Familia en la Doctrina Social Cristiana
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Familia en la Doctrina Social Cristiana en Relación a Religión Cristiana
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] 1. Preocupación del Magisterio por el tema familiar. La doctrina moral cristiana ha tendido a considerar la familia a partir del matrimonio. Esta sociedad es la primera que vive el hombre desde la creación según el Génesis: los creó macho y hembra (1,27); vendrán a ser los dos una sola carne (2,24). La sociedad conyugal sancionada por Dios desde el principio, es elevada por la Nueva Ley a sacramento (Mt 19,6; Eph 5,22-32). El pensamiento cristiano desarrolla su doctrina en torno a estas realidades y siempre ha defendido la condición sagrada de la institución familiar.
La Iglesia ve en la familia la «primera forma de comunión entre personas» (Conc. Vaticano 11, Gaudium et spes= =GS, 12) y estima que «el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS, 47; cfr. Lestapis, o. c. en bibl., 17-33).
En la consideración del tema ha ido apareciendo con intensidad creciente la sociedad familiar como un todo que proteger y promover. Esta situación es debida al peso también creciente que han venido a adquirir las cuestiones sociales sobre las institucionales. El matrimonio tiende hoy a ser visto en perspectiva de la familia o, en todo caso, en perspectiva de una vocación social y humana que trasciende, aunque no suprime, la condición contractual y determina la misión de esposos e hijos en un contexto abierto a su realidad de personas.
La moral familiar ha recibido en consecuencia reformulaciones sucesivas, en las que se salva la continuidad doctrinal, aunque atendiendo a las situaciones nuevas. Actualmente esa doctrina recibe una expresión más existencial, más flexible. Responde al mayor conocimiento que se tiene del hombre y al deseo de su más adecuada integración al destino humano y cristiano que le corresponde. Esa reformulación no se ha verificado sin tensiones y, en casos particulares, por lo que afecta a autores privados, sin desviaciones. Tomada en conjunto la moral familiar no ofrece hoy, a veces, la coherencia de otras épocas, pero en compensación se ha ahondado y enriquecido. Dicha moral es afirmada frente al doble peligro de dejarse llevar por la pura lógica de los hechos, que puede inducir a considerar normativos los comportamientos «normales» que se registran en la práctica social, o también frente al peligro de que legislaciones civiles, guiadas por un interés pragmático, impongan modelos de vida familiar inaceptables para la conciencia recta y para el sentir cristiano. Tarea del moralista será, por una parte, no desatender la interpelación continua que le dirigen los hechos y situaciones nuevas; por otra, criticar desde sus principios aquellos modelos de vida que no los respetan. A partir de estas consideraciones pasamos a exponer la doctrina de la Iglesia en materia de moral social familiar.
«Si existe, en verdad, un problema al que haya privilegiado siempre el pensamiento católico, y en el que haya profundizado durante los últimos cincuenta años, es seguramente el de la familia» (1. Lacroix, o. c. en bibl., 11).Entre las Líneas En la enseñanza de la Iglesia sobre la familia es particularmente importante la enc. Arcanum divinae Sapientiae de León XIII y la desarrollada por Pío XI en varias de sus encíclicas, sobre todo en la Casti connubii y Divini illius Magistri, donde expone la doctrina cristiana sobre el matrimonio, la vida familiar y la educación y en la Divini Redemptoris, donde sale al paso de los ataques a esa doctrina por parte de algunos poderes públicos, concretamente del comunismo. La preocupación por la moral familiar está muy presente también en el magisterio de Pío XII y de Juan XXIII, y el Concilio Vaticano II mantiene el interés dedicando a la familia un capítulo de la Const. Gaudium et spes: «El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a una favorable situación de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos junto con todos los que tienen en gran estima a esta comunidad se alegran sinceramente de cuantos recursos favorecen en el hombre de hoy de actualización de esta comunidad de amor y el respeto a la vida, y de todo lo que ayuda a los esposos y padres en el cumplimiento de su misión excelsa» (GS, 47).
2 (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Factores perturbadores de la vida familiar. La Iglesia no desconoce los cambios que afectan a la historia humana, que necesariamente han de reflejarse en la familia Por eso extiende también a este campo el programa de un legítimo aggiornamento, dejando, siempre a salvo los principios que la conciben como sociedad o, mejor, comunidad natural, cuyas prerrogativas «han sido determinadas y fijadas por el Creador mismo, no por la voluntad humana ni por los factores económicos» (Div. Redemp., 28).
Importa denunciar aquellas concepciones que oscurecen, deforman o perturban un desarrollo de la familia no consecuente con su condición natural. El Concilio Vaticano II menciona la poligamia (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el divorcio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el amor libre (véase en esta plataforma: FORNICACIÓN), el egoísmo, el hedonismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y los usos ilícitos contra la generación (véase en esta plataforma: NATALIDAD); señala las perturbaciones que sufre por la incidencia en ella de la situación económica, sociopolítica y civil, así como los problemas que, para determinadas regiones, puede crear alguna vez el incremento demográfico (GS, 47), para el que, sin embargo, no se pueden dar soluciones inmorales (cfr. Populorum progressio, 37 y carta ap. Octogesima adveniens, 14 mayo 1971, 18). La enc. Humanae vitae considera como circunstancias peculiares de nuestro tiempo en relación con la familia dicho problema demográfico con las implicaciones económicas’ que lleva consigo, la nueva imagen de la mujer y sus funciones en la sociedad, el dominio técnico adquirido por el hombre sobre los procesos de la naturaleza que le capacita para manipularlos a su albedrío, etc. (n° 2).Entre las Líneas En esas «profundas transformaciones de la sociedad contemporánea» se hacen patentes dificultades de todo orden para la recta constitución y desarrollo de la vida familiar; pero, a través de ellas, se manifiesta también «la verdadera naturaleza de tal institución».
Como indica el Concilio Vaticano II, la comunidad conyugal y familiar se sitúa entre la persona y la sociedad, y lo que favorece a aquélla se traduce en el bienestar de éstas. Tradicionalmente se ha considerado la familia como seminarium reipublicae, o como «célula de la vida social». Por otra parte, el espacio de la vida familiar ha venido siendo lugar natural de transmisión de la cultura y ámbito para el despliegue de la vida personal. De modo que la familia, tanto hacia arriba, hacia la sociedad, como hacia abajo, hacia la persona, es la institución mediadora de todas las empresas humanas, «la comunidad -más natural y necesaria», aunque «comunidad imperfecta». Le corresponde, en efecto, un oficio mediador para llenar los fines y misiones más amplios de la sociedad civil, si bien nunca puede ser tenida como creación e instrumento del Estado (cfr. E. Welty, o. c. en bibl., II, 49-52).
Señalemos algunos factores relevantes en relación con las transformaciones de la estructura familiar, o que pesan sobre ella.
Desde la sociedad, la complejidad de los problemas políticos y económicos ha llevado a formas de organización que a veces se muestran incompatibles con el fuero de las organizaciones o instituciones particulares,en este caso la familiar. El hecho se traduce, p. ej., en programas de planificación que tienden a ser absorbentes. Este dirigismo puede pretender la completa planificación familiar, llegando a establecer programas eugenésicos que convierten el matrimonio en una empresa de explotación de material humano (véase en esta plataforma: EUGENESIA; DEMOGRAFÍA). También en ocasiones recaban el monopolio sobre la enseñanza y sobre el empleo de las capacidades productoras del hombre mediante el trabajo (véase en esta plataforma: ENSEÑANZA II). Hay que añadir la variedad de fenómenos de signo que llamaríamos centrífugo, que definen la propia vida familiar, mirada desde abajo, desde las personas que la integran. El movimiento feminista (véase en esta plataforma: FEMINISMO) da expresión a las reclamaciones de una mujer que parece encontrar insatisfactoria la monotonía del hogar y busca el despliegue de su personalidad también fuera de su casa. Se ha acelerado además su incorporación al mundo del trabajo. Ello conduce a acentuar el vacío del espacio familiar y a crear la situación de posibles conflictos entre las atenciones debidas al esposo y los hijos y las obligaciones profesionales.
Esa tendencia centrífuga se refleja también en los hijos. Su entrenamiento para la vida se realiza’ hoy, en parte muy notable, fuera del hogar. Educación y esparcimientos se atienden por instituciones especiales o entidades comercializadas. La misma juventud se ha creado su propia subcultura emancipada, que la permite afianzarse como grupo, subrayándose con ello los conflictos generacionales. La complejidad de nuestra civilización hace, por otra parte, que la plenitud de funciones realizadas en otro tiempo en el seno familiar tengan que ser hoy distribuidas. Las tareas profesionales son con frecuencia absorbentes para los progenitores, al menos para el padre. La multiplicidad de enseñanzas y destrezas de que las nuevas generaciones han de equiparse desbordan las condiciones de tiempo y de aptitud de que puede disponerse en el hogar.
Por otro lado, la emigración masiva, que por razones laborales han de afrontar muchos padres, a regiones o países distantes de la propia habitación, puede influirse desfavorablemente en la vida familiar. Otro tanto, ocurre con el éxodo del campo a la ciudad. Máxime cuando se realiza a las grandes urbes y sus suburbios, donde suele faltar el clima moral para el fomento de las virtudes del hogar y donde con frecuencia faltan también las condiciones físicas que permitan llevar una vida humana digna.
En medios más afortunados, las solicitaciones que ofrece la sociedad de bienestar y la fácil circulación del dinero dentro de ella son hechos que extienden el radio de la libertad y el ejercicio de la independencia. Esa libertad actuando desde dentro y la organización creciente que se impone desde fuera hacen que la institución familiar presente hoy rasgos comparativamente insatisfactorios, que incluso se la sienta amenazada en algunos lugares. Refiriéndose a «la condición de la mujer en el mundo moderno», Pío XII pudo justamente advertir que «la suerte de la familia, la suerte de la comunidad humana están en peligro» (Aloc. 25 dic. 1945). De ahí la necesidad de reafirmar y de actualizar la doctrina sobre este tema tan fundamental.
3. Matrimonio y familia en el Magisterio eclesiástico. Este estudio afecta en primer lugar al matrimonio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que es el principio y base de la vida familiar. El matrimonio monogámico es la comunidad de vida entre hombre y mujer, fundada en el amor y entrega mutuos y ordenada a la propagación de la vida. La comunidad matrimonial toma la figura de contrato, supone la libre voluntad de las partes al realizarlo y tiene como propiedades la unidad y la indisolubilidad. Es expresión de las exigencias de la naturaleza humana, declaradas en la revelación desde el Génesis: «Dios creó al hombre a su imagen; los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles, creced y multiplicaos y llenad la tierra» (1,27); «vendrán a ser los dos una sola carne» (2,19). La Epístola a los Efesios de San Pablo da alcance místico a la unión de los esposos, comparada a la unión de Cristo con la Iglesia. El matrimonio en la Nueva Ley es elevado a sacramento.
La Iglesia, por esta razón, ha invocado derechos sobre el mismo, a los que no puede renunciar. La naturaleza del matrimonio, definida por los imperativos de la ley natural, ha exigido su intervención en cuanto responsable de la educación moral de los hombres y especialmente de los cristianos. Este punto se acentúa particularmente en la enc. Humanae vitae, que recuerda que el Magisterio es guardián no sólo de la ley (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) evangélica, sino también de la natural (n° 4). Repetidamente ha afirmado la naturaleza y prerrogativas que corresponden a un matrimonio según esa ley moral, pronunciándose contra los abusos y deformaciones de la relación hombremujer que tienen que ver con la vida sexual y la propagación del género humano. Así, denuncia el abuso grave que supone el adulterio (véase en esta plataforma: FORNICACIÓN) y se declara contra prácticas que implican la negación de la misma comunidad matrimonial. Esas prácticas son principalmente las que atentan contra la propiedad, que le es inherente, de ser indisoluble: el amor libre y el divorcio. Pío XI, en la enc. Casti connubii, insistió en que se trata de una institución que proviene «del Autor de la naturaleza», y que no es «de invención humana». Apoya el Pontífice su doctrina sobre los datos de la Revelación (Gen 1,27-28; 2,22-23; Mt 19,3 ss.; Eph 5,23 ss.), recordando lo expuesto por León XIII en la enc. Arcanum divinae sapientiae. La desarrolla exponiendo los «bienes del matrimonio» al paso de la enumeración tripartita que se ha hecho clásica desde S. Agustín: bonum prolis, bonum f idei, bonum sacramenti (De bono coniugali, 24,32).Entre las Líneas En esa enumeración tienen primacía los hijos (bonum prolis).Entre las Líneas En orden a ellos, la propia naturaleza ordenada por Dios, asegura la unidad y lealtad de los esposos (bonum fidei) y la indisolubilidad del vínculo elevada por Cristo a «signo eficaz de gracia» (bonum sacramenti). (Para un estudio más completo de este tema, v. MATRIMONIO V).
4. Derechos propios de la familia. Pío XII, en la línea de su enc. Summi Pontificatus, recuerda en una de sus alocuciones cómo es «deber de conciencia… la firme defensa de los derechos propios de la familia». «La dignidad, los derechos y los deberes del hogar fámiliar, establecido por Dios mismo como célula vital de la sociedad, son… tan antiguos como el mundo; son independientes del poder del Estado, que debería protegerlos y defenderlos si se hallan amenazados; derechos y deberes igualmente sagrados en todas las épocas de la historia y en todos los países». Insiste en que la familia «es el elemento orgánico de la sociedad». Y en que el amor, en su triple forma de conyugal, paterno-materno y filial, es el vínculo fecundo de la vida. Repite que «la familia no es para la sociedad; sino la sociedad para la familia». Al comprobar que desgraciadamente «no puede bastarse a sí misma» en su «papel de célula orgánica social», se impone la organización del propio mundo familiar en un frente que permita levantar la voz y hacerse oír, reclamando lo que en justicia se le debe en asistencia material y moral. La vida artística y literaría, los medios de información han de responsabilizarse ante estas exigencias familiares. El Papa lamenta que los propios medios destinados a ser educadores del hombre, se pongan con frecuencia del lado de la disolución. Alude a la justicia de un «salario familiar o social»; a la necesidad de viviendas familiares concebidas con criterios distintos a los que imperan en nuestra civilización industrial y urbana que llevan al sistema de acuartelamiento. Pide socorro a la infancia, asistencia a la juventud, atención a las familia numerosas, seguridad frente a todas las eventualidades de la vida. Cuando reina el espíritu familiar el régimen de relaciones es el de mutua ayuda; esto es obvio considerado a escala del hogar. El Santo Padre ve a toda la sociedad humana como proyección del modelo familiar, estimando como ideal que todos los hombres se sintieran «miembros de la gran familia de las naciones» (Aloc. 20 sept. 1949).
Pablo VI, en la enc. Populorum progressio, resume la actitud que debe observarse con relación a la f.: «El hombre no es él mismo sino en su medio social, donde la familia tiene una función primordial». La familia natural, monógama y estable, tal como los designios divinos la han concebido y que el cristianismo ha santificado, debe permanecer como «punto en el que coinciden distintas generaciones que se ayudan mutuamente a lograr una más completa sabiduría y armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social» (n° 36; remite a GS, 52). [rbts name=”religion-cristiana”]
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre familia en la doctrina social cristiana en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
Documentos pontificios: LEóN XIII, Arcanum disinae sapientiae, 10 febr. 1880, Acta Leonis XIII, II, Roma 1880, 10-40; Pío XI, Divini illius Magistri, 31 dic. 1929, AAS 22 (1930) 48-86; ID, Casti connubii, 31 dic. 1930, AAS 22 (1930) 539-590; ID, Divini Redemptoris, 19 mar. 1937, AAS 29 (1937) 65-106; Pío XII, Summi Pontificatus, 20 oct. 1939, AAS 31 (1939) 413-453; Aloc. 20 sept. 1949, AAS 41 (1949) 551 ss.; Radiomensaje 1 ¡un. 1941, AAS 33 (1941) 195-205; Aloc. 18 sept. 1951, AAS 43 (1951) 730; Aloc. 29 oct. 1951, AAS 43 (1951) 835; Aloc. 27 nov. 1951, AAS 43 (1951) 885; Aloc. 23 mar. 1952, AAS 44 (1952) 270-278; Aloc. 20 en. 1958; Concilio VATICANO II, Const. Gaudium et spes, 7 dic. 1966, AAS 58 (1966) 1025-1120, nn. 17-52; PAULO VI, L’umanae vitae, 25 jul. 1968, AAS 60 (1968) 316-342.
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