Globalización de los Mercados
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Globalización de los Mercados en el Derecho Medioambiental Global y Comparado
Globalización de los Mercados en relación con Desarrollo Sustentable
Esta subsección examina parte de la literatura y las principales ideas y reflexiones asociadas con globalización de los mercados en el contexto de Desarrollo Sustentable, el ambiente y el desarrollo sustentable. Asimismo, forma parte del contenido relativo a Aspectos económicos, localizable en la presente plataforma. Nota: Globalización de los Mercados forma parte del Plan de Estudios de varias universidades de México, España, Argentina, Colombia y otros países, en ocasiones en la especialidad de Derecho Ambiental.[rtbs name=”derecho-ambiental”][rtbs name=”desarrollo-sustentable”]
Globalización de los Mercados de Mercancías
La retórica de la globalización económica- o internacionalización de la economía- invoca la circulación de bienes, dinero e información, normalmente rápida, a veces promiscua, siempre en expansión. Las imágenes de la hipermovilidad abundan, por ejemplo, en los “paisajes del capital” que aparecen en la publicidad televisiva de las empresas desde la década de 1990. Del mismo modo, la literatura académica sobre las dimensiones culturales de la globalización, tipificada por el influyente ensayo de Appadurai de 1990, utiliza el tropo líquido de los “flujos” -movimientos no isomórficos de imágenes, personas e ideas que describen configuraciones cambiantes o “paisajes”: paisajes mediáticos, etnoescenarios, paisajes ideológicos, etc. Aunque se han planteado, con razón, preguntas sobre la intensidad, el alcance y la velocidad de estos movimientos, lo que me interesa aquí es cómo la actual fascinación por la movilidad a través de las fronteras ha impulsado investigaciones sobre la vida social y geográfica de determinadas mercancías. Esta labor detectivesca no se limita a los especialistas. Consideremos, por ejemplo, la avalancha de libros populares dedicados a rastrear a través del tiempo histórico y el espacio geográfico mercancías como el bacalao y la sal, las patatas y los diamantes, el carbón y el tabaco. (Es como si el renovado interés por la vida socioespacial de las cosas -siguiendo a cosas tangibles y ordinarias como el vidrio, el papel y las judías- hubiera surgido como una defensa terapéutica contra los espectros alienantes de la globalización.
Dentro de la academia, es innegable que la mercancía ha vuelto. Las mercancías, desde el atún rojo hasta la cáscara de maíz, han proporcionado vehículos materiales para narrar el cambio económico, el poder político y la identidad cultural. Improvisando sobre la rica idea de Kopytoff (1986) de las “biografías de las mercancías”, los investigadores han rastreado el movimiento de las cosas cotidianas a través de diversos contextos y fases de circulación. Muchos de estos ejercicios comienzan con el objetivo de demostrar cómo dicho movimiento vincula lugares geográficamente separados y conecta a productores y consumidores estratificados por clase, etnia y género; terminan con un argumento sobre cómo el significado de las cosas cambia en función del uso por parte de los agentes humanos en diferentes situaciones sociales. Así pues, los investigadores no se limitan a rastrear el movimiento de las mercancías a la manera mecánica de un radar o de un dispositivo de escaneo de códigos de barras; lo que es más importante, rastrean las relaciones sociales y los vínculos materiales que este movimiento crea y dentro de los cuales surge el valor de las mercancías.
Al mismo tiempo, los investigadores hacen hincapié en el modo en que la materialidad activa de las cosas no humanas -la heterocigosidad de las manzanas o la acidez erúcica de la colza- constituye estos mismos contextos sociales de uso. Es decir, los investigadores reconocen cómo la materialidad es una condición irreductible de posibilidad para una biografía de la mercancía, una condición que a veces desafía o supera la atribución de significado a las cosas por parte de los agentes humanos. El resultado general es una forma paradójica de fetichismo crítico consciente de sí mismo, una actitud de investigación muy adecuada para dar sentido a las circunstancias económicas en las que la acumulación de riqueza y la creación de valor parecen misteriosas y ocultas. Esta actitud responde, además, a un mundo en el que las perspectivas de las personas sobre los otros distantes se filtran a menudo a través del consumo de mercancías y/o su negación. De ahí que el seguimiento de las mercancías y el valor en movimiento se convierta en un medio para aprehender la “conciencia global” y el “trabajo de la imaginación” que a menudo se asocian con la globalización.
El fetichismo crítico -una mayor apreciación de la materialidad activa de las cosas en movimiento- conlleva ciertas cuestiones y desafíos metodológicos, que se abordan en escritos recientes de antropología y geografía. Para los antropólogos, las exigencias del seguimiento de las mercancías definen un modo de trabajo de campo que Marcus ha identificado como hacer etnografía “en/del sistema mundial”. Este tipo de trabajo de campo requiere que los etnógrafos trabajen en y a través de múltiples sitios de campo, para seguir a las personas (por ejemplo, los científicos y los comerciantes), las imágenes (por ejemplo, Rambo y Pokémon), y las mercancías de todo tipo (por ejemplo, el café y las flores), ya que se mueven de un lugar a otro y / o de nodo a nodo dentro de una red de producción y distribución. Marcus afirma que “la investigación multisituada se diseña en torno a cadenas, caminos, hilos, conjunciones o yuxtaposiciones de lugares en los que el etnógrafo establece alguna forma de presencia literal, con una lógica explícita de asociación o conexión entre sitios que de hecho define el argumento de la etnografía”. Las estrategias de seguimiento acercan así la antropología a la geografía al mismo tiempo que introducen un elemento de contingencia radical en el proyecto etnográfico, especialmente en los casos “en los que las relaciones o conexiones entre los sitios no son en efecto claras, cuyo descubrimiento y discusión son precisamente, de hecho, el principal problema, contribución y argumento del análisis etnográfico”.
Los geógrafos, acostumbrados desde hace tiempo a seguir las cosas y a cartografiar las distribuciones como áreas culturales, han debatido qué tipo de comprensión de las redes de mercancías lejanas debería lograr el fetichismo crítico. La exhortación de Harvey a “desplegar el concepto marxiano de fetichismo con toda su fuerza” se ha encontrado con refutaciones comprensivas de que “ponerse detrás del velo” del mercado implica tanto una posición privilegiada para el analista no mitificado como un énfasis indebido en el lugar de producción como fuente última del valor de una mercancía. En lugar de trazar una línea desde los actos de consumo culpable hasta la verdad oculta de los productores explotados, algunos geógrafos han retomado la preocupación antropológica por los símbolos y los significados para hacer hincapié en los intereses estratégicos y los conocimientos parciales con los que determinados actores se encuentran y construyen una mercancía en diferentes momentos de su circulación. El fetichismo crítico, en este enfoque, empieza por “reconocer la naturaleza fragmentaria y contradictoria de los conocimientos a través de los cuales se imaginan los sistemas de mercancías”.
El fetichismo crítico, en resumen, desafía una visión geográfica de la globalización como “una mancha de tinta que se extiende” y, en su lugar, promueve un reconocimiento espacial de la globalización como “parcial, desigual e inestable; un proceso socialmente disputado más que lógico en el que muchos espacios de resistencia, alteridad y posibilidad se vuelven analíticamente discernibles y políticamente significativos”. Este punto de vista es un efecto del cambio de metáforas, del abandono de la oposición entre “local” y “global” a favor de la idea de redes -redes más largas o más cortas, siempre en formación, compuestas por personas, artefactos, códigos, cosas vivas y no vivas. En este sentido, tanto los antropólogos como los geógrafos amplían el trabajo de los estudios científicos de Bruno Latour, incluyendo su énfasis en el papel de los “actantes” no humanos en la prolongación de las redes y el mantenimiento de la conectividad. El seguimiento de las mercancías en movimiento se convierte forzosamente en parte de una estrategia más amplia diseñada para identificar la agencia colectiva, distribuida dentro de una red, que permite la acción a distancia, una de las características de la globalización (o modernidad global) según teóricos como Giddens.
Los métodos y conceptos de las redes han surgido como un medio flexible para que los historiadores y sociólogos, así como los geógrafos, cuestionen tanto el concepto de globalización como un proceso único y uniforme como los supuestos en los que se basa el hablar de una “economía global”. En la interfaz de la antropología y la geografía, los métodos y conceptos de las redes se han utilizado para reunir el valor de intercambio y el valor de uso, los mercados y el significado, en un único marco analítico (Bridge y Smith 2003). Una definición ampliada de la creación de valor es fundamental a este respecto. La creación de valor se refiere a la especificación práctica del significado, es decir, a las acciones que definen y hacen visibles las relaciones entre las personas y las cosas. La creación de valor, en este sentido ampliado, abarca tanto la preocupación del economista político por el trabajo humano como actividad que produce medidas de valor (cuantitativo) como la aprehensión del valor (cualitativo) por parte del antropólogo cultural como producto de la diferencia significativa.
Lo que está en juego, pues, en la estrategia de seguimiento de mercancías específicas en movimiento es la promesa de un enfoque revisado de la cultura y el capitalismo. El análisis cultural se convierte menos en una cuestión de formular una lógica o un código distintivo compartido por un grupo de personas que viven en un lugar y más en una cuestión de trazar una red en la que las perspectivas de individuos situados de forma diferente se derivan tanto de sus diferentes experiencias en la red como de sus perspectivas sobre las perspectivas de otras personas – “sus mapeos aproximados de los significados de otras personas” (Hannerz 1992: 43). Este tipo de análisis mejora la apreciación de cómo las mercancías en movimiento atraen los deseos y estimulan la imaginación en la construcción tanto de la persona como del lugar. El análisis económico, a su vez, se convierte menos en una cuestión de trazar las operaciones de las instituciones -ya sean empresas transnacionales (ETN) o estados nacionales- y más en una cuestión de trazar una red de actividades y relaciones de creación de valor dispersas y dispares. Este tipo de análisis permite apreciar hasta qué punto la cultura interviene en la construcción de las mercancías (a través del diseño, la marca y el marketing) y en la producción de rentas de monopolio. El seguimiento de las mercancías en movimiento también conduce a la aparición de una política de consumo en torno a las disputas por el control del conocimiento intrínseco a la creación de valor.
Redes de mercancías
La metáfora de la red de mercancías pretende, sobre todo, poner en primer plano las conexiones entre los productores y los consumidores de mercancías, especialmente las conexiones desiguales entre los compradores del Norte y los cultivadores del Sur de, por ejemplo, flores y tomates. Sin embargo, la metáfora se presta a múltiples interpretaciones. En este artículo se analizan tres interpretaciones que se solapan: cadenas de productos básicos o cadenas de valor; circuitos de productos básicos o paisajes de productos básicos; y redes de actores híbridos. La segunda de estas interpretaciones, que analizo con mayor detalle, marca una convergencia entre la antropología y la geografía basada en la práctica etnográfica y en la atención a los significados que las personas atribuyen a las cosas.
Cadenas de productos básicos/cadenas de valor
El análisis de las cadenas de productos básicos sigue estando fuertemente asociado (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “associate” en derecho anglo-sajón, en inglés) a la teoría de los sistemas mundiales del sociólogo histórico Immanuel Wallerstein (1974). Hopkins y Wallerstein definen una cadena de mercancías como “una red de procesos de trabajo y producción cuyo resultado final es una mercancía acabada”. Para Gary Gereffi, sociólogo y destacado defensor de los enfoques de las cadenas globales de productos básicos (CGM), “una CGM consiste en conjuntos de redes interorganizativas agrupadas en torno a una mercancía o producto, que vinculan a los hogares, las empresas y los Estados entre sí dentro de la economía mundial”. Las cadenas mundiales de productos básicos poseen tres dimensiones principales: una estructura de insumos y productos, una territorialidad y una estructura de gobernanza. El trabajo de Gereffi se ha centrado en las estructuras de gobernanza, introduciendo una importante distinción entre las cadenas impulsadas por el productor y las impulsadas por el comprador. Las cadenas impulsadas por el comprador, que según Gereffi son cada vez más comunes en un mayor número de industrias, son cadenas en las que “las empresas que las controlan no son propietarias de las instalaciones de producción, sino que coordinan redes dispersas de fabricantes independientes y casi independientes”. Estas cadenas caracterizan y llevan a cabo la reorganización espacial y temporal de las redes de producción e intercambio que se suele asociar con el capitalismo contemporáneo: los sistemas de fabricación “justo a tiempo” y, en general, la transición de las empresas de gran volumen e integradas verticalmente a las redes empresariales distanciadas de gran valor. Lo que le interesa a Gereffi es la estructura contractual de estas cadenas, ya que esta estructura invierte la capacidad de gobernar la cadena no en las empresas que producen los productos básicos, sino en los grandes minoristas, los comerciantes de marca y las empresas comerciales. En consecuencia, las empresas líderes de las cadenas impulsadas por los compradores se centran en el desarrollo y la comercialización de los productos, mientras que subcontratan la producción y las funciones relacionadas con la producción a los proveedores.
Se ha criticado a Gereffi por restar importancia a las demás dimensiones de las cadenas de productos básicos. Dicken et al. (2001), por ejemplo, sostienen que Gereffi concibe la estructura de entrada-salida de las cadenas de productos básicos de un modo que oculta la compleja organización vertical, jerárquica y dinámica por la que fluyen los materiales, los diseños, los productos y los servicios financieros y de marketing. Del mismo modo, Smith et al. acusan a Gereffi de ignorar el papel de la regulación estatal y del trabajo organizado a la hora de afectar a la gobernanza y la localización de las cadenas de productos básicos. Estas críticas forman parte de un esfuerzo más amplio por complicar la comprensión de las redes de productos básicos reconociendo las acciones estratégicas territorialmente integradas “en el interior de los “nodos” o lugares de producción y venta al por menor dentro de cualquier cadena” y subrayando las “complejidades y contingencias que existen dentro y entre los actores”. Este esfuerzo ha sido especialmente característico de la investigación sobre la reestructuración global de las industrias agroalimentarias. Long (1996) propone, en consecuencia, un modelo de “redes de actores globales” que se forman y reforman en respuesta a los intereses, las opciones y los conocimientos de los actores que componen las redes. Estas “redes de interfaz” forman parte, a su vez, “de complejas cadenas alimentarias que vinculan a los productores con los comerciantes, las agencias estatales, las transnacionales, las empresas de supermercados, los proveedores de insumos agrícolas, las empresas de investigación y, finalmente, los consumidores de los productos”.
Una de las grandes virtudes del análisis de las cadenas de productos básicos, además de su énfasis en el proceso, es que sitúa la cuestión de la creación y la apropiación del valor en primer plano; de hecho, el término “análisis de las cadenas de valor” se ha propuesto como más inclusivo de la variedad de trabajos académicos que se realizan sobre las redes económicas inter y transnacionales, y la escala geográfica privilegiada del análisis de las cadenas de productos básicos inspirado en Wallerstein. No obstante, Gereffi no presta atención explícita a la conceptualización del valor en la estructura de insumos y productos, es decir, la “cadena de valor añadido de productos, servicios y recursos vinculados entre sí en una serie de industrias relevantes”. Gereffi, al igual que otros defensores de los enfoques de la CCG, imagina el movimiento repetido de insumos a productos como algo esencialmente lineal, un proceso secuencial de adición de valor, de adición de más productos y servicios. En este sentido, por supuesto, el punto de vista de Gereffi es coherente con la opinión de Hopkins y Wallerstein de que cualquier cadena de mercancías contiene una cantidad total de plusvalía apropiada, una cantidad total de riqueza que se distribuye de forma desigual a lo largo de la cadena. Esta distribución desigual distingue prácticamente la periferia del sistema mundial del núcleo, donde la plusvalía se acumula por definición.
La conceptualización de la adición de valor en el análisis de la CCG deriva de la misma “narrativa continuista” del valor que se encuentra en muchos relatos marxistas. Esta narrativa -una narrativa de crecimiento incremental- pretende identificar las desigualdades y, en sus versiones de política de desarrollo, recomendar cómo las empresas y/o los países pueden “mejorar”, es decir, acceder a actividades de mayor valor en una cadena global de mercancías. Para ello, es evidente la importancia de medir el valor (o los incrementos de valor añadido) con precisión, por ejemplo en términos de beneficios o precios. Sin embargo, al hacerlo, la narrativa privilegia el valor de cambio sobre el valor de uso o, dicho de otro modo, el valor cuantitativo (partes desiguales del valor total apropiado en la cadena) sobre el valor cualitativo (el significado de las mercancías para el usuario/consumidor). La narrativa continuista rechaza la posibilidad de bricolaje, de dar a las mercancías usos para los que no fueron diseñadas. Este rechazo despoja efectivamente a la definición de valor de su carga histórica y afectiva. Además, sugiero que la narrativa continuista oscurece aspectos importantes de la creación de valor en las cadenas de mercancías, especialmente en las cadenas impulsadas por el comprador, cada vez más comunes en las complejas industrias de ensamblaje como la electrónica y la automoción, así como en las industrias de bienes de consumo que producen alimentos, ropa y juguetes. El enfoque de los circuitos de cultura o commodityscape de las redes de mercancías aborda directamente esta carencia.
Circuitos de cultura/paisajes mercantiles
Gereffi ha identificado una reorganización de la estructura de entrada-salida de las cadenas de valor resultante de “un aumento de la importancia de las actividades que tienen que ver con los intangibles, como las tendencias de la moda, las identidades de marca, el diseño y la innovación, frente a las actividades que tienen que ver con los tangibles, la transformación, la manipulación y el movimiento de los bienes físicos”. Dicho de otro modo, el seguimiento de las mercancías y el valor en movimiento requiere ahora una atención mucho mayor a la cultura: la transformación, la manipulación y el movimiento de los significados. Este requisito es obvio en el caso de las mercancías móviles, que implican validaciones de autenticidad (véase qué es, su concepto; y también su definición como “authentication” en el contexto anglosajón, en inglés) cultural. Pero es igualmente convincente en el caso de las mercancías que ahora circulan en mercados de consumo cada vez más diferenciados, como el café y las frutas frescas. La construcción simbólica de estas mercancías a través de intensas actividades de marketing, incluida la investigación de mercado sobre las prácticas de consumo cotidianas, dirige la atención a los significados “externos” e “internos”. Mientras que los significados “externos” se refieren a la configuración de los términos en los que se pone a disposición una mercancía, el significado “interno” se refiere a los diversos significados que los distintos usuarios atribuyen a una mercancía. El ejercicio del poder influye en la configuración de ambos tipos de significado. De ahí el llamamiento de Cook y Crang (1996a: 134) a “centrarse en la materialización cultural de lo económico, de modo que lo cultural se reconozca cada vez más como lo que se produce, circula y consume económicamente”.
Dentro de la geografía y los estudios culturales, ha surgido un enfoque de “circuitos culturales” para estudiar cómo el movimiento de mercancías a menudo conlleva cambios en el valor de uso, es decir, cambios en el significado de las mercancías para los usuarios (incluidos los productores) situados en diferentes nodos de una red de mercancías. Este enfoque difiere del análisis de la CCG en tres aspectos relacionados. En primer lugar, se niega a tratar la producción como el momento o fase privilegiada en la historia de una mercancía y, en su lugar, rastrea la articulación de varios procesos distintos. Por ejemplo, en su estudio sobre el walkman de Sony, du Gay et al. afirman que “para estudiar el walkman culturalmente hay que explorar al menos cómo se representa, qué identidades sociales se asocian a él, cómo se produce y se consume, y qué mecanismos regulan su distribución y uso”. Una de las principales preocupaciones de esta estrategia, que se deriva de los estudios sobre los medios de comunicación, consiste en demostrar que los usos y significados que pretenden o prefieren los productores y diseñadores de una mercancía no son necesariamente los mismos significados que reciben o aprueban los consumidores/usuarios de una mercancía. En otras palabras, el consumo no es una actividad terminal ni pasiva, sino que es en sí mismo una fuente y un lugar de creación de valor. En este sentido, el enfoque de los “circuitos de la cultura” adopta una visión de la agencia del consumidor característica de las polémicas en los estudios de la cultura material que sitúan el consumo en “la vanguardia de la historia”.
En segundo lugar, como implica la metáfora de un circuito, el movimiento de una mercancía se trata como reversible y no lineal, sin principio ni fin. El circuito, además, no es un simple bucle, sino un conjunto de vínculos entre dos o más procesos que no está determinado ni es fijo. Por ejemplo, los anunciantes y los fabricantes convocan grupos de discusión y emplean a trabajadores de campo etnográficos para anticipar y modificar la forma en que los consumidores responderán a las representaciones y los diseños de los productos; las respuestas imprevistas de los consumidores hacen que la investigación nunca termine y, en cambio, aplique técnicas siempre nuevas. Así, algunos autores han defendido nuevas geografías materiales culturales desarrollando la idea de “circuitos de cultura culinaria”. Consideran que los alimentos “no sólo son artefactos culturales colocados, sino también desplazados, que habitan muchos tiempos y espacios que, lejos de estar claramente delimitados, se mezclan y, de hecho, se constituyen mutuamente”. La noción de desplazamiento hace hincapié en el movimiento y la interconexión, cuestionando cualquier vínculo esencial entre culturas o pueblos y lugares delimitados. Más concretamente, la noción de desplazamiento hace hincapié en cómo, aunque el consumo (de alimentos, por ejemplo) tiene lugar en contextos localizados, la definición de estos contextos surge a través de las conexiones con redes espacialmente expansivas o “sistemas de provisión” de productos específicos. Además, los materiales que circulan por estos sistemas están representados (por los minoristas, por ejemplo) geográficamente, como de un “origen” o “procedencia” particular: papayas jamaicanas o café de Sumatra.
El tropo del desplazamiento también implica variaciones históricas y espaciales en el conocimiento entre personas vinculadas dentro de un circuito de cultura (o red de mercancías). Algunos geógrafos, como Harvey (1990), tratan estas variaciones como el resultado de la ignorancia o la mistificación por la que los consumidores son ajenos a las huellas de la explotación laboral que se produce en lugares distantes y que marcan los artículos expuestos en las secciones de productos “frescos” de los supermercados o en los estantes de las tiendas de ropa. La segmentación de los conocimientos es, desde este punto de vista, el resultado de la supresión, es decir, la falta o ausencia de conocimiento sobre, por ejemplo, la procedencia de un producto y por qué es una ganga. Por el contrario, el enfoque de los circuitos culturales considera que los conocimientos situados o segmentados son el resultado contingente de una serie de prácticas, entre las que se incluyen los deseos activos de los consumidores, el trabajo simbólico de los vendedores y la agencia imaginativa de los productores que tienen ideas sobre las personas para las que cultivan claveles o los lugares donde terminan las prendas que cosen. Este enfoque obliga a los investigadores a identificar los medios por los que toda la variedad de actores de una red de mercancías crea e impugna lo que sabe un actor en un lugar determinado. En consecuencia, estos investigadores evitan explícitamente el papel de “legislador”, de revelar una estructura desconocida que sólo es visible para los ojos de un científico social capacitado, de exponer como un velo de ilusión lo que la mayoría de la gente considera verdad. En cambio, estos investigadores asumen la responsabilidad de representar las cosas -las cosas en movimiento- en toda su complejidad e incertidumbre. Como afirman Cook y Crang (1996a), la intervención crítica (o el fetichismo crítico) adopta aquí la forma de trabajar con el fetiche en lugar de intentar ir detrás de él.
Por último, aunque el enfoque de los CCG no es totalmente indiferente al lugar que ocupa el consumo (“demanda de los consumidores”) en una cadena de mercancías (véase, por ejemplo, Collins 2000; Goldfrank 1994; Korzeniewicz 1994), el enfoque de los circuitos de la cultura muestra de forma decisiva cómo importa el consumo. Empíricamente, este énfasis en el consumo, junto con el reconocimiento de los conocimientos segmentados, se traduce en un enfoque en la definición de la “calidad”, o lo que podría llamarse la construcción del valor cualitativo-valor producido dentro de un sistema de diferencias. Por ejemplo, documenta cómo los gestores comerciales que trabajan en las sedes de las principales empresas de venta de alimentos al por menor, como Safeway, median en la introducción de nuevas frutas exóticas a los compradores del Reino Unido mediante la producción de materiales instructivos. Los brillantes folletos y manuales “reencantan” los productos alimentarios, distinguiendo cualitativamente el kiwi y el mango de las frutas ordinarias y, al mismo tiempo, educando a los consumidores sobre las características y usos adecuados de estos alimentos. Además, el mero hecho de la disponibilidad de alimentos exóticos distingue a unos puntos de venta de otros, generando así valor cualitativo en otra dimensión de comparación.
Los procesos de construcción de valor cualitativo se ramifican en forma de circuito, conectando a los minoristas no sólo con los compradores, sino también con los productores agrícolas. Arce (1997: 180-2) relata la historia de un grupo de mujeres productoras de flores de Tanzania que fueron llevadas a los Países Bajos para ver de primera mano el funcionamiento de los mercados de flores y así aprender bien la importancia de la “calidad”, es decir, aprender bien la perspectiva de los consumidores de flores holandeses, tal y como la median los minoristas de flores. Al rastrear la red de mercancías por la que se mueven sus flores, se invitó a las mujeres a “interiorizar el valor de las flores” y a reconocer forzosamente como irrelevantes los criterios de textura, tamaño, etc., que informaban su propio disfrute de las flores. La historia de la mercancía de Arce indica cómo las definiciones dominantes de “calidad” -atribuidas rutinariamente a los gustos y preferencias de los consumidores soberanos- permean a través de los a menudo frágiles vínculos de una red de mercancías distanciadas. El control que ejercen los minoristas sobre la definición de la calidad desplaza a los cultivadores de cualquier posición privilegiada en dicha red; la producción local de claveles, uvas, mange-tout, etc., globalmente competitivos y comercializables, requiere la conciencia y el conocimiento de otros actores en otros lugares. Si las mercancías reencantadas incitan a los consumidores a fantasear con personas y lugares lejanos, las especificaciones de los productos de los gestores comerciales incitan igualmente a los productores a imaginar su ubicación en una red de relaciones espacialmente extensa.
Las definiciones de calidad conllevan consecuencias sociales, políticas y medioambientales desiguales, especialmente para los agricultores contratados. Las imágenes de una alimentación sana en Estados Unidos y Europa se traducen en el uso de pesticidas perjudiciales para la salud por parte de los campesinos caribeños y los proletarios centroamericanos que se esfuerzan por producir plátanos amarillos sin manchas. Las normas de calidad aplicadas a las uvas de exportación de Brasil intensifican los requisitos de mano de obra, que los empleadores satisfacen contratando a trabajadoras temporales no sindicadas con salarios bajos para que realicen las tareas de selección, recorte, cosecha y empaquetado, que son las que tienen “mayor importancia para la calidad final del producto”. Sin embargo, como insisten Long y Villareal, no debemos perder de vista cómo el movimiento de una mercancía dentro de una red de relaciones conlleva innumerables “negociaciones sobre el valor y su definición”. La calidad, tal y como la definen los minoristas y los gestores comerciales, es una de las muchas definiciones; otros valores de uso luchan por hacerse realidad. Por lo tanto, al adoptar una perspectiva orientada a los actores sobre las redes transnacionales de mercancías, podemos reconocer los “momentos de contestación del valor que tienen lugar en las interfaces críticas en las que se definen y negocian los discursos normativos y los intereses sociales”. Estos concursos pueden girar en torno a una colisión entre conocimientos inconmensurables, por ejemplo, los conocimientos de científicos, burócratas y campesinos vinculados en una red de mercancías. Pero, de forma más general, las multiplicidades y ambigüedades del valor están presentes en el funcionamiento de todas las redes de mercancías. Así, una cáscara de maíz puede tener valor para los consumidores estadounidenses como un artefacto de la “cocina étnica tradicional”; para los campesinos mexicanos como una moneda flexible para asegurar el trabajo de la cosecha; y para los migrantes mexicanos en los Estados Unidos como recuerdos festivos del hogar. La etnografía -multisituada o no- de un tipo no asociado (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “associate” en derecho anglo-sajón, en inglés) con el enfoque del CCG es, por tanto, necesaria para aprehender cómo “el uso y los significados de productos específicos” -su valor cualitativo- “se reensamblan y transforman continuamente” dentro de “arenas sociales situadas”.
Al destacar la construcción del valor cualitativo, el enfoque de los circuitos culturales une la economía y la cultura en un único marco analítico y define un punto de intersección entre los trabajos actuales de la geografía cultural/económica y la sociología rural, por un lado, y la antropología, por otro. Los intentos antropológicos de rastrear las mercancías y seguir los objetos en movimiento se derivan de un renacimiento de los estudios de la cultura material durante la década de 1980 que prestó nueva atención a los contextos y las prácticas de consumo. Del mismo modo, el uso que Appadurai (1986) y Kopytoff (1986) hicieron de la noción de biografías de las mercancías, con su énfasis en la circulación de las mismas, recuperó el consumo como una actividad importante a través de la cual las personas negocian y renegocian el significado -o el valor cualitativo- de las cosas. En gran medida, este énfasis en la circulación recordaba las discusiones antropológicas clásicas sobre el intercambio, personificadas en el famoso relato de Malinowski (1922) sobre el kula. No es de extrañar que Appadurai (1986) se basara explícitamente en la etnografía más reciente del intercambio kula para formular sus ideas sobre los “caminos” por los que se mueven las cosas y las “desviaciones” a las que están sujetas.
El ensayo de Appadurai también pretendía deshacer la dicotomía conceptual entre regalos y mercancías que informaba muchos análisis del intercambio en Melanesia y fuera de ella. En lugar de preguntarse qué es una mercancía, en la literatura se preguntaba cuándo cualquier “cosa” es una mercancía, es decir, en qué situación o contexto la intercambiabilidad de una cosa es una característica socialmente relevante. La “candidatura a mercancía” de una cosa varía, por tanto, a medida que pasa de una situación a otra, y cada situación está regulada por un “régimen de valor” diferente o un conjunto de convenciones y criterios que rigen el intercambio (véase Bohannan 1955; Steiner 1954). En consecuencia, “todos los esfuerzos por definir las mercancías están condenados a la esterilidad a menos que iluminen las mercancías en movimiento”. El control de este movimiento -su trayectoria, velocidad, transparencia y posibilidad misma- marca los parámetros de una política del valor.
La noción de “regímenes de valor” permite la posibilidad de que las situaciones de intercambio difieran en la medida en que los actores comparten las convenciones sociales y los criterios culturales para evaluar las mercancías. Thomas explota esta posibilidad en su estudio de cómo los europeos y los isleños del Pacífico se apropiaron de las cosas de los demás para satisfacer agendas divergentes; de este modo, hace un relato histórico de estos “objetos enredados” -mecates y jabón, telas de corteza y dinero de concha- como un ejemplo particular de la “sucesión de usos y recontextualizaciones” que caracteriza la vida social de la mayoría de las cosas. Thomas, además, subraya “la mutabilidad de las cosas en la recontextualización”; y este tema de la mutabilidad impregna el trabajo de muchos antropólogos que han rastreado la globalización a través del movimiento de las mercancías a través de las fronteras culturales. Buena parte de estos trabajos, incluido el libro de Thomas, se refieren a la recontextualización de la cultura material de los pueblos colonizados en los museos o los hogares de los coleccionistas de arte y turistas metropolitanos. Sin embargo, otros trabajos se ocupan de los bienes de consumo cotidianos que adquieren nuevos significados al salir de sus lugares de producción/consumo originales. Weiss, por ejemplo, yuxtapone la experiencia vivida con el café en Tanzania y en Europa, y sitúa el consumo de estilos de hip-hop afroamericanos en la vida de los jóvenes tanzanos. Mankekar (2002) ilustra cómo los productos de marca, como el jabón Hamam y el aceite capilar Brahmi Amla, permiten a los compradores de la diáspora en las tiendas de comestibles indias de California crear nociones variables de patria y familia. Incluso los productos de marca que suelen presagiar una homogeneidad cultural imperialista, como la comida rápida de McDonald’s, los refrescos de Coca-Cola, los parques temáticos de Disney y las muñecas Barbie han demostrado ser flexibles y estar sujetos a la domesticación por parte de los usuarios desde Taiwán hasta Trinidad. De hecho, un doble objetivo de los antropólogos que estudian el consumo transcultural ha sido recuperar la capacidad de acción de las personas a menudo representadas como receptores pasivos de importaciones extranjeras y demostrar, si no la resistencia cultural, sí la aparición de nuevas formas de heterogeneidad cultural.
El marco conceptual de Appadurai se presta fácilmente a seguir a las “mercancías itinerantes” a través de ámbitos sociales espacialmente distintos, para delinear una “ecumene de mercancías, es decir, una red transcultural de relaciones que vincula a productores, distribuidores y consumidores de una mercancía o conjunto de mercancías en particular”. Este tipo de ejercicio de composición de un paisaje de mercancías da lugar a la cartografía de una red de perspectivas (o circuito de cultura) que ofrece una visión de cómo los medios de vida y la imaginación de las personas están conformados -rara vez recíprocamente- por los medios de vida y la imaginación de otras personas. Las etnografías multisituadas organizadas en este sentido siguen siendo escasas y poco frecuentes -el innovador estudio histórico del azúcar de Mintz (1986) sigue siendo un modelo para muchos antropólogos-, pero sus contornos son cada vez más claros. Hansen (2000), por ejemplo, explora el mundo de la ropa de segunda mano como un sistema de provisión, es decir, una “amplia cadena de actividades entre los dos extremos de la producción y el consumo, cada uno de cuyos eslabones desempeña un papel potencialmente significativo en la construcción social de la mercancía tanto en sus aspectos materiales como culturales”. Su investigación la llevó a las tiendas de segunda mano del Ejército de Salvación en Chicago, a las plantas de clasificación de Utrecht, a los almacenes y tiendas mayoristas de Lusaka y a los puntos de venta y mercados de toda Zambia. En consecuencia, Hansen reconoce bien las limitaciones que implica la elección de puntos de vista desde los que considerar y componer el paisaje de las mercancías de la ropa de segunda mano. Los propios intereses teóricos de Hansen en la recontextualización de la ropa usada como moda deseable y en las formas en que los zambianos utilizan selectivamente la ropa para construir e impugnar identidades sociales la llevan a poner en primer plano el “duro trabajo del consumo”.
Steiner resuelve el problema del estudio de la circulación espacialmente extensa de los objetos de arte africanos centrándose etnográficamente en las actividades de los comerciantes africanos, “intermediarios que vinculan a los propietarios de objetos en las aldeas, o a los artistas y artesanos contemporáneos, con los coleccionistas, comerciantes y turistas occidentales”. Este enfoque responde al interés de Steiner por documentar una fase crucial de la biografía mercantil de los objetos africanos, a saber, el momento en que los comerciantes hacen pasar los objetos de una “esfera de valor “tradicional” como icono ritual o sagrado” a una “esfera de valor “modernista” como objeto de arte”. De este modo, Steiner ilustra eficazmente cómo las actividades comerciales de los comerciantes tienden un puente y dividen simultáneamente los conocimientos segmentados de productores y consumidores. En otras palabras, Steiner se sitúa como un investigador de campo en los mercados de Abiyán y en los puntos de abastecimiento de las zonas rurales de Costa de Marfil para trazar la interfaz de dos regímenes de valor distintos. Del mismo modo, Myers (2001, 2002) ha documentado la aparición de un “mercado de bellas artes aborígenes” siguiendo la circulación de pinturas de acrílico sobre lienzo a través de una red transnacional de personas (artistas aborígenes, asesores (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “assessors” en derecho anglo-sajón, en inglés) gubernamentales, galeristas) e instituciones (organismos estatales, medios de comunicación, museos de arte) que articulan de forma incómoda concepciones radicalmente diferentes de la propiedad, la creatividad y la personalidad.
Los antropólogos están aplicando deliberadamente el método de “seguir la cosa” a una gama cada vez más amplia de productos, desde especímenes minerales (Ferry 2005) hasta cuentas de matrimonio (Straight 2002) y nueces de karité (Chalfin 2004). El ambicioso programa de investigación de Bestor (2001) imita los movimientos de su objeto altamente migratorio, el atún rojo, impulsando al antropólogo desde los muelles de las aldeas pesqueras de Maine hasta las granjas comerciales de atún de la costa de Cartagena, pasando por Tsukiji, el enorme mercado mayorista de marisco de Tokio. Al igual que Steiner, Bestor se centra en los intermediarios, los diversos comerciantes (compradores, distribuidores, agentes) cuyas actividades conectan a los productores con los mercados y, a través de éstos, con los consumidores lejanos. En este sentido, su etnografía hace visible la economía política y la estructura social fragmentaria de la red mundial de mercancías del atún. Además, al igual que Hansen, Bestor elige determinados lugares para componer el paisaje de la mercancía, privilegiando a Tsukiji por sus efectos dominantes a la hora de gobernar los términos económicos y culturales (es decir, la definición dominante de atún rojo de “calidad”) del comercio mundial del atún. La creación de valor, cualitativo y cuantitativo, gira en torno a la gestión de conocimientos segmentados, es decir, en torno al despliegue estratégico por parte de los comerciantes de una imagen de gustos culinarios japoneses superiores y de una pericia esencialmente inescrutable en todo lo relacionado con el sushi. Bestor, por tanto, está tan interesado en describir el trabajo de la imaginación como en demostrar el trabajo del consumo, es decir, en describir “la imaginación de las mercancías en el comercio, como artículos de intercambio y consumo, así como la imaginación del socio comercial y los contextos sociales a través de los cuales se crean, modifican o abandonan las relaciones” (2001: 78) (se puede estudiar algunos de estos asuntos en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Foster (2002) describe de forma similar las formas en que los anunciantes transnacionales, los funcionarios de las empresas australianas y los consumidores de Papúa Nueva Guinea se imaginan a sí mismos y a los demás como parte de una ecumene global de mercancías de refrescos. Ramamurthy (2003) yuxtapone los anhelos contradictorios de las mujeres rurales de la India por los saris de poliéster con la simple visión de las “necesidades” de estas consumidoras-ciudadanas que tienen los directivos masculinos de la empresa transnacional que produce los saris. La gran promesa de la etnografía multisituada reside, pues, en su capacidad para combinar una visión sinóptica de las redes de mercancías (el sistema) con las visiones situadas de las personas a las que las redes conectan (múltiples mundos vitales). La contingencia y las contradicciones de las visiones situadas matizan la estabilidad y la coherencia de la visión sinóptica.
La composición de los paisajes de las mercancías y el trazado de los circuitos de la cultura presentan una paradoja. Estos enfoques se distinguen del enfoque GCC por sus descripciones más densas, a menudo basadas en la etnografía, de los procesos y relaciones sociales ramificados que generan y transforman el valor de las mercancías en movimiento. Pero los métodos convencionales de descripción gruesa -lo que Geertz (1998) denomina “investigación de campo localizada, a largo plazo, cercana y vernácula” y Clifford (1997: 58) denomina “práctica espacial de vivienda intensiva”- están en desacuerdo con las exigencias de seguir cosas móviles a través de múltiples sitios ocupados por tipos de personas muy diferentes que hablan tipos de lenguas vernáculas muy diferentes. El riesgo es que la investigación multisituada se convierta en una “etnografía de andar por casa”, una descripción delgada y superficial. A medida que los etnógrafos -geógrafos y antropólogos- asuman el reto de seguir la pista a la globalización, se enfrentarán cada vez más a la cuestión de revisar sus métodos de campo. Tal vez lleguen a la conclusión de que la idea del trabajador de campo solitario y heroico ya no sirve y que el seguimiento de las mercancías en movimiento invita inevitablemente al trabajo de campo en equipo.
Redes de actores híbridos
La construcción de redes de actores híbridos requiere que el investigador amplíe la descripción incluso más allá de la densidad de los circuitos de cultura o de los enfoques del paisaje de las mercancías. Este requisito se deriva del enfoque radicalmente deconstructivo y no esencialista (semiótico) de la teoría de las redes de actores (ANT), que no reconoce entidades discretas e independientemente existentes sino, más bien, sólo efectos o resultados relacionales. Estos efectos de las relaciones de red pueden incluir unidades de análisis social tan conocidas como las “empresas” o los “estados nacionales” (o incluso las “personas”), así como objetos cotidianos tan conocidos como los “teléfonos” y el “té”. Las redes son, en otras palabras, materialmente heterogéneas o híbridas, construidas con elementos humanos y no humanos, cada uno de los cuales ejerce su agencia (como “actantes”) afectando a la longitud y estabilidad de la red. La construcción de redes de actores híbridos es, por tanto, una forma de contar historias, de narrar cómo las redes toman y mantienen su forma (o no), inscribiendo a nuevas personas y cosas. Es la actuación continua e incierta de la red -la red como actor- más que la morfología fija de las redes lo que ocupa la atención del narrador.
Como marco para pensar en la globalización, la TNA ofrece, en primer lugar, una forma de explicar cómo se produce la acción a distancia. En lugar de postular fuerzas o instituciones globales (como las ETN) que afectan a las situaciones locales, la TNA anima a los investigadores a investigar empíricamente cómo las redes de relaciones mantienen y extienden su forma a través del espacio geográfico. (Dicho de otro modo, la ANT anima a los investigadores a mostrar cómo las redes producen o hacen el espacio como resultado material (Law y Hetherington 1999). Es la creación de redes más o menos largas, posibilitadas en parte por las nuevas tecnologías de la comunicación, lo que produce y mantiene el alcance global: la conexión de “mundos separados” en un “mundo único”. Por ejemplo, Law (1986) ha descrito la expansión portuguesa de los siglos XV y XVI en términos de la capacidad de los documentos (mapas y tablas), los dispositivos (astrolabios y cuadrantes) y las personas capacitadas (navegantes y marineros) para mantenerse unidos en una red continua. Dado que el trabajo en red siempre se produce de forma específica y material, seguirlo paso a paso nunca lleva a uno del “nivel micro” al “nivel macro” o a través de “los misteriosos limbos que dividen lo local de lo global”. La teoría de las redes de actores obvia así las distinciones binarias familiares entre lo global y lo local, o entre el núcleo y la periferia; las cuestiones de conectividad de la red eclipsan las cuestiones de escala espacial.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
No toda la investigación sobre la globalización inspirada en la ANT adopta una estrategia de seguimiento de los productos básicos en movimiento o de delineación de las redes de productos básicos (véase, por ejemplo, Olds y Yeung 1999). Pero los trabajos que se centran en las redes agroalimentarias empiezan por reconocer que “la ruptura del binario global-local… está intrínsecamente ligada a la ruptura del binario naturaleza-sociedad”. Por ejemplo, Busch y Juska (1997) narran la aparición y el declive de la red que surgió en torno a los esfuerzos de la Junta de Defensa de Canadá después de la Segunda Guerra Mundial para transformar la colza industrial en aceite comestible (canola), asegurando así un mercado nacional autosuficiente. Sin embargo, las propiedades materiales de la colza se opusieron a la inscripción de las plantas de colza en esta red. Es decir, la calidad deseable de la colza estaba “empaquetada” (Keane 2005) junto con una cualidad indeseable pero copresente, la acidez erúcica. De ahí que, como efecto de la materialidad de la colza, se inscribiera en la red de investigadores agrícolas que desarrollaron técnicas de cultivo de colza de baja acidez erúcica (LEAR). A su vez, el éxito de la producción de LEAR permitió la ampliación de la red de colza durante los años 70, cuando, bajo presión, Japón abrió su mercado interno a las semillas oleaginosas importadas. La historia de la red de colza traza, por tanto, combinaciones cambiantes (o collectif híbrido; Callon y Law 1995) de “actores” constituidos de forma diferente con propiedades materiales variadas; ni naturaleza ni cultura, sino estados del ser que se sitúan en algún punto intermedio. La noción de red de actores híbridos amplía, por tanto, la visión de Marx de la naturaleza como producto y condición del trabajo de los seres humanos, un producto y una condición que “contraataca”.
En un sentido significativo, la TNA confunde la estrategia de seguimiento de las mercancías, ya que sólo cuando una entidad -una semilla de colza- llega a ser “inscrita, combinada y disciplinada dentro de las redes”, adquiere forma y función; su forma y función -tanto material como semánticamente- no son fijas. Por ejemplo, Whatmore y Thorne (2000) narran historias de “elefantes en movimiento” que muestran cómo los cuerpos de los animales no humanos se enredan en extensas redes de conservación de la vida salvaje y de la ciencia. En diferentes momentos o nodos de estas redes, los cuerpos de los elefantes africanos se materializan como registros digitales en una base de datos informática, imágenes románticas en folletos de viajes y presencias corpóreas en zoológicos y reservas de caza. No obstante, la ANT es potencialmente aplicable a las redes de mercancías del tipo estudiado por los enfoques de la CCG y los circuitos de la cultura. Whatmore y Thorne (1997) describen la red de café de comercio justo que vincula a consumidores y organizaciones del Reino Unido con cooperativas y productores peruanos. Su preocupación, además de identificar a los actores heterogéneos -tanto humanos (funcionarios de aduanas, empleados bancarios) como no humanos (granos de café, lombrices de tierra)- en la red, es demostrar cómo, a pesar de sus diferencias, las redes agroalimentarias alternativas inscriben a muchos de los mismos actores que las redes comerciales dominantes en su intento de ampliar su alcance y mantener sus componentes ordenados y fuertemente relacionados.
Como indica el debate sobre el café de comercio justo, el enfoque de redes de actores híbridos no es indiferente a las cuestiones de poder, entendidas en gran medida como asimetrías dentro de las redes o entre ellas. Los actores no siempre disfrutan de las mismas opciones a la hora de inscribirse en una red, y algunos actores pueden funcionar más como intermediarios (inscritos) que como agentes (inscritos) dentro de una red. Algunas redes llegan más lejos y duran más que otras. Sin embargo, a diferencia de los enfoques del CCG o de los circuitos culturales, el vocabulario de los estudios de redes de actores híbridos no formula cuestiones de creación o acumulación de valor. En lugar de adumbrar una teoría del valor adecuada a las desigualdades que se dan en las redes de mercancías distanciadas, la economía política de las redes de actores híbridos corre el riesgo de convertirse en un relato de las estrategias masculinistas de los actores (en su mayoría humanos) para posicionarse como agentes eficaces. Debido a que el enfoque de las redes de actores híbridos está impulsado empíricamente, es “relativamente “modesto” en su alcance (lo que se explica) así como en su potencial de generalización (lo que puede explicarse)”. La importancia crítica más significativa del enfoque bien podría residir en su capacidad como lenguaje sofisticado para desafiar las prácticas de conocimiento y los dualismos ontológicos realizados por personas poderosas -políticos, científicos y banqueros- y codificados por entidades autorizadas no humanas -leyes, máquinas y cuerpos diseñados de plantas y animales.
Políticas y perspectivas
La retórica política del análisis inspirado en las cadenas de productos básicos consiste en desenmascarar y exponer, en revelar una red de conexiones ocultas por la distancia espacial o el sistema mágico de la publicidad o incluso, como en el caso de las semillas de maíz híbridas, por la fuerza sancionada por el Estado del secreto comercial. Esta retórica señala cómo la “tensión entre conocimiento e ignorancia” determina tanto la trayectoria como el valor de las mercancías en movimiento. De ahí que tanto los investigadores como los activistas intenten reparar la disyuntiva de conocimiento que hace que los consumidores de ropa o juguetes caros o frutas frescas ignoren los abusos que sufren los productores mal pagados de estas mercancías. La conciencia y la preocupación de los consumidores educados del Norte pueden aprovecharse para empoderar a los trabajadores explotados del Sur mediante una serie de esfuerzos para mejorar las condiciones laborales. Entre estos esfuerzos se encuentran varios sistemas prometedores de etiquetado de “comercio justo” y “orgánico” que garantizan unos precios mínimos al productor, así como campañas empresariales para presionar a los minoristas para que garanticen que los productos de marca se fabrican en condiciones no explotadoras. Estos sistemas implican inevitablemente una lucha política por la definición de normas laborales y medioambientales justas y son vulnerables a la cooptación por parte del marketing corporativo de nicho. Además, se basan en la fe en la educación pública, en la creencia de que educar a los consumidores sobre sus responsabilidades y educar a los productores sobre sus derechos son medios necesarios, si no suficientes, para crear una cooperación a larga distancia y lograr la justicia social. Conectar y educar a consumidores y productores de esta manera requerirá, por tanto, nuevas formas de pedagogía y planes de estudio (por ejemplo, véase Miller 2003; McRobbie 1997), activismo en los medios de comunicación y organización laboral entre trabajadores, sindicatos, ONG, grupos religiosos y activistas estudiantiles (véase, por ejemplo, el sitio web del Comité Nacional del Trabajo).
Queda mucho trabajo por hacer en la cartografía de las redes de productos básicos que funcionan sin publicidad, incluidas las redes de productos básicos no agroalimentarios, como los productos farmacéuticos y los productos reciclados, como los neumáticos usados y la chatarra. El objetivo no es elaborar un inventario exhaustivo de las mercancías, sino más bien idear formas de entender la circulación y la acumulación de valor en todo el mundo que no presupongan ni privilegien a los Estados nacionales ni a las empresas transnacionales como actores centrales. Queda aún más trabajo por hacer en el seguimiento de los flujos de mercancías ilícitas como las drogas, los “diamantes de sangre” y las armas (van Schendel y Abraham, de próxima publicación). La antropóloga Nancy Scheper-Hughes (2000) ha comenzado a exponer las redes que vinculan a los donantes de órganos, los médicos y los receptores de trasplantes en un oscuro comercio transnacional de hígados, riñones y otras partes del cuerpo. Scheper-Hughes también ha creado Organs Watch, una organización internacional de derechos humanos y justicia social dedicada a elaborar y difundir “un mapa preciso y evolutivo de las rutas por las que circulan los órganos, los cirujanos, el capital médico y los donantes” (Organs Watch, sunsite.berkeley.edu/biotech/organswatch/). Sus esfuerzos han conseguido que el funcionamiento del tráfico de órganos en todo el mundo llame la atención de un amplio público.
Si los análisis de la cadena de mercancías fomentan la desfetichización al exponer la red a los consumidores, los enfoques de los circuitos de cultura/paisaje de las mercancías sugieren cómo los consumidores encantan la red al reinsertarla en relaciones de confianza. En este sentido, las iniciativas de comercio justo permiten a los consumidores y a los productores superar los efectos desprotectores del mercado impersonal y relacionarse entre sí en términos que van más allá del precio, términos que reintegran un “sistema abstracto” en relaciones sociales basadas en otros valores. (Del mismo modo, las normas ecológicas o verdes permiten a los consumidores reinscribir la producción y el consumo de productos básicos en “procesos naturales” (Raynolds 2000, 2002). El comercio justo acerca a los consumidores y a los productores, no en busca de una comprensión común de la calidad, como en el caso de los cultivadores de flores de Tanzania, sino en busca de una distribución equitativa del valor. Así, el comercio justo hace uso de la imaginación, permitiendo a los consumidores situarse en un paisaje de mercancías espacialmente extenso. Cook et al. (2004) han afirmado que los geógrafos necesitan nuevas técnicas para proporcionar a los consumidores recursos que les permitan imaginar su ubicación en el paisaje de las mercancías, sobre todo teniendo en cuenta que los minoristas y los comercializadores compiten por proporcionar recursos de su propio diseño. Estas técnicas podrían implicar formas no convencionales de escribir las redes de productos básicos (compárese con Clifford y Marcus, 1986), formas que, como la descripción etnográfica multisituada de Cook de una red de productos básicos de papaya, podrían imitar las estrategias de montaje iniciadas por los cineastas. Del mismo modo, Cook, Evans et al. (2004) también abogan por nuevas formas de educación pública no didáctica; son tan escépticos en cuanto a la persuasión de las desmitificaciones defendidas por Hartwick (2000) como Hartwick duda de las ofuscaciones de la ANT. El reto que Cook, Evans et al. (2004) identifican es el de permitir a los propios consumidores (concretamente a los estudiantes de geografía de Cook) enfrentarse a su propia “perplejidad”, es decir, a la conciencia de que su subjetividad supera y confunde todos los llamamientos a comprar de forma ética, patriótica o hedonista.
📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras: Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.Todo enfoque de redes de actores híbridos hace hincapié en la porosidad de las fronteras entre las personas y las cosas, y por lo tanto proporciona un lenguaje analítico coherente para discutir muchas de las ansiedades provocadas por las redes de mercancías contemporáneas, como las preocupaciones sobre los alimentos modificados genéticamente y la enfermedad de las vacas locas (Whatmore 2002). Este lenguaje también proporciona una forma de discutir los esfuerzos de muchos activistas del Comercio Justo y de los Verdes para crear redes de mercancías alternativas, conjuntos de personas y cosas que excluyen ciertos agentes: pesticidas químicos, hormonas de crecimiento, intermediarios voraces, etc. Estos esfuerzos a menudo se encuentran con las limitaciones impuestas por el trabajo dentro y contra los acuerdos de mercado dominantes, como las prácticas comerciales de certificación (Raynolds 2003b). La aparición de la agricultura apoyada por la comunidad (CSA) -en la que los miembros de la comunidad comparten la cosecha y sus riesgos con los agricultores ecológicos locales- puede entenderse, por tanto, como un intento de acortar la red, es decir, de acortar la cadena de suministro de alimentos a través de la cual los hogares se abastecen. En otras palabras, los enfoques de redes de actores híbridos pueden volver a presentar las “cosas” al público de tal manera que “se modifique la representación que el público tiene de sí mismo con la suficiente rapidez como para que se haya hecho el mayor número de objeciones a esta representación”. Por lo tanto, es un lenguaje potencialmente político, que motiva la acción basada en una ética relacional.
El lenguaje de las redes de actores híbridos -al igual que la metáfora de las redes de mercancías- ofrece una forma de pensar de forma crítica sobre los flujos de objetos (y personas) tan a menudo asociados a la globalización. Pero también se hablan dialectos de este lenguaje en los “paisajes del capital” que se conjuran a partir de representaciones menos críticas de la globalización. De ahí un texto promocional del grupo NYK (Nippon Yusen Kaisha) sobre los retos del transporte marítimo mundial: “Hoy en día, la logística del transporte de mercancías en todo el mundo se coordina a una escala cada vez más compleja e inmensa. Para responder a las demandas específicas de los clientes, el Grupo NYK ha ampliado su red global al tiempo que ha evolucionado sus servicios y medios de transporte”. El Grupo NYK afirma que se centra siempre en el gemba, que en japonés significa “in situ”, donde las mercancías se ponen realmente en movimiento. Así pues, este es el lenguaje de la ANT -la ampliación de la red, que siempre es local, para actuar a distancia- expresado en un anuncio de la revista New Yorker. ¿Puede, en efecto, el estudio de las redes de mercancías avanzar lo suficientemente rápido en la modificación de la representación que el público tiene de sí mismo cuando es sólo uno de los muchos “discursos de conectividad global” que compiten entre sí?
Como técnicas para rastrear la globalización, la cartografía de las redes de mercancías y el seguimiento de las cosas en movimiento no son fines en sí mismos. El énfasis metodológico inicial en las cosas discretas debe dar paso a un énfasis en las relaciones. Desde el punto de vista teórico, el método debería explicar cómo el valor -tanto cuantitativo como cualitativo- se crea de forma variable y se distribuye de forma desigual en y a través de relaciones contingentes o conjuntos de personas y cosas. Desde el punto de vista político, el método debería ampliar las ideas de los estudios de la cultura material sobre la agencia del consumidor, yendo más allá de la celebración de la capacidad de autofabricación creativa a través de la recontextualización de las mercancías y hacia una visión de la ciudadanía del consumidor responsable. Esta visión implica la articulación de la agencia del consumidor -en la forma práctica del comercio justo o la CSA- con redes de personas y cosas que realizan la justicia social y el cuidado del medio ambiente. Establecer estos vínculos conceptuales y éticos redimirá la promesa del análisis de las redes de mercancías como fetichismo crítico y evitará una involución hacia una cartografía irreflexiva.
Datos verificados por: Sam
Recursos
Véase También
Bibliografía
Prieur, Michel, Droit de l’Environnement, Paris, France, Dalloz, 1991.
Tyler Miller, G, Ecología y Medio Ambiente, México, Grupo Editorial Iberoamericana, 1994.
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