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Misión de la Cristiandad

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La Misión de la Iglesia en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre la misión de la iglesia que se haya en otra parte de esta plataforma online). Con la palabra misión se indica una tarea que debe ser realizada; tarea que, además, es recibida, es decir, que no surge de una pura decisión del sujeto que la realiza, sino que es el resultado de una voluntad superior a él que le encomienda y confía esa tarea y ante la cual es, por tanto, responsable. Intentando esquematizar de acuerdo con esta breve descripción lo dicho hasta ahora, podemos establecer lo siguiente:
a) La misión de la 1. en sentido activo (acción de enviar) es un acto de Dios: es Dios, y, de manera inmediata, Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, Redentor y Salvador nuestro, quien envía a la Iglesia para en ella y por ella operar la salvación.
b) La misión de la Iglesia en sentido pasivo o recibido (el hecho de haber sido enviado y la tarea que de ese hecho deriva) constituye a la Iglesia en el ser al que Dios la ha destinado: la dota de un fin y de unos medios, le impone unas actividades, que serán los que debemos analizar para acabar de perfilar su misión.
Antes de pasar a ese análisis, hagamos dos observaciones a fin de precisar lo dicho.Entre las Líneas En primer lugar, que la misión divina es constitutiva de la Iglesia en sentido pleno, es decir, la hace nacer: hay anticipos o preparaciones de la 1. (el pueblo de Israel), o también presupuestos que nos ayuden a comprender su ser (la sociabilidad del hombre, la unidad nativa del género humano, etc.), pero la Iglesia no deriva de ellos como una simple prolongación y desarrollo, sino que nace del libre y gratuito decreto de Dios que, al enviarla al mundo, la hace surgir y la mantiene en el ser. Por eso, como advertíamos al principio, la Iglesia no puede ser comprendida retrotrayéndola a esos anticipos o presupuestos, sino que debe ser juzgada a partir del designio divino que la constituye.
En segundo lugar, que manteniendo claramente la distinción entre el enviante y el enviado, entre Dios y la Iglesia, hemos de alejar de nosotros toda idea de separación. La Iglesia no es una comunidad que, surgida de un mandato divino, subsista con independencia de Él (idea absurda, que implica una filosofía deísta; v. DEísmo). La afirmación según la cual la 1. continúa la misión de Cristo no quiere en modo alguno decir que Cristo, subido a los cielos, permanece inactivo en espera de la consumación de los tiempos; sino, al contrario, que Cristo, sentado a la derecha del Padre y dotado de todo poder sobre cielos y tierra, ejerce su señorío universal en y por la l., sacramento visible de la salvación. Cristo es no sólo fundador, sino también vida de la Iglesia, que es por eso a la vez e inseparablemente Pueblo de Dios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Cuerpo místico de Cristo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).
b) Finalidad y contenido de la misión. El fin de la misión o tarea encomendada por Dios a la Iglesia es, pues, la realización del plan divino en virtud del cual se ha decretado instaurar todas las cosas en Cristo. «Para esto ha nacido la Iglesia: para, dilatando el Reino de Cristo por toda la tierra, hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora y, por medio de ellos, orientar verdaderamente todo el mundo hacia Cristo» (Vaticano 11, Decr. Apostolicam actuositatem, 2). Esta formulación conciliar presupone dos verdades dogmáticas fundamentales: a) la consideración del hombre como cabeza del orden material, b) la afirmación del sentido teologal de la existencia humana. Es decir, el hombre encuentra la realización de su destino -y, por tanto, su felicidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general)en el reconocimiento de Dios y en la obediencia a su voluntad, ya que no está ordenado al dominio sobre la creación, como si en ese dominio encontrara su plenitud, sino a Dios de modo que el dominio sobre el resto de lo creado es una redundancia o prolongación de la armonía y plenitud en que lo establece su unión a Dios. La Iglesia, con su existencia misma, con su predicación, con sus sacramentos, se encamina precisamente a eso: a provocar en los hombres el reconocimiento de Dios Salvador y a hacerles posible el cumplimiento de su voluntad; en una palabra, a servir a la comunión (koinonia) entre los hombres y Dios y, consiguientemente, de los hombres entre sí y con el mundo.
Basándose en la distinción entre los dos sentidos o direcciones que clásicamente suelen distinguirse en la obra de mediación de Cristo (mediación descendente, por la que Cristo, Hijo de Dios, nos trae la gracia y la vida; y mediación ascendente, por la que Cristo, en cuanto cabeza de la humanidad, satisface a Dios Padre), diversos autores -p. ej., Charles Journet y Michael Schmaus- han intentado estructurar los diversos aspectos implicados en el dato que acabamos de mencionar. La misión de la Iglesia es, en ese sentido, doble: la glorificación de Dios y la salvación de los hombres. Glorificación de Dios, en primer lugar, ya que, reconociendo el don divino que la constituye, la Iglesia debe prorrumpir en adoración, alabanza y acción de gracias, y ordenar toda su actividad a la proclamación de la majestad divina moviendo a los hombres a su amor y acatamiento: si no honrara a Dios en su liturgia y en su apostolado, la Iglesia se contradeciría a sí misma y perdería toda razón de ser. Salvación de los hombres, ya que la Iglesia es no sólo comunidad de llamados y congregación de fieles, sino institución salvadora, instrumento del que Dios ha querido servirse para llamar a los hombres y hacerles partícipes de los frutos de la Redención operada por Cristo, hasta conducirlos al cielo.
Es obvio que entre esos dos aspectos o dimensiones de la misión de la Iglesia hay una íntima y variada interacción. Desde la perspectiva de la eficiencia es el aspecto salvíficosacramental el que aparece en primer lugar, ya que es Dios quien toma la iniciativa en la obra de la salvación y todo acto humano de valor salvífico presupone la acción de la gracia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en el alma. Desde el punto de vista de la finalidad es, en cambio, la gloria (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de Dios lo decisivo, ya que la glorificación de Dios es el fin último de toda la realidad creada. Desde una perspectiva de antropología teológica, ambos aspectos se nos presentan como inseparables, puesto que, siendo Dios el fin del hombre, la salvación se alcanza precisamente en la glorificación de Dios: sólo cuando Dios es reconocido como Señor, y adorado, alcanza el hombre su madurez y una existencia auténticamente humana. Esa mutua interdependencia se manifiesta de modo peculiar en la Eucaristía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), que es, por una parte, el alimento de toda la vida cristiana y, por otra, -la más plena acción de gracias que la Iglesia puede dirigir a Dios anticipando con ella la plena comunicación que tendrá lugar en los cielos. Por eso puede decirse que «la liturgia es la cima a la que tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, es la fuente de donde emana toda su fuerza. Las labores apostólicas se dirigen, en efecto, a que todos, hechos hijos de Dios por la fe y el Bautismo, se aúnen, alaben a Dios de un modo público en la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la cena del Señor» (Vaticano 11, Const. Sacrosanctum concilium, 10).
Es éste el momento de mencionar una posible desviación en la presentación de los fines de la I.; nos referimos concretamente a las afirmaciones según las cuales es misión esencial de la Iglesia la promoción del desarrollo temporal humano, de la justicia social, del progreso cívico y cultural, de la liberación de los condicionamientos económicos, etc. El énfasis puesto en esas afirmaciones es presentado en ocasiones como un intento de corregir una supuesta desviación individualista en la que habría incurrido la predicación y la teología de épocas pasadas. Sin entrar a examinar ese juicio histórico (baste decir que, aunque pueda dirigirse ese reproche a determinadas escuelas teológicas o de espiritualidad de cuño pietista, se incurre en una grave inexactitud cuando se pretende aplicarlo sin más a toda la época que nos ha precedido), señalemos que, para corregir la tentación individualista desde una perspectiva radicalmente cristiana, lo que debe hacerse en última instancia no es poner el. énfasis en el ideal de una justicia intraterrena, sino subrayar la plenitud del estado escatológico en el que la comunicación de Dios al hombre redundará en la constitución de la fraternidad y comunión entre los santos y en la inmutación y perfeccionamiento de la criatura material dando origen a unos nuevos cielos y una nueva tierra (v. MUNDO III, 2; ESCATOLOGíA III; CIELO li[). No olvidemos, además, que la idea misma de una perfecta felicidad terrena, temporal y política es contradictoria en sí misma, ya que el hombre trasciende infinitamente lo político y, espíritu inmortal por naturaleza, su destino va más allá del curso empíricamente constatable de la historia (V. HISTORIA IV).
En otras palabras, el estado final al que el hombre ha sido llamado, y a cuyo servicio se ordena la Iglesia, es un estado que trasciende toda realización histórico-política, y por eso, si bien la Iglesia debe hacer presente al cristianismo la necesidad de asumir seriamente sus deberes mundanos -entre los que la promoción de la justicia ocupa un lugar de primer plano-, debe a la vez recordar constantemente a los hombres que el fin de su vida no es la mera consecución de una felicidad intraterrena, sino un estado que trasciende y supera esas aspiraciones integrándolas en un orden superior e infinitamente elevado: el que nace y deriva de la comunicación al hombre de la misma vida divina.
c) Medios y actividades. Una misión implica -decíamos- un fin, y unos medios y actividades encaminados al servicio y a la consecución de ese fin. ¿Cuáles son esas actividades que perfilan la misión de la I.?
Un texto del decreto del Vaticano II sobre el apostolado de los laicos puede servir de pauta: «la misión de la Iglesia tiende a la salvación de los hombres, que se consigue mediante la fe en Cristo y por su gracia. Por tanto, el apostolado de la Iglesia y de todos sus miembros se dirige ante todo a manifestar al mundo con palabras y obras el mensaje de Cristo y a comunicarle su gracia» (Apostolicam actuositatem, 6). Glosemos el panorama que ese texto nos señala, resumiendo y esquematizando así algunas ideas ya apuntadas a los apartados anteriores:
a) El anuncio del mensaje evangélico de salvación es, desde un punto de vista genético, la primera de esas actividades o tareas; es ese anuncio lo que hace posible la fe (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y, con ella, la conversión y la justificación (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) (cfr. Lum. gent. 9.48; Apost. act. 6) (v. PREDICACIóN; HOMILÉTICA; CATEQUESIS; MAGISTERIO ECLESIÁSTICO; APOSTOLADO).
b) El ministerio de los sacramentos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) le sigue de modo inmediato, ya que a través de él se comunica la gracia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que ha de sostener el existir cristiano y se da vida a la Iglesia, en cuanto comunidad de santificados, anticipo y signo del Reino de los cielos (cfr. Lum. gent. 10-11) (V. SACRAMENTOS; LITURGIA; SACERDOCIO III).
c) La fe y la gracia fructifican en vida, es decir, en santidad, que, por una parte, es en cierto modo el fin mismo de la actividad de la Iglesia puesto que la santidad no es otra cosa que la unión con Dios a la que está llamado todo cristiano (cfr. Lum. gent. 39-41); mientras que, por otra, completa e integra su tarea de predicación: el testimonio de vida es, de por sí, una forma fundamental de evangelización (cfr. Apost. act. 6). Recordemos que parte de esa fructificación en vida de la fe y de la gracia es la asunción, con espíritu cristiano y rectitud y competencia humanas, de las tareas temporales (Gaudium et spes, 40-42; Apost. act. 7) (V. t. SANTIDAD [V; TESTIMONIO; MUNDO III).
d) La oración (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) es, finalmente, el punto culminante de la actividad de la I.: en ella se realiza de modo privilegiado la comunicación del hombre con Dios; y, además, la garantía máxima de la vida eclesial, ya que sólo una Iglesia que rece puede ser fiel a la misión de hablar de Dios a los hombres dando testimonio del amor que nos ha sido revelado.
Es importante señalar que las diversas actividades a través de las que se estructura la misión de la Iglesia (la esquematización que acabamos de hacer es, obviamente, sólo un resumen sintético, que podría subdividirse o ampliarse) son comunes a la Iglesia entera, aunque cada uno de sus miembros deberá asumirla y realizarla del modo que le sea propio según su situación eclesial..Entre las Líneas En otras palabras, en la Iglesia hay «diversidad de ministerios, pero unidad de misión» (Apost. act. 2; cfr. Lum. gent. 32). Siguiendo la caracterización tipológica hecha por la Constitución Lumen gentium, 51, podemos decir que los miembros del orden sagrado (v. OBISPO; PRESBÍTERO; DIÁCONO) asumen la misión de la Iglesia precisamente a través del cumplimiento de su ministerio (administración de los sacramentos, magisterio y predicación, gobierno pastoral); los laicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) viviendo en las estructuras temporales, realizándolas según Dios, y dando en ellas un testimonio de vida cristiana ordinaria; y los religiosos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), finalmente, dando testimonio, merced a su apartamiento del mundo, del carácter escatológico de la vocación cristiana. Esta catalogación es ciertamente somera y necesitaría ser matizada y completada haciendo referencia a los diversos carismas y vocaciones, etc., pero basta para la idea de conjunto que aquí corresponde dar.
d) Desarrollo histórico de la misión. A través de esas diversas actividades y tareas la 1. realiza su misión de anunciar a Cristo y de facilitar a los hombres los medios de salvación, haciendo así presente a Cristo en cada momento de la historia; Cristo mismo que -como decíamos- no se separa de su l., continúa en ella y a través de ella atrayendo a todos los hombres hacia sí hasta hacerlos participar de su vida gloriosa (Lum. gent. 48; Ad gentes, 9). Esta condición peregrinante de la l., que vive animada por la esperanza del Reino de los cielos, nos lleva a una última consideración, a fin de acabar de precisar el análisis de la misión que le ha sido encomendada.Entre las Líneas En efecto, ese extenderse de la 1. a lo largo del tiempo hasta que llegue la consumación final, lo que implica a su vez su expansión por el orbe de la tierra y su contacto con las diversas etapas culturales que van sucediéndose en el escenario de la historia, hace que podamos distinguir dos momentos en el desarrollo de su misión:
a) La implantación de la I.: Nacida en Jerusalén, la Iglesia se extendió por la predicación de los Apóstoles, y así habrá de continuar hasta el fin de los siglos, anunciando la palabra de Dios a quienes todavía no creen en Cristo. Este dirigirse de la Iglesia a los hombres y pueblos que aún no han recibido el anuncio cristiano es lo que se designa ordinariamente con el nombre de «misiones» (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) o «actividad misionera». Su fin es -como dice el Decreto dedicado a esta materia por el Conc. Vaticano II«la evangelización y la plantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los cuales no ha arraigado todavía» (Ad gentes, 6). Ese trabajo, como precisa ese mismo parágrafo del decreto conciliar, pasa por una etapa de iniciación o plantación, que debe culminar en la constitución de una comunidad cristiana o iglesia particular (v. 111, 7) ya desarrollada, con su propia jerarquía, dotada de energías y medios suficientes para llevar una vida cristiana y contribuir al bien de toda la Iglesia, etc.
La actividad misionera así concebida se fundamenta en la voluntad divina que quiere que todos los hombres se salven, y que ha constituido a la Iglesia como medio ordinario de salvación. Incumbe, pues, a la Iglesia la obligación de dirigirse a todos los hombres ofreciéndoles su mensaje de salvación (Ad gentes, 7; cfr. Lum gent., 13,15-17). El objetivo que persigue esta actividad misionera -en el sentido estricto en que ahora la consideramos- es, pues, la constitución de comunidades cristianas dotadas de vida propia, de manera que en todo lugar de la tierra, en todo pueblo, en toda civilización, se haga presente de manera visible la Iglesia, como signo levantado entre las naciones que revela y comunica la acción salvífica de Dios (Ad gentes, 9; cfr. Lum. gent. 8; Conc. Vaticano 1, Const. Dei Íilius, cap. 3: Denz.Sch. 3014).
b) Es obvio que la misión de la Iglesia no termina ahí -y es eso lo que la teología contemporánea ha puesto fuertemente de relieve, superando los límites en que había sido encerrado anteriormente el concepto de misión-, sino que se prolonga y afecta a toda su existencia, ya que, como hemos dicho, es precisamente a la misión divina a lo que la 1. debe su ser.Entre las Líneas En ese sentido hay que afirmar que la Iglesia ha de encontrarse en perenne estado de misión, y eso no sólo porque los pueblos en que la Iglesia está ya implantada están expuestos a la descristianización, sino más radical y esencialmente porque en todo tiempo y momento la 1. debe llamar a sus hijos a una perenne conversión, a un constante examen y a una ininterrumpida lucha, ya que «no se salva aunque esté incorporado a la Iglesia quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia `en cuerpo’, pero no `en corazón’» (Lum. gent. 14). La misión de la Iglesia terminará sólo cuando se haya concluido el estado de peregrinación, y siendo entonces Dios todo en todas las cosas, reine la perfecta unidad de los hijos de Dios.
V. t.: II, 5; APOSTOLADO 1; MISIONES 1; MISIONOLOGíA 1. [rbts name=”teologia”]

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Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre la misión de la iglesia en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

J, PIERRON y P. GRELOT, Misión, en Vocabulario de teología bíblica, Barcelona 1967, 480 ss.; W. BEILNER, Misión, en Diccionario de teología bíblica, Barcelona 1967, 659 ss.; H. SCHLIER, Die Entscheidung für die Heidenmission in der Urschristenheit, en Die Zeit der Kirche, Friburgo 1958, 90-107; VARIOS, Repenser la mission, LÓwen 1965; P. ROSSANO, Theologie der Mission, en Mysterium salutis, IV-1,503-514; E. NEUHAUSLER, Sendung, en LTK 1622 ss.; A. HENRY, Esquisse d’une théologie de la mission, París 1958; CH. JOURNET, L’Église du Verbe incarné, II, La structure interne et son unité catholique, París 1951, 1223-1253; íD, Teología de la Iglesia, Bilbao 1960, cap. X; Y. CONGAR, Esquisses du Mystére de 1’Église, París 1951; H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao 1958; G. PHILIPs, La Iglesia y su misterio, Barcelona 1968, 1,91-118,270-275; A. HERNÁNDEZ, El Decreto Ad gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia, Madrid 1966; M. SCHMAUs, Teología dogmática, IV, La Iglesia, Madrid 1962, 174-176; A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos, en la Iglegia, Pamplona 1969; M. J. LE GUILLOU, Misión y unidad, Barcelona 1963; A. RÉTIF, Introduction á la doctrine pontifícale des missions, París 1953; íD, Les Papes contemporains et la mission, París 1966; K. BOCKMUEHL, Die neue Missiontheologie, Stuttgart 1964; 1. H. WALGRAVE, Un salut aux dimensions du monde, París 1970.

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