Nacionalismo Hispanoamericano
Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] Nota: quizás pueda ser de utilidad la información sobre el Nacionalismo Integrador.
El primer ideólogo del nacionalismo hispanoamericano fue un taciturno hombre de letras uruguayo llamado José Enrique Rodó. Nacido en 1871, hijo de un comerciante catalán lo suficientemente acomodado para tener casa en el casco antiguo de Montevideo, Rodó se cultivó inicialmente en la buena biblioteca de clásicos latinos, españoles e hispanoamericanos formada por su padre, y en algún sentido nunca salió de ella. La eventual merma de la fortuna familiar y ciertos infortunios financieros de los que fue víctima en su madurez ahondaron el retraimiento en el que, según varios testimonios, vivió siempre: soltero empedernido, apartado y espectral, cercano siempre a su madre y a sus hermanos. Y aunque con el tiempo se mezcló en los afanes de la política, su estado ideal era lo que llamó «la divina religión del pensamiento».
Siendo estudiante del Liceo Elbio Fernández, Rodó publicó sus primeras contribuciones que delinearon temas perdurables en su obra como el culto a los héroes, encarnado entonces en Bolívar y, curiosamente, también en Benjamin Franklin. Tras la muerte del padre en 1885, siguieron años de zozobra en los que Rodó interrumpe sus estudios, trabaja como amanuense en el estudio de un escribano, trabaja en un banco de cobranzas, obtiene la máxima distinción en literatura, pero no se recibe de bachiller.Entre las Líneas En 1895 funda la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales, dedicada «a sacudir el marasmo en que yacen por el momento las fuerzas vivas» de la intelectualidad uruguaya.Entre las Líneas En la revista, Rodó hace crítica literaria, exhuma e interpreta a los clásicos españoles e iberoamericanos, y muestra las primeras inclinaciones estéticas en su pensamiento.
Las guerras civiles de su país palidecían frente a sus propias crisis emocionales: «Cuando la resonancia de la batalla sobrecogía de dolor o electrizaba de entusiasmo los corazones –escribió a un amigo en marzo de 1897–, el mío, embargado por inquietudes muy ajenas a la lucha de los partidos, apenas participaba del interés y la emoción de los demás.» Ese año desaparece la revista. «Cada uno de nosotros –escribe Rodó– es un pedazo de un gran cadáver.Entre las Líneas En cuanto a mí […] los desengaños, las rudas experiencias, los sabores amargos de la vida, han tenido la virtud siempre de fortalecer mi culto por el refugio sagrado del arte y del estudio, adonde las cosas bajas y miserables no alcanzan.» Rodó parecía invadido por la melancolía. Su amigo Arturo Giménez Pastor lo recordaba lejano: «era, en cuanto a figura y actitud, el hombre a quien le sobra todo en el desairado juego de movimientos: brazos, piernas, ropa […] Daba la mano entregándola como cosa ajena; la voluntad y el pensamiento no tomaban parte en este acto. La mirada diluíase imprecisa y corta tras la frialdad de los lentes». Según cuenta Emir Rodríguez Monegal, tuvo encuentros con algunas mujeres, pero vivió siempre en «una ausencia del amor como elemento erótico».Entre las Líneas En 1898, el triunfo del Partido Colorado le garantiza un empleo en la oficina de avalúos de guerra. Rodó acepta con resignación ese «recurso desesperado que llamamos en nuestro país un empleo público». Ese año es designado catedrático interino de literatura (dio un curso sobre historia intelectual que abarcó de Platón a Spencer) y ocupó también de manera interina la dirección de la Biblioteca Nacional. Rodó, según un retrato de la época, «era un joven alto, delgaducho, un sí es no es desgarbado que andaba ya con el cuerpo tieso, los brazos caídos, las manos; abiertas aquellas manos fláccidas y muertas que al ser estrechadas se escurrían frías como algo inanimado[…] y si había algo de reservado en su ser, ello estaba en la frente, una frente amplia, que aún más lo parecía, porque peinaba sus cabellos hacia atrás; una frente tersa, fría, detrás de la cual ya se anidaba un pensamiento propio, altivo, una voluntad de conquistador reflexivo y sereno».
De pronto, el año 1900 trajo consigo dos acontecimientos que lo marcaron: la herencia suficiente que le llegó de un tío materno y la derrota de España frente a Estados Unidos. La guerra lo indignó y entristeció. Hijo de un inmigrante catalán, Rodó amaba a España, pero como latinoamericano deseaba la liberación de Cuba.
Aviso
No obstante, hubiera querido que esa liberación fuese digna para España (sin humillaciones por parte de Estados Unidos) y que su desenlace no implicara la presencia de un nuevo amo en la isla. Ocurrió lo que temía, y esa crisis le inspiró la escritura (su redacción) (redacción) de un opúsculo –en realidad, una homilía moral dedicada a los jóvenes– que se titularía Ariel y que cambiaría la historia ideológica de Hispanoamérica, al grado de seguir siendo lectura obligada en las escuelas secundarias de la América hispana en los años en que Fidel Castro (a su vez hijo de un soldado gallego derrotado en aquella guerra) entraba triunfante a La Habana para cerrar, en varios sentidos, el ciclo abierto en 1898.
Para el gobierno de Estados Unidos y para sectores amplios de su opinión pública, la escaramuza de fin de siglo pareció confirmar un Destino no solo Manifiesto (el designio de expansión formulado en 1839) sino manifestado, primero a costa de México, en la guerra de 1846-1848, y vuelto a manifestar medio siglo después en la guerra con España. Del vetusto Imperio español no quedaban sino harapos y, con una facilidad en verdad humillante, Estados Unidos reordenó el mapa mundial: Filipinas, las islas de Guam, Cuba y Puerto Rico pasaron de la potencia naviera del siglo XVI a la potencia naviera del siglo XX. También pasaron de la condición de colonia a la de tutela. El nuevo papel no convenció a todos los estadounidenses. Ese mismo 1898, Mark Twain funda la Liga Antiimperialista de los Estados Unidos y combate con ironía la amenaza de ver a su país convertido en un imperio: «Y por bandera para la provincia de Filipinas, la solución es sencilla. Podemos tener una especial: nuestros estados la tienen: podríamos poner nuestra bandera usual, con las franjas blancas pintadas de negro y reemplazar las estrellas con la calavera y las tibias cruzadas.»
En cuanto a los hispanoamericanos, su reacción fue parecida a la de un sobreviviente de un terremoto. Estados Unidos, desdeñoso y desconocedor –como había apuntado Martí– de la realidad vivida y sentida en los países de habla hispana, no advirtió el efecto histórico que su acción tendría en ellos. Ariel fue producto natural de ese impacto. Llegó en el momento oportuno: expresó un desencuentro entre las dos Américas que venía gestándose a lo largo del siglo XIX y profetizó otro que duraría casi todo el siglo XX.
Admiración
El ciclo de admiración y desencanto venía de muy atrás. Deseosas de construir un orden constitucional republicano y secular distinto y opuesto a la monarquía absoluta y católica de la que se acababan de independizar (y cuya herencia vindicaron, con diversos matices, los grupos políticos, eclesiásticos, militares e intelectuales llamados «conservadores»), al menos tres generaciones liberales en Hispanoamérica voltearon hacia Estados Unidos con una admiración que en ciertos casos llegó al extremo de la asimilación completa. La Constitución mexicana de 1824, la primera en determinar que la nación mexicana sería una república federal, incluía una declaración previa donde los legisladores, encabezados por el brillante periodista, político e historiador liberal Lorenzo de Zavala, hallaban motivos de orgullo en su emulación de los norteamericanos. El Congreso, afirmaba, «felizmente tuvo un modelo que imitar en la República floreciente de nuestros vecinos del Norte». (Federalista coherente, Zavala terminó sus días como redactor de la Constitución de Texas y su primer vicepresidente.)
Mucho más receloso y precavido con respecto al país del norte que, a diferencia de Inglaterra, había permanecido neutral durante la lucha de independencia en Hispanoamérica, Simón Bolívar pensó que a las nuevas repúblicas convenía un acercamiento con la potencia naval de la época, Inglaterra. Para su orden interno, a diferencia del diseño americano, aconsejaba también un diseño europeo, un mejor equilibrio entre el orden y la libertad, con un ejecutivo fuerte y un gobierno centralizado.Si, Pero: Pero no por eso dejó de admirar el «lisonjero» ejemplo de Estados Unidos:
¿Quién puede resistir el atractivo victorioso del goce pleno y absoluto de la soberanía, de la independencia, de la libertad? ¿Quién puede resistir al amor que inspira un gobierno inteligente que liga a un mismo tiempo los derechos particulares a los derechos generales; que forma de la voluntad común la ley suprema de la voluntad individual? ¿Quién puede resistir al imperio de un gobierno bienhechor que con una mano hábil, activa y poderosa, dirige siempre y en todas partes, todos sus resortes hacia la perfección social, que es el fin único de las instituciones humanas?
Al promediar el siglo, la admiración por parte de los grupos liberales, llamados comúnmente «progresistas», era casi continental.Entre las Líneas En el extremo sur, Domingo Faustino Sarmiento, el brillante escritor que llegaría a ser presidente de la Argentina (y gustaba de llamarse a sí mismo «Franklincito»), no escatimaba elogios a la nación norteamericana, que recorrió por seis semanas en 1847, después de haber viajado por Europa. Constantemente compara y contrasta Francia y Estados Unidos:
Estoy convencido de que los norte-americanos son el único pueblo culto que existe en la tierra, el último resultado obtenido de la civilización moderna […] El único pueblo del mundo que lee en masa, que usa de la escritura (su redacción) para todas sus necesidades, donde 2,000 periódicos satisfacen la curiosidad pública, son los Estados-Unidos, i donde la educación como el bienestar están por todas partes difundidos, i al alcance de los que quieran obtenerlo. ¿Están uno i otro en igual caso en punto alguno de la tierra? La Francia tiene 270,000 electores, esto es entre treinta i seis millones de individuos de la nación mas antiguamente civilizada del mundo, los únicos que por la lei no están declarados bestias; puesto que no les reconoce razón para gobernarse.
En México, ni siquiera la pérdida de la mitad del territorio mermó la fe de los liberales en Estados Unidos. Ya en 1864, durante momentos difíciles, Walt Whitman se sorprendía: «¿No es de verdad extraño? México es el único país al que realmente hemos agredido, y ahora es el único que reza por nosotros y por nuestra victoria, con oración genuina.» La razón era doble.Entre las Líneas En primer lugar, política: en ese instante, los conservadores, que sustentaban el imperio de Maximiliano de Habsburgo y contaban con el apoyo de Francia y Austria-Hungría, deseaban el triunfo de los confederados.Si, Pero: Pero también ideológica: Estados Unidos era la patria universal de las libertades y la democracia.[rtbs name=”democracia”]
En 1867, tras la ejecución de Maximiliano y el triunfo definitivo de la República liberal presidida por Benito Juárez contra la intervención francesa, los presidentes Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz no dejaron de temer la reincidencia de una guerra. Durante su gobierno (1872-1876), el primero afirmó con certeza: «Entre la fuerza y la debilidad, el desierto»; en algún momento de su largo régimen (1876-1911), Díaz dijo (quizá): «Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de los Estados Unidos.» Ambos libraron batallas diplomáticas para evitar lidiar con las exigencias (comerciales, militares, políticas) del vecino y prevenir así una pérdida adicional de territorio.Si, Pero: Pero la actitud general seguía siendo de admiración y a veces de deslumbramiento.Entre las Líneas En Estados Unidos se habían refugiado los liberales a mediados del siglo para conspirar contra el dictador Santa Anna o para fortalecerse, tiempo después, ante la invasión francesa.Entre las Líneas En Nueva York se había desterrado Lerdo de Tejada tras el golpe de Estado de Porfirio Díaz en 1876. Y a Nueva York había ido en 1881 el propio Díaz, en circunstancias más gratas (su luna de miel). Díaz se avino a la «penetración pacífica» predicada por James Blaine, dejó que «entre la fuerza y la debilidad» mediara el ferrocarril construido por estadounidenses y –cuidando siempre el equilibrio con la participación europea– fincó una parte del notable progreso material de México en el fin de siglo en la inversión de mineros, agricultores y petroleros venidos de allá.Si, Pero: Pero el ascenso del imperialismo cambió el cuadro.
Hacia 1897, un amigo de Martí en sus años mexicanos, el historiador, tribuno, periodista, jurista, educador Justo Sierra Méndez, viaja a Estados Unidos. De joven había escuchado al propio presidente Benito Juárez sostener –de acuerdo con el canon liberal puro– que México se beneficiaría mucho de la inmigración protestante, porque así el pueblo aprendería hábitos de frugalidad, educación y trabajo.Si, Pero: Pero Sierra había ido abandonando el ideario puramente liberal no solo para adoptar la concepción positivista y evolucionista de moda (primero la doctrina de Auguste Comte y más tarde la de Herbert Spencer), sino para desconfiar de la política exterior estadounidense con un nacionalismo cultural todavía embrionario pero que lo acercaba a la postura conservadora. (Los conservadores siempre habían rechazado, por motivos culturales, políticos y religiosos, al vecino anglófono, liberal y protestante.) De hecho, Sierra se consideraba ya a sí mismo un «liberal conservador».Entre las Líneas En tierra yankee, su diario de viaje, refleja el balance más bien negativo que el pensamiento liberal y positivista finisecular comenzaba a hacer de aquel país de Jano, democrático e imperial. Frente al Capitolio escribe:
Pertenezco a un pueblo débil, que puede perdonar pero que no debe olvidar la espantosa injusticia cometida contra él hace medio siglo; y quiero como mi patria tener ante los Estados Unidos, obra pasmosa de la naturaleza y de la suerte, la resignación orgullosa y muda que nos ha permitido hacernos dignamente dueños de nuestros destinos. Yo no niego mi admiración, pero procuro explicármela, mi cabeza se inclina pero no permanece inclinada; luego se yergue más, para ver mejor.
Por un lado, el recelo, el resentimiento ante aquella máquina ciega de la ambición y la fuerza; por otra parte, la admiración ante «la labor sin par del Capitolio […] embebido de derecho constitucional hasta en su última celdilla […] «¿Cómo no inclinarnos ante ella, nosotros, pobres átomos sin nombres, si la historia se inclina?»
Igual que en la conciencia de Justo Sierra (que en 1894 había intentado persuadir a José Martí de quedarse en México y dedicarse a la enseñanza), todo cambió en la América hispana con la derrota de España en 1898 (esa «pequeña guerra espléndida», como la llamó el secretario John Hay, uno de los primeros teóricos del imperialismo estadounidense). Los liberales mexicanos e hispanoamericanos como Sierra dejaron de «inclinarse». Fue el momento de quiebre en la historia del pensamiento hispanoamericano. Había que construir una alternativa. No había que ser como ellos, y menos ser ellos. No bastaba estar lejos de ellos, y parecía inútil buscar acercarse a ellos. Había que ser radicalmente distintos a ellos. Como había previsto Martí, muchos iberoamericanos se negaron a admitir una libertad impuesta por las armas y una independencia convertida en protectorado.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
La situación de Cuba aclaró para muchos el sentido de varios episodios del siglo XIX: era el capítulo más reciente de una historia ya larga que incluía la anexión de Texas, la guerra con México, las acciones filibusteras en Centroamérica y hasta ciertos designios explícitos (por ejemplo de Henry Cabot Lodge) de hacer ondear la bandera de las barras y las estrellas desde el río Bravo hasta la Tierra del Fuego. Tras esa toma colectiva de conciencia, es natural que la admiración liberal por la democracia estadounidense –aunque nunca desapareciese del todo– pasara a segundo plano: lo que privaba ahora era el temor al siguiente zarpazo del big stick en el Caribe y Centroamérica.Entre las Líneas En ese contexto ocurrió un cambio profundo en la historia de las ideas políticas hispanoamericanas: los círculos liberales comenzaron a convergir respecto de Estados Unidos con sus antiguos rivales, los conservadores, y a concebir claramente un nacionalismo hispanoamericano de nuevo cuño, formulado en términos explícitamente antiestadounidenses. Su biblia fue Ariel, obra de un escritor que nunca pisó Estados Unidos, oriundo de un país pequeño y convulso pero educado y próspero, que podía sentirse, como su vecina Argentina, la Europa de América, único baluarte posible ante la arrogante potencia.
Crisis de 1898
El golpe de 1898 para todo el orbe de la lengua española fue brutal: parecía desdecir, en su fundamento, el sentido mismo de la civilización. [rtbs name=”civilizacion-occidental”] [rtbs name=”renacimiento-de-la-civilizacion-occidental”](Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En 1898 el mundo se movía con una aceleración febril y España no había estado a la altura de los tiempos.Entre las Líneas En este sentido, son significativas las palabras de abatimiento que el filósofo y diplomático español Ángel Ganivet escribe a Miguel de Unamuno, quizás el autor más significativo del grupo intelectual español –la Generación del 98– que despertaba a una nueva realidad:
📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras: Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.La invención del vapor fue un golpe mortal para nuestro poder. Hasta hace poco no sabíamos construir un buque de guerra, y hasta hace poquísimo nuestros maquinistas eran extranjeros (referido a las personas, los migrantes, personas que se desplazan fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de forma temporal o permanente, y por diversas razones) […] Demos por vencida también la falta de estaciones propias para nuestros buques, y aún faltará algo importantísimo: dinero para costear las escuadras, el cual ha de ganarse explotando esas colonias que se trata de defender […] Más lógico es dejarse derrotar «heroicamente».
Tan violenta fue la sacudida, que activó el sistema de supervivencia espiritual de la cultura española. Perdido ya el sueño imperial, España tuvo un consuelo no menor: tras casi un siglo de distanciamiento, la América hispana se reconcilió con la humillada «Madre Patria».
Informaciones
Los dos componentes del orbe de la lengua española se reunían contra un mismo adversario y una misma lengua. Aparece entonces en España aquella extraordinaria «Generación del 98» (Ortega y Gasset, Ganivet, Unamuno, Valle-Inclán, Machado, Baroja, Maeztu) como un despertar tras dos siglos de somnolencia intelectual. La derrota provocó un examen de conciencia que condujo a los escritores, entre otras cosas, a retomar «el genio de la raza», a «redescubrir» su propio país, a recorrer sus caminos y a reflexionar sobre el pasado y el destino de España.Entre las Líneas En términos prácticos, el planteamiento del problema parecía claro: no tenemos acceso a la tecnología y estamos fuera de esa competencia, pero tenemos el espíritu. Para España, el «despertar del alma» reencarnó en la obra de Cervantes: el Quijote, derrotado por la tecnología de los molinos, era inmortal en la cima del alma humana.Si, Pero: Pero lo sorprendente del caso es que en la América hispana el dilema se planteó de modo más frontal y a propósito de los personajes de The Tempest, la última obra conocida de Shakespeare.
Fuente: Enrique /Krauze
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