República Jacobina
Mentras las huestes de entusiastas desarrapados cantaban la “Marsellesa” y luchaban por Francia, venciendo a los austriacos y a los prusianos, sin tener nunca muy claro si estaban saqueando o liberando los países en los que se habían metido, el entusiasmo republicano en París se gastaba de una manera mucho menos gloriosa. Marat, el único hombre de inteligencia dominante entre los jacobinos, estaba ahora frenético con una enfermedad incurable, y en seguida fue asesinado; Danton era una serie de tormentas patrióticas; el fanatismo firme de Robespierre dominaba la situación. Este hombre, con defectos, tenía el don más necesario para el poder, la fe. No creía en un dios conocido por los hombres, sino en un cierto Ser Supremo, y que Rousseau era su profeta. Se propuso salvar la República tal y como la concebía, y se imaginó que no podía ser salvada por ningún otro hombre que no fuera él. De modo que mantenerse en el poder era salvar la república. Hubo insurrecciones y los monárquicos de Tolón habían admitido una guarnición inglesa y española. A lo que no parecía haber respuesta más eficaz que seguir matando monárquicos. Nada podía gustar más al corazón feroz de los barrios bajos de París. El Tribunal Revolucionario se puso a trabajar y comenzó una matanza constante. En los trece meses anteriores a junio de 1794 hubo 1.220 ejecuciones; en las siete semanas siguientes, 1.376. Danton y la reina también fueron guillotinados.