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Apostolado en Teología

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Apostolado en Teología

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Apostolado en la Teología Dogmática en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre apostolado en la teología dogmática que se haya en otra parte de esta plataforma online). 4. Pluralidad funcional del apostolado. La imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) evoca la unidad e igualdad fundamentales de los bautizados en Cristo y en el Espíritu.

Puntualización

Sin embargo, esa imagen es necesario completarla con la de Cuerpo Místico de Cristo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) -tal como hace el Vaticano II-, que expresa claramente que «en la edificación del cuerpo de Cristo también se da la diversidad de miembros y de funciones» (Lum. gent., 7), de acuerdo con la doctrina paulina de 1 Cor 12. «Hay, pues, en la Iglesia una igualdad fundamental junto a una desigualdad funcional» (A. del Portillo, o. c., 48). «La Cabeza de este Cuerpo es Cristo» (Lum. gent., ib.), pero el Espíritu, que distribuye los dones, hace que surjan, según las necesidades de la misma Iglesia, a la cual Cristo ama como su propia esposa, la diversidad de funciones, como fruto del reparto de dones y carismas (véase en esta plataforma: ESPIRITU SANTO III; CARISMA I y II).
El apostolado -como hemos visto- surge de la misma misión del Verbo encarnado, que prolonga a lo largo de la historia humana su acción salvadora a través de la misión de la Iglesia. La Iglesia, inseparable de Cristo que es su Cabeza, es a su vez inseparable de sus miembros, los fieles cristianos, que en el organismo vivo del Cuerpo de Cristo ocupan distintos lugares, diversidad de funciones, ministerios o diaconías. Todos los miembros participan de la misión única y total de la Iglesia porque son fieles; pero cada miembro debe cumplir su función, su peculiar misión, de acuerdo con el lugar que el Espíritu le ha asignado en el Cuerpo de Cristo, en ese organismo vivo que es la Iglesia.
El Vaticano II ha insistido en la correlación entre consagración y misión, al tratar de los diferentes miembros que en la Iglesia existen (cfr. Lumen gentium, 21, 28, 29, 31, 44, en relación con la consagración y la misión de obispos, presbíteros, diáconos, laicos y religiosos; doctrina posteriormente desarrollada en los correspondientes decretos Christus Dominus, sobre la «función pastoral de los obispos»; Presbyterorum Ordinis, sobre el «ministerio y vida de los presbíteros»; Apostolicam actuositatem, sobre el «apostolado de los laicos», y Perfectae caritatis, sobre la «renovación de la vida religiosa»). Y aunque ontológicamente la consagración preceda a la misión, existencialmente la exigencia de la diversidad de funciones precede a la diversidad de misiones y consagraciones. El Episcopado, p. ej., no tendría existencialmente razón de ser si no existiera una Iglesia particular, una porción del Pueblo al que tuviera que regir pastoralmente. El servicio a la totalidad de la misión es lo que da razón de ser de la diversidad de las funciones, que son otros tantos servicios. La idea de servicio es inseparable de la idea de misión o de función en el seno de la Iglesia. Cristo, que es Señor y Maestro, se presenta como el «Siervo de Yahwéh» (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) (cfr. Is 42, 1-9; 49, 1-6; 50, 4-11; 52, 13-15, y 53, 1-12) y como «siervo de los discípulos» (cfr. lo 13, 1-20), porque Cristo establece una relación entre los _designos de Dios y el destino humano. La Iglesia ha proclamado repetidas veces en el Vaticano II que se siente «servidora de la humanidad», precisamente por designio de Dios. La Iglesia «obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo -y de nosotros con P11- a la voluntad del Padre celestial que le envió» (J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones, no 1, 3 ed. Madrid 1969, p. 18). La misión de Cristo, de la Iglesia y de cada cristiano es una misión relativa, entre Dios que distribuye los dones y carismas (la vocación, porque es Él quien llama para cumplir una determinada función), y los hombres. El Vicario de Cristo usa frecuentemente este título apostólico: «Siervo de los siervos de Dios».
La pluralidad de funciones del apostolado no puede establecerse a priori de la vida de la Iglesia más que en aquellas funciones que lo son por institución divina, por institución de Cristo. Y, a tenor de ello, habrá de mantenerse que su sentido -si se tiene suficientemente en cuenta la idea de servicio- no se agota en la mismidad de cada función. El Vicario de Cristo es Sierro en grado sumo porque existen los siervos de Dios. Si por institución divina existe la Jerarquía sagrada es porque igualmente por designio de Dios existe el decreto de salvación de todos los hombres, y porque esa salvación la tiene que realizar históricamente un resto fiel que es el Pueblo de Dios. La const. Lumen gentium distingue efectivamente la existencia de una misión de la Jerarquía y una misión del laicado (cfr. cap. III y IV), inmediatamente después de haber afirmado la radical y fundamental identidad que se da entre los fieles que forman parte del único Pueblo de Dios. También es importante señalar que en la Constitución dogmática sobre la Iglesia -la Lumen gentium- se incluye el reconocimiento del estado peculiar de vida de los religiosos. Todo ello habla de la diversidad de funciones del apostolado, al margen de las iniciativas apostólicas que a lo largo de la historia hayan podido darse en el seno de la Iglesia.
«Ya en el año 1945, mons. J. Escrivá de Balaguer, una de las figuras precursoras del Concilio Vaticano 11, ponía vigorosamente de manifiesto estos conceptos con las siguientes palabras: `Debemos considerar a la vez, sin confundirlas, dos nociones fundamentales: de una parte, la noción de estado, que distingue al sacerdote del simple fiel; y de otra, la vocación a la santidad, común a todos los cristianos. El estado clerical se caracteriza por un conjunto de deberes exigidos por la misión específica que corresponde, en el servicio de Dios, al sacerdote, que está llamado, por razón del sacramento del orden que ha recibido, a ayudar a sus hermanos con los servicios propios de su ministerium verbi et sacramentorum, del ministerio de la predicación y de los sacramentos. El estado laical ofrece también un aspecto que le es propio, que viene a ser dentro del Cuerpo Místico de Cristo el ministerio peculiar de los seglares: asumir sus responsabilidades personales en el orden profesional y social, para informar de espíritu cristiano todas las realidades terrenas, a fin de que en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo (1 Pet 4, 11).
`Pero siendo distintos los estados correspondientes al sacerdote y al seglar -como consecuencia de la diversidad de sus respectivas tareas o ministerios-, es en ellos única y común su condición de cristianos, por haber sido llamados a formar parte de un solo cuerpo (Col 3, 15), y porque igualmente se les aplican aquellas palabras de San Pablo a los corintios: Christi bonus odor sumus Deo (2 Cor 2, 15), somos el buen olor de Cristo, delante de Dios. Por exigencia de la común vocación cristiana -como algo que exige el único bautismo que han recibido- el sacerdote y el seglar deben aspirar, por igual, a la santidad, que es una participación en la vida divina (S. Cyrillus Hierosolymitanus, Catecheses, 21, 2). Esa santidad, a la que son llamados, no es mayor en el sacerdote que en el seglar: porque el laico no es un cristiano de segunda categoría. La santidad, tanto en el sacerdote como en el laico, no es otra cosa que la perfección de la vida cristiana, que la plenitud de la filiación divina, pues todos somos a los ojos de nuestro Padre Dios hijos de igual condición, cualquiera que sea el servicio o ministerio que a cada uno se asigne: hijos pequeños, a quienes -justamente por su pequeñez- se les ha reservado el reino de los cielos (Mt 19, 14)’ (J. Escrivá de Balaguer, Carta, 2-II-1945)» (A. del Portillo, o. c., 49-50).
La diversidad de funciones apostólicas está en relación con la santidad de la vida: todos estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana, a la santidad y a la perfección de la caridad (cfr. Lum. gent., cap. V). La santidad, la perfección de la caridad, la plenitud de vida cristiana, exigen el apostolado Correlativamente podría decirse que exigen el fiel cumplimiento de la propia misión apostólica de acuerdo con la peculiar consagración de cada cual (véase en esta plataforma: II).
Función apostólica de la Jerarquía será -a tenor del Vaticano II- alimentar a todo el Pueblo de Dios con la Palabra y los Sacramentos, y regir pastoralmente su «grey»; no parece necesario desarrollar aquí el contenido de este ministerio sagrado del interior de la Iglesia (puede verse: OBISPO; PRESBÍTERO; DIÁCONO; RELIGIOSOS; MAGISTERIO ECLESIÁSTICO; SACERDOCIO; JERARQUÍA ECLESIÁSTICA; etc.).Si, Pero: Pero el Pueblo de Dios tiene también, dentro de su misión única, la función de animar cristianamente el orden temporal, y respecto a éste «a la jerarquía corresponde señalar -como parte de su Magisterio- los principios doctrinales que han de presidir e iluminar la realización de esa tarea apostólica (cfr. Lum. gent., 28; Gaud. et spes, 43; Apost. actuos., 24)» (J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones, n° 11, 3 ed. Madrid 1969, p. 32).
Por su parte, «la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar ab intra -de manera inmediata y directa- las realidades seculares, el orden temporal, el mundo», aunque además de esta tarea que le es específicamente propia, el laico, por su condición de fiel tiene una serie de facultades fundamentales: «participación activa en la liturgia de la Iglesia, facultad de cooperar directamente en el apostolado propio dé la jerarquía o de aconsejarla en su tarea pastoral si es invitada a hacerlo, etc.», dice J. Escrivá de Balaguer (o. e., n° 9, p. 30), y añade: «A los laicos, que trabajan inmersos en todas las circunstancias y estructuras propias de la vida secular, corresponde de forma específica la tarea, inmediata y directa, de ordenar esas realidades temporales a la luz de los principios doctrinales anunciados por el Magisterio; pero actuando, al mismo tiempo, con la necesaria autonomía personal frente a las decisiones concretas que hayan de tomar en su vida social, familiar, política, cultural, etc. (cfr. Lum. gent., 31; Gaud. et spes, 43; Apost. actuos., 7)» (o. c., n° 11, p. 32) (véase en esta plataforma: LAICOS).
«En cuanto a los religiosos, que se apartan de esas realidades y actividades seculares, abrazando un estado de vida peculiar, su misión es dar un testimonio escatológico público, que ayuda a recordar a los demás fieles del Pueblo de Dios que no tienen en esta tierra domicilio permanente (cfr. Lumen gentium, 44; Perfectae caritatis, 5). Y no puede olvidarse tampoco el servicio que suponen también para la animación cristiana del orden temporal las numerosas obras de beneficencia, de caridad y asistencia social que tantos religiosos y religiosas realizan con abnegado espíritu de sacrificio» (J. Escrivá de Balaguer, o. c., n° 11, p. 33) (véase en esta plataforma: t. RELIGIOSOS).
5. La Teología y el apostolado. La actual toma de conciencia que tiene lugar en el interior de la Iglesia no es fruto de una concreta enseñanza teológica. Más bien ha sido un proceso inverso: la realidad de la conciencia apostólica de muchos fieles -laicos o sacerdotes- ha provocado la reflexión teológica sobre el apostolado, como una constante eclesial que se ha dado siempre, de una u otra forma. El apostolado -si excluimos algunas esencialidades someramente expuestas más arriba- es la misma vida de la Iglesia, y esta vida concreta que ha tenido lugar a lo largo de los siglos es difícilmente reducible a categorías intelectuales, especialmente cuando de esas categorías pretenda extraerse una concreta metodología.Entre las Líneas En éste, como en tantos otros terrenos de la vida de la Iglesia, la postura intelectualmente correcta ha de ser la de una sana apertura a la realidad viva desde la fe vivida. Con otras palabras, una excesiva categorización intelectual teológica del apostolado no puede conducir más que a su anquilosamiento, porque en la práctica equivaldría a olvidar que la Iglesia tiene como Cabeza a Cristo, que envió al Espíritu sin el cual «nadie puede decir: ¡Anatema es Jesús! y nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino por influjo del Espíritu» (1 Cor 12, 3).
Más explícitamente aún, cabe decir que la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos no es reducible a la historia de sus instituciones y a la del pensamiento teológico. El proceso mediante el cual el apostolado ha cuajado en instituciones y ha sido objeto de consideración desde la Teología, es precisamente el inverso. Es decir, en la Iglesia se han dado siempre los dones y carismas del Espíritu Santo que han movido a los cristianos en general al a.; en una etapa ulterior, esa actividad e iniciativas apostólicas han originado las instituciones o el reconocimiento de la existencia de dones y carismas por la autoridad de la Iglesia (en cumplimiento de su misión sagrada de gobernarla); y también ha provocado la reflexión teológica sobre el conjunto de fenómenos en los que se han dado esos dones y carismas. Ese reconocimiento de la jerarquía, cuyo oficio es velar por la vida de la Iglesia, abarca desde las formas asociativas del apostolado, hasta el reconocimiento de la dimensión apostólica que tienen numerosas tareas, consideradas antes como «neutras» desde el punto de vista del apostolado Aunque el reconocimiento de actividades plenamente laicales, pero emprendidas con responsabilidad apostólica, no es o no necesita ser una sanción o aprobación explícita de carácter jurídico; en todo caso se configura como un mero ius invigilandi respecto de la fe y rectas costumbres, que deja íntegro el derecho de los fieles a su libre iniciativa. Así, la función de la jerarquía nada tiene que actuar ni sancionar positivamente cuando el cristiano, por el hecho de estar bautizado, siente la urgencia caritativa de acercar sus amigos a Dios, de orar por ellos, de ayudarles a decidirse a cumplir mejor sus deberes, o de, con ocasión de su trabajo, impulsar a las personas con las que se relaciona a mejorar su vida, contribuyendo así a que la sociedad sea más recta y más justa.
Por otra parte, la propia Jerarquía al profundizar en la realidad de la Iglesia (que es el entero Pueblo de Dios, o la totalidad del Cuerpo Místico de Cristo) y la necesidad de contar con grupos de laicos católicos que, como ciudadanos, contribuyan y colaboren con la misión de la propia jerarquía (especialmente debido a las crecientes dificultades que el Estado moderno impuso a las funciones jerárquicas) han provocado formas de actividad apostólica de colaboración con el apostolado de la Jerarquía (p. ej., V. ACCIÓN CATÓLICA).
Este doble y diferente origen de asociaciones y formas de apostolado, actualmente reconocidas y sancionadas por la autoridad de la Iglesia, no puede ser confundido en una reflexión teológica. La, teología del apostolado, hasta época muy reciente, en síntesis daba los siguientes pasos: la misión del Verbo encarnado proviene de Dios Padre; después de la Ascensión el Espíritu Santo envía a los Apóstoles, que son el origen de la jerarquía; ésta recibe, pues, su misión de Cristo y del Espíritu Santo; y el resto de los fieles reciben su misión de la Jerarquía. El conc. Vaticano II ha impuesto un giro copernicano en esta importante cuestión. Efectivamente, Cristo recibe la misión del Padre, obedece a un decreto intratrinitario, y el Espíritu Santo realiza su misión cerca de los hombres, cuando el_ Hijo asciende al Padre.Si, Pero: Pero es toda la Iglesia la que es enviada por Dios como continuación inseparable de la Obra del Verbo encarnado, y cada uno de los fieles recibe su peculiar misión de la Iglesia. La Jerarquía debe reconocer los dones y carismas que asisten a cada fiel para el cumplimiento de la peculiar misión apostólica que reciba de la Iglesia, aunque también quepa la posibilidad de que sea la propia jerarquía quien, mediante un mandato, llame a algunos grupos de fieles laicos a una colaboración directa e inmediata en su específica tarea apostólica.Si, Pero: Pero son dos puntos de partida diferentes para una consideración total del apostolado V. t.: IGLESIA III, 3; BAUTISMO II Y III; CONFIRMACIÓN I. [rbts name=”teologia”]

Apostolado en la Teología Moral en Relación a Teología

En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] (Nota: esto es una continuación del texto sobre apostolado en la teología moral que se haya en otra parte de esta plataforma online). B. El apostolado de los laicos. Si entendemos que los laicos (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) son fieles, y que por el hecho de serlo están llamados vocacionados- al cumplimiento de la misión total de la Iglesia, se comprenderá también que existen peculiaridades en las funciones apostólicas de los laicos como tales laicos. «A los Apóstoles y a sus sucesores les fue entregado por Cristo el oficio de enseñar, santificar y gobernar en su nombre y con su potestad. Los laicos, por su parte, hechos partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, desarrollan en la Iglesia y en el mundo la función que les corresponde en la misión del entero Pueblo de Dios. Ejercen verdaderamente un apostolado con su actividad dirigida a la evangelización y santificación de los hombres, y a la animación y perfeccionamiento de las cosas temporales con el espíritu evangélico, de tal modo que su actividad en este orden temporal constituye un claro testimonio de Cristo y contribuye a la salvación de los hombres» (Apostolicam actuositatem, 2).
Como hemos señalado antes «la Jerarquía tiene la función de ser portadora del mensaje evangélico nomine Christi Capitis, de enseñar en nombre del mismo Redentor y Maestro; y de santificar y regir también in Ipsius nomine et potestate. Se trata, pues, de una misión pública, ejercida con la misma autoridad de Cristo, en servicio de la comunidad de los fieles.

Indicaciones

En cambio, los laicos tienen otra esfera de competencia: el apostolado personal como misión recibida también de Cristo, que no ha de ser, sin embargo, realizado nomine Christi Capitis, ni tampoco cum ipsius potestate. Es una actividad personal y privada, no pública, que se funda en la comunicabilidad de los propios bienes, como comunicable es la persona» (A. del Portillo, Fieles y laicos en la Iglesia, Pamplona 1969, 231-232).
Conviene recordar que «en la esfera propia del apostolado de los laicos, la jerarquía, y en general los clérigos y religiosos, deben observar escrupulosamente el principio de subsidiaridad (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). Porque si es cierto que, en caso de que los laicos sean insuficientes o se muestren remisos en el cumplimiento de su misión específica, pueden los demás miembros del Pueblo de Dios actuar en las tareas propias del laicado -procurando a la vez, a través de una tarea de formación integralmente cristiana, que los laicos asuman cuanto antes su propia responsabilidad-, no es menos cierto que su acción es en este caso sustitutiva y subsidiaria, y que cualquier intento de perpetuar esa situación más allá de lo estrictamente necesario conduciría al desorden y a la falta de eficacia» (A. del Portillo, o. c., 234).
Entre las diversas modalidades del apostolado de los laicos, cabe enumerar las siguientes:
a) «Ser testigos de Cristo en todas las circunstancias, viviendo plenamente inmersos en la sociedad humana» (Gaudium et spes, 43). Es el apostolado del testimonio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) de vida (cfr. Apost. actuos., 2).
b) Hacer presente y operante la Iglesia allí donde no podría ser sal de la tierra si no es mediante los laicos (Lum. gent., 33).
Conviene señalar, sin embargo, que estos dos deberes incumben a los laicos por su condición de fieles, ya que todos los fieles, cualquiera que sea su función en la Iglesia, están llamados al testimonio de vida y a hacer presente la Iglesia entre los hombres, con su cumplimiento del deber, con su espíritu de oración y de servicio, laboriosidad, compañerismo, sentido de la justicia y de la caridad, y en general con el ejercicio de todas las virtudes humanas y sobrenaturales.
c) Cooperar con la Jerarquía y con todos los demás fieles en la misión apostólica de toda la Iglesia: en las comunidades pastorales de base, en la diócesis (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), en las misiones (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), etc. (cfr. Apost. actuos., 10).
d) La santificación de la familia (`•.) y del matrimonio (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), como instituciones básicas en la sociedad, no necesariamente ligadas a los laicos en el sentido de que sean distintivo del estado laical (cfr. Lum. gent., 29).
e) «Es propio de los laicos, por vocación propia, buscar el reino de Dios desempeñando y ordenando según el querer de Dios las tareas temporales» (Lum. gent. 31). «Es propio de ellos, impregnados por el Espíritu de Cristo, animar desde dentro a modo de fermento las realidades temporales y ordenarlas para que sean cada vez más según Cristo» (Ad gentes, 15). «Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio del mundo y de los negocios seculares, están llamados por Dios para que, movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo obrando como obraría la levadura» (Apost. actuos., 2).
f) «Los hombres y las mujeres que, al mismo tiempo que adquieren los medios de vida para sí mismos y para la familia, llevan a cabo sus actividades de modo que sirven adecuadamente a la sociedad, pueden con razón pensar que con su trabajo están prolongando la obra del Creador, colaboran al bienestar de los hermanos y contribuyen con su aportación personal a que se realicen en la historia los designios divinos». «De ahí se deduce que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo ni los impulsa a desentenderse del bien de sus semejantes, sino que los vincula con más fuerza al deber de hacer estas cosas» (Gaudium et spes, 34). Como es sabido, el tema de la «santificación de trabajo» (cfr. J. L. Illanes, La santificación de trabajo, tema de nuestro tiempo, 3 ed. Madrid 1967), ha sido una de las constantes de la enseñanza del Fundador del Opus Dei: «El trabajo -escribía en 1940 (Carta, ll-III-1940)- es para nosotros, no sólo el medio natural de subvenir a las necesidades económicas y de mantenernos en lógica y sencilla comunidad de vida con los demás hombres, sino que es también -y sobre todo- el medio específico de santificación personal que nuestro Padre Dios nos ha señalado, y el gran instrumento apostólico santificador, que Dios ha puesto en nuestras manos, para lograr que en toda la creación resplandezca el orden querido por Él. El trabajo, que ha de acompañar la vida del hombre sobre la tierra, es para nosotros a la vez. el punto de encuentro de nuestra voluntad con la voluntad salvadora de nuestro Padre celestial, . el Señor nos ha llamado para que, permaneciendo cada uno en su propio estado de vida y en el ejercicio de su propia profesión u oficio, nos santifiquemos todos en el trabajo, santifiquemos el trabajo y santifiquemos con el trabajo» (cfr. apostolado del Portillo, o. c., 238; v. TRABAJO HUMANO VII).
g) La inspiración cristiana del orden temporal, es decir, de las estructuras sociales, políticas, económicas, culturales, etc. Teniendo en cuenta que «la clave de la cuestión no puede radicar en la mera transformación de unas condiciones de vida material: el progreso puede cooperar a la liberación del hombre, pero puede también esclavizarlo. Lo verdaderamente importante es poner al hombre en la posibilidad de adoptar una decisión libre con todas sus consecuencias, lo que equivale a conducirlo a una vida de fe más pura y más madura (cfr. Gaudium et spes, 62)» (A. García Suárez, Providencia y planificación, en Los cristianos hacen la historia, Madrid 1968, 74-75).
h) «Los laicos pueden además ser llamados a una cooperación más inmediata con el apostolado de la Jerarquía» (Lum. gent., 33). «La jerarquía une más estrechamente con su propia tarea apostólica, una forma de apostolado conservando, sin embargo, la naturaleza propia de ambas, sin quitar por tanto a los laicos la necesaria facultad de obrar espontáneamente».Entre las Líneas En estos casos, «los laicos actúan bajo la superior dirección de la misma Jerarquía» (Apost. actuos., 20 y 24). Aquí es preciso salir al paso de otro riesgo de «clericalismo» de naturaleza inversa al señalado más arriba. Existe siempre el riesgo de una intromisión indebida en el orden temporal por parte de la jerarquía y en general de los clérigos, cuando se extralimitan en lo que es función propia o cuando permanecen más tiempo del debido en las tareas que a título supletorio y provisional quizá tengan que emprender en algunas ocasiones.Si, Pero: Pero también se puede señalar el riesgo de «clericalismo» cuando se encargan con mandato a los fieles laicos tareas apostólicas que no les son propias: no conservaría el laico su naturaleza propia, tal como quiere dar a entender que debe mantenerse el n° 24 del Decr. Apostolicam actuositatem. Y puede derivarse un riesgo de «clericalismo» por el simple hecho de que los laicos, llamados a cooperar más directamente con el apostolado de la Jerarquía, transformen este mandato de la Jerarquía de tal forma que en vez de actuar «bajo la superior dirección de la misma Jerarquía» condicionen indebidamente la actuación de ella, intervengan abusivamente en el gobierno o en la jurisdicción de la comunidad eclesial y, en lugar de arrostrar la responsabilidad de su propio compromiso libremente contraído, comprometan la responsabilidad de la jerarquía en tomas de posición unilaterales. El riesgo de «clericalismo» puede darse igualmente por una consideración exclusivista del apostolado concebido primordialmente como tarea de cooperación con la Jerarquía. Esta estimable, sacrificada y encomiable cooperación no debe transformarse en un monopolio apostólico que atentaría directamente contra la condición laical del apostolado cristiano ejercido por los demás laicos en virtud de su personal compromiso bautismal. V. t.: SANTIDAD IV; PERFECCIÓN; JESUCRISTO V; CARIDAD. Y además: ACTIVIDAD Y ACTIVISMO II; AMISTAD II; AUDACIA; CORRECCIÓN FRATERNA; CRISTIANOS, PRIMEROS II; TESTIMONIO III. [rbts name=”teologia”]

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Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre apostolado en la teología moral en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Recursos

Notas y Referencias

  1. Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre apostolado en la teología dogmática en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid

Véase También

Bibliografía

1) Obras generales: a) para los aspectos bíblicos pueden verse: J. BONSIRVEN, Les enseignements de Jésus Christ, 8 ed. París 1950; X. LÉCN DuFouR, Apóstoles, en Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona 1966; B. OCHARD, E (se puede estudiar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). F. SUTCLIFFE y oTRos, Verbum Dei (comentario a la Sagrada Escritura, especialmente t. III y IV), 2 ed. Barcelona 1962; apostolado ROBERT y apostolado TRICOT, Iniciación bíblica, México 1957. b) Aspectos eclesiológicos y generales: G. BARAUNA y OTROS, La Iglesia del Vaticano 77, 3 ed. Barcelona 1968; J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones con., 3 ed. Madrid 1969; Ca. JOURNET, Teología de la Iglesia, 3 ed. Bilbao 1966; P. apostolado LIÉGÉ, Vivir como cristiano, Andorra 1962; H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao 1958.

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