Costumbres y Vida Cotidiana en la Belle Époque
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¿Cómo vivían las personas en la Belle Époque?
La vida privada no es una realidad natural que nos venga dada desde el origen de los tiempos, sino más bien una realidad histórica construida de manera diferente por determinadas sociedades. No hay una vida privada cuyos límites se encuentren definidos de una vez por todas, sino una distribución cambiante de la actividad humana entre la esfera privada y la pública. La vida privada solo tiene sentido en relación a la vida pública, y su historia es ante todo la de su definición: ¿cómo ha evolucionado, en la sociedad francesa del siglo XX, la distinción entre vida privada y vida pública? ¿Cómo ha cambiado el contenido y la extensión del campo de la vida privada? La historia de la vida privada comienza, pues, siendo la historia de sus fronteras.
La cuestión es tanto más importante cuanto que no es seguro que la distinción vida privada/vida pública tenga el mismo sentido en todos los medios sociales. Para la burguesía de la Belle Époque todo está claro: el “muro de la vida privada” separa nítidamente dos campos. Detrás de este muro protector, la vida privada coincide bastante exactamente con la familia. Competen a este terreno las fortunas, la salud, las costumbres, la religión: si los padres deseosos de casar a sus hijos se ven obligados a “pedir informes” al notario (fedatario público) o al sacerdote sobre la familia de un eventual partido es porque se oculta cuidadosamente a los ojos del público al tío descarriado, a la hermana tísica, al hermano de costumbres disolutas y el montante de las rentas. Cuando Jaurès respondía a un diputado socialista que le reprochaba haber celebrado solemnemente la comunión de su hija: “Querido colega, no me cabe la menor duda de que usted hace lo que quiere con su mujer, yo no”, marcaba muy exactamente la frontera entre su existencia de hombre público y su vida privada.
Esta separación se organizaba mediante una apretada red de prescripciones. La baronesa Staffe, por ejemplo, enumera detalladamente algunas de ellas: “Cuanto menos se frecuente a las personas que nos rodean, tanto más nos haremos merecedores de su estima y consideración…”. “En un vagón o en cualquier otro lugar público, las gentes bien educadas jamás entablan conversación con desconocidos…” “No se habla de asuntos íntimos con los padres, con los amigos que viajan con nosotros o en presencia de desconocidos.” La residencia o la casa burguesa se caracterizan por otra parte por separar claramente las habitaciones de recepción de las demás. Por un lado, lo que la familia muestra de sí misma, lo que puede ser hecho público, lo que considera “presentable”; por otro, lo que sustrae a las miradas indiscretas. El lugar habitual de la familia propiamente dicha no es el salón: los niños —señala la baronesa Staffe— no penetran en el salón cuando se recibe a los invitados, y las fotografías de familia se retirarán de él.
Detalles
Las estancias de recepción tampoco se abren a cualquier persona. Si todas las damas de la buena sociedad tienen su “día” de visita —éstas son 178 en este caso en Nevers durante 1907—, para visitar a una mujer notable es necesario haber sido presentado con antelación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).
Más Información
Las habitaciones de recepción disponen así un espacio de transición entre la vida privada propiamente dicha y la existencia pública.
Si la vida privada constituye en la burguesía de la Belle Époque un campo claramente delimitado, no ocurre necesariamente lo mismo en los demás medios sociales. Las condiciones de vida impedían a los campesinos, obreros y clases humildes de las ciudades, sustraer a las miradas extrañas una parte de su vida para que de este modo se convirtiese en “privada”. Paseémonos por ejemplo por las calles populares de Nápoles de la mano de Jean Paul Sartre: “En la planta baja de todas las casas se ha abierto un sinfín de pequeñas habitaciones que dan directamente a la calle, y en cada una de ellas vive una familia. (…) Los moradores de estos habitáculos los utilizan para todo: dormir, comer, trabajar en sus oficios. Solamente (…) la calle atrae a las gentes. Salen a ella para ahorrar los gastos de la luz de sus lámparas, para tomar el aire, y también, creo, por humanismo, para sentirse hormiguear con los demás. Sacan sillas y mesas a la calle, o al umbral mismo de su cuarto, mitad dentro, mitad fuera, y es precisamente en este mundo intermedio donde tienen lugar los actos principales de su vida. De su historia también (…). Y el exterior está vinculado al interior de una manera orgánica (…). Ayer vi a un padre y a una madre que cenaban fuera, mientras que, dentro, el bebé dormía en una cuna cerca de la gran cama de los padres y, en otra mesa, la hija primogénita hacía sus deberes a la luz de una lámpara de petróleo. (…) Cuando una mujer está enferma y debe guardar cama durante el día, el hecho acontece a plena luz del día y todo el mundo puede verla (…)”.
Está claro que la vida privada no tiene el mismo sentido ni el mismo contenido para el pueblo napolitano que para los burgueses franceses de la Belle Époque.
Es cierto que la comparación puede ser rechazada. Las tradiciones culturales son diferentes, y esta interpenetración de lo exterior y lo interior, que ilustran las calles de Nápoles, puede interpretarse como un rasgo de una cultura mediterránea que podríamos también encontrar en las ciudades, pequeñas o grandes, del sur de Francia. No es una razón: los patios de Roubaix, los caseríos de los mineros del norte, los inmuebles de la Croix-Rousse o los pueblos de la región de Berry o de Lorena apenas permitían a sus habitantes elevar un muro entre su vida privada y las miradas de sus vecinos: toda su existencia transcurría más o menos a la vista de una colectividad que conocía los mínimos detalles de su vida.Entre las Líneas En cierto sentido, tener una vida privada era un privilegio de clase: el de la burguesía poseedora de grandes residencias y que a menudo vivía de sus rentas. Las clases trabajadoras se veían obligadas a conocer formas variadas de interpenetración entre su vida privada y su vida pública; una y otra no se diferencian de manera absoluta.Entre las Líneas En esta perspectiva, durante el siglo XX asistiremos a una lenta generalización en el conjunto de la población de una organización de existencia en la que se oponen dos campos enteramente distintos: el público y el privado. La historia de la vida privada será entonces la historia de su democratización.
A condición, sin embargo, de no entender esta democratización de manera mecánica y simplista. La vida privada a la cual acceden los obreros o los explotadores agrícolas de fines del siglo XX no es la misma que la del burgués de comienzos de siglo. Simultáneamente, lo que se constituye fuera de esta vida privada finalmente conquistada, y que puede denominarse pública, está regido por nuevas formas. La diferenciación creciente entre lo privado y lo público en el conjunto de la sociedad modifica tanto a la vida pública como a la privada. Ambas no se desarrollan del mismo modo, ni según las mismas pautas. Al mismo tiempo que sus fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) se desplazan y precisan, su sustancia se transforma.
Equivale a expresar la complejidad de una historia que debe comprender a la vez cómo la vida privada se constituye y se conquista sobre una existencia generosamente colectiva y cómo se organiza en el interior de sus fronteras. Programa, a decir verdad, tanto menos accesible cuanto que haría falta además permanecer atento a las diferencias que provienen de los medios sociales y de las tradiciones culturales. De ahí que no aspiremos aquí a llevar a término esta tarea imposible, sino que nos contentemos únicamente con aislar los grandes ejes de esta evolución, con plantear los principales problemas y esbozar los matices más sobresalientes, a la espera de que trabajos menos ambiciosos, pero más precisos, vengan a confirmar o a modificar nuestras hipótesis.
El trabajo
La primera gran evolución del siglo XX tiene lugar en el campo del trabajo. Globalmente considerado, emigra fuera de la esfera privada y bascula en la esfera pública.
Se trata de un doble movimiento. Un movimiento de separación y de especialización de espacios en primer lugar: los lugares de trabajo ya no son los mismos que los de la vida doméstica.Si, Pero: Pero a esta diferenciación de los lugares acompaña una diferencia de las normas: en tanto que el universo doméstico se exime de las reglas hasta hace muy poco relacionadas con el trabajo que se desarrolla en él, el mundo del trabajo ha dejado de regirse por normas de ámbito privado para adoptar convenios colectivos.
La especialización de los espacios
No se presta demasiada atención a los lugares de trabajo. Trabajar en casa o trabajar en el establecimiento de otros era sin embargo a comienzos de siglo la diferencia por antonomasia. Para una muchacha lo ideal era permanecer en la casa de sus padres sin trabajar. Si debe trabajar, lo mejor es hacerlo permaneciendo en casa de sus padres, como costurera de confección, por ejemplo. Solamente las muchachas de las clases sociales inferiores van a trabajar fuera: a la fábrica, al taller o, como criada, a casa de un particular.
Ahora bien, a comienzos de siglo, cerca de los dos tercios de los franceses, y con toda seguridad más de la mitad, trabajaban en sus casas. Al final del siglo, por el contrario, casi todos los franceses trabajan fuera de sus casas. Es una transformación decisiva.
El retroceso del trabajo en la propia casa
A comienzos de siglo, trabajar en la propia casa corresponde a dos situaciones diferentes, si bien existe toda una gama de estados intermedios y se puede pasar de uno a otro fácilmente. Se puede trabajar en casa, pero para otro: tal es la situación de los trabajadores a domicilio.Si, Pero: Pero también se puede trabajar para uno mismo, y ésta es la situación de los trabajadores independientes. Ahora bien, estas dos formas de trabajo en la propia casa retroceden inexorablemente a lo largo de todo el siglo.
Los obreros a domicilio
Es difícil hacer la relación de los obreros a domicilio.
Puntualización
Sin embargo, a comienzos del siglo XX son varios millones. Los censos de la época registran a los trabajadores que denominan “aislados”: en 1906 son 1.502.000. Entre ellos se encuentran sin duda los jornaleros o braceros sin patrón fijo que abandonan su domicilio para ir a trabajar y alternativamente trabajan con uno u otro patrón. La mayor parte, sin embargo, trabajan en sus casas.Entre las Líneas En la industria textil, vestido, calzado, guantería, pero también en otros sectores como la óptica, joyería, etc., los comerciantes hacen trabajar a destajo a numerosos obreros —y obreras— a domicilio. Unas veces les proporcionan la materia prima o el producto que debe ser terminado para más tarde venir a buscar el producto acabado; otras es el obrero o la obrera quien se desplaza para ir a buscar a casa del comerciante su trabajo devolviendo la obra terminada.Entre las Líneas En ambos casos, la remuneración del obrero es un precio de destajo.
La situación de los obreros a domicilio es muy desigual. Generalmente están muy mal pagados, y sus ganancias no alcanzan las de los obreros de fábrica. Además necesitan trabajar desde el alba hasta una hora muy tardía para subsistir miserablemente. La familia de Mémé Santerre nos proporciona un ejemplo extremo. Estos tejedores de Santerre constituyen en efecto un caso aislado, una supervivencia económica en vísperas de 1914, pues para entonces el tejido en fábrica ya se había generalizado. Por otra parte, solo desempeñan su oficio durante los seis meses de invierno: en la primavera se alquilan como criados en una granja del Sena inferior, de donde vuelven en otoño con unas ganancias que les permiten saldar las deudas contraídas durante el invierno: se gana más como criado en casa ajena que tejiendo a domicilio. De nada les sirve ser los propietarios de sus telares, ni ser diestros en su trabajo: el oficio de tejer no les permite vivir.
Puntualización
Sin embargo, se autoimponen condiciones de trabajo y de vida espantosas: el padre y los hijos, tras levantarse a las cuatro de la mañana, bajan al sótano, a sus telares; la madre prepara las tramas, y los telares zumban hasta las diez de la noche: quince horas de trabajo efectivo, en la humedad y, a menudo, a la luz de velas. Interrumpen el trabajo durante la mañana para tomar una taza de achicoria con pan, una sopa al mediodía y otra por la noche. El domingo, estos católicos fervientes van a misa, pero trabajan el resto del día. Trabajan incluso el día de la boda de Catherine Santerre, y nos haremos una idea de su indigencia viéndoles comer este día festivo chuletas de cordero a guisa de banquete…
Al lado de estos casos miserables encontramos, nadie puede negarlo, situaciones mucho más privilegiadas: los guanteros a domicilio de Millau, por ejemplo, constituyen una aristocracia obrera en la década de 1920; pero hay que tener en cuenta que el guante de Millau era entonces un artículo de lujo que no se veía obligado a competir con la guantería industrial de Grenoble.
Puntualización
Sin embargo, más frecuentemente, los obreros a domicilio viven muy mal y trabajan muy duramente: ésta es una de las razones de su progresiva disminución.
Desde el punto de vista que aquí nos interesa, el de la vida privada, podemos hacernos muchas preguntas. ¿Dónde situar la vida privada de Catherine Santerre? ¿Sobre el talud del camino, cerca de su casa, donde se encuentra durante breves momentos con su novio, su futuro marido? ¿En la cama donde duerme, abrumada por el cansancio? ¿Delante de su telar?, pues aquí el trabajo se encuentra totalmente integrado en una esfera privada a la que termina por absorber enteramente: la vida y el trabajo se confunden.
Otros Elementos
Además, en el caso de los tejedores, el espacio doméstico se encuentra subdividido: el trabajo se desarrolla en un lugar aparte, el sótano, y la vida material en un lugar diferente, en la planta baja. No se trabaja en el mismo lugar que se duerme o se come. Lo más frecuente es que la confusión entre trabajo y vida doméstica se traduzca en la indiferenciación del espacio. Léon Frapié ironiza en El Parvulario sobre los preceptos de la escuela de párvulos: “Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”, y muestra a una costurera en una habitación del distrito XX que debe quitar la mesa de la comida para ponerse a coser o para dejar sitio al chiquillo que tiene que ponerse a hacer sus deberes. Hasta tal punto es pequeño el alojamiento popular, tanto en el siglo XIX como durante la primera mitad del siglo XX, que raramente permite reservar al trabajo una mesa o un lugar preciso.
El hecho de que el trabajo se desarrolle en el espacio doméstico implica su relativa apertura a las personas extrañas. La costurera a veces recibe a sus aprendices; el tejedor o el guantero abren sus puertas a los comerciantes o a sus dependientes. La sala donde vive la familia, también lugar de trabajo, puede incluso convertirse en lugar de conflictos de trabajo. Así, Jean Guéhenno ha conservado un dramático recuerdo de infancia: sus padres vivían en Fougères y fabricaban zapatos a domicilio a partir de formas cortadas que iban a buscar por docenas a los almacenes de los fabricantes. Durante una huelga del calzado, a comienzos de siglo, su padre, falto de recursos económicos, terminó por ceder y fue a buscar formas para coser.
Pormenores
Los huelguistas se enteraron e irrumpieron en la casa de los Guéhenno para reprocharles haber roto la huelga. Vemos que los conflictos más públicos pueden tener como escenario un lugar privado.Entre las Líneas En cierto modo, se deja de tener casa propia cuando se trabaja en ella.
El trabajo a domicilio no solamente ha disminuido por razones económicas, si bien éstas sin duda hayan sido determinantes. El deseo de obtener mayores y más regulares ganancias se acompaña en efecto del deseo de limitar el tiempo dedicado al trabajo: cuando se trabaja en la fábrica, se sabe cuándo terminará el trabajo. El tiempo que escapa al patrón, y cuya importancia crece a lo largo de todo el siglo, es un tiempo del que se dispone plenamente y del cual se es propietario. Trabajar fuera de la propia casa es también estar plenamente en la casa propia cuando se está en ella.Entre las Líneas En este sentido, el retroceso del trabajo a domicilio responde a la reivindicación de una vida privada.
No obstante, el trabajo a domicilio dista mucho de haber desaparecido totalmente.Entre las Líneas En el censo de 1936, se registran todavía 351.000 obreros a domicilio. Otros factores contribuyen en efecto a renovar este grupo. Durante la crisis de los años treinta, por ejemplo, una política tendente a limitar el acceso de los extranjeros (referido a las personas, los migrantes, personas que se desplazan fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de forma temporal o permanente, y por diversas razones) al mercado de trabajo determinó que para un emigrante (en ocasiones, también denominado refugiado) fuese más fácil encontrar un trabajo a destajo que un empleo asalariado. Como esto concordaba a la vez con el interés de los fabricantes deseosos de comprimir los costes (o costos, como se emplea mayoritariamente en América) y con las tradiciones y el modo de vida de numerosos inmigrantes de Polonia o de Europa central, se vio aumentar entonces el número de trabajadores a domicilio en la industria parisina del cuero o de la piel. El grupo Manouchian encontrará en estos individualistas, a menudo judíos, una reserva eficaz.
El trabajo a domicilio se muestra hoy en día como un fenómeno residual, marginal. Es compatible con la actual organización de la vida privada, a la que reserva el espacio doméstico y el tiempo “libre” ganado al trabajo. ¿Cómo podría hoy en día aceptarse trabajar en la propia casa para otros cuando ya ni siquiera se acepta trabajar en ella para sí mismo?
Los trabajadores independientes
Los trabajadores independientes, más numerosos que los obreros a domicilio, han experimentado una disminución semejante, pero este retroceso es más tardío. A comienzos de siglo constituían por sí solos más de la mitad de la población: 58% de agricultores, a los cuales se agregaban los artesanos y los comerciantes, sin contar a las profesiones liberales.Entre las Líneas En 1954, el censo solo registraba un tercio de no asalariados.Entre las Líneas En 1982 son solamente el 16,7% de la población activa: el trabajo independiente también ha terminado por retroceder decididamente ante el empuje del trabajador asalariado.
Estas cifras traducen mal una mutación social de primera magnitud que da a la familia una significación radicalmente nueva.Entre las Líneas En los campesinos, comerciantes, o en los artesanos, la familia es una unidad de producción autónoma, una célula económica. Así, pues, toda la familia se encuentra movilizada por la explotación o el comercio. Todos sus miembros, a diversos niveles y bajo formas diferentes, participan en la explotación según su edad, fuerza y competencias: en la granja, los niños y los ancianos van “al campo de las vacas”, el muchacho de catorce años hace el trabajo de un criado, la mujer reina sobre el establo, el jardín y el gallinero…, y nunca hay suficientes brazos para entrar el heno o la cosecha, sobre todo si la tormenta amenaza.Entre las Líneas En los comerciantes y artesanos, en general la mujer lleva las cuentas, y los niños andan en la tienda a la vuelta del colegio o van de compras. Toda la familia contribuye a la marcha de la explotación o de la empresa.
Este compromiso de toda la familia en una misma actividad económica implica una confusión relativa entre la vida privada y el trabajo productivo. Confusión evidente a nivel financiero: solo hay una caja, y el hijo del tendero toma del cajón del mostrador el dinero de los domingos.
Informaciones
Los dos presupuestos se confunden: el dinero que la granjera gasta para comprar café, chocolate o un pañuelo es dinero que se corre el riesgo de que falte para pagar el arriendo o comprar el ganado. La restricción de los gastos privados es, pues, el medio principal —a menudo el único— de equilibrar las cuentas de explotación o de acumular el capital productivo. El éxito de la empresa se construye sobre el ahogamiento del gasto doméstico.
Como contrapartida —hay que reconocerlo— la empresa es privada: el éxito del grupo familiar se inscribe claramente en el espacio colectivo, y se conoce su lugar en las jerarquías locales por la extensión de las tierras que posee, por la importancia de su aparcería, por el número de obreros que emplea o por el escaparate francamente repintado de su tienda. El éxito privado, puesto que es de orden económico, es también público.Si, Pero: Pero el capital productivo (fondos de comercio, tierras, propiedad pecuaria, etc.) constituye por sí mismo un patrimonio que se transmite por herencia y que se divide entre los herederos, a veces contra toda lógica económica. Cuando la empresa familiar crece y emplea asalariados, estalla la contradicción entre su carácter privado y su función económica, pública por destino: los asalariados pueden perder su empleo como consecuencia de episodios puramente privados —por ejemplo, por el fallecimiento del empresario.
Este tipo de familia, necesariamente agrupada por su función económica, se ocupa de los ancianos al mismo tiempo que desempeña un papel determinante en la educación de los jóvenes.Entre las Líneas En la granja, como en el taller o en la tienda, el oficio se aprende junto a los padres, y el mismo aprendizaje se concibe como una relación familiar de orden privado.Entre las Líneas En el otro extremo de la vida, los ancianos incapaces de servirse por sí mismos encuentran techo y sustento en la casa de alguno de sus hijos. Y no porque la familia sea esa familia patriarcal que describe una mitología complaciente: en la mayoría de las regiones de Francia, salvo en el sudoeste, la familia campesina se reduce a la pareja y a los niños, a lo que los sociólogos llaman familia nuclear; la pareja de los abuelos se instala no muy lejos, en un terreno arrendado más pequeño, pero forma familia independiente todo el tiempo que puede; cuando esto deja de ser posible, sobre todo si la abuela muere antes que su marido, sus hijos la recogen. La familia desempeña así, además de su función económica, una función educativa y una función protectora.
El retroceso de las empresas familiares
Vemos cómo el desarrollo del trabajo asalariado priva a la familia de su función económica y cómo a la emigración del trabajo fuera de la esfera doméstica acompaña una socialización creciente de la función educativa y de la función protectora. La escolarización de los aprendizajes profesionales y de la Seguridad Social reemplazan a la familia.Si, Pero: Pero las causas de esta evolución son menos simples que sus consecuencias.
Las razones económicas son sin duda determinantes, tanto para el trabajo independiente como para el trabajo a domicilio… Las pequeñas explotaciones o los pequeños comercios no pueden asegurar los precios competitivos de la producción agrícola o la distribución de los productos de gran consumo. El proteccionismo y el retraso de la economía francesa han frenado durante mucho tiempo el retroceso de estas economías familiares. Desde la Segunda Guerra Mundial, por el contrario, el esfuerzo de modernización lo ha acelerado y, a pesar de los sobresaltos de los campesinos o de los comerciantes que luchan por su supervivencia y que reclaman el mantenimiento de ventajas diversas (precios garantizados, desgravamientos fiscales) mediante manifestaciones espectaculares organizadas por ejemplo por la FNSEA[2], el movimiento Poujade (1953-1956) o el CID-UNATI[3] de Gérard Nicoud, el mercado impone su ley inexorable apenas atemperada aquí o allá por medidas sociales o por una ley como la de 1973 que limitaba las implantaciones de grandes superficies.
La evolución social también ha sido importante. El retroceso de las empresas familiares está vinculado al desarrollo de las mejoras sociales obtenidas por los asalariados. El hecho ya es perceptible en la agricultura, donde muchas veces el hijo que trabaja con su padre es declarado obrero agrícola.Entre las Líneas En el comercio y el artesanado es muy importante. La disminución del número de patronos en la industria y el comercio, que en 1982 solo representan el 7,8% de la población activa contra el 12% de 1954, el 10,6% de 1962 y el 9,6% de 1968, es mucho más acusada que la que se produce en las empresas comerciales o artesanales. Dos fenómenos conjugan aquí sus efectos: por una parte, una lenta erosión del pequeño comercio y del artesanado, que cada año hace desaparecer más empresas de las que crea. Por otra parte, un cambio de estatuto jurídico: el patrón de una pequeña empresa transforma su propiedad en sociedad de responsabilidad limitada, incluso en sociedad anónima, y se convierte en su gerente asalariado. Los censos lo registran entonces como cuadro, y ya no como patrón.
Disociación entre la empresa y la familia
No se trata aquí solamente de terminología. El cambio del estatuto jurídico traduce de hecho la disociación entre la empresa y la familia. La actividad pública se separa de la vida privada; una y otra se hacen autónomas. La disociación no es solamente importante por sus consecuencias financieras, y no separa solamente las finanzas de la empresa de las de la familia, sino que además implica generalmente una diferenciación de tiempo y espacio.
La empresa o la explotación familiar de antaño reunía en efecto en un único y mismo lugar dos series de actividades diferentes. El comerciante, su mujer y sus hijos vivían generalmente en la trastienda, como viven todavía hoy los panaderos de pueblo o los de los arrabales. Sólo los más favorecidos vivían en un piso encima de su almacén. La trastienda servía a la vez como almacén y como cuarto para vivir.Entre las Líneas En sus armarios se amontonaban así unos junto a otros las reservas del almacén, los comestibles de la familia y los utensilios del ama de casa. Allí se comía, se hacían las cuentas y los niños hacían sus deberes; a veces incluso se dormía.
La indiferenciación del espacio implicaba la del tiempo. Cuando los clientes encontraban la puerta cerrada no titubeaban en llamar a la ventana de la cocina en la que cenaba la familia y enseguida se les atendía. Las cosas comienzan a cambiar cuando la madre de familia importunada a una hora tardía por un cliente habitual, en lugar de encontrar la cosa natural, exclama: “Decididamente, aquí nunca estaremos tranquilos…”. Entonces la indiferenciación de los lugares es vivida como un sometimiento absoluto del tiempo. La reivindicación de la vida hace estallar la antigua confusión: para que el tiempo de la vida privada no esté al alcance de los clientes, es preciso disociar los espacios, separar el almacén del domicilio. Y vemos a las trastiendas perder sus camas, sus armarios y sus cocinas. Los comerciantes alquilan una habitación en un piso o se hacen construir una casa en los alrededores. Tienen dos direcciones, y pronto dos teléfonos, de los cuales solo uno figura en la guía. Es el precio que debe pagarse para salvaguardar la vida privada.
Seguramente la evolución no es general ni completa. Se encuentra mucho más avanzada en los comerciantes del centro de la ciudad que en los de las cercanías, se hace más frecuente en los comerciantes de vestidos, zapatos o electrodomésticos que en los panaderos o tenderos del barrio.Entre las Líneas En muchos pueblos, la antigua indiferenciación subsiste, atenuada por un comportamiento del público que es consciente de “molestar” fuera de los horarios considerados como normales.
Detalles
Los artesanos, más vinculados a su taller, donde trabajan a veces durante la noche o el domingo, dudan más que los comerciantes en irse a vivir a lugares alejados. Si viven en una casa distinta, sin duda se encuentra cercana.Entre las Líneas En todo caso, el sentido de la evolución no deja ninguna duda.
El ejemplo de las profesiones liberales lo confirma. Con los notarios, los abogados, y sobre todo con los médicos, nos encontramos en un medio muy interesado en preservar celosamente su estatuto liberal y su independencia.
Puntualización
Sin embargo, incluso aquí cambia el estatuto jurídico. Primero hemos visto cómo los médicos hacen de su mujer una secretaria asalariada; la señora continuaba cogiendo el teléfono y abriendo la puerta, pero se supone que su marido debe asignarle un salario y estaba inscrita en la Seguridad Social. Desde hace algunos años vemos formarse sociedades de nombre colectivo. Esto no cambia necesariamente la imbricación de la vida profesional con la vida privada.Si, Pero: Pero se introduce una novedad más importante: los médicos dejan de vivir cerca de su consulta, los hombres de leyes al lado de su despacho. Ya no es posible encontrarles fuera de las horas laborales, llamar al médico de cabecera durante la noche… El teléfono sonará en vano: el doctor no está allí. Ha puesto su vida privada al abrigo de sus pacientes.
Vemos así afirmarse en nuestra sociedad una clara separación entre vida privada y trabajo profesional. Esta nueva norma es tan fuerte que tiende a imponerse incluso cuando el trabajo profesional no implica relación con una clientela que amenazaría a la vida privada. Es significativo a este respecto ver esbozarse en el campesinado un movimiento de separación entre la explotación y el domicilio. Movimiento que se inicia durante el siglo XIX cuando se había elevado un muro entre la habitación común y el establo, pero que nunca había ido demasiado lejos: todo lo más, en las granjas normandas o en las de la Beauce, la casa donde se vivía se hallaba a un lado del patio y, a los otros lados, el establo, el granero y los demás edificios de explotación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Los cuidados cotidianos de las aves de corral y del ganado exigían el reagrupamiento en un mismo lugar de los explotadores, de su cabaña ganadera y de la alimentación de ésta. Hoy en día estas obligaciones se difuminan.Entre las Líneas En las regiones ricas, los agricultores que han abandonado la ganadería y roto con las servidumbres del rebaño se hacen construir una casa moderna a una cierta distancia de los graneros y cobertizos donde ponen a buen recaudo material y cosechas.Entre las Líneas En Beauce, por ejemplo, Éphraim Grenadou vive ya en 1905 en la casa que se ha construido, dice, para su jubilación.
Ya no se trata aquí de preservar la intimidad familiar: no está ni más ni menos amenazada en una casa de campo de lo que lo estaba en la granja, sino de disociar claramente el trabajo y la vida privada. De ahora en adelante, ésta se estructura por oposición a aquélla. Una clara frontera separa así hoy en día dos universos que a comienzos de siglo se confundían.
Trabajo y lugares de trabajo
Una evolución simétrica reorganiza los lugares de trabajo y elimina cualquier otra función.
Las antiguas fábricas: una clausura incompleta
La fábrica del siglo XIX, como la de comienzos del siglo XX, no fue objeto de una organización sistemática. Los talleres se desarrollaron en función no tanto de una lógica de circuitos de producción como en función de los locales disponibles. Los ejemplos más conocidos, como el de Renault, muestran una intrincación de locales: en Billancourt los talleres forman un rompecabezas discontinuo y ocupan cuarenta inmuebles diferentes, a menudo separados unos de otros; casas de viviendas han sido transformadas en talleres, y a veces se debe subir y bajar por estrechas escaleras de caracol a habitaciones pesadas y voluminosas. Las tareas de mantenimiento reclamaban, pues, numerosas maniobras y permitían pedir la colaboración a los niños en los casos que no exigían un exceso de fuerza física.Entre las Líneas En estas condiciones, el espacio de la producción constituía una red inextricable de circulaciones. No siempre era fácil saber con precisión dónde empezaba o terminaba la fábrica; para ir de un taller a otro, hacía falta atravesar la calle o un patio al cual daban las viviendas. Apenas era más fácil saber si un obrero estaba en su lugar de trabajo, pues continuamente se le presentaban motivos para ir y venir. La débil organización interna del espacio de trabajo acompañaba así a la débil diferenciación entre los lugares donde se desarrollaba el trabajo y aquellos donde se situaba la vivienda.
A veces la confusión era mayor.
Pormenores
Las actas notariales que hacia 1880 relacionan los bienes que componen las fundiciones de acero de Longwy señalan, al lado de los altos hornos y los talleres, una casa para la dirección, un dormitorio para los obreros, una cuadra, un hangar con henil, una barraca con doce alojamientos, una panadería, una cantina, etc. Las fundiciones compraron muchas tierras que se pusieron en venta por los alrededores, y su influencia territorial, discontinua, se extiende a veces a áreas que se encuentran muy alejadas de los altos hornos.Entre las Líneas En la red de circulación, vías férreas especialmente —pero no todas tienen el mismo ancho—, pueden encontrarse encerrados bienes rurales o inmuebles pertenecientes a particulares. Ningún recinto delimita todavía a la fábrica propiamente dicha, y, durante las noches de invierno, los vagabundos acuden a dormir al calor de las escorias: en 1897, la dirección de Neuves-Maisons, incapaz de expulsarles, pide a la policía protección contra la invasión de sus vías de fábrica y de su ferrocarril minero. El recinto que aísla y define claramente a la fábrica es una construcción tardía que se erige como consecuencia de las grandes huelgas y delimita un poder que no tenía necesidad de fronteras (véase qué es, su definición, o concepto jurídico, y su significado como “boundaries” en derecho anglosajón, en inglés) por cuanto nadie se oponía a él.Entre las Líneas En Creusot, después de las huelgas de 1899, se construyen o se reconstruyen los muros de las fábricas.Entre las Líneas En Lorena, después de los movimientos de 1905, en Pont-à-Mousson por ejemplo, “se levantan muros para cerrar mejor la fábrica”.Entre las Líneas En 1909, todas las grandes empresas disponen de medios de protección modernos en caso de huelga.Si, Pero: Pero los trabajadores no son los únicos que franquean estos recintos.Entre las Líneas En los años veinte, Georges Lamirad describe todavía a mujeres acompañadas por niños que van a llevar la comida al marido que está en la fábrica.
La polivalencia del espacio de la empresa no es, sin embargo, únicamente el resultado de su constitución progresiva, a merced de las circunstancias, sino que forma parte de una concepción de conjunto que ante todo define al hombre —o a la mujer— por su trabajo. La idea de que fuera del trabajo puede haber otras actividades no solamente legítimas, sino valiosas y susceptibles de definir positivamente al individuo es una concepción moderna. A comienzos de siglo, solo los burgueses, propietarios o rentistas ociosos, tenían pleno derecho a llevar una vida privada. Las clases populares en cambio se definían ante todo por el trabajo, y su vida privada debía someterse ante todo a las obligaciones laborales.Entre las Líneas En último extremo, únicamente los burgueses tenían derecho a un domicilio autónomo: los trabajadores podían alojarse en la empresa, comer y dormir en ella. Es, por otra parte, la fórmula adoptada por algunos industriales del sector textil de la región de Lyon: todo su personal está compuesto por jóvenes campesinos que albergan en internados confiados a religiosas. La fábrica-convento, como la colonia textil catalana, organiza toda la existencia en función del trabajo.
El caso de los hospitales es menos excepcional. La regla del siglo XIX era el internado. Es cierto que enfermeros y enfermeras tomaban el relevo de las congregaciones cuyo hospital era el convento. Da igual: el régimen al que les somete la Asistencia Pública de finales del siglo XIX es a menudo severo. Viven prácticamente enclaustrados: las salidas, muy vigiladas, se conceden con cuentagotas y como un favor.
Puntualización
Sin embargo, en este personal son muchos los hombres y las mujeres casadas que desearían tener una vida familiar. Esta reclusión parece tanto más contestable cuanto que la administración ofrece a su personal como todo alojamiento unos dormitorios inmundos en los que el Dr (examine más sobre estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Bourneville denuncia nidos de tuberculosis. G. Mesureur, director de la Asistencia Pública a comienzos del siglo XX, no rechaza menos enérgicamente el externado del personal.
El externado, es decir, el derecho a llevar en la práctica una vida privada, será progresivamente conquistado primero por los hombres que desempeñan tareas subalternas, después por el personal masculino, las vigilantes casadas y finalmente por las enfermeras casadas: se suponía que las solteras encontrarían in situ todo lo que les hiciera falta. Para ellas, en los años treinta, la regla continúa siendo el internado, y subsiste después de la Segunda Guerra Mundial. Una vida colectiva autónoma se desarrollaba por otra parte tanto en las viviendas del personal como en los internados del liceo. Se creaban espontáneamente lugares de encuentro frecuentados y animados: una sala donde se podía lavar la ropa, planchar o cocer los huevos sobre un hornillo de gas.
Puntualización
Sin embargo, el único espacio para la vida privada propiamente dicha era el exterior, al que por otra parte raramente se tenía el tiempo y el derecho de aventurarse, o la soledad de las habitaciones.
La especialización del espacio del trabajo
La reorganización del espacio industrial sobre planes racionales se escalona a lo largo de todo el siglo XX, con fases de aceleración durante las reconstrucciones que siguieron a cada guerra mundial. A ello contribuye también la difusión del taylorismo y de la organización científica del trabajo. La cadena exige una continuidad y obliga a veces a construir inmensas naves de un solo nivel. La fábrica Renault de la isla Seguin en 1930 o la de Citroën, mucho más que la fábrica Berliet de Vénissieux en 1917, reconstruida enteramente en el muelle de Javel en 1933, ilustran esta nueva lógica: la producción ya no se organiza en función de las imposiciones de un plan diseñado previamente, sino que por el contrario se concibe al edificio en función de las necesidades de la producción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El espacio de trabajo tiende así a especializarse; la fábrica no es solamente un edificio donde se produce, sino un edificio construido para una producción determinada. La arquitectura industrial se afirma y difunde formas específicas, sobre todo techumbres.
La especialización del espacio industrial dispone a las máquinas según un orden estricto y asigna a cada obrero un lugar; los espacios de circulación o de almacenamiento en el interior de la fábrica se diferencian de los que se reservan a la producción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Se refuerza el control sobre el dominio del tiempo y el espacio; mientras que se extiende el sistema del reloj en el que el obrero debe fichar, el cronometraje y los sistemas de salario por rendimiento, trazos de pintura en el suelo de los pasillos delimitan los lugares a los que el obrero no puede aventurarse sin autorización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Al término del proceso, en la fábrica Renault de Flins, por ejemplo, esta organización del espacio que define el lugar específico del trabajo en el interior mismo de la fábrica adquiere un fuerte valor simbólico: para los patronos, hacer huelga es “salir a la calle”.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Simultáneamente el espacio industrial se separa del tejido urbano. La clausura de las fábricas implica el control de las entradas y salidas: las puertas se convierten en lugares estratégicos donde se apuestan los guardas o eventualmente (finalmente) piquetes de huelga. La racionalización del espacio industrial implica la reducción del número de puertas y su especialización: la entrada del personal, las entregas, los envíos. El fraccionamiento de las antiguas fábricas lo impedía: ahora han sido sustituidas por edificios de una sola pieza. Al mosaico de talleres dispersos la nueva fábrica opone sus conjuntos compactos.
A partir de mediados del siglo XX, esta evolución cambia de escala. El urbanismo moderno tiende hacia la especialización de barrios. La ciudad antigua mezclaba estrechamente viviendas y talleres; en las mismas calles, alrededor de los mismos patios, se encontraban casas de alquiler, hangares y talleres. Los ruidos de la ciudad se superponían a los gritos de los niños. Al ronroneo de las máquinas, a los golpes de martillo o a los desgarramientos de las sierras. El urbanismo moderno, que simboliza la Carta de Atenas (1930), condena esta confusión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Condena meramente teórica por cuanto que la crisis económica interrumpe el crecimiento urbano. Doctrina plenamente adecuada por el contrario cuando los bombardeos de la guerra han arrasado barrios enteros, después cuando la urbanización renace y se acelera. El “zoning” se impone entonces y separa las zonas industriales de las residenciales.
Las primeras zonas industriales todavía no son demasiado amplias: solo abarcan algunas hectáreas. Después, el crecimiento económico incita a diseñar a gran escala: se disponen centenares de hectáreas, y las zonas industriales se convierten en zonas “de actividades”. Inversamente, los urbanistas excluyen cualquier implantación industrial de las zonas de vivienda, que conciben primero como grandes conjuntos y después como parcelas fragmentadas de un terreno: las únicas zonas aceptadas y alentadas son los comercios de las cercanías. El urbanismo moderno se extiende así al conjunto de la población y erige en principio la práctica de los burgueses que elegían instalarse lejos del ruido de las fábricas y de la promiscuidad de los obreros. Al lado de los barrios residenciales burgueses, los más viejos, aparecen barrios residenciales más populares.Entre las Líneas En los barrios antiguos los talleres que cierran son reemplazados por inmuebles de viviendas. El tejido urbano se hace progresivamente homogéneo. Lo vemos en los distritos XIV y XV de París, en Lyon, en Brotteaux o en la Croix-Rousse así como en la mayoría de las ciudades.
Así la disociación entre vida privada y vida pública de trabajo se inscribe hoy en día en la configuración misma de las ciudades y en la estructura de la utilización del tiempo. Ya no se trabaja en el mismo sitio donde se vive; ya no se vive donde se trabaja: este principio no se aplica solamente en relación al alojamiento individual o al taller, sino también respecto de los barrios. Todos los días, amplias migraciones desplazan a la población de los lugares de residencia habitual hacia los de trabajo, después de los lugares de trabajo hacia los de residencia. El automóvil o los transportes colectivos aseguran una vinculación alterna entre dos espacios que tienden a excluirse.
No obstante, la oposición no podría ser total. O, más exactamente, al imponerse al nivel global de las aglomeraciones, suscita algunos correctivos.Entre las Líneas En primer lugar, las instalaciones colectivas no se inscriben en la dicotomía del espacio urbano: la oficina de correos, la escuela, los comercios, los hospitales, no competen a la vida privada, y, si son los lugares de trabajo de sus empleados, éstos no se encuentran solos. Sobre todo la división de las ciudades en espacios especializados, el “zoning”, engendra migraciones cotidianas de tal amplitud que vemos reaparecer, en el interior de los lugares de trabajo, actividades diferentes a él. La jornada continua se extiende. Cada vez más frecuentemente —parece ser que en el 20% de los casos en 1983— los asalariados toman su comida del mediodía sobre la marcha, en un comedor o en el restaurante de la empresa.Entre las Líneas En los mismos locales de la empresa se abren cafeterías que ofrecen un espacio a los encuentros amistosos de orden estrictamente privado. El comité de empresa multiplica las actividades durante el tiempo libre, si bien el espacio social del trabajo acoge elementos de la vida privada. Simétricamente, algunos trabajos nunca han abandonado el domicilio privado; otros lo reencuentran, por ejemplo con el desarrollo del trabajo negro. Así, pues, la especialización de los espacios no es total.
La nueva norma y el trabajo de las mujeres
El trabajo femenino prueba que este principio no deja de ser la norma en algunos casos. Durante generaciones, el ideal laboral de las mujeres ha consistido en permanecer en sus casas ocupándose de su familia: trabajar fuera de casa era un signo de una condición particularmente pobre o despreciable. Ahora bien —y esta inversión constituye una de las evoluciones más imponentes del siglo XX—, el trabajo doméstico de las mujeres ha sido denunciado como una alienación, como un sometimiento al hombre.
Pormenores
Por el contrario, trabajar fuera de casa se convierte para las mujeres en el signo tangible de su emancipación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En 1970, la justificación mayoritaria del trabajo femenino viene dada, para los cuadros, por el principio de igualdad de sexos y por la independencia de la mujer, mientras que en los obreros y empleados dominan todavía las justificaciones de tipo económico.
Esta evolución indudable plantea varias preguntas. El historiador retiene primero la de su fecha: ¿por qué en esta época, y no antes o después? Todos los argumentos que fundamentan el nuevo curso que ha tomado el trabajo femenino hubieran sido tan válidos hace un siglo como hace veinte o treinta años. ¿Por qué ha hecho falta esperar a la mitad del siglo XX? ¿Por qué se ha producido esta evolución primero en las capas urbanas asalariadas antes de ganar progresiva y lentamente al conjunto de la sociedad?
La antigua indiferenciación del espacio y de las tareas y su desaparición aportan los datos suficientes para responder a estas preguntas.Entre las Líneas En tanto que las tareas domésticas y productivas se realizaban simultáneamente, en el seno del mismo universo doméstico, la división sexual del trabajo no se percibía como una desigualdad o como un sometimiento. La subordinación de la mujer al hombre estaba marcada por las costumbres: tal es el caso de esas granjas en las que la mujer, de pie, servía al hombre y esperaba a que terminase de comer para sentarse ella misma a la mesa.Si, Pero: Pero ello no implicaba la desvalorización de las tareas domésticas. Hombre y mujer trabajaban por igual de forma agobiante a la vista y conocimiento mutuo.
En esta economía de penuria, en casa de los campesinos pobres o en la de los obreros, las mujeres realizaban una parte del trabajo productivo. De todos modos la primera forma de ganancia era la ausencia de gasto, y los ahorros de las amas de casa constituían el primer dinero ganado, ahorrado y a veces invertido en la explotación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Inversamente, los hombres trabajaban también para la casa preparando la madera para calentarse, fabricando los utensilios o el mobiliario para no tener que comprarlo.
La especialización de los espacios rompe la igualdad conyugal y hace de la mujer una sirvienta. La imagen de Epinal que muestra al marido leyendo su periódico en su sillón mientras que su mujer se apresura a trabajar es la representación típica de un marido que “vuelve del trabajo”, es decir, que trabaja fuera de su casa. Simultáneamente, la economía se hace más monetaria: el dinero que se evita gastar cuenta menos que el que se gana. El trabajo asalariado del hombre adquiere una nueva dignidad, y la mujer que permanece en su casa se convierte en la criada de su marido: lo importante no es tanto que trabaje en su casa como que lo haga para otro. La segregación (concepto: separación forzada de razas o separación de fincas) de los espacios productivo y doméstico transforma el sentido de la división sexual de las tareas e introduce en la pareja la relación de amo a servidor que antaño caracterizaba a la burguesía. Relación tanto menos soportable cuanto que, en el conjunto de la sociedad, se hace algo anormal trabajar en el espacio privado perteneciente a otro. Si el trabajo asalariado de las mujeres ha adquirido en el siglo XX valor emancipador ha sido a causa de una evolución más global todavía que ha modificado las normas del trabajo asalariado.
📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras: Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.La socialización del trabajo asalariado
Un trabajo en casa ajena
Al trabajo en la propia casa se oponía a comienzos de siglo el trabajo en la casa de los demás. Cualquiera que fuese la forma, el trabajo asalariado era ante todo un trabajo en casa de otra persona. No tenía lugar en un espacio público regido por normas colectivas, sino en el coto privado de otra persona.
La servidumbre
Desde este punto de vista, la forma ejemplar de trabajo en casa ajena viene dada por la servidumbre. Ya se trate de la servidumbre de granja —1.800.000 personas en 1892— o de la servidumbre de casa burguesa —960.000 en el censo de 1906—, sus miembros pierden cualquier tipo de vida privada para pasar a integrarse en la vida privada de sus amos. Estos criados, alojados bajo el mismo techo que sus amos, a diferencia de los jornaleros o de las asistentas, alimentados por ellos, ya coman en la antecocina o, como los criados de granja, en su mesa, llevan una vida que nada tiene de “privada”. La servidumbre de granja generalmente duerme en el establo, y guarda sus objetos personales en sus bolsillos o como mucho en su morral.Entre las Líneas En la ciudad, muchas criadas duermen en un desván, junto a la cocina; muchas también disponen de una buhardilla donde pueden depositar algunos objetos de aseo y unas pocas baratijas.Si, Pero: Pero los manuales de normas sociales invitan a las dueñas de la casa a visitar regularmente las habitaciones de las criadas. Por lo demás, éstas apenas están en ellas más tiempo que el de dormir.
El control de los señores se extiende también a las relaciones de los criados, que son cuidadosamente vigiladas. Sus vacaciones son breves y escasas y su correspondencia abierta.
Autor: Antoine /Prost
1906-1913
Sin demasiadas novedades, en el inmenso mundo. Como todos los siglos y milenios que lo precedieron sobre la tierra, también el nuevo siglo se regula conforme al conocido principio inmóvil de la dinámica histórica: «A los unos, el poder, y a los otros, la servidumbre». Y en él se basan, concordes, tanto el orden interno de las sociedades (dominadas actualmente por los «Poderes» llamados «capitalistas») como el orden externo internacional (llamado «imperialismo»), dominado por algunos Estados llamados «Potencias», que se reparten prácticamente toda la superficie terrestre en las correspondientes fincas, o imperios. Entre ellas, última en llegar, está Italia, que aspira al rango de Gran Potencia, y para merecérselo se adueñó ya por las armas de algunos países extranjeros (referido a las personas, los migrantes, personas que se desplazan fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de forma temporal o permanente, y por diversas razones) — menos poderosos que ella—, constituyéndose una finquita colonial, aunque no todavía un imperio.
Pese a la perpetua competencia entre sí, amenazadora y armada, las Potencias se asocian, según los casos, en «bloques», para la común defensa de sus intereses (entendidos, en el interior, como los intereses de los «Poderes». A los demás, sujetos a servidumbre, que no participan de los beneficios aunque sin embargo son útiles, tales intereses les son presentados en términos de abstracciones ideales, variables cuando varían los usos publicitarios.Entre las Líneas En estas primeras décadas del siglo, el término preferido es «patria»).
Actualmente, el máximo poder, en Europa, se lo disputan dos bloques: la «Triple Entente» de Francia, Inglaterra y la Rusia de los zares, y la «Triple Alianza» de Alemania, Austria-Hungría e Italia. (Italia pasaría después a la Entente.)
En el meollo de todos los movimientos sociales y políticos están las grandes industrias, promovidas hace ya tiempo con su enorme y creciente desarrollo a sistemas de «industrias masivas» (que reducen al obrero a «un simple accesorio de la máquina»). Para su funcionamiento y su consumo, las industrias necesitan masas, y viceversa. Y como el trabajo de la industria está siempre al servicio de Poderes y Potencias, entre sus productos corresponde el primer lugar, necesariamente, a las armas («carrera armamentista»), las cuales, sobre la base de una economía de consumo masivo, encuentran una salida en la guerra masiva.
Autor: Elsa /Morante
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