Sintesis Teológica de la Creación
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Sintesis Teológica de la Creación en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1]
Dios, causa final de todas las cosas
Siendo el mundo obra de un ser inteligente y libre debe tener una finalidad. Todo agente obra por un fin; de otro modo no se seguiría de su acción un efecto determinado, a no ser por azar. El fin que Dios se propuso al crear el mundo no puede ser otro que Él mismo; si en las acciones extratrinitarias actuase por algún fin último fuera de Sí, dejaría de ser Dios, ya que se subordinaría a algo, se mostraría como ser indigente e imperfecto, cuya indigencia e imperfección se llenaría con algo fuera de Sí mismo. Además sólo el bien puede mover como fin a conseguir, y el bien sumo y total será la finalidad última de todos los seres y de todas las acciones ordenadas; pero el bien sumo y total sólo se encuentra en Dios. Podemos preguntarnos además qué intentó Dios al crear el mundo, qué cometido señaló a las cosas (véase en esta plataforma: t. MUNDO III, 2).
La Biblia nos enseña que el mundo tiene su fin último en Dios, «porque de Él y por Él son todas las cosas; a Él la gloria por los siglos» (Rom 11,36). Dios ha creado el mundo no porque tenga necesidad de él, por indigencia, o porque quiera obtener, provecho del mismo: «¿Qué le importa a Dios que tú seas justo? ¿Gana algo con que sean limpios tus caminos?» (lob 22,3). «El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ese. no es servido por manos humanas, como si necesitase de algo, siendo Él mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas» (Act 17,2425). Crea únicamente para comunicar su bondad, por amor de lo creado. «Todo el mundo es ante ti como un grano en la balanza, y como una gota de rocío de la mañana, que cae sobre la tierra. Amas todo cuanto existe, y nada aborreces de lo que has hecho; que no por odio hiciste ninguna cosa. ¿Y cómo podría subsistir nada si tú no quisieras, o cómo podría conservarse sin ti?» (Sap 11,2327).
Las criaturas son anuncio de la perfección divina, cantan su gloria, sus beneficios: «Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia las obras de sus manos» (Ps 19,2; cfr. 89,6; 104,24). Por eso todas las criaturas deben tributar al Creador su alabanza (Ps 103,21; 104; 149; 150; Dan 3,5758).
Entre las Líneas
En todos los acontecimientos, aun en las desgracias, se manifiesta la grandeza y la bondad de Dios, motivo de acción de gracias y de alabanza al Señor de la justicia (Tob 13,36; Eccli 36,35). Mediante la observación de las perfecciones divinas, participadas en las criaturas, pueden los hombres llegar alconocimiento del Creador, y prorrumpir en su alabanza: «Le dio ojos para que viera la grandeza de sus obras, para que alabara su nombre santo y pregonara las grandezas de sus obras» (Eccli 17,78; cfr. Sap 13,19; Rom 1,1821). Al hombre le hizo para su gloria y a ella debe ordenarse todo: «Yo los creé y formé para mi gloria» (Is 43,7; cfr. Dt 26,1819). «Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor 10,31; cfr. Is 43,7; Dt 16,1819; Is 48,11). Para difusión de la bondad divina y para gloria de Dios ha sido creado el mundo.
En los Padres tenemos afirmada la misma doctrina. No ha creado Dios el mundo por indigencia o utilidad propia, sino por su sola bondad (S. Agustín, Ench. 9: PL 40,235; Atenágoras, RJ 168; Ps. Areopagita, RJ 2282; Orígenes, RJ 462). Su inmensa benevolencia le condujo a que otras cosas participasen de sus beneficios (J. Damasceno, RJ 2349). El mundo es un grande y admirable pregonero de la majestad de Dios (G. Nacianzeno, Orat. 44,3: PG 36,609). Todas las cosas están hechas para el hombre, y éste considerando su belleza debe conocer, adorar y servir al Creador (Lactancio, Divinae institutiones, 7,6: PL 6,757; G. Niseno, Or. 2: PG 44,282; S. Agustín, In Ps 148, 15: PL 37,1946).
La doctrina de la Iglesia recoge las enseñanzas de la Sagrada Escritura y de los Padres. Leemos en el Catecismo del Concilio de Trento: «La única causa que determinó a Dios a crear fue el deseo de comunicar su bondad a las cosas por Él creadas. Porque la naturaleza divina infinitamente bienaventurada en sí misma, no tiene necesidad de ninguna otra cosa» (I, art. 1, Madrid 1956, 56). El Concilio Vaticano 1 definió que: «este solo verdadero Dios, por su bondad y «virtud omnipotente», no para aumentar su bienaventuranza ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que reparte a las criaturas. creó de la nada la criatura corporal y la espiritual. y después la humana» (Denz.Sch. 3002). Y en el canon correspondiente: «si alguno. negare que el mundo ha sido creado para gloria de Dios, sea anatema» (Denz.Sch. 3025). De las Actas del Concilio se deduce que estas definiciones se dirigían a salir al paso de los errores de A. Giinther (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y sus seguidores, quienes de la fórmula «el mundo ha sido creado para gloria de Dios» deducían y enseñaban que Dios busca por la creación su propia utilidad. Las palabras «por los bienes que reparte a las criaturas» equivalen a la fórmula «Dios ha creado para comunicar y manifestar su bondad» del Catecismo de Trento. La manifestación de la bondad divina supone la gloria objetiva, fundamental, de Dios, es decir, la real comunicación de su bondad y perfección a las cosas, y la gloria externa formal, o la alabanza divina, resultante de la primera (cfr. Collectio Lacensis, 7,86,110). Por tanto es de fe divina y católica que Dios es el fin último de todas las cosas; que no ha creado el mundo para adquirir o aumentar su felicidad, sino para manifestación de su perfección comunicando su bondad a las criaturas, y que el mundo ha sido creado para gloria de Dios.
La razón teológica guiada por la fe encuentra explicación de esa verdad. Dios creó el mundo por su bondad, porque el fin absolutamente último por el cual obra es el bien sumo; pero el bien sumo es sólo Dios.
Una Conclusión
Por consiguiente lo que indujo a Dios a crear no pudo ser sino Él mismo, su propia bondad (véase en esta plataforma: DIOS IV, 6). Ningún bien finito puede mover a Dios a obrar, pues todo bien que existe no es más que participación de la suprema bondad divina.
Dios creó el mundo no para aumentar su felicidad sino para comunicar y manifestar su perfección: Si Dios hubiera creado para aumentar o adquirir su felicidad no sería infinitamente perfecto, pues habría algo fuera de sí capaz de perfeccionarle. Habría en él potencia pasiva o capacidad de recepción de algo que le faltaba, siendo así que es actualidad completa y perfección suma. No crea, pues, para recibir sino para comunicar el bien y la felicidad (Sum. Th. 1 q44 a4). El amor únicamente pudo mover a Dios, el amor de sí mismo que ve la conveniencia de que otros participen de su misma felicidad y bondad. La comunicación de la perfección divina no es el último fin, sino la misma perfección de Dios, por cuyo amor Dios la quiere comunicar; no actúa por su bondad como apeteciendo lo que no tiene, sino como queriendo comunicar lo que tiene, pues obra no por deseo del fin, sino por amor del mismo (De Potentia, q3 a15 ad14; In 2 Sententiarum, dl q2 al; Contra gentiles, II,93; ib. III,18).
Podemos ahora preguntarnos sobre la finalidad que el mundo tiene en sí mismo, o qué fin le asignó Dios al crearlo. El Vaticano I definió: «el mundo ha sido creado para la gloria de Dios» (Denz.Sch. 3025). Los racionalistas y semirracionalistas bajo el influjo de la ética kantiana afirmaron que el mundo había sido creado para la felicidad del hombre en sí mismo, ya que Dios, ser moralmente perfecto y bueno, no puede querer para el hombre más que bien. Es impensable, por otra parte, decían, que Dios busque al crear el propio provecho; las exigencias éticas postulan que se actúe en beneficio de los otros, y hemos de pensar que el acto creador de Dios cumple esas exigencias, creando al hombre para su felicidad y no para provecho de Dios.
El pensamiento de la Escritura y de los Padres así como la enseñanza oficial de la Iglesia es bien claro. La razón teológica fundamenta esa doctrina.
Entre las Líneas
En efecto, Dios crea el mundo no para recibir algo sino para comunicar su propia perfección. Esta perfección recibida en las criaturas manifiesta la excelencia divina (gloria de Dios interna fundamental), a la vez que la criatura racional contemplando las maravillas del universo como reflejo de la bondad divina prorrumpe en alabanza del Creador (gloria formal externa). El mundo es, por tanto, manifestación de las divinas perfecciones, bien a modo de vestigio bien a modo de imagen de Dios. La criatura racional, por el conocimiento de estas divinas perfecciones en las cosas, puede conocer al mismo Creador; por el orden y armonía del mundo conoce la sabiduría, la bondad y providencia divinas; de este conocimiento nacen el amor, la alabanza y gloria al Creador. Tenemos así que cuanto hemos dicho del fin de la creación encuentra en la gloria divina por parte del mundo (gloria formal externa) su razón última de ser. Santo Tomás dirá: «Todo el conjunto de las criaturas se ordena a la perfección del universo. Y, por fin, todo el universo, con sus partes, se ordena a Dios como a su último fin, en cuanto que en todas ellas se refleja la bondad divina, por cierta imitación, y esto para gloria de Dios. Sobre todo, las criaturas racionales, de un modo especial, tienen a Dios por fin, por cuanto pueden alcanzarle con sus operaciones, conociéndole y amándole» (Sum. Th. 1 q65 al).
Podría pensarse que al situar la finalidad del mundo en la gloria externa formal que la criatura debe tributar al Creador, mediante el conocimiento y el amor, lo colocamos en algo fuera de Dios, subordinándole así a algo creado.
Puntualización
Sin embargo, no es así, pues, al decir que la gloria de Dios es el fin último del mundo creado, hemos de tener presente que esa gloria proviene de la consideración de las perfecciones divinas derramadas en el mundo, y que los mismos actos de conocimiento y amor son participación de esa misma perfección, de modo que cuanto más se conoce y se ama a Dios, glorificándole, tanto más se participa de la bondad divina, tanto más la criatura se asemeja al Creador.
Una Conclusión
Por consiguiente, hemos de reconocer una mutua interacción entre gloria interna y externa, que en definitiva se reduce a que Dios crea para comunicarnos su bondad. De ello redunda en el universo la gloria, tanto interna fundamental como externa formal, pero ésta no es más que la manifestación de la bondad de Dios (Contra gentiles, 1,19).
La gloria externa de Dios es así nuestro bien, y nuestro sumo bien la gloria suma de Dios, porque nuestro sumo bien consiste formalmente en los actos por los cuales conocemos y amamos a Dios. Luego en esta gloria de Dios se incluye nuestra felicidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general); al querer Dios su gloria externa quiere nuestra felicidad. Decía el Concilio de Colonia: «La felicidad de los hombres y la gloria de Dios están conexas íntimamente entre sí. Cuando los hombres promueven la gloria de Dios, aumentan sus méritos y su felicidad; y cuanto mayores bienes concede Dios a los hombres, tanto mayores testimonios de su bondad ofrece y aumenta su gloria» (Collectio Lacensis, t. 5, col. 291) (véase en esta plataforma: t. GLORIA DE DIOS; DIOS IV, 6; PERFECCIÓN; SANTIDAD IV).
Reflexionando sobre esta doctrina podemos deducir: a) Los descubrimientos de la ciencia (para un examen del concepto, véase que es la ciencia y que es una ciencia física), de la técnica, del arte van plasmando las perfecciones divinas y contribuyen así de modo objetivo a que la bondad divina se comunique a las cosas y que éstas, por medio del hombre, tributen al Creador la gloria externa formal.
b) Todos los seres del universo se asemejan a la bondad divina que les ha sido comunicada.
Si, Pero:
Pero como ésta es infinita no es posible que una criatura represente la totalidad de la bondad de Dios. De ahí la múltiple y variada gama de seres que pueblan el universo, cada uno de los cuales tiene, en medida proporcionada, participación de la bondad de Dios. Por eso el bieri del universo en su conjunto, es mejor que el bien de cada una de las criaturas (Compendium Theologiae, 101102; Contra gentiles, 3,19,45,97; Sum. Th. 1 q22 a4). Tiene esto capital importancia a la hora de dilucidar el porqué del mal (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) en el mundo. No obstante esta variedad infinita de seres, todos ellos tienen una finalidad única, no son independientes entre sí sino mutuamente relacionados en orden a su fin último. Esta relación mutua supone un orden jerárquico, que viene dado por el grado de bondad divina recibida del Creador. Las que participan de la bondad divina en menor escala se subordinan a las que la participan en mayor medida. De ahí que el mundo de la materia y de los vivientes no racionales se ordene como a su fin próximo al hombre, y le sea dado al hombre por Dios para su servicio, a fin de que, en su calidad de criatura racional y libre, rinda en nombre del mundo la alabanza debida al Creador (Sum. Th. 1 q65 a2; De Potentia, q5 a4 ad2).
Mas la comunicación de la perfección divina en su mayor grado es la donación de la gracia sobrenatural (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), por la que el justo participa de la naturaleza divina, haciéndole hijo de Dios por adopción (véase en esta plataforma: FILIACIÓN DIVINA). La Trinidad mora por ella en el justo, y la imagen de Dios se hace en él vida divina por la fe (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y la caridad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), por las que el hombre reconoce plenamente la bondad divina, tributando a Dios la gloria que se merece. Los valores naturales, ontológicamente buenos, adquieren su pleno sentido en cuanto contribuyen a la perfección sobrenatural de la humanidad. Por eso el hombre, que se adhiere por la fe a la Verdad primera y por el amor a la suprema Bondad, finaliza todo el mundo creado, siendo imagen viva de Dios en Cristo. Perfección y glorificación de Dios que alcanzará su culmen cuando a la fe suceda la visión y la caridad se una y goce por siempre del objeto de su amor (véase en esta plataforma: Cielo).
c) La Escritura nos enseña que el universo entero tiene como fin próximo al Verbo encarnado, uniéndose en Él el origen y el fin de lo creado: «todo fue creado por Él y para Él» (Col 1,17). Efectivamente ha sido en Cristo donde se ha volcado la bondad divina existiendo, con única existencia, la naturaleza humana y la divina en la unidad de la Persona del Verbo (véase en esta plataforma: ENCARNACIÓN). La divinidad se manifiesta mediante la humanidad de Jesús, de modo que pudo decir: «quien me ve a mí, ve al Padre» (lo 14,9).
Entre las Líneas
En Cristo se ha revelado” Dios, se ha manifestado la Verdad, la Bondad y el Amor de Dios, y en el templo de su cuerpo se tributó al Padre la alabanza máxima, la mayor gloria de Dios. Ahora bien, si las criaturas inferiores están ordenadas al hombre, éste tiene como fin próximo a Cristo. Por eso las criaturas alcanzarán su perfección total en la ordenación a Cristo, en la participación de su vida y en la instauración de su reinado: el mundo no racional en cuanto, en manos del hombre, es orientado hacia Dios; el hombre reconociendo la actuación de Dios en él, viviendo su influjo en el encuentro amoroso de la fe y de la caridad (véase en esta plataforma: UNIÓN CON DIOS II, 2). Santo Tomás escribe: «no sólo ama Dios más a Cristo que a todo el linaje humano, sino también más que al conjunto de todas las criaturas, puesto que quiso para Él un bien mayor, porque le dio un nombre sobre todo nombre» (Sum. Th. 1 q20 a4 adl; v. JESUCRISTO).
La manifestación en el mundo de la gloria dada por Cristo al Padre en su vida, muerte y resurrección, continúa en la Iglesia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), su Cuerpo místico (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).
Entre las Líneas
En ella se concretiza el plan primigenio de Dios de crear el mundo para la instauración definitiva de su Reino (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). La misión de la Iglesia, sacramento e instrumento de salvación, consistirá en volver a Cristo toda la creación purificada para que Éste la someta definitivamente al Padre. Este orden de la creación lo expresa admirablemente S. Pablo: «todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Cor 3,23). Y el Concilio Vaticano II: «Así, pues, ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se incorpore al pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y templo del Espíritu Santo, y. en Cristo, Cabeza de todos, se rinda homenaje y gloria al Creador y Padre universal» (Lumen Gentium, n. 17; v. Iglesia).
Dios creó el mundo libremente
Cuando decimos que Dios creó el mundo libremente queremos afirmar, en primer lugar, que no ha podido haber fuerza alguna exterior que le coaccionase para obrar; esto es claro porque nada existía antes de que Él creara. Seguidamente afirmamos que el mundo existe por un acto de la voluntad de Dios, sin necesidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) intrínseca que le obligara a crear para comunicar su perfección. Asimismo afirmamos que Dios no sólo pudo crear o no crear, sino también fue libre al crear este mundo en lugar de otro que podía haber creado.
No han faltado errores opuestos a esta doctrina. Como afirma S. Tomás, entre los filósofos gentiles hubo quienes dijeron que Dios «obra por necesidad de naturaleza» (Contra Gentiles, 11,23). Siguiendo el principio axiomático «el bien es de suyo difusivo» también algunos cristianos, incluso Padres de la Iglesia, afirmaron que Dios se ve obligado a hacer partícipes a otros de su bondad. A veces se señala que su sabiduría y bondad no consiente que el mundo creado no sea el mejor de los posiblesque han podido existir. Otros argüirán, partiendo del mismo principio, que al menos era conveniente la c., contra el dualismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que afirmaba que el mundo de la materia no era digno de Dios. Se olvida en esta argumentación que la comunicación del propio bien en los seres libres está supeditada a la libertad y no es algo que nazca de la misma naturaleza del ser libre.
Bajo el influjo de la ética kantiana e idealista se ha llegado a afirmar que la creación es un imperativo de la perfección divina. Dios siendo perfecto no puede por menos de querer la existencia y felicidad de otros seres. Igualmente, si la persona (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) se constituye por la conciencia, en la que se ve como distinta del noyo, Dios, ser personal, es inconcebible sin la existencia del mundo creado. No podría concienciarse de su persona. Ideas estas que se encuentran en G. Hermes (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), A. Günther (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y A. Rosmini (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general).
La Sagrada Escritura nos enseña que Dios ha creado el mundo por un libre designio suyo, sin coacción alguna exterior y sin necesidad alguna intrínseca. Así lo demuestra la narración de la creación en la que ésta se atribuye a la palabra de Dios: «Dios dijo.» (Gen 1,3). Es la palabra de Dios la que hace surgir el cielo y la tierra, la que separa la tierra de las aguas (cfr. Ps 33,6; 104; Cap 9,1). Esto quiere decir que las cosas no han venido a la existencia por emanación necesaria de la esencia divina, sino porque Dios lo quiso y lo ordenó. Asimismo el Arquitecto del universo es presentado en el texto sagrado como deliberando y disponiendo las cosas con sabiduría y consejo, lo que supone que al actuar lo hace libremente y no por necesidad externa o interna (Gen 1,26).
Entre las Líneas
En el Ps 135,6 leemos: «Yahwéh hace cuanto quiere, en los cielos, en la tierra, en el mar y en todos los abismos» (cfr. Ps 115,3). Que la creación no sea un producto necesario de los atributos divinos bondad, sabiduría, lo afirma la Sagrada Escritura al decir que el mundo no podría subsistir si Dios no quisiera y no podría conservarse sin Él, indicando así que tanto la existencia como la conservación del mundo dependen únicamente de la voluntad de Dios. De igual modo se echa esto de ver en cómo distribuye sus dones la voluntad libre de Dios usando de misericordia con quien quiere, y pudiendo actuar de otra manera (cfr. Sap 11,10.17.20; Rom 8,30; 9; 4,17).
Los Santos Padres son testigos de la misma doctrina. S. Ireneo contra los gnósticos decía que Dios «no movido por otro, sino por su voluntad y libremente ha hecho todo, siendo el solo Dios, el solo Dueño, el solo Hacedor» (Adversus Haereses, 2,1,1: PG 7,710). S. Agustín hace resaltar que no por necesidad o por utilidad sino por sola su bondad creó Dios el mundo universo (De civitate Dei: RJ 1751).
Entre las Líneas
En su argumentación contra los arrianos los Padres afirman la procesión necesaria del Verbo y la producción libre del mundo: «Efectivamente, el Creador delibera hacer lo que antes no existía; por el contrario, cuando engendra el Verbo naturalmente de sí mismo no hace deliberación alguna» (S. Atanasio, Contra Arianos, 3,61: PG 26,451; cfr. Hipólito, Contra haeresiam Noetii, 10: PG 10,817).
El Magisterio oficial de la Iglesia se ha expresado claramente sobre el particular. El Concilio de Sens condenó el error de Abelardo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que decía «que Dios no puede obrar de forma distinta de como obra» (Denz.Sch. 726). Condenó el error de Wiclef (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) según el cual «todo sucede por necesidad absoluta» (Denz.Sch. 1177). Pío IX se pronunció contra la doctrina de Günther (Denz.Sch. 2828) y León XIII contra la de Rosmini (Denz.Sch. 3218). Definición dogmática nos la ofrece el Vaticano I: «con libérrimo designio Dios creó de la nada la criatura espiritual y corporal» (Denz.Sch. 3002), y en el canon correspondiente se condena a los que afirman que Dios no «ha creado por libre voluntad, sino con la misma necesidad con que se ama necesariamente a sí mismo» (Denz.Sch. 3025). Pío XII en la enc. Humani Generis salió nuevamente al paso de quienes afirmaban que la «creación del mundo era necesaria, como quiera que procede de la libertad necesaria del amor divino. lo cual es contrario a las declaraciones del concilio Vaticano» (Denz.Sch. 3890).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
La razón teológica es concluyente al respecto. No puede ponerse en Dios una necesidad extrínseca, pues antes de la creación nada existía; además si se admitiese esa necesidad haríamos depender a Dios de otro, lo cual está en contradicción con la perfección e infinitud divinas. Tampoco puede darse una necesidad intrínseca, ya que la naturaleza se mueve necesariamente sólo en orden a la consecución del fin y de los medios indispensables para conseguirlo; hacia todo lo demás es indiferente, puede o no quererlo. Tanto el fin como los medios en la naturaleza divina son su misma bondad. El mundo, entra, pues, dentro de los objetos indiferentes, y por tanto, en la libertad de Dios está el querer que existan o no. Dice S. Tomás: «respecto al querer divino hay que tener en cuenta que es absolutamente necesario que Dios quiera alguna cosa, y, sin embargo, no es esto verdad respecto a todo lo que quiere. La voluntad divina dice relación necesaria a su bondad, que es su objeto propio, y, por tanto, Dios quiere necesariamente su bondad, lo mismo que la voluntad humana quiere necesariamente la felicidad y lo mismo que otra potencia cualquiera dice relación necesaria a su objeto propio y principal.
Entre las Líneas
En cambio las cosas distintas a Dios las quiere en cuanto ordenadas a su bondad como a un fin.
Una Conclusión
Por consiguiente, como la bondad divina es perfecta y puede existir sin los demás seres, que ninguna perfección pueden añadirle, síguese que no es absolutamente necesario que quiera cosas distintas a Él» (Sum. Th. 1 q19 a3). Solamente la voluntad libre de Dios, movido por su amor hacia nosotros, pudo hacer que se determinase a crear el mundo, haciéndonos partícipes de su bondad y perfección (véase en esta plataforma: Dios). [rbts name=”teologia”]
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre sintesis teológica de la creación en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
Estudios generales: R. GUELLUY, La creación, Barcelona 1969; M (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). FLIcKZ. ALSZEGHY, Los comienzos de la salvación, Salamanca 1965; L. SCHEFFCZYK, Création et Providence, París 1967; T. MOUIREN, La creación, Andorra 1964; H. PINARD, Créa. tion, en DTC III (1908) 20342201; M. SCHMAUS, Teología Dogmática, t. II: Dios creador, 3 ed. Madrid 1966; J. VALBUENA, Introducción y comentario al tratado sobre la creación y gobierno divino, en Suma Teológica, ed. BAC, t. II yIII, Madrid 1959; J. M. DAMAUJ (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). F. SAGUES, Sacrae theologiae Summa, t. II: De Deo uno et trino, De Deo creante et elevante, Madrid 1955; M. DAFFARA, De Deo creatore, Turín 1947; P. PÁRENTE, De creatione universab, Turín 1946; R. GARRIGDULAGRANGE, De Deo Trino et creatore, Turín 1943; B. REY, Creados en Cristo Jesús, La nueva creación según San Pablo, Madrid 1968; E. BEAUCAMP, La Bible et le sens religieux de 1’univers, París 1959.
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