Monarquía Romana o de Roma
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Introducción
La fundación de Roma en el siglo VIII, específicamente en el año 753 a.C., fue producto de la lucha e interrelación entre las culturas latina (Ramneses), sabina (Ticiences) y etrusca (Luceres) entre otras, siendo de origen etrusco la palabra Roma (Ruma).
Roma pasó por las siguientes formas de gobierno: Monarquía (753 a.C. – 510 a. C.), República (510 antes de la era común – 27 a. C.), Imperio (27 antes de la era común – 284 d. C.).
Cada uno de estos modelos poseía peculiares características referentes al desarrollo del derecho público de la ciudad Romana en cuanto a su estructura legal. El Derecho Romano es uno de los tres más importantes sistemas jurídicos occidentales, actualmente denominado sistema neorromanista (España, Francia y México); los dos restantes son el sistema anglosajón (Estados Unidos y Inglaterra) y el del ex-mundo socialista (Polonia) (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Ahora bien, la diferencia entre el sistema neorromanista y el anglosajón estriba en que el primero era elaborado por legisladores y el segundo por jueces, es decir, se diferencían en cuanto a su origen. La Constitución de Roma es un ordenamiento no escrito, pero a pesar de eso, fue una constitución en el sentido amplio de la palabra, teniendo como función principal controlar el poder.
La importancia del Derecho Romano en cuanto a la expansión de sus fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) territoriales y espaciales, estriba en la influencia que recibió de varios derechos extranjeros (referido a las personas, los migrantes, personas que se desplazan fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de forma temporal o permanente, y por diversas razones) y al predominio que tuvo sobre muchos pueblos. Gracias a compilaciones escritas como el Corpus Iuris Civiles, actualmente conocemos las instituciones jurídicas-políticas que rigieron a Roma, gracias a lo cual, gobiernos posteriores han podido incorporarlas a sus respectivos Estados.
Fuente: Anónimo
Monarquía de Roma: los reyes agrarios de Roma
Cuando Rómulo murió, muchos años después de haber enterrado a Tito Tacio, los romanos dijeron que el Dios Marte le había raptado para conducirle al cielo y transformarle en Dios, el Dios Quirino. Y como a tal le veneraron a partir de entonces, como hacen hoy los napolitanos con san Genaro.
Le sucedió, como segundo rey, Numa Pompilio, al que la tradición nos describe como mitad filósofo y mitad santo, como lo fue varios siglos después Marco Aurelio. Lo que más le interesaba eran las cuestiones religiosas. Y dado que en esta materia debía de existir una gran anarquía porque cada uno de los tres pueblos veneraba sus propios dioses, entre los cuales no se alcanzaba a comprender cuál era el más importante, Numa decidió poner orden. Y para imponer este orden a sus rencillosos súbditos, hizo cundir la noticia de que cada noche, mientras dormía, la ninfa Egeria iba a visitarle en sueños desde el Olimpo, para transmitirle directamente las instrucciones para ello. Quien hubiese desobedecido, no era con el rey, hombre entre hombres, que habría tenido que habérselas, sino con el padre eterno en persona.
La estratagema puede parecer infantil, mas también hoy sigue arraigando, de vez en cuando.Entre las Líneas En pleno siglo veinte, Hitler, para hacerse obedecer por los alemanes, no supo escoger otro mejor. Y, de vez en cuando, descendía de la montaña de Berchstegaden con alguna nueva orden del buen Dios en el bolsillo: la de exterminar a los hebreos, por ejemplo, o la de destruir Polonia. Y lo bueno es que, al parecer, también él se lo creía.Entre las Líneas En estos asuntos, la Humanidad no ha progresado mucho desde los tiempos de Numa.
Sin embargo, también en esta leyenda acaso hay un fondo de verdad, o, al menos, una indicación que nos permite reconstruirla. Hayan sido los que fueren sus nombres y sus orígenes, los de la antiquísima Roma, más que verdaderos reyes debieron de ser Papas, como por lo demás lo era el «arconte Basileo» en Atenas.
En aquellos tiempos, todas las autoridades se apoyaban ante todo en la religión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El poder del mismo paterfamilias, o jefe de casa, sobre la esposa, los hermanos menores, los hijos, los nietos y los siervos, era más que nada el de un sumo sacerdote a quien el buen Dios había delegado ciertas funciones. Y por esto era tan fuerte. Y por esto las familias romanas eran tan disciplinadas. Y por esto cada cual asumía los propios deberes y los cumplía en la paz y en la guerra.
Numa, al establecer un orden de prioridad entre los varios dioses que cada uno de los varios pueblos que la formaban se habían traído a Roma, realizó tal vez una obra política fundamental: la que después permitió a sus sucesores, Tulio Hostilio y Anco Marcio, conducir el pueblo unido a las guerras victoriosas contra las ciudades rivales de la región. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Mas, como poderes políticos auténticos, no debían de tener muchos, porque los más grandes y decisivos permanecían en manos del pueblo que les elegía y ante el cual tenían siempre que responder.
Esto, de por sí, no significaría nada, porque en todos los tiempos y bajo cualquier régimen quien manda dice que lo hace en nombre del pueblo. Mas en Roma no se trató de palabrerías, al menos hasta la dinastía de los Tarquinos, los cuales, por lo demás, perdieron el trono precisamente porque quisieron quedarse sentados como dueños en vez de como «delegados». Y la división del mando estaba hecha aproximadamente así.
La ciudad estaba dividida en tres tribus: la de los latinos, la de los sabinos y la de los etruscos. Cada tribu estaba dividida en diez curias, o barrios. Cada curia, en diez gentes, o manzanas de casas y cada una de éstas, en familias. Las curias se reunían generalmente dos veces al año, y en estas ocasiones celebraban el comicio curiado, que, entre otras cosas, se ocupaba también de la elección del rey, cuando uno moría. Todos tenían igual derecho de voto. La mayoría decidía. El rey desempeñaba su cargo.
Era la democracia absoluta, sin clases sociales, la cual funcionó mientras Roma fue un pequeño y pacífico villorrio habitado por poca gente que raramente asomaba la cabeza fuera de los muros. Después, los habitantes aumentaron y aumentaron también las exigencias. El rey, que antes, además de decir la misa, o sea de celebrar los sacrificios y los otros ritos de la liturgia, debía aplicar también las leyes, o sea actuar de juez, ya no tuvo tiempo para asumir todos estos cometidos y comenzó a nombrar «funcionarios» a quienes encomendárselos (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Así nació la llamada «burocracia». El que había sido ante todo un sacerdote, se torna obispo y designa párrocos y curas que le ayuden en las funciones religiosas. Después, necesita también de quien provea a los caminos, al censo, al catastro, a la higiene y nombra personas competentes que se ocupen de esos asuntos (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Así nace el primer «ministerio»: el llamado Consejo de los Ancianos o Senado, constituido por un centenar de miembros que eran descendientes, por derecho de primogenitura, de los pioneros venidos con Rómulo a fundar Roma y que, al principio, tan solo tienen la misión de aconsejar al soberano, pero que después se tornan más influyentes.
Y por fin nace, como organización estable, el Ejército, basado a su vez sobre la división en las treinta curias, cada una de las cuales había de proporcionar una centuria, o sea cien infantes, y una decuria, o sea diez jinetes con sus caballos. Las treinta centurias y las treinta decurias, o sea tres mil trescientos hombres, constituían juntas la legión, que fue el primero y único cuerpo de Ejército de la antiquísima Roma. Sobre los soldados, el rey, que era su comandante supremo, tenía derecho de vida o de muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] Mas tampoco este poder militar lo ejerce de manera absoluta y sin control. Dirige las operaciones, pero después de haber pedido consejo al comicio centuriado, o sea a la legión en armas, cuya aprobación solicita también para el nombramiento de los oficiales que en aquellos tiempos se denominan pretores.
En suma, todas las precauciones habían sido tomadas por los romanos para que el rey no se convirtiese en un tirano. Tenía que quedarse en «delegado» de la voluntad popular. Cuando una bandada de pájaros pasaba por los aires o un rayo partía un árbol, era deber suyo reunir a los sacerdotes, estudiar con ellos lo que querían decir aquellos signos, y, si le parecía que significaban algo no muy bueno, decir qué sacrificios había que hacer para aplacar a los dioses, evidentemente ofendidos por algo. Cuando dos particulares litigaban entre sí y acaso uno robaba o degollaba al otro, no era asunto suyo ocuparse de ello. Mas si uno cometía algún delito contra la comunidad o el Estado, entonces se lo hacía conducir a su presencia por unos guardias y tal vez le condenaba a muerte. [rtbs name=”muerte”] [rtbs name=”pena-de-muerte”] [rtbs name=”pena-capital”] Por lo demás, no podía tomar decisiones. Tenía que pedirlas en tiempo de paz a los comicios curiados y en tiempos de guerra, a los centuriados. Si era astuto, lograba, como todavía ocurre hoy, presentar como «voluntad del pueblo» la suya personal. De lo contrario, tenía que soportarla. Mas siempre tenía que rendir cuentas, para ejecutarla, al Senado.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Tal era la ordenación que el primer rey de Roma, haya sido o no Rómulo, y fuese la que fuere la raza a la que pertenecía, dio a la Urbe. Y tal fue la que su sucesor Numa dejó a su sucesor Tulio Hostilio, que era de temperamento mucho más vivaz.
Éste llevaba en la sangre la política, la aventura y la codicia.Si, Pero: Pero el hecho de que el comicio le hubiese elegido precisamente a él por soberano, significaba que, tras los cuarenta años de paz que le asegurara Numa, toda Roma tenía muchas ganas de pegar puñetazos. De los burgos y ciudades que la circundaban, Alba Longa era la más rica e importante. No sabemos qué pretexto escogió Tulio para declararles la guerra. Tal vez ninguno. Mas ocurrió que un buen día los atacó y las arrasó, por bien que la leyenda haya transformado aquel acto de fuerza en un acto caballeresco y casi simpático. Dícese, en efecto, que ambos ejércitos remitieron la suerte de las armas a un duelo (véase más información, y sobre sus dos significados) entre tres Horacios romanos y tres Curiacios albalonganos. Éstos mataron a dos Horacios.Si, Pero: Pero el último, a su vez, les mató a ellos y decidió la guerra. Permanece el hecho de que Alba Longa fue destruida y su rey atado por las dos piernas a dos carros que, lanzados en dirección opuesta, le despedazaron (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma digital de ciencias sociales y humanidades). Así fue cómo Roma trató a la que consideraba como su madre patria, la tierra de donde decía que sus fundadores habían venido.
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Fuente: Indro Montanelli, 1957
Bibliografía
Marta Morineau Iduarte. Diccionarios Jurídicos Temáticos. Volumen 6. Oxford. México, 2002
José María Sáinz Gómez. Derecho Romano I. Noriega Editores. México, 1991.
Sergio Sandoval de la Maza. Diccionario Etimológico. Litoprint. España, 1995
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