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Diccionarios Ideológicos

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Diccionarios Ideológicos

Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Véase Diccionario Ideológico de Casares, como uno de los mejores ejemplos. Y el Diccionario de uso del español (actual y de María Moliner).

Dice la RAE, a propósito del Diccionario de la lengua española, “Hasta hace poco tiempo la edición en forma de libro constituía la única posibilidad de fijación y transmisión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Los recursos electrónicos de que hoy disponemos hacen posible un modo diferente de actuación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El Diccionario académico es actualmente una base informática de datos, lo que permite un mejor control de su contenido, proporciona mayor facilidad de revisión y, sobre todo, hace compatibles diferentes fases del trabajo sin las servidumbres exigidas por la edición impresa”.

Se ha señalado, en la literatura, que sería conveniente dotar al diccionario de un apartado (Expresiones sinonímicas) que permitiera acceder a las locuciones que posean un significado igual o muy próximo al de la expresión que esté siendo objeto de consulta. Esto contribuirá, sin duda, a hacer patente el carácter relacional del léxico, además de resultar muy útil para los usuarios. Así, por poner solo algunos ejemplos, si se consultara la entrada andar con pies de plomo debería aparecer una serie de expresiones como andarse con ojo, andarse con tiento, ir con pies de plomo o ir con tiento.

Diccionarios Ideológicos en Español

En la lengua española, la ordenación por materias se remonta a las nomenclaturas bilingües y plurilingües que contienen ya al español desde principios del siglo XVI, las nomenclaturas hispanolatinas, como el “Lexicon seu paruum vocabularium” (1493) de Antonio de Nebrija, y/o del siglo XVII los dos únicos repertorios temáticos monolingües del español: el Tesoro de la Lengua Castellana abreviado (principios del siglo XVII) y el Epítome del Tesoro de la Lengua Castellana de Fray Juan de San José (1670–1676).Si, Pero: Pero han de pasar más de 300 años para que empiece a nacer una continua (en relación a otros países) tradición en lexicografía onomasiológica en su práctica como diccionario ideológico general.

La primera propuesta de un diccionario ideológico llegaría en 1879 con la publicación por parte del lexicógrafo cordobés, José Ruiz León, de su “Inventario de la Lengua castellana: índice ideológico del Diccionario de la Academia por cuyo medio se hallarán los vocablos ignorados ú olvidados que se necesiten para hablar ó escribir en castellano: verbos” (Madrid). El Inventario, que fue un primer trabajo relativo solo a los verbos, registró siete mil formas clasificadas en cinco grupos: verbo sustantivo, verbos auxiliares, verbos de significación material e inmaterial y verbos de germanía, fue diseñado siguiendo un criterio puramente gramatical, en el que se atendía a la división de palabras según su función como parte de la oración, sin embargo, el trabajo finalmente se vio reducido exclusivamente a la categoría de verbos.

De este dijo M. Alvar Ezquerra: “sabía Ruiz León que su Inventario era imperfecto, pero lo ofrecía como ayuda a la Academia, esperando, tal vez, que acometiera la empresa de confeccionar un diccionario ideológico.” Esto nunca ocurrió.

A finales del siglo xix, se publica el Diccionario de ideas afines y elementos de tecnología, en cuya portada se indica que es editado o redactado por una Sociedad de Literatos y dirigido por Eduardo Benot de la Real Academia Española. Sobre su objetivo, queda claro en el prólogo:

“¿Para qué tomarse el trabajo de revolver palabras en la mente, cuando en un diccionario se hallan catalogadas, no solo las pocas voces que pueden acudir espontáneamente en al momento del escribir, sino además todas las existentes en la lengua? Pero no es esto lo peor. Lo pésimo es que al que se improvisa su vocabulario se le ocurren siempre las mismas expresiones; i de aquí el que haya por necesidad de repetirlas, aburriendo soberanamente a sus lectores en fuerza de una monotonía inaguantable.”

Más adelante añade:

“Los Diccionarios vulgares que andan en manos de todo el mundo, se proponen resolver el siguiente problema: “Dada una palabra, averiguar las ideas expresadas por ella”.Si, Pero: Pero el fin de este Léxico especial, que ahora por primera vez sale á luz en nuestra España, es precisamente todo lo contrario”.

Sobre la inclusión de una especie de índice alfabético en el diccionario, señala que esa parte es “un vocabulario, ó, más bien, un Índice por orden alfabético bastante extenso para designar el número de cada grupo de las palabras, expresivas de cada idea, í conexionadas con ellas, directa ó antagónicamente (y, á veces, de otro modo). Y que dicho índice alfabético: “no contiene todas las palabras de la lengua, sino solo las suficientes para dar con el número de cada agrupación”.

Sobre este diccionario, observa Alvar Ezquerra en 2002:

“El título de Diccionario de ideas afines no resulta hoy adecuado, pues una cosa es un diccionario ideológico —como el de Benot—, y otra uno de ideas afines, más próximo de un diccionario de sinónimos que de uno ideológico. Son cosas distintas, repito de nuevo, por más que las compilaciones ideológicas puedan ser utilizadas como repertorios sinonímicos e ideas afines, no solo son listas de palabras emparentadas por el significado, sino que, además, hay una ordenación de la lengua y del mundo”.

Luego, en el tiempo, seguirían las modernas obras de J. Casares, Diccionario ideológico de la lengua española (1942) y el Diccionario ideológico. Atlas léxico de la lengua española (2009) de R. del Moral.

P. González de la Calle en 1946 observa lo siguiente:

“Hagamos constar en primer término que aunque el Sr. Casares pretende haber alcanzado la prioridad en España en la dirección lexicográfica ideológica, no corresponde al dicho docto tal honor, atribuible, en cambio a D. Eduardo Benot. Ignoramos las razones que haya tenido D. Julio Casares para silenciar la labor de su mencionado precursor, pero no nos creemos ni obligados, ni menos autorizados a seguir semejante conducta en debido acatamiento a la verdad histórica y fuera de toda consideración personal.”

Estructura

El “Diccionario ideológico” de Casares se estructura en tres partes, que son reproducidas, en mayor o menor medida, por casi todos los repertorios ideológicos posteriores y que constituyen el rasgo caracterizador de estas obras: 1) parte sinóptica, en donde treinta y ocho grandes clases se subdividen en otros tantos grupos de orden inferior, 2) parte analógica o “grupos de palabras afines, ordenados alfabéticamente por la palabra que les sirve de enunciado o cabeza” (p. XVI) y 3) diccionario alfabético, que “no es una simple lista más o menos completa de palabras acompañadas de cifras u otros signos para facilitar la remisión a la Parte analógica; es un verdadero diccionario de la lengua, de toda la lengua, tal vez algo más conciso que otros, pero más rico en voces y acepciones” (p. XIX).

El vocabulario del Diccionario de Casares se organiza en religión; física y química; geografía, astronomía y meteorología; geología, mineralogía y minería; botánica; zoología; anatomía; fisiología; alimentación; vestido; vivienda; medicina; sensibilidad; sentimiento; existencia y cambio; relación, orden, causalidad; espacio, geometría; forma; movimiento; colocación; tiempo; cantidad; inteligencia; juicio y valoración; voluntad; conducta; acción; comunicación de ideas y sentimientos, lenguaje; arte; nación; costumbre; derecho y justicia; propiedad; milicia; comercio, banca, bolsa; agricultura; zootecnia y transportes, que, a la vez, tienen otras múltiples clasificaciones y ordenaciones internas.

El “Diccionario ideológico: atlas léxico de la lengua española”, de Rafael del Moral, a partir de partes, capítulos, epígrafes y listados presenta el léxico del español subordinado y encasillado. La clasificación conceptual comienza con los principios generales (existencia, relación, causalidad, orden, cantidad…) y sigue con el orden de los elementos (universo, planeta tierra, física, química, materia…), el cuerpo humano (anatomía, sentidos, ciclo de la vida, enfermedad…), el espíritu humano (inteligencia y memoria, razón, carácter, estado emocional, voluntad, actuación…), la vida en sociedad (comunicación oral, expresiones de la conversación, imagen propia y moralidad…), las actividades económicas (trabajo, gestión, informática, economía y comercio…), la comunicación (comunicación escrita, libro, prensa escrita, prensa audiovisual…) y el arte y ocio (arte, artes plásticas, literatura, teatro…). Las últimas páginas las ocupan un índice alfabético y un índice conceptual.

Diccionario de Rafael del Moral

El autor del Atlas léxico de la lengua española, un Diccionario Ideológico que, por azarosa fortuna, el mismo autor va a comentar “sin más intención que la puramente lingüística” en el siguiente documento, muy parecida a la muy interesante introducción publicada en su “Diccionario Ideológico”:

EL ATLAS LÉXICO, UN DICCIONARIO DE CAMPOS SEMÁNTICOS DEL ESPAÑOL DE TODAS LAS ÉPOCAS de RAFAEL DEL MORAL

“Ahora, al fin, ha nacido el repertorio. y ha sido bautizado con un nombre que ya pertenecía a sus abuelos, Diccionario ideológico, aunque su padre hubiera propuesto llamarlo sencillamente Diccionario lógico, y un sobrenombre innovador, Atlas léxico. Figura como padrino la editorial Herder, que fue quien defendió el nombre tradicional frente al renovador. (…)

Los principales diccionarios actuales de la lengua española rondan las cien mil palabras, unas diez veces más de las que un usuario puede utilizar en el mejor de los casos. La vida cotidiana la colmamos con unas tres mil. El universitario activo puede duplicar la cifra, y el escritor más audaz, incluido Miguel de Cervantes, arañar las diez mil.

¿Qué hacemos, entonces, con las nueve partes restantes de nuestro patrimonio léxico? Las guardamos en colección alfabética para sentimos orgullosos de nuestra riqueza inútil? Las reservamos para las ocasiones de gala, para las fiestas mundanas, para los ceremoniales dichosos aunque en ese momento, faltos de previsión, no seamos capaces de localizarlas? Sin el cultivo y recolección de nuestro tesoro de voces y expresiones, las generaciones, que no sospechan la riqueza léxica, se olvidan de su heredad, y dejan que el tiempo las sepulte.

Ferdinand de Saussure definió al signo lingüístico como la íntima unión de un significado y un significante. Como el signo lingüístico es arbitrario, necesitamos que un repertorio léxico, un diccionario, aclare las relaciones.

Informaciones

Los diccionarios normativos o semasiológicos, es decir, los tradicionales, nos ofrecen significantes alfabetizados y seguidos de sus correspondientes significados.

Informaciones

Los diccionarios onomasiológicos, mucho menos frecuentes aunque tan necesarios como aquellos, exponen y enumeran las palabras que comparten un determinado significado.

Veamos un ejemplo. Si la palabra emparedado queda definida en un diccionario semasiológico como porción pequeña de jamón u otra vianda entre dos rebanadas de pan de molde, el diccionario onomasiológico, por su parte, desde una mirada más general nos dirá que los significantes que comparten el significado de pan con un trozo de vianda son, además del citado, bocadillo, montado, pepito, sándwich y hamburguesa, y que en el español coloquial se ha introducido la palabra bocata.Entre las Líneas En busca de una información exhaustiva tendríamos que añadir que en Argentina se le llama choripán, en México torta, en Perú butifarra, y en Uruguay refuerzo. El recorrido no puede quedarse ahí porque tendríamos que introducir el popular perrito caliente, llamado pancho en Argentina, hot dog en Chile y México, y franclifurters en Uruguay.Entre las Líneas En la vecindad de estas palabras aparecen otras, y cito al Ideológico-Atlas léxico, en las que la vianda solo comparte un trozo de pan, como tostada, tostón, untada, sopa, sopetón’ rebanada, melada, pringada, pampringada’ picatoste, remojón y torrija. Y todavía nos faltaría citar al bocadillo pequeño, es decir, el canapé, la medianoche y el coloquial bikini. Este pequeño trozo de pan con algo es llamado saladito en Argentina y Uruguay, y pasapalo en Venezuela. Si queremos redondear la colección, acotar el campo, tendría que aparecer igualmente la palabra empanada, e incluso, aunque pertenezca a una población más reducida, la palabra bikini o bocadillo pequeño.

Imaginemos ahora que tenemos una magnífica colección de 85.000 monedas todas ellas con su nombre, y las guardamos en orden alfabético creyendo haber encontrado su clasificación ideal. La razón nos explica que es un error. Un criterio histórico o geográfico parecería mucho más útil. Pues bien, esta lógica que con tanto sentido común se aplica en la numismática a las monedas, en las pinacotecas a los cuadros y en un taller a las herramientas es, sin embargo, ensombrecida y casi silenciada por la tradición semasiológica para la clasificación de las palabras. y son muchas las lenguas que se solidifican con diccionarios semasiológicos, y muchas menos las que, en busca de un mejor goce de la preciada colección, añaden el diccionario onomasiológico, es decir, la clasificación capaz de fotografiar, de relatar, de exponer como en cuidado museo, las voces y expresiones de una lengua que cubren un determinado campo semántico.

¿Y qué lenguas disponen de ese armario de estanterías y cajones que alberga escrupulosamente el léxico, de este museo que expone en orden lógico las más preciadas voces de su preciado patrimonio léxico? Muy pocas.

La primera, como cabía esperar, fue el griego. Le procuró tan interesante acomodo un gramático helenista natural de Nauratis, Julius Pollux, hacia el siglo 11. Para la segunda, el sánscrito, trabajó un monje budista, Amhara Simha, hacia el año 375 con la intención de servir de ayuda para actualizar las voces olvidadas. Y llamó a su libro Amara Kosha, popularizado como Vocabulario inmortal o Tesoro de Amara, hoy de obligada referencia. Y la tercera lengua que se guarda en cajones ordenados es el inglés. Lo hace desde Por entonces Peter Mark Roget, un médico aficionado a la lingüística, la dotó de una clasificación que, quien lo iba a decir, se ha convertido en el diccionario más consultado del mundo, el conocido como Thesaurus de Roget o sencillamente el Roget. El médico lexicólogo sembró los campos, abonó las tierras, despertó el interés, imantó la atracción.

No empezaron a interesarse los lexicógrafos de otras lenguas hasta un siglo más tarde cuando en 1952 la lengua portuguesa ordenó sus palabras, inspirada en el Roget, en lo que vino a llamarse Diccionario analógico. Su autor, Carlos Spitzer.

El léxico de la lengua francesa fue organizado y calcado con el legado de Roget contemplado y reelaborado por un equipo de lingüistas dirigidos por Daniel Péchoin, y también llamado Thesaurus.

La clasificacíón también llegó, aunque con menor incidencia, a la lengua rusa en el año 2000, desarrollada en el Tematichekii slovar russkogo iasika o Diccionario temático de la lengua rusa. El léxico de la lengua española no vivió ajeno a la influencia. El reto, bañado en misantropía, fue afrontado por Julio Casares en su Diccionario ideológico. Corría el año Lejos de construir con el original andamio de partes, sub-partes, cajones y cajitas de la clasificación conceptual o temática, Casares se refugió en el orden alfabético, como el usado por el coleccionista de monedas. Quedaron así sus cajones y estanterías a medio camino, en esfuerzo interrumpido o, como diría un castizo, entre Pinto y Valdemoro.

En la universidad española de los últimos años setenta se trabajaba con el DRAE y con el Casares, y una década más tarde con el Moliner, pero nadie hablaba de los campos semánticos de Roget, tan desdeñados por los lingüistas españoles. Quien les habla, que frecuentaba por entonces las aulas complutenses, no supo nada de Roget hasta que descubrió su Thesaurus en la estantería de una casa alquilada en Edimburgo, Escocia, en el año Confieso que las primeras miradas a aquella monumental estructura, rascacielos de palabras, pirámide de estructuras, hacienda de expresiones, no me sedujo. Ni siquiera me parecieron eficaces. Falto de otra fuente me vi obligado a escudriñar el inmenso valor de aquella ordenada y pulcra colección. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y quedé subyugado. Aquellas páginas abrían las puertas de todo un universo de ideas, palabras-galaxias repletas de relucientes constelaciones-guía a su vez enriquecidas con palabras-estrellas rodeadas de sus planetas y satélites.

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En otoño de aquel año le propuse a quien por entonces era mi editor, Pío E. Serrano, que en este IV Congreso nos agasaja con su presencia, la elaboración de un modesto diccionario de palabras clasificadas para facilitar la búsqueda de constelaciones de voces a los estudiantes españoles, y también a los extranjeros. Así nació mi Diccionario temático del español, que vio la luz en 1999.

Durante los siguientes tres años no dejé de recibir opiniones de lectores, algunos de ellos tan particularmente seducidos que fueron capaces de redactar más de cuarenta páginas de comentarios y sugerencias. Solo por eso debo citar al lingüista Rafael Barranco-Droege, entusiasta de este tipo de clasificaciones. Alentado por los ánimos, y también autorizado por mi editor, inicié el trabajo de reedición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Si hubiera sabido que iba a tardar siete años en actualizarlo, nunca me habría comprometido. Y tan embadurnado estaba el proceso, y tan compleja la edición, que Pío Serrano, con las bellas formas en que saben comunicarse los amigos, me hizo saber que aquello era inviable. Por eso recurrí a Herder.

Yo no he encontrado normas para la elaboración de un diccionario de campos semánticos. Sencillamente he inventado mi universo. Y creo haber consultado tantos cuantos tratados léxicos hubieran podido interesar, pero entre ellos mis fuentes definitivas fueron dos repertorios semasiológicos, el Diccionario de la Academia y el de Moliner, y dos onomasiológicos, el de Roget y el de Casares.

El Atlas léxico no se parece al Casares porque huye de la clasificación alfabética y también porque añade usos coloquiales, vulgares, antiguos, o propios del español de América, y también las numerosas palabras nacidas en los últimos sesenta años. El ideológico de Casares clasifica en dos niveles: los hiperónimos de las entradas alfabetizadas y, en su caso, algunos grupos de cohipónimos agazapados en columna. El Atlas léxico organiza cuatro niveles.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Mi diccionario también se distancia del Roget en la presentación de las palabras. El diccionario inglés organiza su colección en seis partes y unos mil campos semánticos en los que conviven las cuatro categorías gramaticales: nombres, verbos, adjetivos y adverbios. El Atlas léxico dedica ocho partes a la división y mil seiscientos campos semánticos a la estructura, todos ellos puros en categorías de palabras, es decir, el campo semántico de verbos no incluye nombres, ni el de adjetivos a sustantivos.

La innovación está en las categorías, unas dependientes de otras:

  • La primera concibe tres apartados, como el Tesoro de Amara: una dedicada a la naturaleza y los principios naturales llamada mundo, otra al hombre y la mujer y la tercera a la vida en sociedad.
  • La segunda, insertada en la anterior, ocho partes: principios generales, orden de los elementos, cuerpo humano, espíritu humano, vida en sociedad, actividades económicas, comunicación y, por último, arte y ocio.
  • La tercera, también en dependencia de la anterior, clasifica en unos ochenta capítulos, unos diez para el desarrollo de cada parte.
  • La cuarta organiza mil seiscientos campos semánticos o epígrafes puros, es decir, de palabras de la misma categoría gramatical que distingue los registros de uso.
  • La quinta y última esta formada por unos veinte mil listados de palabras que son campos de significados menores compartidos por las palabras así señaladas.

Hagamos el recorrido a la inversa. La palabra esfenoides, aparece entre etmoides y vómer, y se encuentra precedida de una brevísima explicación: huesos, en un listado dependiente de otro precedido del hiperónimo nariz. El cajón o compartimiento pertenece al epígrafe cabeza. El epígrafe cabeza pertenece al capítulo 30, anatomía, y el capítulo 30 a la parte tres, cuerpo humano. Así pues la voz esfenoides está definida por los hiperónimos cuerpo humano, anatomía, cabeza, nariz y hueso, que a su vez sirven para definir a otras palabras vecinas o lindantes. Es decir, la misma definición que en un diccionario semasiológico: hueso de la nariz perteneciente a la anatomía del cuerpo.

¿Para qué puede servimos esa disposición de las palabras a modo de un Atlas léxico que recorriera todos los significados que la lengua necesita? Pues bien, en este diccionario podemos descubrir las fronteras entre unas palabras y otras, elegir el término que más conviene, recordar la palabra que alguna vez supimos y hemos olvidado o topamos con una nueva que no sospechábamos que existía, y también indagar o complacemos en la riqueza léxica de un ámbito de nuestro interés.

Pocas son las lenguas del mundo que tienen el privilegio de disponer de un estudio semántico, ideológico, conceptual o temático de su léxico, apenas media docena. La nuestra, sondeada por los listados de Casares, protegida en los catálogos de Moliner, atizada y sacudida por los empeños de Corripio, manipulada por los del Diccionario temático, no quedaba, sin embargo tan ideológicamente descrita como en los diccionarios ideológicos del inglés o del francés y del ruso.

El “Atlas léxico de la lengua española” nace para servir de fichero de ideas, como clasificador de palabras de nuestro patrimonio léxico activo, del conocido aunque nunca usado, y del repartido por los dominios de nuestro idioma. Esa recopilación ha de confiar en sí misma, en su propia estructura y servir como diccionario onomasiológico, y también como repertorio semasiológico. Lo he hecho, no sé aún si lo he conseguido, para que sea un instrumento de trabajo tan útil como ameno, tan generoso para ofrecer como hospitalario para recibir, y para que sirva a los cientos de millones de usuarios del español repartidos por el mundo, y, si es posible, para que se mantenga permeable y caudaloso durante una pacífica vida a través de los años.”

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Diccionario ideológico feminista

Han existido dos ediciones. Al respecto, se señala que, cuando hace casi veinte años desde que se publicó la primera edición del Diccionario (1981), se explica en el mismo libro pero en la segunda edición, “mi intención era que fuese una herramienta para quienes resultaba necesario saber, conocer, un mínimo sobre ciertas palabras-concepto que las mujeres veníamos utilizando todos los días pero que estaban en situación flotante, dispersas en multitud de libros, artículos y escritos de toda clase, sin constituir nunca una unidad.Entre las Líneas En segundo lugar, había también la perspectiva ambiciosa de ir creando un corpus teórico feminista con dichas palabras-concepto, convencida de que una buena teoría requiere dicho corpus conceptual como punto de referencia.Entre las Líneas En la segunda edición del DIF (1990), ya añadí unas cuantas entradas, pero en el transcurso de estos últimos diez años se ha producido una importante evolución en la condición psico-sociopolítica de las mujeres así como en el pensamiento feminista. Esta evolución creó la necesidad de definir nuevos conceptos. Y de ahí han surgido los términos de este segundo tomo.”

Bibliografía

Becerra Hiraldo, J. M., «Diccionario temático del español. Propuesta», Español Actual 65 (1996), págs «Diccionario temático del español. Método y resultados», en G. Wotjak (coord.), Teoría del campo y semántica léxica, Frankfurt: Peter Lang, 1998, págs Casares, J., Diccionario ideológico de la lengua española, Barcelona: Gustavo Gili, Corripio, F., Diccionario de ideas afines, Barcelona: Herder, Del Moral, R., Diccionario temático del español, Madrid: Verbum, Del Moral, R., Diccionario ideológico. Atlas léxico de la lengua española, Madrid: Verbum McArthur, T., Longman Lexicoll of Contemporary English, Londres: Longman, Pechoin, D., Thesaurus. Des idées aux mots, des mots aux idées. París: Larousse, Roget, P. M., Roget’ s Thesaurus of English Words and Phrases, Londres: Penguin books, Saiajova, L. G, Jasaiova, D. M., Morkovkin, B (examine más sobre todos estos aspectos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). B., Tematichekii slovar russkogo iasika, [Diccionario temático de la lengua rusa], Moscú: Isdatelstvo, Spitzer, c., Dicionário analógico da língua portuguesa. Porto Alegre: Livraria do Globo,

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