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Movilización Política

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Movilización Política

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Movilización Política: Introducción al Concepto Jurídico

De acuerdo con Eduardo Jorge Arnoletto:

La presencia del pueblo en los procesos políticos a veces se presenta bajo forma de participación y a veces bajo forma de movilización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El concepto de movilización es bastante ambiguo porque a veces puede ser considerado una forma de participación, como cuando se lo usa para nombrar los resultados de técnicas de estimulación electoral durante las campañas políticas, o bien los procesos de promoción de las masas y su inclusión en los sistemas políticos mediante la ampliación del sufragio (el derecho al voto).Si, Pero: Pero también tiene otro significado, como técnica de intervención sobre el público: por medio de la movilización es el régimen (especialmente los autoritarios) quien pide a la gente ciertos comportamientos y trata de fomentarlos.

Más sobre el Significado Político de Movilización Política

En este significado, el concepto de movilización es aplicable a los regímenes políticos no competitivos, cuando éstos tratan de estimular la presencia del público en el proceso político, con el preciso papel de proporcionar apoyo en respuesta a los exumos del poder. No se le reconoce al público la potestad de trasmitir libremente sus demandas, sino solo de responder con su apoyo a los estímulos que provienen del poder político.Entre las Líneas En ese sentido, se habla de movilización cuando las estructuras políticas fijan al público una directiva programática para lograr un objetivo unitario y usan todos los medios de represión y de persuación para realizar su programa.Entre las Líneas En los regímenes competitivos el poder trata de condicionar al público; en los regímenes no competitivos la orientación del público está determinada por el poder: no es poca diferencia.(D. Fisichella – 1990)

Movilización de las Masas y los Trabajadores a Principios del Siglo XX

¿Consiguieron las sociedades políticas y las clases dirigentes de la Europa occidental controlar (las) movilizaciones de masas, potencial o realmente subversivas? Así ocurrió en general en el período anterior a 1914, con la excepción de Austria, ese conglomerado de nacionalidades que buscaban en otra parte sus perspectivas de futuro y que solo se mantenían unidas gracias a la longevidad de su anciano emperador Francisco José (reinó entre 1848 y 1916), a la administración de una burocracia escéptica y racionalista y al hecho de que para una serie de grupos nacionales, esa realidad era menos deseable que cualquier destino alternativo.Entre las Líneas En la mayor parte de los estados del Occidente burgués y capitalista –como veremos, la situación era muy diferente en otras partes del mundo (véase infra, capítulo 12)-, el período transcurrido entre 1875 y 1914 y, desde luego, el que se extiende entre 1900 y 1914, fue de estabilidad política, a pesar de las alarmas y los problemas.

Los movimientos que rechazaban el sistema, como el socialismo, eran engullidos por éste o -cuando eran lo suficientemente débiles- podían ser utilizados incluso como catalizadores de un consenso mayoritario. Esta era, probablemente, la función de la «reacción» en la República francesa, del antisocialismo en la Alemania imperial: nada unía tanto como un enemigo común.Entre las Líneas En ocasiones, incluso el nacionalismo podía ser manejado. El nacionalismo galés sirvió para fortalecer el liberalismo, cuando su líder Lloyd George se convirtió en ministro del gobierno y en el principal freno y conciliador demagógico del radicalismo y el laborismo democráticos. Por su parte, el nacionalismo irlandés, tras los episodios dramáticos de 1879-1891, pareció remansarse gracias a la reforma agraria y a la dependencia política del liberalismo británico. El extremismo pangermano se reconcilió con la «Pequeña Alemania» por el militarismo y el imperialismo del imperio de Guillermo. Incluso en Bélgica,- los flamencos se mantuvieron en el seno del partido católico, que no desafiaba la existencia del estado unitario y nacional. Podían ser aislados los elementos irreconciliables de la ultraderecha y de la ultraizquierda. Los grandes movimientos socialistas anunciaban la inevitable revolución, pero por el momento tenían otras cosas en que ocuparse. Cuando estalló la guerra en 1914, la mayor parte de ellos se vincularon, en patriótica unión, con sus gobiernos y sus clases dirigentes. La única excepción importante de la Europa occidental confirma la regla.Entre las Líneas En efecto, el Partido Laborista Independiente británico, que continuó oponiéndose a la guerra, lo hacía porque compartía la larga tradición pacífica del inconformismo y del liberalismo burgués del Reino Unido, que de hecho convirtió a éste en el único país en cuyo gobierno dimitieron por tales motivos varios ministros liberales, en agosto de 1914 (John Morley, biógrafo de Gladstone y John Burns, antiguo líder laborista).

Los partidos socialistas que aceptaron la guerra lo hicieron, en muchos casos. sin entusiasmo y, fundamentalmente, porque temían ser abandonados por sus seguidores, que se apuntaron a filas en masa con celo espontáneo.Entre las Líneas En el Reino Unido, donde no existía reclutamiento militar obligatorio, dos millones de jóvenes se alistaron voluntariamente entre agosto de 1914 y junio de 1915, triste demostración del éxito de la política de la democracia integradora. Sólo en los países donde no se había desarrollado aún un esfuerzo real para conseguir que el ciudadano pobre se identificara con la nación y el estado, como en Italia, o donde ese esfuerzo no podía conocer el éxito, como entre los checos, la gran masa de la población se mostró indiferente u hostil a la guerra en 1914. El movimiento antibelicista de masas no se inició realmente hasta mucho más tarde.

Dado el éxito de la interacción política, los diversos regímenes políticos solo tenían que hacer frente al desafío inmediato de la acción directa. Es cierto que este tipo de conflictos ocurrieron sobre todo en los años inmediatamente anteriores al estallido de la guerra, pero se trataba de un desafío del orden público más que del orden social, dada la ausencia de situaciones revolucionarias e incluso prerrevolucionarias en los países más representativos de la sociedad burguesa. Los tumultos protagonizados por los viticultores del sur de Francia, el motín del Regimiento 17 enviado contra ellos (1907), las huelgas prácticamente generales de Belfast (1907), Liverpool (1911) y Dublín (1913), la huelga general de Suecia (1908) e incluso la «Semana Trágica» de Barcelona (1909) no tenían la fuerza suficiente como para quebrantar los cimientos de los regímenes políticos.

Puntualización

Sin embargo, eran acontecimientos graves, en especial en la medida en que eran síntoma de la vulnerabilidad de unos sistemas económicos complejos.Entre las Líneas En 1912, el primer ministro inglés., Asquith, a pesar de la proverbial impasibilidad del caballero inglés, lloró al anunciar la derrota del gobierno ante la huelga general de los mineros del carbón.
No debemos subestimar la importancia de estos fenómenos. Aunque los contemporáneos ignoraban qué sucedería después, con frecuencia tenían la sensación de que la sociedad se sacudía como si se tratara de los movimientos sísmicos que preceden a los terremotos más fuertes.Entre las Líneas En esos años flotaba en el ambiente un hálito de violencia sobre los hoteles Ritz y las casas de campo, lo cual subrayaba la inestabilidad y la fragilidad del orden político en la belle époque.

Pero tampoco hay que exagerar su trascendencia. Por lo que respecta a los países más importantes de la sociedad burguesa, lo que destruyó la estabilidad de la “belle époque”, incluyendo la paz de ese período, fue la situación en Rusia, el imperio de los Habsburgo y los Balcanes, y no la que reinaba en la Europa occidental y en Alemania. Lo que hizo peligrosa la situación política del Reino Unido en los años anteriores a la guerra no fue la rebelión de los trabajadores, sino la división que surgió en las filas de la clase dirigente, una crisis constitucional provocada por la resistencia que la ultraconservadora Cámara de los Lores opuso a la de los Comunes, el rechazo colectivo de los oficiales a obedecer las órdenes de un gobierno liberal que defendía el Home Rule en Irlanda. Sin duda, esas crisis provocaron, en parte, la movilización de los trabajadores, pues a lo que los lores se resistían ciegamente, y en vano, era a la demagogia inteligente de Lloyd George, dirigida a mantener «al pueblo» en el marco del sistema de sus gobernantes.

Puntualización

Sin embargo, la última y más grave de esas crisis fue provocada por el compromiso político de los liberales con la autonomía irlandesa (católica) y el de los conservadores con la negativa de los protestantes del Ulster (que apoyaban en las armas) a aceptarla. La democracia parlamentaria, el juego estilizado de la política, era como bien sabemos todavía en el decenio de 1980- incapaz de controlar esa situación.
De cualquier forma, en el período que transcurre entre 1880 y 1914, las clases dirigentes descubrieron que la democracia parlamentaria, a pesar de sus temores, fue perfectamente compatible con la estabilidad política y económica de los regímenes capitalistas. Ese descubrimiento, así como el propio sistema, era nuevo, al menos en Europa. Este sistema era decepcionante para los revolucionarios sociales. Para Marx y Engels, la república democrática, aunque totalmente «burguesa», había sido siempre como la antesala del socialismo, por cuanto permitía, e incluso impulsaba, la movilización política del proletariado (la clase obrera industrial; el término pasó a ser de uso general después de que se popularizara en los escritos de Karl Marx) como clase y de las masas oprimidas, bajo el liderazgo (véase también carisma) del proletariado. De esta forma, favorecería ineluctablemente la victoria final del proletariado (la clase obrera industrial; el término pasó a ser de uso general después de que se popularizara en los escritos de Karl Marx) en su enfrentamiento con los explotadores.

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Sin embargo, al finalizar el período que estamos estudiando, sus discípulos se expresaban en términos muy distintos. «Una república democrática -afirmaba Lenin en 1917- es la mejor concha política para el capitalismo y, en consecuencia, una vez que el capitalismo ha conseguido el control de esa concha … asienta su poder de forma tan segura y tan firme que ningún cambio, ni de personas ni de instituciones, ni de partidos en la república democrático-burguesa puede quebrantarla.» Como siempre, a Lenin no le interesaba el análisis político general, sino más bien encontrar argumentos -eficaces para una situación política concreta, en este caso, contra el gobierno provisional de la Rusia revolucionaria y en pro del poder de los soviets.Entre las Líneas En cualquier caso, no discutiremos aquí la validez de su argumentación, muy discutible, sobre todo porque no establece una distinción entre las circunstancias económicas y sociales que han permitido a los estados soslayar las revueltas sociales, y las instituciones que les han ayudado a conseguirlo. Lo que nos interesa es su plausibilidad. Con anterioridad a 1880, los argumentos de Lenin habrían parecido igualmente poco plausibles a los partidarios y a los enemigos del capitalismo, inmersos en la acción política. Incluso en las filas de la izquierda política, un juicio tan negativo sobre la «república democrática» habría resultado casi inconcebible.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Las afirmaciones de Lenin en 1917 hay que considerarlas desde la perspectiva de la experiencia de una generación de democratización occidental, y, especialmente, de la de los últimos quince años anteriores a la guerra.
Pero ¿acaso no era una ilusión pasajera la estabilidad de esa unión entre la democracia política y un floreciente capitalismo? Cuando dirigimos sobre él una mirada retrospectiva, lo que llama nuestra atención sobre el período transcurrido entre 1880 y 1914 es la fragilidad y el alcance limitado de esa vinculación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Quedó reducida al ámbito de una minoría de economías prósperas y florecientes de Occidente, generalmente en aquellos estados que tenían una larga historia de gobierno constitucional.

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El optimismo democrático y la fe en la inevitabilidad histórica podían hacer pensar que era imposible detener su progreso universal. Pero, después de todo, no habría de ser el modelo universal del futuro.Entre las Líneas En 1919, toda la Europa que se extendía al oeste de Rusia y Turquía fue reorganizada sistemáticamente en estados según el modelo democrático.Si, Pero: Pero ¿Cuántas democracias pervivían en la Europa de 1939? Cuando aparecieron el fascismo y otros regímenes dictatoriales, muchos expusieron ideas contrarias a las que había defendido Lenin, entre ellos sus seguidores. Inevitablemente, el capitalismo tenía que abandonar la democracia burguesa.Si, Pero: Pero eso también era erróneo. La democracia burguesa renació de sus cenizas en 1945 y desde entonces ha sido el sistema preferido de las sociedades capitalistas, lo bastante fuertes, florecientes económicamente y libres de una polarización o división social, como para permitirse un sistema tan ventajoso desde el punto de vista político.Si, Pero: Pero este sistema solo está vigente en algunos de los más de 150 estados que constituyen las Naciones Unidas en estos años postreros del siglo XX. El progreso de la política democrática entre 1880 y 1914 no hacía prever su permanencia ni su triunfo universal.

Fuente: Eric /Hobsbawm

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