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Funciones de las Naciones Unidas

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Funciones de las Naciones Unidas

Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs]

Organización de las Naciones Unidas (ONU) El papel de las Naciones Unidas (Historia)

En la actualidad, las Naciones Unidas son a la vez más y menos de lo que los fundadores habían anticipado. Son menos, porque, desde el fin de la II Guerra Mundial hasta el final de la década de 1980, la rivalidad existente entre Estados Unidos y la URSS dejó al descubierto la débil unanimidad de las grandes potencias en temas de paz y seguridad. Son más, porque la rápida desintegración de los imperios coloniales, producida desde la década de 1940 hasta la de 1970, creó un vacío en la estructura de las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolíticas en nuestra plataforma)s en nuestra plataforma) que la ONU, en muchas áreas, pudo y supo ocupar.

Incluso durante el periodo de rivalidad entre las superpotencias, la ONU ayudó a mitigar las tensiones entre el Este y el Oeste. Gracias a sus misiones de paz, por ejemplo, fue capaz de mantener ciertas áreas de tensión fuera del dominio de las grandes potencias. La ONU estableció también varios comités sobre desarme y participó en la negociación de tratados con el fin de prohibir las armas nucleares en el espacio exterior y el desarrollo de las armas químicas. La Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) ha contribuido a controlar la proliferación de armas nucleares inspeccionando instalaciones nucleares para comprobar su uso.

Aviso

No obstante, se han alcanzado medidas importantes en el tema del control de armas gracias a las negociaciones directas desarrolladas entre las superpotencias. Entre estas medidas se incluyen el Tratado de Prohibición Parcial de Pruebas (1963), el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (1968), las negociaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas (SALT) de 1972 y 1979, y los tratados de Reducción de Armas Estratégicas (START) de 1991 y 1993.

Además del envío de fuerzas de paz, la ONU ha tenido un papel más relevante en el tránsito de numerosos países hacia la autodeterminación en algunas áreas conflictivas. Ha sido una tribuna importante en la que estados de independencia tardía han comenzado a tomar parte en las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolítica (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolíticas en nuestra plataforma)s en nuestra plataforma), proporcionándoles así la oportunidad de representar sus intereses fuera de su propio entorno, de adherirse a grupos de naciones con intereses parecidos y de escapar de los forzados compromisos de sus antiguos vínculos coloniales. Un problema con el que se enfrenta la ONU en la década de 1990 es la impresión que existe en algunos países occidentales de que se ha convertido en un instrumento de los países subdesarrollados y que, por lo tanto, ya no constituye un foro viable para llevar a cabo negociaciones satisfactorias para naciones más avanzadas en el plano económico.

Muchos problemas globales han sido considerados en una serie de conferencias especiales, celebradas con el patrocinio de las Naciones Unidas, entre las que se encuentran la Conferencia sobre el Entorno Humano (1972), la Conferencia sobre Población Mundial (1974), la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer (1975), la Conferencia sobre Asentamientos Humanos, o sobre el Hábitat (1976), la Conferencia sobre la Desertización (1977), la Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento (1982) y la Cumbre Mundial para los Niños (1990).Entre las Líneas En 1992, más de 100 jefes de Estado y de gobierno, la mayor reunión de dirigentes nacionales de la historia, se reunieron en Río de Janeiro (Brasil) para celebrar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, más conocida por los nombres de Cumbre de la Tierra y Cumbre de Río.

La caída del comunismo, que tuvo lugar en Europa del Este y la URSS entre 1989 y 1991, planteó nuevos desafíos y oportunidades para la acción de la ONU. Por una parte, el fin de la rivalidad entre Estados Unidos y la URSS permitía a la ONU asumir un papel más intenso en la búsqueda de soluciones a los conflictos de Camboya, la antigua Yugoslavia, el Sahara Occidental y el golfo Pérsico. Por otra parte, la guerra civil yugoslava y los conflictos étnicos existentes dentro y entre las antiguas repúblicas soviéticas eran solo ejemplos de la amenaza que la desintegración del que fuera bloque soviético podía representar para la paz y la estabilidad. Cómo afrontar un papel mayor en el mantenimiento de la paz y cómo acomodar la mayor influencia política y económica que habían adquirido Alemania y Japón fueron asimismo desafíos a los que la ONU hubo de enfrentarse en la década de 1990 (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Después de más de 40 años de debates internacionales, en 1993 se aprobó la creación de un nuevo puesto: el alto comisario para los Derechos Humanos. Nombrado por el secretario general, el comisario es responsable de velar por el respeto mundial (o global) a los derechos humanos fundamentales.

El futuro de la Organización pasa por convertirse en el único y auténtico garante de la estabilidad mundial.Entre las Líneas En este sentido, el Tratado Global de Prohibición de Pruebas Nucleares (aprobado por la Asamblea General el 10 de septiembre de 1996), la II Cumbre de la Tierra (celebrada en junio de 1997 en Nueva York, que acordó la futura creación de una Organización Mundial del Medio Ambiente) y la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (celebrada en la ciudad japonesa de Kioto en diciembre de 1997, en la que se delimitó un programa mínimo para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero por parte de los países desarrollados) pueden citarse como sus más recientes actuaciones para fomentar la concordia internacional. Su papel como mediadora en conflictos regionales alterna resultados notables (vigilancia del proceso de paz en Bosnia-Herzegovina o administración provisional de Timor Oriental hasta su total independencia) con muestras de determinada incapacidad.Entre las Líneas En este último aspecto, habría que señalar el relativo fracaso de la Organización en la región africana de los Grandes Lagos, donde no se pudo salvaguardar la seguridad de los refugiados en las sucesivas crisis de Ruanda (1994) y Zaire (actual República Democrática del Congo, 1996-1997).

Las Naciones Unidas no son un gobierno mundial, sino más bien un instrumento muy flexible mediante el cual las naciones pueden cooperar para solucionar sus mutuos problemas. Que cooperen y utilicen la ONU de forma creativa depende de cómo sus gobiernos y sus pueblos entiendan las relaciones con los demás y de cómo imaginen su lugar en el futuro de la humanidad.[1]

El Futuro de la ONU

La ONU ha cumplido una importante misión desde que se fundó, en San Francisco (California), el 24 de octubre de 1945. Sorprende que su labor haya sido más fructífera en aquellos objetivos que fueron secundarios para los padres fundadores que en sus directrices maestras, entonces y hoy prioritarias300. Heredera de la Sociedad de Naciones, surgió de las cenizas de una Segunda Guerra Mundial que consternó al mundo entero por la enorme capacidad letal del género humano y por un creciente armamentismo que no ha cesado desde entonces.

Formada inicialmente por 51 Estados, en nuestros días la cifra se ha extendido a 192 (tras la incorporación de Montenegro el 28 de junio de 2006).Entre las Líneas En teoría —e infructuosamente en la práctica—los miembros de Naciones Unidas están dispuestos a cumplir con sus fines de mantenimiento de la paz y la seguridad en el planeta, cooperación internacional, incremento de relaciones de amistad entre los pueblos y armonización de esfuerzos para alcanzar objetivos comunes (cfr. art. 1 de la Carta). Se trataba, pues, de una organización internacional que nació con el deseo de eliminar la guerra de la faz de la Tierra, resolviendo de manera pacífica las controversias entre Estados y evitando el uso de la fuerza de manera unilateral, salvo en casos de legítima defensa. La organización internacional, como gran novedad, se reservaba el derecho de intervenir militarmente contra un Estado agresor que amenazase la paz.

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Sin embargo, de aquel sueño fundacional, lo esencial no ha llegado a cumplirse.

La ONU cuenta en su haber con grandes aciertos. Basta pensar en su propia fundación, gran acontecimiento mundial, o en el hecho de que prácticamente todos los Estados soberanos reconocidos formen parte de ella; en la Declaración Universal de los Derechos Humanos; en la promoción que ha realizado de la democracia en el mundo prestando asistencia electoral y logística; en su destacado papel en el proceso de descolonización, respetando la voluntad de las comunidades mediante plebiscitos o referendos, y en el fomento del Derecho internacional, su marco de desarrollo.

Sin embargo, también pesan sobre ella serios errores, derivados principalmente del poder omnímodo del Consejo de Seguridad, su órgano ejecutivo, del que, como es sabido, forman parte, como miembros permanentes y derecho a veto (art. 27.3), China, Francia, Reino Unido, Rusia y Estados Unidos.Entre las Líneas En efecto, la ONU se convertía, a través de este órgano, en un fabuloso instrumento en manos de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, que jugaban siempre a ganar, camuflando sus intereses, en un principio con unidad de intenciones, aunque empleasen para legitimarlos a otros diez países del orbe elegidos por un período de dos años por la Asamblea General. El Consejo de Seguridad pronto se convirtió en una camarilla política en la que se decidía el destino del mundo.

Y ello es comprensible, porque a pesar de la pátina de legalidad con la que está recubierto el sistema internacional de Naciones Unidas, la política sigue mostrándose como la fuerza motriz de la ONU. Si la Asamblea General es de por sí un foro eminentemente político, el Consejo pronto se convirtió en la mano ejecutora, no ya de la Asamblea, sino más bien, de los bloques ideológicos que conviven y comparten las formalidades de la ONU. Así, de esta manera tan prosaica y alejada de la legalidad, la política ha terminado dominando no sólo su fuero natural. También se ha impuesto en el terreno jurídico, mediatizando la legitimidad de los órganos de Naciones Unidas y empleando para ello sus propias directrices burocráticas. (El Consejo de Derechos Humanos es una buena muestra de ello. Que China, Arabia Saudita y Cuba formen parte del Consejo denota cómo es posible cumplir con el formalismo y, a la vez, alcanzar objetivos políticos. Ser juez y parte en la delicada problemática de los derechos humanos no ayuda a establecer el imperio de la ley.

Pormenores

Por el contrario, lo pervierte.)

La ONU se ha convertido en una organización jerárquica y disfuncional, financiada —según datos oficiales de 2006— en más de un 40% por Estados Unidos y Japón, incapaz de plantar cara a las grandes potencias en momentos de crisis, principalmente a Rusia y Estados Unidos durante la Guerra Fría (1945-1989), ni al coloso norteamericano tras ella, afanado en restaurar una pax Americana, semejante a la pax Romana que impuso César Augusto.

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Sin embargo, si bien la hipoteca económica pesa sobre sus decisiones, el management de su liderazgo se ha visto, en los últimos años, seriamente comprometido. No sólo demuestra una reacción cuasinula o meramente formal ante cualquier amenaza contra la paz —cómo en el caso del conflicto georgiano— sino que ha caído en la abulia completa. La dependencia económica se ha traducido en un sometimiento político que daña su prestigio y su capacidad de concertación.

Estados Unidos no acepta una estructura internacional que le imponga normas ni que controle sus acciones internacionales. Y menos todavía, después del 11-S. Esta fatídica fecha cambió el destino de las relaciones internacionales acentuando el unilateralismo que se encuentra en la esencia de América desde sus orígenes como nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Con ello, sentenció a la ONU: los Estados Unidos liderarían el proceso de paz en el mundo sin apoyarse en el multilateralismo de Naciones Unidas.

Jeremy A. Rabkin, en su libro “Law without Nations?”, es claro en su diagnóstico sobre el 11-.S: “The international community offered condolences. American then had to summon its own resources to defend itself”. Y continúa con un argumento que ha calado hondo en un gran sector de la población americana y más todavía en los halcones del Pentágono: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) no sólo sirvió como instrumento eficaz para independizarse del Imperio Británico, sino que continúa vigente para defenderse frente a las injerencias de cualquier poder de la Tierra, que le impida ocupar su sitial en el concierto de las naciones: “to assume among the powers of the earth, the separate and equal station”, según reza el texto del documento. (Cfr. Jeremy A. Rabkin, Law Without Nations? Why Constitutional Government Requires Sovereign States (Princeton University Press, Princeton, Oxford, 2005) pg. 233.Entre las Líneas En efecto, la Declaración explica las causas de la Independencia “por un justo respeto a la opinión de la humanidad” (…), pero esta deferencia no implica en modo alguno sumisión, ni deber de tomar en cuenta la opinión de la humanidad en asuntos que afecten a los Estados Unidos.

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Sin embargo, a mi entender, la independencia propiamente dicha ha dejado de existir, por lo que hay que interpretar la Declaración de 1776, y la propia Constitución Americana de 1787, a la luz de los nuevos tiempos, lo que no significa interpretarla frívolamente. El originalismo está reñido con el carácter cambiante de todo pueblo, que no puede quedar constreñido por decisiones tomadas siglos atrás por quienes entonces fungieron de legisladores.)

Esto significa, ni más ni menos, que la soberanía de la nación norteamericana no puede ser comprometida internacionalmente sin vulnerar su independencia, pilar constitucional de los Estados Unidos. El unilateralismo norteamericano, como vemos, está sancionado legalmente, antes incluso de ser llevado a la praxis política. Sólo desde esta perspectiva es comprensible el afán estadounidense de autonomía y su reticencia a formar alianzas, más aún ante la demostrada ineficacia logística de sus aliados naturales. Es bien conocida la incapacidad de Europa de llevar a cabo operaciones militares, no ya a nivel global, sino regional. Mientras el viejo continente se interna en la posmodernidad —con todo lo que ello implica políticamente— Estados Unidos emplea una lógica moderna en los asuntos del gobierno mundial.

La ONU también comparte la metodología europea de resolución de conflictos, aunque no con tanta eficiencia. Lo cierto es que existen amenazas ciertas a la paz que, por la velocidad de los acontecimientos, no pueden ser resueltas empleando un procedimiento lento como el que caracteriza a Naciones Unidas. Con frecuencia, ante la política de hechos consumados, la ONU reacciona tarde y mal. También existe, por supuesto, el peligro de caer en un exagerado belicismo que emplee indiscriminadamente las armas para asuntos en los que la diplomacia pueda y deba intervenir. El equilibrio en este punto está lejos de lograrse. Y, en el fondo, a ello se debe el inmovilismo retórico con que reaccionan las Naciones Unidas ante una crisis internacional (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Despojados de las herramientas materiales para eliminar el enfrentamiento entre facciones —que no siempre son Estados— sólo atina a emitir sendos comunicados de condena y repulsa.

Para sentar una posición sobre un tema en concreto, el gesto es más que suficiente.

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Sin embargo, si se trata de salvaguardar vidas humanas e intervenir con presteza, los papeles no son la solución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Mucho menos si éstos no van acompañados de acciones inmediatas. Es vital dotar a las instituciones globales de una capacidad real que les permita intervenir rápidamente ante un conflicto armado de cualquier índole (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De lo contrario, el país u organismo mejor dotado para ello, actuará o se abstendrá, provocando una predecible crisis de legitimidad de la operación.

La ONU no ha sabido, ni ha podido, como era su deseo, mantener la paz en el mundo: la Guerra de Corea, la crisis de los misiles de Cuba, la guerra de Vietnam, la de Sudán, la invasión soviética de Afganistán, la guerra del Golfo, las guerras civiles de Nigeria, Líbano, Angola, Argelia, Somalia o El Salvador, las matanzas de Ruanda y Kosovo; la masacre de Srebrenica, el genocidio congoleño, la guerra de las Malvinas, la de los Balcanes, la de Chechenia, la guerra entre Etiopía y Eritrea, la de Irak, el reciente conflicto armado en la Franja de Gaza, etc., son algunos ejemplos de la inercia de sus afanes. Naciones Unidas ha sido un instrumento poco eficaz en la lucha contra el terrorismo internacional. No ha logrado contener litigios internacionales o poner punto final a los conflictos ya desatados, ni han faltado, por supuesto, vanos y desesperados intentos por frenar cada una de estas crisis. El problema no es de buena fe, o de preparación por parte de su burocracia. El tema es de límites. El entuerto es de fronteras. La ONU, hasta donde puede actuar, actúa.Si, Pero: Pero siempre termina tropezando con la soberanía o con los intereses nacionales de algún país en concreto.

Se piensa mucho en su reforma. Así lo han aconsejado expertos internacionales en sendos informes enviados a la Secretaría General. (El informe sobre la reforma de la administración de justicia califica el sistema actual como “disfuncional, ineficaz y carente de independencia” y recomienda un sistema del todo distinto “profesional, independiente y descentralizado”. Simon Caney propone una reforma de la ONU incorporando “a democratically elected second assembly”.)

Sin embargo, en mi opinión, no es cuestión de cambios, ni reestructuraciones coyunturales. La ONU es una organización de Estados con intereses tan contrapuestos como egoístas. Y no ha sido tomada en serio por quienes debieron hacerlo, especialmente Rusia, China y los Estados Unidos. Por eso, una revisión de la Carta no modificará un enfoque deficiente. Naciones Unidas, como hiciera la Sociedad de Naciones el 18 de abril de 1946, debe disolverse y ceder sus derechos a una nueva organización mundial, que nazca, no de campos de batalla asolados por armas destructoras, ni de tratados de paz con vencedores y vencidos —como las dos anteriores organizaciones—, sino del deseo irrefrenable del ser humano de organizarse, ¡por fin!, en una comunidad global. Y, por supuesto, sin un cuartel general en los Estados Unidos de América.

Esta nueva organización ha de contar con una fuerza armada creada ex profeso para hacer cumplir sus fines, pues de lo contrario quedará a merced de la ayuda material de las potencias, que no siempre serán generosas con sus recursos. Ha llegado la hora de fundar una Academia militar global, una milicia universal y unas instituciones globales que permitan actuar rápida y eficazmente frente a cualquier amenaza a la paz. Formar este tinglado de organizaciones es una premisa básica para el funcionamiento efectivo de cualquier organización con objetivos mundiales. Sólo así lograremos que las decisiones corporativas que se tomen en el seno de los nuevos organismos no caigan en saco roto y tengan una eficacia real. Este punto, el de la validez de las decisiones legales, es vital para consolidar el prestigio de un nuevo sistema global.

Uno de los más graves problemas de la ONU radica en su carencia de credibilidad. Conforme Estados Unidos se internaba en el unilateralismo, Naciones Unidas ha sido socavada a lo largo de las últimas décadas, sí, pero también debido a la creación de otros foros internacionales —la Unión Europea, por ejemplo— en los que se construyeron espacios de actuación eficaces que cambiaron la vida de millones de ciudadanos. Cualquier intento de regular globalmente las sociedades del tercer milenio debe tener en cuenta este pragmatismo (definido en términos generales, se refiere a las disputas metafísicas que buscan aclarar el significado de los conceptos e hipótesis identificando sus consecuencias prácticas; las ventajas del pragmatismo en la política son que permite un comportamiento de las políticas y las afirmaciones políticas que se configura de acuerdo con las circunstancias y los objetivos prácticos, más que con los principios u objetivos ideológicos) modernizador. El entramado legal existe. El cascarón ha sido creado con exquisitez y testado a lo largo de décadas. Hace falta, sin embargo, establecer una serie de organismos operativos que actúen al margen de los debates políticos propios de un foro reducido como es el Consejo de Seguridad de la ONU. Y para ello, por supuesto, hemos de ceder soberanía (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). De esta manera, convertiremos en realidad lo que ahora es letra muerta.

Estas reformas han de ser estructurales. No se trata de maquillar lo que tenemos. El gran error del actual sistema es su determinismo ciego, esencializado en una burocracia incapaz de actuar frente a un problema concreto. La velocidad es el gran signo de la globalización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La celeridad en las comunicaciones, en los negocios, en el desarrollo tecnológico. El Derecho no puede vivir al margen de la realidad. Cuando así sucede, queda desfasado. Y en muchos temas —sobre todo el de la paz mundial— los juristas nos hemos aferrado al ayer. Concluida la Guerra fría, los instrumentos creados por las potencias para mantener un equilibrio estratégico han quedado obsoletos. La globalización nos ha impuesto un nuevo modelo de conflictos armados, una serie de convencionalismos para actuar frente a una agresión y unas amenazas que antes formaban parte de ciertos cotos periféricos. Casi todo se ha globalizado y a gran velocidad. Este hecho es tan innegable como apremiante. Si nos sumergimos en un determinismo jurídico que elimine de la ecuación variables tan importantes como la política, la economía o la sociología, las fórmulas que propondremos serán meros paliativos para la crisis global, jamás remedios efectivos.

Como juristas nos corresponde analizar e interpretar la globalización y delinear las instituciones jurídicas que permitan que la humanidad se adentre en una nueva era.

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Sin embargo, en tanto hombres de ciencia (para un examen del concepto, véase que es la ciencia y que es una ciencia física), hemos de reconocer que nuestra disciplina tan sólo se ocupa de un aspecto concreto del saber, una dimensión fundamental, qué duda cabe, pero que no pasa de ser una más de las variables de una ecuación universal. Cuando hemos caído en un positivismo riguroso que se apodera por completo de la realidad sin dejar espacio a otro tipo de interpretaciones, el Derecho desaparece, dando paso a un corsé, tan estrecho como ambiguo, plagado de normas y reglamentos pero sin un correlato en la sociedad.

Es preciso, por tanto, reconocer la importancia de otras disciplinas al abordar los problemas de nuestro tiempo. Una estrecha colaboración multidisciplinar permitirá que el Derecho aborde los problemas que nos presenta la posmodernidad con una óptica más amplia. El caso de la ONU es ejemplar. Hemos construido, pese a las presiones de las potencias, un sistema perfectamente aceitado en el plano legal, un marco impresionante de normas y unas directrices impolutas que funcionan a la perfección para dirimir hecatombes a largo plazo.

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Sin embargo, la celeridad del nuevo milenio produce, con mayor frecuencia que en el siglo pasado, conflictos que necesitan un marco distinto para su resolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y mayor premura. Todo ello debido a la enorme capacidad bélica que arrastra consigo la tecnología.

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La Blitzkrieg se ha globalizado (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Decenas de miles de vidas humanas pueden ser aniquiladas en cuestión de días, incluso si se trata de un conflicto focalizado y convencional. Es precisamente allí, ante un hecho de esta envergadura, cuando nos perdemos en los vericuetos de la norma, discutiendo bizantinamente sobre la pertinencia o no de una acción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La imposibilidad de gestionar corporativamente una crisis puntual consiente que dejemos a merced de la violencia a cientos de miles de inocentes. Por ello, aunque las normas sean claras, los juristas no debemos olvidar que el Derecho con frecuencia va de la mano con la política. [rtbs name=”introduccion-a-la-politica”]Y que la política, en tanto ciencia del poder, intenta abarcarlo todo (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Devora independencias. Este afán inclusivo, evidentemente, tiene repercusiones fácticas. Una de las más importantes radica en que la expansión de los móviles políticos termina por condicionar la praxis y la reflexión jurídica.

El entrampamiento político tiene consecuencias en el mundo del Derecho. Es lamentable comprobar cómo la potestas intenta imponerse —con frecuencia lo logra— a la autoridad. Ignorar este hecho es caminar a oscuras por un sendero al borde del precipicio. La injerencia del poder ralentiza la capacidad de respuesta del Derecho. La ONU puede estar pertrechada jurídicamente para una crisis, pero al carecer de la capacidad real que le permita actuar ante ella, se hunde en el abatimiento y reacciona tarde y mal. (Han de cumplirse, por supuesto, las dos condiciones desarrolladas inteligentemente por Fernando R. Tesón en A Philosophy of International Law (Westview Press, Boulder, Colorado, Oxford, 1998) pgs. 59- 65: “Two conditions apply to the potential interventor: its cause has to be just and its government has to be legitimate” (pg. 59). Aunque se refiera a un Estado, es posible extrapolar estos requisitos al despliegue de las fuerzas de un organismo global eficiente.)

Existe, además, una especie de hermetismo que rodea las decisiones del Consejo de Seguridad. Un difícil equilibrio de voluntades que pretenden imponerse al margen de las mayorías coyunturales de la Asamblea General. Si esto es así, se debe en gran parte, a la inoperancia de la propia Asamblea, dividida con frecuencia en los temas más importantes, o neutralizada cuando alcanza la mayoría por el evidente control que ostenta el Consejo.

La gran democracia norteamericana —la más avanzada del planeta— nos acaba de dar una lección histórica de igualdad de oportunidades. Barack Hussein Obama es el nuevo presidente de la hiperpotencia mundial. Su triunfo electoral consolida la premisa de que todos, absolutamente todos, en un marco de igualdad de oportunidades, somos capaces de desarrollar al máximo nuestras virtudes. Lo que importa, en el fondo, es la persona. Y en torno a ella ha de desplegarse una red institucional que no le robe el protagonismo social. Interpolando esta verdad objetiva, es patente hasta qué punto Naciones Unidas no cumple con el principio de realidad. Al otorgar la preeminencia a los Estados, se obstruye el camino hacia una comunidad global jurídicamente organizada.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

En efecto, un sistema democrático globalizado sólo es posible en el marco de un Derecho que reconozca la primacía de la persona. Por ello, Estados Unidos, la nación que abandera la lucha por la democracia y que reconoce la importancia del individuo en la configuración de sus libertades, debe liderar también la refundación de Naciones Unidas en un nuevo organismo que represente mejor la unión indisoluble entre el Derecho y la persona. (Como acertadamente señala Henry Kissinger, el liderazgo global norteamericano no impidió que durante mucho tiempo éste haya sido asumido con cierta indiferencia por su propia población. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

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Sin embargo, esta tendencia profundamente nociva ha ido cambiando lentamente en los últimos años, debido, entre otras razones, a la implosión del antiguo orden y a los ataques directos que sufrió Estados Unidos por parte del radicalismo islámico.Entre las Líneas En palabras de Kissinger, el liderazgo norteamericano es indiscutible (como escribió en 2001): “En los albores del nuevo milenio, los Estados Unidos están disfrutando de una preeminencia sin igual incluso por los mayores imperios del pasado (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Desde el armamento hasta el espíritu empresarial, desde la ciencia hasta la tecnología, desde la educación superior hasta la cultura popular, América ejerce un ascenso sin precedentes en todo el mundo”.)

No entre el Estado y las normas. El empowerment de los individuos está ligado a la eficacia en el funcionamiento de las instituciones globales. Si los Estados Unidos han apostado por romper diversos tabúes y encumbrar al despacho oval al primer presidente mestizo de su historia, también pueden hacer gala de la madurez suficiente para impulsar un proceso serio de reformas en el seno de la comunidad internacional. Y este proceso implica aparcar —como antes lo hizo en beneficio de todos— su inclinación hacia el unilateralismo. La presidencia de Barack Obama es, en este sentido, una oportunidad única. No podemos desperdiciarla.

Enfrentados como estamos a diversos totalitarismos que igualan y superan las amenazas del siglo XX, los pueblos del mundo deben replantear los mecanismos de control que han establecido a lo largo de la historia. Algunos de ellos son manifiestamente obsoletos y han de ceder paso a nuevas instituciones. No se trata de echar por la borda cientos de años de intentos y fracasos. Estamos, más bien, ante una coyuntura magnífica para establecer nuevos parámetros de colaboración, identificando cabalmente aquello que merece permanecer en el acervo de una tradición de paz y solidaridad. Refundar la ONU en un nuevo ente implica desechar los pasivos que ha acumulado a lo largo de estas décadas.

En un mundo en el que las principales potencias se plantean refundar el capitalismo y garantizar la estabilidad financiera, cabe preguntarse por qué este proceso de introspección económica no se realiza en el seno de las Naciones Unidas. Si bien el unilateralismo norteamericano ha sido fatal para responder eficazmente a los retos del nuevo orden, también es cierto que este afán de protagonismo internacional no sólo es patrimonio de los dirigentes norteamericanos. El G-20 busca renovar el sistema económico tras una crisis que sacude los cimientos de la economía global.

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Sin embargo, al cónclave reformista no fueron invitadas todas las naciones que sufren los estragos de la radicalización crematística, ni los países hundidos en la miseria por los errores de la globalización.

Sólo las grandes potencias se consideran legitimadas para remediar los males que en buena medida han causado sus propias administraciones. Y por ello, prefieren crear un “petit comité” en el que entablar la discusión pertinente, alejándose de un consenso mayoritario que le otorgue legitimidad a cualquier programa de reforma. La crisis del capitalismo ha demostrado que el gobierno global se resuelve en foros reducidos, clubes criptocráticos y alianzas uniclasistas. Hasta cierto punto ello es comprensible, debido a la discusión sin término que implicaría un debate en el marco de un escenario más plural. Se impone, por supuesto, la necesidad de resolver los problemas con la mayor brevedad posible.

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Sin embargo, incluso dentro de la ONU —o de su Consejo de Seguridad— pudo crearse, ante la amenaza de bancarrota, o insolvencia, en derecho (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “insolvency” o su significado como “bankruptcy”, en inglés) global, un comité especial para estudiar los posibles remedios a la crisis mundial, sin que ello implique desoír las recomendaciones de las naciones afectadas.

Ahora bien, la refundación del capitalismo —tan mentada en los últimos tiempos y más desde la elección de Barack Obama— no se llevará a cabo de la noche a la mañana, ni en una Cumbre de potencias, ni tras un debate alturado y diplomático en el que intervengan todas las naciones del orbe. Redefinir los alcances de la debacle del sistema financiero es un proceso a mediano, y quizá a largo plazo. Para este tipo de eventos, los mecanismos pertinentes de Naciones Unidas son relegados. Y lo son porque al margen de los discursos, la retórica pomposa y el análisis riguroso, las conclusiones y recomendaciones que emanan de sus entrañas no pueden tornarse efectivas, debido a su incapacidad para unir fuerza y Derecho. La ONU no ha logrado catalizar las demandas de la humanidad en torno a la dimensión económica. Entre otros motivos, debido a su lentitud bizantina.

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La crisis global amenaza con agravarse y debilitar a las ya de por sí débiles poliarquías de los países en vías de desarrollo. Los infructuosos intentos de paliar sus nefastas consecuencias no han tenido como marco los amplios salones neoyorkinos de la ONU. Estados Unidos recibió al G20 en Washington y mostró cómo el liderazgo y la capacidad de respuesta en un entorno problemático pertenecen a otros foros. El APEC, el G20 e incluso una Cumbre planificada para este fin por la Unión Europea tienen mayor capacidad de convocatoria y potestas efectiva. Más aún, ya en el plano de los símbolos, una reunión de estos clubes internacionales que lideran la economía es un hecho mediático más apetecible que cualquier foro organizado en Naciones Unidas sobre el mismo tema.

¿Por qué la ONU ha cedido tanto protagonismo? Pese a representar a la comunidad internacional con más amplitud que ningún otro organismo, no toda la pérdida de su hegemonía emana del cambio de paradigma (un conjunto de principios, doctrinas y teorías relacionadas que ayudan a estructurar el proceso de investigación intelectual) tras la guerra fría. También, preciso y doloroso es reconocerlo, sus propios errores y taras de diseño han contribuido a deteriorar su imagen. No sólo se trata de una profusa y peligrosa ambivalencia en el tema de los derechos humanos, tema sumamente delicado —como señalamos en lo referente al Consejo de Derechos Humanos— ya que disminuye su exigua autoridad. También, lamentablemente, se extiende la pasividad aburguesada de sus elites que no han logrado aglutinar en torno a sí un grupo de presión eficaz que sirva de contrapeso al resto de foros con auténtico poder.

Si queremos revertir esta situación, es preciso refundar el organismo. Sus vicios de origen lo han convertido en inmanejable. (…) Urge democratizar las decisiones que a todos nos incumben y ello será posible sólo si el nuevo presidente aplica una política aperturista, no sólo en los temas comerciales. El retorno a la persona como actor fundamental de la acción internacional es la condición indispensable en cualquier intento de renovación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto) (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Democratizar las relaciones internacionales implica otorgar suficiente poder al ciudadano global como para cambiar las estructuras y dejar de estar determinado por ellas. El valor de la ciudadanía se encuentra intrínsecamente ligado al valor que otorguemos a la persona. Y esta cualidad, tan denostada en los últimos tiempos — incluso asediada por diversas desviaciones ideológicas— es fundamental para reconstruir un orden mundial (o global) que trajo guerra, hambre, crisis y destrucción, jinetes de un apocalipsis que no sabemos cuándo ha de acabar.

Fuente: Rafael Domingo Osl. (¿Qué es el Derecho Global?)

Recursos

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Notas y Referencias

  1. Información sobre organización de las naciones unidas (onu) el papel de las naciones unidas de la Enciclopedia Encarta

Véase También

Otra Información en relación a Organización de las Naciones Unidas (ONU) El papel de las Naciones Unidas

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1 comentario en «Funciones de las Naciones Unidas»

  1. La coyuntura internacional lo permite. La elección de Barack Obama no sólo redefinió el frente interno de la política norteamericana. También sus aspiraciones internacionales y la política norteamericana de comienzos de siglo.

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