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Fernando Garrido

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Fernando Garrido

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“Fernando GarridoDe todos los hombres políticos que forman hoy a la cabeza del partido republicano, pocos, muy pocos le han prestado tantos y tan importantes servicios como el diputado por Cádiz: su historia política data de la fundación del partido a que pertenece, más antiguo en España de lo que generalmente se cree, como se verá por los datos que van a leerse.

Nació Fernando Garrido en Cartagena el 6 de Enero de 1821. A los diez y ocho años de edad trasladóse a Cádiz en compañía de su familia, y en aquella ciudad hizo sus primeros estudios de las teorías socialistas con Abreu y Hugarte. Por lo demás, hijo de una familia ilustrada y ardientemente liberal, había recibido en el hogar doméstico las primeras nociones, y aspirado los sentimientos que ha conservado toda su vida, y que le preparaban admirablemente para abrazar las doctrinas de un partido, cuya aurora empezaba apenas a lucir en nuestra patria: como ha sucedido a otros republicanos españoles una madre, buena, cariñosa e instruida formó la inteligencia y el corazón de Garrido.

Artista por naturaleza, dedicose desde sus primeros años a cultivar, bajo la dirección de D. Luis Sevil, el arte que ilustraron Velázquez y Murillo, y vivía del producto de sus modestos trabajos, consagrándose además al dibujo en madera y a la litografía, en cuyos trabajos artísticos alcanzó cierta celebridad, siendo muy apreciados, sobre todo, sus cuadros de costumbres y paisajes.

En 1841 comenzó a escribir en los periódicos literarios, y políticos republicanos de Cádiz.

Pasó en 1845 a la corte, donde siguió viviendo de lo que lo producían sus trabajos artísticos.

En 1846 publicó en Madrid La Asociación, revista socialista, de la cual era al mismo tiempo redactor, administrador y repartidor: tenía en Madrid doce suscriptores. Entonces fue, sin embargo, cuando se unieron a él Sixto Cámara, Beltrán, Joaquín Martínez, Cervera, Sala y algunos otros, que constituyeron el primer núcleo del socialismo en Madrid. Al año siguiente, 1847, la revista sufrió una transformación, cambiando su título por el de La organización del trabajo y publicándose dos veces a la semana: el nuevo periódico reunió doscientos suscriptores, y en torno de él se hizo una activa propaganda de donde salían grupos numerosos y decididos.

En 1848 el gobierno de Narváez suprimió el periódico La organización del trabajo; pero el partido socialista era ya tan importante, que dio lugar a la fundación de otros varios periódicos: Garrido publicaba El Eco de la Juventud en 1849; Cámara y Ordax Avecilla redactaban otros dos; los cuales, pocos meses después, se refundieron en uno solo titulado La Asociación, que llegó a obtener algunos miles de suscriptores.

Por aquel entonces escribió Garrido un folleto con el título de Derrota de los viejos partidos políticos, del cual se hicieron dos ediciones en pocos días, y que [227] fue recogido levantándose el secuestro por la intervención de D. Nicolás María Rivero, amigo del conde de San Luis, a la sazón ministro de la Gobernación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Este folleto contribuyó poderosamente a la organización del partido republicano. Publicó también por aquella época otro folleto titulado Defensa del socialismo, pero fue recogido de real orden suprimiéndose por el mismo decreto el periódico La Asociación, y condenándose al autor del folleto a 54.000 reales de multa y un mes de cárcel por cada 1000 rs. que no pudiera satisfacer. Embargáronle el ajuar y fue reducido a prisión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Entre él y algunos amigos habían trabajado activamente para organizar el partido republicano, fundando una sociedad secreta con el nombre de los hijos del pueblo.Entre las Líneas En 1850, en el momento en que el folleto fue recogido, esta sociedad se componía de 1200 afiliados en Madrid, y descubiertos por la policía, vino a empeorar la situación de Garrido, que fue conducido al Saladero en compañía de otros diez o doce republicanos. Allí pasó veintisiete días incomunicado y no recobró su libertad sino al cabo de un año; habiendo conocido durante este triste período a Emilio Castelar, a la sazón estudiante.Si, Pero: Pero dejemos la palabra a Castelar, que publicó algún tiempo después la descripción de esta entrevista.

«La Providencia me hizo conocer a Garrido. Le conocí en la cárcel. ¡Qué horrible es la cárcel! Torre de Babel, guardada sigilosamente por rejas mugrientas y puertas espesísimas, donde cada habitación es como un nicho, poblado de infinitos desgraciados, que algunas veces van a dar en ella o por falta de educación, o por sobra de pasiones; la cárcel me ha dado siempre horror, tal que no podría penetrar por aquellos tristes y oscuros pasadizos, que guardan tantos dolores, sin sentirme como poseído de un vértigo.

Pero, ¿cual no fue mi extrañeza, cuando entré en uno de aquellos nichos, y vi a Garrido, alegre, sin curarse de sus desgracias, abierto un libro sobre la mesa, manejando un pincel con diestra mano, rebosando contento? ¡Él! que había sufrido largos meses de prisión, cuyo término ignoraba, mientras que yo, libre, sentía angustia tal en el corazón, que me oprimía el pecho y me embargaba el habla! ¡Oh! Los primeros trofeos que vi de mi santa idea fueron duras prisiones. Los primeros apóstoles que pude estrechar contra mi corazón, los abracé en la cárcel. Desde entonces, conociendo a Garrido, sentí por él una profundísima admiración, y a medida que los años se han ido deslizando sobre nosotros, mi admiración ha subido de punto. Lo más apreciable en el hombre es un buen corazón, un gran carácter. Garrido lo posee como nadie. ¡Cuántas veces en mis horas de duda he pedido al cielo que me concediera su fe! Pero esos largos dones, reservados están para las almas grandes. Dulce, pero indomable, ostentando siempre la nobleza del alma, recibida de Dios, amigo de sus amigos hasta el entusiasmo, ama todo lo que la democracia ama, aborrece todo lo que la democracia aborrece, llevando su pasión hasta estimar cosa de poca monta, el perder la libertad y la vida en aras de sus ideas.

Otros Elementos

Además, Garrido, tiene otra gran cualidad. Siempre se cree de los últimos, y por eso siempre será de los primeros.» {(1) Introducción al folleto La República democrática federal universal, por D. Fernando Garrido.}

Como no resultó culpa de la causa política, Garrido y sus compañeros fueron puestos en libertad, después de un año de prisión preventiva, e indultándose además a Garrido aunque a condición de salir de España.

Era el verano de 1851 cuando Garrido marchó a París.Entre las Líneas En los últimos días que permaneció en la cárcel, había escrito y publicado un folleto con el título La democracia y las elecciones del 10 de Mayo. Durante su prisión contribuyó igualmente a la redacción de los periódicos El trabajador y El taller, en compañía de Cervera.

De París pasó a Londres (pocos días antes del golpe de Estado,) donde se puso en relación, como representante de la democracia española, con Mazzini y los emigrados franceses, polacos y otros.

A fines del 53 Garrido salió de Londres trasladándose a Bayona, para ocuparse del movimiento que dio por resultado la revolución de 1854. Púsose en camino para Madrid, a donde llegó en el momento que la revolución quedaba triunfante, y sin perder tiempo sacó a luz su célebre periódico El Eco de las barricadas, y el folleto titulado Espartero y la revolución, donde sostenía que Isabel II había dejado de ser reina, aunque seguía aun en el trono, que Espartero no era su ministro, sino el jefe de un poder revolucionario, y que la revolución estaba perdida si no se expulsaba a la reina y se proclamaba la república con la presidencia de Espartero. La reina y sus consejeros sospecharon que el folleto era una prueba para averiguar el estado de la opinión, y que Garrido lo había lanzado de acuerdo con Espartero, y éste temiendo asumir tamaña responsabilidad, mandó recoger el folleto y prender a su autor. Casi todos los números del Eco de las barricadas corrieron igual suerte, denunciándose veinte y seis artículos, por cada uno de los cuales pedía el fiscal seis años de presidio, total ciento cincuenta y seis años, y pronunciándose contra el autor de los artículos catorce autos [228] de prisión por los ocho jueces de primera instancia de Madrid.

Castelar, que acababa de manifestarse como orador popular, pronunciando su célebre discurso del teatro de Oriente, defendió a Garrido, autor del folleto, obteniendo su segundo triunfo oratorio. El acusado (persona contra la que se dirige un procedimiento penal; véase más sobre su significado en el diccionario y compárese con el acusador, público o privado) fue absuelto por unanimidad, y salió en triunfo de la Audiencia, pero para volver a la cárcel, porque quedaban pendientes catorce causas, formadas a los veintiséis números del periódico. Figueras, Orense y D. Patricio Olavarria lo defendieron también, alcanzando siempre fallos absolutorios.

En este tiempo el infatigable Garrido desafiaba las iras del gobierno, publicando un nuevo folleto titulado El Pueblo y el Trono, y en el cual planteaba más claramente la cuestión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Nueva denuncia, defensa de Castelar y absolución unánime.

Todo esto impresionó vivamente la opinión pública, y el gobierno, echando de ver entonces que los fallos de un tribunal forman jurisprudencia, y que cada vista de causa era un triunfo para el partido republicano, abandonó las denuncias restantes.Entre las Líneas En este conflicto los monárquicos propusieron a las Cortes Constituyentes que proclamasen a Isabel II reina de España, lo cual tuvo lugar el 30 de Noviembre, votando 21 diputados en contra de la monarquía.

Obligado por esta votación a abandonar el campo de la prensa, llevó Garrido al teatro la propaganda republicana, dando al de Lope de Vega, el drama popular Un día de revolución, que excitó en alto grado el entusiasmo público, y que dio pretexto al gobierno de Espartero para restablecer la censura de teatros.

La popularidad que alcanzó el propagandista republicano con sus publicaciones y persecuciones le valieron la honra de ser cuatro veces candidato, votado por los republicanos de Málaga para las Constituyentes, debiendo advertirse que fue Garrido el único que dio a los electores un manifiesto declarándose republicano.

Salió Garrido para Barcelona a mediados del 55, pero atacado del cólera tuvo que detenerse en Lérida, y durante su convalecencia escribió un catecismo republicano titulado La república federal universal, de la cual se han publicado ya siete ediciones.

Este folleto fue denunciado y Garrido encerrado en la cárcel de Lérida hasta que reunido el jurado lo absolvió por unanimidad. Puesto en libertad pasó a Barcelona; pero el general Zapatero a quien no agradaban las ovaciones de que era Garrido objeto ni su propaganda, lo mandó prender para mandarlo de cárcel en cárcel a la Coruña; pero prevenido a tiempo salió de la capitanía general de Cataluña y se libró del peligro.

De vuelta a Madrid a principios de 1866, publicó en unión con el malogrado Ignacio Cervera, el periódico titulado La Democracia. Vencida la revolución en el mes de Julio, y ametrallado el pueblo de Madrid por O’Donnell y sus amigos, Garrido tuvo que refugiarse en Gibraltar embarcándose en Málaga en un buque de guerra inglés.

Al siguiente año, 1857, volvió Garrido a Cádiz, después de la amnistía; pero en 1858 el gobierno le hizo internar en Granada, y algunos días después se le expidió un pasaporte para los Estados-Unidos, por real orden. Detúvose en Lisboa, y después de seis meses de emigración en aquella ciudad, obtuvo la autorización de volver a Cádiz.Entre las Líneas En Julio de aquel mismo año fue preso y conducido entre bayonetas a Sevilla para ser juzgado por complicidad en una conspiración republicana.

Dos meses después fue absuelto por el Consejo de guerra. Y en tan crítica ocasión hizo conocimiento con D. Salvador Manero, editor de Barcelona, que le propuso la compra de la propiedad de sus obras.

Hasta aquella época Garrido se había dedicado al periodismo y a la literatura, como propagandista, viviendo solo de su pincel; pero hallando cada vez mayores obstáculos en el ejercicio de este arte por efecto de una creciente miopía, decidióse a aceptar los ofrecimientos del editor Manero.

Puesto en libertad, fue a establecerse en Barcelona con objeto de dirigir la publicación de sus obras completas, y como el momento no era nada favorable para la propagación de ideas avanzadas, el editor empezó por las obras literarias que fueron muy bien acogidas del público y que vieron la luz en dos tomos, con el título de Obras escogidas.

Con el pseudónimo de Evaristo Ventosa, Garrido, cuyo nombre estaba entonces proscrito en las fiscalías de imprenta, escribió un tomo titulado Regeneración de España, y publicó algún tiempo después el folleto La democracia y sus adversarios, dirigido principalmente contra los neo-católicos.

Por la misma época, 1862, escribió El socialismo y la democracia, con un prólogo de Mazzini, folleto introducido clandestinamente en España y del que se hicieron tres numerosas ediciones.

En el verano de 1860 hizo Garibaldi su célebre expedición a Sicilia y Nápoles, y habiéndose entendido con un agente revolucionario italiano una porción de [229] patriotas españoles que querían tornar parte en aquella campaña de la libertad, Garrido abandonó sus tareas literarias y pasó a Nápoles en unión del agente para ofrecer a Garibaldi la cooperación de sus compatriotas. El abandono de la dictadura de Garibaldi y su retirada a Caprera hicieron que la expedición española, como otras de varias naciones, proyectadas u organizadas, no tuvieran lugar.

Volvió Garrido a Barcelona cuando circulaban varias publicaciones clandestinas en contra de la reina Isabel, que había estado por entonces en aquella ciudad; el gobierno sospechó de Garrido y éste tuvo que poner los Pirineos entre él y la autoridad. Al llegar a París se puso a trabajar en La España Contemporánea, publicada en francés primero y traducida luego al alemán por Arnoldo Ruge.

Poco después emprendió Garrido su obra más importante, la Historia de las persecuciones políticas y religiosas en Europa desde los tiempos antiguos hasta nuestros días, publicada en Barcelona con éxito extraordinario y bajo el nombre de Alfonso Torres de Castilla. Esta obra consta de seis gruesos tomos en 4º., y se publica actualmente en Londres en idioma inglés.

Preocupado constantemente con el problema social, Garrido hizo un viaje al Norte de Inglaterra a fin de estudiar las asociaciones cooperativas; pero al día siguiente de haber llegado a Rochdale tuvo la desgracia de romperse una pierna, desgracia que le obligó a permanecer cuatro meses en cama, siendo objeto de los más afectuosos y fraternales cuidados de parte de los dignos obreros roschdalenses. La pierna fracturada no ha podido sin embargo recobrar su natural movimiento.

Al volver a Francia terminó su grande obra la Historia de las persecuciones, y publicó con su nombre la Historia de las asociaciones obreras de Europa, en dos tomos, y la edición española de La España contemporánea, aumentada y corregida hasta el punto de haber hecho una obra nueva.

En 1866, Garrido emprendió, cubriéndose con el mismo pseudónimo de Torres de Castilla, Historia de los crímenes del despotismo, todavía en publicación; y en 1867 otra obra de un nuevo género, La Humanidad y sus progresos, o el mundo antiguo y el mundo moderno comparados, cuya obra tuvo la desgracia de desagradar al obispo de Barcelona, que excomulgó al autor, y lo que es más grave, hizo de manera que el gobierno de Narváez prohibiese la publicación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Sabedor en Francia de los sucesos que se preparaban en Agosto de 1868, entendióse Garrido con Orense y algunos otros, a fin de penetrar en España a la primera señal; pero al llegar a la frontera fue preso por la policía francesa, no habiendo podido recobrar su libertad hasta la caída de Isabel.

Llegado a Madrid cuando la Junta revolucionaria estaba ya constituida, Garrido se puso a publicar algunas hojas volantes sobre las cuestiones del momento, siendo el primero que propuso en una hoja titulada El nuevo rey de España, el establecimiento de la república federal, como la única solución política del problema planteado en España por la caída del trono.

Al mismo tiempo que escribía la Historia del último de los Borbones, emprendió una propaganda republicana oral desde los Pirineos hasta Andalucía, yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, dirigiendo la palabra algunas veces a reuniones de muchos miles de personas, y añadiendo a sus anteriores timbres el de orador y tribuno popular.

El partido republicano no ha sido ingrato con Garrido, reconociendo los servicios que en su larga carrera política le ha prestado; como lo prueba el que los electores de las circunscripciones de Madrid, Málaga, Tarragona, Miranda de Ebro y Cádiz le dieran más de 70.000 votos, y que esta última le haya enviado por más de 17.300 a las Cortes Constituyentes.

Desde los primeros debates parlamentarios, el ilustre diputado por Cádiz ha mostrado su ardiente republicanismo y sus dotes nada comunes de estadista, haciéndose en poco tiempo un lugar distinguidísimo entre los primeros oradores de la Asamblea. De sus ya numerosos discursos, casi todos ellos notables, vamos a dar a conocer a nuestros lectores el que acerca de la cuestión religiosa pronunció en la sesión del 30 de Abril, importante por la forma, más importante aun por la doctrina, y que ha merecido elogios lisonjeros de toda la. prensa. Lo insertamos íntegro, y nos abstenernos de comentarios que el lector hará por sí mismo; solo diremos que muchos periódicos de provincias y no pocos del extranjero lo han reproducido también con grandes elogios:

«Señores diputados, aprovecho esta ocasión para responder a algunas preguntas o indicaciones que en el día de ayer hizo el Sr. Méndez Vigo, individuo de la mayoría a la minoría republicana. S.S. dijo, respecto de cierta transacción que suponía hecha por nosotros en la cuestión económica, en la cuestión de protección al trabajo nacional, que nosotros habíamos hecho bien en hacer esa transacción a pesar de ser republicanos, y añadió que debíamos hacer otra en el mismo sentido respecto de la cuestión de tolerancia [230] religiosa, es decir, que votáramos porque no se permitieran otros cultos en España.

Yo debo declarar respecto de esto que la minoría republicana, que el partido republicano no ha hecho semejante transacción respecto de la cuestión económica, que la minoría republicana no ha declarado nunca, que yo sepa, que es partidaria de la protección al trabajo nacional ni defensora del libre cambio.

La verdad es que aquí, en materias económicas como en cuestiones religiosas, profesamos todas las opiniones porque son cuestiones puramente individuales. Aquí nos sentamos lo mismo los partidarios de la protección que los partidarios del libre-cambio, porque de esta cuestión, como de la religiosa, no hacemos cuestión de dogma, sino cuestión libre, completamente libre, atributo de la autonomía del individuo.

El único lazo que nos une, lo que hace de todos nosotros un ser colectivo, el dogma que a todos nos hace como un solo ser, es una idea política; los derechos individuales, la soberanía del hombre; como consecuencia de esto, la soberanía de la nación, y como consecuencia de esta, la forma de gobierno republicana, que quiere decir la responsabilidad de todos los poderes públicos, la elegibilidad de los que ejercen y su amovilidad. Así, pues, nosotros no tenemos para qué hacer esas transacciones, ni respecto de la intolerancia religiosa, ni respecto de las cuestiones económicas. Aquí estamos unidos fraternalmente, sin que haya por nuestras diferencias en todas esas cosas que son puramente individuales, ni la más leve sombra de desacuerdo; por eso se ve que marchamos juntos, unidos por ese lazo político, el Sr. Suñer, que ha expuesto ideas enteramente contrarias a toda creencia religiosa, y los Sres. Rubio (D. Federico) y Sorní, que han dirigido hoy la palabra a la Asamblea declarando que son católicos.

Dicho esto, que creía yo necesitarlo antes de entrar en la cuestión que envuelve la enmienda que he tenido el honor de presentar, debo decir también que todas las ideas que yo voy a verter apropósito de esta cuestión son puramente mías, y solo yo soy de ellas responsable.

Nosotros decimos en esta enmienda que paguen el culto y el clero católicos los que profesen la religión católica; porque creemos que esto es lo más justo, lo que dictan los más triviales principios de equidad, y para esto hay muchas razones.

Señores, se ha dicho por muchos oradores de diferentes partidos que aquí casi no había más que católicos, aquí no se ha dicho que no había más que dos o tres que habían hablado en contra del catolicismo, aquí se ha dicho que no había más que dos o tres individuos de la minoría republicana que no fueran católicos y que no había más en España.

Parece, señores que se olvida que nosotros, casi todos, antes de venir aquí hemos hecho programas, hemos hecho manifiestos en los cuales pedíamos la libertad de cultos. Se olvida que no hace muchos años hubo una porción de ciudadanos que fueron expulsados de España por los tribunales, por haber declarado ante los jueces ordinarios que eran protestantes. Y esto se hacía después de haber sufrido tres años de prisión horrible, tan horrible, que a algunos les ha costado la vida en tan forzada expatriación, en la flor de su juventud. Yo he visto en el extranjero una porción de colegios llenos de niños españoles mandados allí por sus padres, que no eran católicos, que eran protestantes, y que no pudiendo educar a sus hijos en su religión, tenían que separarse de ellos y mandarlos al extranjero para que se educaran en la religión de sus padres. Ahora mismo, desde el día que se derribó la dinastía borbónica, desde el día en que triunfó la revolución, ¿no hemos visto cómo se ha establecido el culto público protestante en poblaciones tan importantes como Madrid, Málaga, Córdoba, Barcelona, Sevilla y otros puntos? ¿Qué prueba esto? El otro día he leído en un periódico que en Madrid había crecido tanto el número de protestantes, que había habido cincuenta y tantos bautismos en un día según los ritos de esa religión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

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De todas partes han llovido cartas, peticiones de los descendientes de los judíos expulsados de España por los reyes católicos, de esos pobres judíos que han mantenido vivo en su corazón el recuerdo de la madre patria, pidiendo permiso para volver al país en que nacieron y vivieron sus antepasados, lo que no podrán hacer si no se les deja practicar libremente su culto.

No sé cuál de los oradores entre los que han impugnado la libertad religiosa, decía que no había más que quinientos y tantos que hubieran declarado que no eran católicos. Señores, mi amigo el Sr. Castelar, ha recibido después de su brillantísimo discurso del otro día, una carta de Barcelona felicitándole en nombre de 4.000 protestantes de aquella ciudad.

Pues bien, a eso todavía puede añadirse una cosa, que a mi juicio es fundamental, y que no creo puede ponerse en duda por nadie, y es que la revolución de Setiembre, más que una revolución política, ha sido una revolución religiosa. Si Isabel II ha caído, no ha sido solo por su conducta personal, privada, ha sido más que por su política, que era antiliberal, por la política teocrática que seguía: si en lugar de estar rodeada de prelados, de sacerdotes y de monjas, hubiese estado rodeada de hombres liberales, y oyendo sus consejos hubiese seguido una política anti-teocrática, todavía estaría en el trono, en el palacio de Madrid. Si ha caído, fue porque entregó la situación completamente al clero, porque protegía al clero, porque levantaba conventos, porque fundaba iglesias, porque mandaba el dinero de la nación, tomando más de lo que le correspondía por su dotación, porque había malos gobiernos que se lo consentían, al Papa para que sostuviera su poder temporal. Si en lugar de eso hubiera hecho una política anti-teocrática, es bien seguro que no estaríamos reunidos ahora para establecer la libertad de cultos. [231]

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Y yo digo, señores diputados: ¿es posible que después de esta gloriosa revolución, que si se ha simbolizado echando abajo un trono y derribando una dinastía, se ha simbolizado de una manera más franca derribando iglesias, destruyendo conventos, expulsando monjas y jesuitas, y haciendo una política completamente anti-teocrática; es posible, digo, que haya todavía quien afirme que la nación española es eminentemente católica? ¿Es posible que haya todavía quien se atreva a sostener que no debemos establecer la libertad de cultos, y que podemos obligar a pagar una religión que no profesan a los españoles que no son católicos? No creo que eso es sostenible; creo que en lugar de producir una guerra religiosa la libertad de cultos, como suponen los oradores que han defendido la unidad católica, se produciría una guerra civil en nombre de la libertad contra el gobierno y contra la situación si nos empeñáramos en continuar la política intolerante de la dinastía que hemos derribado. Dirían los liberales, los partidarios del progreso, si eso hiciéramos: «¿Para eso os hemos mandado a las Cortes Constituyentes? No teníamos necesidad, para seguir una política teocrática, para seguir a los pies del nuncio, a los pies del Papa y a los pies del clero, de haber derribado un trono y haber realizado y secundado la revolución de Setiembre.»

No es esta una academia, ni es tampoco un concilio, para hablar de dogmas. Yo no pienso ocuparme de eso; pero es lo cierto que hoy el clero católico representa en España lo contrario de la libertad, es lo cierto que el clero católico tiene y representa la organización más perfecta del partido absolutista, del partido reaccionario, de los enemigos de la libertad. [rtbs name=”libertad”]

Y esto no es nuevo: esto es tradicional, esto ha sido siempre, no solamente en España, sino fuera de aquí también. Tened en cuenta, y no hay que olvidarlo, que las naciones que nos han precedido en el camino de la libertad, son aquellas que nos llevan tres o cuatro siglos en la ventaja de haberse librado de la solitaria romana. La primera nación que después de la Edad Media se emancipó del yugo de la silla romana, es la primera que ha marchado en las vías de la libertad: la Inglaterra, Holanda, la Alemania y Suiza, esas naciones han tenido, no solamente más libertad política, sino que también han realizado grandes progresos en las ciencias, en las artes, en todos los conocimientos humanos, hasta hacer preciso confesar que no son los pueblos católicos, sino los anti-católicos, los que marchan a la cabeza de la civilización moderna.

Los pueblos que, como España, han tenido la desgracia de ser católicos hasta última hora, porque esta, en efecto, es la última hora del poder de la teocracia, cuya cabeza está en Roma, que solo puede vivir rodeada de bayonetas extranjeras; los pueblos, repito, que han tenido esta desgracia, se han quedado a la cola de las demás naciones en la senda de la civilización. [rtbs name=”civilizacion-occidental”] [rtbs name=”renacimiento-de-la-civilizacion-occidental”](Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Estos pueblos son la España y la Italia, que ha tenido, como nosotros, necesidad de aprender las ciencias y las artes, de que fue maestra, del extranjero; españa ha tenido también en nuestros días que enviar a otros países a los jóvenes que habían de ser ingenieros para aprender en las escuelas que aquí no había.

Aun en el siglo pasado, en la época en que empezó la guerra contra la teocracia romana, guerra iniciada por los mismos reyes de la dinastía Borbón, inspirados por las ideas reformadoras de los filósofos del siglo XVIII, aun en aquella época ha sucedido que España, descendida a ser la última nación de Europa, porque su territorio se veía reducido casi a no ser más que un despoblado, que por la falta de las ciencias, de las artes y hasta de los oficios más vulgares, este país era el más atrasado de toda Europa. Aquí no se sabía nada, y fue preciso que los gobiernos de varias épocas en el siglo pasado fuesen a buscar en el extranjero quien enseñara el ejercicio a los militares y quien supiera construir buques y arsenales, quien viniera a fundar colegios de medicina, a establecer laboratorios de química y propagar las ciencias, porque no había más que teólogos y frailes y curas de misa (véase su definición, y la descripción de eucaristía y Santa Misa) y olla.

Ya he dicho, señores diputados, que no venía aquí a hacer teología ni a ocuparme de dogmas y de creencias, porque esta Asamblea no es una academia ni un concilio; pero los actos exteriores son de nuestro dominio y necesitamos consultar la historia, que es la gran maestra de la humanidad, porque no podemos marchar adelante, para averiguar lo que debemos hacer y salir del atraso en que estamos, sin volver los ojos atrás a fin de saber lo que hemos sido y de dónde hemos salido. Pues la historia nos enseña que la revolución desde fines de la Edad Media en España y en las demás naciones ha sido un ataque constante a la teocracia romana, de modo que la decadencia del catolismo, representado por la curia romana, ha sido proporcionada al progreso de la libertad, de la civilización y de las ciencias.

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Este es un hecho innegable, está basado en autoridad de cosa juzgada, por consiguiente, la política que debemos seguir para ser verdaderamente patriotas, para engrandecer nuestra población, para fomentar las ciencias y las artes y para lograr la prosperidad del país, es la política anti-teocrática.

Y no creáis, señores; la historia nos ofrece datos tales que es imposible recusarlos, que es imposible poner en duda, para probarnos la verdad de cuanto voy manifestando.

Hay una incompatibilidad completa entre la prosperidad del clero, entre la prosperidad de la curia romana, que vive de chupar el jugo de los católicos de todas las naciones, hay una incompatibilidad perfecta entre esa organización terrible que como una araña de mil patas tiene dominado todo el mundo católico con una pata en cada país, y el vientre y la cabeza en Roma, y la prosperidad de los pueblos que [232] sufren su yugo y con el fomento de su población. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Tengo aquí unos datos que me vais a permitir leer, siquiera sea brevemente, sacados de los documentos oficiales; datos que son los más exactos que se han publicado en España desde hace más de tres siglos, los cuales nos demuestran de una manera palmaria la verdad que acabo de indicar.

En la época del apogeo del dominio teocrático, es decir, en los tiempos de Carlos II, último engendro de la dinastía austríaca, en los cuales el verdadero rey no era el rey, sino su confesor, cosa algo parecida a lo que pasaba en los últimos tiempos del reinado de doña Isabel de Borbón; en aquella época, digo, había 90.000 frailes, 9.000 conventos y 24.000 monjas, y en cambio no había más que siete millones de habitantes de población. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Pues bien, a partir de aquella época y hasta llegar a nuestros días, la Iglesia ha ido menguando y en cambio creciendo la población, y con ella la industria y las artes. La España ha ido regenerándose a medida que la preponderancia del clero ha ido cayendo, y con ella su período y su riqueza.

De manera señores, que la gran revolución que viene esperándose en España desde hace más de siglo y medio, no ha sido efecto de las ideas modernas ni de la incredulidad de este siglo, sino de la difusión de las ideas regeneradoras del siglo XVIII en todas las naciones, incluso España, que han dado por resultado que poco a poco vaya desapareciendo la superstición y el fanatismo.” (1)

Francisco Pi y Margall

  1. “Roque Barcia”, Los diputados pintados por sus hechos. R. Labajos y Compañía, Madrid 1869
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