Características de la Moralidad
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Moralidad Cristiana en Relación a Ética
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre la Perspectiva Cristiana de la Moralidad del Hombre que se haya en otra parte de esta plataforma online).
Moralidad sobrenatural. (En otro lugar se ha hablado, con un enfoque cristiano,) de la moralidad natural: esa bondad propia de la acción de la criatura intelectual y libre, por la que se actualiza -supuesta la acción fundante del Creador- la comunicación de la bondad divina al universo y se manifiesta la gloria del Creador; y la correspondiente maldad, como desordenada privación de ese bien querido por Dios.
La moralidad sobrenatural reproduce esta estructura, pero con un salto de cualidad infinito. Dios ha dado a las criaturas racionales no sólo su ser natural (esse naturae), sino el ser sobrenatural (esse gratiae): una participación en la naturaleza divina, en la bondad divina como es en sí misma (véase en esta plataforma: GRACIA SOBRENATURAL).
Esa nueva y excelsa comunicación de bondad a las criaturas se ordena al mismo fin: la glorificación de Dios.Si, Pero: Pero la glorificación de Dios en el orden sobrenatural se realiza de un modo infinitamente superior, más perfecto y eficaz, porque es la glorificación realizada por el mismo Cristo, y de la cual participan los cristianos como miembros suyos.
La moralidad sobrenatural es, pues, esa calificación intrínseca de los actos del hombre, cuando está elevado por la gracia, que -bajo la acción fundante de Dios Uno y Trino, la acción del Espíritu Santo, la inhabitación de la Trinidad en el alma- puede libremente querer cooperar con Dios en el plan de la Redención, por el que los hombres son divinizados, hechos partícipes de la naturaleza divina, entran en inefable comunión con la Trinidad, manifestando así aquella gloria con que Dios es en sí mismo glorioso, actualizando la presencia de la Trinidad en el mundo, el crecimiento del Cuerpo Místico de Cristo. Y negativamente es también la abrumadora posibilidad de libremente oponerse -obstaculizar a la acción redentora.
Principios de la moralidad
. Si la esencia de la moralidad es la ordenación constitutiva de los actos de la criatura libre a su último fin natural (moralidad natural) o sobrenatural (moralidad sobrenatural), los principios o fuentes de la moralidad son aquellos elementos del acto humano libre por los que se determina la existencia de esa constitutiva ordenación (véase en esta plataforma: ACTO MORAL I).
Aspectos del juicio moral
Los aspectos más importantes, que permiten formar un juicio moral exacto de una acción, son tres: el objeto, el fin y las circunstancias.
Objeto
El bien y el mal de las acciones, como de todas las demás cosas, se toma de su plenitud de ser o del defecto del mismo. Y lo primero que pertenece a la plenitud de ser es lo que da la especie. Y lo que le da la especie a un acto es su objeto (cfr. Sum. Th. 1-2 q18 a2).
El primer elemento para determinar la moralidad de los actos es, pues, su objeto: aquella realidad -personal o no- a la que tiende de por sí la acción, independientemente de las circunstancias que puedan añadírsele: bien entendido que el objeto del acto moral, como objeto de la voluntad, es el fin de la obra, ya que se mueve voluntariamente el que se mueve por el fin, y en el hombre máximamente se encuentra la voluntariedad porque perfectamente conoce el fin de sus obras (cfr. Sum. Th. 1-2 q6 al).
El objeto del acto moral, por tanto, no es sólo el hecho o realidad física sobre que recae, sino la relación que guarda con el último fin, que es el bien del hombre. Dios ordena todas las cosas a su fin, y por eso el bien de cada cosa consiste en conseguir su fin, y su mal apartarse del fin debido. Por eso, al objeto del acto moral, se le llama también finis operis, finalidad inmanente del acto o relación objetiva con la ordenación de la razón al último fin, que determina la esencia de cada acto.
Circunstancias
La moralidad de los actos depende en segundo lugar de las circunstancias: aquellas condiciones accidentales que modifican la moralidad sustancial que sin ellas tenía ya el acto humano. Del mismo modo que la totalidad de perfección, debida a una cosa no le viene de su forma sustancial, que le da la especie, sino que mucho se le añade por los accidentes que le sobrevienen, así también ocurre en los actos. La plenitud de bondad de una acción no le proviene exclusivamente de su especie, sino de las cosas que le advienen como accidentes: es decir, de las circunstancias (cfr. Sum. Th. 1-2 q18 a3). Concretamente, hace falta considerar en las acciones, quién las hace, en qué consisten físicamente, con qué medios se hacen, dónde, por qué, de qué modo y cuándo (cfr. Sum. Th. 1-2 q7).
No se pueden entender las circunstancias como desligadas de la esencia u objeto del acto moral: ya que la manifiestan, de modo semejante a como los accidentes manifiestan la sustancia. De ahí que determinadas circunstancias sean, en realidad, manifestativas de un acto específicamente distinto (circunstancias que cambian la especie).
Esta consideración permite explicar cuál es la importancia de las distintas circunstancias: como el acto moral es el acto voluntario y el objeto de la voluntad es el fin, la principalísima entre todas las circunstancias es aquella que toca el acto ex parte finis: es decir, el porqué; la segunda la que atañe a la cualidad del acto (es decir, el hecho físico). Las demás circunstancias son más o menos importantes, según se acerquen a estas dos (cfr. Sum. Th. 1-2 q7 a4).
Esto aclara, de modo preciso, la diferencia entre el objeto o hecho físico y el objeto del acto moral. Y da también la razón de que el finis operantes -también diferenciado claramente del finis operis u objeto del acto moral- sea una circunstancia de tal relieve, que suele merecer una consideración aparte.
El fin
El fin que se enumera como tercero de los principios o fuentes de la moralidad o finis operantis no es, por tanto, el fin a que por sí se ordena la voluntad, sino aquello a que ésta se ordena per accidens: como el tomar una cosa ajena puede per accidens ordenarse a dar una limosna.
Influencia del objeto, fin y circunstancias en el acto moral
En cuanto a la valoración concreta de los actos según los principios o fuentes de la moralidad, hay que tener en cuenta que el bien consiste en la posesión de todos los elementos requeridos para la plenitud de un ser; y el mal, en cambio, en la ausencia de alguno de ellos. Por eso, para que un acto sea bueno deben serlo necesariamente a la vez sus tres elementos (objeto, fin y circunstancias) y para que sea malo basta con que uno de estos tres elementos sea contrario a la norma moral.Entre las Líneas En consecuencia, puede ocurrir que un acto sea bueno por su objeto y por su fin, y malo por sus circunstancias; así como que sea bueno por su objeto y por sus circunstancias y malo por su fin. Esto demuestra también que una cosa mala no es nunca totalmente mala -el mal no puede subsistir sin el bien-, es decir, no es una negación total del bien -lo que está totalmente fuera del orden divino, sencillamente no es-, sino que consiste en un defecto de una cosa buena, una falta de perfección en el ser o en el obrar.
Síntesis
En consecuencia, se puede sintetizar el influjo de los principios o fuentes de la moralidad en las siguientes afirmaciones:
- un acto cuyo objeto es moralmente malo, continúa siendo malo, aunque vaya acompañado de circunstancias buenas y se realice por un fin bueno: sin embargo, esas circunstancias y ese fin influirá en la mayor o menor maldad del acto;
- un acto cuyo objeto sea por sí bueno puede hacerse más o menos bueno o incluso malo, por el fin y las circunstancias;
- las circunstancias -si son tales que mudan la especie- pueden convertir un acto bueno en malo (no al revés); cuando no mudan la especie, aumentan o disminuyen la bondad o la malicia del acto;
- el fin puede hacer buena o mala una acción en sí indiferente; asimismo, convertir una acción buena en más o menos buena e incluso en mala; finalmente puede hacer que una acción mala sea más o menos mala, pero nunca convertirla en buena.
Concepciones erróneas sobre la moralidad
Por ser la moralidad esa objetiva ordenación a su último fin, que Dios ha impuesto necesariamente al hombre, como a todas las criaturas, cualquier intento de situar la esencia de la moralidad fuera de esta relación a Dios, se muestra errado e incapaz de fundamentar la obligación moral, como obligación absoluta.
Por la infinitud tendencial de sus potencias de conocer y querer, el hombre no se siente ligado ante ningún bien particular por sí mismo, ninguno se le impone de modo absoluto: sólo en la medida que estos bienes se ven en su relación a Dios, es decir, al último fin, su elección puede imponerse con fuerza absoluta, con la absoluta imperatividad de la alternativa entre el objeto agotante de su querer (el Sumo Bien, Dios) y cualquier otro bien que le aparte de El.
Por tanto, son falsos todos los sistemas morales que sitúan la esencia de la moralidad en la consecución de algo que no es el último fin del hombre: así el eudemonismo o utilitarismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) que sitúa el último fin de la vida en el bienestar terreno del hombre, e, igualmente, quienes lo sitúan en la autoperfección del hombre, sea como individuo o como colectividad. Se incluyen aquí, desde el hedonismo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) al marxismo (véase en esta plataforma: COMUNISMO III), pasando por todas las éticas intermedias de la elevación de la vida, el progreso cultural, etc.
Después de cuanto hemos dicho acerca de la fundamentación del orden moral, no es necesario detenernos en la crítica de cada uno de estos sistemas: basta decir que sitúan el último fin, donde no está y, por tanto, no pueden guiar al hombre en su conducta, sino que lo desvian de él. La decadencia moral a la que han llevado y llevan siempre estos sistemas lo aprueba además palmariamente.
Asimismo, dejan sin fundamento a la moralidad quienes propugnan una explicación del bien y el mal, de orden psicológico, puramente lógico o etnológico (moral del sentimiento, moral de imperativo categórico kantiano y positivismo moral). Todos estos sistemas tienen en común que renuncian a una valoración absoluta de la conducta humana, sustituyéndola por valoraciones subjetivas: sea del sentimiento individual o de la conciencia colectiva o de la autoridad humana. Con ello destruyen el concepto mismo de obligación moral, como deber absoluto: ya que todo hombre es consciente de que nadie le puede imponer de modo absoluto nada a su conciencia, si no es el Ser infinitamente perfecto de quien absolutamente depende.
Por tanto, ninguno de estos sistemas es adecuado para regir ni enjuiciar la acción de un ser libre, porque en definitiva no hacen más que explicar cómo reacciona, a veces, ante los impulsos del sentimiento, del ambiente, de la presión de la autoridad, prescindiendo, precisamente, de su capacidad y su obligación, como ser inteligente y libre, de juzgarlos a la luz de su último fin y obrar en consecuencia.
Y es que, en definitiva, el hombre o reconoce a Dios como el Principio y el Fin del universo, que preside centralmente toda su acción, o se pone a sí mismo por centro bajo diversos disfraces (la felicidad, el progreso, la paz, etc.).Entre las Líneas En el plano moral caben solamente en el hombre dos posturas: duae civitates faciunt duos amores, dos ciudades construyeron dos amores. El amor de Dios condicionando el amor de sí mismo y de todas las cosas, llenándolo de fuerza y de vigor, o el amor de sí mismo hasta el odio a Dios: reconocer y amar la absoluta dependencia de Dios o amarse a sí mismo como centro del universo, introduciendo el desorden en el orden divino y degradándose a sí mismo.
La moralidad radical y los valores
Como hemos visto, la moralidad resulta de la ordenación al último fin impuesto por Dios a toda la creación. Por esa misma ordenación -constitutiva de la naturaleza y de los principios operativos de la criatura- el hombre es capaz de conocer su fin y su ordenación y quererlo libremente. Por eso, resaltamos también que, hasta tal punto . esa ordenación es intrínseca al ser mismo de la criatura -ser recibido, con la consiguiente capacidad de obrar-, que el mal moral consiste metafísicamente hablando en un deagere (desde el punto de vista de la acción) y en una deordinatio (desde el punto de vista de la finalidad): privación voluntaria de un bien debido.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
La noción de valor -usada por algunos autores, sobre todo después de la axiología scheleriana (véase en esta plataforma: SCHELER, MAX)- no es más que la transcripción al ámbito de la conciencia o de la fenomenología de la percepción moral, de aquella ordenación ontológica y finalista. Valor es así la percepción del bien, de la relación que un determinado acto guarda con la naturaleza y, en consecuencia, con su fin último. El riesgo de una «moral de valores» es el mismo que el de la fenomenología en general: requiere una fundamentación metafísica, no condicionada por el análisis de la inmanencia cognoscitiva como si éste fuera el único modo (o un modo privilegiado) de «acceder» a lo real extra-subjetivo, al ser del ente y, en consecuencia, al Ser divino, principio y fin de toda realidad creada. Desechada esa errónea pretensión -que no tiene verdadera fundamentación teorética, y que la historia de la filosofía ha mostrado tan peligrosa-, y fundado metafísicamente el orden moral, no hay inconveniente en detenerse después en un análisis de la percepción en cuanto tal de la moralidad, transcribiendo el orden de los bienes en una jerarquía de valores.
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Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre moralidad en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
ACTO MORAL; CONCIENCIA, Ley y moral; LIBERTAD; RESPONSABILIDAD; DIOS; HOMBRE
Bibliografía
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