Historia del Papado
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Historia de los Papas
Fuera de sus nombres, poco sabemos con seguridad de los obispos romanos de los primeros 300 años.
Puntualización
Sin embargo, la lista de los obispos romanos, consignada en Ireneo de Lyón (Adv. haer. III 3, 3) hacia el año 180, nos trasmite de manera segura la serie de garantes y custodios de la tradición apostólica. Véase más.
Teología
Existen evidencias arqueológicas y literarias que apoyan la creencia de que san Pedro fue martirizado en Roma e incluso que fue enterrado en el emplazamiento tradicional bajo el altar principal de la basílica de San Pedro, el Altar de la Confesión, pero el papel preciso que jugó en la comunidad cristiana en Roma antes de su muerte no se conoce con la misma certeza. [1]
La Contrarreforma y postrimerías
A principios del siglo XVI, los papas fueron por fin capaces de consolidar su autoridad política en los Estados Pontificios y convertirse por primera vez en auténticos príncipes territoriales.Si, Pero: Pero en aquellos mismos años, Martín Lutero hizo del rechazo al papado parte integral de la Reforma. Con creciente vehemencia, calificó al papa de anticristo, no tanto por su supuesta mundanidad y corrupción como por su fracaso al no proclamar la doctrina de la justificación por la fe.Entre las Líneas En 1534, el rey Enrique VIII de Inglaterra hizo que el Parlamento le declarara cabeza de la Iglesia de Inglaterra, quitándole al papa este derecho. Aunque los diferentes reformadores protestantes se diferenciaban en muchos temas, todos coincidieron en la creencia de que el papado era una institución perniciosa, y al menos, nada esencial.
La respuesta católica a la Reforma empezó con el papa Pablo III (1534-1549). Procuró nombrar a hombres prestigiosos para formar el colegio cardenalicio, intentó garantizar un papado moralmente recto en el futuro. El Concilio de Trento (1545-1563) no consideró la misión del papa en la Iglesia, aunque formuló la mayoría de las doctrinas y prácticas de la moderna Iglesia católica.
En la clausura, el Concilio pasó al papado sus asuntos inacabados así como la implantación progresiva de sus decretos, lo cual fortaleció el liderazgo (véase también carisma) del papa en la Iglesia. El intercambio de polémicas doctrinales con los protestantes, además, llevó al papado a conseguir un papel más destacado en la teología católica que el que había tenido hasta entonces, y lo convirtió en la marca distintiva entre la Iglesia católica y las iglesias protestantes. Este hecho agravó también el cisma entre la Iglesia oriental que había tenido lugar en 1054. Todavía sin una clara formulación del vínculo del papado con el episcopado y los gobernantes nacionales, la Iglesia católica era vulnerable ante muchos asuntos, tales como el galicanismo, el febronianismo y el josefismo en los siglos XVII y XVIII. Cada uno de estos movimientos, que ponían de relieve cierto grado de independencia episcopal o real en relación con el papado, fue condenado por decreto papal.
Detalles
Por último, bajo el papa Pío IX (1846-1878) el Concilio Vaticano I (1870) definió la primacía jurisdiccional y la infalibilidad del papa como doctrina.
La Revolución Francesa y sus consecuencias en toda Europa, trajeron consigo nuevos problemas al papado, en especial con el impulso en Italia hacia la unidad nacional que condujo en 1860-1870 a la incorporación de los Estados Pontificios y la ciudad de Roma al Reino de Italia. Como protesta, en particular contra la pérdida de Roma, Pío IX se retiró de la ciudad para convertirse voluntariamente en “prisionero del Vaticano”, una pequeña zona de unas cuarenta hectáreas que rodean la basílica de San Pedro. La llamada Cuestión Romana se resolvió en 1929 por un acuerdo con el gobierno italiano de Benito Mussolini, los Pactos de Letrán, por el cual la Ciudad del Vaticano se convirtió en un Estado soberano, con el papa como jefe de Estado.
Declive y reforma gregoriana
Dado que las condiciones políticas en Italia se deterioraron en el siglo X, el papado cayó en manos de la nobleza romana. Los papas eran, en el mejor de los casos, meras figuras decorativas en una ciudad abandonada de hecho; en el peor de los casos, cayeron en la inmoralidad y fueron manipulados por familiares y por nobles sin escrúpulos. El pontificado de León IX (1049-1054) situó al papado en el camino de la recuperación y le hizo comprometerse en una profunda reforma de la Iglesia. Una característica especial de esta reforma, promovida por los papas de finales del siglo XI y principios del XII, era subrayar con énfasis la autoridad papal como clave para restaurar el orden interno de la Iglesia. Gregorio VII (1073-1085) surgió, tanto antes como después de su elección, como el defensor más acérrimo de este movimiento, la reforma gregoriana, que originaría la Querella de las Investiduras.
El papado resultante de estos cambios, más insistentes que nunca en reforzar las prerrogativas del sumo pontífice, convenció a la mayoría de los obispos y a muchos príncipes de que estos privilegios eran en el orden religioso y temporal justos, los introdujo en el nuevo Derecho canónico que se estaba formulando por entonces, y los implantó institucionalmente como una burocracia centralizada. Gregorio VII y sus sucesores fueron así los fundadores del papado moderno.
El legado de los gregorianos alcanzó su cenit con el papa Inocencio III (1198-1216), cuya energía y capacidad le convirtieron en la personalidad religiosa más importante de la sociedad europea de su tiempo. Fue el primer papa en hacer uso consistente del título de vicario de Cristo.
Los siglos XX y XXI
Durante los últimos 125 años, el papado ha crecido en prestigio e importancia, incluso fuera de los círculos católicos. Empezando con la encíclica Rerum novarum (1891) escrita por el papa León XIII (1878-1903), ha tomado una serie de actitudes de amplia visión y largo alcance, relativas a las implicaciones morales sobre cuestiones sociales y económicas. El papado se opuso abiertamente al marxismo, pero después de la II Guerra Mundial intentó establecer acuerdos con los regímenes comunistas en la Europa del este. Tuvo mucho éxito en Polonia y en Yugoslavia, donde la Iglesia operó con alguna libertad, incluso antes de la caída de los regímenes comunistas.
La atractiva personalidad del papa Juan XXIII (1958-1963) ganó para el papado un inmenso respeto mundial. El Concilio Vaticano II (1962-1965) convocado por él enfatizó las funciones del episcopado en el gobierno de la Iglesia, sin negar los decretos del Concilio Vaticano I, y al mismo tiempo adoptó una actitud más conciliadora hacia las iglesias protestantes y ortodoxas. El Concilio también tendió a favorecer un estilo de gobierno por parte de la Iglesia más participativo y menos autoritario.Entre las Líneas En parte como respuesta a tales iniciativas, las iglesias protestantes y ortodoxas empezaron a reconsiderar el papel del papado en la Iglesia y a mostrar más simpatía hacia esta institución que ha aguantado tantos embates. El papa Juan Pablo II (1978-2005), el primero no italiano en más de 400 años, dio gran importancia a la naturaleza universal de la Iglesia y realizó numerosos viajes a lugares de todo el mundo. Pese a las críticas que arrastró por su postura conservadora en materia sexual o respecto a la ordenación femenina, su autoridad moral resultó incuestionable, debido, entre otros factores, a su carisma personal y a la constante defensa de la paz mundial.
Pocas semanas después de su fallecimiento, y en un cónclave inusitadamente corto, los cardenales electores designaron como sucesor al alemán Joseph Ratzinger, que adoptó en lo sucesivo el nombre de Benedicto XVI. Es el pontífice número 265 de la Iglesia católica.
El primitivo papado medieval
La atribulada historia política de Roma durante el siguiente siglo y medio casi desvaneció el sentido del papado. El papa Gelasio I (492-496) fue una excepción, una figura especialmente notable por su colección de textos cristianos legales y disciplinarios, los cuales, con su decidida tendencia a enfatizar la autoridad papal, influirían en el desarrollo del Derecho canónico durante la edad media. Al igual que León, otros papas se consideraron dotados de poderes absolutos sobre la totalidad de la Iglesia, incluso sobre la de Oriente, donde este punto de vista se aceptaba oficialmente pero en la práctica existían muchas reticencias.
Gregorio I (590-604) recibió como legado muchos territorios.
Detalles
Los administró muy bien, los defendió mejor aún, y logró que la Iglesia de Roma tuviera tanta fuerza y prestigio como la de Constantinopla. Cuando Gregorio envió a los agustinos como misioneros a Inglaterra en el 596, insufló en la cristiandad del norte de Europa un sentido de gratitud y lealtad a la autoridad pontificia que mantendrían sus sucesores durante siglos. A finales del siglo VIII y principios del IX, Carlomagno ofreció protección a los papas y les concedió inmensos territorios en las regiones centrales de Italia, substrato de los futuros Estados Pontificios. El papa León III (795-816), a su vez, sentó las bases del Sacro Imperio Romano Germánico tras coronar emperador de los romanos a Carlomagno en la basílica de San Pedro el 25 de diciembre del 800.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Procedencia de la primacía papal
La primera carta de Clemente (Prima Clementis, c. 100 d.C.), representante de los cristianos de Roma, a los corintios, puede interpretarse como una temprana toma de conciencia romana de su responsabilidad respecto a otras iglesias. A finales del siglo II, durante el pontificado de Víctor I (189-199), y en particular hacia mediados del siglo siguiente, con el papa Esteban I (254-257), los obispos de Roma asumían que la tradición de su Iglesia era de alguna forma normativa para las demás.
Durante el siglo IV y principios del siglo V, los papas reclamaron para sí una autoridad especial y apenas fueron discutidos, quizás debido a la pobreza de las comunicaciones, a la indiferencia o a la aquiescencia (aceptación) tácita de los devotos. Con el papa León I (440-461), las prerrogativas del papado fueron articuladas de palabra y obra con renovadas energías. Para entonces, el canon de la sucesión apostólica, propuesto a finales del siglo II como norma de ortodoxia y legitimidad, se desarrolló con plenitud y León pudo explotarlo como sucesor de Pedro, es más, como “vicario de Pedro”. Apoyado por la autoridad civil del Imperio romano de Occidente, León intervino con éxito en los asuntos de otros arzobispados tales como el de Vienne, en Francia, donde contradijo la decisión del obispo local. León insistió en que el Concilio de Calcedonia (451) aceptara su enseñanza sobre los debates cristológicos a la sazón en boga, y el Concilio, en efecto, así lo hizo. Para consternación y desacuerdo de León, sin embargo, el Concilio también decretó que la nueva Roma (Constantinopla) tenía que tener en Oriente la misma primacía que la antigua Roma en Occidente.
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Menos de un siglo después del triunfo de la autoridad papal medieval bajo Inocencio III, el rey francés Felipe IV el Hermoso humilló al papa Bonifacio VIII (1294-1303) y la guerra psicológica que inició contra Clemente V (1305-1314) desembocó en una larga estancia de los papas en la sede pontificia de Aviñón (1309-1377), donde se vieron muy influidos por los intereses políticos franceses. Al final de este periodo tuvo lugar el Gran Cisma de Occidente, durante el cual dos o tres papas alegaban simultáneamente, para gran escándalo de la cristiandad, que ellos eran los únicos pontífices legítimos. Aunque el Gran Cisma se terminó finalmente con el Concilio de Constanza (1414-1418), el papado había perdido prestigio, y durante los 100 años siguientes vivió con el miedo a ataques a su autoridad por parte de los radicales, que se manifestaron ya en el Concilio de Basilea (1431-1449).
Recursos
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- Basado en la información sobre historia del papado de la Enciclopedia Encarta
Véase También
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