Montoneras
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Montoneras en las Ciencias Sociales Latinoamericanas
La categoría histórica. La expresión montoneros es un americanismo que designa a los integrantes de una montonera, es decir, grupo de jinetes que pelean en montón, sin orden militar regular, durante las guerras de independencia y civiles que tienen lugar en el continente después de 1810. Las montoneras son, entonces, tropas irregulares, guerrilleros americanos participantes de las luchas contra el poder colonial español y entre las distintas facciones políticas nacionales que aparecen como consecuencia de aquéllas.
No obstante su carácter continental, esta entrada se limita a considerar solo las montoneras argentinas. Aparecen a partir de las acciones militares de José Artigas, el caudillo oriental (es decir, de la Banda Oriental entonces integrante del virreinato del Río de la Plata, luego llamado Provincias Unidas, que más tarde constituirá la República Oriental del Uruguay); a quien se tiene como su iniciador. Al respecto, el general José María Paz que las combate política y militarmente describe así la llamada “famosa táctica de infantería de Artigas”:
“Serían las dos de la tarde cuando las guerrillas enemigas empezaron a ser reforzadas. Esto siguió en una progresión tan creciente que las nuestras, que eran de caballería, tuvieron que recogerse al campo cercado. Muy luego presentaron su línea, que siguió avanzando, pero que hizo alto para dejar obrar a lo que llamaban su infantería. Esta consistía en unos hombres armados de fusil y bayoneta que venían montados habitualmente y que solo echaban pie a tierra en ciertas circunstancias del combate. Nunca formaban cuando estaban desmontados en orden unido, y siempre iban dispersos como cazadores; formaban parejas, y para ello hacían servir sus amistades y relaciones personales, de modo que tenían ese vínculo más para protegerse mutuamente y no abandonarse en el conflicto. A presencia del enemigo, y sin desmontarse, se desplegaban en guerrilla, y cuando habían llegado a la distancia conveniente echaban pie a tierra, quedando uno con los dos caballos y avanzándose el compañero algunos pasos para hacer fuego, el cual continuaba mientras se creía conveniente. Algunas veces se conservaba a caballo el uno, teniendo de la rienda el caballo del que se había desmeritado. Si eran cargados y se veían precisados a perder terreno, saltaban en sus caballos con rara destreza, y antes de un minuto habían desaparecido; si, por el contrario, huía el enemigo, montaban con igual velocidad para perseguirlo; y entonces obraban como caballería, por más que sus armas no fuesen las más adecuadas [.. ].
Es por demás decir que esta operación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). de su infantería era sostenida por cuerpos de caballería, que conservaban generalmente a su inmediación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y agrega poco más adelante: “Lit montonera, que compuesta de tropas irregulares, estaba poseída de un entusiasmó extraordinario, el que unido al brío y valor natural de nuestros campesinos, les daba una ventaja en los combates individuales (digámoslo así) al arma blanca que es la que regularmente se emplea en los ataques de caballería. ” José María Paz, Memorias del general…, hay varias ediciones. Las citas corresponden al capítulo IX. Aquí han sido tomadas de la selección realizada por Martha Cavilliotti, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1967, pp. 4142 y 45.)
Pero el significado de las montoneras como categoría histórica no se agota en el mero hecho militar. Contemporáneos de ellas más específicamente sus enemigos políticos nos han dejado las primeras acotaciones y reflexiones sobre su contenido social. Se trata, a veces, de intentos analíticos que pretenden s1;1perar la descripción para dar lugar a la explicación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En algunos casos manifiestamente en Sarmiento se plantean puntos de partida correctos que se desarrollan erróneamente, persiguiendo objetivos políticos. Hay en esas reflexiones dos primeras constataciones empíricas:
a) el carácter rural de las montoneras; y
b) su aparición como consecuencia del proceso revolucionario.
Podría agregarse un tercer aspecto motivo de ásperas (y falseadas) polémicas en las historiografías argentinas, el de la relación de estas masas rurales con sus caudillos, una línea de análisis no tentada aún con criterios científicos.
Así, puede leerse en el Facundo: “Este movimiento espontáneo de las campañas pastoriles fue tan ingenuo en sus primitivas manifestaciones, tan genial y expresivo de su espíritu y tendencias [. “]. El individualismo constituía su esencia, el caballo, su arma exclusiva, la pampa inmensa, su teatro […]. La misma lucha de civilización y barbarie de la ciudad y el desierto existe hoy en África [se refiere a Argelia]; los mismos personajes, el mismo espíritu, la misma estrategia indisciplinada, entre la horda y la montonera. Masas inmensas de jinetes que vagan por el desierto, ofreciendo el combate a las fuerzas disciplinadas de las ciudades, si se sienten superiores en fuerza, disipándose como las nubes de cosacos, en todas direcciones, si el combate es igual siquiera, para reunirse de nuevo, caer de improviso sobre los que duermen, arrebatarles los caballos, matar los rezagados y las partidas avanzadas; presentes siempre, intangibles por su falta de cohesión, débiles en combate, pero fuertes e invencibles en una larga campaña, en que al fin, la fuerza organizada, el ejército, sucumbe diezmado por los encuentros parciales, las sorpresas, la fatiga, la extenuación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). ” (Domingo Faustino Sarmiento, Facundo; hay innumerables ediciones. Citamos de la edición del Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1967, capítulo 4, pág. 63.) Es fácil apreciar cómo el autor se maneja con criterios puramente descriptivos, atendiendo a coincidencias formales, para tentar una comparación entre dos situaciones históricas muy distintas; claro que por razones ideológicas, lo que a él le interesa fundamentalmente es destacar la falsa dicotomía a su juicio verdadera) entre “civilización y barbarie”, donde la primera es siempre Europa occidental y Estados Unidos, y la segunda invariablemente los pueblos de América, África y Asia, Pero más allá de esto lo que merece destacarse y rescatarse es esta correcta apreciación sarmientina “La montonera solo puede explicarse examinando la organización íntima de la sociedad de donde procede” (en la obra citada, pág. 64). De esta premisa en la que coinciden investigadores y autores de las más dispares posiciones teóricas y metodológicas, no obstante, no se han desarrollado análisis rigurosos, mediatizados y falseados por lecturas políticas (en el peor sentido de la expresión).
Pero sigamos. Juan Bautista Alberdi coincide con alguna de las apreciaciones anteriores, en un texto por lo demás polémico con el anterior. Dice: “Artigas y su sistema de guerra la montonera surgió de la revolución de la independencia. No podía tener una forma más natural y normal, la guerra de la revolución sudamericana, que era de sublevación de pueblos rurales esparcidos en vastos territorios, accesibles solo a caballo, contra la vieja autoridad española; establecida en las ciudades, que representan, por eso mismo, el atraso y el pasado régimen colonial. ” (Originariamente Facundo y su biógrafo, reimpreso como La barbarie histórica de Sarmiento, Ediciones Pampa y Cielo, Buenos Aires, 1964, pág. 31). Acotemos que en este trabajo Alberdi sostiene, a la ‘inversa de Sarmiento, que en el Río de la Plata no son las campañas las que representan la barbarie, sino las ciudades, pues son aquéllas las que con su producción (ganadera) crean la riqueza del país.
El último testimonio que traemos a colación es nuevamente del general Paz. Discurriendo sobre el proceso de disolución del poder central, el enfrentamiento político entre los unitarios y federales (década de 1820), acota algunas reflexiones de interés. Nos interesa destacar aquí para un análisis crítico que sin embargo no haremos la observación de que la guerra civil combina aspectos de distinta índole (social, económica, política, para decirlo en términos amplios y ambiguos). Más precisamente, indica (capítulo IX) que hay una sublevación de “la parte ignorante contra la más ilustrada [de] los pobres contra los ricos, y con este odio venían a confundirse los celos que justa o injustamente inspiraba a muchos la preponderancia de Buenos Aires” (en la obra citada, pág. 46), agregando luego (capítulo X) que la facción federal en la que tradicionalmente se engloba a las montoneras mudaba a “la gente del campo [9ue] se oponía a la de las ciudades”, a “la plebe que se quería sobreponer a la gente principal”, a. ”las provincias [que], celosas de la preponderancia de la capital querían nivelarla”, y a “las tendencias democráticas que] se oponían a las miras aristocráticas y aun monárquicas que se dejaron traslucir cuando la desgraciada negociación del príncipe de Luca. ” (J. M. Paz, Memorias, en la obra citada, pág. 51).
Paz tiene la suficiente lucidez política y militar para distinguir a su enemigo y saber por qué y cómo lucha.Entre las Líneas En una apreciación que no habrán compartido todos los detractores de la montonera señala a continuación de las anteriormente citadas: “Debe agregarse el espíritu de democracia que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy seductor ver a esos gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe dando la ley a las otras clases de la sociedad, para que no deseasen imitarlo los gauchos de las otras provincias. LO era también para los que se creían indicados para acaudillarlos, ver a Artigas, Ramírez y López entronizados por el voto de esos mismos gauchos y legislando a su antojo. Acaso se me censurará que haya llamado espíritu democrático al que en gran parte causaba esa agitación, clasificándolo de salvajismo; mas, en tal caso, deberían culpar al estado de nuestra sociedad, porque no podrá negarse que era la masa de la población la que reclamaba el cambio. Para ello debe advertirse que esa resistencia, esas tendencias, esa guerra, no eran el efecto de un momento de falso entusiasmo como el que produjo muchos errores en Francia; no era tampoco una equivocación pasajera que luego se rectifica; era una convicción errónea, si se quiere, pero profunda y arraigada. De otro modo sería imposible explicar la constancia y bravura con que durante muchos años sostuvieron la guerra hasta triunfar en ella” (pág. 52 de la edición citada). Sin duda, una investigación rigurosa debe someter al análisis crítico observaciones como las anteriores, pero ello no descarta su valor testimonial.
Tal vez corresponda señalar otro aspecto que caracteriza el accionar de las montoneras: la violencia. Este elemento ha sido motivo de juicios valorativos por lo general unilaterales, mas no sometido a explicación, salvo parciales y no siempre felices excepciones. Es otro punto por investigar, más allá del hecho obvio de que toda guerra supone el ejercicio de la violencia, un acto de fuerza.
La categoría analítica. Si como categoría histórica la expresión montoneras es útil y necesaria, resulta insuficiente para una lectura científica de la realidad que ella designa. Es necesario, entonces, “traducirla” a categoría analítica. Y aquí surgen varios problemas de orden teórico y metodológico, cuyo tratamiento escapa a las posibilidades espaciales de esta entrada. Haremos, pues, algunas acotaciones con carácter de guía o esquema de análisis.
Diremos, en primer término, que las montoneras argentinas constituyen uno de los temas más controvertidos, menos estudiado o investigado y peor explicado de la historia argentina. El juicio valorativo, la calificación peyorativa o enaltecedora (según la óptica del autor o la corriente historiográfica) han reemplazado al análisis, la explicación y la comprensión del proceso que se inscribe en el centro de las luchas sociales y políticas del país entre 1810 y 1880. Corresponde hacer un balance crítico de las distintas posiciones que se pueden encontrar sobre el particular, como tarea integrada a la investigación científica del problema que nos ocupa. Por razones ya apuntadas, tampoco podemos ocuparnos aquí de ese balance.
En segundo lugar, diremos que las apreciaciones que van a continuación constituyen parte de una investigación en curso, siendo por tanto de carácter provisorio, experimental, y sujetas a revisión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Se trata, por ahora, de hipótesis de trabajo y como tales debe considerárselas. (Algunas de ellas fueron ya adelantadas en Waldo Ansaldi y Silvia Palomeque, Contribución al estudio de la dependencia argentina, 18091829, Universidad Nacional de Córdoba, Facultad de Filosofía y Humanidades, Tesis de licenciatura, 1972, mimeo, particularmente pp. 185-197.)
Analíticamente, el “modelo” explicativo que aparece como más correcto es el que pretendemos construir a partir de las apreciaciones sobre las clases subalternas, sistema hegemónico, sociedad civil y sociedad política, crisis orgánica, etc., formuladas por Antonio Gramsci y de una riqueza inexplorada e injustamente marginada.
En tal sentido, el punto de partida inicial es la consideración de las montoneras como expresión de las clases subalternas rurales argentinas en el período de transición que va de la ruptura del orden colonial a la constitución de una sociedad capitalista dependiente del imperialismo, integrada a la división internacional del trabajo, y con todos sus atributos formales del Estado burgués. (…)
Ese período de transición o de pre-acondicionamiento al sistema capitalista imperialista mundial (o global) constituye, a nuestro juicio, la fase que lleva del sistema de la economía mercantil a la economía capitalista, predominando el desarrollo de un proceso de acumulación originaria de capitalismo ganadero en la región del litoral atlántico y fluvial (particularmente en Buenos Aires).Entre las Líneas En términos generales, es posible constatar en la economía rioplatense un acentuado desarrollo desigual y combinado de distintos modos y /o formas de producción; no se trata de coexistencia de economías duales, sino de considerar una formación económico social en la cual, naturalmente, existe un modo de producción dominante que decide el carácter de esa formación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En nuestro caso el modo de producción dominante es el capitalismo ganadero de Buenos Aires (más tarde del Litoral), que vive su etapa de acumulación originaria, al cual se subordinan todas las formas precapitalistas imperantes en el Interior (y en la misma región dominante).Entre las Líneas En la medida en que esa forma de producción capitalista crece y las segundas se estancan o crecen mucho más lentamente, la desigualdad de desarrollo existente en las distintas regiones del país se torna cada vez mayor y asume un carácter necesario y combinado que hace posible aquel crecimiento. Sobre esa estructura capitalista (mejor, de transición de la economía mercantil simple a la capitalista) comienza a levantarse el edificio jurídico político correspondiente (mucho más rápida y nítidamente después de 1860): es decir, comienza a constituirse un bloque histórico regional dominante (el Litoral). La combinación de la desigualdad social que une a la clase dominante porteño-bonaerense con las dominantes del Interior muestra la subordinación de éstas (precapitalistas o insuficientemente capitalistas), para las cuales esa subordinación expresada a través de una alianza es necesaria para mantener y extender su dominio de clase (económica, política y socialmente, a nivel regional y/o provincial); para la clase dominante porteñolitoralense, tal alianza también es a fortiori necesaria para reforzar y ampliar su hegemonía. Esta relación intraclases/interregiones, mucho más compleja de lo aquí sugerido, aparece como una constante de larga duración en la historia argentina del último siglo y medio: la hegemonía de la burguesía bonaerense cierra, primero, el acceso al mercado exterior (control de la aduana, de la navegación interior) a los competidores del Litoral y del Interior; más tarde, sienta las bases de la concentración industrial (con todo lo que lleva aparejado), que alcanza proporciones desmesuradas en la actualidad.
Todo ese período de transición constituye la historia del acomodamiento de fuerzas económicas, sociales y políticas para dirimir el carácter de la sociedad argentina al interior de un sistema mundial (o global) que será dominado por la fase monopolista, imperialista, del capitalismo. Y cuando el país se inscriba en la dependencia imperialista, la hegemonía alcanzada por el Litoral no solo permite que la región crezca económicamente (primero a través de la ganadería; luego de los cereales; más tarde de la industria y mediante la combinación de estas tres producciones), sino que ella destruye toda posibilidad de cuestionar esa hegemonía (en el cuadro de relaciones de producción capitalista, es decir, sin un revolucionamiento de la sociedad). La burguesía porteño-bonaerense lucha contra los sectores precapitalistas del Interior y contra los ganaderos del Litoral fluvial; más tarde (cuando la “organización nacional”), ha de saldar las diferencias con éstos (que solo quieren libertad de navegación de los ríos Paraná y Uruguay para acceder directamente al mercado mundial) y juntas se dedican a reprimir a los sectores que traban el libre desarrollo de su expansión (sean precapitalistas como los gauchos y los indios, o bien planteen formas superiores que cuestionen total o parcialmente esa hegemonía como la montonera acaudillada por Felipe Varela, o el capitalismo paraguayo). De allí la “conquista del desierto”, el exterminio y extrañamiento de la población indígena, la persecución a los gauchos, el genocidio (véase su historia, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, adoptada y abierta a la firma y ratificación, o adhesión, por la Asamblea General en su resolución 260 A (III), de 9 de diciembre de 1948 y que entró en vigor el 12 de enero de 1951, de conformidad con el artículo XIII, y la aplicación de este tratado multinacional) paraguayo, la ocupación del Chaco. No es casual que después de la batalla de Pavón (1861, donde Buenos Aires se impone políticamente sobre la Confederación Argentina) prácticamente desaparezcan los antagonismos entre ‘unitarios” y “federales” (para usar este cómodo rótulo que esconde mal una realidad compleja), al menos en los términos en que hasta entonces se habían producido. No es casual tampoco que los últimos levantamientos montoneros Peñaloza, Varela, López Jordán sean aniquilados por la conjunción de esas fuerzas.
Los enfrentamientos regionales que signan todo el período en cuestión encuentran parte de su razón de ser en la proporción en que deben repartirse los fondos recaudados por la Aduana de Buenos Aires en concepto de gravámenes provenientes del comercio exterior (fenómeno que ya había advertido Alberdi, contemporáneo de ellos), en las propuestas disímiles de organización política (régimen federal o centralizado), en los conflictos de clase (ínter e intraclase), en la oposición a la hegemonía porteña, y en varias razones más que una investigación rigurosa deberá desvelar y explicar. Y en esos conflictos, provocados y liderados por las fracciones y los sectores sociales dominantes en cada región las clases subalternas van a remolque de aquéllas, salvo contadas e importantes excepciones: las montoneras de Artigas, Güemes y Varela (en menor medida la liderada por Peñaloza), la resistencia popular a la guerra con el Paraguay, el planteamiento proteccionista correntino (…), por ejemplo.Si, Pero: Pero en estos casos es fácil apreciar su impotencia para constituir una verdadera alternativa viable y con posibilidades de discutir la hegemonía (en ese sentido, la expresión más alta está dada por el movimiento oriental), y también cómo aquellas fracciones dominantes deponen o relegan sus conflictos de intereses (en el sentido de Pierre Vilar) para unirse frente a sus enemigos de clase. Por otra parte, si bien no existen estudios serios, fundados y “documentados, es evidente que la base social de los ejércitos o contingentes armados que se enfrentan es siempre la misma: sectores sociales subalternos son impelidos a la guerra tanto por “porteños” como por “provincianos”, constituyendo la carne de cañón. El “unitario” Paz y el “federal” Quiroga forman sus ejércitos con población rural (peones, labradores, arrieros, etc.), al igual que Lavalle y Dorrego, que Aráoz de Lamadrid, Ibarra, López, Varela.., etc. Hay indios peleando para Rosas, para Urquiza y para Mitre… He aquí una línea para investigar, donde convendrá precisar muy bien conceptos como campesinos, economías y sociedades campesinas, en relación con la cuestión de cómo las masas rurales argentinas no devinieron una clase campesina revolucionaria, y a la originalidad de ‘la protesta rural rioplatense: la no reivindicación de la tierra (con la excepción del movimiento oriental).
Aquí corresponde introducir una nueva hipótesis: parece correcto sostener que a partir de la ruptura d l orden colonial se abre una crisis orgánica, en la cual para decirlo todavía en los términos de Gramsci “vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeños burgueses intelectuales) pasaron de golpe de la pasividad a una cierta actividad y plantearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). ” (Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1972, pág. 63.) Esta crisis encuentra solución hacia 1880, con el triunfo de la clase dirigente y la derrota total de las clases subalternas, privadas de dirección y tornadas a la pasividad política.Si, Pero: Pero aquí se produce un corte, pues la aparición de un proletariado (la clase obrera industrial; el término pasó a ser de uso general después de que se popularizara en los escritos de Karl Marx) importado altera el carácter y el contenido de las luchas de las clases dominadas: las montoneras han muerto definitivamente.
Puede concluirse señalando las hipótesis específicas que se están considerando en nuestra investigación sobre las montoneras argentinas, reiterando la provisoriedad que tienen los contenidos de esta entrada. Diremos entonces que durante el siglo XIX en Argentina un país esencialmente rural y en tránsito de la economía mercantil simple a la capitalista la acción de las clases subalternas rurales se expresa a través de movimientos sociales conocidos como montoneras.
Algunos de estos movimientos tienen un carácter primitivo (en el sentido que le da Eric Hobsbawm, aunque la expresión parece poco feliz), mientras otros suponen proyectos elaborados (los acaudillados por José Artigas y Felipe Varela, por ejemplo, en el comienzo y en el final de la protesta rural); en su conjunto, unos y otros se inscriben en un período de acumulación originaria, el cual “implica una redistribución de clases en gran escala y en plazo (véase más detalles en esta plataforma general) relativamente breve” (Sergio Bagú). Nuestra investigación no contempla todavía el análisis de los sectores urbanos de las clases subalternas argentinas en el mismo período.
En segundo lugar, estos movimientos o esta protesta rurales tienen tal carácter por las relaciones sociales de producción existentes. No se trata de la grosera “interpretación” de considerarlos tal por el espacio físico en que las montoneras actúan y se proveen de vituallas y combatientes, sino por la estructura económica que las origina y las relaciones de clase que expresan. Esto parece obvio, pero no parece innecesario reiterarlo y explicitarlo mediante la investigación: cuando alcanzan buena difusión algunas versiones de las luchas sociales del, siglo pasado en las que se sostiene: “Es exacto que la montonera surge en zonas agrarias.Si, Pero: Pero es estructuralmente agraria solo [sic] en cuanto la constitución de la montonera está condicionada por regiones que ofrezcan hombres y caballadas suficientes” (Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, Facundo y la. montonera, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1968, pág. 119.) En tercer lugar debe distinguirse el hecho de que las montoneras argentinas movilizan solo a algunos sectores componentes de las clases subalternas rurales: los peones, labradores, arrieros, artesanos del Interior y del Litoral fluvial (no hay montoneras en Buenos Aires, donde se da la militarización de los asalariados de estancias, sin que por ello éstos pierdan su carácter de clase subalterna), fundamentalmente en las regiones del primero (La Rioja, en primer lugar), Vale decir: a menor desarrollo de relaciones sociales de producción capitalista (e incluso mercantil simple), mayor desarrollo de movimientos montoneros. Las montoneras del Interior con, al menos, la excepción de la encabezada por Felipe Varela expresan por lo general la resistencia a la penetración capitalista, mientras las del Litoral fluvial, en cambio, se movilizan por una adaptación a esta penetración, buscando participar de los beneficios que ella trae aparejados (beneficios económicos, particularmente derivados del acceso al mercado externo); la excepción fundamental es la montonera oriental que persigue una transformación revolucionaria de la estructura de la propiedad rural, pensada en términos capitalistas.
Sin embargo, de lo anterior no puede inferirse que la movilización de las clases subalternas argentinas de los ochenta primeros años del siglo pasado exprese fundamental o exclusivamente los intereses de esas clases (entre otras cosas, porque si hay transición las clases no son siempre las mismas).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
En cuarto lugar, entonces, las montoneras expresan la defensa de los intereses coyunturalmente coincidentes de las clases dominantes del Interior y de las subalternas deja misma región. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La coincidencia coyuntural de intereses entre unas y otras resulta del hecho de que unas y otras se ven inicialmente perjudicadas por la acción de la expansión capitalista en el sistema de propiedad y relaciones sociales de producción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Aquí habrá que prestar particular atención a la distinción de las coincidencias y las divergencias coyunturales y estructurales. (Hipotéticamente, estas últimas tendrán que explicar por qué se rompe el frente y las oligarquías del Interior acuerdan con la clase hegemónica porteño-litoralense.Entre las Líneas En este momento, el bloque histórico regional dominante realiza la hegemonía a nivel nacional.) No obstante, las clases dominantes tienen y a menudo encuentran los elementos que les permiten un reacomodamiento dentro de ese proceso; de allí que casi todas las fracciones que detentan poder económico y político durante el período de transición (y que casi siempre ya tenían el primero en el período colonial), lo conservan y lo refuerzan después (…). Tal vez el ejemplo más nítido sea el que se produce en Tucumán y Salta, donde los viejos terratenientes y comerciantes devienen azucareros (la “oligarquía” norteña), con la activa participación del capital extranjero.
La coincidencia coyuntural de intereses (que llega a dominar. a la contradicción antagónica estructural) se expresa en las guerras civiles que oponen a sectores dominantes de distintas regiones (y frecuentemente intrarregionales y hasta interprovinciales), cuya fuerza de choque son siempre sectores de clase subalterna. Directamente vinculado con esto se encuentra la cuestión remanada de caudillos y montoneros, caudillos y gauchos, patrones y peones rurales, etc. Aquí corresponde destacar que no debe Simplificarse la expresión político social de las montoneras y los caudillos por el origen de clase: el análisis debe centrarse en los intereses y la política de clase que unas y otros impulsan y defienden.Si, Pero: Pero origen e intereses y política de clase no tienen necesariamente que coincidir.
De hecho, estructuralmente, la coincidencia se da en el caso de los caudillos (con excepciones ya apuntadas) y falta en el de la base (montoneros), siendo característica la situación en q:ie el caudillo vale decir, la conducción es ajeno a la clase subalterna proviene de alguna fracción de la dominante. Para el caso, además, es bueno tener presente la aseveración de Marx en el sentido de que “una clase dominante es tanto más fuerte y peligrosa en su dominación cuanto más capaz es de asimilarse a los hombres más importantes de las clases dominadas” (Carlos Marx, El Capital, Fondo de Cultura Económica, México Buenos Aires, 1968, t, p. 562). Esta última situación es importante en casos que Gramsci denomina transformismo.
De la tercera hipótesis tampoco puede concluirse que las clases subalternas son posibles de comprenderse como un todo homogéneo. La utilización de la expresión en plural está pensada intencionadamente y coloca al investigador en más de un aprieto teórico. No es solo la cuestión de precisar los distintos sectores sociales que pueden integrarse en la denominación aquélla a partir de su inserción en el proceso productivo y sus relaciones con otras clases: el primer problema a resolver es el relativo a la categoría clases sociales en un contexto histórico que se define como de transición de la economía mercantil simple al capitalismo en una situación de dependencia, vale decir, una cuestión teórica inexcusable. El segundo problema se refiere a la situación y posición de clase, incluyendo en esto el elemento conciencia sobre lo cual no parece prudente aún arriesgar posiciones. Diríamos, entonces, que se trata de construir una doble teoría: del sistema de la economía mercantil simple y. de las clases subalternas argentinas en el siglo XIX.
En quinto lugar, directos que la acción política de las clases subalternas en el período que va hasta la aparición de los grupos proletarios socialistas Y anarquistas no cuestiona ni el carácter de clase del Estado (aun de las unidades administrativas provinciales o regionales ni, en consecuencia, el poder de la clase dominante. Aun cuando el carácter de las montoneras es indiscutiblemente democrático, en tanto constituyen la mayoría de la población, se oponen al poder oligárquico y luchan por la libertad, ello no anula el hecho fundamental de que son incapaces de aportar un nuevo modo de producción, distinto o superior al de las clases dominantes (cuando su aporte no es regresivo), que permitiera el desarrollo independiente del país. (Advertencia para mal intencionados: esto no quiere decir que para triunfar las montoneras debían proponer el socialismo en las condiciones históricas de la Argentina del siglo XIX es un disparate sensacional, sino que ni Siquiera se plantea la posibilidad de un desarrollo capitalista independiente, con la precaución que se indica de inmediato. Conviene meditar, sin embargo, sobre el hecho excepcional producido al comienzo del período con la montonera oriental (recuérdese el proyecto de desarrollo agrario de José Artigas, expresado fundamentalmente en el reglamento de distribución de tierras de 1815), y Siembre el final en la propuesta de la Unión Americana formulado por Felipe Varela, quien, por otra parte, en su Manifiesto de 18 68 reivindica la constitución burguesa de 1853. Sin duda, estas dos montoneras (y tal vez puedan aproximarse las de Martín Güemes, Angel El chacho Peñaloza y Ricardo López Jordán no solo marcan líneas claramente diferenciadas respecto de las restantes montoneras y caudillos, sino también los grados más altos de las propuestas y las respuestas populares, de las clases subalternas. Peto al mismo tiempo los límites máximos de conciencia posible y de acción social y política a que ellas pueden acceder.
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Recursos
[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Notas y Referencias
- Waldo Ansaldi (autor original), adaptado y corregido (por Lawi) de los términos latinoamericanos que debían formar parte del Diccionario de Ciencias Sociales en español de la UNESCO, publicado en 1975 bajo la dirección de Salustiano del Campo y al amparo del Instituto de Estudios Políticos. Es el resultado de la postura crítica y disidente del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) frente al diccionario de la UNESCO y su respuesta con la obra colectiva “Términos latinoamericanos para el Diccionario de Ciencias Sociales”, publicada en 1976.
Véase También
Bibliografía
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