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Comunidad Profética de la Iglesia

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Comunidad Profética de la Iglesia

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Comunidad Profética de la Iglesia en Relación a Historia de la Iglesia

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] 1) La institución profética. 2) El sentido de la fe, ejercicio del don profético. 3) La función profética en el Magisterio oficial de la Iglesia. 4) El don profético en la misión salvífica de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, al revalorizar la idea de Pueblo de Dios, ha puesto de relieve la dimensión comunitaria de la misión de la Iglesia La comunión, iniciada en el Bautismo y consumada en la Eucaristía, lleva consigo la unidad de los creyentes con Cristo y entre sí, y a la vez un compromiso de testimonio y de proclamaciól. de la verdad salvadora ante el mundo. Compromiso que atañe a cada uno y a la comunidad en cuanto tal, pues la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (Const. Lumen gentium, 1). Constituida a «imagen de su Fundador» la misión salvífica de la Iglesia se despliega en la participación de la triple función de Cristo: sacerdotal, profética y regia; aquí hablaremos de la dimensión profética. 1) La institución profética. a) Noción. Vulgarmente la profecía se entiende como predicción del futuro. El significado bíblico es mucho más amplio (véase en esta plataforma: PROFECÍA Y PROFETAS). El profeta es el que habla en nombre de Dios, quien conoce sus designios sobre el mundo y la historia, quien los proclama y se esfuerza por llevarlos a feliz cumplimiento. San Pablo extiende el campo del profetismo a instruir, exhortar, animar y consolar a los fieles para edificación de la Iglesia (1 Cor 14,3-6). El profeta ilumina con su palabra y anuncia, movido por el Espíritu, el camino de la comunidad y del individuo en la situación presente y futura.
Suele equipararse la función profética con la de magisterio. Pero, aunque sea ésta su primordial manifestación, esa función es en sí más amplia, ya que comprende toda la actividad suscitada por el Espíritu en orden a hacer conocer los designios de Dios en cada tiempo histórico concreto. El conocimiento cada vez más perfecto de la verdad revelada y de sus exigencias hace que el profeta sea fermento de la comunidad para que ésta persevere en la fidelidad a Dios y a su plan de salvación, es antídoto contra la tentación de estancamiento y egoísmo. El profeta ausculta las situaciones concretas de cada época procurando captar lo que Dios espera de la Iglesia en cada una de ellas, y juzgándolas a la luz de la fe, en la fidelidad del Espíritu.
b) Participación del don profético de Cristo. Se dice en el Concilio Vaticano II que «el pueblo santo de Dios participa del don profético de Cristo» (Lum. gent. 12). Si bien Jesús nunca se llama a sí mismo profeta, ni ninguno de los de su círculo le señala como tal, a excepción de los discípulos de Emaús (cfr. Le 24,19), la comunidad primera ve en Él al Profeta supremo y lo designó como tal (cfr. Lc 13,33; Mt 13,57; Act 3,22; 7,37). Y es que, aunque Cristo no haya usado ese título, su vida y actitudes lo implican: su constante llamada a la fidelidad a Dios, su predicación pidiendo la conversión y la penitencia, el anuncio que hace de la salvación ya presente y la proclamación del juicio. Jesucristo es superior a los grandes profetas, pues habla de «lo suyo» y con autoridad: «yo os digo.» Con Él, el profetismo llega a la plenitud. Con su irrupción en la historia, la Revelación de Dios se nos ha dado plenamente (Const. Dei Verbum, 2).Entre las Líneas En su vida, palabra y obras, con sus milagros y, sobre todo, con su muerte y resurrección testimonia la presencia de Dios entre los hombres que les llama a la nueva vida (Dei Verbum, 4). La dignidad y misión de Cristo supera la categoría del profeta, aunque la contenga.
Esta misión profética de Jesús se cumple, hasta que Él vuelva, a través de la Iglesia Pero siendo Jesús la Verdad y la Revelación plena del Padre, la Iglesia en su misión profética no puede proclamar ya nuevas revelaciones, ni enseñar otra verdad sino la de Cristo, ni anunciar otros designios de salvación sino los hechos realidad en la carne de Jesús. El profetismo de Jesucristo se continúa mediante la jerarquía de la 1. y por la Iglesia toda. Dice el Vaticano 11: «Cristo, profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe» (Lum. gent. 35).
c) Dimensiones de la función profética. El primer lugar lo ocupa el conocimiento y la fidelidad a la palabra de Dios. «Quiso constituir un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente» (Lum. gent. 9). Cualidad ya predicha por Jeremías: «ellos me conocerán todos, desde el más pequeño al más grande» (31,31-34; cfr. Is 54,13). Se trata de un conocimiento con exigencias morales, que nace de la fidelidad a la Palabra como fruto del Espíritu. No es extraño que en el Concilio Vaticano II al hablar de profetismo se emplee lenguaje sacerdotal, y hable de la vida y actitud de fe del profeta como fuente de su función. S. Juan continúa la línea de Jeremías cuando dice: «vosotros tenéis la unción del Santo, y todos tenéis la ciencia. Y la unción que habéis recibido de Él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe.Si, Pero: Pero según su unción, os enseña todas las cosas -y es verídica y no es mentirosa- y según os enseñó, permaneced en Él» (1 lo 2,20.27).Entre las Líneas En términos semejantes se expresa San Pablo (cfr. 2 Cor 1,21-22).
Pero es de advertir que los textos conciernen a la comunidad en cuanto tal, y a los cristianos como parte de la misma. Por eso sólo en comunión con la 1. puede desplegarse la energía de la unción en orden al conocimiento de la verdad. Sólo en esa comunión puede ser garantía de autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) para sí y para los demás.
Habiendo de traducirse el conocimiento de la verdad en la vida se sigue la dimensión de testimonio que envuelve la función profética. Testimonio intra y extra eclesial, de confortamiento en la fe y de evangelización del mundo, «difundiendo su vivo testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad» (Lum. gent. 12; cfr. ib. 35).
d) Verdaderos y falsos profetas. El don profético proviene del Espíritu; por eso puede surgir en todo cristiano. Por otra parte, ya la Sagrada Escritura y los primeros escritos posapostólicos nos hablan de la existencia de falsos profetas, ofreciendo las normas para desenmascararlos. «Cuanto a los profetas, que hablen dos o tres y los otros juzguen» (1 Cor 14,29). La «discreción de espíritus» (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) es necesaria para distinguir el auténtico del falso profeta. San Pablo advierte: «no apaguéis el Espíritu. No despreciéis las profecías. Probadlo todo y quedaos con lo bueno» (1 Thes 5,19-21). Se ha de aceptar cuanto viene del Espíritu, pero hay que «probarlo», discernir lo que verdaderamente es suyo. Para ello servirá el verificar su conformidad o no con la fe, con la Revelación recibida (cfr. Rom 12, 6). El profeta auténtico habla en conformidad con su fe, no en un orden puramente subjetivo, sino en consonancia con la norma objetiva dada, en fidelidad a Cristo y a su mensaje salvífico: en última instancia, como veremos después, no hay profecía auténtica sin fidelidad al Magisterio auténtico de la 1. S. Juan señala como criterio la fidelidad a la fe predicada y recibida, la permanencia en lo que oyeron y les fue predicado desde un principio (cfr. 1 lo 2,7.24) (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Frente a los anticristos que perturban la comunidad, S. Juan dice a sus fieles que no teman, pues «vosotros tenéis la unción del Santo y conocéis todas las cosas» (1 lo 2,20.27). Con esto no se enseña la iluminación y preservación del error a nivel individual, prescindiendo del sentir de la comunidad y de sus jefes. Es el mismo S. Juan quien insiste sobre la necesidad de perseverar en lo predicado y recibido desde el principio. Por eso la comunidad puede juzgar a los profetas. La unción recibida es la fe en y por la l., es la palabra de Cristo predicada y recibida en la comunidad, sellada por la acción del Espíritu en los corazones.
La Didajé (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) afirma la necesidad del discernimiento: «quien viene a vosotros en nombre del Señor, debe ser recibido; pero después, sometido a prueba, sabréis discernir la derecha de la izquierda» (12,1). La conducta moral servirá de criterio: «por sus frutos los conoceréis» (Mi 7,16). Se podrá simular por algún tiempo que se habla y se vive en conformidad con la palabra de Dios, pero ésta, que interpela tanto al que la pronuncia como al que la escucha, no tardará en mostrar que lo que pronuncian los labios no es vivido. El conocimiento de Dios y sus designios salvíficos en el profeta ha de nacer de la vida y de la experiencia vital del mensaje cristiano. La falta de obras cristianas es signo de que no es el Espíritu quien le guía sino las apetencias personales. «No todo el que habla en espíritu es profeta, sino quien guarda la moral del Señor; por la conducta moral se conoce al profeta y al pseudoprofeta» (ib. 51). Y añade la Didajé respecto a los profetas ambulantes: «no estará más de un día; si es preciso, estará también el siguiente, pero si permanece tres días, es falso profeta. Si pide dinero, es falso profeta» (11,10). Entre los frutos de la profecía se señalan la edificación, la exhortación, el consuelo (cfr. 1 Cor 14,3). Por eso cuanto se oponga a la unidad y a la paz de la comunidad, cuanto perturbe a los fieles en su sentir sobrenatural, cuanto sea causa de dolor, no es profecía aunque lo parezca, pues es opuesto a la caridad: «si teniendo el don de profecía. no tengo caridad, nada soy» (1 Cor 13,2).
e) La desaparición del profetismo institucionalizado. El profetismo institucionalizado del que habla San Pablo (cfr. 1 Cor 12,28) desapareció muy pronto. La Didajé, aunque lo menciona, afirma que la comunidad puede subsistir sin ello (cfr. 13,4). El Pastor de Hermas (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) los coloca por debajo de los apóstoles, obispos, doctores y diáconos (cfr. Vis. 3,5,1). S. Justino da cuenta de la existencia de los profetas en la comunidad cristiana junto a falsos profetas y doctores: «Ya nos advirtió el Señor que nos precaviésemos contra ellos» (Dial. c. Tryph. 88,1: PG 6,685). S. Ireneo testifica igualmente la existencia del carisma profético (Adv. Haer, 5,6,1: PG 11,37). Los escritores eclesiásticos del s. itt no hacen mención de los profetas. Mas la desaparición del profetismo institucionalizado no arguye la desaparición del carisma profético en la 1. Ésta es esencialmente profética porque es anunciadora de la Verdad, que es Cristo, y en todas las épocas de la historia el Espíritu ha suscitado hombres proféticos con la misión de proclamar la pureza del Evangelio, denunciar los errores, exigir la renovación y la fidelidad a Cristo. Los grandes santos y fundadores, que han promovido corrientes de renovación espiritual y de apostolado, figuran en la avanzadilla del auténtico profetismo. Como también es cierto que no han faltado falsos profetas, y en todo tiempo la jerarquía eclesiástica ha tenido que emplear el don de la discreción de espíritus. Por otra parte, todo cristiano en la realización del apostolado (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) ordinario, al comunicar su fe o animar a vivir la vida cristiana, ejercita de múltiples formas una catequesis o enseñanza, un aspecto del don profético (véase en esta plataforma: infra, 6).
2) El sentido de la fe, ejercicio del don profético. La indefectibilidad del Pueblo de Dios en la fe se ejerce «mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo» (Lum. gent. 12). El sentido de la fe es una disposición cuasi innata al creyente por la que juzga de modo connatural, instintiva y experimentalmente los diversos aspectos de la vida cristiana, bien en lo referente al objeto de la misma fe, bien a sus manifestaciones y realizaciones concretas en la vida moral y religiosa de la comunidad.
a) Principios subjetivos del sentido de la fe. El Vaticano 11 atribuye la acción del sentido de la fe a la «unción» del Espíritu. Esta unción hay que situarla más en concreto en la virtud de la fe y en los dones cognoscitivos del Espíritu Santo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). La virtud de la fe (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) es un hábito esencialmente intelectivo, pero su acto es imperado por la voluntad. Hábito, pues, de orden intelectual y afectivo, lleva en sí el principio del conocimiento experimental y sin raciocinio de su propio objeto; juzga de él por connaturalidad. De manera instintiva, si son dóciles al Espíritu Santo, los fieles están preparados para aceptar o rechazar cuanto es conforme o disconforme con la verdad revelada. Se llama también «ojos de la fe», pues a semejanza de la visión corporal, ilumina y percibe su objeto inmediata y connaturalmente.
Mas con sola la actuación de la virtud de la fe no se tiene más que un sentido de la fe imperfecto. Para su perfección se requiere la caridad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y la gracia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y los dones del Espíritu Santo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), sobre todo el don de entendimiento que otorga una penetración íntima, intuitiva, de las cosas divinas (Sum. Th. 2-2 q8 a6; q49 a2 ad2). Su acción se extiende a comprender los motivos de la fe, «teniéndolos por tan ciertos que por ninguna apariencia contraria nos hemos de apartar de ellos» (Sum. Th. 2-2 q8 a4 ad2). Esto explica, p. ej., la firmeza con que se ha sostenido algunas verdades de fe no obstante las negaciones o disputas en torno a ellas, p. ej., la maternidad divina de María, la Inmaculada Concepción, etc. Por el don de ciencia el creyente enjuicia, con juicio intuitivo, afectivo y experimental, las verdades sobrenaturales; por él pueden los fieles llegar a conocer si una verdad es o no de fe, y rechazar instintivamente cuanto se opone a ella. Mas la perfección plena del sentido de la fe se alcanza merced al don de sabiduría; por este don se juzgan las verdades sobrenaturales a través de razones eternas; en virtud del mayor conocimiento de Dios y de sus misterios, producido por este don, el amor se une más íntimamente al objeto llamado, llevándole ese amor afectivo de caridad a percibir aspectos de la verdad que se ocultan a quienes carecen de este don. Por la acción propia del don de sabiduría, el sentido de la fe se manifiesta preferentemente en actos dirigidos a la honra y veneración de Dios en sus misterios, en actos cultuales. El sentido de la fe tiene, pues, como principios subjetivos de actuación la virtud de la fe y los dones de entendimiento, ciencia y sabiduría. La gracia y la caridad se presuponen para la existencia de los dones en el alma, no así para la fe. Por eso el creyente en pecado puede tener el sentido de la fe, aunque imperfectamente, pues en él reside la «unción» y recibe cierta iluminación del Espíritu. El hábito de la fe, aunque informe, tiende connaturalmente hacia su objeto (Sum. Th. 2-2 q8 a5). Mas tal sentido carecerá de energía y vitalidad. Cuanto más se viva la fe y la caridad, tanto más activo y seguro será el sentido de la fe. De ahí que brille con especial intensidad en los santos.
b) Principios objetivos del sentido de la fe. Es claro que el objeto sobre el que ha de versar el sentido sobrenatural de la fe es la Revelación. Ésta fue clausurada con la muerte del último Apóstol. Por eso no puede haber nuevas realidades reveladas.Si, Pero: Pero sí puede haber mejor conocimiento de las mismas. A este mejor conocimiento o a descubrir nuevos aspectos de la única verdad revelada, sirve el sentido de la fe. Se desprende de la naturaleza de los principios subjetivos, así como de la naturaleza y trasmisión de la Revelación. Ésta es menos una suma de enunciados que una realidad, menos una doctrina que una Persona, el Verbo hecho carne, en el que se nos manifiestan también el Padre y el Espíritu Santo. Lo que los discípulos vieron y oyeron, la experiencia tenida al contacto con la presencia física de Jesús, su doctrina, su vida, fue trasmitido a la Iglesia La tradición (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de la Revelación se manifiesta en una vida, en la vida de la comunidad. Es la fe continua de la Iglesia mantenida y vivificada por la acción constante del Espíritu sobre la 1. y sobre cada uno de sus miembros, según la función que ejercen en el cuerpo eclesial. Así la Revelación, como conciencia y vida de la I., es portada por la 1. Universal. Todos los fieles, con su vida cristiana, son parte integrante de la tradición activa, si bien no todos en el mismo plano y de la misma manera.Entre las Líneas En los fieles actúa el Espíritu para que la conciencia de su fe sea cada día más viva.Entre las Líneas En el mismo concepto de Revelación trasmitida tenemos, pues, asentado el sentido de la fe. Por él se penetra siempre más en la tradición constitutiva, llegándose a captar las virtualidades implícitas en su contenido.
c) Infalibilidad de los fieles. Afirma el Vaticano 11 que la universalidad de los fieles no puede fallar en su creencia (Lum. gent. 12). Suele afirmarse que los fieles poseen la infalibilidad pasiva o in credendo, por cuanto no pueden engañarse al aceptar las enseñanzas propuestas por el Magisterio, quien tiene asegurada la infalibilidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) activa, o in docendo (de enseñar). Esto es cierto. Lo enseña toda la tradición de la 1. y repite el Vaticano II: «bajo la dirección del Magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cfr. 1 Thes 2,13); se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos» (Lum. gent. 12).

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Puntualización

Sin embargo, no es del orden puramente pasivo, pues se extiende a «penetrar profundamente la fe con rectitud de juicio aplicándola más íntegramente a la vida» (ib.). Es decir, que podemos hablar como de una función activa y docente de los fieles, un magisterio ex spiritu, del orden de la vida de fe y caridad, y que encuentra su expresión en el consentimiento universal de todo el Pueblo de Dios en una verdad revelada. Esta actividad que se ejerce por el sentido sobrenatural de la fe puede llegar a descubrir virtualidades reveladas, que quizá pasen desapercibidas a los mismos teólogos de oficio. El Espíritu Santo anima y dirige a todo el pueblo no sólo por medio del Magisterio jerárquico, sino también inmediata e intrínsecamente, haciéndole idóneo e induciéndole a proclamar y a dar testimonio de la verdad cristiana. Mas para que ese consentimiento sea infalible es preciso que haya unanimidad, al menos moral, en la verdad creída, es decir, que «todo el pueblo desde el Obispo hasta los últimos fieles seglares manifiesten el asentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (Lum. gent. 12).
3) La función profética en el Magisterio oficial de la Iglesia. La función profética que se despliega por medio del sentido de la fe y de los carismas (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) está unida a la que se realiza a través de la Jerarquía (Lum. gent. 35). Junto y sobre los profetas San Pablo colocaba a los Apóstoles (1 Cor 12,28; Eph 4,11). Los Obispos, como sucesores suyos, tienen la misión de «interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o trasmitida» (Dei Verbum 10), ejerciendo su autoridad magisterial en nombre de Cristo. A más del carisma común a todo el Pueblo de Dios, posee la Jerarquía eclesiástica (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) el carisma particular del ministerio, por el que discierne los demás carismas y propone de modo auténtico e infalible la revelación. Es, por tanto, el Magisterio oficial de los pastores un momento esencial integrante de la función profética de la Iglesia toda y no reductible, como veremos, al carisma genérico.
a) Institución del Magisterio auténtico, vivo e infalible por Cristo. Los Apóstoles fueron enviados por Jesús a predicar el Evangelio a todas las gentes (Mt 28,18-20), con la misma autoridad que había recibido del Padre (lo 20,21), de modo que el mensaje y la autoridad con que se anuncia sean del mismo Cristo, tal como Él lo había recibido del Padre (lo 7,15-18). De ahí que los oyentes tengan la obligación de aceptar la predicación apostólica, so pena de la condenación eterna (Mc 16,16). Es un magisterio vivo, pues se realiza en un cuerpo viviente, la l., que asimila y crece en la comprensión de la verdad, mediante actos vitales de la voluntad y del entendimiento. Dicho magisterio está respaldado por el carisma de la infalibilidad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), ya que Cristo estará con ellos hasta el fin de los tiempos (Mt 28,18-20); les asistirá el Espíritu Santo por siempre, el Espíritu de verdad que dará testimonio de Cristo (lo 14,16-17; 15,26). Por eso el rechazo del mensaje apostólico supone la condenación (Mc 16,1516), lo que sería incomprensible si la verdad no estuviera garantizada por la infalibilidad. Estas condiciones del Magisterio explican que Jesús dijese: «el que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha, a Mí me desecha, y el que me desecha a Mí, desecha al que me envió» (Lc 10,16). Los Apóstoles tuvieron conciencia de este Magisterio, por eso San Pablo llama a la 1. «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim 3,14-15; cfr. Rom 15, 18; Act 4,8-14) y afirma: «si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema» (Gal 1,9.8; cfr. 2 Cor 13,3). [rbts name=”historia-de-la-iglesia”]

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Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre comunidad profética de la iglesia en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

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