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Iglesia en la Teología Dogmática

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Iglesia en la Teología Dogmática

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Iglesia en la Teología Dogmática en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] Introducción metodológica. 1. Estudio y concepto teológico general. 2. Incorporación a la Iglesia. 3. Misión de la Iglesia. 4. Comunidad sacerdotal. 5. Comunidad profética. 6. Comunidad pastoral. 7. Iglesia universal e iglesias particulares.
Introducción metodológica. Al tratar la voz Iglesia en el nivel propio de la Teología dogmática parece necesario comenzar con algunas advertencias metodológicas.
1) La primera de ellas consiste en recordar, aunque sea obvio, que bajo esta voz no se encuentra un tratado De Ecclesia completo. Viene, por ello, especialmente exigido en esta importante materia acudir a las remisiones o voces referenciadas que figuran a lo largo de los artículos. P. ej., un tratamiento más detenido y abundante del magisterio episcopal se encuentra en las voces MAGISTERIO ECLESIÁSTICO; OBISPO; COLEGIALIDAD EPISCOPAL y CONCILIO; la suprema función de gobierno en la Iglesia que corresponde al Romano Pontífice viene desarrollada temáticamente en las voces PAPA; PRIMADO DE SAN PEDRO.; INFALIBILIDAD; etc. Por tanto, los artículos agrupados bajo la voz IGLESIA pretenden sólo dar una equilibrada exposición de los contenidos fundamentales de la fe católica acerca de la realidad misteriosa que llamamos I.
2) El punto de partida metodológico es la comprensión que la Iglesia tiene de sí misma. No es una discusión teórica sobre las numerosas cuestiones «de Ecclesia» la que se encuentra en estos artículos, sino la descripción lo más fiel posible de una realidad viviente -la 1. de Cristoque, doctrinalmente se expresa de modo vinculante en lo que León XIII llamó «magisterio vivo, auténtico y perenne» (enc. Satis cognitum).Entre las Líneas En esta tradición doctrinal se insertan desde el «Credo ecclesiam catholicam» de los primeros símbolos hasta la sección eclesiológica del «Credo del Pueblo de Dios», de Paulo VI (1968), pasando por las grandes definiciones y declaraciones de Trento, Vaticano l y las encíclicas Mediator Dei y Mistici Corporis, de Pío XII. Adquieren también una especial relevancia algunos documentos del Concilio Vaticano II, sobre todo, la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, no sólo por su contenido, sino por su carácter sintético, integrador y abarcante, con la consiguiente orientación metodológica para el teólogo que debe abordar estas cuestiones.
3) Los artículos 4, 5 y 6, de esta exposición al nivel de la Teología dogmática, contienen una descripción del ser y la actividad dé la Iglesia a partir de la participación de ésta en los tres munera de Cristo, profético, sacerdotal y regio o real. La razón de ello es, en base a lo dicho más arriba, que la Const. Lumen gentium se sirve de este esquema, por otra parte tradicional, para exponer la peculiar naturaleza del nuevo Pueblo de Dios, colectivamente considerado, y el modo propio de participar en él ya sean los fieles (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en general, ya sean, en concreto, la Jerarquía eclesiástica (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y los laicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Otros documentos del citado Concilio han adoptado el mismo criterio de exposición y tratamiento de los temas eclesiásticos.

Puntualización

Sin embargo, conviene advertir que, según declaró la Comisión teológica del propio Concilio, el esquema del triplex munus adoptado sólo pretende tener una utilidad metodológica e instrumental, no una validez dogmática; esa utilidad está, por tanto, condicionada a que no se pierda de vista la unidad de Cristo en su ser y en sus oficios salvíficos, unidad que trasciende a toda categorización; y a que, en consecuencia, no se compartimente el ser y la actividad de la Iglesia (y del cristiano) de una forma mecánica y simplificadora. Ha de afirmarse, por el contrario, una -diríamos- «circuminsesión» o mutua implicación de esos tres oficios mesiánicos en Cristo y, analógicamente, en la Iglesia y en cada uno de los cristianos. Se da, pues, una inseparada -e inseparable- participación de la Iglesia en los tres munera citados. Así, lo manifiesta en muchos lugares la Sagrada Escritura (cfr., p. ej., 1 Pet 2,4-10 y Apc 1,6 y 5,9 y 5,9-10, lugares clásicos en la teología y el magisterio para apoyar bíblicamente el sacerdocio común de los fieles, y en los que se entrecruzan los conceptos de Rey y Sacerdote).

Puntualización

Sin embargo, por razones de claridad, se pueden y se deben distinguir los diversos aspectos, y con arreglo a este criterio se estructuran los tres artículos citados.
4) A lo largo de los diversos artículos se pone de manifiesto que toda la Iglesia participa de la misión redentora de Cristo y, por tanto, de sus oficios mesiánicos; y que en el seno de este «pueblo mesiánico» (Lum. gent. 9) se da, por institución divina, una pluralidad de ministerios -diversos modos de participar en los oficios de Cristoordenada a la única misión de la l., la edificación del Cuerpo de Cristo: «est in Ecclesia diversitas ministerii sed unitas missionis» (Conc. Vaticano 11, Decr. Apostolicam actuositatem, 3). Esta perspectiva es la que nos ofrece el Magisterio de la Iglesia en la Const. Lumen gentium (cap. II y III especialmente) y la que se pretende reflejar en los citados artículos. La Iglesia toda aparece así como «comunidad sacerdotal», «comunidad profética», «comunidad pastoral»: cada fiel -se ha dicho con sintética profundidad- es, de alguna manera, «oveja y pastor» (J. Escrivá de Balaguer).Si, Pero: Pero no hay aquí anarquía ni falso democratismo carismático. Precisamente considerar la dimensión pastoral, sacerdotal y profética de la Iglesia entera permite que aparezcan en su más profunda significación y en su irreductible necesidad los portadores del ministerio público en la l., que ejercen en servicio de sus hermanos la potestad que Cristo y sólo Él les confió en el sacramento del orden (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general): «Él mismo dio a unos ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y doctores: para el recto ordenamiento de los santos en orden a la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Eph 4,11-12). Toda la Iglesia es «sacramento» de salvación; el testimonio del más sencillo discípulo de Jesús es camino para el encuentro con Cristo; el Espíritu Santo anima a todos los fieles, suscitando por todas partes el testimonio del ejemplo, del trabajo y de la palabra. Dicho de otro modo: la comunidad y sus miembros participan del triple oficio de Cristo.Si, Pero: Pero los hombres no podrían tener nunca la certeza de que en esa vida y en esa doctrina encuentran de modo indubitable a Cristo, a no ser por la existencia de un ministerio oficial y público -jerárquicode carácter sacerdotal instituido por Él en orden a asegurar de modo infalible y eficaz la presencia de Cristo, Cabeza de su cuerpo, en medio de los fieles y de todos los hombres. Este ministerio es el medio de que Cristo, Señor del mundo, se sirve para asegurar a los hombres que es su palabra la que, en efecto, se les predica y que es el misterio redentor de su vida lo que, en efecto, se les entrega: el magisterio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) infalible y la eficacia ex opere operato de los sacramentos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) son los casos supremos de esta actuación ministerial, y sobre todo, la potestad de consagrar la Eucaristía, por la que se hace presente para la comunidad no ya la fuerza salvífica de Cristo, sino Cristo mismo en su ser personal redentor. Por eso el Vaticano II recoge la fórmula tradicional, diciendo que los ministros del Señor actúan «in persona Christi» (Lum. gent. 10; «Dios puso en nuestras manos la Palabra de reconciliación. Somos, pues, representantes de Cristo, como si Dios os exhortara por nosotros»: 2 Cor 5,19-20). El ministerio ejercido in persona Christi aparece así como un don misericordioso de Dios a la Iglesia para eliminar toda ambigüedad en el encuentro con Cristo y está para ello dotado de la existencia del Espíritu Santo que Cristo prometió y envió (cfr. Vaticano 11, Decr. Ad gentes, 4). El ministerio sacerdotal y su ejercicio no son algo separado y externo a la comunidad, sino un momento interno de la Iglesia misma, que se estructura como un servicio a la misión de la 1. total. La representación de Cristo por los titulares jerárquicos no acapara, pues, la misión de la Iglesia, situando a los fieles como simples sujetos receptores de la acción de los ministros. La eclesiología propuesta por el Magisterio del Vaticano II ha sido a este respecto trascendental, al situar la teología de los ministerios en el seno de la teología de la misión de la l. toda. El ministerio de la Jerarquía eclesiástica aparece así como un servicio de estructura sacramental y vicaria por el que se ejercita el señorío salvífico de Cristo sobre su Iglesia y, de este modo, se produce el enriquecimiento de la comunidad en orden a que ésta ejerza la misión que le ha confiado Cristo mismo. Como ha escrito A. del Portillo, «Cristo, primogénito de toda criatura (Col 1,15) está presente en el sacerdote para hacer que el entero Pueblo sacerdotal de Dios pueda ofrecer al Padre su culto y oblación espiritual» (Escritos sobre el sacerdocio, Madrid 1970, 115; ver todo el cap. titulado «Jesucristo en el sacerdote»). Los titulares del ministerio público no sólo no acaparan la misión de la Iglesia, sino que el sentido mismo de su existencia es servirla.
PEDRO RODRÍGUEZ.
1. ESTUDIO V CONCEPTO TEOLÓGICO GENERAL.
1) Noción general. 2) Algunos rasgos característicos de la renovación de la eclesiología. 3) El término «Iglesia». 4) La Iglesia misterio. 5) La Iglesia sacramento. 6) La Iglesia en la historia. 7) La Iglesia ¿comunidad o sociedad? 8) Propiedades de la Iglesia. 9) La realidad escatológica de la Iglesia. 10) La Iglesia y las otras sociedades. 11) Conclusión.
1) Noción general. Para obtener una visión de conjunto de la Iglesia, es indispensable comenzar por dar una noción general que sea al mismo tiempo clara, sintética y viva. Como muestra la historia, el tratado de la 1. es de origen más bien reciente (v. ECLESIOLOGÍA); hasta la baja Edad Media en Occidente y hasta la época moderna o contemporánea en Oriente, sería difícil encontrar un tratado sistemático sobre la comunidad de los discípulos de Cristo, comparable, p. ej., al de la Trinidad, de la Encarnación o de la Gracia. La realidad eclesial era plenamente vivida por el cristiano, pero no se sintió la necesidad de una sistematización científica: fueron las controversias en los países latinos con los precursores de la herejía protestante y, sobre todo, con los mismos protestantes, las que suscitaron la elaboración de un tratado autónomo De Ecclesia. Al principio, los puntos de vista apologético y dogmático se encontraban frecuentemente mezclados, pues los interlocutores no eran incrédulos, sino cristianos separados del catolicismo que constituían comunidades a las que se debía calificar generalmente de cismáticas o heréticas; contra éstas no había necesidad de demostrar el origen divino, el primer desarrollo y el fin de la asociación de los fieles de Cristo; la discusión principal se centraba en la cuestión de saber en dónde se encontraba la verdadera Iglesia de Jesús. Así se explica la célebre «definición» de S. Roberto Belarmino: «La Iglesia es la sociedad de los hombres unidos por la profesión de la misma fe cristiana y la participación en los mismos sacramentos, gobernados por los pastores legítimos y, sobre todo, por el único Vicario de Cristo sobre la tierra, el Papa de Roma» (Controversiae, 11,3: De Ecclesia militante, ed. Cologne 1619, 108). Como puede verse, todas las condiciones enumeradas hacen referencia a factores externos y visibles; no son mencionadas la finalidad de la Iglesia y la gracia.
La presencia de nociones religiosas básicas generalmente aceptadas y vividas en el mundo de los creyentes bastaban por otra parte para orientar el pensamiento fundamental. Cuando en el s. XVIII y, sobre todo, en el xix, se hizo cada vez más predominante el racionalismo deísta (v. DEíSMO), se hizo urgente organizar la defensa y redactar en consecuencia un tratado apologético basado en la historia y el raciocinio; de ello resultaba la existencia Y -la credibilidad de la sociedad fundada por Cristo; temas muy importantes pero que no conducen más que al umbral de la fe y de la teología dogmática explicativa.
Esta disciplina -la teología dogmática- no se ocupa solamente de lo que la Iglesia nos propone para que lo creamos, sino también de la Iglesia misma.Entre las Líneas En otras palabras, no se la considera únicamente como órgano de enseñanza, sino, sobre todo, como objeto de fe e instrumento de salvación. Ahora se comprende por qué el Concilio Vaticano II se ha hecho la pregunta siguiente: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». La primera preocupación no es, por consiguiente, buscar una definición estricta de la Iglesia siguiendo un método metafísico, sino describir esta parte del contenido del mensaje evangélico que se refiere al organismo instituido -por el Salvador para continuar su obra.
Una descripción de este género depende exclusivamente del enunciado de las fuentes de la Revelación; ahora bien, ésta no es un conjunto de proposiciones teóricas que podrían servir de premisas para deducir de ellas conclusiones cada vez más detalladas; la Revelación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) es el anuncio de la salvación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y, al mismo tiempo, su realización, siempre que medie la libre respuesta de los hombres. Contiene ciertamente afirmaciones nocionales, sin las cuales no llegaría hasta nuestra facultad intelectual y nos dejaría en la ignorancia de lo que se nos da y de lo que se nos exige; pero hace más que eso: si la aceptamos, transforma nuestra vida, nos da la libertad de los hijos de Dios, nos hace practicar la caridad divina y pone en tensión nuestras energías para conducirnos a través de nuestra vida terrestre al término de la bienaventuranza eterna. Ninguna verdad humana, por elaborada que esté, es capaz de obtener un resultado semejante, que trasciende todos los límites creados, para sumergirnos plenamente en el «misterio» del Padre celestial. He aquí la razón pór la que siempre será imposible dar de la Iglesia una definición exhaustiva y que satisfaga completamente nuestro espíritu; será siempre de naturaleza analógica, pues implica inevitablemente un elemento divino. Ahora bien, la analogía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) entre Dios y la creatura, según el IV Conc, de Letrán, contiene siempre más desemejanza que semejanza (Denz.Seh. 806); por consiguiente, hasta el momento en que aparezca la luz perfecta, la naturaleza profunda de la Iglesia permanecerá como un centro luminoso ciertamente, pero velado y rodeado de sombras; es imposible en consecuencia hacer translúcida totalmente para una persona incrédula esta noción que es al mismo tiempo una realidad dinámica.
Entre las dos guerras mundiales la expresión más usada para describir la Iglesia, se encontró basándose en la lectura de S. Pablo. El Apóstol nos habla un número impresionante de veces de la l. como del Cuerpo del Señor. La imagen era fecunda y progresivamente San Pablo había puesto en evidencia sus diferentes aspectos. Insistió en primer lugar en el tema de la solidaridad de los miembros en una sola corporación, observando, sin embargo, que en el caso presente «el cuerpo eclesial» se constituye a partir de los sacramentos, lo que no encuentra equivalente en el dominio civil; además, con un verdadero enriquecimiento de la analogía, Cristo es Cabeza o Jefe de la Iglesia, no sólo a título de órgano directivo, sino superando la idea de poder, como centro y fuente de vida deífica, comunicando su plenitud a los elegidos de su Padre (cfr. Const. Lumen gentium, 7). No se podrá agradecer suficientemente a Pío XII su enseñanza a este respecto en la enc. Mystici Corporis (29 jun. 1943), en la que defendió esta presentación contra ciertos teólogos que o bien estaban apegados demasiado ansiosamente a un pasado reciente, o bien se inclinaban a las novedades peligrosas, sobrepasando o falseando, por otra parte, la perspectiva paulina (V. CUERPO MÍSTICO).
Entretanto las investigaciones teológicas no cesaban y los exegetas más atentos se-daban cuenta de la multiplicidad de las figuras que en el N. T. ilustran la 1. Más todavía, han observado que San Pablo no partía en el fondo de la idea de la 1. Cuerpo de Cristo, sino, en general, de la del Pueblo elegido del A. T., transformado en la Nueva Alianza en Pueblo Nuevo, definitivamente en ruta hacia la Ciudad permanente y disfrutando ya de las primicias del Reino (cfr. L. Cerfaux, o. c. en bibl.). Ciertamente, el Apóstol hace notar que esta multitud constituye de una manera misteriosa el cuerpo de Jesús, lo que no podía realizarse en la antigua Economía, pues aún no había tenido lugar la Encarnación.Si, Pero: Pero si hoy día hemos sobrepasado el tiempo de la promesa (y el de la esclavitud) para disfrutar ya de la prenda de la vida divina, sigue siendo verdad que esperamos todavía nuestra redención completa.
La descripción de la 1. como Pueblo de Dios en marcha posee la ventaja de poner bajo nuestros ojos un conjunto organizado de personas individuales, llamadas cada una por su nombre y comprometidas en un arduo peregrinaje, pero con la certeza de llegar al término. La noción está sacada del mensaje del N. T.; está comprometida en la historia, a la que supera por otra parte, y hace el equilibrio entre el personalismo y el espíritu comunitario; es portadora de energía espiritual y arrastra a todo el mundo sin distinción; no se la puede restringir solamente al laicado, también la Jerarquía forma parte integrante del Pueblo de Dios; tampoco se puede reservar el nombre de 1. para el clero, también los laicos son miembros de pleno derecho. La Const. Lumen gentium observa rigurosamente esta interpretación que identifica concretamente la Iglesia y Pueblo de Dios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).
2) Algunos rasgos característicos de la renovación de la eclesiología. Lo que importa, por consiguiente, no es elaborar en primer lugar una definición abstracta de la Iglesia, sino llegar a la conciencia de la solidaridad de todos los católicos en la unidad del organismo animado por el Espíritu de Cristo para la gloria de Dios y la santificación de los hombres, desarrollando también los lazos que nos unen a todos los bautizados y también a todos los hombres rescatados por Cristo. Los rasgos principales que configuran la imagen de la 1. pueden enumerarse de diversas maneras. El Concilio Vaticano II ha subrayado sobre todo las siguientes características.
a) Siguiendo el consejo de Pío XII en la enc. Humani generis (Denz.Sch. 3886), Juan XXIII, en el discurso inaugural del Concilio (11 oct. 1962), exhortó vivamente a los Padres conciliares a que rejuvenecieran su fe al contacto inmediato con las fuentes de la teología. Sería como un pecado hacer poco caso de la considerable aportación que los biblistas, los patrólogos y hasta los medievalistas han proporcionado a nuestro conocimiento especulativo y práctico del dogma desde su origen. Al contrario, al contacto con la Palabra de Dios, en la Escritura Santa sobre todo, tocamos con el dedo, por así decirlo, la virtud vivificante del mensaje. La Teología no comienza con la escolástica, ni con ella se termina; empieza desde el momento en que un dócil oyente de la Revelación se pone a reflexionar sobre el anuncio que Dios mismo le hace llegar y al que haría poco honor si pusiera el pretexto de su incapacidad para comprender un lenguaje tan elevado. Este lenguaje es siempre humano y, por consiguiente, deficiente en relación con la Verdad enunciada, pero no está desprovisto de sentido, pues Dios nos lo envía precisamente para hacernos comprender algo de su profundidad inefable. Es la afirmación de S. luan: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, pl lo ha mostrado» (lo 1,18).
La palabra de Dios no queda suspendida en el aire: es dirigida a personas que viven en un determinado medio. La primera generación que ha escuchado la voz de lo alto ha trasmitido fielmente lo enunciado; para darnos cuenta de su contenido y de sus matices, debemos descubrir lo más exactamente posible lo que los oyentes primeros han comprendido y lo que han querido trasmitir a sus sucesores, bajo la vigilancia del Magisterio eclesiástico (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) iluminado por el Espíritu Santo. He aquí el método que nos permitirá disfrutar también a nosotros de esta auténtica impresión de novedad que caracteriza a la Palabra eterna, novedad que no agotaremos jamás. Es el momento de acordarse del aforismo de S. Ireneo sobre el Espíritu Santo, presente en la l., que rejuvenece sin cesar, como un bálsamo precioso, al vaso que le contiene (Adversus Haereses, 111,24,1: PG 7,960).
La Tradición (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) envuelve por consiguiente a la Escritura a la que venera como inspirada directamente por el Espíritu Santo, pero también esta Tradición es viva. Lejos de consistir en una repetición material de sentencias, comunica una realidad viva, dirigida no sólo a nuestra inteligencia sino a nuestra total existencia ante Dios y ante nuestros hermanos. Es lo mismo que decir en otros términos que los antiguos testigos, sobre todo los que han sido especialmente honrados por la Iglesia como sus Padres y Doctores, son también y siempre los maestros que dirigen nuestra concepción, nuestro culto y nuestro comportamiento cristiano. La Liturgia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en particular es una mina de primer orden porque toca inmediatamente el misterio y manifiesta a la vista y presencia de toda la comunidad.una excepcional continuidad; por eso, el prurito de cambios litúrgicos improvisados corre el riesgo de hacernos perder tesoros.
Un método apto para describir la 1. es, por consiguiente, el que sigue el camino histórico-genético, buscando la verdad desde sus raíces y siguiéndola durante el curso, a veces agitado, de su desarrollo. Las controversias y los concilios nos documentan en gran manera; por otra parte, la primera aurora de la verdad revelada es particularmente luminosa para fijar el punto de partida de una evolución que jamás podrá renegar de sus orígenes, ni aun en el corazón de las más violentas agitaciones.
El Concilio Vaticano II ha criticado el triunfalismo humano, pero no la confianza inquebrantable en la asistencia del Espíritu Santo que mantendrá la Iglesia a través de todas las tempestades interiores y de todas las persecuciones y pruebas. Esta confianza es una forma de la fe infundida por el Paráclito. Lo que quiere decir que la 1. no podría comprenderse sino como órgano y como parte integrante del misterio. Los que miran a la Iglesia únicamente desde el exterior (cosa que puede suceder aun a católicos) tienen que escandalizarse; en efecto, ella comparte la suerte del Hijo de Dios encarnado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, mas, para los elegidos, sabiduría y fuerza del Padre (1 Cor 1,23-24). El empleo de la palabra misterio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no es una escapatoria ante las dificultades de interpretación; sabemos que todas nuestras teorías o imaginaciones a propósito de Dios y de sus quereres nos harían caer en el vacío del error si quisiéramos identificarlas con Él; todo eso no es Dios mismo, ni la salvación que nos promete, ni el órgano que Él instituye en este plan; este plan es exactamente lo que San Pablo llama el misterio; supera nuestras capacidades intelectuales y hasta la extensión de nuestros deseos; pero lejos de ser irreal, constituye, por el contrario, la suprema verdad y esta verdad es salvífica.
b) Esa verdad salvífica nos alcanza aquí sobre la tierra en donde todo está empeñado en el desarrollo de la historia. Nuestra época está particularmente sensibilizada a la historicidad de la existencia humana a todos los niveles, sobre todo desde el momento en que el ritmo evolutivo de nuestra vida y de su entorno se ha hecho extremadamente rápido. Sólo Dios es eterno. Nuestro ser no está acabado; está en devenir hasta el gran día. También la Revelación entra verdaderamente en la historia; más todavía: la creación es un acontecimiento que designa el término inicial de la obra que Dios ha querido salvífica.
Muchos se engañan en esto: el Credo no es una pura enumeración de proposiciones abstractas; cuenta la historia desde el principio de las cosas visibles e invisibles creadas por el Padre; fija en el tiempo la Encarnación, nacimiento y pasión del Hijo (bajo Poncio Pilato), y después la resurrección al tercer día; muestra, por fin, cómo el Espíritu, enviado en Pentecostés, hace que la Iglesia aparezca ante el mundo, la hace progresar y la conduce al término final de la vida eterna.
A lo largo del A. T. la Revelación misma crece, y si hoy, en la plenitud de los tiempos que ya ha comenzado, ningún elemento nuevo le es añadido, debemos, sin embargo, penetrar cada vez más en la inteligencia del misterio eclesial adaptando a él toda nuestra vida temporal. Una definición estática de la Iglesia sería falsa desde el momento en que la 1. está en marcha. Por otra parte, el Señor la acompaña según su promesa formal de estar siempre con sus, discípulos. La esencia de la Iglesia implica el movimiento; sin ello, sería inercia y muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] Esto no quiere decir de ninguna manera que el movimiento se degrade en mutaciones indefinidas y sustituya a la institución un acontecimiento o una serie de acontecimientos en punteado, sin consistencia ni continuidad. Mas para pensar con precisión, es necesario reflexionar bajo la luz siempre más abundante del Espíritu de verdad. La Escritura inserta este avance «de luz en luz» en el corazón del misterio desvelado por el Espíritu; no hay motivo, por consiguiente, para escandalizarse o para entristecerse por el hecho de que la 1. no permanezca inmóvil; su fundamento no se mueve, porque este fundamento o esta piedra angular es Cristo; y si Jesús ha fundado su 1. inquebrantable sobre la roca de Pedro, es para que éste y sus sucesores dirijan la Iglesia peregrinante y, por consiguiente, en marcha, con una perfecta fidelidad a la fe, a pesar de los incidentes de la ruta que no deben asustarnos ni hacernos titubear. Las dificultades pueden asaltarnos, y no siempre descubrimos inmediatamente la solución deseada, pero ninguna de ellas nos hunde en la duda consentida y mortal.
c) La sociedad contemporánea, al menos en los países industrializados que son generalmente de antigua cristiandad, no sostiene ya, por medio de sus instituciones y de sus modos generales de pensar y de obrar, ni a la Iglesia ni al comportamiento cristiano del bautizado individual.Entre las Líneas En otro tiempo era el no-creyente el que se oponía a su ambiente; hoy, con mucha frecuencia, es el cristiano convencido el que desempeña el papel de no-conformista en medio de la ciudad secularizada. Con matices diversos, la situación es la misma en los países de la diáspora católica, en las jóvenes iglesias, y en las regiones . a las que apenas ha llegado la predicación evangélica. Para ser un verdadero fiel, es necesario hoy día un temple de carácter que trascienda lo vulgar. Más que hasta ahora, tal vez, la personalidad cristiana debe edificarse y hacerse valer: lo que paradójicamente, quizá, exige más que nunca el espíritu comunitario; porque ser una personalidad no significa de ninguna manera encerrarse en el aislamiento sino, al contrario, abrirse a una fraternidad sin límites. Nada de extraño, por consiguiente, que el renacimiento del rico concepto de Iglesia ponga de relieve tanto el compromiso personal como el espíritu de servicio; por otra parte, el uno no va sin el otro; pero no perdamos de vista que si Cristo ha sido perfectamente «el hombre-para-losotros», es porque era sin ninguna restricción «el hombreante-Dios», el Hijo predilecto y amorosísimo de su Padre.
La Iglesia es evidentemente una comunidad del tipo más bello que uno pueda soñar, pero no es una colectividad que aplasta a sus miembros para reducirlos a polvo. Una dificultad más para definir exhaustivamente a la Iglesia. Esta vez, el obstáculo que se opone a toda simplificación ilegítima de su noción es precisamente la compleja riqueza de su misterio. Sobre este punto del espíritu de «comunión» (v. u, 6), después de una etapa teológica demasiado individualizante, hemos podido retornar, sin perder por ello las ventajas de la institución y de la autoridad, aplicando con más flexibilidad las reglas que regulan las relaciones entre pastores y dirigidos, en una colaboración más perspicaz y más adulta, y, por consiguiente, más obediente en el fondo, que en otros tiempos. Los que tienen el poder jerárquico se acordarán, pues, de que no son instituidos para ser los primeros servidos sino los primeros servidores. Si en el seno de una familia los modos de ejercer la autoridad cambian con la edad de los hijos, el mismo fenómeno se observa en la comunidad cristiana.
Pero nos engañaríamos si nos imaginásemos la noción de la colegialidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), y hasta la de «comunión» en toda su extensión, como una panacea definitiva. También aquí será necesario más generosidad y más abnegación de lo que algunos piensan, para permitir al Espíritu Santo que haga madurar los frutos de este redescubrimiento de comunión del que nos alegramos. Ha de cuidarse no institucionalizar exageradamente los intentos de diálogo entre la jerarquía y el laicado, respetando los órganos de la autoridad instituidos por el Fundador de la Iglesia. [rbts name=”teologia”]

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Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre iglesia en la teología dogmática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Ediciones Rialp, 1991, Madrid, España

Véase También

Bibliografía

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