El nombre “románico” se ha extendido sobre una gran variedad de edificios que muestran una cualidad común porque derivan de la tradición romana, atenuada y restringida por el empobrecimiento general del mundo, pero que en todas partes atestiguan también nuevas influencias raciales y nuevas necesidades sociales. Ya no había anfiteatros, ni grandes acueductos, ni arcos de triunfo, ni templos a los dioses. Había fortalezas y castillos, redondos o cuadrados y macizos, iglesias y torres. La torre adquiere por primera vez importancia en Europa. La arquitectura asciende. Hasta ahora sólo habíamos tenido que fijarnos en las torres de Mesopotamia. Los edificios del mundo egipcio, helénico y romano no intentaban escalar los cielos. En las fortificaciones romanas y helénicas y en la Gran Muralla China hay torres, partes de las defensas, pero eso es casi todo lo que hay que contar hasta la era cristiana. Entonces, en un mundo asaltado por hunos, árabes y piratas marítimos de todo tipo -ya hablaremos de los norteños, sarracenos y húngaros en otra sección-, la torre se convierte en una necesidad. La iglesia para la nueva religión congregacional es otra necesidad, y las dos se unen naturalmente. Las nuevas religiones del libro y de la idea, el cristianismo y el islam, tenían esto en común: pretendían llegar a la mente de todos. Había que reunir al pueblo en el lugar de culto y sacrificio; había que recordarle la oración y la creencia.