, q3 al3 ad5).
La cuestión, pues, de la posibilidad de la existencia eterna del mundo entra en el dominio de las cosas discutibles. Sólo la fe nos certifica de su comienzo temporal.
Puntualización
Sin embargo, hay que notar que cuando se defiende la posibilidad de la eternidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) del mundo, ésta no sería igual a la de Dios, porque Dios se identifica con su eternidad, y la eternidad del mundo sería eternidad participada, como es también participado su ser. Igualmente si el mundo hubiera sido creado desde la eternidad, no dejaría de ser causado por Dios, contingente, participado y venido a la existencia por sólo el querer divino, único ser por esencia y necesario. Al afirmar la posibilidad de la eternidad del mundo, se quiere solamente decir que, en ese caso, la acción eterna de Dios habría sacado a la existencia el ser temporal desde siempre.
7. Conservación de los seres en la existencia. Dios, creador del mundo, no lo abandona a sí mismo, sino que lo dirige a su fin mediante su providencia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y gobierno divinos. Efecto de este gobierno divino es la conservación continua, directa y positiva de todos los seres en la existencia. Algunos han entendido la conservación de las cosas en la existencia como una creación continuada en sentido estricto, como si Dios estuviese continuamente sacando de la nada las cosas. Esto contraría la experiencia que nos muestra que nuestro ser permanece en la misma existencia sustancial, y que somos los mismos individualmente en todos los momentos de nuestra existencia. La Iglesia enseña que «todas las cosas que ha hecho Dios, las conserva y gobierna con su providencia… sin excluir las que se refieren a la acción libre de las criaturas» (Denz.Sch. 3003), si bien la definición dogmática no recae directamente sobre la conservación sino sobre la providencia. Sólo de modo indirecto e implícitamente atañe a la conservación, ya que ésta es efecto de la gobernación o providencia ejecutiva.
La Sagrada Escritura dice expresamente: «¿Y cómo podría subsistir nada si tú no quisieras? ¿o cómo podría conservarse sin ti?» (Sap. 11,26). Dios no sólo hizo el mundo sino que en Él «vivimos, nos movemos y existimos» (Act 17,28). La permanencia continuada en la existencia se debe, pues, a una acción positiva de Dios. Por Cristo y para Cristo fueron creadas las cosas y todo «subsiste en Él» (Col 1,17). La palabra subsistir indica la permanencia en la existencia debida a una acción positiva directa de Dios sobre el mundo.
En la Tradición, con rara unanimidad, los Santos Padres enseñan esta verdad. S. Ireneo afirma que tanto el ser como la perseverancia en el mismo dependen de la voluntad divina (Adversus haereses, 2,34,3: PG 7,1031). S. Juan Crisóstomo juzga más admirable la conservación en el ser que la misma creación de la nada (In Haeb. hom. 2,3: PG 63,23). San Gregorio Magno afirma que todas las cosas han sido hechas de la nada, y por su esencia volverían a la nada si no las sostuviese en la existencia la mano de Dios (Moralia, 16,37: PL 75, 1143). Y S. Agustín dice: «Si por un instante el poder de Dios cesara de regir las cosas por Él creadas, al punto cesaría también el ser de las mismas y perecería toda naturaleza» (Super Gen. ad lit., 5,20: PL 34,304).
La razón teológica ayuda a comprender esta verdad. Conforme ya hemos dicho, el ser de las cosas creadas es un ser contingente, que no tiene en sí mismo la razón de su existencia, que así como puede existir puede dejar de serlo, que depende de Dios no sólo en cuanto al hacerse sino en cuanto a la misma existencia. Sólo Dios es existente por naturaleza, pues su esencia es su existir. Todo lo demás tiene una existencia recibida de otro, es existente por participación. El efecto depende de la causa en lo que recibe de ésta; las cosas creadas reciben de la causalidad divina su existencia, luego para permanecer en ella es preciso que continuamente Dios influya en ellas. Este influjo continuo en la existencia de lo creado es lo que llamamos conservación en el ser (cfr. Sum. Th. 1 gl04 al).
Dios no puede comunicar esta acción conservadora a ninguna criatura, como tampoco puede comunicarle la acción creadora. Si lo pudiera, haría a la criatura esencialmente contingente y con existencia participada ser necesario (Sum. Th. ib. ad2). La conservación de las cosas puede considerarse creación continuada, en el sentido de que es una acción divina que continuamente está dando el ser a las cosas; mas no se trata de donación de nueva existencia, ni de una acción nueva de Dios distinta de su acción creadora, «sino continuación de la misma acción por la que les da el ser, la cual se efectúa sin movimiento ni tiempo, del modo que la conservación de la luz en el aire se efectúa por un continuado influjo del sol» (ib. ad4).
Aunque la acción conservadora del ser de las criaturas se debe a Dios de manera directa y positiva, sin embargo, se sirve de las causas segundas para su conservación indirecta y accidental. «Cuando hay efectivamente, muchas causas ordenadas, el efecto depende necesariamente, primero y principalmente, de la causa primeramas también depende en segundo lugar de todas las causas intermedias» (ib. a2), y conforme a eso influyen en la conservación de sus efectos. Dios, por tanto, conserva algunas cosas en el ser por medio de otras causas.
De esto se deduce que Dios está presente en todas las cosas, en la intimidad de las mismas, pues no sólo les ha dado el ser sino que de continuo las está conservando en la existencia, es inmanente a las criaturas. Nada hay más íntimo que la existencia, y Dios está presente ahí (véase en esta plataforma: DIOS IV, 8). Se puede igualmente concluir que eJ dominio y señorío absolutos de Dios sobre el mundo se debe no sólo a que le dio el ser, sino también a que continúa dándoselo mediante la conservación, de modo que si dejara por un momento de comunicárselo perecería al instante. De ahí la posibilidad de la aniquilación de las cosas por el simple hecho de la omisión de la acción conservadora, de modo que quedarían reducidas a la nada. Tanto la creación como la conservación de los seres en la existencia dependen de la voluntad soberanamente libre de Dios. Si Dios no quisiese ya más a sus criaturas, dejarían de ser conservadas y volverían a la nada de donde salieron. Mas creemos que Dios jamás llevará a efecto esta posibilidad, pues el hacerlo no contribuiría a la manifestación de la gracia, ni al esplendor de los atributos divinos, sino que por el contrario «el poder y la bondad de Dios se manifiestan más claramente en el hecho de conservar las cosas en el ser. Se debe, pues, categóricamente afirmar que nada absolutamente se aniquilará» (Sum. Th. ib. a4). Podemos estar seguros de que el amor de Dios que nos trajo a la existencia, está siempre dentro de nosotros conservándonos en ella, y continuará para siempre en la intimidad de nuestro ser. Las cosas cambian, los seres se mudan en otros, pero no se aniquilan. El acto creador de Dios permanece para siempre.
V. t.: Dios IV; MUNDO III; HOMBRE IIIII; ÁNGELES; DEMONIO; MAL; DUALISMO; PANTEÍSMO; MATERIALISMO; MECANICISMo; EMANATISMO; MONISMO; OCASIONALISMo; EVOLUCIÓN. [rbts name=”teologia”]
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre sintesis teológica de la creación en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
Estudios generales: R. GUELLUY, La creación, Barcelona 1969; M (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). FLIcKZ. ALSZEGHY, Los comienzos de la salvación, Salamanca 1965; L. SCHEFFCZYK, Création et Providence, París 1967; T. MOUIREN, La creación, Andorra 1964; H. PINARD, Créa. tion, en DTC III (1908) 20342201; M. SCHMAUS, Teología Dogmática, t. II: Dios creador, 3 ed. Madrid 1966; J. VALBUENA, Introducción y comentario al tratado sobre la creación y gobierno divino, en Suma Teológica, ed. BAC, t. II yIII, Madrid 1959; J. M. DAMAUJ (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). F. SAGUES, Sacrae theologiae Summa, t. II: De Deo uno et trino, De Deo creante et elevante, Madrid 1955; M. DAFFARA, De Deo creatore, Turín 1947; P. PÁRENTE, De creatione universab, Turín 1946; R. GARRIGDULAGRANGE, De Deo Trino et creatore, Turín 1943; B. REY, Creados en Cristo Jesús, La nueva creación según San Pablo, Madrid 1968; E. BEAUCAMP, La Bible et le sens religieux de 1’univers, París 1959.
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