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Fetichismo de las Mercancías

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Fetichismo de las Mercancías

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Fetichismo de las Mercancías y Mayo del 68

Con el tiempo se ha producido una inversión perversa, en la sucesión de esta cuestión. Los llamados pensadores estructuralistas y postestructuralistas asociados a la teoría francesa han llegado a identificarse con el movimiento del 68 mediante una confusa amalgama histórica que sirve a fines políticos muy claros. Para algunos, como Ferry y Renaut, su propósito es enterrar la teoría francesa con el legado del 68 apoyándose en una nebulosa correlación entre un fracaso político y la concursal de una tradición teórica concreta. Para otros, sobre todo en el gran mundo anglófono, se trata de promover una imagen radical de un grupo de pensadores estableciendo una analogía vaga pero persistente entre supuestos rebeldes intelectuales y militantes políticos reales.

Lo único que queda del acontecimiento histórico en sí es su valor simbólico, que se desprende de la práctica material para funcionar como un significante que flota libremente y que puede utilizarse para promover -o denigrar- un producto de la industria mundial de la teoría. Se trata de un caso ejemplar de lo que propongo denominar fetichismo histórico de la mercancía: las relaciones sociales reales que operan en las luchas políticas desaparecen tras el encantamiento -o el disgusto encantado- con una mercancía intelectual. Este fetichismo histórico de la mercancía suele ir de la mano de un fetichismo geográfico de la mercancía, según el cual los “acontecimientos de mayo”, en particular tal y como se desarrollaron en torno al movimiento estudiantil de París, se desvinculan de los movimientos antisistémicos mundiales de finales de los sesenta y principios de los setenta. Para los relatos históricos que sitúan los acontecimientos en Francia en relación con los levantamientos internacionales de la época, véase en la plataforma digital.

Aunque hubo ciertas conquistas para los trabajadores y algunas reformas universitarias, el levantamiento del 68 no consiguió derrocar al gobierno ni alterar significativamente la dinámica general del poder ni el sistema económico. Sin embargo, sí consiguió reorganizar en cierta medida la sociedad francesa al crear más espacio para la aparición del estrato de clase pequeñoburgués y sus aspiraciones consumistas, así como su ideología concomitante de “liberalismo libertario”, por utilizar el vocabulario de Clouscard. Este último destacó el importante papel desempeñado por el Plan Marshall en el fomento del desarrollo de este nuevo estrato de clase media de consumidores propensos a apoyar ideológicamente el sistema capitalista porque les permite complacerse en un mercado del deseo de inspiración estadounidense, con sus necesarios giros franceses. La inyección de más de 13.000 millones de dólares (el equivalente a 161.000 millones en 2023) en Europa Occidental, de los que aproximadamente el 18% se dirigió a Francia, tenía como objetivo reforzar este estrato de clase y mantener a toda esta región dentro del redil procapitalista y anticomunista.

Este proyecto del imperialismo financiero y cultural estadounidense contribuyó a crear una situación económica caracterizada por un alto nivel de explotación en la producción y un modelo consumista libertario para la nueva capa de clase pequeñoburguesa, que incluía a la intelligentsia en el sentido amplio del término (profesores, investigadores, periodistas, expertos, etc.). Esto contribuyó a desarrollar una sociedad en la que, en palabras bien escogidas de Clouscard, “todo está permitido, pero nada es posible [tout est permis, mais rien n’est possible]”. La explosión libertaria del consumismo para una fracción de clase, que prometía el fin de los tabúes y las prohibiciones, se conjugó así con una esfera productiva cada vez más represiva (a la que volveremos al final de este estudio).

La teoría francesa es un producto de consumo que saltó a la fama mundial, y muchos historiadores fechan su explosiva aparición en el mercado mundial en octubre de 1966, cuando la Fundación Ford financió generosamente, con 36.000 dólares (332.000 dólares hoy en día), una conferencia internacional en el Centro de Humanidades Johns Hopkins de Baltimore. Al igual que las otras grandes fundaciones capitalistas, la Ford tiene un largo historial de colaboración tan estrecha con la CIA que las mismas personas a menudo hicieron carrera en ambas organizaciones. En el momento de la conferencia, el presidente de la Fundación Ford no era otro que McGeorge Bundy, recién salido de un periodo como Consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Había participado en la invasión de Bahía de Cochinos, en la intensificación de la guerra imperialista en Vietnam y en diversas operaciones clandestinas. Estaba extremadamente bien entrenado, además, en la guerra psicológica. En 1949, había colaborado con Allen Dulles y Richard Bissell, de la CIA, en un estudio sobre el papel del Plan Marshall en la guerra intelectual mundial contra el comunismo emprendida por la agencia. Esta última utilizaba 200 millones de dólares anuales de fondos vinculados al Plan Marshall para financiar el trabajo de intelectuales anticomunistas, periodistas, líderes sindicales, políticos y otras figuras destacadas de Europa Occidental. Así pues, no es de extrañar que la Fundación Ford se implicara en la promoción de la teoría francesa. De hecho, el mismo año que financió la conferencia conocida por lanzar esta nueva corriente en Estados Unidos, se hizo cargo de los costes de apoyo al Congreso para la Libertad Cultural para intentar salvar a esta organización expansiva de propaganda anticomunista tras las revelaciones de que era una tapadera de la CIA (algo que Bundy ya sabía).

La teoría francesa se promocionó internacionalmente como radical e innovadora, como antisistema y transgresora, como libertaria y poco ortodoxa. Su nicho de mercado era el nuevo estrato de clase pequeñoburgués del núcleo imperialista que se entregaba a la liberación a través del consumismo mientras que, en general, rehuía la emancipación de los trabajadores a través del proyecto socialista. Así pues, su radicalidad era sobre todo discursiva y teórica, mientras que en el terreno político los principales teóricos franceses eran -con muy pocas y relativamente efímeras excepciones- “antitotalitarios” y se oponían abiertamente al proyecto del socialismo realmente existente. Su mantra, podríamos decir inspirándonos en Clouscard, es que “teóricamente todo está permitido, pero en la práctica nada es posible” (es decir, que el sistema capitalista no puede modificarse en lo fundamental). Su promoción como pensadores del 68, a pesar de que se mostraban escépticos o incluso contrarios al movimiento estudiantil, y especialmente a la movilización de los trabajadores, se entiende mejor como el resultado de la utopía consumista de la nueva pequeña burguesía tras el 68: la radicalidad podía comprarse en forma de productos discursivos transgresores que servían como sucedáneo simbólico del compromiso práctico en la política radical. Así pues, los llamados pensadores del 68 fueron los que se contagiaron de la creciente ola de consumismo radical posterior al 68, y su pirotecnia retórica se promovió como una forma de hacer la revolución en la teoría allí donde había fracasado en la práctica. Desempeñaron así el papel de recuperadores radicales. Canalizaron el fervor de la revuelta, en gran parte plenamente justificado, hacia un proyecto de consumismo complaciente y anticomunismo práctico, al tiempo que promovían sus carreras individuales diferenciando sin cesar sus productos particulares dentro de la industria global de la teoría. Presentados como pensadores revolucionarios, son en realidad los símbolos de marketing de una revuelta fracasada y, en última instancia, de la consolidación del atlantismo anticomunista posterior al 68.

Además, los intelectuales que sí participaron en la preparación del movimiento y se comprometieron directamente con él han sido en gran medida marginados o desterrados del fenómeno global de la teoría francesa. Más que radicalidad discursiva, hicieron algo, que a menudo tomó la forma de apoyo al movimiento estudiantil. Es de suma importancia señalar, a este respecto, que existe por supuesto una marcada distinción entre las distintas formas de compromiso político. Muchos de los intelectuales que apoyaron concretamente a los estudiantes abrazaron lo que Domenico Losurdo denominó populismo: la celebración de “las masas” y la oposición a cualquier forma de poder, incluido el de los partidos comunistas o los Estados socialistas. Se trata de un profundo problema político que afectó a muchos de los integrantes de los movimientos trotskistas, maoístas, socialistas libertarios y anarquistas. Losurdo lo resumió en los siguientes términos, haciendo referencia explícita a la cultura del 68: “Al absolutizar la contradicción entre las masas y el poder, y condenar el poder como tal, el populismo se muestra incapaz de trazar una línea de demarcación entre la revolución y la contrarrevolución”. Este abrazo populista de la insurgencia tiende a fetichizar la contestación espontánea en general a expensas de desarrollar una estrategia socialista coherente para construir un poder real de la clase obrera a través de los partidos y, finalmente, de la toma del Estado. En el caso de Francia, Clouscard citó en particular a los intelectuales supuestamente radicales -pero en última instancia antirrevolucionarios- que siguieron a Herbert Marcuse al asumir que la clase obrera se había vendido y ya no era una fuerza revolucionaria potencial. Este discurso confiere “al consumidor libertario de las nuevas capas medias un estatus ‘revolucionario’ narcisista”. Como explicó lúcidamente Clouscard: “¡Esta inversión consiste pues en atribuir al productor (proletariado) el aspecto negativo de la nueva sociedad, y en atribuir al consumidor libertario el aspecto positivo revolucionario!”

Muchos intelectuales que se vieron concretamente atraídos por el movimiento estructuralista permanecen en la sombra de los teóricos franceses más destacados. Su trabajo es prácticamente desconocido en los círculos que generan comentarios y panegíricos sin límites sobre la obra de figuras como Derrida y Foucault. Michel Simon, profesor y militante del PCF, ofreció uno de los análisis más perspicaces de la bifurcación del movimiento. En un texto publicado en septiembre de 1968, animaba a sus lectores a mirar el acontecimiento con los dos ojos, a no sucumbir a los cantos de sirena del gauchismo porque la situación objetiva no era revolucionaria y, al mismo tiempo, a reconocer que era una oportunidad para organizar un frente común democrático que exigiera reformas significativas contra la tiranía del capitalismo monopolista. “El movimiento huelguístico se presentó claramente como lo que era”, escribió Simon, “una lucha de clases con reivindicaciones”. El movimiento académico-intelectual se disfrazó en gran medida de lo que no era: un combate revolucionario con objetivos universales, no particulares de los estratos sociales que atraían la lucha.”. Al igual que otros intelectuales del PCF (Lucien Sève, Louis Aragon, Rolande Trempé, Roger Garaudy, etc.), que en aquella época estaban inmersos en un intenso debate interno, el apoyo de Simon al movimiento pretendía orientarlo en la dirección más productiva: lejos del gauchismo pequeñoburgués y hacia conquistas reales para la clase obrera. Clouscard no era miembro formal del PCF y era muy crítico con la ideología culturalista de los del 68 que pretendían desplazar lo social por lo societal, la lucha de clases por cuestiones culturales. Sin embargo, aplaudió, al igual que Simon, “el movimiento emprendido por los trabajadores, destinado a conducir a avances innegables, tanto en el plano económico como en el cultural”.

Jacques Jurquet, uno de los fundadores y secretario general del Parti communiste marxiste-léniniste de France, de tendencia maoísta, participó con este partido relativamente nuevo en los acontecimientos de mayo-junio, de los que hizo una crónica y una redacción de apoyo en su momento.83 Más tarde, ese mismo año, publicó un análisis del movimiento bajo el título Le printemps révolutionnaire de 1968, en el que insistía en la importancia de apoyar plenamente las luchas estudiantiles y obreras al tiempo que se reservaba el derecho -a la Marx en relación con la Comuna de París- de criticar posteriormente ciertos errores.84 Geismar fue uno de los líderes de la movilización universitaria y convocó una huelga general en la enseñanza superior el 3 de mayo. Era profesor (maître assistant) en un centro de investigación de física y secretario general del Sindicato Nacional de Enseñanza Superior (Syndicat national de l’enseignement supérieur). A raíz de 1968, fundó, con Benny Lévy, la organización maoísta la Gauche prolétarienne. Alain Krivine, que trabajaba entonces como asistente editorial para la editorial Hachette, era el director del movimiento trotskista de la Jeunesse communiste révolutionnaire (JCR), que había fundado con Henri Weber (que más tarde enseñaría en el departamento de filosofía de la Universidad de París VIII, junto a Deleuze, Badiou y Jean-François Lyotard). Bensaïd, que también llegaría a enseñar en la Universidad de París VIII en el departamento de filosofía creado por Foucault, estaba activamente atraído por el JCR, que desempeñó un papel importante en el movimiento del 68. Guy Hocquenghem, otro miembro de la JCR que más tarde enseñaría filosofía en París VIII, participó en la ocupación de la Sorbona y escribió para la revista Action.85 A raíz del 68, colaboró con otro intelectual militante implicado en el movimiento, Guérin, en la fundación del Front homosexuel d’action révolutionnaire. Guérin había redactado Anarquismo en 1965.86 Su hija, que participó en la ocupación de la Sorbona, contó más tarde que había tal demanda de ejemplares de su libro que llevó cajas llenas de ellos a la ocupación. Cuando el propio Guérin visitó la Sorbona, el ala anarquista de la misma anunció que dirigiría un debate sobre la autogestión, y él accedió encantado. Posteriormente participó en numerosos debates en la Sorbona ocupada, escribió en apoyo del movimiento y proporcionó una contextualización histórica de los acontecimientos en relación con la larga tradición de luchas obreras.

Ya he mencionado al grupo Socialismo o Barbarie. Uno de sus líderes, Castoriadis, expresó su firme apoyo al movimiento en un texto redactado y distribuido en mayo.89 Al parecer, él mismo no visitó las barricadas y ocupaciones debido a su temor a ser enviado de vuelta a Grecia y entregado así a la dictadura respaldada por la CIA. Cohn-Bendit afirmó, según Dosse, que Castoriadis sí estuvo “presente” en la Sorbona porque su propia conciencia política se había formado leyendo la revista del grupo, Socialismo o Barbarie. El iniciador de la ocupación del Teatro Odeón fue Jean-Jacques Lebel, antiguo colaborador de Socialismo o Barbarie. Georges Petit recuerda que el grupo estaba en contacto en ese momento y decidió, de manera informal, formar parte del movimiento.93 Lyotard es seguramente la figura más conocida de este grupo en el mundo anglosajón, aunque todavía permanece algo al margen de las principales corrientes de la teoría francesa y no se le reconoce generalmente por sus primeros compromisos políticos, sino más bien por sus redacciones posteriores sobre el posmodernismo y el differend. Estuvo muy implicado en el movimiento del 22 de marzo en Nanterre y se implicó en la lucha en general. Habló, redactó para el movimiento y marchó con los estudiantes.

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Algunos de los miembros del grupo que se había formado en torno a la revista marxista Arguments (1956-62) también fueron muy activos. Jean Duvignaud, con Georges Lapassade, colocó un piano en el patio de la Sorbona y participó en la ocupación con Jean Genet durante unos quince días. Edgar Morin escribió dos artículos de apoyo a los acontecimientos en Le Monde (15 de mayo y 10 de junio) y se le ha descrito como muy implicado. La Internacional Situacionista se ha identificado a menudo como un recurso importante para el movimiento estudiantil y juvenil. La obra de Guy Debord y Raoul Vaneigem había circulado ampliamente, y los situacionistas participaron activamente en la ocupación de la Sorbona y, posteriormente, del Institut pédagogique national y de la École des arts décoratifs.

Lefebvre también fue una figura importante. Él mismo ha explicado que muchos de sus alumnos participaron y que “agitó un poco las cosas” y participó en el movimiento. También redactó y publicó rápidamente un libro titulado La explosión, en el que ofrecía un análisis de la revuelta en el que se discutían aspectos importantes del marxismo-leninismo -como la necesidad de una organización y un liderazgo basados en el partido-, al tiempo que rechazaba el “estatismo” y la “centralización” en favor de una celebración de la contestación y la espontaneidad. En uno de los pasajes más perspicaces, Lefebvre redacta en “La explosión: El marxismo y la Revolución Francesa” (1969): “Lenin distinguió enfáticamente entre dos niveles: por un lado, la espontaneidad y el instinto revolucionario de las masas; y, por otro, el conocimiento teórico del proceso y su contexto total, tal como lo elaboran los intelectuales (Marx, Engels). El partido político tiene la tarea de unir los dos niveles, de articularlos, para que la teoría pueda orientar la espontaneidad de la clase obrera y sus aliados hacia una comprensión de la sociedad en su conjunto y su transformación completa desde la base hasta las superestructuras y desde la división social del trabajo hasta las instituciones; esto incluye una transformación de las relaciones de propiedad, que son la clave de este proceso. Según Lenin, el partido une los factores objetivos y subjetivos”.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Hubo, por supuesto, muchos otros, y esta lista dista mucho de ser exhaustiva.

Así pues, el contraste no podría ser más marcado entre los supuestos pensadores del 68 analizados en la sección anterior, que estuvieron ausentes o se mostraron escépticos ante el movimiento, y los intelectuales del 68 que lo apoyaron abiertamente y se implicaron directamente de diversas maneras -y a veces opuestas-. Mientras que los primeros hicieron ilustres carreras mundiales como teóricos radicales, regodeándose en el aura gloriosa del 68 al tiempo que rehuían en general la lucha de clases abierta, los segundos han permanecido en gran medida en la sombra, como figuras secundarias o desconocidas cuya obra ha sido juzgada a menudo indigna de una traducción o comentario extensos.

Así podemos ver con mayor claridad la función social del fetichismo histórico de la mercancía que estructura gran parte de la historiografía en torno al 68. Sirve para extirpar el trabajo de la vertiente más radical de la teoría francesa, ya sean los pensadores anarquistas, maoístas, trotskistas, socialistas libertarios o marxianos marginados, por un lado, o los marxistas-leninistas excluidos en gran medida, por otro. Este fetichismo intelectual de la mercancía moviliza el valor simbólico del 68 como eslogan de marketing para promover la radicalidad discursiva de aquellas figuras que en gran medida habían dado la espalda al movimiento (y especialmente a los trabajadores). Incluso en el caso de las pocas figuras que podrían enumerarse como excepciones parciales a esta tendencia general debido a sus compromisos izquierdistas en su juventud -intelectuales como Lyotard, así como, en menor medida, Julia Kristeva y Jean Baudrillard, que aparentemente apoyaron el movimiento del 68 en ciertos aspectos (aunque Baudrillard se encontraba en Australia en aquel momento)-, el auge de sus carreras internacionales en la industria de la teoría global guarda una sorprendente correlación con la disminución de sus opiniones políticas más radicales102. El resultado final de todo esto es que la frontera izquierda de la crítica se ha desplazado hacia la derecha, pasando del marxismo u otras teorías anticapitalistas a un discurso supuestamente radical que carece de toda crítica sistémica y materialista del capitalismo y, lo que es más importante, de apoyo razonado a un sistema alternativo.

Revisor de hechos: Mix

Fetichismo de las Mercancías en Economía

En inglés: Commodity Fetishism in economics. Véase también acerca de un concepto similar a Fetichismo de las mercancías en economía.

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Introducción a: Fetichismo de las mercancías en este contexto

Un análisis de la noción de Marx de “fetichismo de la mercancía”, como teoría de la necesaria percepción errónea (inducida por el sistema) de las relaciones de producción subyacentes por parte de los participantes en los intercambios de mercado. Este tema puede ser de interés para los economistas profesionales. Se discute el atractivo de la noción para las dos principales tendencias opuestas del marxismo de mediados y finales del siglo XX: el humanismo marxista y el marxismo estructuralista. Se proponen razones para explicar el reciente declive del interés por el fenómeno tanto entre los economistas como entre los filósofos. Sin embargo, se sugiere que el concepto sigue siendo viable. Este texto tratará de equilibrar importantes preocupaciones teóricas con debates empíricos clave para ofrecer una visión general de este importante tema sobre: Fetichismo de las mercancías. Para tener una panorámica de la investigación contemporánea, puede interesar asimismo los textos sobre economía conductual, economía experimental, teoría de juegos, microeconometría, crecimiento económico, macroeconometría, y economía monetaria.

Datos verificados por: Sam.

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2 comentarios en «Fetichismo de las Mercancías»

  1. Por si no aparece bien: Varios participantes y comentaristas han señalado que hubo un apoyo al menos parcial al levantamiento por parte del profesorado. Sin embargo, con pocas excepciones, los estudiantes -y especialmente los trabajadores- implicados en la lucha fueron recibidos con recelo por los teóricos franceses más destacados. No estaban por la labor de cuestionar en la práctica el aparato de conocimiento de la sociedad capitalista, del que se beneficiaban materialmente, ni tampoco estaban por la labor de emprender la lucha del trabajo contra el capital. Por lo tanto, se mantuvieron al margen de la revuelta y esperaron a que pasara “la emoción (l’émoi)”, cuando no la criticaron o repudiaron directamente (l’émoi era el término preferido de Lacan para referirse a Mayo del 68, ya que rechazaba la idea de que fuera un acontecimiento, lo que le permitía hacer un sardónico juego de palabras con el homófono et moi?, al parecer para referirse a la pregunta narcisista de los del 68: “¿y yo?” o “¿qué pasa conmigo?”). Los implicados en la lucha fueron los verdaderos pensadores y actores del 68, mientras que los principales teóricos franceses que reaccionaron ante ellos fueron los pensadores anti 68 o, como mínimo, los escépticos teóricos del 68. Vale la pena señalar para concluir que cuando Castoriadis imaginó, como contrafactual, la respuesta de los manifestantes en las barricadas a la circulación de una antología de redacciones de Lacan, Derrida, Foucault y Bourdieu, exclamó: “en el mejor de los casos, habría provocado risas incontrolables; en el peor, habría hecho que el movimiento y los participantes perdieran la erección y se dispersaran”.

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