Profecía en Teología
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Profecía de un Nuevo Mundo
Debido a la larga segregación de las ciencias físicas de las humanidades y las ciencias sociales, los historiadores, los críticos literarios y los economistas de los años 90 no eran conscientes de que la ciencia moderna de la Ilustración que definía el espacio como intemporal había sido sustituida en el siglo XIX por las ciencias heréticas de la geología, la biología y la física de Einstein que definían el espacio como temporal. Los ecologistas, conscientes de esta revolución, han utilizado la teoría de que la naturaleza es siempre temporal y compleja para criticar la fe moderna en un mercado global único e intemporal. Algunos autores han mostrado cómo las humanidades han ido avanzando hacia la crítica ecológica de la metáfora modem de los dos mundos. Están viendo un único mundo que es atemporal y complejo. (Véase mas sobre el espacio temporal e intemporal)
Los historiadores estadounidenses de 1789 a 1945 definieron a Estados Unidos como un estado de naturaleza intemporal. Eran partícipes del mundo de una cultura burguesa transnacional. Los historiadores de Inglaterra, Francia o Suecia describieron sus naciones como autónomas. Estaban comprometidos con la propiedad privada pero no con el capitalismo internacional. Después de 1945, los historiadores de las naciones burguesas describían ahora sus naciones como parte de una cultura capitalista internacional. Hubo una gran confusión y enfado durante esta revolución. Desde la década de 1960 hasta la actualidad, varios historiadores estadounidenses han criticado lo que consideran la peligrosa ambición de nuestros presidentes de convertir a Estados Unidos en el líder del capitalismo internacional.
Los economistas estadounidenses hasta 1945 compartían la creencia en el aislamiento nacional. Al igual que los historiadores, estaban comprometidos con la propiedad privada pero no con el capitalismo internacional. Los economistas se convirtieron en los líderes académicos más importantes a la hora de argumentar que nuestra economía formaba parte de un mercado global. Identificaron su nuevo compromiso con el capitalismo internacional con las ideas de Adam Smith, especialmente su teoría de “la mano invisible”. Identificaron su posición con la física propuesta por Isaac Newton en el siglo XVIII. Identificaron la naturaleza y el mercado como espacios intemporales en los que los individuos tomaban decisiones racionales. Ignoraron la física de Einstein que definía el espacio como temporal. Ignoraron a los ecologistas que insistían en que la naturaleza es temporal e inestable.
Cuando la profecía falla
Este texto examina la respuesta de expertos políticos como Thomas Friedman al colapso de sus profecías en la década de 1990 de que el mercado global crearía un nuevo mundo de paz y prosperidad (se puede repasar algunas de estas cuestiones en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Friedman, por ejemplo, empezó a incorporar algunos de los argumentos de los ecologistas de que existen límites al crecimiento. El recién creado “Tea Party” expresó el temor de que el capitalismo de libre mercado no fuera el futuro de la humanidad. Operando dentro del Partido Republicano, los líderes del Tea Party exigieron la unidad ideológica para defender las verdades eternas del capitalismo de libre mercado.
Revisor de hechos: Levitt
Profecía y Profetas en Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1]
Ya se ha expuesto en otro lugar de esta plataforma (véase) cómo se fueron anunciando las profecías y qué profetas fueron apareciendo a lo largo de la historia de la Revelación por medio del pueblo de Israel, tal y como lo atestiguan los Libros Sagrados; aquí se expondrá la realidad del influjo profético, y el empleo del argumento profético como motivo de credibilidad de la Revelación divina.
Noción de profecía
La palabra profeta corresponde al término griego profétes (de profana¡) cuyo significado técnico-etimológico es «el que habla en nombre de otro». La versión griega de los Setenta ha usado esta palabra para traducir tanto el término hebreo nabí, portavoz, intérprete, nuncio, como ró’eh o hózeh, vidente, con que se designaban a los profetas de Dios (cfr. 1 Sam 9,9). Como ya se ha visto, en la Sagrada Escritura se presenta la profecía en una complejidad de acepciones, siempre consiste en una acción sobrenatural, por la cual Dios comunica al profeta (escogido sobrenaturalmente: Am 2, 11; Is 6,1; Ier 1,4-10; Ez 1, 1-3) ciertas luces o conocimientos, con misión de transmitirlos a otros hombres: «Yo suscitaré de entre tus hermanos un profeta como tú y él les comunicará todo cuanto yo le mande» (Dt 18,18).
a) En primer lugar, se considera profecía toda palabra formulada bajo influjo de una acción divina, como exhortaciones morales, interpretación de la Escritura, etc. Es el carisma de la profecía del cual habla San Pablo (1 Cor 12,10.28; Rom 12,6; Eph 4,11) y que tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento tiene numerosas manifestaciones (cfr. Num 11,25.27.29; 1 Par 25,1-3; Act 2,17).
b) También se designa profecía al conocimiento sobrenatural de sucesos actuales o pasados, o misterios divinos, que no pueden ser conocidos naturalmente por la razón natural. Así Eliseo conoció por profecía lo que su siervo Giézi había pedido a Naamán (2 Reg 5,26).
c) En tercer lugar, se llama profecía a un conocimiento de sucesos futuros, naturalmente imprevisibles, recibido sobrenaturalmente y comunicado a otros con certeza infalible. Así Isaías profetiza que Jerusalén sería libre del ataque del potente Senaquerib (2 Reg 19,20-36); el profeta Ajías anuncia a Jeroboán el cisma de Israel (2 Reg 11,31); y se tiene las innumerables profecías mesiánicas (Gen 49,8-12; 2 Sam 7,12-16; Is 7,14; Mich 5,1-5; Ps 2; 109 (110); etc.).
Esta tercera acepción restringe la noción de profecía al anuncio de eventos futuros contingentes, y es el sentido que los Padres de la Iglesia y el Magisterio han asumido en su uso habitual; de él fundamentalmente nos ocuparemos aquí.
Análisis de la profecía
(Se hace referencia al:) Análisis científico de la profecía (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 2-2 g171-174; De veritate, ql2).
Esencia
La profecía principalmente y en primer lugar consiste en un conocimiento recibido de Dios; esto resulta evidente al estudiar la acción de los profetas. Ellos hablan para manifestar los juicios de Dios, paradar a conocer su voluntad de misericordia y de justicia. El arcaico nombre de «vidente» (cfr. 1 Sam 9,9) con que se les designaba en el Antiguo Testamento refleja su naturaleza: ven las cosas que otros no alcanzan a ver y contemplan las cosas envueltas en el misterio.Si, Pero: Pero este conocimiento se recibe para la edificación de los demás: «qui autern prophetat, ecclesiam Dei aedificat» (1 Cor 14,3); de ahí que la profecía consiste en segundo lugar en la manifestación del conocimiento recibido de Dios. De hecho los profetas se sentían impulsados a comunicar las revelaciones sobrenaturales (cfr. Am 7,15; Ier 20,7-9). Son conmovedoras las palabras de Jeremías que reflejan esta realidad: «Tú me sedujiste, ¡oh Yahwéh!, y yo me dejé seducir» (Ier 20,7).
El conocimiento de la profecía es recibido por una luz sobrenatural: lumen propheticum. Dios a través de una ilustración profética graba en la mente de los profetas las verdades que quiere enseñar a los demás hombres. Prueba de ello es el uso reiterado de las expresiones «locutus est Dominus», «factum est verbum Domini», etcétera, que atestiguan la procedencia del conocimiento profético. Esta luz no radica en el intelecto a modo de hábito permanente, sino que es una passio o impresión transeúnte; el profeta no siempre tiene la facultad de profetizar. Eliseo, que tenía un espíritu profético tan grande como el de Elías, afirma que no había conocido la angustia de la sunamita por no haber recibido la revelación del Señor (2 Reg 4,27). Para cada profecía la mente del profeta requiere una nueva iluminación. San Gregorio explicaba la conveniencia del carácter transeúnte de la profecía diciendo: «de modo que, cuando no lo poseen, entiendan por esto que es un don de Dios cuando lo tienen» (Super Ez 1,1, hom. 1: PL 76, 793).
Siendo la luz divina el principio del conocimiento profético, éste se puede extender a toda verdad, si bien en cada momento se refiere a aquel juicio concreto que Dios quiere revelarle. Así Balaam advierte al rey moabita que sólo podrá decir las palabras que Dios ponía en su boca (cfr. Num 22, 38). El verdadero profeta conoce con certeza absoluta que Dios es quien le habla (cfr. Ier 20, 9); es difícil precisar por qué vía causa el Señor esta certidumbre. Hay, sin embargo, profecías en las que quien profetiza no tiene esa conciencia, como es el caso de Caifás (cfr. lo 11, 51).Entre las Líneas En estos casos no se tiene un verdadero carisma profético, y no se puede hablar de perfecta profecía, sino de un cierto instinto profético (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 2-2 g 173 a 4).
Por otra parte, recibiendo el profeta la enseñanza del mismo Dios, no puede caber error en sus profecías. Este punto exige un estudio particular de las profecías de futuros contingentes. Los futuros contingentes pueden ser considerados en sí mismos o en sus causas. A veces la revelación profética da a conocer al profeta el futuro contingente en sí mismo, y en este caso lo anunciado sucede infaliblemente; es el caso de la profecía de Is 7,14: «Ecce virgo concipiet». Otras veces Dios manifiesta al profeta el orden de las causas a sus efectos, y entonces los hechos pueden suceder de modo distinto a como están profetizados si -tras la actuación del profeta- varían esas causas; pero en este caso no hay error, ya que el sentido de la profecía es que el mantenimiento de las causas llevará a que se cumpla lo anunciado; así se ha de entender la profecía de Jonás respecto a Nínive: dado que Nínive se arrepintió, no vino el efecto anunciado por Jonás.
Causa de la profecía
De lo que hemos visto se deduce claramente que la profecía en la Sagrada Escritura tiene como causa a Dios. Los verdaderos profetas se consideraban enviados por Yahwéh y acusaban a los que se querían constituir profetas sin esa llamada (Ier 23,21; 27,15; etc.).
Puntualización
Sin embargo, entre los exegetas protestantes liberales, desde A. Kuenen, se ha reducido muchas veces la inspiración profética a una mera intuición genial de hombres privilegiados. Es cierto que el hombre, con las fuerzas de su inteligencia, es capaz de pronosticar, a veces, con gran precisión, ciertos eventos futuros -eclipses, desarrollo político de un país, etc—.Si, Pero: Pero tal previsión difiere de raíz de lo que se entiende por profecía. lista se refiere a cualquier tipo de suceso y, en particular, a verdades que sobrepasan en absoluto las fuerzas de la razón: Miqueas anuncia con ocho siglos de anticipación que Cristo nacería en Belén (Mich 5,2) e Isaías con igual antelación anuncia que el Mesías nacería de una madre virgen (Is 7,14), etc. Por otra parte estas profecías se hacían con una certeza infalible. La adivinación natural se refiere a algunos efectos alcanzables por la experiencia humana, a menudo, sujeta a error.
De ahí que la profecía propiamente dicha no se consiga por causa natural, sino sólo por una revelación divina. La existencia de profecías, y su cumplimiento, p. ej., en Jesucristo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), el Mesías (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) anunciado, es una prueba del origen sobrenatural de la religión cristiana. Quienes han querido quitar el sentido sobrenatural a la Revelación y a la fe han tenido que recurrir de múltiples formas -negando la historicidad, autenticidad, etc- a la negación de toda profecía o a reducirla a una mera perspicacia natural.
Dios puede servirse para comunicar las profecías del ministerio de los ángeles (cfr. Dan 3,21-23; Gen 19,13; etcétera).Si, Pero: Pero nunca se sirve del ministerio de los demonios para comunicar a los hombres verdades divinas.
Informaciones
Los demonios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), sin embargo, en virtud de su ciencia superior a la humana, y con la permisión de Dios, pueden comunicar a los hombres ciertas previsiones sobrenaturales. Tales «profecías diabólicas» no presentan los. caracteres de una verdadera profecía: no se extienden a los futuros contingentes, que son desconocidos por los demonios, ni por ellos el intelecto del profeta recibe luz alguna; es la imaginación la que viene excitada de modo sensible.
Procediendo la profecía de una inspiración divina no es necesario en el hombre que la recibe una disposición natural, ya que Dios puede producir junto al efecto espiritual la disposición conveniente requerida según el orden natural. Incluso Balaam, no israelita y mago, transmitió un mensaje de parte de Yahwéh (cfr. Num 24). Además siendo la profecía una gracia gratis data (v. GRACIA SOBRENATURAL) que tiene por sujeto el intelecto, puede darse en un hombre que no posea la gracia santificante, si bien se requiere una cierta rectitud de vida que permita la elevación de la mente a la contemplación de las cosas espirituales (cfr. Sum. Th. 2-2 8172 a4; De veritate, XII,5).
Modo del conocimiento profético
El conocimiento profético, que no existirá en el cielo (1 Cor 13,8), no puede ser identificado con la visión contemplativa de la esencia divina (v. CIELO III). Para entender el conocimiento profético conviene tener presente el modo del conocimiento (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) natural.Entre las Líneas En éste se ha de distinguir entre la recepción o representación de las cosas y el juicio sobre las mismas. Por el don de profecía -lumen propheticum- se confiere a las facultades cognoscitivas humanas algo -inspiratio prophetica- que supera a la facultad natural en los dos aspectos señalados: se perfecciona el juicio por el influjo de la luz profética y se reciben nuevas especies.
En la profecía lo más importante es el perfeccionamiento del juicio, hasta el punto que se llama profeta sólo a quien tiene la iluminación de la inteligencia para juzgar de las cosas que otros han visto; es el caso de Daniel, que declaró los sueños de Nabucodonosor; mientras que se puede poseer la representación de las cosas -ya sea por imágenes internas como Nabucodonosor (Dan 4,7-15) o imágenes sensibles como Baltasar (Dan 5)- sin ser considerado profeta.
Dios puede ofrecer a la mente del profeta la representación de las cosas profetizadas de varias maneras: a veces se reciben por los sentidos externos, como Daniel, que ve la inscripción en el muro (cfr. Dan 5); otras por los sentidos internos, jeremías ve así una olla al fuego del lado del aquilón (Ier 1,13); y a veces, infundiendo en la misma mente especies inteligibles, como sucede en quienes reciben la ciencia infusa. Es muy frecuente que no se reciba ninguna imagen sensible, sino sólo la palabra de Dios: «fue sobre mí la palabra de Dios y me dijo» (Ez, passim). Como el carisma de la profecía se ordena al bien de los demás -transmitir la Revelación de Dios- parece exigida también una elevación sobrenatural de la voluntad y de las facultades ejecutivas de modo análogo a como ocurre en la inspiración (V. BIBLIA III).
Posibilidad de la profecía
La posibilidad de la profecía no es más que un aspecto particular de la posibilidad de la Revelación (V. REVELACIÓN II-III). La Revelación de los misterios (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) propiamente dichos -verdades sobrenaturales quoad se, es decir, no alcanzables por la razón, ni siquiera después de revelados- es posible porque no repugna a la naturaleza de Dios: Dios ha creado al hombre, y es su Padre y Señor, puede también desvelarle su ciencia íntima, por ser un ser personal, libre y trascendente; ni el contenido de la Revelación: que no es contraria a la razón, ni su comunicación constituye una vejación del hombre, antes bien enriquece su saber intelectual y sus ansias sin límites de saber; ni a la naturaleza del hombre: su intelecto está orientado a cualquier verdad, abierto al conocimiento del ser sin restricción. Como entre las esferas del ser (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) existe una relación de analogía, es posible alcanzar un reflejo de la realidad absoluta de Dios con los conceptos analógicos ofrecidos por la experiencia de este mundo. Además la naturaleza humana, creada por Dios, conserva una dependencia total de su creador, y puede ser elevada por Él al orden sobrenatural (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general); es lo que los teólogos llaman potencia obediencial.
En particular es posible el conocimiento profético de los futuros contingentes. Si, como acabamos de señalar, la revelación de misterios propiamente dichos es posible, con mayor razón la comunicación de verdades que son solamente sobrenaturales quoad modum: sobrenaturales en cuanto al modo de ser manifestadas.
Dios puede, por tanto, imprimir en el alma del profeta nuevas especies inteligibles o nuevas imágenes, u organizar las especies ya adquiridas por el profeta con miras a expresar los sucesos futuros y dar a su inteligencia la luz que le permita juzgar de modo cierto e infalible sobre tal conocimiento. Y solamente Dios puede conceder al hombre este conocimiento profético de los futuros contingentes y de los secretos de ‘tos corazones, ya que exclusivamente El puede tener un conocimiento infalible y cierto, en virtud de su ciencia perfecta e inmutable (v. DIOS IV, 13).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
La profecía como argumento de credibilidad
La Constitución Dei Filius del Concilio Vaticano I declaró dogmáticamente que Dios quiso, para ayudar nuestra fe, que junto a los auxilios internos del Espíritu Santo hubiese unos argumentos externos para probar el origen divino de la Revelación, entre los cuales se encuentran principalmente los milagros y las profecías (sesión III, del 8 dic. 1869; Const. dogmática De fide catholica, del 24 abr. 1870, cap. 3 de fide: Denz.Sch. 3009). El concepto de profecía es tomado aquí en su sentido más estricto; el Concilio no se refiere a la manifestación de toda verdad revelada, sino al anuncio de un evento futuro.Entre las Líneas En la primera redacción los Padres conciliares se sirvieron no de la palabra profecía sino de la palabra vaticinio, que significa anuncio de algo que ha de venir. Por otra parte, en lugar de apoyarse en el texto de 2 Pet 1,19 se tomó el de Is 41,23: «Annuntiate quae ventura sunt in futurum et sciemus quia dü estas vos» («Anunciad lo que haya de venir en lo futuro, para que sepamos que sois dioses»). Si la Constitución recoge después el de 2 Pet 1,19 es porque San Pedro se apoya allí en las profecías para demostrar la verdad de la revelación cristiana y los Padres conciliares tenían a la vista, ante toda, las profecías mesiánicas: «habemus firmiorenm propheticum sermonem, cui tiene facitis, attendentes quasi lucernae lucenti in caliginoso loco» («Y tenemos por más firme la palabra profética, a la cual hacéis bien en prestar vuestra atención, como a lámpara que brilla en lugar tenebroso»: 2 Pet 1,19) (cfr. A. Michel, DTC 13, 713-714).
Con esto el Magisterio no hizo más que proclamar solemnemente lo que la tradición cristiana afirma sobre la existencia de profecías y su valor como argumento de credibilidad de la revelación cristiana: desde la Epístola del Pseudo-Bernabé, pasando por los Padres Apologistas y los Padres Orientales y Occidentales (cfr. S. Cipriano, Quod idola dü non sunt: PL IV,579-580; S. Juan Crisóstomo, Quod Christus sit Deus, n° 11: PG XLVIII, 666; S. Agustín, Enarr, in Psalmos, Ps VI, enarr. 9: PL XXXVI,666; etc.).
a) Precisiones del Magisterio sobre las características de la profecía.Entre las Líneas En la Constitución dogmática Dei Filius las profecías son consideradas en el mismo plano que los milagros. Se les llama conjuntamente «argumentos externos de la revelación» y se afirma que manifiestan la omnipotencia divina y su sabiduría infinita. Al igual que los milagros (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), las profecías se consideran como hechos divinos, signos evidentes, apropiados a la inteligencia de todos. Es un hecho de orden cognoscitivo: en la mente del Concilio no se atiende tanto a la realidad profetizada en sí misma como a la manifestación que se nos hace de ella. Tal manifestación es siempre un hecho circunscrito a un lugar y tiempo determinado, y cuyo cumplimiento se puede precisar históricamente. Estos hechos son signos evidentes -signa certissima- de la Revelación, tanto como pueden serlo los milagros.
Detalles
Por último, se afirma que estos hechos son signos apropiados a la inteligencia de todos los hombres: omnium intelligentiae accomodata.
b) Existencia de algunas profecías. Diversos documentos del Magisterio recuerdan y afirman la existencia de profecías. Así, p. ej.: En el documento de la Pontificia Comisión Bíblica del 28 jun. 1908 respecto a la índole y autor del libro de Isaías se afirma que los vaticinios narrados en el libro de Isaías son verdaderamente tales, conocidos por el profeta por Revelación sobrenatural de Dios (cfr. Denz.Sch. 3505); y que hay vaticinios tanto en este libro inspirado como en los dichos de otros profetas, que anuncian hechos con largo plazo de antelación (Denz.Sch. 3506). Igualmente, en el documento de la PCB del 1 mayo 1910, sobre los autores y tiempo de composición de los Salmos, se afirma que se ha de reconocer la existencia de muchos salmos proféticos y mesiánicos, que vaticinaron el advenimiento, el reinado, el sacerdocio, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y que no preanunciaron solamente la suerte del futuro pueblo escogido (Denz.Sch. 3528).Entre las Líneas En particular, en el decreto de la PCB del 1 jul. 1933 se precisa que con las palabras del Salmo 15,10-11 «No dejarás a mi alma en el infierno, ni permitirás que tu santo vea la corrupción» el autor sagrado habló de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo (Denz.Sch. 3750). Además pueden recordarse las profecías mesiánicas en concreto y su cumplimiento en Jesucristo (v. MESÍAS); las profecías hechas por el mismo Cristo (v. I, 4 final); etc.
Dificultades contra las profecías
Véase más adelante acerca de las dificultades contra las profecías.
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Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre profecía y profetas en teología en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Estudios religiosos, Estudios culturales, Historia intelectual, Espacio temporal
Espacio Intemporal
Bibliografía
SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 2-2, 8171-174; íD, De veritate, q12; A. MICHEL, Prophéte, en DTC 13, col. 708-737; 1. R. TOURNAY, Come utilizzare l’argomento profetico, en Enciclopedia Apologetica della Religione cattolica, Roma-Milán 1953, 297-303; R. GARRIGDU-LAGRANGE, De Revelatione, 5 ed. Roma 1950, lib. I, cap. XVI y XX, y lib. II, cap. XI-XII (t. 2); A. LANG, Teología fundamental, I, Madrid 1966, 89-103 y 287-295; F. SPADAFORA, Profeta, Profetismo, en Diccionario Bíblico, Barcelona 1968, 489-496; M. GARCÍA CORDERO, Profecía, Profeta, en Enc. Bibl. Barcelona 1965; M. NICOLAU, I. SALAVERRI, Sacrae Theologiae Summa, I: Theologia Fundamentalis, Madrid 1958, 177-186 y 397-433; DORSCH, Theologia fundamentales, I, 429-457; y la bibl. indicada en I.
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