Teología Fundamental de la Apostolicidad
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Teología Fundamental de la Apostolicidad en Relación a Teología
En este contexto, a efectos históricos puede ser de interés lo siguiente: [1] 1) Noción y síntesis histórica. 2) Fundamentos bíblicos. 3) Testimonio de la Tradición. 4) Exposición teológica. 5) La apostolicidad, nota distintiva de la Iglesia. 6) La apostolicidad y los hermanos separados.
1) Noción y síntesis histórica. El sustantivo abstracto «apostolicidad», de factura moderna, designa la cualidad de apostólico que posee alguien o algo. Este adjetivo concreto se remonta a la antigüedad cristiana, que lo utilizó para significar a personas o cosas directamente relacionadas con los Apóstoles (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general). El nombre apóstol (del griego apostolos=enviado de parte de alguien) fue usado por los primeros cristianos para designar a los portadores del mensaje neotestamentario: éstos formaban una categoría excepcional, privilegiada, dentro de la comunidad cristiana, por la elección especial de que fueron objeto y por la misión que recibieron de Cristo. Eran el grupo de «los Doce».Si, Pero: Pero también se atribuye, a veces, ese nombre a otros misioneros, aun laicos, como Andrónico y Junia (Rom 16,7).
El adjetivo apostólica fue aplicado por Tertuliano (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), hacia el año 200, a las iglesias particulares fundadas por los Apóstoles o nacidas de la semilla de la fe por ellos predicada (De praescript. 20,7). Más tarde se da ese calificativo a la Iglesia universal: S. Alejandro de Alejandría (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), a principios del siglo IV, profesa su fe en la «única Iglesia católica y apostólica»; y el Concilio de Nicea en el canon 8 declara la necesidad de aceptar «los dogmas de la Iglesia católica y apostólica» (Denz.Sch. 55).Si, Pero: Pero fue el Símbolo Niceno-Constantinopolitano (véase en esta plataforma: FE il) el que hizo entrar definitivamente en el grupo de las propiedades esenciales de la l., su condición de apostólica (Denz.Sch. 150).
Se llama así la Iglesia porque fue fundada por Cristo sobre los Apóstoles, y porque posee perennemente la estructura, la doctrina y los poderes trasmitidos por ellos, es decir, porque se remonta en continuidad vital nunca interrumpida hasta los Doce, a quienes Cristo estableció pastores de su rebaño. El concepto de apostolicidad está íntimamente relacionado con varios otros que aparecen con frecuencia en la tradición: la antigüedad, muchas veces subrayada por los Padres frente a las novedades introducidas por los herejes; la perpetuidad o estabilidad, garantizada por la misma promesa de Cristo (Mt 28,20); la firmeza o solidez, propia de una construcción asentada sobre fundamentos inconmovibles: Dios -proclama la Liturgia de los Sumos Pontífices, segunda oraciónha establecido su Iglesia «sobre la roca inquebrantable de los Apóstoles»; la sucesión episcopal, aducida como argumento de ortodoxia por S. Ireneo, Tertuliano, S. Cipriano y S. Agustín.
A partir del siglo Xvi los teólogos insistieron en el aspecto apologético de la apostolicidad, estudiándola principalmente como nota o distintivo visible de la verdadera 1. de Cristo (véase en esta plataforma: ii, 1). Al precisar su contenido, distinguieron en esa nota tres aspectos o factores: a) la apostolicidad de origen o de fundación, que expresa la identidad sustancial de la Iglesia actual con la que Cristo fundó sobre los Apóstoles; b) la apostolicidad de doctrina, que consiste en la trasmisión íntegra del mensaje revelado que los Apóstoles promulgaron, y en la profesión de la misma fe de ellos; y c) la apostolicidad de sucesión, que indica la trasmisión de los poderes y la misión apostólica a través de una cadena no interrumpida de pastores o jerarcas. Hay que entender esta sucesión en su sentido formal y propio: no basta la continuidad material de jefes o pastores; es preciso que se dé una verdadera trasmisión de funciones y poderes, por la que los jerarcas de hoy suceden legítimamente a los Apóstoles. Esta trasmisión se efectúa por la ordenación válida (que confiere la triple potestad de santificar, enseñar y regir) y por la misión legítima (que capacita para el ejercicio de esas funciones; V. OBISPO I; SUCESIÓN APOSTÓLICA).
Los tres factores indicados de la apostolicidad son sólo aspectos parciales de una misma realidad, que recíprocamente se reclaman. La apostolicidad de sucesión formal incluye la de origen, evidentemente, y la de doctrina, ya que la trasmisión del poder magisterial -infalibleasegura la íntegra trasmisión del mensaje apostólico. Por esta razón, y por ser más larga y laboriosa la demostración apologética de la apostolicidad de origen y más aún la de la apostolicidad de doctrina (era tarea más complicada probar que las enseñanzas y prácticas cultuales de la 1. moderna correspondían exactamente en lo esencial a las de la era apostólica), los apologistas acentuaron, sobre todo desde el siglo XviLi, la consideración de la sucesión ministerial, insistiendo en la misión legítima, garantizada por la comunión con la Sede Romana (así Perrone y Mazzella, p. ej.). Con esto, indispensablemente, la apostolicidad perdió a veces parte de su contenido característico, quedando su estudio muy dominado por la atención al primado del Papa.
Con la actual renovación de la eclesiología (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), esa perspectiva apologética más breve y fácil quedó superada, dando paso a una consideración más teológica de la apostolicidad en la que se ponen de relieve sus aspectos internos y su inserción vital en el misterio de la Iglesia Así mirada, en su estructura íntima, «la apostolicidad incluye verticalmente una mediación, y horizontalmente una sucesión» (Ch. Journet, o. c. en bibl. 194). Por su dimensión vertical, de mediación o ministerio, la apostolicidad señala el proceso establecido por Dios para comunicar su vida a los hombres: de la Trinidad, a la Humanidad de Cristo; de ésta, al cuerpo apostólico; de éste, a sus sucesores en la Jerarquía y a todo el pueblo fiel. Como gráficamente dijo Tertuliano, «la Iglesia recibió de los Apóstoles, los Apóstoles de Cristo, y Cristo de Dios» (De praescr. 21 y 37). Por la dimensión horizontal, de sucesión, la apostolicidad indica la continuidad ininterrumpida de la Iglesia fundada sobre el cuerpo apostólico, que se mantiene siempre idéntica en su fe, en su culto, en su gobierno jerárquico.
Resumiendo los diversos factores que la estructuran, podríamos definir la apostolicidad como la propiedad esencial y característica (=propiedad y nota) de la Iglesia, por la que ésta recibe a través de los Apóstoles, investidos de los poderes de Cristo y continuadores de su misión, la acción santificadora del mismo (=apostolicidad vertical, de mediación), habiendo sido fundada por Él sobre los Apóstoles y por medio de ellos (=apostolicidad de fundación o de origen), y perseverando siempre en la misma doctrina y sacramentos de los Apóstoles (=apostolicidad de doctrina), regida por jerarcas a quienes se ha trasmitido sin solución de continuidad la autoridad y la misión apostólica de gobernar, enseñar y santificar a los hombres (=apostolicidad de sucesión).
Hay que tener en cuenta que la identidad que se afirma entre la 1. actual y la de los Apóstoles es sustancial: no excluye modificaciones accidentales en las estructuras, ni formulaciones más precisas o explícitas de la doctrina, ni otra clase de verdadero progreso homogéneo.
2) Fundamentos bíblicos. Aunque el Apostolado es institución del Nuevo Testamento, podemos ver ya en el Antiguo Testamento algún antecedente y preparación del mismo. El Pueblo de Dios vivió desde el principio bajo un régimen de mediadores visibles. Entre éstos destacan los doce patriarcas -preanuncio de los 12 fundamentos del nuevo Israel- Moisés, los reyes, los sacerdotes y los profetas. Mediadores imperfectos, que preparaban y prefiguraban al Gran Mediador del Nuevo Testamento (cfr. Heb 8,6; 9,15), en quien habían de confluir con plenitud de extensión y eficacia todos los atributos y poderes de reyes, sacerdotes y profetas (Dt 18, 15; Ps 71 y 109; Ez 34,23; 37,24). Este pastor único del nuevo pueblo de Dios hará partícipes de su misión a otros pastores, que apacentarán su rebaño (Ier 23,3-4) y serán enviados para anunciar la gloria de Yahwéh en todos los pueblos (Is 66,18-21). No habrá contradicción en que el Mesías, único pastor llame a otros pastores, siempre que éstos se mantengan, como ministros secundarios, bajo la dirección y autoridad del Pastor principal.
Los Evangelios dan gran relieve a la elección de los Doce, a la formación especial que recibieron del Maestro y a la misión que él mismo les confirió sobre la comunidad cristiana. Jesús, «llamando a los que quiso… designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar» (Me 3,13-14). A estos doce los instruyó de modo particular sobre los misterios del Reino de Dios (Me 4,10-11), dedicándoles gran parte de la actividad de su vida pública. A ellos finalmente los envió al mundo, como continuadores de su misión y partícipes de su propia potestad mesiánica: «Como me envió mi Padre, así os envío yo» (lo 20,21), «me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas… enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado» (Mt 28,18-20; cfr. Me 16, 15-16). Al confiar así a los Doce los medios de salvación (la doctrina evangélica, los sacramentos, la función pastoral), con el mandato de administrarlos a todos los hombres, Cristo los constituyó fundamentos de su 1. y núcleo germinal de la misma. Toda la vida de ésta se desenvolverá a partir de los Doce.
Pero la 1. asentada sobre los Doce ha de extenderse por todo el mundo (Mt 24,14; 28,19) y ha de durar, incólume, hasta la consumación de los siglos, según la clara promesa de Jesús (Mt 28,20; lo 14,16). Siendo cierto, por otro lado, que los Doce no habían de vivir hasta el fin del mundo, ni habían de poder enseñar, gobernar y santificar «a todas las gentes», el mandato y la promesa de Cristo sólo tienen sentido si la misión de los Doce se trasmite, por sucesión perenne, a otros ministros. Sólo con esta condición la Iglesia fundada sobre los Apóstoles permanece indefectible (de otro modo, al morir ellos, cambiaría sustancialmente), y permanece verdadera la promesa de Jesús: Él estará hasta el fin del mundo «con los Apóstoles», es decir, con los Doce y con todos aquellos ministros que los sucederán, recibiendo la misión y los poderes de los Doce y formando con ellos una persona moral.
El libro de los Hechos muestra a las claras cómo los Apóstoles presiden la vida y actividades de la nueva comunidad cristiana, ejerciendo autoridad en ella, y cómo los fieles reconocen esa autoridad. Éstos «perseveraban en oír la enseñanza de los Apóstoles, y en la unión, en la fracción del pan y en la oración» (Act 2,42); ponían sus bienes en común, depositándolos «a los pies de los Apóstoles» (4,35; 5,2). Los Apóstoles constituyen a los siete diáconos (6,1-6); y, bajo la inspiración del Espíritu Santo, legislan en el Concilio de Jerusalén acerca de la forma en que han de ser admitidos los gentiles (15,1-33). Es notable la frecuencia con que, a lo largo del libro, aparecen asociadas la actividad rectora de los Apóstoles y la acción multiforme del Espíritu: éste -según la promesa de Cristo- los capacita para la tarea apostólica (1,8; cfr. lo 15,26-27), y da testimonio a una con ellos (5,32). Por eso los Hechos de los Apóstoles podrían llamarse los Hechos o «el Evangelio del Espíritu Santo» (S. Juan Crisóstomo).
También se alude en el libro a la trasmisión de funciones y poderes apostólicos a otros ministros por medio de la imposición de manos (14,23; cfr. 15,2.4); y se dice que los obispos han sido constituidos sobre el rebaño de los fieles por el Espíritu Santo «para apacentar la Iglesia de Dios» (20,28).
San Pablo en sus cartas muestra plena conciencia de su autoridad apostólica, no sólo espiritual sino también jerárquica: las dos epístolas a los Corintios y la dirigida a los Gálatas son clara prueba de ello.
Otros Elementos
Por otro lado, las cartas pastorales a Tito (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) y Timoteo (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) manifiestan cómo San Pablo puso en práctica el principio de la sucesión apostólica, cuidando de asociar a su actividad a algunos colaboradores que pudieran seguir desempeñando las funciones apostólicas después que él muriera. Timoteo y Tito fueron constituidos por Pablo jefes de las iglesias de Éfeso y Creta, con poder y misión de enseñar (1 Tim 4,6-16; 6,20; 2 Tim 3,14-17; 4,1-5), de dirigir el culto (1 Tim 2,1-10) e imponer las manos (1 Tim 5,22), de gobernar las comunidades a ellos confiadas con mandatos, exhortaciones, correcciones, etc. (1 Tim 1,3-4; 4,11-12; 5,1-7.17-21; 2 Tim 4,2; Tit 1,10-14; 2,2-10.15; 3,1-2.9-11), y de instituir otros ministros comunicándoles los poderes jerárquicos: «lo que de mí oíste…, encomiéndalo a hombres fieles, capaces de enseñar a otros» (2 Tim 2,2); «te dejé en Creta para que acabases de ordenar lo que faltaba y constituyeses por las ciudades presbíteros en la forma que te ordené» (Tit 1,5). Así el Apóstol, consciente de que su misión no había de terminar con su muerte; proveyó a sus comunidades de jerarcas que le sucedieran en sus funciones y las siguieran trasmitiendo a otros por la imposición de manos.
Consta, pues, por las palabras de Cristo y por la doctrina y el comportamiento de los Apóstoles y de San Pablo que la Iglesia es esencialmente apostólica, ya que toda la autoridad que posee y la misión que ejerce le viene trasmitida de los Apóstoles, enviados por el Señor para regir, enseñar y santificar a toda criatura. Hay verdadera continuidad sustancial de funciones y poderes entre la 1. fundada por Cristo en los Apóstoles (y, en virtud de eso, fundada también por los Apóstoles) y la que existirá después de éstos. Lo que no quiere decir que todas las funciones apostólicas pasen a sus sucesores: algunas son, por su naturaleza, intransferibles (p. ej., el ser testigos inmediatos de Cristo, el ser elegidos y llamados por Él directamente, el ser fundadores de las primeras cristiandades) y se dieron a los Doce precisamente en cuanto fundadores, no en cuanto pastores y jerarcas de la 1.
Los fieles de todos los tiempos y lugares son o han de ser «edificados sobre el fundamento de los Apóstoles» (Eph 2,20), pues sólo así reciben el influjo sustentador de Cristo, «piedra angular», y entran a formar parte de la construcción eclesial.
La imagen del fundamento es también utilizada en el Apocalipsis: la ciudad de Dios aparece rodeada por una muralla que tiene 12 puertas en las que están los nombres de las 12 tribus, y está asentada sobre 12 pilares o fundamentos que lucen «los nombres de los doce Apóstoles del Cordero» (21,14).
3) Testimonio de la tradición. La enseñanza de los testigos más antiguos de la tradición y la práctica seguida por las iglesias desde el principio, demuestran el relieve excepcional que para los cristianos tenían los Doce, como fundamentos de la 1. y como maestros seguros de la verdad evangélica; y demuestran también la convicción segura de que los obispos que estaban al frente de las iglesias locales eran sucesores legítimos de los Doce en la función pastoral. Como consecuencia, la legitimidad de una comunidad cristiana se juzgaba por el origen y sucesión apostólica.
S. Clemente Romano (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), ca. el año 96, en su carta a los Corintios habla claramente de la sucesión apostólica como de una realidad indiscutible: «Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios.Entre las Líneas En resumen, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles, de parte de Cristo; una y otra cosa, por ende, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así, pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos… salieron a dar la alegre noticia de que el Reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos -después de probarlos por el espíritu- por inspectores y ministros de los que habían de creer… (Los Apóstoles) establecieron a los susodichos y juntamente impusieron para adelante la norma de que, en muriendo éstos, otros que fueran varones aprobados les sucedieran en el ministerio. Ahora, pues, a hombres establecidos por los Apóstoles, o posteriormente por otros eximios varones…, no creemos que se los pueda expulsar justamente de su ministerio» (42 y 44, D. Ruiz Bueno, Padres Apostólicos, Madrid 1950, 216.218). Estos varones eximios que instituyen a otros al frente de las comunidades son obispos, que suceden a los Apóstoles según los mandamientos del Señor.
S. Ignacio de Antioquía (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general) no habla explícitamente de sucesión apostólica; pero muy probablemente la tiene presente cuando ensalza la figura del obispo como representante de Dios y como enviado por Él: «A todo el que envía el Padre de familias… no de otra manera hemos de recibirle que al mismo que le envía. Luego cosa evidente es que hemos de mirar al obispo como al Señor mismo» (Ad Eph. 6,1: Padres Apostólicos, 451).
A fines del s. ti, Hegesipo, S. Ireneo y Tertuliano dan testimonio de la persuasión común de que los obispos puestos al frente de cada iglesia local son sucesores legítimos de los Apóstoles, y de que, gracias a esa sucesión ininterrumpida, se mantiene intacta en la 1. la verdad de la divina Revelación. «Cuantos quieran ver la verdad, ahí tienen a todas las iglesias, en las que pueden contemplar la tradición de los Apóstoles manifestada en todo el mundo; y podemos contar a aquellos que han sido puestos por los Apóstoles como obispos y sucesores suyos hasta nuestros días… Conviene obedecer a los presbíteros que hay en las iglesias, a los que tienen sucesión desde los Apóstoles, como hemos mostrado, los cuales con la sucesión del apostolado recibieron según la voluntad del Padre el carisma cierto de la verdad; pero a los otros que están lejos de la principal sucesión y que cosechan de cualquier parte, tenerlos por sospechosos» (S. Ireneo, Adv. Haereses, 3,3; 4,26: J. Madoz, La Iglesia de fesucristo, Madrid 1935, 185,187). «Si, pues, la verdad está de nuestra parte por habernos ajustado a una norma que la Iglesia recibió de los Apóstoles, los Apóstoles de Jesucristo y Jesucristo de Dios, queda en pie el motivo de nuestra proposición, por la cual los herejes no deben ser admitidos a una disputa sobre la Escritura, puesto que sin acudir a la Escritura les probamos que nada tienen que ver con ella… Mía es la posesión; ha mucho tiempo que la poseo… Yo soy el heredero de los Apóstoles» (Tertuliano, De praescript. Haer. 37: o. c. n. 299). Para S. Ireneo, como para Tertuliano, la continuidad doctrinal (que los herejes mismos pretendían) puede garantizarse sólo por la continuidad personal, o sea, por la sucesión. Por eso Tertuliano invoca las listas episcopales de las iglesias apostólicas y reta a los herejes a que hagan otro tanto: «Que presente sus orígenes; que recorran el orden y sucesión de sus obispos, uno por uno, hasta ver si el primero tuvo por inmediato antecesor a alguno de los Apóstoles…» (De praescript. 32: Madoz, o. c. 255).
S. Cipriano (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), propugnador de la unidad del episcopado, fundamenta esta unidad en la sucesión apostólica (Carta 33). Por ello declara cismático a Novaciano (véase, si se desea, más sobre este último termino en la plataforma general), que «con desprecio de la tradición evangélica y apostólica, no sucediendo a nadie, ha nacido de sí mismo» (Carta 69).Entre las Líneas En forma parecida arguye S. Optato contra el donatista Parmeniano. Y S. Agustín varias veces aduce como argumento de doctrina ortodoxa la sucesión cierta de los obispos. [rbts name=”teología”]
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Recursos
Notas y Referencias
- Basado parcialmente en el concepto y descripción sobre teología fundamental de la apostolicidad en la Enciclopedia Rialp (f. autorizada), Editorial Rialp, 1991, Madrid
Véase También
Bibliografía
J. V. BAINVEL, Apostolicité, en DTC 1,1618-1624; Y. CONGAR, Apostolicidad, en Santa Iglesia, Barcelona 1965, 162-166; fD, Ensayos sobre el misterio de la Iglesia, Barcelona 1961, 121168; L. M. DEWAILLY, Envoyés du Pére. Mission et Apostolicité, París 1960; XVI Semana Española de Teología, Madrid 1957 (en particular, A. M. JAVIERRE, Cuestiones debatidas hoy entre católicos y protestantes en torno a la sucesión de los Apóstoles, 4-96); B. MARINA, La Apostolicidad como propiedad y nota de la Iglesia, 97-120; J. SALAVERRI, El concepto de sucesión apostólica en el pensamiento católico y en las teorías del protestantismo, 121-178); O. KARRER, Sucesión apostólica y primado, Barcelona 1963; M. SCHMAUS, Teología Dogmática, IV, Madrid 1960, 595-602; CH. JOURNET, Teología de la Iglesia, Bilbao 1960, 194-207.
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