Historiografía Latinoamericana
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Nota: puede ser de interés la información sobre la Historiografía del Derecho Internacional.
Historiografía de la Cuba Post Revolucionaria
(Se examina) el rol que ha jugado la historia oficial dentro del aparato de legitimación del socialismo cubano durante el último medio siglo. El proceso de colonización mental emprendido por los imperios atlánticos es sumamente parecido al que puso en práctica el Estado insular con el propósito de incorporar, a las formas de identificación política de la ciudadanía, un relato hegemónico sobre el pasado nacional. La paradoja reside en que esa colonización mental se llevó a cabo en nombre de la descolonización de Cuba, es decir, del rescate de una soberanía nacional limitada o perdida. La recuperación de la soberanía por parte del Estado cubano implicó una confiscación de la memoria de la ciudadanía.
Buena parte de la historiografía y casi todos los textos históricos producidos por los discursos culturales, las ciencias sociales, los medios de comunicación y las instituciones educativas del socialismo cubano, entre los años sesenta y ochenta, sumaron sentidos al relato oficial del pasado insular. De acuerdo con ese relato, antes de 1959, Cuba había vivido bajo una prolongada condición colonial: hasta 1898, como provincia de España, y de ese año hasta 1958, como neocolonia de Estados Unidos. La cultura y sobre todo la política producidas por los cubanos desde que, en los siglos XVII y XVIII, surgieran las primeras señales de una conciencia de alteridad criolla, fueron propias de sujetos coloniales.
Lo que de esa cultura y esa política interesaba a los ideólogos del nuevo Estado —las guerras de independencia, José Martí, el movimiento obrero, la Revolución de 1933 y algunos líderes del comunismo o el nacionalismo republicanos como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena o Antonio Guiteras— era aquello que funcionaba como indicio providencial del triunfo revolucionario de 1959 y su institucionalización socialista.
Detalles
Los aparatos ideológicos del socialismo cubano se dieron a la tarea de trasmitir a la ciudadanía la idea de que Cuba comenzaba a ser una nación-estado, propiamente dicha, a partir de ese año y que su máximo líder, Fidel Castro, era el realizador de un sueño de independencia irrealizado desde la muerte de José Martí en 1895.
No toda la historiografía de aquellas tres primeras décadas socialistas suscribió acríticamente el relato oficial y muchos historiadores, aunque compartieran los valores fundamentales de la ideología revolucionaria, tampoco dejaron una obra carente de calidad académica. Para conceder este matiz, bastaría recordar que en 1964 apareció en La Habana la primera edición del clásico: El ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, de Manuel Moreno Fraginals, que a principios de los sesenta Julio Le Riverend dio a conocer sus libros La Habana: biografía de una provincia (1960) y la edición definitiva de su extraordinaria Historia económica de Cuba (1963), o que el importante marxista negro Walterio Carbonell, muy cercano al pensamiento de Aimé Césaire y Frantz Fanon, escribió el ensayo “Cómo surgió la cultura nacional” (1961), en el que criticaba la concepción libresca y aristocrática de la sociedad que predominaba entre los intelectuales cubanos, fueran estos católicos, liberales o marxistas, y la subvaloración de las tensiones raciales dentro de la propia ideología revolucionaria.
Tampoco habría que desconocer que, en el período de máxima sovietización de las ciencias sociales cubanas —entre 1970 y 1985, aproximadamente—, la historiografía demostró mayores resistencias a la ortodoxia que cualquier otra forma del saber. Por aquellos años iniciaron su obra algunos de los historiadores que hoy poseen mayor prestigio y reconocimiento académico, como Jorge Ibarra, Oscar Zanetti, Eduardo Torres Cuevas o María del Carmen Barcia, y no dejaron de leerse clásicos de la historiografía liberal y republicana de la isla como Ramiro Guerra, Emilio Roig de Leuchsenring, Herminio Portell Vilá o Fernando Ortiz. Fue esta noble tradición la que protegió a los historiadores cubanos de las versiones más dogmáticas del materialismo dialéctico e histórico, pero también la que facilitó el acceso a un nacionalismo con frecuencia maniqueo e intransigente.
Desde finales de los ochenta, como han documentado Alberto Abreu Arcia, Félix Julio Alfonso López y Ricardo Quiza Moreno, la historiografía académica y el ensayo histórico cubanos, dentro y fuera de la isla, han experimentado una impresionante renovación, que ha dejado atrás a la mayoría de los tópicos de aquel relato oficial.[8] Una nueva generación de historiadores dentro y fuera de la isla, a la que pertenecen los tres autores mencionados y muchos otros (Marial Iglesias, Reinaldo Funes, Abel Sierra, Imilcy Balboa, Manuel Barcia, Sergio López Rivero, Julio César González Pagés, Pablo Riaño, Yolanda Díaz Martínez, Yoel Cordoví, Jorge R. Ibarra Guitart, Edelberto Leiva, Jorge Núñez Vega, Antonio Álvarez Pitaluga, Alain Basail, Oilda Hevia Lanier…) ha colocado la interpretación económica, social, cultural y política del siglo XIX y la primera mitad del XX fuera del tradicional paradigma (modelo, patrón o marco conceptual, o teoría que sirve de modelo a seguir para resolver alguna situación determinada) ideológico del socialismo cubano.
El concepto articulador de esta historiografía no es la identidad, como en el relato oficial, sino la diversidad: diversidad económica, social y cultural, pero también ideológica, moral y política del pasado cubano. Estos jóvenes historiadores intentan captar la pluralidad de los sujetos de la historia, desplazando el interés hacia las sexualidades y los géneros, las inmigraciones y los exilios, el medio ambiente y la sociedad civil, el tránsito del trabajo esclavo al trabajo libre, los conflictos raciales y las polémicas intelectuales, la esfera pública y la actividad empresarial, las ciencias y las artes, las ceremonias cívicas y la cultura popular. El corpus historiográfico de esa nueva generación impugna el discurso histórico del Estado cubano y, sin embargo, este último sigue siendo hegemónico en los aparatos ideológicos, los medios de comunicación y la educación básica y superior.
Un recorrido superficial por los principales títulos de esa historiografía, en la última década, permitiría advertir que los períodos más trabajados son el siglo XIX y la primera mitad del XX, es decir, la última fase del orden colonial, hasta 1898, y toda la época republicana, entre 1902 y 1958. La imagen de ese pasado construida por la nueva historiografía hace el “cuento al revés” —para utilizar un título de Ricardo Quiza Moreno— y rescata, bajo el estereotipo de un período “colonial” o “pseudorrepublicano”, la riqueza y el dinamismo de una economía, una sociedad y una cultura en proceso de cambio político. Un estereotipo que, aunque se debilita y se caricaturiza, no deja de abandonar la centralidad discursiva de la esfera pública insular.
La mayoría de los referentes teóricos de esa nueva historiografía proviene de autores que se adscribieron o se aproximaron al marxismo crítico occidental: Michel Foucault y Pierre Bourdieu, Eric Hobsbawm y E. P. Thompson, las escuelas de los Anales y de Frankfurt, los estudios postcoloniales y subalternos, el postestructuralismo y el multiculturalismo. El repertorio ideológico que se desprende de ese campo referencial es, por tanto, discordante del marxismo-leninismo estalinista y soviético, que aún se sostiene como ideología de Estado en la Constitución socialista vigente de la isla, y con el nacionalismo revolucionario que nutre toda la simbología oficial cubana. Esa discordancia teórica e ideológica entre la nueva historiografía académica de la isla y la ideología estatal, que rige la política cultural y educativa del gobierno, entraña uno de los desencuentros más sintomáticos de la vida intelectual cubana.
La historia oficial advierte su creciente deterioro en el campo intelectual y académico y pelea por su sobrevivencia.Entre las Líneas En esos menesteres, uno de sus recursos más eficaces es aislar el período revolucionario del revisionismo historiográfico que avanza en las publicaciones universitarias y literarias. Ese aislamiento tiene a su favor no solo el control de los archivos y las principales fuentes primarias de la historia cubana desde 1959 hasta nuestros días, sino la propiedad absoluta e inalienable de todos los medios de comunicación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La celebración del cincuentenario de la Revolución Cubana, por ejemplo, en los principales medios electrónicos e impresos de la isla, siguió lealmente las pautas de ese relato oficial en lo que se refiere a los actores fundamentales de la oposición violenta y pacífica a la dictadura de Fulgencio Batista y a las ideas, instituciones y leyes promovidas por las distintas organizaciones revolucionarias.
El contraste entre la flexibilidad de la historiografía sobre las épocas coloniales y republicanas y la rigidez de la historia oficial revolucionaria es perceptible en algunos volúmenes en los que conviven historiadores oficialistas y críticos, como La historiografía en la Revolución Cubana. Reflexiones a 50 años (2010), editado por el Instituto de Historia de Cuba y compilado por Rolando Julio Rensoli Medina, o en las pocas investigaciones que, desde la isla, intentan avanzar en una pluralización de los sujetos revolucionarios, como son los casos del fracaso de los moderados en Cuba.
Pormenores
Las alternativas reformistas de 1957 a 1958 (2000) de Jorge Renato Ibarra Guitart o de Ideología y revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Cuba, 1959-1962 (2004) de María del Pilar Díaz Castañón.
Entre estos recientes acercamientos críticos a la historia de la Revolución, a los que habría que agregar algunos estudios publicados fuera de la isla —como Inside the Cuban Revolution (2002) de Julia E. Sweig o The Moncada Attack (2007) de Rafael Antonio de la Cova— destaca, por su contemporaneidad conceptual y su apuesta desmitificadora, El viejo traje de la Revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Identidad colectiva, mito y hegemonía en Cuba (2007) de Sergio López Rivero. La rareza de este libro, en el que se estudia la construcción de la hegemonía del grupo de Fidel Castro dentro de la heterogénea clase política revolucionaria, es reveladora del predominio del discurso oficial en la historiografía sobre la Revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El libro de López Rivero —editado por la Universidad de Valencia— no está, desde luego, mencionado en las escasas cinco páginas que Arnaldo Silva dedica a la historiografía del período revolucionario en el citado libro del Instituto de Historia de Cuba.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Un fenómeno distintivo de la actual fase decadente de la historia oficial cubana es que, por lo visto, no acaba de superar la etapa del testimonio y tampoco logra acceder a la reinterpretación crítica de fenómenos, como la fase insurreccional de la Revolución o la transición al socialismo entre 1959 y 1961, que dotan de identidad ideológica, moral e, incluso, afectiva al Estado cubano. Algunos de esos testimonios —como los de Luis M (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Buch y Reinaldo Suárez en Gobierno revolucionario cubano (2009) o el de Ramón Pérez Cabrera en De Palacio a Las Villas (2006)— son de un valor inestimable, pero otros más centralmente ubicados en los medios de comunicación nacional, como La contraofensiva estratégica (2010) y La victoria estratégica (2010) de Fidel Castro, reiteran las líneas maestras del relato oficial cubano y las ponen a circular de manera masiva y subsidiada entre la ciudadanía de la isla.
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