Padres de la Iglesia
Tras la gran persecución de Diocleciano (303-311), los edictos de Constantino y Licinio (313) devolvieron la paz a la Iglesia. Se desarrolló una cultura cristiana y el siglo IV fue testigo de un importante florecimiento literario. Doctrinalmente, el siglo V estuvo dominado por el arrianismo, un intento del pensamiento helénico de racionalizar el cristianismo. San Atanasio, patriarca de Alejandría del 328 al 373, fue la gran figura del Concilio de Nicea, que condenó el arrianismo. Su obra principal es un tratado en tres libros: Contra los arrianos. Por otra parte, los grandes doctores capadocios, herederos de la tradición de Orígenes, desarrollaron una teología de la Trinidad. Se trata de San Basilio el Grande (muerto en 379), su hermano menor San Gregorio de Nisa (muerto hacia 394), apodado “el Místico”, y San Gregorio de Nacianzo (muerto hacia 390), considerado por la Iglesia griega como “el Teólogo”. Al mismo tiempo, en Antioquía, Juan Crisóstomo (fallecido en 407) y Teodoreto de Ciro (fallecido hacia 466) representan una tendencia diferente, caracterizada por una exégesis más literal y “científica”, una teología más racionalizadora y moralizante.