Militancia
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Militancia en las Ciencias Sociales Latinoamericanas
Etimología y uso común. Militante: del latín militantis, que milita.
Almirante ha hecho en un diccionario militar una observación curiosa y que en la estructura del idioma castellano sigue siendo tan de actualidad como cuando él la escribió: la de que militante, participio del verbo militar; es la palabra menos militar, la que en la milicia no tiene ninguna aplicación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Hay Iglesias militantes, partidos militantes, pero todo esto es civil y en lo militar no hay nada militante.
Militar: del latín militare, servir en la guerra o profesar en la milicia. Por extensión figurar en una agrupación o entidad análoga. Militar en un partido político. Fig. Haber o Concurrir en una cosa alguna razón o circunstancia particular.
Iglesia militante: congregación de los fieles que viven en este mundo en la fe católica (Espasa Calpe, Encidopedia Universal. Ilustrad. a Europeo Americana, Madrid, Barcelona, 1933).
América Latina. El concepto de militancia puede ser definido como la culminación de un proceso progresivo compuesto por:
a) el conocimiento de una realidad a modificar; b) una síntesis conceptual en la que se elabora un plan estratégico de partido, de dirección de masas, o una decisión individual; y la actividad de transformación en sí misma, considerada en su faz individual o colectiva. Esta última, en su forma ideal, es una práctica con alto grado de utopía, desvinculada de las gratificaciones económicas a la que está sujeta cualquier otra práctica social.
Se realizará el análisis de la militancia religiosa y la política como las dos formas más relevantes de la práctica militante.
Militancia religiosa
El tratamiento de la militancia religiosa y alguna de sus formas puede sondearse en el estudio de las religiones orientales, el ‘viejo judaísmo y el protestantismo, que llevó a cabo Max Weber en el contexto de su conversación con el espíritu de Marx, que se expandía en el clima intelectual europeo de fines del siglo XIX (M. Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Madrid, “Revista de Derecho Privado”, 1955).
Es oportuno hacer notar cómo los valores religiosos pueden tener fundamental implicancia en la conducta de los individuos; luego, se podrá precisar y comprender, la influencia de la religión en una práctica social determinada: la práctica militante.
Entonces, siguiendo a Weber, es necesario “discernir si en la formación cualitativa y la expansión cuantitativa de ese espíritu por el mundo (el espíritu capitalista) han tenido parte fuerzas religiosas, y de ser así en qué medida” (M. Weber, op. cit.). El cómo han tomado parte las fuerzas religiosas marcará una aproximación a la militancia religiosa.
Un aspecto por considerar es cómo el protestantismo ascético se manifestaba a través del hombre común y a través del militante y en qué medida, ambos, hombre común y militante, eran una misma cosa.
Si al hombre común que profesaba el protestantismo se lo considera un militante por el grado de entrega efectiva a la práctica religiosa entonces sí es plausible la proposición de Weber de que el protestantismo produjo la racionalidad capitalista.
Así, se puede reconocer, en un todo de acuerdo con Weber, la importancia de la ética protestante como un aspecto causal para la formación dé la moderna racionalidad capitalista. Por supuesto, esa influencia se articuló, como es obvio, a través de una práctica militante en la Iglesia y en asociaciones voluntarias de diverso tipo.
Lo que debe ponderarse como relevante es un aspecto de la religiosidad protestante que dio origen a una metódica devoción al trabajo y a la actividad empresarial y su implicancia en la cultura del éxito. Se constataba una clara diferenciación entre los católicos y los protestantes, en cuanto a la implementación efectiva de su fe religiosa. Los primeros adoptaban prácticas militantes solo cuando se encontraban en condición de oprimidos o por lo menos de minoría (aquí se nota un cruce evidente con lo político); mientras que entre los protestantes se verificaba una actitud militante cotidiana con características de ascetismo y de racionalidad, independientemente de su pertenencia clasista.
En primera instancia se pueden explicar estas diferencias apelando a un fundamento religioso. Por un lado, el carácter extraterreno del catolicismo que estimularía en sus fieles una actitud apática a las cosas mundana mientras que el protestantismo influye en una dirección opuesta: secular, materialista, hedonística; mundana. El protestante es más militante, el católico solo es fiel (feligrés).
Dentro de la teología cristiana Lutero y sobre todo Calvino propendieron a la identificación de la práctica cotidiana con la religiosidad; en otras palabras: el cumplimiento de los valores terrenales es la única manera aceptable de vivir para Dios y, además, la condición de sentirse en la tierra, como salvos, seguros de sí mismos. Esto último estimulaba las actitudes heroicas y ascetas, como, por ejemplo, aquellas de los mercaderes pioneros del capitalismo (roles que todavía se verifican en el presente).
Esa autoconfianza de sentirse salvos aumentaba a medida que se intensificaba la actividad terrenal; en una palabra: la vida militante frente a la vida común.
El carácter de la religiosidad asiática (China e India) en cambio fue una forma especial de conocimiento místico; se llegaba a él por un “vaciamiento de las experiencias de este mundo” (M. Weber, op. cit.).
Esta práctica militante se hacía en la tierra, pero con un fin extraterreno y sagrado. Los religiosos estaban situados en lo alto de la estratificación social mientras que la magia y los mitos oscurecían la conciencia de las masas.
En este caso el cruce con lo político dio origen a líderes carismáticos, pero, dedicados a tareas solo religiosas con intereses extraterrenos. Se nota el contraste con el judaísmo antiguo, expresado sobre todo en los profetas que también eran líderes carismáticos pero que, en su carácter de militantes puros, instrumentaban lo religioso con un fin de reivindicación terrena. Sin detenerse en el análisis de movimientos con un fin primordialmente religioso, como fueron las Cruzadas y las luchas de la religión a fines de la Edad Media en Europa, es interesante pasar directamente a considerar otra relación de la religiosidad con lo político. Dentro del espíritu occidental y cristiano, se manifiesta, precisamente, en el contenido de la orientación postconciliar, que se trasladó al Tercer Mundo y particularmente a América Latina conectada con la problemática de la liberación neocolonialista.
La primera visita de un papa Pablo VI a América Latina, realizada a mediados de la década del sesenta, sus alocuciones de carácter desarrollista y la complementación que luego hicieron los obispos reunidos en Medellín en este último caso con una denuncia clara del neocolonialismo, calificándolo de tiranía duradera y evidente en términos de la Encíclica “Populorum Progressio” conformaron el marco doctrinario de los curas tercermundistas que, en distintos países de Latinoamérica, comenzaron a desarrollar una actividad militante. Dicha actividad no se realizó solo en el estrecho ámbito del templo o la parroquia, sino que llegó inclusive hasta la guerrilla, acompañando al proceso de orientación socialista característico de la década del sesenta, para luego también acompañar el retorno de dicho proceso a los cauces de la democracia republicana y de los gobiernos de derecha con apoyo militar; reubicándose el movimiento tercermundista en el marco institucional de la Iglesia con una postura antitradicional, es decir, como “los entusiastas del Vaticano II” (H (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Borrat y A (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Buntig, El Imperio y las Iglesias, Ed. Guadalupe, Bs. As., 1973).
Militancia política
Se encuentran en Lenin variantes de la práctica militante que demuestran un claro objetivo político revolucionario frente al objetivo economicista, tradicionista, oportunista y terrorista.
El objetivo revolucionario se llevaría a cabo a través de la unidad de voluntad, acción y disciplina dentro del partido, cuyos cuadros intelectuales ejercen una práctica militante organizada en contra del espontaneísmo de las masas y el terrorismo desorganizado de los anarquistas.
Precisamente, la variable disciplinaria de la militancia se verifica con claridad en la orden de Lenin de retirar la consigna hasta ese momento más revolucionaria: “Todo el poder a los soviets” (1917), ya que en la masa de trabajadores se había cristalizado esa consigna revolucionaria y eran estos mismos, y no su órgano de representación, los que tenían que dar el golpe definitivo.
En Gramsci, partiendo de su original conceptualización (bloque de poder, bloque ideológico, crisis orgánica, crisis y situación revolucionarias, transformismo, cesarismo) se pueden detectar importantes características de la práctica militante. Considerando su concepción del intelectual orgánico como líder de partido, caudillo de comité de fábrica, maestro de escuela dedicado a la política, periodista político, se observa que este concepto de intelectual (político) obviamente se enfrenta al del intelectual tradicional y trasciende la burda identificación del intelectual con el artista o el hombre ilustrado y se equipara con el concepto de militante.
Los intelectuales orgánicos, según el pensador italiano, pueden conformar el “bloque ideológico”, marco donde se efectúa el vínculo orgánico, es decir son agentes de ese vínculo entre la superestructura y la infraestructura que constituyen el “bloque histórico”.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Cuando estos agentes pierden representatividad y consecuentemente el control sobre la clase subalterna, comienza a romperse el vínculo, el bloque ideológico entra en disolución y se consolida la “crisis orgánica”.
Ésta, según como se organice y mantenga la militancia, puede durar decenios sin pasar a ser “crisis revolucionaria”.Entre las Líneas En otras palabras, puede ser periódicamente recuperada por el sistema.
Lo que interesa es cómo debe ser hecha esa militancia para que se dé la crisis revolucionaria. Los militantes deben preparar, organizar y mantener los marcos de representación en el campo del socialismo contraponiéndolos a los marcos de la burguesía. Ejemplo: los consejos de fábrica frente a los sindicatos.
Parafraseando a Gramsci, si esa militancia no está bien hecha, se puede recuperar la crisis de la siguiente manera: la reacción capta a los intelectuales militantes de la clase subalterna colocándolos como cuadros de un nuevo bloque ideológico más adaptado para frenar la insurgencia. Esto es lo que Gramsci llamó “transformismo” y que no es otra cosa que una militancia que no asume variantes de revolucionaria, según la tradición del pensamiento marxista sobre la política. [rtbs name=”introduccion-a-la-politica”]
Este marco teórico se aplica a la fractura entre la actividad del militante de base, del dirigente y/o del burócrata. Mientras la actividad militante desde la base es agresivamente reivindicativa y manifiesto, claramente una ideología de cambio, el estilo burocrático es “realista” y centrista ya que debe operar, por necesidad, con los mismos valores que el adversario. Si esta última táctica, o apelación a medios, se rutiniza transformándose en un fin se convierte en “antitética de la revolucionaria” (J. W. Cooke, Peronismo y Revolución, Granica Editores, Bs. As., Argentina, 1973, 3a. ed.) y es firmemente objetada por las bases.
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Militancia
Militancia en la Enciclopedia Jurídica Omeba
Véase:
Recursos
[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Notas y Referencias
- Nidia M. Fontan y Carlos M. Catuogno (autores originales), adaptado y corregido (por Lawi) de los términos latinoamericanos que debían formar parte del Diccionario de Ciencias Sociales en español de la UNESCO, publicado en 1975 bajo la dirección de Salustiano del Campo y al amparo del Instituto de Estudios Políticos. Es el resultado de la postura crítica y disidente del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) frente al diccionario de la UNESCO y su respuesta con la obra colectiva “Términos latinoamericanos para el Diccionario de Ciencias Sociales”, publicada en 1976.
Véase También
Sufragio Femenino
Bibliografía
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